OTRO GALLO CANTARÍA
Basta echar un vistazo alrededor para darse cuenta de que a menudo las cosas no están funcionando como esperábamos. No es que hayamos perdido el juicio, simplemente que muchas veces no elegimos lo mejor o simplemente nos dejamos llevar por lo más cómodo, sin pararnos a considerar lo que hacemos o por dónde vamos tirando; y así nos va, aunque bien pudiera habernos ido mucho mejor. Tan sólo tomamos conciencia de que hemos tomado el camino equivocado cuando ya llevamos recorrido un buen trecho. Toca desandar para enmendarlo o persistir obcecadamente en el recorrido que nos llevará a donde no queríamos ir: directos al atolladero.
Esta semanita pasada salió el tan cacareado informe PISA, que a día de hoy continúan analizando los concienzudos expertos en evaluar sistemas educativos. De poco o nada van a servir los nefastos resultados logrados, porque aunque todos lo veníamos venir, y por tanto a nadie le pilla de sorpresa, ninguna medida se tomará para revertir el desastre. Persistiremos como si las alarmas sean tan sólo cantos de sirenas o palabras necias a las que haya que hacer oídos sordos. Otro gallo nos cantaría si fuésemos lo suficientemente responsables para tratar de reconducir la situación, en lugar de escamotear torpemente las malas decisiones tomadas, echándole la culpa a quién sabe, que en eso sí que logramos una calificación considerable.
Parece como si la educación no importara, cuando es el factor decisivo tanto para el futuro de la sociedad como para la configuración de personas con capacidad plena de juicio independiente y crítico que darán continuidad a la sociedad con sus aportaciones. Tal vez haya interesados en que los ciudadanos seamos cada vez más dóciles, necios y manipulables desde lo instintivo. Cuanto más distraídos estemos y seamos menos capaces de reflexionar, mejor para los que de manera exclusiva miran por sí mismos, nunca por el bien de los demás y su promoción. Si nuestros alumnos no entienden lo que leen, algo no estamos haciendo bien y habrá que revertirlo cuanto antes, en lugar de dejarlo estar. Sí que estamos advertidos, y no sólo por los resultados de los informes PISA, el mal está y es constatable.
También nos se ha informado esta semana sobre la inesperada renuncia del ingeniero de la conocida empresa de software Anthropic, Jacob Coxon. Este joven nos advierte sobre la apresurada y descontrolada evolución de la IA. Tras años de desarrollo y entrenamiento de la IA señala la irresponsabilidad de las empresas que las crean y mantienen. Estas corporaciones no atienden a las advertencias sobre las consecuencias que puede tener su invención al no ser lo suficientemente cautos y previsores ante los avances de la IA, tan sólo les preocupa no quedarse descolgados es esta precipitada carrera tecnológica. Ni atienden a las numerosas advertencias que se están produciendo, especialmente clarividente la encíclica que León XIV sacó en los días previos a su pasada visita a España, ni tampoco a las preocupantes acciones que la IA se ha tomado para realizar operaciones no deseadas por los que se precian aún de ser sus dueños.
Todo apunta a una situación cuanto menos sorprendente: los humanos perdemos capacidad de comprensión y razonamiento, mientras fomentamos una inteligencia no humana cada vez más potente, fría, autónoma e irresponsable. No es descartable por ello que este eficiente artefacto lógico tecnológico empiece pronto a tomar decisiones al margen de los humanos, y que incluso llegue a tomar el control.
No teníamos bastante con no atrevernos a ser verdaderamente libres, a conformarnos con una libertad de mínimos, mientras los poderosos hacen y deshacen a su antojo sin rendir cuentas a nadie, que ahora además vamos a terminar dependiendo del arbitrario algoritmo. Ver para creer los índices de insensatez que estamos alcanzando. Que sean las máquinas las que terminen anulando algo esencial de los seres humanos, nuestra libertad. porque al igual que hemos hecho con nuestra capacidad lectora, vamos a terminar haciendo con nuestra preciada libertad, por cesión y renuncia. Otro gallo cantaría si fuéramos capaces de tomarnos en serio el alarmante mundo que por acción y omisión estamos propiciando.
Así también este domingo XXIV de tiempo ordinario (ciclo A) nos señala que con frecuencia no procedemos como sería razonable. Exigimos que a nosotros se nos trate de una manera, pero no estamos dispuestos a aplicar esa misma tolerancia con los demás. Queremos ser tratados con manga ancha, y generosamente y con facilidad también nos la aplicamos a nosotros; pero sin embargo, con los fallos que cualquiera cometa no recurrimos a esa misma medida. Somos intransigentes con los demás, pero no nos agrada que no lo sean con nosotros. Queremos ser comprendidos y perdonados por los otros, aunque nosotros nos volvemos duros de corazón, rencorosos y hasta crueles con el hermano que nos ha ofendido de manera al parecer imperdonable. Tenemos dos varas muy distintas de medir, y así nos va. Tan solo censuramos lo que hagan los que nos ofenden.
Y es que vivimos en un mundo hostil y pronto a responder con la agresividad y la violencia. Todo lo resolvemos mediante la misma estrategia: el conflicto y la gresca, pero no el diálogo y el encuentro. ¿Cómo mejoraría la convivencia entre todos (familia, colegio, comunidades, países) si practicáramos más este perdón que Jesucristo nos propone? Otro gallo cantaría, y de manera diáfana y certera, que es como cantan los gallos al anunciar el alba, si en lugar de responder desde el celebro reptil o más primitivo, lo hiciéramos desde la lumbre del corazón en que dejáramos estar al Señor.
En el salmo de este día exclamamos alabando a Dios por ser compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia. Todos nosotros, criaturas suyas, estamos hechos a su imagen y semejanza podríamos imitar su ejemplo. Tal vez sí podemos entendernos si pedimos perdón y perdonamos en lugar de ofuscarnos en un rencor nocivo y corrosivo. Sólo el que perdona y es perdonado supera los lastres del error y da lugar a un nuevo comienzo.
No se nos pide exclusivamente que seamos más comprensivos con los textos que leemos, porque la lectura es un tipo de comunicación humana extraordinariamente educadora, sino que también y de manera especial, que no nos dejemos deshumanizar por una inteligencia algorítmica ajena a la comprensión de los fallos del otro y a cualquier tipo de juicio moral. Si queremos ser aún plenamente humanos hemos de tomar medidas, y entre ellas quizás no está de más tener presente a este Dios todo misericordia del que Jesucristo es su Hijo. Sí, sin duda, otro gallo cantaría.






