sábado, 13 de abril de 2024

Bola extra

BOLA EXTRA


¡Qué fastidio! ¡Qué faena! Cuántas veces pasa lo mismo. Cuando mejor me lo estaba pasando, había conseguido  desligarme de todo lo que había a mi alrededor, va y de golpe se acaba la partida. ¡Qué poco dura lo bueno! Enseguida concluye aquello que nos agrada. Queremos más, queremos que continúe, pero ni en el juego, ni menos aún en la vida, se nos da tregua. Todo se termina, todo se acaba, independientemente de lo que a nosotros nos gustase, pues el tiempo de goce y disfrute no suele adaptarse a nuestros deseos.

Y al revés también sucede. Cuando deseáramos que se acabara algo cuanto antes, se alarga y alarga, y se nos termina haciendo interminable, larguísimo e insoportable. Pero es que la realidad no tiene en verdad costumbre de acomodarse excesivamente a nuestros gustos, antojos y caprichos. Es verdad que puede resultar frustrante, aunque esto dependerá siempre de cómo te lo quieras tomar.

Sin embargo, ciertas veces surge lo inesperado: se nos concede bola extra con la que no contábamos, y entonces la partida, a pesar de lo que cabía esperar, no se acaba sino que prosigue como renovada, con más ganas e ilusión, porque no estamos para perder la oportunidad que se nos regala.

Pues así, aunque no nos demos ni cuenta, nos sucede ahora, en este tiempo pascual, tiempo de derroche de gracia, de oportunidad para resetearnos y volver a empezar, pero con una vida nueva que procede del amor de Dios. Ni en los mejores sueños hubiésemos podido imaginar una bola extra tan inmensa y valiosa: una nueva vida verdadera que no se agota.

A aquellos miembros del pueblo de Israel que habían exigido que Jesucristo, el justo, muriera en la cruz, imprevisiblemente se les concede la partida extra de la fe. A nosotros que tantas veces tampoco hemos apostado por creer en su palabra y en su persona, Cristo nos ha dado la vida y ha vencido a la muerte por todos para que todos tengamos su bola extra y ganemos con Él, en su amor, la partida. Sería gran insensatez no querer beneficiarse de ese inmenso don que se nos concede: una partida en el Reino de Dios para gozar sin término. Creer y crear este mundo nuevo donde el mal es superado definitivamente, donde todos podemos ser felices con los demás.

Los discípulos tampoco eran capaces de asumir que al que tenían delante era el mismo Jesús, al que habían visto perecer en la cruz. ¿Cómo es posible? ¿Cómo va a estar vivo el que estuvo muerto? ¿Qué hacemos entonces con nuestra rígida lógica, pues es del todo inconcebible? Se me ocurre que no sería demasiado descabellado abandonar las concepciones pacatas y limitantes, para pasar a un nuevo modo de estar, comprender y vivir. No cabe otra, es un nuevo nacimiento al que la resurrección de Jesucristo una y otra vez nos conmina. Él está vivo y desea que también tú lo estés.

Esta es la auténtica bola extra que hemos de aceptar o rechazar. ¿Quieres pasar de la muerte y el pecado al bien y la gloria o quedarte tal y como ya estás? ¿Prefieres que se te imponga un rotundo GAME OVER o un nuevo comienzo en mayor libertad? No parece demasiado difícil decidirse, pero siempre has de elegir por ti mismo. Morir para renacer implica dejar atrás y superar mucho, y no todo el mundo está dispuesto a liberarse, a ser liberado.

Si finalmente eres capaz de revivir estarás de lleno en la fiesta de la pascua, y notarás ese manantial de vida y de alegría para compartir con los demás. Es posible empezar. Es posible vivir en el amor y para el amor. ¿Tienes alguna oferta mejor? Te ha tocado una bola extra, ¿la aprovecharás?

sábado, 6 de abril de 2024

Rompiendo moldes

ROMPIENDO MOLDES


Nada es lo que parece. Nadie tampoco resulta ser aquel que nos habíamos pensado. Y es que concebimos la realidad con unos patrones fijos y limitantes, que nos ayudan a entenderla, pero al final terminan convirtiéndose en unos moldes que impiden abrirnos a lo real tal y como es. No es nada fácil pensar el mundo, la vida, sin acabar reduciéndola a nuestros pensamientos, es decir que termine siendo como yo me he imaginado que es.

¡Qué grandes aquellos que son capaces de ver más allá de lo consabido; que alcanzan a descubrir matices y rostros inéditos de lo real; que se salen de los moldes en los que con excesiva comodidad vamos encasillando la realidad. Precisamos de mentes abiertas y creativas, que no sucumban a la tentación de ir estrechando y anquilosando las ideas en ideologías, el pensamiento en teorías, y la palabra en palabras desgastadas, apagadas, sin emoción, sin significado ni vida.

Es más fácil cambiar la propia imagen, el aspecto, cambiar de vestuario, cambiar de aires, cambiar de lugar de residencia, cambiar lo exterior (ya de por sí cambiante), que estar dispuesto a cambiarse a uno mismo, la forma de entender el mundo, los propios pensamientos y chiclés, la manera de prejuzgar aplicando nuestros sesgos habituales. Esto requiere un trabajo serio y concienzudo. Cambiar de apariencia está al alcance de cualquiera, pero cambiar lo que uno es y hace, es decir, transformarse, ya son palabras mayores.

¿Quién puede ser tan abierto de entendederas para ser capaz de ver siempre de modo nuevo todo lo que tiene delante? ¿Quién, en lugar de permitir que su masa gris se vaya tornando en un gris ceniciento y plomizo, logra descubrir el colorido irrepetible con que puede ser vivido cada momento? Pues sí, haberlos haylos: seres que llegan a hacer surf con la rutina, a disfrutar como críos al menor descuido, a cambiar de perspectiva para llegar a apreciar todos los matices posibles, todos los significados y conexiones que puedan establecerse. El conocimiento, la comprensión de la existencia será lo que sea, pero nunca una tarea aburrida o monótona. Hay que espabilarse, hacer que las neuronas se mantengan curiosamente activas, perspicaces e indagadoras, o, por contra, sumirse en una insoportable modorra.  

Ojalá nos las veamos de esa manera escudriñadora ante la palabra de Dios. Ojalá el evangelio nos ejercite en ese mirar que busca comprender lo no evidente, para no terminar siendo un mero ser que más que vivo y despierto, solo sobrevive cual rumiador de hastío, tópicos y banalidades. Jesucristo es un gran revulsivo a nuestra inercia durmiente. Él no permite que andemos pensando como siempre se ha hecho, sino que pensemos y vivamos de modo nuevo y libre. No solo resucita Él rompiendo los moldes de la muerte, sino que además hace que la lógica de lo que creemos posible e imposible se nos desmadre. Por ello, ¿Qué será imposible para el que se aventura por las sendas de la fe, del riesgo a confiar? La fe no es solo atreverse a creer en lo que no se ve, sino sobre todo a crear lo que no se ve. No hay mayor fuerza creativa que el amor, que es capaz de superar cualquier impedimento y cualquier límite.

Justamente es esta capacidad de romper nuestros estrechos moldes y preconcepciones raquíticas es suficiente prueba de su divinidad, pues lo propio de Dios es trastocarnos enteramente la forma en que uno se posiciona ante la vida, lo que uno es capaz de ver, de creer y de realizar. Pues Dios siempre libera, salva restaura, amplía. A lo mejor eso del hombre viejo y del hombre nuevo que propone San Pablo, tiene mucho que ver con el volver a nacer que le pedía Jesús a Nicodemo. Jesucristo resucita, no hay piedra suficientemente pesada que pueda evitarlo. Jesucristo resucita saltándose todas nuestras evidencias, y no hay Sanedrín, ni Imperio Romano capaces de impedir que se sepa. Únicamente una libertad pasiva, indolente e indiferente, perfectamente conducida, puede ocasionarte que te quedes al margen de la vida resucitadora que conlleva adherirte a Jesús.

Pero analicemos el proceso personal de ruptura de moldes y canalizaciones por las que con docilidad dejamos que transcurran nuestras vidas. Primero los Doce eran solo pescadores, su afán era hacer su trabajo para vivir. Pero se encuentran con Jesús que les desinstala y han de dejarlo todo para convertirse en discípulos. Ahí no acaba todo, no es aún suficiente, pues aunque han roto ciertos moldes, aún la vida no transcurre con entera disponibilidad y frescura: han de pasar por el fracaso rotundo de la crucifixión de Jesús y superarlo. Experimentan la liberación completa en la relación pascual con Cristo resucitado. Es entonces cuando ya se les abren los ojos y entienden las escrituras. Ahora ya sí se les han caído todos los moldes y muros; ahora la vida es sin más como es, radicalmente nueva y extraordinaria. Ya no son ni meros pescadores, ni siquiera discípulos, ahora son plenamente apóstoles, que no pueden callar aquello que han presenciado.

Y es que tal vez la resurrección no es lo que ocurre después de muertos, la resurrección o vida nueva que nos regala el Viviente opera ya en esta vida, la transforma absolutamente. Luego, además, también, esa vida nueva, continúa tras la muerte, porque proviene de Dios y es eterna. La pregunta por tanto que deberíamos hacernos es: ¿Qué vida estas dispuesto a dejarte vivir? ¿Cuál quieres vivir? Decídelo y decídete.

¡Vive!

sábado, 30 de marzo de 2024

Saber vencer

SABER VENCER


La noche es poderosa, la oscuridad insondable. Cuando carecemos de luz, la vida puede llegar a ser terrible. Es normal temer cuando en derredor reina la tiniebla. Tal vez, tras siglos de desastres, guerras y miserias, hemos acabado por hacernos a la idea de que la existencia en realidad es francamente dolorosa. Preferimos, por ello, mirar a otro sitio, buscarnos un reducido mundo confortable, y seguir tirando como se pueda, hasta que lleguen los verdaderos problemas, inevitables, a los que no cabe mas que mirar cada a cara y tratar de afrontarlos como se pueda, para luego, y con la ayuda que sea, rehacerse y seguir tirando con otra cicatriz más, con otra herida. El que más o el que menos, todos sabemos el sabor amargo de la derrota y salado de las lágrimas.

Dice el poeta Jaime Gil de Biedma aquello de "Que la vida iba a en serio uno lo empieza a descubrir más tarde", y efectivamente, a la que avanzamos por la vida vamos constatando la seriedad de la existencia, la dureza de lo real, que no se anda con miramientos con nadie; y ante tanto dolor constatable uno puede terminar frustrado, desengañado, amargado, desmotivado, enfadado, o simplemente harto y cansado. Los antiguos parece que eran educados de otra manera, pues afrontaban las vicisitudes y estrecheces de la vida con otro talante y ánimo. Sin embargo, nosotros no nos caracterizamos por venirnos precisamente arriba ante las acometidas del destino, sino más bien al contrario, solo sabemos echar para delante en las situaciones medianamente fáciles de cada día. Si vienen mal dadas, damos la estampida y "sálvese quien pueda".

Es verdad que hay muchas personas anónimas muy luchadoras, que afrontan cada día innumerables dificultades. A los que la vida no se lo ha puesto nada fácil y han tenido que empezar desde cero y con todo en contra. Pero, por otro lado, están los que recurren con suma facilidad a cualquier vía de escape: se evaden, se quejan de continuo, o echan la culpa de todo a los demás, en lugar de asumir la lucha y tratar de aportar soluciones a los problemas de todo tipo que van llegando. Unos sufren, dan lo mejor de sí y van aprendiendo a ser verdaderos seres humanos, mientras otros se quedan instalados en una ignorancia paralizante por no tratar de afrontar la realidad de lo que son y lo que hay delante. El miedo les impide dar cualquier paso.

No, es verdad, la vida no es solo un valle de lágrimas, pero tampoco un cuento de hadas. En la vida se llora y se ríe; se te rompe el alma alguna que otra vez, pero también te dan la mano o te abrazan. Es necesario ir descubriendo que la grandeza y la belleza de la vida está en esa mezcolanza irrepetible de sufrimiento y alegrías por las que todos pasamos. No nos quedemos solo con una parte de la esencia de la vida, asumámosla tal y como es, por completo, cuanto antes y sin engaños.

A pesar de ello, lo que resulta incomprensible es que el ser humano, consciente o inconscientemente, decida optar por el mal, por la sombra. Es decir, en vez de amar, ayudar y consolar al que sufre, se pueda poner a acrecentar el dolor del sufriente. Lo vemos a diario; basta encender la televisión (o cualquier otro medio) y constatamos la inmensa crueldad del ser humano con sus semejantes. ¿Por qué? Pero no solo en los medios de comunicación, en el comportamiento de tantos, que no saben convivir promoviendo el bien del otro y con el otro, sino que actúan únicamente movidos por su interés tiránico y ciego. Todos los demás y todo lo demás, les es indiferente. Para ellos la vida es más un campo de batalla que un hospital de campaña. Se dejan llevar por un mal injustificable.

En los primeros versículos del evangelio de San Juan leemos que "la luz brilló en las tinieblas, pero los hombres la rechazaron", y esto que se nos cuenta pasó, pasa y pasará. En estos días hemos asistido y revivido la pasión de Jesús, el que es luz de las naciones, y el camino, la verdad y la vida. Pero es rechazado por los hombres, pero no sin más, sino reprimido con todo el ensañamiento del que somos capaces los hombres cuando nos obcecamos en el mal. Al que nos proponía una manera luminosa de ser humanos y vivir haciendo el bien, y nada más que el bien, a ese lo anulamos con toda la contundencia posible. Bajo ningún supuesto vamos a permitir que comience a florecer esa luz del amor de Dios. El aparato del mal, como sigue siendo habitual desde el comienzo inmemorial de los tiempos, se pone a funcionar con una frialdad y precisión asombrosas. Y el Hijo de Dios es inmolado en la cruz en medio de burlas. ¡Qué buenos profesionales hemos llegado a ser de la maldad! ¡Qué excelentes habitantes de las tinieblas!

Sin embargo, se ha producido una vez más, como aquella primera vez -pues es en sí la misma vez- que la muerte es vencida; que la luz maravillosa del amor de Dios atraviesa y rompe la piedra haciendo que el Crucificado viva. A partir de ahora, el mal no tiene por qué tener la palabra definitiva. La resurrección de Cristo supone la victoria del bien y de la vida sobre el mal, la oscuridad y la muerte. Ahora podemos participar de la vida del Resucitado; morir al pecado de la falta de amor, para conformarnos con el amor luminoso que Jesucristo nos dona.

¡Cristo ha resucitado! Ahora cada uno puede elegir si ser de la luz o de la oscuridad, propiciar, cuidar y proteger la vida, o seguir afianzando esta antiquísima cultura de la muerte, la destrucción y el sufrimiento. Es posible cambiar, es posible resucitar con Él, empezar a vivir construyendo vínculos con Dios, con uno y con los demás. No a la mentira, ni a la maldad, ni al ego desenfrenado y arrasador, sino empezar a actualizar la caridad y la fraternidad. Es aún posible la victoria, comienza por vencerte a ti mismo y su victoria será también la nuestra.

La noche será poderosa, pero la mañana es aún más luminosa e invita a la alegría y la esperanza. La luz, por pequeña que sea al comienzo, va a ir apagando la oscuridad y termina por imponer su claridad. Ojalá en todos nosotros comenzara también a disiparse toda sombra, todo mal, todo nudo, toda herida, para dejarnos vencer por la luz del Señor que nos resucita. ¡Pásate a la luz! ¡Pásate a esta vida sin igual!

¿TE ATREVES A DEJARTE RESUCITAR POR EL RESUCITADO?   

  

   


   

sábado, 23 de marzo de 2024

Saber perder

SABER PERDER


Bueno, bueno, a simple vista parece como si todos hubiéramos nacido para el triunfo, para destacar y subirnos al pódium cuanto antes. Por todos los lados se nos educa para aspirar a lograr puestos de prestigio y reconocimiento. Pero el problema empieza cuando nos percatamos que en realidad no hay tantas vacantes para poder saciar nuestras aspiraciones particulares. Vivimos en una sociedad ansiosamente competitiva. Todos quieren ser los primeros y ocupar esos puestos de honor. Qué duro, por tanto, es asumir la derrota, quedarse fuera, al margen de las expectativas que nos habíamos formado, porque, salvo para esos triunfadores que han acaparado los mejores puestos, a los demás nos queda conformarnos con las migajas restantes. E incluso para esas migajas hay hasta tortas.

Pero lo importante es que hemos asumido ese discurso: es apremiante hacerse con el triunfo, ganar al rival, ser superior, cueste lo que cueste. Vamos, que el famoso lema de que lo importante es participar (o ese otro de que Hacienda somos todos) no se lo ha creído nunca nadie ni siquiera un poquito. Hemos reducido tanto la fórmula de la felicidad, que solo nos reconocemos felices si se nota que somos más que los otros, es decir, que los hemos superado. Sin embargo, a nadie se le escapa que precisamente es al revés, que el buen deportista se esfuerza en superarse día a día a sí mismo. Esa, y no otra es la victoria que merece la pena, aunque nadie la perciba, porque uno sabe que es real, y por tanto no hay nada que demostrar a nadie.

Así se entiende el comportamiento de los representantes políticos, que a toda costa ansían llegar a hacerse con el poder, aunque no para servir ni para buscar una sociedad más justa e igualitaria, sino para beneficiarse pronto y mucho de todo lo que puedan. No pasa nada, todo se compra; el político de estos tiempos disimula y tergiversa, aunque cada vez menos, pues ya no se trata ni siquiera de guardar las formas. Todo vale, lo que haga falta para llegar a cumplir mis fines y mis deseos, caiga quien caiga y pese a quien pese. Y es que además nos hemos acostumbrado a conceder licencia a la guerra salvaje y sucia de los aspirantes a poderosos. Y si no, obsérvese el comportamiento de dichos representantes políticos, en mayor o menor medida, tras unas elecciones todos han ganado. Asumir el fracaso es tabú sacrosanto 100% evitable en la carrera de los prestigiosos prestidigitadores de opinión pública.

En principio, nadie nace para perder, ni tampoco hay que buscar intencionadamente la derrota. No obstante, uno, mire donde mire, no ve más que personas que tratan de seguir adelante con múltiples derrotas a cuestas y retratadas en sus rostros. Y no digo nada si, en lugar de mirar hacia afuera a los que pasan al lado, uno decide mirarse hacia atrás y hacia adentro de sí. No digo que no haya triunfadores, que los habrá, especialmente esos que se han vencido y superado a ellos mismos; pero lo que sí hay muchos que van de triunfadores netos, y alardean mucho del éxito y prestigio alcanzado, tal vez sin darse mucha cuenta que casi todo en su vida es simple decorado, tramoya y apariencia, que apenas viene un golpe de realidad, y se desmonta su triunfalismo como un castillo de naipes.

Aún así, también nos insisten en que hay que saber perder ocasionalmente; saber aceptar los propios fallos y aprender de ellos. Ser humildes. Afrontar sensatamente que ni se puede ganar siempre ni todos. Que en la vida no todo posee la misma importancia. Que el mundo no se acaba porque haya habido algún problema con el que no habíamos contado. Que es posible volver a empezar de nuevo y tratar de afrontar aquello que vaya viniendo. Que es posible seguir echándole ganas, aliento y fuerza de voluntad para proseguir, pues una batalla perdida no implica derrota completa e irreversible, sino más bien ir de derrota en derrota y tiro porque me toca. Nunca darlo todo por perdido del todo y frustrarse a las primeras de cambio.

Ay, humanos, qué prestos estamos a olvidar aquello de "sicut transit gloria mundi" (así pasa la gloria del mundo) o también que todo es, en definitiva, mera vanidad de vanidades. O no aprendemos o no queremos terminar de aprender. Se hace imprescindible para aceptar el fracaso -el propio y el ajeno-, el sano hábito de la lectura de grandes obras de literatura. Allí encontramos nobles derrotados, que habiendo apurado con libertad su existencia, no salieron precisamente airosos de tanta aventura y desventura. Resulta paradójico que sea la ficción la que nos tenga que enseñar a reconocer los derroteros de la dura realidad, pero así es. Una vez más, aquel que veía gigantes, es el que nos enseña a ver los molinos. Gracias a Cervantes damos por bueno que las cosas no suelen ser lo que parecen, y que el triunfo aparente puede ser un gran fracaso, tal y como el fracaso estrepitoso, en realidad, encierra un verdadero éxito. Pero es que Cervantes ni era ni deportista competitivo al uso ni político profesional de turno, sino escritor empeñado es superarse en su escritura. Alcanzar cierta altura literaria con gran voluntad, pasión y esfuerzo mantenido.

Pero no solo hay que ir a beber a las aguas literarias para descubrir la transparencia capaz de reflejar a las claras lo manifiesto, que tenemos la Historia como maestra siempre disponible a ofrecer generosa su gran lección. Y además contamos con la Historia Sagrada. En estos días celebramos un hecho histórico de enorme transcendencia, un acontecimiento que vuelve a producirse en nuestras calles y plazas de nuestras villas. Celebramos el suceso que cambió la historia y la convirtió en historia de salvación: Jesucristo muere en la cruz. Es decir, Dios hecho hombre entrega su vida para darnos a nosotros Vida. Muere para matar la muerte ya para siempre. Él muere para que nosotros tengamos Vida.

El mesías, el esperado que irrumpe en Jerusalén aclamado con cantos de júbilo, el Salvador, es el acaba de la peor manera posible que podamos concebir. Pasa de cien a cero de manera precipitada. Cabe preguntarse ¿ha triunfado de nuevo el mal?. Los hombres no han sabido reconocer, admirar, aceptar y seguir al que es la Luz del mundo. Hemos vuelto a exterminar a un inocente con una violencia inusitada. La crueldad manifiesta de los seres humanos no se reserva nada ante una víctima dócil que asumió la ternura, el perdón y el amor como forma radical de vida.

Ese mundo rotundo de triunfadores y poderosos jamás va aceptar como válida la debilidad y el sacrificio. Sin embargo, ese fracasado escarnecido, ese condenado a muerte mediante falsos testimonios, es el vencedor. Miradle en el pódium del Gólgota. Su victoria la logra en la derrota: vence al mal y la muerte. Nada ya va a ser igual. Dios ha derramado su sangre inocente porque es amor del bueno. En Él somos salvos de nuestros propios engreimientos, pues descubrimos que la vida es para entregarla sin reservas. Resulta que ganando se pierde uno a sí mismo, y viviendo con el Perdedor es como se gana esa vida plena y eterna que Él nos regala.     

Y en este horizonte de no dejarse engañar por lo aparente, pues nunca son las cosas iguales a la vista del hombre pragmático y negociador, que a los ojos de Dios. Es a este Dios que se entrega, al que nos enfrentamos una vez más al adentrarnos en esta Semana Santa para descubrir lo que somos. Para unos la Semana Santa solo será un tiempo vacacional; para otro será una oportunidad para curiosear en tradiciones ancestrales; para otros, sin embargo, será un tiempo para amar al que tanto nos ama.

Sabed que, pase lo que pase, el amor incondicional y verdadero nunca es un fracaso, sino, bien al contrario, amar sin trampa ni traición alguna es siempre la única victoria incontestable. Bienvenido a la pasión de Nuestro Señor Jesucristo, que afronta una vez más por amor a nosotros. Aprende a participar de su triunfo dejándote amar.

sábado, 16 de marzo de 2024

Tomarse en serio las cosas serias

 TOMARSE EN SERIO LAS COSAS SERIAS



Tarde o temprano hay que empezar por tomarse en serio las cosas serias, porque en definitiva, nuestras vidas son cosa seria y complicada. Vamos a empezar por tomándonos en serio la Cuaresma, tiempo apropiado para plantearse un cambio en serio y definitivo. ¿Qué es la Cuaresma? ¿Para qué la Cuaresma? ¿Qué sentido tiene volver a pasar por la Cuaresma año tras año? ¿Cuántas llevas ya vividas? ¿En qué te han ayudado a vivir tu fe? ¿Han servido las anteriores Cuaresmas para desarrollar esa vida de fe, a acrecentar esa semejanza con Cristo? ¿Es necesario tratar de nuevo tratar de aproximarse al porqué de la Cuaresma? Pero empecemos a tratar de responder, en lugar de seguir proponiéndonos más preguntas.


  1. Oportunidad


La Cuaresma es una gran ocasión, es una gran oportunidad que la Iglesia, a través del calendario litúrgico, nos propone e invita a celebrar de lleno, sin medias tintas. Ojalá queramos esta vez, por tanto, vivirla no como una más, sino intensamente y con pleno sentido.


Conviene aprovechar este tiempo y este espacio que se nos ofrece para hacer un recorrido, atravesar, pero también para tratar de hacer hogar y morada en el desierto, es decir, aprender a vivir con nosotros, con lo mínimo, en plena libertad y totalmente ante Dios. La Cuaresma debiera ser una experiencia radical en la que descubrir que, por encima de todas nuestras necesidades, hay una gran necesidad latente, perentoria, esencial y existencial, y esa experiencia necesaria no ha de ser otra que vérselas con uno mismo y con Dios. Situarse sin engaños ni tapujos ante Dios, ponerse en verdad ante la verdad de Dios. Exponerse, sin más superando todo reparo y todo miedo.


Pero si ya estamos bautizados, si ya nos hemos insertado en la vida de Cristo y formamos parte de la Iglesia. ¿Qué sentido puede tener entonces volver a pasar y a repetir una nueva Cuaresma? ¿Vamos a tratar en esta ocasión de que nos sirva para cambiarnos al menos en algo?


La Cuaresma es primeramente un tiempo propicio para despertarnos, porque en el devenir de las noches y los días, en contra de lo que debería pasar, nos vamos adormeciendo poco a poco. Qué bueno, en verdad, poder romper con las rutinas, pues, al final, terminamos repitiendo y repitiendo lo mismo y con la misma actitud (mismos lugares, mismos gestos, mismas palabras, mismos pensamientos). Hasta pudiera parecer que nuestras vidas cotidianas transcurren por unos raíles rígidos; que se nos va apagando, progresivamente y sin querer, la ilusión de vivir resucitando. Terminamos viviendo como si Dios no fuera Alguien vivo, resucitado y resucitador. La enorme novedad de ser cristianos, que nunca no se agota, que siempre se ha de descubrir, se nos escurre entre las manos, y ese hacernos vivir en la gratuidad, en el agradecimiento, en la alegría, en el asombro, en el amor que no se gasta con la entrega, sino que se acrecienta, termina quedando sepultado e incluso olvidado. La Cuaresma, por tanto, viene a ayudarnos para que despertemos el corazón, el oído, a que vibremos en el reconocimiento consciente de Dios.


La Cuaresma es una gran oportunidad porque podemos conseguir acortar el espacio que nos separa de Dios si acertamos a desinstalarnos parcialmente del mundo, de nuestras manías y vicios adquiridos podremos volver a sentir y a querer según el amor de Dios.


La Cuaresma es un itinerario. Os invito a realizar de modo muy esquemático ese recorrido de la Cuaresma a través de las lecturas de los distintos domingos de Cuaresma. Los distintos jalones de este itinerario van a ser: alimento, desierto, montaña, señales, gratitud y libertad.


  1. Alimento


“Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero” dice el salmo 119. Efectivamente, todo el año, pero muy en especial en este tiempo cuaresmal hemos de leer, y dejarnos leer, vivamente por la palabra de Dios. Para hacer frente a esa vida anodina, rutinaria, acomodada que podemos llegar a tener los cristianos; para que de esta manera pueda empezar a ser una vida vivida con fe verdadera y transformadora necesitamos adherirnos a la palabra de Dios. Solo, alimentados por su palabra de manera constante, además de por los sacramentos, podremos empezar a cambiar y a progresar como discípulos de Cristo, porque solo sus palabras son alimento y luz para nuestro peregrinar: “El Espíritu es quien da la vida; la carne no sirve para nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida” (Jn 6, 63). Tanto es así que, sin empaparnos de su palabra, no podemos empezar a adentrarnos por el camino cuaresmal.


Qué bueno, y a la vez que necesario, hacer el recorrido cuaresmal día a día descubriendo, meditando y saboreando el evangelio. Verdaderamente es, y ha de ser, su palabra escuchada la luz que ilumina nuestros pasos en el cotidiano sendero.


  1. Desierto


“En aquel tiempo, el Espíritu empujó a Jesús al desierto”(Mc 1,12). Puede parecernos difícil y hasta arriesgado eso de adentrarnos por un terreno inhóspito, donde solo habitan las alimañas, donde escasea el agua, no hay más que arena y piedras. Pero es precisamente allí adonde condujo el Espíritu al Señor, allí a solas ante el Padre, bajo un cielo inmenso y cuajado de estrellas, nada ni nadie puede distraernos del encuentro rico y recíproco con el Padre. Allí, rodeado de soledad e inmensidad, allí que no hay donde esconderse ni de uno mismo, allí no hay engaños ni excusas que valgan, allí uno está a merced del Espíritu, disponible, accesible, abierto, pero también a merced del tentador.


Sí, uno ha dejarlo todo para encontrarse radicalmente con Dios, pero para no sucumbir ante las sucesivas acometidas del maligno (que sabe hacer muy bien su trabajo y que va a incidir justo en nuestros puntos más débiles, se ha de ir pertrechado con esa palabra de Dios contra la que nada puede cualquier acechanza del enemigo. No temas: la primera tentación es la de no querer adentrarse en el desierto de la verdad, no aceptar el reto de tener que elegir entre Dios y el mundo, pero es obligatorio pasar la prueba, atravesar el desierto y salir fortalecido por la experiencia del Dios vivo, el que nunca nos deja y el que, en medio del desierto, conduce hasta fuentes tranquilas, hasta los manantiales de un agua que salta en nosotros como fuente de agua viva.


¿Estás dispuesto a adentrarte en esa experiencia transformadora de desierto que el Espíritu nos propone o te paralizan los aullidos que ya llevas tú a tu desierto?


  1. Montaña


Ascender a la montaña cuesta lo suyo. Acabamos de dejar atrás (o no) el desierto y ahora toca seguir subiendo, tomar altura, elevarnos, sacar fuerza de flaquezas para llegar a las regiones donde el aire es más puro, donde solo son capaces de subir algunas aves especialmente dotadas. Allí en lo alto de la cima uno se siente más cerca del cielo de de quien lo hizo, uno contempla su gran pequeñez y divisa a lo lejos también la pequeñez del mundo en que estamos insertos. ¡Mira los problemas, los agobios, los quehaceres y las prisas, resultan verdaderamente minúsculos desde aquí! No es de extrañar que como San Pedro exclamemos: ”¡Qué bien se está aquí!(Mc 9,5b)


Abre bien los ojos, acostúmbrate a mirar en la montaña, pues aquí se puede descubrir una zarza ardiendo que no se consume, aquí se percibe con certera claridad la índole real de lo sagrado. ¿No lo ves? Pasa como una leve nube que lleva la brisa, y es Dios que está en la nube. ¿No lo escuchas? Es un susurro y es una voz atronadora que dice “Este es mi hijo amado, mi predilecto, escuchadle” (Mc 9,7b). 


Cómo cambian las cosas, uno mismo y hasta la orientación que uno asume en la vida cuando ha escuchado la voz del Señor que nos presenta a su Hijo transfigurado. Hay un antes y un después. Uno se ha sentido tan cerca de Dios que hasta le ha escuchado en exclusiva decir lo que ya para siempre, más que un mandato impuesto, se nos convierte en la búsqueda continua de su voluntad, amar sus palabras que solo se alcanzan en la gran montaña del silencio. Que esa voz, que ese Hijo nunca dejen ya de ser los que te indiquen por dónde, hacia dónde y cómo vivir a partir de ahora.


  1. Señales


Y ahora, conociendo de antemano que Cristo, ese al que escuchamos, acompañamos y que nos prepara la mesa, su mesa, es el Hijo que vence a la muerte. Ahora toca regresar, volver a los caminos, a las barcas, a las faenas, sí pero ahora ya con una luz que nos nace de dentro.


Hay quien pide señales evidentes, “¿Qué signos nos muestras para obrar así?” (Jn 2,18b). Hay a quien le resulta imposible realizar la ruta de la fe, pues no confía lo suficiente para aventurarse. Sin embargo, a nosotros, ahora que vivimos para él y desde Él, ayudando y amando a todos los que están como ovejas que no tienen pastor, no nos resulta demasiado difícil soltar las inseguridades y los miedos, para seguir tras los indicios y señales de sus mandatos. Ahora somos llamados a llevar la ley de Dios inserta en nosotros a todos, pues se nos dice que "Él sabía lo que hay dentro de cada hombre” (Jn 2,25b). Llamados a vivir como él nos enseña, en gratuidad y con misericordia. Ahora estamos llamados a trabajar como jornaleros en su viña, a ser sus testigos, a anunciar y construir el Reino de Dios ya aquí en la tierra.


Puede parecer verdaderamente difícil la tarea que nos ha sido encomendada. Hemos de abrir los ojos a los que todavía no ven, abrir el corazón y las entrañan a los que lo tienen atenazado por el egoísmo o por el miedo, hemos de enseñarles la ley nueva, la del amor. Puede parecer excesiva la tarea, pero al mismo tiempo no puede ser más hermosa, y además, no estamos solos, Él nos acompaña y fortalece, está en medio de todos nosotros en todo quehacer, Él nos acompaña.


Hagamos el camino juntos, reconozcamos las señales que nos indican de qué manera se construye, vive y ensancha la Iglesia. Y es que cumpliendo los mandamientos, la ley del Señor y las bienaventuranzas, podremos avanzar por el camino sin extraviarnos, porque atendemos a las marcas que nos va poniendo.


  1. Gratitud


Tampoco podemos avanzar en este camino cuaresmal si no nos sentimos privilegiados por todo lo que recibimos de Dios: la vida, nuestra condición, la libertad, el bautismo, el perdón, la gracia, la comunidad, la naturaleza, pero sobre todo que Él mismo nos entrega la vida de su Hijo. Nos reserva a María, se encarna y asume y salva la naturaleza humana. Podemos ser hijos de la luz, hijos en el Hijo, y que nuestras obras en gratitud, muestren a los hombres esa preferencia por la luz, su luz.


Admitamos, valoremos, agradezcamos y desarrollemos el tesoro de esa filiación divina. Nos regalan la vida divina, ¿Vamos a escatimarle a Dios algo? ¿Podemos reservarnos algo o habremos más bien de entregarnos por entero a Dios con gratitud y generosidad? ¿Cómo vamos a vivir tristes o desesperanzados cuando nos sabemos tan amados? Vivamos pues esa fiesta de la fraternidad, realicemos obras hechas según Dios. Transformemos este mundo hostil y deshumanizado en un mundo conforme al amor de Dios. “En cambio, el que obra la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios” (Jn 3,21).


Sabemos que Jesucristo, tras la muerte en la cruz, resucita. ¿Acaso no hemos de vivir en acción de gracias por la nueva vida que nace de su Espíritu?


  1. Libertad


Ha llegado la hora, el cumplimento. La Cuaresma desemboca sí o sí en la Semana de Pasión y ésta en la Resurrección y en la vida nueva. No nos engañemos, hemos de hacer todo este camino cuaresmal para acortar distancias con el Señor (esta es la finalidad de la Cuaresma). Hemos de realizar este itinerario de depuración y desprendimiento para sabernos y sentirnos junto a Él que entra a dar en Jerusalén a dar su vida. Que entre el Amor en nuestras vidas, Él se une sin reservas a cada uno de nosotros, Él se entrega y nos rescata. En Él se nos perdonan todos los pecados, todas las lealtades y desobediencias. Hemos de estar despiertos, velar y orar. Participemos de su sacrificio, porque: “si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna” (Jn 12,24).


No solo creemos en ti, no solo creemos la verdad de tu palabra y queremos cumplirla. Queremos ser justamente como nos dices. Está en juego nuestra libertad, que es justamente vivir para siempre contigo.


La Cuaresma por tanto no consiste en repetir lo que ya sabemos, sino más bien de vivir de otra manera lo que ya sabemos, con más intensidad, con más implicación, con más autenticidad y valor. La Cuaresma es liberación porque vamos logrando ser más conforme a Dios. Es un tiempo de gracia y conversión, de búsqueda, esfuerzo y descubrimiento. Dejémonos cambiar por la acción del amor de Dios es nuestras vidas.


  1. Hacer vida


Para terminar estas reflexiones personales en abierto, qué mejor que hacerlo con un poema de J. L. Martín Descalzo, sacerdote, poeta, escritor y periodista, que nos regala este poema, que es también oración, y por tanto, una oración llena de temblor y belleza. Tal vez si hacemos nuestro este modo de relacionarnos con el señor, podamos llegar a vivir así en modo cuaresmal, en presencia del Señor. Que así sea.


NADIE NI NADA


Nadie estuvo más solo que tus manos

perdidas entre el hierro y la madera;

mas cuando el pan se convirtió en hoguera

nadie estuvo más lleno que tus manos.

 

Nadie estuvo más muerto que tus manos

cuando, llorando, las besó María;

mas cuando el vino ensangrentado ardía

nadie estuvo más vivo que tus manos.

 

Nadie estuvo más ciego que mis ojos

cuando creí mi corazón perdido

en un ancho desierto sin hermanos.

 

Nadie estaba más ciego que mis ojos.

Grité, Señor, porque te habías ido.

Y Tú estabas latiendo entre mis manos.


José Luis Martín Descalzo





sábado, 9 de marzo de 2024

Por la cara

POR LA CARA


Cualquiera lo sabe; cualquiera sabe aquello de que si algo es por la cara, entonces merece la pena y es bien acogido. Pues si nada nos ha costado recibirlo, y por tanto, como la ley del mínimo esfuerzo es casi ley sagrada, allá que vamos todos a apuntarnos con premura. Que los agricultores regalan sus productos, allá que vamos. Que los ganaderos se han vuelto locos y protestan dándonos botellas de leche, allá que vamos a toda prisa. Que hay un ser felizmente enajenado que reparte billetes como si no hubiese mañana, pues si puede ser allí estamos los primeros. ¡Qué bien cuando nos invitan! ¡Qué bien cuando nos lo encontramos todo hecho! ¡Qué alegres y encantadores que nos volvemos! Y es que eso de todo por la cara, se nos da de maravilla y no hacemos ascos.

Aun así, cuando nos dan algo por la cara, lo normal es aceptarlo, valorarlo y agradecerlo. Si recibimos un regalo, de alguna manera nos sentimos obligados a corresponder, y de esa manera reconocer el aprecio y cariño que sentimos a la persona que, a través de esos detalles, ha tratado de hacernos sentir bien. Esto, que sería lo normal, tal vez cada vez pueda no ser tan frecuente como pudiese presuponer, pues hay muchas personas que se nos regalan día a día a través de sus muchos afanes, sin ser nunca correspondidos, sino más bien ignorados, minusvalorados y hasta rechazados. Y esto es así porque, aunque es muy hermoso ser generoso y detallista, también es muy común que predomine en los seres humanos un sentimiento egoísta, donde exigimos a los demás mucho más de lo que nos exigimos a nosotros mismos para con los ellos. Vamos, que esto de ser para los demás es bastante más fácil decirlo que aplicárnoslo. 

Quizás hemos visto demasiados actos interesados, y por ello, hemos aprendido a dar por bueno el comportarse repitiendo el ejemplo dado, pero, qué duda cabe, que por cada acto egocéntrico, también hemos presenciado otros muchos ejemplos de sacrificio y entrega por nosotros. Entonces ¿por qué decidimos seguir los peores ejemplos en lugar de los mejores? Si solo imitamos esos comportamientos que de manera exclusiva miran por uno mismo, estaremos sentenciados a no mejorar nunca como especie. Y así se escribe y escribirá, la historia, de ingratitud en ingratitud y tiro porque me toca. 

La vida está para darla, para compartirla. El ser humano que aún no ha salido del duro cascarón del solipsismo absolutista, donde el único que importa es él, se ha malogrado por completo, pues ni ha sabido ni querido ni acertado a ser feliz, ya que no ha conseguido sentirse semejante a sus semejantes; no ha logrado establecer vínculos afectivos y ser hermano de los otros, y por tanto, tampoco ha acertado a corresponder a tanto que de tantos ha recibido.

En este sentido, leemos en el salmo 115 una pregunta que ya casi nadie se hace "¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?". Y es que tal vez ni siquiera somos conscientes de lo que de continuo hemos recibido y recibimos de Dios. Puede ser que, una vez que hemos optado por eliminar a Dios de nuestros prerrequisitos existenciales, nada le debemos y vamos sobraditos. Si así fuese, nada tendrá de extraño que tratemos de devorar toda la parte del pastel que nos sea posible, cuanto más mejor, y además, porque yo mismo me otorgo pleno derecho sobre mí, sobre todo y todos los demás. En lugar de corresponder a los que tanto debe, los tiraniza en perfecto cumplimiento de la única ley que respeta: tan solo importo yo y mi propio beneficio.

Y hoy, IV domingo de Cuaresma, en las lecturas se nos da cuenta de esa tendencia, para nada superada, de hacer de mi capa un sayo, convertirme en mi propio dios y empezar a dar la batalla a todo aquel que también se crea y vaya por la vida de dios, pues para diosecillo uno se basta y se sobra a sí mismo. Es decir, usamos la libertad para hacernos con todo, en lugar de validar el regalo del propio ser libre y vivir en modo gratuidad y gratitud para con Dios, para los otros y con el maravilloso mundo en el que podemos disfrutar y disfrutarnos en una preciosa entrega recíproca.

Al final es mera cuestión de amor. El que se da cuenta y agradece a Dios la vida, y la vida de la gracia lograda por ese Jesús que es elevado en la cruz por nosotros, ha descubierto la grandeza del amor recibido. Hoy estamos llamados a revisar si agradecemos de verdad la Vida del que se inmola por nosotros para sanarnos de la tragedia de vivir exclusivamente autorreferidos. Porque Cristo, con una radicalidad que no admite dudas, nos muestra que el amor auténtico es el que abre y da vida a los demás. Él se une a nosotros dándonos su propia Vida, su propio cuerpo, su propia sangre, su ser y su espíritu. Seamos ya de una vez criaturas nuevas. Dejémonos configurar por la gracia que recibimos de Él. Aprendamos a amar de esa manera, a sentir como Él, a mirar como Él, a acoger como Él, a aceptar como Él, a perdonarlo todo, a darnos y gastarnos como Él.

Es tiempo de Cuaresma, de cambio real, de camino, de transformación progresiva y esperanzada. Es María la que nos regala el grandísimo regalo del Hijo de Dios con nosotros. ¿Al menos lo vas a aceptar? ¿Estás dispuesto a rechazarlo? Pero cuidado, si se lo aceptas, todo puede empezar a cambiar, ya que comenzarás a vivir con otros parámetros muy diferentes: no vivirás aprovechándote por la cara, sino, bien al contrario, para darte por la cara.

CAMBIA, NO PORQUE SEA NECESARIO O CONVENIENTE, SINO POR PURA GRATITUD          


sábado, 2 de marzo de 2024

Poner límites

PONER LÍMITES


¿En qué quedamos? ¿Es bueno o es malo poner límites a nuestras acciones desde la más tierna infancia? ¿Es conveniente? ¿Es educativo? ¿O será mejor dejar que cada uno haga lo quiera y le apetezca dejando por tanto de hacer lo que debiese? Bastante probada y zanjada está ya esta cuestión, y si bien luego cada cuál decida aplicar a los otros y aplicarse a sí mismo los límites que estime más oportunos. 

En principio, y desde la antropología cristiana, que es la que da cuño y sentido a la manera en que concebimos el mundo, Dios nos creo libres, por mucho que algunos, o no sepan o no quieran ser enteramente libres y capaces de guiar su propia conducta de manera autónoma. Por tanto, si uno se deja llevar por la conciencia, esa maravillosa voz que resuena en el interior de cada uno de nosotros para iluminar nuestros actos y decisiones, obrará prudentemente y favorecerá el bien común y la convivencia, pero si la desoyera, de seguro que errará de modo recurrente e inequívoco. ¿Tan difícil es escuchar la propia conciencia? ¿Será que esta está tan resguardada en el fondo mismo de nuestro ser persona, que cuesta horrores llegar a atisbarla? ¿O será que cada uno, en lugar de obrar en conciencia, prefiere actuar más bien por su sola conveniencia?

¿Se equivocaría de parte a parte ese Dios omnisciente al hacer a su preciada criatura, el ser humano, a su imagen y semejanza? ¿No será que los que nos estamos equivocando somos más bien nosotros, que hacemos dejación de la libertad y de la conciencia? ¿Somos o no somos, entonces, capaces de vivir realizando el bien a todos y para todos, o preferimos reducir nuestro empleo de la libertad para tratar de ser felices siguiendo meramente los dictados de un ego voraz e inmaduro? ¿Pueden ser compatibles, al fin y al cabo, la libertad y el egoísmo? ¿No habrá que poner coto de una vez por todas a este egoísmo malsano, para poder empezar a ejercitarnos en el noble arte de ser persona? (No sé si estas serán ya demasiadas preguntas ni tampoco si a través de ellas consigue este blog ser mínimamente interactivo).

Dios nos creo libres, pero conociéndonos tan divinamente, tuvo que facilitarnos una normas de uso básicas para que no nos destruyésemos los unos a los otros de manera salvaje e inmoral. A esas normas las conocemos como el Decálogo, y en él se fijaban las líneas rojas que no debíamos rebasar nunca si queremos asegurar la convivencia entre humanos. Así pues, el Creador nos creo libres, pero viendo ciertas tendencias poco virtuosas a que éramos bastante dados, se vio obligado a ponernos ciertos límites. ¿Los respetamos?

No estaría nada mal que al hilo de la Cuaresma, revisáramos el grado de cumplimiento de estas diez normas que en la tradición católica conocemos como los Diez Mandamientos. ¿Podrías afirmar que cumples al menos alguno de ellos? Porque al igual que el pueblo de Israel no tardó apenas nada para empezar a incumplirlos, fabricándose apresuradamente un ídolo que sustituyese al verdadero Dios dador de vida, nosotros estamos prestos también a echarle de su sitio para poner un sucedáneo abyecto: unos el dinero, otros el poder, otros su propio ego, otros su pasión desenfrenada, etc. Sí, en este tiempo cuaresmal podríamos caer en la tentación de no revisar nuestro modo de proceder, y si este se ajusta o no al mandado divino. ¿Transgredo yo algún mandamiento? ¿Y estos que ostentan el poder, y legislan, manejan el destino de los pueblos y declaran innumerables guerras salvaguarda los mandamientos? Cuando uno consulta las noticias ¿vemos a muchos que cumplen ejemplarmente con la normativa divina, o más bien al contrario? ¿Es justo y noble el proceder común? ¿Loable? ¿Y el nuestro?

A lo que antaño llamábamos Decálogo, ese que descansaba dentro del Arca de la Alianza, pero no en los corazones, después Jesús añadió la ley del amor a Dios y al prójimo (incluyendo también a los enemigos), una ley esta que ha de estar en los corazones y ha de ser vivida, y no solo cumplida o guardada en un arcón. ¿Mucho pedir? Jesús nos ha hecho el gran favor de sintetizar toda ley en una sola norma, y bien sencillita además, pero ni siquiera así parece que nos atrevemos a llevarla a cabo en nuestro día a día y con aquellos con los que vamos compartiendo las penas y alegrías. ¿Por qué no sabemos amarnos los unos a los otros? ¿Qué nos impide amar también a ese Dios que es amor incondicional y gratuito? 

En un alarde de mejorar y desarrollar esa ley de Dios, tanto la antigua como la nueva, hemos conseguido elaborar los Derechos Humanos y hasta los Derechos del Niño, pero ahí están, en multitud de papeles y documentos digitales, pero a día de hoy siguen sin cumplirse en tantas ocasiones y lugares. ¿Nos escandaliza?

Jesús en el evangelio hoy se indigna, y con razón, como deberíamos indignarnos nosotros al comprobar que el ser humano se salta los límites, no respeta lo sagrado, y la dignidad del hombre es absolutamente sagrada, aunque al parecer no lo es para los que en lugar de Dios han colocado sus ídolos: su interés, su beneficio, su lucro. Para estos todo vale, no hay delito, atropello, mentira, ni crimen que no duden en cometer para salir beneficiados. Jesucristo se indigna y echa a todos los que habían mancillado el templo y lo habían convertido en un mercado. Eso para Él sobrepasa todos los límites, y les tira el tenderete y les echa con cajas destempladas. Aquí no, que para estar ante Dios se han de guardar los límites: los mandamientos que garantizan la vida, la convivencia y el amor, y la cercanía con Dios.

Es mejor que recapacitemos y advirtamos qué turbios negocios tenemos montados en nuestro proceder, porque tampoco los cambistas es daban cuenta de haber rebasado el límite. Hagamos cierto alto en el camino, reconduzcamos la manera en que vivimos, pues si resituamos a Dios en el centro de nuestras vidas y somos capaces de vivir según la ley del amor, nosotros seremos también su templo, y el mundo en que habitamos terminará siendo el templo que Dios deseó desde el principio. No es tan difícil, es solo cuestión de acatar y respetar esos límites que posibilitan y articular la plena libertad de todos.

Ponte y proponte respetar los límites que tu conciencia te dictamina, independientemente de si te los pusieron o no al educarte. Cúmplelos y ejerce libremente tu libertad.  



sábado, 24 de febrero de 2024

A fuego lento

 A FUEGO LENTO


De poco a nada bueno sirven las prisas, a pesar de que casi todo lo realicemos a toda prisa y a la remanguillé. Como si lo que importase es cumplir con el trámite y pasar a lo siguiente, y de esto a lo que vaya viniendo y así tratar de impedir que el exceso de tareas nos termine sobrepasando. El problema es que según nos vamos quitando de asuntos pendientes, entran otros tantos más, y continuamos con el agobio incesante e imparable. Y así vamos tirando, apagando uno tras otro los innumerables fuegos urgentes que surgen.

Pero los mayores y los sabios saben que el secreto de cualquier faena bien hecha consiste más bien dar en dar tiempo al tiempo, no precipitarse, no adelantar acciones precipitadamente, sino saber esperar con paciencia, es decir, sin prisa, pero sin pausa. Tal vez por ahí hemos de ir aprendiendo el secreto de la serenidad y la bendita parsimonia.

Y así, sin aceleramiento alguno, ya estamos en el segundo domingo de Cuaresma. Vamos a dar por supuesto que ya hemos empezado a tratar de vivir de manera acorde -es decir, según el corazón- con los tiempos en que estamos insertos, o al menos con los tiempos litúrgicos que la Iglesia nos va proponiendo para nuestro crecimiento en la fe y en la vida, y que, por tanto, a fuego muy lento se ha iniciado ya ese proceso cuaresmal en nosotros. Proceso de conciencia y conversión, proceso personal de mejora y evolución, proceso comunitario de vuelta a Dios. Por ello, si el domingo pasado se nos invitaba a salir de la comodidad y marchar al desierto, este domingo se nos pide seguir avanzando, eso sí, a fuego lento, pasito a pasito, sin prisa, pero sin pausa, para que no se detenga el proceso cuaresmal.

Adentrarse en el desierto, como ya quedó dijo, cuesta lo suyo, y es en verdad bien arriesgado; pero hoy toca, además, subir a la cima de la montaña. Está visto que a este Dios nuestro no le gusta que nos quedemos fuera de juego, a verlas venir, sino que la vida brote en nosotros sin cesar. Será porque es un Dios de vivos, y no de muertos vivientes, los que se han desvinculado ya de todo interés y motivación, los que solo saben lamerse las heridas y lamentarse, pero que no piensan cambiar nada de sí: los tibios, los indiferentes, los que no apuestan por el amor transformador. ¿Quieres ascender cuesta arriba hasta la cumbre de la montaña que se nos pone delante o mejor continuarás apoltronado sin siquiera divisar la cordillera que está ante tus ojos? Tú sabrás lo que quieres hacer con tu vida ¿Te animas a iniciar el ascenso o renuncias a la subida?

En el libro del Génesis se nos cuenta que Abrahán, aunque ocupado en numerosas tareas y responsabilidades, no dejó de hacer algo de desierto para seguir escuchando esa voz imperceptible de Dios que mana en lo profundo de nuestro espíritu, y allí descubrió que el amor es sobre todo renuncia, pero no renuncia a lo superfluo, sino renuncia a lo esencial, de lo contrario es sucedáneo de amor. Y es que solemos considerar que amar es poseer, tener y tener, satisfacer nuestros deseos y necesidades, pero apenas esa manera de amar es salir de uno mismo y de sus propias satisfacciones. Pero el amor, según saben los que de verdad han sabido lo que es el amor es salir de sí, renunciar y darse, es decir no poseer ciegamente, sino entregarse y sacrificarse por el bien de quien se ama, y además hacerlo en segundo plano, no buscando reconocimiento alguno. Posiblemente muchas madres tengan algo que opinar al respecto.

Pues ahí vemos a Abrahán, dispuesto a ascender la montaña tremenda de su propio sacrificio, pues incluso se siente impelido a renunciar a lo que más amaba, a lo que daba consistencia a todo para lo que había vivido: la vida de Isaac, su propio hijo. Sin embargo, Dios no le va a pedir que lo lleve a cabo, es Dios el que renuncia y se sacrifica a sí mismo en su propio Hijo, por un amor impensable a nosotros, sus hijos. 

Esa es la montaña que hemos de subir para encontrarnos con el Dios vivo, el de la zarza ardiente, el que nos consume a fuego lento sin llegarnos a consumirnos; esa es la montaña transformadora que tenemos delante como reto y como oportunidad, la de la renuncia a todo lo que somos para que Él sea todo en nosotros; ese es el monte Tabor por el que toca ir ascendiendo esta Cuaresma (y seguramente toda nuestra vida) para ser enteramente de Dios, para que al igual que Jesucristo se transfigura delante de Pedro, Santiago y Juan, y de cada uno de nosotros, podamos empezar a transformarnos a fuego lento a su imagen y semejanza. Este es el proceso a hacer, el proceso en que Dios hace en nosotros y nosotros hemos dejarnos hacer y colaborar, tal y como hizo Abrahán. No dejemos, por tanto, de hacer caso a esa voz que surge de lo profundo de la nube: "Este es mi Hijo, el amado, escuchadlo", porque su palabra, escuchada y hecha carne y vida, arde y transforma. 

Dios, sin duda, es un cocinero magistral, domina los tiempos de cocción, la medida de sazón, la combinación más adecuada de sabores, las proporciones, o los golpes de calor. Confiar en sus manos de experto es andar sobre seguro. Pero nosotros, para transformarnos, hemos de pasar por el desierto y los desapegos, y subir además la cuesta de la renuncia, y aprender a ello lleva su tiempo. No te detengas, hay mucho camino que recorrer, mucho que Dios, con el fuego de su amor, es capaz de transformar en ti, para luego, a la vista de su transfiguración y de su triunfo (del que cada uno de los bautizados ya participamos), podamos bajar del monte y meternos ya en harina en la construcción del Reino. 

Exponte a ese Dios propicio y amigo. Exponte, esta Cuaresma, al fuego lento de su palabra, que prenda en ti y te lleve, mediante una oración viva, a esa relación íntima y transformadora. Exponte a la aventura del desierto y de la subida al Tabor. Exponte, confiado y sin reservas, a participar de esa experiencia sin igual de su transfiguración.  

sábado, 17 de febrero de 2024

Entrar en pánico

 ENTRAR EN PÁNICO

Iniciamos la Cuaresma oficialmente el pasado Miércoles de Ceniza, y ya deberíamos ir adentrándonos en ese arduo camino cuaresmal. Pero la cuestión es si estamos dispuestos a ello o tan solo a que vaya pasando poco a poco sin que nos afecte demasiado el itinerario cuaresmal y sus implicaciones. Si es posible, que pase la Cuaresma de puntillas, y de esta manera que logremos mantenernos al margen de ella. Quedarnos una vez más cómodamente en nuestra zona de suma comodidad, sin siquiera dar un paso, pues para qué adentrarse en ese incierto e incómodo periplo.

Bien pudiera ser que nuestra supuesta pereza e inmovilismo, lo que esté ocultando es otra razón más poderosa: nos da verdadero pánico adentrarnos en ese terreno resbaladizo de exponernos a conocer con rigor y ha experimentar lo que somos al natural, sin adornos, sin subterfugios ni engaños. Tomar conciencia de la cruda realidad de nuestras personitas: sus anhelos, búsquedas, desatinos, miserias, apegos, bloqueos, fragilidades, etc. Admitámoslo, puede ser un verdadero trago hacer frente al ser en que uno se va convirtiendo por las vicisitudes del día a día. 

Y es que el ser humano solo ve lo que quiere ver, y solo escucha lo que quiere escuchar, y solo se aplica y hace caso a lo que le viene bien o le apetece, y no lo que debe o le conviene. Y por ello, evitamos todo aquello que nos permita tomar conciencia de lo que no nos agrada de nosotros mismos. Evitamos sufrir y para ello huimos de ponernos en verdad ante aquella cara oculta de lo que sabemos que somos, pero no quisiéramos asumir.

Que nadie es perfecto, ni siquiera nosotros, lo damos por hecho. Las imperfecciones y los fallos de los demás nos saltan a la vista de manera inmediata y sin gran dificultad. Otra cosa diferente es mirarse a uno objetiva y subjetivamente, analizarse y trabajarse, porque ir asumiendo las propias vergüenzas es algo más que incómodo, es un proceso doloroso, pero necesario para aceptarse, sanarse, quererse y madurar. Solo si nos ponemos en verdad podremos avanzar tanto como personas, como espiritualmente.

Pues en Cuaresma toca lo que toca, y no otra cosa, y, o te adentras con Jesús en la soledad del desierto y te enfrentas a tus limitaciones y a la intemperie de lo que eres (con todo el riesgo a ser arreciado por todo tipo de tentaciones), o evitas toda molestia para prevenir a toda costa entrar en pánico. Hace falta arrojo y fuerza de voluntad, hace falta entereza y capacidad de decisión para abandonar el modo de vivir asumido por los no buscadores; hace falta ser un auténtico inconformista, para confiar y confiarse en la dura aventura del desierto y la soledad. Pero es paso obligado para poder encontrarse con el Absoluto. Quitarse de todo, empezando por lo mas superfluo, hasta quedarse ante la nada más absoluta, para poder ir llenándose con la plenitud del Ser que es, el único que colma de vida.

Las lecturas de este primer domingo no solo nos hablan de desierto, también nos hablan de alianza entre Dios y el hombre. Precisamente ese paso por el desierto, ese exponerse a cualquier mal (interno o externo), es el que al final permite establecer el encuentro con el Dios de la alianza. Dejar atrás una forma de ser escindida, para empezar a llevar una nueva vida vinculada y con sentido.

Muchos son los libros que nos muestran el viaje como un itinerario iniciático. Pues el desierto efectivamente también es una manera de transformarse y volver a nacer. Uno es el que parte y se adentra en la espesura de arena, soledad y silencio, y otro muy distinto el que regresa habitado por el Dios del encuentro. No te encontrarás con Él en los libros, sino en el misterio de tu propia existencia, solo ahí se revela; solo ahí arde la zarza.

A aquellos que han experimentado al Dios que vive en el desierto se les podrá reconocer porque regresaron transformados. Basta con verles el rostro, adusto, y sin embargo, apacible y sonriente; basta con mirarles a los ojos, les brillan de un modo nada corriente; basta con escucharles las palabras, pues resuenan con la ternura de Dios. Si quieres ser uno de ellos, has de vivir en modo Cuaresma, pues el desierto está en ti, y si quieres, puedes adéntrate.

No temas Él siempre te acompaña y ampara, pero allí en pleno desamparo, sentirás el abrazo de quien ha hecho contigo una alianza a la que nunca falta, una alianza perpetua. Haz de esa alianza el modo de conectarte con todos y todos, y por tanto tu modo de vivir. Es posible. Todo es posible en Cuaresma. Transfórmate.

     

sábado, 10 de febrero de 2024

¿Quién te has creído?

¿QUIÉN TE HAS CREÍDO?



Aparentemente vamos por la vida muy seguros, o al menos con la percepción clara de saber muy requetebien lo que somos, y, por supuesto, lo que son todos los demás, y a qué podemos atenernos en cuanto a cada uno de ellos. Es algo tan supuesto, tan obvio, tan patente, que para qué vamos a plantearnos lo que no sé por qué no vamos a dar por seguro. Pero tal vez de ahí nazcan muchos de nuestros errores de cálculo, porque damos por supuesto y admitimos demasiado a la ligera y precipitadamente nuestras consideraciones. Bien saben esto los viven de la manipulación y del engaño, y, por supuesto, lo utilizan en su beneficio.

De aquellos grandes sabios que en el mundo han sido, los que nos han precedido y son poseedores de tan contrastada solvencia intelectual, como son Sócrates o el valenciano Juan Luis Vives, hemos sabido que antes de aprender algo nuevo, conviene desaprender los equívocos que solemos tomar por certezas. Pues si ya en los fundamentos del saber vamos errados, cómo va a tener consistencia todo conocimiento que sobre cualquier prejuicio levantemos. Vano será el esfuerzo; tiempo perdido en esa ardua labor de búsqueda de la verdad, aunque tan solo sea nuestra verdad de andar por casa tratando de entender nuestro pequeño mundo.

Todo este curso andamos insistiendo una y otra vez en la importancia de escuchar, pues como los seres humanos nos dejamos a menudo influir por el entorno, y el actual no se caracteriza por el noble arte de la escucha, sino por el juicio inmediato sobre el otro o sobre cualquier cuestión, sin haber escuchado ni sopesado cuáles son sus razones, su postura, sus problemas o intención. Si no escuchamos no nos podremos enterar de quién es el ser humano que tengo delante, qué le puede estar pasando, de si llego a entenderle y en qué puedo auxiliarle. Pero es que sin escucha interior tampoco sabré quién soy realmente y no podré llevar una a existencia acorde con lo que verdaderamente soy. Y ya no hablamos de si también me niego a mi mismo la posibilidad de escuchar a Dios, a Aquel que mejor y siempre anda siempre dispuesto a escuchar a sus hijos.

Pues hoy, en este sentido, para variar un poco, pero sobre todo para completar nuestras carencias, y al mismos tiempo los remedios que tenemos al alcance, habría que añadir que no solo hemos de aprender a escuchar, sino que además hemos de aprender a mirar y mirarnos. ¿Así que hemos de desaprender la manera en que escuchamos y miramos la realidad? Pues parece que puede sernos de gran beneficio empezar a ver sin suponer, y de escuchar con verdadera atención. No se trata tanto de creer que ya sabemos, sino de constatar que no nos enteramos tan bien como habíamos supuesto, que podemos mejorar nuestra capacidad de ver y escuchar para empezar a apreciar de nuevo lo que tengo delante de los ojos y ante los oídos.

Desaprendamos cuanto antes a juzgar ¿quién soy yo? ¿Quién me he creído para poder juzgar por encima del hombro a los demás? ¿En qué fundamento me baso? ¿En una mera impresión? ¿En lo que me ha llegado? Porque demasiadas veces nos basamos en estereotipos, en etiquetas impuestas que todos llevamos, porque nos colocamos con gran facilidad. No, el ser humano no es una etiqueta, si le reducimos a eso es que hemos de empezar urgentemente una cura de desaprendizaje radical, para evitar distorsiones y cegueras autoasumidas.   

En las lecturas de hoy -qué suerte inmensa poder ajustar habitualmente nuestra óptica a la luz del evangelio- nos damos cuenta que, frente a la manera establecida de considerar a los leprosos en tiempos de Jesús, y, por tanto, de marginar y excluirlos, Jesús sabe mirar de otra manera, de una manera totalmente diferente. ¡Ojalá llegáramos a mirarnos los unos a los otros así! ¿Leproso de qué? Ser humano doliente, ser humano necesitado ¿O es que la etiqueta impuesta de leproso ya anula lo fundamental del hombre. Porque si lo anula, entonces los desposeemos de su dignidad intrínseca, y ya podemos justificar y dar por bueno cualquier maltrato, cualquier exceso. 

Efectivamente, mucho nos jugamos en esto de ver a través de las etiquetitas, porque sin darnos cuenta, sin ser conscientes, estaremos asumiendo discriminaciones injustificables, pero evitables. De eso se trata, de aprender a ver en verdad y a escuchar con nitidez desde el corazón, ya que la ignorancia de las leyes (las del amor) no justifica la falta. Empecemos cuanto antes a desaprender a comportarnos como seres escindidos de nuestros semejantes, y aprendamos a vivir con y para los demás, es decir, de forma humana y fraterna. ¿Es mucho pedir?

Hoy, quizás, sea un momento propicio para revisar qué etiquetas te has puesto o te han puesto y llevas a cuestas; pero, de igual manera, para tomar conciencia de las etiquetas que tú puedes ir proyectando y asumiendo como buenas respecto a los demás.

Aunque la lucha contra la lepra está ya muy avanzada, posiblemente podamos hablar de nuevas lepras. Una de ellas bien puede ser esa de imponer sambenitos por doquier y sin justificación alguna. Otra de las lepras más pujantes puede ser la de la tan expendida indiferencia, o el individualismo, el narcisismo, el materialismo, los apegos, etc. Pues acude al Salvador que se acerca y con esa mirada que escucha, que conoce y ama, que no sabe de etiquetas, te dice: "Quiero: queda limpio". así de fácil, así de auténtico.

NO DEJES PASAR ESTA OCASIÓN, PÍDELE QUE CURE TUS INCOHERENCIAS