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sábado, 5 de septiembre de 2026

Comenzar de nuevo

 COMENZAR DE NUEVO


En la vida, según se va teniendo experiencia, nos vamos percatando que el tiempo pasa inexorablemente. Es verdad que unas veces corre que vuela, mientras otras transcurre más sereno. Tal vez no dependa tanto de la precipitación o la lentitud de este transcurso temporal del reloj como de la manera en que lo vivimos y nos sumergimos en las mismas aguas de ese río que decía Heráclito, ya que se están constantemente renovando. Pero no sólo eso, es que además esta sucesión de los días conlleva la sucesión de etapas; unas se van cerrando y otras dan comienzo.

Sería como sentarse a la orilla del mar y ver que llega una ola, detrás otra, y a continuación la sigue otra, y así desde tiempo inmemorial y hasta vaya usted a saber cuándo. Y es que delante del mar, si uno quiere, se puede seguir contemplando, preguntándose y comprendiendo el misterio que media entre lo efímero y lo eterno. De igual modo, nuestra respiración es un continuo sucederse. Se basa en tomar lo que llega y soltar lo que ya nos ha aprovechado en ese gozo inestimable de inspirar y expeler el aire del que nos proveemos para seguir viviendo. Un aire libre y compartido, un aire portador de oxígeno renovado e imprescindible para mantenernos vivos.

Y ahora a todos nosotros nos toca dejar atrás el periodo vacacional para centrarnos en esta nueva etapa que llega, el nuevo curso que está por estrenar. No añoremos o nos aferremos a lo que ya no es, sino que hemos de disponernos a lo nuevo, a lo que se nos presenta delante y que podemos emplear para nuestro crecimiento como seres humanos.

Por esto empezamos aquí y ahora este nuevo ciclo de entradas del blog de pastoral, semana a semana, latido a latido, domingo a domingo, a la luz de la palabra de Dios, que siempre es inspiradora y nos hace vivir con el espíritu menos adormecido y conformista. Y justo nos encontramos ya con el domingo XXIII de tiempo ordinario del ciclo A, en el que se nos propone cómo ejercer de manera constructiva nuestro papel de educadores en nuestra comunidad del Colegio Santa María de la Providencia o en nuestras familias. Todos somos a la vez educadores y educandos, todos aprendemos juntos, no para condenar los fallos de cualquiera de nosotros, para echárnoslos en cara y hacer daño, sino por contra para comenzar de nuevo, habiendo aprendido de los errores cometidos. Soltar lo anterior y empezar de nuevo, liberar y liberarnos.

No es indiferente, desde el respeto de los uno con los otros, vamos a plantearnos el mutuo aprendizaje en este curso que inauguramos como esa gran oportunidad para madurar y mejorar intelectualmente y académicamente, y de modo muy especial como personas que quieren convivir dando lo mejor de sí. Hemos de hacernos por tanto responsables de nosotros mismos, pero además también de lo que hagan los demás, del resto de miembros de este grupo humano empeñado en hacer realidad un mundo nuevo en el que merece la pena llevar a cabo nuestros proyectos y sueños.

Hoy nos recuerda San Pablo que el que ama al prójimo ha cumplido con toda la ley, la única ley que nos permite amarnos como hermanos, hijos del mismo Padre y corresponsables los unos de los otros. Hagamos realidad nuestra esencia de ser Educación Evangelio con ilusión y coraje, escuchando esa voz del Señor que nos invita una y otra vez a mirar a lo alto, sin conformarnos con aquello que debamos tratar de rectificar. Es una misión y una tarea que hemos de asumir todos, porque si nos tomamos en serio el lema de este curso SOY, podremos mirar ese curso que se nos abre ahora de manera personal y comunitaria. Es esta una vocación extraordinariamente maravillosa para desplegar a lo largo del curso. Todos estamos llamados a llevarla a cabo; sea el curso un proyecto compartido que nos compromete. 

En el evangelio además el propio Jesús nos propone ponernos de acuerdo y unirnos para solicitar la ayuda de Dios, que todo lo puede, para que sea posible; puesto que si nos reunimos en nombre de Jesucristo es está ahí, en medio de nosotros, resucitado y resucitador, es decir suscitando siempre en nosotros algo novedoso y extraordinario. Que Él sea nuestro guía a lo largo de este curso, el que estando en medio y con nosotros nos corrige, nos renueva y alienta. Con Cristo, con su evangelio y su madre, Nuestra Señora de la Providencia, vamos a lograrlo: un nuevo curso lleno de buenas experiencias compartidas, de cuidados y alegrías, de apoyo mutuo y compromiso. Ser Provi es esto y no otra cosa; y este curso que ahora empieza, si cada uno es con el que nos asegura de sí mismos que SOY la verdad, el camino y la vida, va a ser posible y verdaderamente memorable. Pidámoselo. ¡Muy feliz y provechoso curso 2026/27!

sábado, 25 de octubre de 2025

Con otra perspectiva

CON OTRA PERSPECTIVA


Que vivimos en una sociedad donde impera la imagen sobre el juicio, a nadie se le escapa. Para bien o para mal, en la actualidad esto es así. De hecho parece que nos estamos libremente autoesclavizando bajo este yugo de las pantallas en lugar abrirnos a la conquista de las ideas. Pues si dejamos que un día tras otro el foco de nuestro interés esté centrado exclusivamente en lo insustancial que a menudo nos muestran, poco a poco y sin remedio nos iremos convirtiendo más en auténticos mentecatos que en hombres y mujeres ilustrados y libres. El exceso de virtualidad, junto a la falta de análisis de la realidad, puede ser el triste diagnóstico más extendido en nuestros días.

No estaría demasiado desencaminado comparar el tiempo que pasan nuestros adolescentes o jóvenes frente a la información audiovisual, en lugar ocuparlo frente a un libro que presente ideas o pensamientos elaborados. Si ya a través de las redes nos da su versión prefabricada el influencer de turno, nos evitará tener que pensar por nosotros mismos. Pudiera parecer que esto de tratar de reflexionar de manera personal fuese una tarea inhumana, cuando, por el contrario, es una de las ocupaciones que más propiamente podemos considerar humana y humanizante.

Pero este panorama de opción por lo fácil y simplón tiene sus consecuencias. Cada vez hay menos pensamiento profundo o crítico. Amigo lector, haga usted mismo la prueba. Encienda la televisión, escuche y compruebe por si mismo. ¿Qué tipos de argumentos aducen los políticos o aquellos que suelen participar en tertulias televisivas? ¿Acaso no son ideas consabidas, generalidades ideologizantes, consignas maniqueas, sin que aparezca una mínima búsqueda de la verdad y el consenso? Antaño había programas de considerable nivel cultural del tipo de la siempre añorada "La clave", donde, a partir de una película, se iban debatiendo diferentes aspectos del tema abordado con seriedad, rigor y conocimiento de causa, desde los más diversos puntos de vista. Hoy, sin embargo, plantearse cualquier asunto con ese interés y complejidad no tiene cabida en la programación televisiva, pues sólo persigue audiencia y hacerle el caldo de cultivo a su señor.

En este sentido, no debe extrañarnos que la enseñanza está cada vez más orientada a la instrucción profesional y técnica en lugar de capacitarnos para pensar de manera libre, crítica y fundada. No cultivamos ciudadanos libres y responsables, sino meros trabajadores cualificados para las demandas tecnológicas del mercado laboral. Y lo que no satisfaga a ese fin pragmático no tiene cabida. Para pensar, lo que se dice generar pensamiento, ya tenemos a la IA que va a ser la que se dedique de manera delegada a ello, en lugar del homo sapiens. Así parece que están las cosas: que piensen las máquinas, que a nosotros nos cansa la tarea.

Con lo cual, el pensamiento no pasa de juzgar precipitadamente por meras apariencias, como si más allá de estas nos estuviese vedado mirar. Pero para aquellos que aún, y en contra del mundanal ruido y de las tendencias, se atreven a asomarse a las lecturas de este domingo XXX de tiempo ordinario, verán que son un revulsivo contra esa forma de proceder tan ligera de juicio y sensatez. En el libro del Eclesiástico o Sirácida se nos muestra que Dios, al contrario de nosotros, no hace acepción de personas, sin desentenderse de aquellos que para la sociedad cuentan poco a nada. Él escucha al humilde, al huérfano o a la viuda con predilección, pues sus súplicas le conmueven y son atendidas. Al contrario de lo que ocurre en esta sociedad de individualistas con auriculares, el sufrimiento de los descartados no le es indiferente.

En esa misma línea van el salmo 33 y el fragmento de la segunda carta del apóstol San Pablo a Timoteo, pues si Dios no nos abandona, sino que nos escucha, acompaña, consuela y socorre, entonces nosotros deberíamos también mantener nuestra confianza en Él, y con Él, escuchar, acompañar, consolar y socorrer al hermano que sufre, porque, aunque la sociedad se desentienda, los cristianos no.

Y en el evangelio de San Lucas, es el propio Jesús el que nos narra la parábola del fariseo y el publicano. Mientras el primero juzga y prejuzga peyorativamente al hermano que reza con él en el mismo templo, considerándose mejor y superior al otro, el publicano tan solo se fija en sí, en su pequeñez y fragilidad, pues se sitúa con autenticidad ante la grandeza y el misterio sobrecogedor de Dios, donde no puede haber sitio alguno para la vanidad que ostenta al fariseo.

Es benefactor, por tanto, situarnos como aprendices una y otra vez ante las enseñanzas transformadoras del evangelio. Aprendamos a no ser superficiales y vanos consumidores de imágenes virtuales y sí de más contenidos virtuosos, porque si no se nos terminará distorsionando necesariamente el ego y hasta puede llegar a desaparecer el rostro real del hermano sufriente. No viene mal tampoco, como terapia espiritual saludable, situarnos ante el amor de Dios todoabrazador, reconociendo nuestra poquedad, nuestro barro humilde, pues Él lo considera sagrado y nos trata con suma ternura y cuidado.

La tendencia y la tentación pueden ser construirse una imagen falsa de quienes somos, hasta el punto de ni siquiera llegar a reconocer nuestra máscara, tal y como el fariseo, que se veía a sí mismo perfecto y modélico en su relación con Dios y con los demás hombres, aunque a las claras dejara bastante que desear. Cuidado, por tanto, con las imágenes, porque aún pudiendo ser hermosas, pueden estar mostrándonos más que una realidad parcial y superficial de lo que hay y de lo que somos. Si quieres descender y descubrirte, adéntrate en tu desierto y será el mismo Dios el que se te revele para mostrarte entera y progresivamente tu autenticidad y tu espejismo.

sábado, 5 de abril de 2025

De oídas

DE OÍDAS

A poco que uno sepa y/o haya leído, puede conocer que además del archifamoso asno que inmortalizó nuestro ilustre poeta moguereño, hay más burros que campan a sus anchas por la literatura. Sin ningún ánimo de ser exhaustivos, en la literatura clásica Apuleyo nos habla de uno que fue tan sumamente burro, que se pasó una buena temporada ejerciendo de burro sin serlo, pues se transformó en un miembro más de esa especie; y siendo burro debió de protagonizar toda una serie de aventuras. Y es que, tanto personajes como personas, puede haber por ahí sueltos que, por su poco juicio o por un obcecado comportamiento, más parecen burros que los que verdaderamente son estos particulares animalitos.

A otro equus africanus asinus, del que ya nos encontramos nosotros más cercanos, su propietario solía denominarle rucio, y que junto a su singular compañero, iban recorriendo nuestros territorios buscando aventuras con las que poder hacer el bien y dejar manifiesto su valor como caballero andante. También cierto muñeco de madera, que cobró vida por arte de la literatura, y que era proclive al crecimiento desmesurado de la nariz cuando faltaba a la verdad, se convirtió en burro capaz de seguir protagonizando múltiples burrerías, hasta que por el aprendizaje de la bondad, recuperó su anterior condición.

Y hablando de pollinos insignes, no podemos dejarnos en el tintero aquel que pasó la noche entera sin rebuznar siquiera para no despertar al niño, dormidito en el pesebre, en la noche más preciosa que ha habido nunca, cuando las estrellas brillaban emocionadas dándolo todo para expresarnos que la noche es también tiempo de iluminación y de salvación. O aquella otra burrita anónima en la que entró montado y triunfante el Señor en Jerusalén a darse ya por entero en la cruz, entre el alegre bullicio de pueblo exultante que proclamaba: "¡Hosana al hijo de David!" aquel primer domingo de Ramos, que desde entonces, no hemos dejado de revivir, reconociendo también nosotros al humilde mesías, el Salvador, montado el aquella anónima burrita.

Malo sería, por tanto, que aun conociendo con que facilidad los hombres desoyen las enseñanzas que les son dadas, terminaran asemejándose a brutos animalitos, aunque ciertamente hay cuadrúpedos que demuestran ser hasta más nobles y astutos que muchos humanos. Porque una cosa es tener orejas de burro, grandes y esplendorosas como penachos, y otra es usarlas con provecho, puesto que oigo, y lo que oigo lo escucho, y lo que escucho lo comprendo, sopeso y asimilo, para después sacar una útil enseñanza que aplico con justeza a la vida. Se podría llegar a decir que los seres humanos se vuelven burros es por propia decisión, por dejadez o por empecinada y cerril obcecación.

A Jesús se le conoce como el Maestro. De estos maestros de antes, que crearon verdaderamente escuela y discípulos, aunque no tenían pizarra a mano ni aula en que impartir su docencia. De esos maestros que no precisaron legarnos sus inigualables enseñanzas en un corpus de escritos, sino que de viva voz y de una vez para siempre hablaron, de tal manera que sus palabras permanecieron hasta nuestros días conforme al valor que se les concedía. Hoy, sin embargo, al parecer ya no se les reconoce el valor intrínseco que poseen dichas palabras, porque, salvo unos pocos que en el mundo han sido, son y serán, se prefiere el discurso falaz, anodino, soez y maniqueo, más acorde con la vida tozuda de burro humano que muchos prefieren llevar, pues se cree que escuchar y aprender está de más. ¿Aprender, qué y para qué?

El pasaje que nos presenta el evangelio este quinto domingo de Cuaresma es muy otro: tenemos al Maestro, ese que no nos dejó escrito alguno, solo sus palabras recopiladas por los suyos, que está escribiendo con el dedo en el suelo, es decir, que sí que escribía cuando se le antojaba, pero lo hacía en la arena en lugar de en otros soportes más perdurables. ¡Qué humilde receptáculo el de la tierra para merecer tan digna enseñanza! ¡Qué humildad la del Maestro, que no consideró a sus palabras merecedoras de que llegasen a los que no estaban presentes allí delante escuchándolas! ¿Qué signos trazaría? ¿Qué mensaje dejó allí escritas? Solo Dios -él mismo- lo sabe.

Lo que sí podemos saber, y no solo de oídas y leídas, sino porque en el corazón nos han quedado ya escritas muy hondamente, son las palabras que pronunció al tiempo que le presentaban una mujer sentenciada a la lapidación inmediata. Algunos querían ser más burros que cualquier bestia, y ensañarse con una mujer indefensa, porque de oídas ya sabían qué pensar y cómo comportarse: como verdaderos energúmenos. Pero Jesucristo les propuso: "El que esté libre de pecado que tire la primera piedra". Mucho se expuso ante una turba ávida de brutalidad al no darles la razón, sino a quitársela de raíz. Les pidió que antes de actuar, pensaran por sí mismos y examinaran su proceder, y no solo de oídas y cruelmente.

Una vez bien recapacitado, mira después a la persona que tienes delante y su corazón, no para condenarla con presteza, sino para compadecerte y reconocer su dignidad y su potencialidad para amar; entonces su falta será asumible y perdonable, más aún si además también tienes en cuenta las veces que el que se arroga el papel de juez implacable ha pecado también lo suyo. Juzga desde la misericordia, tal como Jesús ha venido anunciando y ahora de manera ejemplar también nos da buen ejemplo.

Por tanto, no sepas de perdón solo de oídas. La teoría y la teología están muy bien, pero para no ser un ser solo dotado de grandes orejas, sino que además le permiten a uno ir adquiriendo un verdadero aprendizaje, habrá de hacer experiencia de ese perdón que redime y restaura, de esa gracia generadora de nueva vida que nos regala una y otra vez el corazón de Jesús, que te mira con amor y te dice sencillamente "tampoco yo te condeno. Vete y en adelante no peques más." Porque una cosa es creer que se sabe, porque algo simplemente se ha oído, y otra muy distinta hablar, sentir y vivir desde la experiencia fundante de haberte encontrado con Cristo, ese que iba escribiendo sus enseñanzas sobre la bendita arena. Ese que te otorga su perdón también a ti, incluso si has sido burro en alguna ocasión,

sábado, 15 de marzo de 2025

En carne propia

 EN CARNE PROPIA


Por si alguien aún no se ha enterado, este viernes pasado hemos asistido a un acontecimiento sideral de consideración, o al menos de cierta relevancia, y del que en general se han hecho eco todos los medio: la luna llamada de sangre, porque un eclipse casi completo de luna era bañada por el reflejo rojizo del astro rey. Este hecho para unos será algo anecdótico y pasajero, para otros una manifestación de la exactitud y precisión de los movimientos celestes, y para otros un signo astrológico que requiere una transformación en nuestros periplos existenciales. Allá cada uno con lo que entienda y después haga con ello.

Lo que es claro es que lo de siempre, el satélite terrestre, ha adquirido una apariencia extraordinaria debido a que la luz incidía en ella de manera diferente. No se ha transformado, pero parecía haberse transformado por medio de la luz que reflejaba. La luz bajo la que contemplamos los objetos, las personas, las emociones, pensamientos y hechos, es decisiva en la manera en la que percibimos y entendemos. De ahí la hermosa etimología del verbo especular, esto es, llevar luz hacia algo mediante el espejo. Pues sin luz no vemos ni entendemos. Precisamos la luz para descubrir lo que tenemos delante. A veces, como seres inteligente que somos, podemos llegar a ver y entender también a la luz de las palabras, leídas o escuchadas. Hay por tanto una luz que ven los ojos y otra que descubre la razón. ¿No habrá también una luz que logre esclarecer las cuestiones del espíritu? 

Pero no solo eso, la experiencia también ha de iluminar nuestro saber de las cosas del mundo. Que vivir vaya produciendo en cada uno de nosotros una luz dentro, una certidumbre, un hacerse cargo, un descubrimiento existencial que nos sirva para señalar los derroteros de nuestro peregrinar no siempre por cañadas suficientemente claras. En estos días nuestro centro escolar ha tenido que pasar por una situación muy dolorosa que a todos nos está afectando. Tratamos de darnos aliento los unos a los otros, pero nos falta capacidad para encontrar el sentido al sinsentido de lo terrible, que de modo totalmente imprevisible nos golpea de manera decisiva. Se nos cierra entonces el horizonte, porque la luz en la que nos manteníamos seguros de repente se mengua y hasta se nos apaga. ¿Dónde buscar cierta claridad? ¿Podemos mirar más adentro y encontrarnos algo a lo que aferrarnos para no sucumbir a la desesperación? Tal vez sea posible si lo intentamos. Contamos con el apoyo y el afecto de los que nos lo muestran, están ahí y nos acompañan. También algunos tenemos fe, y esta, si es firme, también nos conforta.

Jesús, con tan solo alguno de sus discípulos, asciende a una montaña, lugar al que hay que llegar mediante un ascenso que requiere trabajo, Abajo deja la vida ordinaria, los afanes y preocupaciones que nos tienen ocupados a diario. Sale de la normalidad y se sitúa en otro nivel, más elevado y que permite tener otra perspectiva. La dimensión espiritual, intrínseca del hombre, no anula ni la luz de los sentidos, ni los sentimientos y emociones, ni la razón, pero amplía la capacidad de comprender sin comprender, confiar, aceptar y amar, también en el dolor.

Jesucristo en este evangelio de la segunda semana de Cuaresma se transfigura delante de los íntimos. Aparece resplandeciente como quien realmente es: ser humano y ser divino aunados a la perfección, integrados de tal manera que no puede ser el uno sin el otro. No precisa la luz del sol; no asume una singular apariencia como la luna de sangre, no, es él mismo el que muestra su propia luz a los que le acompañan.

En esta camino que nos lleva a la pascua, hemos de descubrir también en carne propia esa doble condición que Cristo nos descubre. Somos de Cristo y hemos de reproducir esa misma condición, material y espiritual, pues por el bautismo nos hemos injertado en Él. Somos ya seres espirituales (a la vez que materiales) y participamos de su victoria sobre la muerte, es decir, resucitamos también con Él, pues nos entrega su vida. La vida no acaba con la muerte, la vida se transforma y se convierte en vida eterna.

No veamos solo con los ojos. No veamos solo con el entendimiento, sino más bien, entendamos con el espíritu que durante esta vida hemos de ir transformándonos espiritualmente, no quedar reducidos meramente al cuerpo material, sino saber que podemos transfigurarnos empezando por ver y entender al que hoy se nos transfigura en lo alto del monte Tabor, el Transfigurado, el Cristo, el Señor. Hoy se nos invita a contemplarlo en la divinidad de su carne y de su cuerpo, y ha escucharle como el Hijo de Dios viviente. A dejar que su palabra de vida nos transforme. No se me ocurre mejor modo de proseguir este camino cuaresmal que iniciamos ya en el desierto de las tentaciones, del vacío y de la desesperación. Ascendamos con Él a la montaña. Abrámonos a la experiencia de su amor incondicional y salvador. Tal vez ahí están las respuestas y el consuelo.

Sí, hemos de experimentar en carne propia esa transfiguración espiritual necesaria para desplegar nuestra condición humana de manera completa y atrevida. Hemos de subir de nivel, dejar que su gracia nos vaya trasfigurando para ser más humanos y más divinos, más corporales y espirituales. Para nosotros es enormemente difícil, pero no para Dios. Avancemos, que el Espíritu actúe entonces en carne propia, que vaya manifestando quienes realmente somos, como Jesús se nos muestra hoy.

viernes, 24 de enero de 2025

Todo en su sitio

 TODO EN SU SITIO


Hay personas para las que el orden es su pasión, especialmente válidas para encontrar el encaje a todo con una perfección extraordinaria. Algunos recordaréis al conocidísimo protagonista de la serie The Big Bang Theory, Sheldon Cooper, magistralmente interpretado por el actor Jim Parsons, que entre otros numeroso méritos, sabía encontrar el lugar en que debía estar todo de la manera más organizada. Incluso en un capítulo se pasa toda una tarde perfectamente feliz porque le dejan ordenar el desván caótico de su amigo Howard Wolowitz. Para él es una actividad divertida esa la de ordenar, aunque a otros muchos pueda parecernos la peor manera de distraernos. Lograr configurar un orden donde no existía, es también una labor loable, además de necesaria y conveniente.

No todos somos así; muchos otros nos caracterizamos por vivir sujetos a un desorden aceptable y asumible para ir tirando, pero dentro del desorden siempre existe cierto orden, pues no llegamos a sucumbir en el maremágnum de papeles y enseres que pululan donde buenamente se les dejó. Como ejemplo de este desorden vagamente controlado, podríamos proponer al gran detective Sherlock Holmes, más dado a poner en orden sus ideas que su apartamento.
 
Y otros, sin embargo, hay, que si nadie lo remedia, terminan por desaparecer en una aglomeración caótica y creciente de cachivaches dispares en la que ya no es posible habitar humanamente. Como en todo hay extremos; habrá que saber huir a tiempo de ellos, evitando tanto caer en el imperio perfecto del orden extremo, como en el absoluto desorden.

Cualquiera que sepa mirar la realidad con cierta profundidad, descubrirá que esta es variada y admirable por su complejidad, por su belleza y por su orden intrínseco. Los científicos descubren las reglas y patrones que subyacen en todo aquello que acontece en la naturaleza. Ya lo miremos a simple vista, a través de un microscopio o telescopio, simplemente constataremos que dichas formas simétricas y combinadas está ahí reiterándose según un orden misterioso en el que ensimismarse, pero al cual ni siquiera solemos prestar atención.

Sería admirable igualmente que si volviésemos la atención sobre nosotros mismos, encontrásemos también un orden interno que brotara de cada uno de nosotros hacia afuera. Por contra, la mayor de las veces hemos de añadir algo de orden y belleza artificial para camuflar aquello que no resulta armónico de por sí a simple vista. No todo se haya perfectamente en su sitio, y con la cirugía, los trucos de maquillaje o el retoque fotográfico, al menos lo externo del hombre pasa por seguir el sacrosanto canon estético del momento.

Si pudiésemos apreciar la belleza interior de una persona, tal vez habría que verla al natural en la expresión de sus gestos, su mirada, su semblante, su calma, su integridad, su bondad, su comprensión, su saber estar, su cuidado, su cordialidad, su respeto y muchos otros indicios para reconocer el orden interior al que obedece su comportamiento. Ahí no puede haber lugar para el engaño, pues salvo que alguno se sienta observado y esté fingiendo o figurando, los actos que alguien realiza, pueden mostrarnos con claridad quién es y lo que pretende. Unos se mostrarán orgullosos, otros humildes; unos interesados, otros desinteresados. Por lo que hacemos y por el cómo lo llevamos a cabo, todo el mundo debería conocer al que tiene delante y también a sí mismo si se para a analizarse.

Este domingo III de Tiempo Ordinario celebramos El Domingo de la Palabra de Dios. Bien pudiera ser que haya que reconocer el papel que desempeña la escucha nutriente de esa palabra viva para empezar a ordenar el interior y las obras del oyente de la palabra, es decir, del hombre nuevo. Si es verdad que por diversos motivos tendemos al desorden interior (emocional, psicológico, racional, moral, relacional y espiritual), la escucha atenta y perseverante de esa voz de Dios que nos aportan los textos que nos presentan a Cristo y su mensaje, constituyen un filón extraordinario para que el comienzo del orden bello y divino se vaya formando en nosotros.

Los hombres y mujeres que andamos con nuestro desorden a cuestas, podemos poner orden en la realidad mediante el ejercicio de la palabra, nombrando e identificando la realidad, y estableciendo relaciones ajustadas en la complejidad de la realidad que nos envuelve. Sin la palabra ni el lenguaje, no habría comprensión ni capacidad de control consciente y crítico en nuestra existencia. Pero es que además, con la palabra podemos entendernos y ponernos de acuerdo entre varios, sabiendo los límites que hemos de respetar para la convivencia. Necesitamos de la palabra humana y también de la palabra divina, pues somos nada más y nada menos que los interlocutores de Dios,

Dejémonos de apariencias, poses y superficialidades. Cambiemos sobre todo por dentro, abandonando lo que destruye y acogiéndonos a lo que regenera. La palabra de Dios facilita la acción del Espíritu. Dejémonos hacer por él. Aspiremos a esa sin igual belleza de ser nosotros mismos según el orden libre de Dios. Tratemos de ser más a imagen y semejanza del Hijo, y menos mundanos en medio del mundo caótico en el que nos ha tocado vivir. Aportemos nuestro orden espiritual para ordenar nuestras comunidades. 

Si esto es así, poco a poco, además formaremos parte activa de una comunidad de creyentes. Es ahí también donde la Palabra debe ayudarnos a generar estructuras llenas de hermosura. Decíamos que en la naturaleza había un orden prodigioso; pero no es menos cierto que en la Iglesia y en la sociedad, nosotros debemos ser los promotores de ese orden comunitario y social: todos a una, integrados, favoreciendo el bien común, el bien de todos. Dios quiera que esa palabra poco a poco nos vaya  transformando interiormente a todos y seamos capaces de transformar asimismo este mundo tan carente de belleza y armonía en tantas ocasiones.

jueves, 17 de octubre de 2024

A los remos

 A LOS REMOS

¡Qué facil es hablar y exigir a los otros que actúen de una manera determinada, pero luego uno mismo no se exige nada a sí mismo! ¡Qué fácil resulta echar mano de infinidad de excusas para autojustificarse, pero ninguna para comprender los comportamientos de los demás! Puede parecer que aquel mandamiento de amar al prójimo como a uno mismo nos queda grande. Resulta curioso que lo que en otros me indigna, en mí me resulta normal y llevadero, y así pasa lo que pasa, y es que terminamos siendo poco o nada ejemplares.

Sin embargo, el evangelio nos interpela una vez más. Quizás por eso sea mejor no leerlo, no escucharlo, no tenerlo en cuenta y no pararnos un instante a meditarlo, no sea que me saque del cómodo, autosuficiente y superficial lugar en el mundo en que he decidido instalarme. Cuanto menos me plantee o me planteen, mucho mejor.

Pero no, si lees este blog, es que al menos te atreves a dejarte cuestionar; que no das el evangelio por leído, y que el mensaje de Jesús, la buena nueva te sigue interpelando y ayudando a desinstalarte de este mundo de prisa y lo superfluo. Si conecta el evangelio contigo, serás como la tierra buena que acoge la semilla y trata de germinar para dar fruto.

Y es que precisamos el agua y el alimento para tener vida, pero no solo eso, también necesitamos el aire, a los padres, hermanos, abuelos, amigos, compañeros, es decir, al resto de personas que nos cuidan y ayudan, pero, además, necesitamos alimentarnos de esta palabra de vida que nos trae como regalo valiosísimo Jesús, y que tenemos disponible las veinticuatro horas durante todos los días de los años que nos sea dado vivir. Esto es así, y ya nos hace caer en la cuenta de que solitos, de manera exclusivamente autónoma tenemos poco recorrido, que nos necesitamos los unos a los otros para casi todo, como por ejemplo, para aprender a ser nosotros mismos, siempre en relación a los demás.

Reconocerse necesitado es dar un paso muy grande, ni capaz de todo ni autosuficiente, sino humilde, sencillo y agradecido. Estar dispuesto, asumir lo que venga, por duro que sea, porque me va conformando en esa persona que, desde la debilidad y tan necesitado, se deja ayudar y aprende con lo que va viviendo. Dejemos hacer y hacernos por Dios. Confiemos en su buen hacer en nosotros y a la vez, colaboremos con esa acción misericordiosa y gratuita que realiza en nuestras vidas. Sí, Dios está aquí, remando con nosotros, pero eso no quita que el que tiene que echar mano a los remos y andar a la brega junto a Él y el resto, somos cada uno de nosotros. Hacer y dejar hacer. Alentar y ser alentado. No soltar el remo. Seguir remando.

Porque los hay de esos que gustan estar arriba, en los primeros puestos, en los más destacados, los que quieren subirse al podio y tomar para sí las medallas, cuando ni siquiera se han preocupado de remar. ¿Para qué si ya tiraban los otros y les hacían el trabajo duro? Que no sea así entre nosotros, que al igual que Jesús, hemos de aspirar otro podio, aquel de los que descubren que el éxito de la vida está en servir para que sean los otros los que sí que triunfen, o al menos tengan oportunidad de salir adelante. Porque el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir; ha venido y está vivo entre nosotros dándonos Vida, y Vida en abundancia. Él no suelta los remos.

Dejémonos, por tanto, de marear la perdiz, y pongámonos ya a los remos o donde cada uno descubra que puede servir y ayudar más y mejor. Y allí, en plena tarea, sabrás lo que es la verdadera victoria: la entrega por amor al prójimo. Uno solo no puede, pero si contamos con su ayuda gratuita e incondicional, todo cambia.

miércoles, 2 de octubre de 2024

Fracturas

FRACTURAS


Con qué facilidad levantamos verjas que dividen y separan; con qué facilidad nos creemos en el redil de los buenos y de los que ni son como nosotros ni piensan como nosotros. Con qué facilidad tendemos los seres humanos a excluirnos y dividirnos en grupitos cerrados. Hemos asumido como normal lo que no es normal: fragmentar y rechazarnos entre nosotros, que somos hermanos e hijos del mismo Padre.


Mal está que en esta sociedad en que vivimos nos hallemos en medio de la polarización y la intransigencia con aquel que no acepta nuestros esquemas ideológicos, aunque bien nos lo recuerda Jesús cuando nos advierte que "el que no está contra nosotros está a favor nuestro” o en otra ocasión “no ha de así entre vosotros” (Mt 20,26). Cuesta trabajo que sigamos llamándonos cristianos cuando nuestro proceder es justamente el que condena Jesucristo. Pues sí, ni pestañeamos por ello a pesar de criticamos entre nosotros, en lugar de sentirnos partícipes en la construcción de la comunidad y de la unión fraterna.


Y es que el maligno hace muy bien su tarea: dividir, separar, romper la unidad. Desde el principio se ha dedicado a ella, y nosotros, conocedores de sus estrategias y sus fines -y también de los de Dios-, seguimos rompiendo el vínculo de la caridad a que nos debemos: “ama al prójimo como a ti mismo”. No solo a los de tu grupito, a los similares o a los que te caen simpáticos, porque si no "¿qué mérito tenéis?" El tentador nos seduce y convence una y otra vez para que construyamos una identidad en confrontación con los otros, y empiezan las rivalidades, las enemistades y las luchas fratricidas entre nosotros: en la familia, en la vecindad, en el colegio, en la parroquia, en el trabajo, y allá donde nos suelten. Pero claro, es que ¿qué se habrá creído este o estos para profetizar o para hacer milagros al margen de nosotros, sin que yo lo controle y vigile convenientemente? Tan solo yo concedo plena garantía de legitimidad a lo que han de pensar, decir o hacer a los demás.


Aunque sería innecesario, solo para ahora, se podría añadir otro mandamiento más a los Diez Mandamientos, ya que como acabamos de proferir “Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón”. Podría decir algo así como “No dividirás”, o “No condenarás al que piensa o actúa de modo diferente al tuyo”, o “Darás libertad a tu hermano para que viva conforme a su corazón sin entrometerte”. A ver si de esta manera, al tenerlo explícito, lo respetáramos y cumpliéramos más fácilmente en nuestras vidas cotidianas cristianas.


Y es que en esto de dejar al otro que sea y viva su fe como mejor guste, nos jugamos mucho, tanto como ser auténticamente una comunidad cristiana verdadera, rica, plural, integradora y evangelizadora, que no es lo mismo que integrista y uniformante. Dejemos hacer al Espíritu Santo tanto a los de dentro como  a los de fuera; pero al Espíritu y no al Tergiversador y embaucador de siempre, el que divide, agrieta, separa y enfrenta. Solamente es el Espíritu el que posibilita unidad y comunión dentro del mismo Cuerpo de Cristo que somos la Iglesia, frente al otro, que nos destruye desde dentro y desde fuera. Cada uno de nosotros decide.


Por tanto, que en nuestro colegio, todos y cada uno de sus miembros, optemos por cuidar la convivencia, favoreciendo el entendimiento y la unidad entre todos. Porque si nos educamos como familia unida, la educación que queremos quedará firmemente integrada en nuestros alumnos, porque no se limitará a la mera transmisión/adquisición de conocimientos, sino que atenderá a aquellos valores que se asientan en lo más noble de la persona, en su base más íntima, en su corazón.


Sí, aprendemos a vivir viviendo y conviviendo. Escuchémonos, posibilitemos así la interconexión entre las personas que hacemos posible el día a día de nuestro colegio, escuela de convivencia y aprendizaje. Mantengámonos esperanzados porque la transformación y mejora son posibles y necesarias. Trabajemos conjuntamente todos, nos va mucho en ello.


sábado, 16 de marzo de 2024

Tomarse en serio las cosas serias

 TOMARSE EN SERIO LAS COSAS SERIAS



Tarde o temprano hay que empezar por tomarse en serio las cosas serias, porque en definitiva, nuestras vidas son cosa seria y complicada. Vamos a empezar por tomándonos en serio la Cuaresma, tiempo apropiado para plantearse un cambio en serio y definitivo. ¿Qué es la Cuaresma? ¿Para qué la Cuaresma? ¿Qué sentido tiene volver a pasar por la Cuaresma año tras año? ¿Cuántas llevas ya vividas? ¿En qué te han ayudado a vivir tu fe? ¿Han servido las anteriores Cuaresmas para desarrollar esa vida de fe, a acrecentar esa semejanza con Cristo? ¿Es necesario tratar de nuevo tratar de aproximarse al porqué de la Cuaresma? Pero empecemos a tratar de responder, en lugar de seguir proponiéndonos más preguntas.


  1. Oportunidad


La Cuaresma es una gran ocasión, es una gran oportunidad que la Iglesia, a través del calendario litúrgico, nos propone e invita a celebrar de lleno, sin medias tintas. Ojalá queramos esta vez, por tanto, vivirla no como una más, sino intensamente y con pleno sentido.


Conviene aprovechar este tiempo y este espacio que se nos ofrece para hacer un recorrido, atravesar, pero también para tratar de hacer hogar y morada en el desierto, es decir, aprender a vivir con nosotros, con lo mínimo, en plena libertad y totalmente ante Dios. La Cuaresma debiera ser una experiencia radical en la que descubrir que, por encima de todas nuestras necesidades, hay una gran necesidad latente, perentoria, esencial y existencial, y esa experiencia necesaria no ha de ser otra que vérselas con uno mismo y con Dios. Situarse sin engaños ni tapujos ante Dios, ponerse en verdad ante la verdad de Dios. Exponerse, sin más superando todo reparo y todo miedo.


Pero si ya estamos bautizados, si ya nos hemos insertado en la vida de Cristo y formamos parte de la Iglesia. ¿Qué sentido puede tener entonces volver a pasar y a repetir una nueva Cuaresma? ¿Vamos a tratar en esta ocasión de que nos sirva para cambiarnos al menos en algo?


La Cuaresma es primeramente un tiempo propicio para despertarnos, porque en el devenir de las noches y los días, en contra de lo que debería pasar, nos vamos adormeciendo poco a poco. Qué bueno, en verdad, poder romper con las rutinas, pues, al final, terminamos repitiendo y repitiendo lo mismo y con la misma actitud (mismos lugares, mismos gestos, mismas palabras, mismos pensamientos). Hasta pudiera parecer que nuestras vidas cotidianas transcurren por unos raíles rígidos; que se nos va apagando, progresivamente y sin querer, la ilusión de vivir resucitando. Terminamos viviendo como si Dios no fuera Alguien vivo, resucitado y resucitador. La enorme novedad de ser cristianos, que nunca no se agota, que siempre se ha de descubrir, se nos escurre entre las manos, y ese hacernos vivir en la gratuidad, en el agradecimiento, en la alegría, en el asombro, en el amor que no se gasta con la entrega, sino que se acrecienta, termina quedando sepultado e incluso olvidado. La Cuaresma, por tanto, viene a ayudarnos para que despertemos el corazón, el oído, a que vibremos en el reconocimiento consciente de Dios.


La Cuaresma es una gran oportunidad porque podemos conseguir acortar el espacio que nos separa de Dios si acertamos a desinstalarnos parcialmente del mundo, de nuestras manías y vicios adquiridos podremos volver a sentir y a querer según el amor de Dios.


La Cuaresma es un itinerario. Os invito a realizar de modo muy esquemático ese recorrido de la Cuaresma a través de las lecturas de los distintos domingos de Cuaresma. Los distintos jalones de este itinerario van a ser: alimento, desierto, montaña, señales, gratitud y libertad.


  1. Alimento


“Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero” dice el salmo 119. Efectivamente, todo el año, pero muy en especial en este tiempo cuaresmal hemos de leer, y dejarnos leer, vivamente por la palabra de Dios. Para hacer frente a esa vida anodina, rutinaria, acomodada que podemos llegar a tener los cristianos; para que de esta manera pueda empezar a ser una vida vivida con fe verdadera y transformadora necesitamos adherirnos a la palabra de Dios. Solo, alimentados por su palabra de manera constante, además de por los sacramentos, podremos empezar a cambiar y a progresar como discípulos de Cristo, porque solo sus palabras son alimento y luz para nuestro peregrinar: “El Espíritu es quien da la vida; la carne no sirve para nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida” (Jn 6, 63). Tanto es así que, sin empaparnos de su palabra, no podemos empezar a adentrarnos por el camino cuaresmal.


Qué bueno, y a la vez que necesario, hacer el recorrido cuaresmal día a día descubriendo, meditando y saboreando el evangelio. Verdaderamente es, y ha de ser, su palabra escuchada la luz que ilumina nuestros pasos en el cotidiano sendero.


  1. Desierto


“En aquel tiempo, el Espíritu empujó a Jesús al desierto”(Mc 1,12). Puede parecernos difícil y hasta arriesgado eso de adentrarnos por un terreno inhóspito, donde solo habitan las alimañas, donde escasea el agua, no hay más que arena y piedras. Pero es precisamente allí adonde condujo el Espíritu al Señor, allí a solas ante el Padre, bajo un cielo inmenso y cuajado de estrellas, nada ni nadie puede distraernos del encuentro rico y recíproco con el Padre. Allí, rodeado de soledad e inmensidad, allí que no hay donde esconderse ni de uno mismo, allí no hay engaños ni excusas que valgan, allí uno está a merced del Espíritu, disponible, accesible, abierto, pero también a merced del tentador.


Sí, uno ha dejarlo todo para encontrarse radicalmente con Dios, pero para no sucumbir ante las sucesivas acometidas del maligno (que sabe hacer muy bien su trabajo y que va a incidir justo en nuestros puntos más débiles, se ha de ir pertrechado con esa palabra de Dios contra la que nada puede cualquier acechanza del enemigo. No temas: la primera tentación es la de no querer adentrarse en el desierto de la verdad, no aceptar el reto de tener que elegir entre Dios y el mundo, pero es obligatorio pasar la prueba, atravesar el desierto y salir fortalecido por la experiencia del Dios vivo, el que nunca nos deja y el que, en medio del desierto, conduce hasta fuentes tranquilas, hasta los manantiales de un agua que salta en nosotros como fuente de agua viva.


¿Estás dispuesto a adentrarte en esa experiencia transformadora de desierto que el Espíritu nos propone o te paralizan los aullidos que ya llevas tú a tu desierto?


  1. Montaña


Ascender a la montaña cuesta lo suyo. Acabamos de dejar atrás (o no) el desierto y ahora toca seguir subiendo, tomar altura, elevarnos, sacar fuerza de flaquezas para llegar a las regiones donde el aire es más puro, donde solo son capaces de subir algunas aves especialmente dotadas. Allí en lo alto de la cima uno se siente más cerca del cielo de de quien lo hizo, uno contempla su gran pequeñez y divisa a lo lejos también la pequeñez del mundo en que estamos insertos. ¡Mira los problemas, los agobios, los quehaceres y las prisas, resultan verdaderamente minúsculos desde aquí! No es de extrañar que como San Pedro exclamemos: ”¡Qué bien se está aquí!(Mc 9,5b)”


Abre bien los ojos, acostúmbrate a mirar en la montaña, pues aquí se puede descubrir una zarza ardiendo que no se consume, aquí se percibe con certera claridad la índole real de lo sagrado. ¿No lo ves? Pasa como una leve nube que lleva la brisa, y es Dios que está en la nube. ¿No lo escuchas? Es un susurro y es una voz atronadora que dice “Este es mi hijo amado, mi predilecto, escuchadle” (Mc 9,7b). 


Cómo cambian las cosas, uno mismo y hasta la orientación que uno asume en la vida cuando ha escuchado la voz del Señor que nos presenta a su Hijo transfigurado. Hay un antes y un después. Uno se ha sentido tan cerca de Dios que hasta le ha escuchado en exclusiva decir lo que ya para siempre, más que un mandato impuesto, se nos convierte en la búsqueda continua de su voluntad, amar sus palabras que solo se alcanzan en la gran montaña del silencio. Que esa voz, que ese Hijo nunca dejen ya de ser los que te indiquen por dónde, hacia dónde y cómo vivir a partir de ahora.


  1. Señales


Y ahora, conociendo de antemano que Cristo, ese al que escuchamos, acompañamos y que nos prepara la mesa, su mesa, es el Hijo que vence a la muerte. Ahora toca regresar, volver a los caminos, a las barcas, a las faenas, sí pero ahora ya con una luz que nos nace de dentro.


Hay quien pide señales evidentes, “¿Qué signos nos muestras para obrar así?” (Jn 2,18b). Hay a quien le resulta imposible realizar la ruta de la fe, pues no confía lo suficiente para aventurarse. Sin embargo, a nosotros, ahora que vivimos para él y desde Él, ayudando y amando a todos los que están como ovejas que no tienen pastor, no nos resulta demasiado difícil soltar las inseguridades y los miedos, para seguir tras los indicios y señales de sus mandatos. Ahora somos llamados a llevar la ley de Dios inserta en nosotros a todos, pues se nos dice que "Él sabía lo que hay dentro de cada hombre” (Jn 2,25b). Llamados a vivir como él nos enseña, en gratuidad y con misericordia. Ahora estamos llamados a trabajar como jornaleros en su viña, a ser sus testigos, a anunciar y construir el Reino de Dios ya aquí en la tierra.


Puede parecer verdaderamente difícil la tarea que nos ha sido encomendada. Hemos de abrir los ojos a los que todavía no ven, abrir el corazón y las entrañan a los que lo tienen atenazado por el egoísmo o por el miedo, hemos de enseñarles la ley nueva, la del amor. Puede parecer excesiva la tarea, pero al mismo tiempo no puede ser más hermosa, y además, no estamos solos, Él nos acompaña y fortalece, está en medio de todos nosotros en todo quehacer, Él nos acompaña.


Hagamos el camino juntos, reconozcamos las señales que nos indican de qué manera se construye, vive y ensancha la Iglesia. Y es que cumpliendo los mandamientos, la ley del Señor y las bienaventuranzas, podremos avanzar por el camino sin extraviarnos, porque atendemos a las marcas que nos va poniendo.


  1. Gratitud


Tampoco podemos avanzar en este camino cuaresmal si no nos sentimos privilegiados por todo lo que recibimos de Dios: la vida, nuestra condición, la libertad, el bautismo, el perdón, la gracia, la comunidad, la naturaleza, pero sobre todo que Él mismo nos entrega la vida de su Hijo. Nos reserva a María, se encarna y asume y salva la naturaleza humana. Podemos ser hijos de la luz, hijos en el Hijo, y que nuestras obras en gratitud, muestren a los hombres esa preferencia por la luz, su luz.


Admitamos, valoremos, agradezcamos y desarrollemos el tesoro de esa filiación divina. Nos regalan la vida divina, ¿Vamos a escatimarle a Dios algo? ¿Podemos reservarnos algo o habremos más bien de entregarnos por entero a Dios con gratitud y generosidad? ¿Cómo vamos a vivir tristes o desesperanzados cuando nos sabemos tan amados? Vivamos pues esa fiesta de la fraternidad, realicemos obras hechas según Dios. Transformemos este mundo hostil y deshumanizado en un mundo conforme al amor de Dios. “En cambio, el que obra la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios” (Jn 3,21).


Sabemos que Jesucristo, tras la muerte en la cruz, resucita. ¿Acaso no hemos de vivir en acción de gracias por la nueva vida que nace de su Espíritu?


  1. Libertad


Ha llegado la hora, el cumplimento. La Cuaresma desemboca sí o sí en la Semana de Pasión y ésta en la Resurrección y en la vida nueva. No nos engañemos, hemos de hacer todo este camino cuaresmal para acortar distancias con el Señor (esta es la finalidad de la Cuaresma). Hemos de realizar este itinerario de depuración y desprendimiento para sabernos y sentirnos junto a Él que entra a dar en Jerusalén a dar su vida. Que entre el Amor en nuestras vidas, Él se une sin reservas a cada uno de nosotros, Él se entrega y nos rescata. En Él se nos perdonan todos los pecados, todas las lealtades y desobediencias. Hemos de estar despiertos, velar y orar. Participemos de su sacrificio, porque: “si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna” (Jn 12,24).


No solo creemos en ti, no solo creemos la verdad de tu palabra y queremos cumplirla. Queremos ser justamente como nos dices. Está en juego nuestra libertad, que es justamente vivir para siempre contigo.


La Cuaresma por tanto no consiste en repetir lo que ya sabemos, sino más bien de vivir de otra manera lo que ya sabemos, con más intensidad, con más implicación, con más autenticidad y valor. La Cuaresma es liberación porque vamos logrando ser más conforme a Dios. Es un tiempo de gracia y conversión, de búsqueda, esfuerzo y descubrimiento. Dejémonos cambiar por la acción del amor de Dios es nuestras vidas.


  1. Hacer vida


Para terminar estas reflexiones personales en abierto, qué mejor que hacerlo con un poema de J. L. Martín Descalzo, sacerdote, poeta, escritor y periodista, que nos regala este poema, que es también oración, y por tanto, una oración llena de temblor y belleza. Tal vez si hacemos nuestro este modo de relacionarnos con el señor, podamos llegar a vivir así en modo cuaresmal, en presencia del Señor. Que así sea.


NADIE NI NADA


Nadie estuvo más solo que tus manos

perdidas entre el hierro y la madera;

mas cuando el pan se convirtió en hoguera

nadie estuvo más lleno que tus manos.

 

Nadie estuvo más muerto que tus manos

cuando, llorando, las besó María;

mas cuando el vino ensangrentado ardía

nadie estuvo más vivo que tus manos.

 

Nadie estuvo más ciego que mis ojos

cuando creí mi corazón perdido

en un ancho desierto sin hermanos.

 

Nadie estaba más ciego que mis ojos.

Grité, Señor, porque te habías ido.

Y Tú estabas latiendo entre mis manos.


José Luis Martín Descalzo





sábado, 24 de febrero de 2024

A fuego lento

 A FUEGO LENTO


De poco a nada bueno sirven las prisas, a pesar de que casi todo lo realicemos a toda prisa y a la remanguillé. Como si lo que importase es cumplir con el trámite y pasar a lo siguiente, y de esto a lo que vaya viniendo y así tratar de impedir que el exceso de tareas nos termine sobrepasando. El problema es que según nos vamos quitando de asuntos pendientes, entran otros tantos más, y continuamos con el agobio incesante e imparable. Y así vamos tirando, apagando uno tras otro los innumerables fuegos urgentes que surgen.

Pero los mayores y los sabios saben que el secreto de cualquier faena bien hecha consiste más bien dar en dar tiempo al tiempo, no precipitarse, no adelantar acciones precipitadamente, sino saber esperar con paciencia, es decir, sin prisa, pero sin pausa. Tal vez por ahí hemos de ir aprendiendo el secreto de la serenidad y la bendita parsimonia.

Y así, sin aceleramiento alguno, ya estamos en el segundo domingo de Cuaresma. Vamos a dar por supuesto que ya hemos empezado a tratar de vivir de manera acorde -es decir, según el corazón- con los tiempos en que estamos insertos, o al menos con los tiempos litúrgicos que la Iglesia nos va proponiendo para nuestro crecimiento en la fe y en la vida, y que, por tanto, a fuego muy lento se ha iniciado ya ese proceso cuaresmal en nosotros. Proceso de conciencia y conversión, proceso personal de mejora y evolución, proceso comunitario de vuelta a Dios. Por ello, si el domingo pasado se nos invitaba a salir de la comodidad y marchar al desierto, este domingo se nos pide seguir avanzando, eso sí, a fuego lento, pasito a pasito, sin prisa, pero sin pausa, para que no se detenga el proceso cuaresmal.

Adentrarse en el desierto, como ya quedó dijo, cuesta lo suyo, y es en verdad bien arriesgado; pero hoy toca, además, subir a la cima de la montaña. Está visto que a este Dios nuestro no le gusta que nos quedemos fuera de juego, a verlas venir, sino que la vida brote en nosotros sin cesar. Será porque es un Dios de vivos, y no de muertos vivientes, los que se han desvinculado ya de todo interés y motivación, los que solo saben lamerse las heridas y lamentarse, pero que no piensan cambiar nada de sí: los tibios, los indiferentes, los que no apuestan por el amor transformador. ¿Quieres ascender cuesta arriba hasta la cumbre de la montaña que se nos pone delante o mejor continuarás apoltronado sin siquiera divisar la cordillera que está ante tus ojos? Tú sabrás lo que quieres hacer con tu vida ¿Te animas a iniciar el ascenso o renuncias a la subida?

En el libro del Génesis se nos cuenta que Abrahán, aunque ocupado en numerosas tareas y responsabilidades, no dejó de hacer algo de desierto para seguir escuchando esa voz imperceptible de Dios que mana en lo profundo de nuestro espíritu, y allí descubrió que el amor es sobre todo renuncia, pero no renuncia a lo superfluo, sino renuncia a lo esencial, de lo contrario es sucedáneo de amor. Y es que solemos considerar que amar es poseer, tener y tener, satisfacer nuestros deseos y necesidades, pero apenas esa manera de amar es salir de uno mismo y de sus propias satisfacciones. Pero el amor, según saben los que de verdad han sabido lo que es el amor es salir de sí, renunciar y darse, es decir no poseer ciegamente, sino entregarse y sacrificarse por el bien de quien se ama, y además hacerlo en segundo plano, no buscando reconocimiento alguno. Posiblemente muchas madres tengan algo que opinar al respecto.

Pues ahí vemos a Abrahán, dispuesto a ascender la montaña tremenda de su propio sacrificio, pues incluso se siente impelido a renunciar a lo que más amaba, a lo que daba consistencia a todo para lo que había vivido: la vida de Isaac, su propio hijo. Sin embargo, Dios no le va a pedir que lo lleve a cabo, es Dios el que renuncia y se sacrifica a sí mismo en su propio Hijo, por un amor impensable a nosotros, sus hijos. 

Esa es la montaña que hemos de subir para encontrarnos con el Dios vivo, el de la zarza ardiente, el que nos consume a fuego lento sin llegarnos a consumirnos; esa es la montaña transformadora que tenemos delante como reto y como oportunidad, la de la renuncia a todo lo que somos para que Él sea todo en nosotros; ese es el monte Tabor por el que toca ir ascendiendo esta Cuaresma (y seguramente toda nuestra vida) para ser enteramente de Dios, para que al igual que Jesucristo se transfigura delante de Pedro, Santiago y Juan, y de cada uno de nosotros, podamos empezar a transformarnos a fuego lento a su imagen y semejanza. Este es el proceso a hacer, el proceso en que Dios hace en nosotros y nosotros hemos dejarnos hacer y colaborar, tal y como hizo Abrahán. No dejemos, por tanto, de hacer caso a esa voz que surge de lo profundo de la nube: "Este es mi Hijo, el amado, escuchadlo", porque su palabra, escuchada y hecha carne y vida, arde y transforma. 

Dios, sin duda, es un cocinero magistral, domina los tiempos de cocción, la medida de sazón, la combinación más adecuada de sabores, las proporciones, o los golpes de calor. Confiar en sus manos de experto es andar sobre seguro. Pero nosotros, para transformarnos, hemos de pasar por el desierto y los desapegos, y subir además la cuesta de la renuncia, y aprender a ello lleva su tiempo. No te detengas, hay mucho camino que recorrer, mucho que Dios, con el fuego de su amor, es capaz de transformar en ti, para luego, a la vista de su transfiguración y de su triunfo (del que cada uno de los bautizados ya participamos), podamos bajar del monte y meternos ya en harina en la construcción del Reino. 

Exponte a ese Dios propicio y amigo. Exponte, esta Cuaresma, al fuego lento de su palabra, que prenda en ti y te lleve, mediante una oración viva, a esa relación íntima y transformadora. Exponte a la aventura del desierto y de la subida al Tabor. Exponte, confiado y sin reservas, a participar de esa experiencia sin igual de su transfiguración.  

sábado, 10 de febrero de 2024

¿Quién te has creído?

¿QUIÉN TE HAS CREÍDO?



Aparentemente vamos por la vida muy seguros, o al menos con la percepción clara de saber muy requetebien lo que somos, y, por supuesto, lo que son todos los demás, y a qué podemos atenernos en cuanto a cada uno de ellos. Es algo tan supuesto, tan obvio, tan patente, que para qué vamos a plantearnos lo que no sé por qué no vamos a dar por seguro. Pero tal vez de ahí nazcan muchos de nuestros errores de cálculo, porque damos por supuesto y admitimos demasiado a la ligera y precipitadamente nuestras consideraciones. Bien saben esto los viven de la manipulación y del engaño, y, por supuesto, lo utilizan en su beneficio.

De aquellos grandes sabios que en el mundo han sido, los que nos han precedido y son poseedores de tan contrastada solvencia intelectual, como son Sócrates o el valenciano Juan Luis Vives, hemos sabido que antes de aprender algo nuevo, conviene desaprender los equívocos que solemos tomar por certezas. Pues si ya en los fundamentos del saber vamos errados, cómo va a tener consistencia todo conocimiento que sobre cualquier prejuicio levantemos. Vano será el esfuerzo; tiempo perdido en esa ardua labor de búsqueda de la verdad, aunque tan solo sea nuestra verdad de andar por casa tratando de entender nuestro pequeño mundo.

Todo este curso andamos insistiendo una y otra vez en la importancia de escuchar, pues como los seres humanos nos dejamos a menudo influir por el entorno, y el actual no se caracteriza por el noble arte de la escucha, sino por el juicio inmediato sobre el otro o sobre cualquier cuestión, sin haber escuchado ni sopesado cuáles son sus razones, su postura, sus problemas o intención. Si no escuchamos no nos podremos enterar de quién es el ser humano que tengo delante, qué le puede estar pasando, de si llego a entenderle y en qué puedo auxiliarle. Pero es que sin escucha interior tampoco sabré quién soy realmente y no podré llevar una a existencia acorde con lo que verdaderamente soy. Y ya no hablamos de si también me niego a mi mismo la posibilidad de escuchar a Dios, a Aquel que mejor y siempre anda siempre dispuesto a escuchar a sus hijos.

Pues hoy, en este sentido, para variar un poco, pero sobre todo para completar nuestras carencias, y al mismos tiempo los remedios que tenemos al alcance, habría que añadir que no solo hemos de aprender a escuchar, sino que además hemos de aprender a mirar y mirarnos. ¿Así que hemos de desaprender la manera en que escuchamos y miramos la realidad? Pues parece que puede sernos de gran beneficio empezar a ver sin suponer, y de escuchar con verdadera atención. No se trata tanto de creer que ya sabemos, sino de constatar que no nos enteramos tan bien como habíamos supuesto, que podemos mejorar nuestra capacidad de ver y escuchar para empezar a apreciar de nuevo lo que tengo delante de los ojos y ante los oídos.

Desaprendamos cuanto antes a juzgar ¿quién soy yo? ¿Quién me he creído para poder juzgar por encima del hombro a los demás? ¿En qué fundamento me baso? ¿En una mera impresión? ¿En lo que me ha llegado? Porque demasiadas veces nos basamos en estereotipos, en etiquetas impuestas que todos llevamos, porque nos colocamos con gran facilidad. No, el ser humano no es una etiqueta, si le reducimos a eso es que hemos de empezar urgentemente una cura de desaprendizaje radical, para evitar distorsiones y cegueras autoasumidas.   

En las lecturas de hoy -qué suerte inmensa poder ajustar habitualmente nuestra óptica a la luz del evangelio- nos damos cuenta que, frente a la manera establecida de considerar a los leprosos en tiempos de Jesús, y, por tanto, de marginar y excluirlos, Jesús sabe mirar de otra manera, de una manera totalmente diferente. ¡Ojalá llegáramos a mirarnos los unos a los otros así! ¿Leproso de qué? Ser humano doliente, ser humano necesitado ¿O es que la etiqueta impuesta de leproso ya anula lo fundamental del hombre. Porque si lo anula, entonces los desposeemos de su dignidad intrínseca, y ya podemos justificar y dar por bueno cualquier maltrato, cualquier exceso. 

Efectivamente, mucho nos jugamos en esto de ver a través de las etiquetitas, porque sin darnos cuenta, sin ser conscientes, estaremos asumiendo discriminaciones injustificables, pero evitables. De eso se trata, de aprender a ver en verdad y a escuchar con nitidez desde el corazón, ya que la ignorancia de las leyes (las del amor) no justifica la falta. Empecemos cuanto antes a desaprender a comportarnos como seres escindidos de nuestros semejantes, y aprendamos a vivir con y para los demás, es decir, de forma humana y fraterna. ¿Es mucho pedir?

Hoy, quizás, sea un momento propicio para revisar qué etiquetas te has puesto o te han puesto y llevas a cuestas; pero, de igual manera, para tomar conciencia de las etiquetas que tú puedes ir proyectando y asumiendo como buenas respecto a los demás.

Aunque la lucha contra la lepra está ya muy avanzada, posiblemente podamos hablar de nuevas lepras. Una de ellas bien puede ser esa de imponer sambenitos por doquier y sin justificación alguna. Otra de las lepras más pujantes puede ser la de la tan expendida indiferencia, o el individualismo, el narcisismo, el materialismo, los apegos, etc. Pues acude al Salvador que se acerca y con esa mirada que escucha, que conoce y ama, que no sabe de etiquetas, te dice: "Quiero: queda limpio". así de fácil, así de auténtico.

NO DEJES PASAR ESTA OCASIÓN, PÍDELE QUE CURE TUS INCOHERENCIAS