sábado, 3 de octubre de 2026

¿Quién pierde más?

¿QUIÉN PIERDE MÁS?


Que no siempre se gana, nos lo hemos ido aprendiendo ya desde muy chiquitos. Pues es muy cierto eso de que unas veces se gana y otras se pierde. Ni se nace sabiendo ganar ni tampoco sabiendo perder; se requiere un proceso de aceptación, reflexión y adaptación a la realidad. Grandes son los que se alegran con los triunfos también de los otros, los que felicitan al que nos ha superado, a los que se le reconoce todo el mérito. Por contra tendríamos que calificar con un adjetivo poco agradable a los que recurren a las trampas que sean necesarias para ganar a toda costa, porque se emperran en ser ellos los únicos con derecho al pódium. Con alguien así todos perdemos y hasta se pierde el juego o la competición, tan sólo gana el mal.  

Ahora bien esto debería hacernos caer en la cuenta de que si hemos perdido es porque algo hemos hecho mal, o al menos que ha habido aspectos en los que podríamos seguir mejorando. No está de más, por tanto, tratar de llevar una vida más consciente, serena, que recapacita, aprende y sabe reconducir el itinerario a la mínima ocasión. Lo contrario, es decir, obcecarse en aquello que nos hace perdernos a nosotros mismos, porque vamos más que sobrados para cuestionarnos o para que nos cuestionen, llevará inexorablemente a un abismo del que muy difícilmente habrá retorno.

Los humanos queremos bastarnos y sobrarnos, aun teniendo sobrada experiencia de que nadie llega a ser nada, si no es por la ayuda prestada de los demás. Los enfermos graves bien saben que sin los cuidados de médicos y enfermeros difícilmente saldrán adelante; la madre que va dar a luz también se reconoce necesitada de ayuda. La carencia es propia de la condición humana, como también lo es el estar dispuestos a atender a aquellos que en un momento dado precisen ayuda.

Sin embargo, a pesar de ello, algunos van por la vida de autosuficientes, de hechos a sí mismos, muy autoabastecidos de sus logros. Ni siquiera son mínimamente agradecidos, porque creen que nada tienen que agradecer a nadie, y en esto pecan de imprudentes y poco experimentados. Para sus intereses (que debe ser a lo único que alcanza su vista) nada precisan de nadie y por tanto descartan al Otro y a los demás. ¿Qué necesidad tienen de ellos? En su propio yo desorbitado están en su salsa, haciendo de menos a los demás.

Las lecturas de este domingo XXVII de tiempo ordinario (A) nos hablan de la ingratitud de todos los que se consideran amos y señores de todo y de todos, con derecho a manipular a su antojo lo que sea necesario. Para ellos no hay límite a sus pretensiones, que son en definitiva lo único que les importa. No respetan nada ni a nadie. Se ven por encima de toda norma o deber moral, pues no va con ellos. Tal vez si analizamos un poco la realidad, sí que se aprecia la capacidad de destrucción que provocan estas actitudes narcisistas y egoístas. Nada queda a su paso en pie, por donde pisan no vuelve a crecer la hierba.

En lugar de favorecer la vida en relación, la socaban; en lugar de construir convivencia al tener en cuenta al resto de personas y sus derechos, solo se ocupan de lo suyo. Puede incluso que la mayor parte de los problemas, pequeños y grandes, que acarreamos, sean producidos por esa actitud de anulación del prójimo.

Y esos que sólo miran por lo suyo ignorando a los demás, es muy probable que tampoco tengan en cuenta al Dios de Jesús. Como mucho a su falso dios: el poder, el dinero, el disfrute exclusivamente personal, etc. Se creen los ganadores porque parece que han cosechado el éxito, mas tras ese aparente éxito puede esconder un rotundo fracaso personal y comunitario. Si la meta del ser humano es llegar a ser una persona virtuosa, como lo era para los clásicos, desde luego que perdieron su vida. Si la meta es llevar una vida buena y digna, desde luego han fallado. Si la meta es buscar y cumplir la voluntad de Dios, pueden afirmar que malograron por completo el fin de sus días. El Dios que anuncia Jesús les resulta insoportable y arremeten todo lo que tenga que ver con Él. No puede haber más Dios que ellos mismos.

Y es que nos cuenta Jesús en el evangelio de este domingo XXVII de tiempo ordinario (A) que Dios plantó y construyo una hermosa viña. Ningún detalle le faltó para que fuera una viña extraordinaria, pero los trabajadores a los que puso al cargo, en lugar de agradecer y cuidar de esa fértil plantación, se la apropiaron como suya, quisieron ganársela para ellos. Para no tener que reconocer al dueño ni agradecerle nada, asesinaron a los que enviaba el dueño, incluso a su propio hijo. ¿Son entonces merecedores de trabajar en una villa cedida y de aprovecharse de los frutos para ellos exclusivamente?

Pues tanto ayer como hoy solemos autoproclamarnos los ganadores y señores de todo. En muchas ocasiones no queremos compartir con nadie lo que somos, no aceptamos la gratuidad del don de la vida y de la creación que nos acoge. Tan solo parece que estamos para explotarla, pero no tanto para mejorarla haciendo un verdadero hogar para todos. Y es que los falsos ganadores quieren que todos perdamos.

Pero hay aún una manera de perder ganando, no rechazando a quien ellos rechazan de raíz, a Jesucristo, verdadera piedra angular de la preciosa viña del Padre, la piedra imprescindible para que todo se mantenga en pie, y lograr que todos encontremos nuestro su lugar en esta viña, el Reino de los Cielos. Esa piedra angula bien puede que sea entonces la verdad, no la mía, sino la que hemos ido descubriendo entre todos como la que verdaderamente es: Cristo.

Al parecer las sociedades occidentales, tras años de rechazo al Hijo del hombre que pasó por la vida haciendo el bien y que acabó ajusticiado por los que querían salvarse meramente a sí mismos, se le comienza a reconocer de nuevo, es la Luz del mundo, la piedra angular. En la reciente visita del papa León XIV a Francia, se ha puesto de manifiesto una sorprendente tendencia: se están incrementando de forma notable los bautizos de adultos, los que sí se reconocen agradecidos al Dios de la Vida, el Dueño de la viña, el Creador. Qué bueno que no todos los trabajadores de la viña se limiten a exigir lo que no es suyo, sino que empiecen a reconocerse en deuda con el Dador. Pues el mismo fenómeno de retorno a admitir nuestra gran verdad olvidada y a tratar de llevar una vida de fe y de gracia, también ha empezado a surgir en España. ¡Qué alegría poder trabajar en su viña y dejarnos sostener por la que fue, es y será la única piedra angular posible! Con Cristo está la victoria inmarcesible.