sábado, 28 de marzo de 2026
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sábado, 21 de marzo de 2026
El amor más fuerte que la muerte
EL AMOR MÁS QUE LA MUERTE
Si hay un tema recurrente en la literatura universal, este bien podría ser el de la victoria del amor sobre la muerte. Los seres humamos vivimos y aprendemos a vivir siendo amados y a ir vinculándonos con otras personas también amándolas. La felicidad -tantas veces buscada por todos- parece lograrse sólo con esa meta del amar y sentirnos amados. Un amor fiel que cuida y nos acompaña a lo largo de la vida nos da plenitud y sentido. Sin embargo, a lo largo de la vida hemos también de aprender también a despedirnos, pues ese amor esencial de y hacia los demás que nos colma y nos hace sentir vivos, no puede mantenerse para siempre, como efectivamente quisiéramos. La muerte irrumpe y destroza esa estabilidad que nos resulta indispensable para seguir viviendo. Cada vida posee un inicio y un fin, al menos biológicamente hablando, y esto, por duro que sea hay que asumirlo y aceptarlo.
Dicen que hay muchas experiencias llamadas cercanas a la muerte, donde algunos pacientes clínicamente muertos, misteriosamente regresan a la vida. Como si fuese pronto para partir, como si aún tuviesen que continuar viviendo a partir de esa experiencia que después tratan de expresar como luminosa. De alguna manera, además, la vida implica necesariamente un morir, una renovación celular continua y un paso del tiempo que de modo natural nos acerca al final, como si se tratara de un libro, que cada palabra, cada renglón, cada página, nos permite ir dejando atrás otras muchas y nos va conduciendo a la página en que la lectura concluye nuestra lectura.
El pensador y divulgador Eduard Punset solía recordar que la pregunta no era sólo si había vida después de la muerte, sino que había que preguntarse también si hay vida antes de la muerte. Y es que entre unas cosas y otras, lo más importante se nos puede estar pasando sin que ni siquiera nos enteremos. Se trata de vivir conscientemente una vida humana, pues si sólo prestamos atención a lo urgente, a la actividad incesante que apremia por doquier, estaremos sobreviviendo como podemos, se nos quedarán cortas las veinticuatro horas del día, y estaremos seriamente ansiosos por tratar de abarcar lo inabarcable, pero no nos estaremos más que de hacer, pero no de ser. Y la vida, sin duda está para serla, desarrollarla, desplegarla y compartirla con los demás, sea o no sea primavera. La vida es proyecto no mera eficacia.
Y si así andamos muchos, otros hay aún peor: sin saberlo se han esclavizado a sus smarphones, andan subyugados a la poderosa pantalla de las distracciones banales, mirando y mirando sin pausa aquello que ni son ni van a ser, sin advertirse que bien podrían ocuparse de su propia libertad. Y es que la paradoja es que se creen poderosamente libres, cuando han renunciado a todo por el ejercicio de hiperatención obnubilante que les posee. Sí, si prestas atención verás en derredor muertos vivientes, sin rumbo ni más meta que conseguir contenidos y emociones fáciles, esa es su tarea despersonalizadora, ese es su soma y su perdición. Creen ser felices, sólo porque no saben en qué consiste eso de la libertad y de la felicidad. ¡Ay, si abrieran los ojos y descubrieran un horizonte inmerso que se abre más allá de lo digital!
Y es que en este V domingo de Cuaresma se nos habla de que estamos vivos y hemos de vivir de veras. Que tenemos que disponernos a romper con las ataduras de una mortaja que aún no toca. Que Dios es un Dios de vivos, que nos regala su Espíritu vivificador. Que estamos hechos para la vida, una vida realizada en el amor y que es mucho más fuerte y poderosa que la muerte. Dios es eterno y al asumir nuestra condición mortal, nos capacita para vivir sin límite. Ya no acabará la vida con la muerte, sino que la vida continúa precisamente en el amor de Dios. Aceptemos esa inhabitación del Espíritu liberador que sana y aviva. Habrá sin duda una vida nueva antes y después de la muerte, porque sí, el amor es y será siempre más fuerte que la muerte.
Lo escuchamos en la profecía de Ezequiel, en el salmo 129 y en la carta de San Pablo a los Romanos: hemos de pasar ya de la muerte a la vida. Es posible dejar las obras de la muerte y empezar a ser de una manera nueva y plena, vivos porque Dios nos vive dentro y nos hace ver todas las cosas y personas de manera nueva. Es seguro que esta Cuaresma nos lleva hasta Jerusalén, allí Jesús hará su entrada triunfal, pero ese reconocimiento traerá sus consecuencias, van a traicionarlo, a abandonarlo y a condenarlo a morir en el suplicio. Pilatos dirá de Él que he aquí el hombre, ese Dios y hombre verdadero que no se reservará nada de sí, porque el amor en Él es de tal manera que superará la muerte. Con su muerte nos da la vida a todos, el Resucitado nos resucita a los que con Él hemos optado por unirnos a su amor.
En el evangelio vemos a Jesús con Marta y María, las hermanas de Lázaro, su amigo. Jesús se conmueve ante su muerte, descorre la lápida de la muerte, le llama, y aunque ya llevaba varios días bajo el dominio de la muerte, de devuelve a la vida, porque el amor es mucho más fuerte que cualquier limitación. Jesús es la Resurrección y la Vida, quien cree en Él y le ama, no morirá para siempre, sino que en ese mismo amor estará ya vivo para siempre. ¿Crees esto? ¿Estás dispuesto a vivir de veras?
sábado, 14 de marzo de 2026
En un abrir los ojos
EN UN ABRIR LOS OJOS
Un privilegio extraordinario, una maravilla enorme, la capacidad de poder ver. Aquellas personas privadas del sentido de la vista aprenden a vivir con esa limitación y afinan la percepción con otros sentidos. Pero los que sí disponemos de la capacidad de ver, deberíamos mirar y admirar esta realidad luminosa que se nos ofrece a través de los ojos. Aunque ciertamente da pena que cada vez vayamos reduciendo el uso de tales órganos para solo contemplar ese mundillo virtual que las pantallas nos ofrecen. ¿No será mejor alzar los ojos de la pantalla para atender a las personas, a los parajes, al cielo, al arbolado que se desvive en esta primavera? ¿Qué hemos hecho con nuestra sana curiosidad y dónde se nos ha quedado la sensibilidad?
Al igual que los salmistas se refieren a las efigies de los dioses, que tienen ojos pero no ven, tienen oídos pero no oyen, tal vez a nosotros también nos esté pasando algo parecido, pues cada vez vemos menos por estos ojazos que tenemos, y cada vez escuchamos menos y peor con estas orejas enganchadas permanentemente a unos potente auriculares que nos ensordecen voluntariamente. Y sí, admitámoslo: este tipo de sorderas y cegueras elegidas, que nos impiden apreciar la realidad tal cual es, no proceden sino de un uso torpe de nuestra libertad, una libertad no liberada, que no se atreve a vivir conscientemente como seres humanos, porque preferimos renunciar a ella.
Esas cegueras y sorderas son precisamente las que Jesucristo puede liberar, puesto que está siempre dispuesto a ello si nosotros así lo deseamos, aunque a menudo son también estas las que motivan que no reconozcamos a Aquel que viene a encontrarse con nosotros y nos alejemos. Ese camino de encuentro con Él es la Cuaresma, el tiempo para lograr quitarnos de tanto lastre que nos hemos ido echando a las espaldas. Pero Él, a través de su palabra nos facilita el medio en que podemos abrir los ojos y reconocer al Dios que nos invita a su amor. Cristo sí que nos quiere ver a nosotros. Aunque estemos lejos o ciegos o sordos o perdidos o escondidos, nos ve bien cercanos, no nos rechaza ni se escandaliza, sino que nos acepta incondicionalmente.
Es por eso que a este cuarto domingo de Cuaresma se le denomina "Laetare". Hemos de alegrarnos porque la Cuaresma no es un itinerario tortuoso a evitar, sino una vía de descubrimiento y liberación que nos propone la Iglesia para reconocer y amar a Jesús, nuestro Salvador. Es un tiempo para abrir los ojos a la gran verdad de lo que somos y podemos ser. Si vamos avanzando en la transformación cuaresmal, en esa limpieza requerida para apreciar el don de Dios, podremos efectivamente sentir el júbilo de ir realizando un buen trabajo cuaresmal, un crecimiento interior.
Cuando Samuel va a la casa de Jesé siguiendo las mociones del Espíritu, en el hijo más pequeño. que ni siquiera constaba, el último de todos ellos, justo en ese el profeta identifica al que el Señor sabe ver, no como miramos los hombres, por la mera apariencia exterior, por una primera impresión superficial, sino como nos ve Él, por nuestra capacidad de amar y hacer el bien. Dejémonos también nosotros mirar así, como miran los que aman, sin miedo ni vergüenza, con aprecio, y aprendamos a abrir los ojos, los ojos del espíritu, para mirar como Dios nos mira. David, el más joven, es el que es elegido para protagonizar esa aventura de libertad y amistad con Dios.
Que al igual que Jesús abre los ojos al cielo de nacimiento en el evangelio de hoy, dejémonos abrir también nosotros los ojos por Él. Dejaremos atrás el mundo feroz de la oscuridad para empezar a ser hijos de la luz, hacedores de bien y verdad, artífices y servidores alegres del Reino. Frente a la necedad intransigente de los fariseos, que ni siquiera se alegran por el bien recibido de la vista en el ciego, pues se oponen a Jesús, que sana y salva a los hombres porque lo hace incluso en sábado. Resulta que son ellos los auténticos ciegos para distinguir las acciones de Dios, la luz del mundo presente y actuante. Sin embargo, el ciego no sólo recupera la vista, también, además, se le abren los ojos de la fe para contemplar al Hijo del hombre delante de sí. Ve y se deja ver por el Mesías.
Pues si nosotros vamos abriendo los ojos como nos pide la transformación cuaresmal, también podremos situarnos junto a Él, acompañarle hasta Jerusalén; ver y vivir intensamente estos días que se acercan de la pasión, muerte y resurrección del Señor. Veremos de una manera radicalmente nueva a toda criatura, de forma semejante a como la ve el mismo Resucitado. Somos su pueblo, el nacido de la pascua, y ya no podemos ver un mundo abocado a la disputa permanente, a la polarización, al conflicto fratricida y al absurdo, sino que vemos con esos ojos en que siempre triunfarán la misericordia y el amor de nuestro Padre.
sábado, 7 de marzo de 2026
Más claro que el agua
MÁS CLARO QUE EL AGUA
De las grandes dificultades que el desierto ofrece a los que han de subsistir allí, una de las más importantes es la ausencia de recursos hídricos. No somos del todo conscientes, pero el acceso al agua no es un problema menor para muchos seres humanos, y al igual que otros recursos energéticos, explican las tensiones geopolíticas en que estamos inmersos. El agua es esencial, vital, necesaria. En pleno itinerario cuaresmal hemos pasado primero por desierto, después por el monte Tabor, y ahora nos toca llegar hasta el brocal del pozo por la escasez de agua, por la sed y el cansancio del camino. Y es que este recorrido por los símbolos sí importa, porque nos están hablando de realidades dotadas de un gran significado.
Estamos bastante mal acostumbrados a no valorar demasiado lo que usamos habitualmente; tanto es así que en no pocas ocasiones malgastamos el agua, y eso cuando no nos da por contaminarla sin recato alguno. Sabemos que el agua es vida, y la calidad del agua es vital, tanto para nosotros como para el resto de seres vivos con el compartimos el mismo planeta. Dicen, además, que para mantener estos agentes de IA que tanto proliferan, no sólo se requiere un torrente desorbitado de energía eléctrica y de soportes de almacenamiento de datos, también gran cantidad de agua para refrigerar el calentamiento globalizado de tanta tecnología como requerimos. Hoy más que nunca precisamos agua, y no sólo para hacer abluciones o circuitos termales, también para que las máquinas piensen y trabajen por nosotros. Entre unos y otros vamos a terminar bebiéndonos los recursos acumulados. Al menos este año va siendo lluvioso, y por tanto no tenemos que andar todavía intranquilos.
Por supuesto, todos hacemos un uso externo del agua, para la higiene e hidratación necesarias del cuerpo; pero si hace unos días Jesús le recordaba a Satanás que no sólo de pan vive el hombre, hoy nos permitimos añadir que tampoco sólo de agua ha de beber el hombre, pues que hay un hambre y una sed que no se apagan ni con pan ni agua. ¿Qué clase de hambre y de honda sed es la que nos puede demandar el ser entero? ¿No serán hambre y sed de verdad, de sentido, de plenitud humana, de Dios y de fraternidad?
Jesús, cansado, se sienta a descansar al mediodía junto al pozo de Sicar, y llega una samaritana a sacar agua del pozo. Él tiene sed y le pide que le dé agua, saltándose así la prohibición que había para dirigirle la palabra a una mujer de Samaría. Y en el diálogo que se establece aparece una sed más profunda que la samaritana tiene en lo más íntimo de su ser. Es un agua viva que sí que puede hacer brotar Jesús dentro, de manera similar a como Moisés había hecho que manara agua de la roca en Massá y Meribá. Si escuchas a Jesús y crees en Él, descubrirás que en lo más hondo del pozo que uno es y lleva dentro, brota la luz de su presencia que ilumina y disipa la tiniebla. Ahora sí que podrás ver lo que dentro guardas, quedará manifiesto, podrás superar los miedos y gozar de esas corrientes claras, cristalinas que mansas transcurren en ti, porque Él hará que brote un surtidos hasta la vida eterna.
Puedes optar por no atreverte a conocerte, por no acercarte al territorio donde te puedes encontrar con Jesús, huir de su palabra y de esa luz que te permitirá reconocerte y admitir tu verdad entera; pero si lo haces malograrás tu Cuaresma. Habrás de seguir yendo a buscar a otros pozos que no sacian la sed más radical, la que no admite engaños. Renunciarás así a ese caudal de gracia disponible para aquellos que reconocen su voz y le siguen. Esa agua te transformará y tanto tu rostro como el rostro buscado de Dios se irán volviendo más claros que el agua: te reconocerás en Él como en el reflejo vivo que forma en su superficie las aguas tranquilas.
Al igual que la samaritana se dejó descubrir por ese desconocido que le pidió a ella agua, pero que le ofreció un agua de certidumbre y gozo sin parangón, nosotros hemos de acudir a esa fuente que la Iglesia nos ofrece. Es tiempo de transformarnos en verdaderos adoradores en espíritu y verdad, tal y como prefiere el Padre, con libertad, con sinceridad, con entrega, a la manera del Hijo y de los santos, los verdaderos adoradores.
Ese agua, del que no debemos privarnos, es el amor desbordante de Dios; es el agua mediante el cual nos vinculamos por el bautismo a Cristo y su Iglesia; es el agua del perdón de los pecados, porque la misericordia de Dios no tiene límites; es el agua de la nueva vida por el Espíritu, en la que quedan superadas las distancias y las diferencias, porque en el otro reconocemos un hermano; es el agua que acrecienta la esperanza y capacita para amar al estilo de nuestro Salvador. tNo hay agua igual, y mana libre para ti, para que encuentres y realices tu libertad.



