EL AMOR MÁS QUE LA MUERTE
Si hay un tema recurrente en la literatura universal este bien podría ser: la victoria del amor sobre la muerte. Los seres humamos vivimos y aprendemos a vivir siendo amados y a ir vinculándonos con otras personas también amándolas. La felicidad -tantas veces buscada por todos- parece lograrse sólo con esa meta del amar y sentirnos amados. Un amor fiel que cuida y nos acompaña a lo largo de la vida nos da plenitud y sentido. Sin embargo, a lo largo de la vida hemos también de aprender también a despedirnos, pues ese amor esencial de y hacia los demás que nos colma y nos hace sentir vivos, no puede mantenerse para siempre, como efectivamente quisiéramos. La muerte irrumpe y destroza esa estabilidad que nos resulta indispensable para seguir viviendo. Cada vida posee un inicio y un fin, al menos biológicamente hablando, y esto, por duro que sea hay que asumirlo y aceptarlo.
Dicen que hay muchas experiencias llamadas cercanas a la muerte, donde algunos pacientes clínicamente muertos, misteriosamente regresan a la vida. Como si fuese pronto para partir, como si aún tuviesen que continuar viviendo a partir de esa experiencia que después tratan de expresar como luminosa. De alguna manera, además, la vida implica necesariamente un morir, una renovación celular continua y un paso del tiempo que de modo natural nos acerca al final, como si se tratara de un libro, que cada palabra, cada renglón, cada página, nos permite ir dejando atrás otras muchas y nos va conduciendo a la página en que la lectura concluye nuestra lectura.
El pensador y divulgador Eduard Punset solía recordar que la pregunta no era sólo si había vida después de la muerte, sino que había que preguntarse también si hay vida antes de la muerte. Y es que entre unas cosas y otras, lo más importante se nos puede estar pasando sin que ni siquiera nos enteremos. Se trata de vivir conscientemente una vida humana, pues si sólo prestamos atención a lo urgente, a la actividad incesante que apremia por doquier, estaremos sobreviviendo como podemos, se nos quedarán cortas las veinticuatro horas del día, y estaremos seriamente ansiosos por tratar de abarcar lo inabarcable, pero no nos estaremos más que de hacer, pero no de ser. Y la vida, sin duda está para serla, desarrollarla, desplegarla y compartirla con los demás, sea o no sea primavera. La vida es proyecto no mera eficacia.
Y si así andamos muchos, otros hay aún peor: sin saberlo se han esclavizado a sus smarphones, andan subyugados a la poderosa pantalla de las distracciones banales, mirando y mirando sin pausa aquello que ni son ni van a ser, sin advertirse que bien podrían ocuparse de su propia libertad. Y es que la paradoja es que se creen poderosamente libres, cuando han renunciado a todo por el ejercicio de hiperatención obnubilante que les posee. Sí, si prestas atención verás en derredor muertos vivientes, sin rumbo ni más meta que conseguir contenidos y emociones fáciles, esa es su tarea despersonalizadora, ese es su soma y su perdición. Creen ser felices, sólo porque no saben en qué consiste eso de la libertad y de la felicidad. ¡Ay, si abrieran los ojos y descubrieran un horizonte inmerso que se abre más allá de lo digital!
Y es que en este V domingo de Cuaresma se nos habla de que estamos vivos y hemos de vivir de veras. Que tenemos que disponernos a romper con las ataduras de una mortaja que aún no toca. Que Dios es un Dios de vivos, que nos regala su Espíritu vivificador. Que estamos hechos para la vida, una vida realizada en el amor y que es mucho más fuerte y poderosa que la muerte. Dios es eterno y al asumir nuestra condición mortal, nos capacita para vivir sin límite. Ya no acabará la vida con la muerte, sino que la vida continúa precisamente en el amor de Dios. Aceptemos esa inhabitación del Espíritu liberador que sana y aviva. Habrá sin duda una vida nueva antes y después de la muerte, porque sí, el amor es y será siempre más fuerte que la muerte.
Lo escuchamos en la profecía de Ezequiel, en el salmo 129 y en la carta de San Pablo a los Romanos: hemos de pasar ya de la muerte a la vida. Es posible dejar las obras de la muerte y empezar a ser de una manera nueva y plena, vivos porque Dios nos vive dentro y nos hace ver todas las cosas y personas de manera nueva. Es seguro que esta Cuaresma nos lleva hasta Jerusalén, allí Jesús hará su entrada triunfal, pero ese reconocimiento traerá sus consecuencias, van a traicionarlo, a abandonarlo y a condenarlo a morir en el suplicio. Pilatos dirá de Él que he aquí el hombre, ese Dios y hombre verdadero que no se reservará nada de sí, porque el amor en Él es de tal manera que superará la muerte. Con su muerte nos da la vida a todos, el Resucitado nos resucita a los que con Él hemos optado por unirnos a su amor.
En el evangelio vemos a Jesús con Marta y María, las hermanas de Lázaro, su amigo. Jesús se conmueve ante su muerte, descorre la lápida de la muerte, le llama, y aunque ya llevaba varios días bajo el dominio de la muerte, de devuelve a la vida, porque el amor es mucho más fuerte que cualquier limitación. Jesús es la Resurrección y la Vida, quien cree en Él y le ama, no morirá para siempre, sino que en ese mismo amor estará ya vivo para siempre. ¿Crees esto? ¿Estás dispuesto a vivir de veras?

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