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sábado, 16 de mayo de 2026

Alzad la mirada

 ALZAD LA MIRADA


Si alguien se atreviese a librarse, aunque sólo fuera por un momento, del yugo de la pantalla del móvil, tal vez se percataría de que sus semejantes existen, merodean por doquier, no son virtuales, sino reales y dotados de carne y hueso. ¡Qué sorpresa, el mundo no es reductible a un mero visor! Y es que parece que el conocidísimo mito de la caverna de Platón es más actual que nunca. Sin duda estamos encadenados frente a un muro en que se nos proyectan sombras de sombras suficientemente manipuladas y creíbles, que tomamos y preferimos a la realidad monda y lironda. Y es que creemos que es preferible ver lo que han visto otros muchos, o lo que dictamina el Gran Hermano del algoritmo, a contemplar sencillamente lo que de verdad nos acontece, lo que tenemos delante, con su dosis inédita de belleza. Jamás deberíamos limitarnos a ver sólo a través del espejo.

Nos atrapa la pantalla; sucumbimos a la dictadura de la imagen y de las aplicaciones diseñadas para engancharnos. Les hemos entregado nuestra libertad y adormecido nuestras conciencias. Nunca nos han tenido más sometidos, pues ni siquiera han tenido que doblegarnos, ha sido una esclavitud libremente elegida. Y en este panorama de cesión de lo propiamente humano, se nos invita a romper con ese autosometimiento. La próxima visita de León XIV lleva como lema "Alzad la mirada". ¡Qué acierto!

Levantemos el corazón, pero para ello primero apartemos la mirada de la cárcel táctil de cristal. Tal vez basta por empezar con este pequeño gesto para descubrir el rostro del otro, el rostro del hermano, su verdad misma y la nuestra, que no tiene que coincidir exactamente con la que nos vienen presentando en los medios oficiales de la subrepticia oficialidad. Levantemos la mirada los unos y los otros para volver a suscitar el encuentro y la capacidad de relaciones efectivas y afectivas entre todos, escapando de las redes y de las interacciones meramente digitales. Recuperemos la capacidad de reconocernos aún humanos.

Empecemos al menos por eso, pero alzar la mirada supone no solamente un acto de regreso a lo humano, también supone un empoderamiento, un reconocimiento de nuestra dignidad y de nuestra capacitación para afrontar nuestro proyecto personal y comunitario. Que nadie nos conduzca sin más al atolladero de turno, hemos de ser protagonistas: pasar de la indiferencia y desafectación insensible a la toma de conciencia y al compromiso. Sí, hemos de levantar la cabeza porque hemos de abandonar el desaliento y desengaño generalizados, recupera la esperanza y las ganas de cambiar de rumbo. Todavía se le puede dar la vuelta a la tortilla, que empiece ya el motín abordo de la humanidad que pretende dejarse vencer por el tedio, la distracción permanente, el desánimo y la apatía. Tirar la toalla no puede ser una opción.

No sigamos cabizbajos enganchados a la deriva aceptada del que cree que no puede hacer nada. Los primeros apóstoles pudieron caer también presos de la desesperación tras la muerte en cruz del Maestro, pero Cristo resucitado se hizo presente y se lo impidió. Donde se le entrevé, donde está y se hace sentir, no puede cundir la desesperación, porque la fe comprende la certeza de su promesa, el triunfo inesperado de los débiles. Superemos esa tendencia feroz a la muerte del sentido, empeñémonos en volver a vivir para el amor de Dios y su voluntad transformadora de las realidades humanas. Nunca nos demos por vencidos, está con nosotros hasta el final de los tiempos.

Este domingo celebramos la solemnidad de la Ascensión a los cielos de Jesucristo. Cierra ya este periodo de se inició con el sepulcro vacío en la mañana del primer domingo de la historia. Él regresa con el Padre, para acercárnoslo mediante el envío de la fuerza del Consolador. Estas heridas suyas y nuestras, las de cada uno, serán ya focos de luz por la gracia que Él nos va a enviar en Pentecostés. Vamos allá, nos envía la fuerza de su Espíritu Santo que nos capacita para constituirnos Iglesia y ser anuncio y presencia de Cristo en esta tierra llamada a inflamarse de su amor. El ser humano es destinatario del amor de Dios y con su libertad liberada puede corresponder a su amor.

Él asciende y nosotros al alzar la mirada, el ánimo y el corazón, fortalecidos por su aliento nos quedamos aquí a la espera activa de su vuelta. Nos ha dejado instrucciones hemos de aprender a amar como Él nos amó, a servir como Él nos sirvió, a no dejar a nadie de lado, a ocuparnos los unos de los otros e invitarles a formar parte de su Reino. Que nadie se quede mirándose ya su ombligo si no quiere, cabizbajo y preso del desencanto. Es tiempo oportuno para el anuncio y aunar libertades que buscan con pasión la Verdad, la belleza y el bien. En la medida en que seamos verdaderos miembros de esta vida en Cristo, de quién procede la gracia, podremos ser auténticos ser testigos de la salvación que Dios nos regala.

Pronto vendrá León XIV a Madrid a refrescarnos el vigor y la alegría de que Cristo nos hace partícipes. Podremos encontrarnos con él, acogerle, escucharle, acoger sus palabras y tratar de llevarlas a término. Va a ser una fiesta poder estar cerca de este mensajero de la paz y de Jesucristo Resucitado. La Iglesia de Madrid se está preparando con entusiasmo. Viene a invitarnos a alzar la mirada, recobrar la esperanza y empezar a vivir según el evangelio. ¡Qué gran ocasión se nos presenta! No la dejemos escapar, va a ser un momento histórico, un verdadero regalo de Dios para todos nosotros. León, sé bienvenido.

sábado, 9 de mayo de 2026

Soltar amarras

SOLTAR AMARRAS


Si algo tendríamos que tener claro es que el amor siempre ha de ser absolutamente un acto libre. Es más, sin esa condición imprescindible, tal vez a lo mejor no sería propiamente conveniente denominarlo amor. Sin auténtica libertad para amar no podemos hablar de amor auténtico. Se hace necesario recordar aquellos famosos libros del conocido psicólogo y filósofo alemán Erich Fromm: El arte de amar y El miedo a la libertad. Y es que con frecuencia los seres humanos nos conducimos como si aún lo elemental no lo hubiésemos adquirido: amar de veras.

Ser libre requiere un arduo aprendizaje, pero aprender a amar así, con entrega generosa, sin exigir nada al otro, es efectivamente una de las artes mayores que pueda adquirir el ser humano. Sin embargo, muchas personas siguen utilizando la escusa del amor para algún tipo de manipulación posesiva del otro o dominio que hasta trata de anularle. Los otros no están para servirnos de ellos ni cubrir las propias carencias, los otros están para tratar de darnos nosotros y amarles de la mejor de las maneras, es decir, como Dios nos ama y como Jesucristo nos enseña en los evangelios. Pero no, seguimos amando egoísta y posesivamente, de manera inmadura y muchas veces causando verdadero sufrimiento. Tanto es así, que hasta se nos ofrecen sortilegios para amarrar al otro ,en lugar de amar y liberar a aquella persona amada. Mal entendemos, pues, esto del amor y seguramente también de la libertad.

Qué bueno que como cristianos nos pongamos a revisar nuestros modos de amar, si son más de amarrarnos con miedo a los otros y a todo aquello que nos da seguridad, o por contra, es un amor que respeta, que se ofrece, que no impone y que reconoce en el otro su plena libertad. Para seguir a Cristo no podemos permanecer anclados a tantos ídolos que nos atrapan, sujetan e impiden la libertad necesaria para escuchar su voz. Hay que limpiarse bien los oídos, el entendimiento y el corazón para captar esa voz y esa luz pascual que nos permite reconocerle vivo y presente. Si uno permanece aferrado a los múltiples lastras, atado con sogas o cadenas a los apegos, no va a poder ponerse a la escucha de esa palabra liberadora o sencillamente la va a rechazar de plano. Pero si logramos escapar de la red de superficialidad, aturdimiento y materialismo que nos atrapa, sí que podemos ya ponernos en modo resurrección y crecimiento.

Hay que soltar amarras mediante la incorporación a la vida en Cristo, dejar que Él suavemente vaya desatando nuestras vendas, tal y como ya hizo en el sepulcro, para que empecemos a vivir y tengamos vida. Es Él el que nos vivifica con su Espíritu. Preparémonos para recibirlo. Vaciémonos de tanto con que cargamos y que nos tiene ya casi sin aliento, para hacerle sitio a Él. Nada somos si Él no nos insufla su vida espiritual, porque Él hace de cada uno de nosotros miembros suyos, que formamos parte de su cuerpo, la Iglesia, y en ella hemos de aprender a ver y a amar como Él nos ama. La libertad y el amor son posibles, y si nos dejamos amar libremente, aprenderemos por fin su mismo estilo.

Hoy, sexto domingo de Pascua, Jesucristo nos dice que "Yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros". ¿Acaso esta vida suya en nosotros no es garantía de libertad en el mayor de los grados concebible? Es la libertad absoluta de Dios para amar y crear sin más limitación que el bien de los seres a los que se ama. Con solo Dios dentro, nada ya nos atrapa.

Sí, hemos de dar el paso, desamarrarnos por completo para sólo obedecer a esa libertad que da el Espíritu. Nuestras vidas así no pueden ser tristes, sino gozosas porque no hacemos ya nuestra voluntad particular, vivimos haciendo la voluntad del Amor. Sí, hay que lograr desamarrarse de lo que nos atrapa, y amarrarnos a la libertad de los hijos de Dios. Nada puede haber más emocionante que dejarse llevar y llenar por ese amor libre, incondicional y correspondido que Jesucristo nos concede, todo lo demás no, realmente no nos libera. Prueba y verás, si te atreves a ello.

sábado, 21 de marzo de 2026

El amor más fuerte que la muerte

 EL AMOR MÁS QUE LA MUERTE


Si hay un tema recurrente en la literatura universal, este bien podría ser el de la victoria del amor sobre la muerte. Los seres humamos vivimos y aprendemos a vivir siendo amados y a ir vinculándonos con otras personas también amándolas. La felicidad -tantas veces buscada por todos- parece lograrse sólo con esa meta del amar y sentirnos amados. Un amor fiel que cuida y nos acompaña a lo largo de la vida nos da plenitud y sentido. Sin embargo, a lo largo de la vida hemos también de aprender también a despedirnos, pues ese amor esencial de y hacia los demás que nos colma y nos hace sentir vivos, no puede mantenerse para siempre, como efectivamente quisiéramos. La muerte irrumpe y destroza esa estabilidad que nos resulta indispensable para seguir viviendo. Cada vida posee un inicio y un fin, al menos biológicamente hablando, y esto, por duro que sea hay que asumirlo y aceptarlo.

Dicen que hay muchas experiencias llamadas cercanas a la muerte, donde algunos pacientes clínicamente muertos, misteriosamente regresan a la vida. Como si fuese pronto para partir, como si aún tuviesen que continuar viviendo a partir de esa experiencia que después tratan de expresar como luminosa. De alguna manera, además, la vida implica necesariamente un morir, una renovación celular continua y un paso del tiempo que de modo natural nos acerca al final, como si se tratara de un libro, que cada palabra, cada renglón, cada página, nos permite ir dejando atrás otras muchas y nos va conduciendo a la página en que la lectura concluye nuestra lectura.

El pensador y divulgador Eduard Punset solía recordar que la pregunta no era sólo si había vida después de la muerte, sino que había que preguntarse también si hay vida antes de la muerte. Y es que entre unas cosas y otras, lo más importante se nos puede estar pasando sin que ni siquiera nos enteremos. Se trata de vivir conscientemente una vida humana, pues si sólo prestamos atención a lo urgente, a la actividad incesante que apremia por doquier, estaremos sobreviviendo como podemos, se nos quedarán cortas las veinticuatro horas del día, y estaremos seriamente ansiosos por tratar de abarcar lo inabarcable, pero no nos estaremos más que de hacer, pero no de ser. Y la vida, sin duda está para serla, desarrollarla, desplegarla y compartirla con los demás, sea o no sea primavera. La vida es proyecto no mera eficacia.

Y si así andamos muchos, otros hay aún peor: sin saberlo se han esclavizado a sus smarphones, andan subyugados a la poderosa pantalla de las distracciones banales, mirando y mirando sin pausa aquello que ni son ni van a ser, sin advertirse que bien podrían ocuparse de su propia libertad. Y es que la paradoja es que se creen poderosamente libres, cuando han renunciado a todo por el ejercicio de hiperatención obnubilante que les posee. Sí, si prestas atención verás en derredor muertos vivientes, sin rumbo ni más meta que conseguir contenidos y emociones fáciles, esa es su tarea despersonalizadora, ese es su soma y su perdición. Creen ser felices, sólo porque no saben en qué consiste eso de la libertad y de la felicidad. ¡Ay, si abrieran los ojos y descubrieran un horizonte inmerso que se abre más allá de lo digital!

Y es que en este V domingo de Cuaresma se nos habla de que estamos vivos y hemos de vivir de veras. Que tenemos que disponernos a romper con las ataduras de una mortaja que aún no toca. Que Dios es un Dios de vivos, que nos regala su Espíritu vivificador. Que estamos hechos para la vida, una vida realizada en el amor y que es mucho más fuerte y poderosa que la muerte. Dios es eterno y al asumir nuestra condición mortal, nos capacita para vivir sin límite. Ya no acabará la vida con la muerte, sino que la vida continúa precisamente en el amor de Dios. Aceptemos esa inhabitación del Espíritu liberador que sana y aviva. Habrá sin duda una vida nueva antes y después de la muerte, porque sí, el amor es y será siempre más fuerte que la muerte.

Lo escuchamos en la profecía de Ezequiel, en el salmo 129 y en la carta de San Pablo a los Romanos: hemos de pasar ya de la muerte a la vida. Es posible dejar las obras de la muerte y empezar a ser de una manera nueva y plena, vivos porque Dios nos vive dentro y nos hace ver todas las cosas y personas de manera nueva. Es seguro que esta Cuaresma nos lleva hasta Jerusalén, allí Jesús hará su entrada triunfal, pero ese reconocimiento traerá sus consecuencias, van a traicionarlo, a abandonarlo y a condenarlo a morir en el suplicio. Pilatos dirá de Él que he aquí el hombre, ese Dios y hombre verdadero que no se reservará nada de sí, porque el amor en Él es de tal manera que superará la muerte. Con su muerte nos da la vida a todos, el Resucitado nos resucita a los que con Él hemos optado por unirnos a su amor.

En el evangelio vemos a Jesús con Marta y María, las hermanas de Lázaro, su amigo. Jesús se conmueve ante su muerte, descorre la lápida de la muerte, le llama, y aunque ya llevaba varios días bajo el dominio de la muerte, de devuelve a la vida, porque el amor es mucho más fuerte que cualquier limitación. Jesús es la Resurrección y la Vida, quien cree en Él y le ama, no morirá para siempre, sino que en ese mismo amor estará ya vivo para siempre. ¿Crees esto? ¿Estás dispuesto a vivir de veras?

sábado, 28 de febrero de 2026

Adentrarse en el laberinto

ADENTRARSE EN EL LABERINTO


Buena gana de calentarse la cabeza, de complicarse, de meterse en camisas de once varas. Bastantes complicaciones ya tenemos, como para que con motivo de la Cuaresma además se nos invite a dejar las comodidades en las que nos hemos instalado, para internarnos en otro lío del que no sabemos si nos llevará a algún sitio, y ni siquiera si esa supuesta salida es adonde queríamos llegar. Lo habitual suele ser quedarnos en la trinchera, tal y como estamos e ir campeando el temporal según vaya viniendo; es decir limitarnos a una pasividad temerosa. ¿Pero acaso la vida es sólo eso o en algún momento habrá que atreverse a algo por lo demás necesario? Sea como sea, hay un poderoso impedimento que nos tiene paralizados a la mayor parte de los mortales, y por ello terminamos conformándonos con unos mínimos vitales que no nos satisfacen. Somos más, aspiramos a más, pero nos quedamos en mucho menos.

Ahora bien, el camino cuaresmal, si es que estamos dispuestos a afrontarlo, nos va a llevar a un atolladero, a todo un laberinto existencial del que no sabemos a ciencia cierta si sabremos resolverlo. ¡Ay de aquellos que nunca jamás se atrevan a cruzar por ese laberinto o desierto que portamos dentro de nosotros! ¿Cómo plantearnos nuestra propia identidad sin buscar en nuestro propio interior laberíntico? Puede que eso que creemos ser, y que nos suele venir dado desde parámetros externos a nosotros, no sea más que un disfraz coercitivo que nos impide mostrar nuestro verdadero rostro. Habrá que escapar de identidades incompletas o incluso faltas que hemos ido asumiendo.

Al menos en Cuaresma toca tratar de ponerse en verdad ante nosotros y ante Dios, sin engaños, sin tapujos y sin excusas. Y ello requiere ponerse en marcha, atreverse, adentrarse en ese exilio voluntario de inadaptación y comenzar a lanzarse preguntas de largo alcance. De igual manera que un árbol no puede llegar a alcanzar todo su desarrollo si no crece hacia adentro en la tierra, en lo secreto, y allí encontrar el fundamente en que sostenerse, cada uno de nosotros no podrá desarrollar su potencial si a la vez no indaga en lo profundo y echa raíces potentes que le permitan sostenerse con firmeza. Claro que les va a costar trabajo a las raíces abrirse paso en la oscuridad de la tierra, pero es esa la manera de poder afianzarse para después extender tronco y ramas con poderío y gracia.

Abrán, que presta atención a la voz de Dios por encima de otras voces y ruidos, emprende su viaje dejando atrás aquello que era y poseía buscando lo que no sabía, lo que en verdad debía ser. Tras esa partida y el recorrido en post de lo intuido ya será Abrahán. En este tiempo de Cuaresma también hemos de aventurarnos nosotros en esa búsqueda que nos conduzca a la proximidad con lo que Dios nos tiene preparado. Si no acudimos al encuentro con el Dios más íntimo a nosotros que nosotros mismos, no aprovecharemos ese itinerario que se nos ofrece. El laberinto primero te llevará adentro, al secreto, y de allí saldrás transformado, con una certeza que brotará de la experiencia, y habrás echado raíces que te nutrirán y sostendrán.

Durante ese viaje interior no vas a estar solo sino guiado por Aquel que te llama. Él te aguarda y te acompaña, Él cuida de ti y te sostiene, Él es la brújula que te orienta para cruzar el desierto o el laberinto sin posibilidad de extraviarte. Amárrate bien al timón que te mantendrá en el rumbo correcto. Cuentas con la fuerza de su misericordia y los vientos son favorables. Sal de tu tierra, emprende tu viaje.

Si sigues, y Él te lo permite, podrás también ascender con Cristo al monte Tabor. Vas a participar en algo insólito. Allí, en lo secreto, te va a ser mostrado lo que permanece y permanecerá oculto: la verdadera naturaleza de Jesús, enteramente hombre y Dios, ese, el Hijo amado en el que se complace el Padre y que hemos de escucharlo para tener verdadera Vida y verdaderas raíces. Es el monte de la transfiguración, el que asciende allí, como si se hubiera sumergido de lleno en el misterio de Dios, bajará del monte también transfigurado. Ya no serás el mismo que subiste, tal y como el que ha sido capaz de encontrar la salida del laberinto, en sí llevará también la zarza ardiendo, esa llama que abrasa pero no se consume; esa que otorga Dios a los que aprenden a transfigurarse en la llama del amor.

Si superamos comodidades, reparos, perezas, miedos y bloqueos y nos atreveremos a adentrarnos en el laberinto, aunque haya pruebas y soledad, también habrá hallazgo y verdad. Si activamos nuestra libertad personal fundamental, la que tiene sed de Dios, aprovecharemos esta Cuaresma también para transformarnos con Él. Vamos hacia Jerusalén con Jesús. Ha de ser un camino de desprendimiento y liberación, una purificación. Vamos a la entrega del Hijo, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Podemos ascender con Él, podemos ser sus seguidores, o por contra quedarnos al margen, como si lo que aconteció, acontece y acontecerá no fuera con nosotros.

Es necesario superar lo que todavía no se es, atravesar la oscuridad del sinsentido, para descubrir a Aquél que se nos transfigura, el que es luz del mundo y puede ser la luz en la que reconocer el rostro del Dios humanado, del rostro del hermano y de también de tu propio rostro humano. A su luz, a la luz posible por la oración. Caminemos, pues, hacia la claridad, aunque sea incierto aún el camino.

sábado, 6 de abril de 2024

Rompiendo moldes

ROMPIENDO MOLDES


Nada es lo que parece. Nadie tampoco resulta ser aquel que nos habíamos pensado. Y es que concebimos la realidad con unos patrones fijos y limitantes, que nos ayudan a entenderla, pero al final terminan convirtiéndose en unos moldes que impiden abrirnos a lo real tal y como es. No es nada fácil pensar el mundo, la vida, sin acabar reduciéndola a nuestros pensamientos, es decir que termine siendo como yo me he imaginado que es.

¡Qué grandes aquellos que son capaces de ver más allá de lo consabido; que alcanzan a descubrir matices y rostros inéditos de lo real; que se salen de los moldes en los que con excesiva comodidad vamos encasillando la realidad. Precisamos de mentes abiertas y creativas, que no sucumban a la tentación de ir estrechando y anquilosando las ideas en ideologías, el pensamiento en teorías, y la palabra en palabras desgastadas, apagadas, sin emoción, sin significado ni vida.

Es más fácil cambiar la propia imagen, el aspecto, cambiar de vestuario, cambiar de aires, cambiar de lugar de residencia, cambiar lo exterior (ya de por sí cambiante), que estar dispuesto a cambiarse a uno mismo, la forma de entender el mundo, los propios pensamientos y chiclés, la manera de prejuzgar aplicando nuestros sesgos habituales. Esto requiere un trabajo serio y concienzudo. Cambiar de apariencia está al alcance de cualquiera, pero cambiar lo que uno es y hace, es decir, transformarse, ya son palabras mayores.

¿Quién puede ser tan abierto de entendederas para ser capaz de ver siempre de modo nuevo todo lo que tiene delante? ¿Quién, en lugar de permitir que su masa gris se vaya tornando en un gris ceniciento y plomizo, logra descubrir el colorido irrepetible con que puede ser vivido cada momento? Pues sí, haberlos haylos: seres que llegan a hacer surf con la rutina, a disfrutar como críos al menor descuido, a cambiar de perspectiva para llegar a apreciar todos los matices posibles, todos los significados y conexiones que puedan establecerse. El conocimiento, la comprensión de la existencia será lo que sea, pero nunca una tarea aburrida o monótona. Hay que espabilarse, hacer que las neuronas se mantengan curiosamente activas, perspicaces e indagadoras, o, por contra, sumirse en una insoportable modorra.  

Ojalá nos las veamos de esa manera escudriñadora ante la palabra de Dios. Ojalá el evangelio nos ejercite en ese mirar que busca comprender lo no evidente, para no terminar siendo un mero ser que más que vivo y despierto, solo sobrevive cual rumiador de hastío, tópicos y banalidades. Jesucristo es un gran revulsivo a nuestra inercia durmiente. Él no permite que andemos pensando como siempre se ha hecho, sino que pensemos y vivamos de modo nuevo y libre. No solo resucita Él rompiendo los moldes de la muerte, sino que además hace que la lógica de lo que creemos posible e imposible se nos desmadre. Por ello, ¿Qué será imposible para el que se aventura por las sendas de la fe, del riesgo a confiar? La fe no es solo atreverse a creer en lo que no se ve, sino sobre todo a crear lo que no se ve. No hay mayor fuerza creativa que el amor, que es capaz de superar cualquier impedimento y cualquier límite.

Justamente es esta capacidad de romper nuestros estrechos moldes y preconcepciones raquíticas es suficiente prueba de su divinidad, pues lo propio de Dios es trastocarnos enteramente la forma en que uno se posiciona ante la vida, lo que uno es capaz de ver, de creer y de realizar. Pues Dios siempre libera, salva restaura, amplía. A lo mejor eso del hombre viejo y del hombre nuevo que propone San Pablo, tiene mucho que ver con el volver a nacer que le pedía Jesús a Nicodemo. Jesucristo resucita, no hay piedra suficientemente pesada que pueda evitarlo. Jesucristo resucita saltándose todas nuestras evidencias, y no hay Sanedrín, ni Imperio Romano capaces de impedir que se sepa. Únicamente una libertad pasiva, indolente e indiferente, perfectamente conducida, puede ocasionarte que te quedes al margen de la vida resucitadora que conlleva adherirte a Jesús.

Pero analicemos el proceso personal de ruptura de moldes y canalizaciones por las que con docilidad dejamos que transcurran nuestras vidas. Primero los Doce eran solo pescadores, su afán era hacer su trabajo para vivir. Pero se encuentran con Jesús que les desinstala y han de dejarlo todo para convertirse en discípulos. Ahí no acaba todo, no es aún suficiente, pues aunque han roto ciertos moldes, aún la vida no transcurre con entera disponibilidad y frescura: han de pasar por el fracaso rotundo de la crucifixión de Jesús y superarlo. Experimentan la liberación completa en la relación pascual con Cristo resucitado. Es entonces cuando ya se les abren los ojos y entienden las escrituras. Ahora ya sí se les han caído todos los moldes y muros; ahora la vida es sin más como es, radicalmente nueva y extraordinaria. Ya no son ni meros pescadores, ni siquiera discípulos, ahora son plenamente apóstoles, que no pueden callar aquello que han presenciado.

Y es que tal vez la resurrección no es lo que ocurre después de muertos, la resurrección o vida nueva que nos regala el Viviente opera ya en esta vida, la transforma absolutamente. Luego, además, también, esa vida nueva, continúa tras la muerte, porque proviene de Dios y es eterna. La pregunta por tanto que deberíamos hacernos es: ¿Qué vida estas dispuesto a dejarte vivir? ¿Cuál quieres vivir? Decídelo y decídete.

¡Vive!

domingo, 23 de abril de 2023

Horizontes cercanos

HORIZONTES CERCANOS


La vida se va pasando sin darnos apenas cuenta. El tiempo se nos va escapando poco a poco. Este incesante paso de los días puede percibirse como una pérdida irreversible, aunque también puede entenderse como el elemento imprescindible para ir elaborando y desplegando nuestra trama existencial, es decir, nuestra trayectoria biográfica singular. Sin tiempo no habría vida, aunque ello conlleve también el uso y disfrute de un tiempo que se nos va agotando según va siendo vivido. Por tanto, todo en nuestra existencia está marcado por esa magnitud temporal que interpretamos en una triple dimensión de pasado, presente y futuro.

De ahí que el ser humano proyecte tanto en lo que es, como en lo que hace. Siempre se está en algún momento del proceso, o más bien procesos, que simultáneamente estamos llevando a cabo, tanto sea en su inicio, continuación o conclusión. Y esto lo debe saber todo profesor, ya que a esto básicamente se reduce su tarea: a despertar, iniciar, acompañar y enriquecer procesos de aprendizaje y crecimiento personal tanto en él mismo como, por supuesto, en sus alumnos.

En el conocido pasaje de los discípulos de Emaús, que es el evangelio de este domingo tercero de Pascua, podemos apreciar gran cantidad de enseñanzas y significados en lo que hace y dice Jesús, pero también en el cómo lo hace y dice. Fundamentalmente en este evangelio tenemos a Jesús, Maestro de maestros, puesto que manifiesta cuál es el método pedagógico que emplea para que los que no saben comiencen a saber, para que los que ven, pero no reconocen, logren descubrir le esplendor inconfundible de la verdad.

Hay un libro del siglo III de nuestra era, escrito por Clemente de Alejandría titulado El pedagogo. En el que se va desgranando la figura de Jesucristo como el gran facilitador de verdaderos aprendizajes. Por ejemplo, hoy se nos propone diseñar situaciones de aprendizaje, cuando vemos que el propio Jesús se acerca a los dos discípulos de Emaús, que regresaban cabizbajos tras en rotundo fracaso de la muerte en cruz aquel profeta en el que tenían puestas sus esperanzas. Los discípulos ya traen consigo la situación a sus espaldas. Es el Buen Pedagogo el que sabe hacerse presente en la realidad de los discípulos para primero escucharla con interés y atención, y después establecer un diálogo esclarecedor, un análisis profundo que entronca con sus conocimientos previos, para facilitar que ellos mismos mismos sean los que le expresan que desean les siga enseñando, hasta que son capaces de reconocer quién es Él, entonces ya, iluminados y capaces de ver la realidad desde la esperanza, se marcha y les da autonomía.

Ojalá este método cristológico de suscitar procesos que llevan al discípulo a semejante aprendizaje pueda orientar nuestra práctica docente. Hay que bajar a la realidad de los discentes, hacerse presente, aprender sus lenguajes, entender lo que les pasa por la cabeza, por las manos, por el corazón. Hay que pisar el mismo suelo e ir por el mismo camino que ellos. Hacerles ver que lo que ignoran y lo que no han descubierto, pues les fue explicando pormenorizadamente el cumplimiento de las Escrituras -a esta fase se denomina en el lenguaje de la filosofía socrática como mayéutica-, y, finalmente, les conduce al aprendizaje por descubrimiento en la práctica, ya que solo al compartir el pan es cuando empiezan por fin a reconocer al Resucitado, esto es, lo que eran incapaces de reconocer aunque estaban delante de Él.

Podemos hacer muchas cosas en la enseñanza, unas más originales, otras más novedosas, otras "más difícil todavía", pero hemos de tratar de reproducir esos procesos de desvelamiento que propone y acompaña tan adecuadamente el Maestro de Nazaret, porque son los que funcionan, los que hacen experimentar una atracción por la verdad que ya por sí sola va motivando para aprender (¿No ardía nuestro corazón mientras por el camino?). 

Pero ahora toca tratar de llevar ese encuentro pedagógico a nuestras aulas y pasillos mediante una pedagogía del encuentro personalizada que sea relevante e iluminadora, que les lleve a nuestros alumnos a descubrir quién es Jesús y quiénes son ellos, que les haga plantearse grandes horizontes cercanos y posibles, despertar en ellos la fuerza de la resurrección, y sean capaces de empezar a transformar toda su realidad en su día a día. Y de esta el modelo de educación que inspira a nuestro colegio y nuestra pastoral, y también la de todos los colegios que somos Educación y Evangelio.

¿Cómo? Pues con ilusión y esfuerzo, con ganas de afrontar entre todos este gran reto educativo, con esperanza, con compromiso y paciencia, pero sobre todo con verdadero amor por nuestros alumnos. Si la madre de Sócrates era matrona y de ella aprendió a facilitar un nacimiento a la verdad, nosotros entendemos que hay que renacer de nuevo por el agua y el espíritu del Resucitado para ser capaces de vivir en esa dinámica del reconocimiento y la búsqueda de la verdad, porque es ella y solo ella las que nos hace libres. Liberémonos y propongamos procesos de liberación en las personas con las que nos encontramos en medio del camino. Jesús, contigo estamos en proceso.