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sábado, 9 de mayo de 2026

Soltar amarras

SOLTAR AMARRAS


Si algo tendríamos que tener claro es que el amor siempre ha de ser absolutamente un acto libre. Es más, sin esa condición imprescindible, tal vez a lo mejor no sería propiamente conveniente denominarlo amor. Sin auténtica libertad para amar no podemos hablar de amor auténtico. Se hace necesario recordar aquellos famosos libros del conocido psicólogo y filósofo alemán Erich Fromm: El arte de amar y El miedo a la libertad. Y es que con frecuencia los seres humanos nos conducimos como si aún lo elemental no lo hubiésemos adquirido: amar de veras.

Ser libre requiere un arduo aprendizaje, pero aprender a amar así, con entrega generosa, sin exigir nada al otro, es efectivamente una de las artes mayores que pueda adquirir el ser humano. Sin embargo, muchas personas siguen utilizando la escusa del amor para algún tipo de manipulación posesiva del otro o dominio que hasta trata de anularle. Los otros no están para servirnos de ellos ni cubrir las propias carencias, los otros están para tratar de darnos nosotros y amarles de la mejor de las maneras, es decir, como Dios nos ama y como Jesucristo nos enseña en los evangelios. Pero no, seguimos amando egoísta y posesivamente, de manera inmadura y muchas veces causando verdadero sufrimiento. Tanto es así, que hasta se nos ofrecen sortilegios para amarrar al otro ,en lugar de amar y liberar a aquella persona amada. Mal entendemos, pues, esto del amor y seguramente también de la libertad.

Qué bueno que como cristianos nos pongamos a revisar nuestros modos de amar, si son más de amarrarnos con miedo a los otros y a todo aquello que nos da seguridad, o por contra, es un amor que respeta, que se ofrece, que no impone y que reconoce en el otro su plena libertad. Para seguir a Cristo no podemos permanecer anclados a tantos ídolos que nos atrapan, sujetan e impiden la libertad necesaria para escuchar su voz. Hay que limpiarse bien los oídos, el entendimiento y el corazón para captar esa voz y esa luz pascual que nos permite reconocerle vivo y presente. Si uno permanece aferrado a los múltiples lastras, atado con sogas o cadenas a los apegos, no va a poder ponerse a la escucha de esa palabra liberadora o sencillamente la va a rechazar de plano. Pero si logramos escapar de la red de superficialidad, aturdimiento y materialismo que nos atrapa, sí que podemos ya ponernos en modo resurrección y crecimiento.

Hay que soltar amarras mediante la incorporación a la vida en Cristo, dejar que Él suavemente vaya desatando nuestras vendas, tal y como ya hizo en el sepulcro, para que empecemos a vivir y tengamos vida. Es Él el que nos vivifica con su Espíritu. Preparémonos para recibirlo. Vaciémonos de tanto con que cargamos y que nos tiene ya casi sin aliento, para hacerle sitio a Él. Nada somos si Él no nos insufla su vida espiritual, porque Él hace de cada uno de nosotros miembros suyos, que formamos parte de su cuerpo, la Iglesia, y en ella hemos de aprender a ver y a amar como Él nos ama. La libertad y el amor son posibles, y si nos dejamos amar libremente, aprenderemos por fin su mismo estilo.

Hoy, sexto domingo de Pascua, Jesucristo nos dice que "Yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros". ¿Acaso esta vida suya en nosotros no es garantía de libertad en el mayor de los grados concebible? Es la libertad absoluta de Dios para amar y crear sin más limitación que el bien de los seres a los que se ama. Con solo Dios dentro, nada ya nos atrapa.

Sí, hemos de dar el paso, desamarrarnos por completo para sólo obedecer a esa libertad que da el Espíritu. Nuestras vidas así no pueden ser tristes, sino gozosas porque no hacemos ya nuestra voluntad particular, vivimos haciendo la voluntad del Amor. Sí, hay que lograr desamarrarse de lo que nos atrapa, y amarrarnos a la libertad de los hijos de Dios. Nada puede haber más emocionante que dejarse llevar y llenar por ese amor libre, incondicional y correspondido que Jesucristo nos concede, todo lo demás no, realmente no nos libera. Prueba y verás, si te atreves a ello.

sábado, 13 de enero de 2024

Ser uno mismo

SER UNO MISMO

Indiscutiblemente, si hay un tema de verdad candente, este sería el de la identidad. Reivindicamos nuestra identidad y el derecho a que se respete nuestra identidad. En efecto, es necesario que se respete a toda persona o pueblo, independientemente de su idiosincrasia, gustos, peculiaridades, opciones, etc. ¿Pero sabemos en realidad de qué estamos hablando al referirnos al constructo de la identidad? ¿Podemos alardear de saber bien quienes somos?

En una sociedad profundamente relativista, donde la verdad hace ya bastante que se nos ha ido escapando de entre las manos, la identidad se ha vuelto un tema borroso a la vez que incuestionable. Parece paradójico que si no sabemos bien lo que nos pasa en un preciso momento, ni siquiera lo que nos está ocurriendo, ni lo que queremos, ni lo que buscamos, ni si vamos o venimos, ni tampoco de dónde venimos ni a donde vamos, es decir, que no tenemos nada realmente claro, podamos defender a ultranza, y a veces incluso como arma arrojadiza, nuestra supuesta identidad para considerar al diferente como una amenaza o como un enemigo al que combatir. ¿No habrá que escarbar más profundo en nuestra identidad para encontrar un poso común con todo y todos? ¿No estaremos terminando por ser meras marionetas de las ideologías en lugar de aprender a tratar de descubrir nuestra autenticidad? 

El filósofo y sociólogo polaco Zygmunt Bauman hablaba hace décadas de la nuestra como una sociedad líquida, esto es, cambiante, incierta y precaria, en la que nada está ni seguro ni asegurado; sin embargo, y a pesar de que bien poco hay seguro, nos seguimos aferrando a aquello de mi identidad muy firmemente. Atrás quedó el conocido dicho socrático de solo sé que no se nada, porque mi identidad, basada en no sé bien qué, ni se discute ni se cuestiona, más bien nos limitamos a atacar y acatar el dogma legitimador de todas nuestras furias y fobias.

Tanto es así que hoy en día disponemos una gran gama de posibles identidades: atávicas identidades históricas reivindicadas y forzadas por los nacionalismos, tan propensos a excluir lo que no comparten o reconocen como suyo. También tenemos las identidades raciales, a pesar de que las Naciones Unidas hayan zanjado de modo definitivo la cuestión al confirmar que genéticamente solo podemos hablar en propiedad de una sola raza humana. Además habría que mencionar las nuevas identidades de género, aunque aún es pronto para poder consensuar si son 13, como afirman algunos, 37 como reconoce oficialmente el Estado Español, o incluso más de 100 como propuso alguna universidad británica. Vaya usted a saber; pero en esa línea podríamos llegar a plantearnos si realmente no habrá tantas identidades como personas, aunque todas con plena cabida en la común identidad humana por todos compartida.

Y es que. se mire por donde se mire, esto de la identidad es un derecho, sin duda, y debe seguir siéndolo, pero también un tremendo barullo. Cuesta muchísimo aclararse y saber responder a la eterna pregunta ¿Quién soy yo? Tal vez, para poder resolverlo se requiere ponerse a pensar en serio y durante largo tiempo, dejando al margen toda posible interferencia interesada de aquellos que deseen darnos ya la respuesta prefabricada y tratar de superar nuestros prejuicios. Pero ¿Quién tiene tiempo y ganas para ponerse en serio a buscar su propia identidad? ¿Acaso no hemos apartado ya a la Filosofía de nuestros planes de estudio para conseguir que cada vez menos alumnos lleguen a caer en la tentación de plantearse algo? Va a ser cierto, cuanto menos te cuestiones, más firme, sólida y rígida será eso a lo que llamas tu identidad.

Pero, una vez más, para hacer saltar todos nuestros esquemas por los aires, en el evangelio de este segundo domingo de tiempo ordinario, nos encontramos con un pasaje en el que dos jóvenes están dispuestos a realizar ese proceso liberador que les permita encontrarse con ellos mismos, y, por tanto, tratar de averiguar quiénes son. Comienza este episodio cuando escuchan una indicación, una pista o propuesta: Juan el Bautista, un buscador como la copa de un pino, proclama que el que está pasando es el esperado, es el Cordero de Dios. Ellos, que han escuchado, se ponen inmediatamente en modo búsqueda porque hay algo dentro de sí mismos que les insta a resolver su identidad resolviendo primero la identidad de Aquel que les salía al paso. Seguro que se trata de otro de los disparates del evangelio eso de que para saber quién soy yo deba también plantearme quién eres tú (y Tú).

Y se ponen a seguir a ese individuo, a ver comprobar por ellos mismos (no solo de oídas) qué hay de cierto. Pero es que ese tal Jesús se vuelve y se les pone a hablar. Además les pregunta a bocajarro por lo que buscan. Nada nuevo, pues ya hemos comentado que sin preguntas radicales no hay posible identidad, salvo que ésta sea facilona, supuesta e impostada. "¿Qué buscáis?"- les dice. Y es que para ser seguidor -y mira que me parece que esta ya es en sí misma una identidad- hay que ser un buscador de los pies a la cabeza. Ellos le responden que quieren conocer dónde vive, es decir, hacer una experiencia íntima y lúcida con Él y compartir su vida. Y claro, Jesús, el buscador de buscadores, les invita a esa experiencia de la que no se nos dice más que la hora del día en la que ocurrió, pero no en qué consistió. Por lo que el que quiera descubrir en qué consistió esa experiencia con Jesús, tendrá que tratar de realizarla por sí mismo o quedarse en la más burda ignorancia.

Ahora bien, sí que sabemos lo que hicieron al terminar ese trato con Jesús que no se nos cuenta. Fueron inmediatamente a anunciar lo que les llenaba, pues era una verdad tan grande y valiosa, que les transformó y empezaron por ello también a transformar a los que uno ama. Y llevan a Simón, el hermano de uno de esos jóvenes que recién habían estrenado su identidad de discípulo, ante Jesús, para que él mismo lo pueda comprobar por sí mismo. Jesús le escruta con la mirada y reconoce en él una enorme identidad desconocida hasta entonces por todos y a la que ya no renunciaría nunca. Jesús sabe ver en Simón tal capacidad de amor y de renuncia a sí mismo, que le concede un nombre nuevo y con él su insospechada identidad: Simón Pedro, pescador de hombres.

Hoy muchos se consideran, reconocen e identifican, como no creyentes, y como no ateos, y como no agnósticos; al parecer están por encima de la cuestión de Dios. Pero lo que no sabemos es si han tratado de hacer ese proceso esclarecedor de búsqueda e interpelación sobre la existencia e identidad de Dios. 

Tal vez nos pueda pasar como a aquellos primeros discípulos que no empezaron a descubrir su verdad hasta que no se encontraron con Aquél que les proponía un modo de ser y comprender, y para saber quiénes somos en realidad, debamos primero escuchar su llamada y sus preguntas junto con las nuestras. Bien podría ocurrirnos como a ellos, que se consideraban a sí mismos meros pescadores, y sin embargo, desconocían que en realidad eran y debían ser apóstoles. Tal vez sea vano nuestro deseo de ser nosotros mismos si prescindimos de la molestia de ir a descubrir a Jesús, cuyo nacimiento hemos descubierto hace nada, allí donde mora, y experimentar a qué sabe la vida compartida con Él.

Seamos muy libres para construir nuestra propia identidad, pero si no estamos dispuestos a escuchar las voces más discretas y reveladoras, y quedarnos en el estruendo del mercado de mensajes estereotipados, tal vez no demos finalmente con el tesoro de saber ser tan solo nosotros mismos.

Sé lo que quieras, pero al menos sé un verdadero buscador.










viernes, 20 de enero de 2023

Las grandes opciones

 LAS GRANDES OPCIONES



Todos queremos ser libres, e incluso más libres aún de lo que la sociedad nos permite. Aunque luego en la práctica la libertad en grande nos pesa y nos aterra. Porque en lo fácil resulta muy fácil elegir. Desbloqueas el móvil, te conectas a la página web que quieres y eliges entre multitud de opciones disponibles, aquella que te convence más. Pero tomar aquellas opciones que marcan, las que son importantes y definitivas, es bastante más complejo, aunque también es necesario tomarlas, pues ¿quién llegaría a ser yo si nunca tomara ninguna decisión de esas que configuran por dónde conduzco mi propia existencia? Por eso, o las posponemos sine die o nos dejamos llevar por lo que hacen los demás, o terminamos echándolas a cara o cruz.

Pero hay que momentos en que hay que optar, y optar en serio, poniendo toda la carne en el asador, con decisión, pasión e ilusión. Tal vez sin saber de antemano a dónde nos conducirá ese camino que emprendemos, pero confiados en que es el mejor, el único que debo tomar si hago caso a la razón y sobre todo al corazón. ¿Complicado? Sí, bastante, pero hay que tener poder de decisión y convicción para dar un paso adelante y tirarse a la piscina. ¿Qué miedos te pueden llegar a paralizar? ¿No crees poder superarlos ya?

La cuestión de posicionarse ante la persona de Jesús es una de estas decisiones personales en las que nos jugamos mucho, tal vez todo, y por eso o no la queremos tomar y la evitamos o tratamos de dejarnos llevar por aspectos cómodos, superficiales y hasta interesados. Aquí hay que mojarse, y no solo hasta la cintura, sino por completo. Es inevitable. He de decidir si doy el gran salto de la fe y descubrir que ahora sí uno puede ser libre a lo grande, porque corta amarras con todo lo que a uno le ata y se deja llevar a lo más profundo de la vida, o no me arriesgo a dejar abierta la posibilidad de que ese tal Jesús tenga una propuesta tal vez sumamente extraordinaria.

Sí, pudiera parecer solo una paradoja más, pero es toda una gran verdad: para encontrar y ser encontrado hay que desprenderse de las falsas seguridades, hay que soltar y fiarse, ir adentrándose en lo inseguro para alcanzar la segura certeza del verdadero amor.

En el evangelio de este tercer domingo vemos como la esperanza anunciada por el profeta Isaías logra cumplimiento en la irrupción de la predicación de Jesús allá por Galilea. Unos le van a reconocer y creer, otro muchos no, pero aquellos que descubren quién es se llenan de alegría, una alegría desconocida y decidida que les hace dejarlo todo y seguirle, pues solo Él tiene palabras de vida eterna, esas que convencen al corazón de aquellas razones que la razón no entiende, esas que iluminan el hondón del alma e impiden ser el mismo, el de antes, el de siempre, el que permanece constantemente autorreferido a sí, y lanzan a la misión de vivir y anunciar su evangelio.

¿Quieres descubrir quién es? ¿Quieres encontrarte con Él? ¿Quieres conocerle? Pues estás de suerte, iniciamos el camino de nuevo con Jesús. Puedes empezar a intimar con Él leyendo y escuchando sus palabras. Te pueden descubrir quién eres tú y lo que quieres hacer con tu vida. Levántate y empieza a caminar con Él. Serás más libre y comenzarás a reconocer aquellos matices de belleza y de sentido que ni habías sospechado. No sé tú, pero yo lo tengo muy claro. Me merece la pena dejarme hacer por su palabra sanadora y salvadora.

NO LO DUDES Y OPTA POR LO MEJOR