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sábado, 25 de abril de 2026

Remontar la corriente

REMONTAR LA CORRIENTE


Por inercia nos vamos dejando llevar por la costumbre, o por las numerosas influencias de que somos blanco fácil. Aunque podemos hacer las cosas de otra manera, o incluso hacer otras nuevas, al final terminamos repitiendo las mismas, lo esperado, reproduciendo sencillamente lo que vemos en otros. Se suele decir que somos hijos de nuestro tiempo, y efectivamente es así, asumimos las tendencias, gustos y modas del momento, sin ni siquiera pararnos un momento a pensar si es o no lo mejor.
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Se podría decir también, que para estar a la altura del presente, nos mimetizamos los unos con los otros para no sentirnos del todo bichos raros, pero es que además los medios de comunicación, las series, las redes sociales y la publicidad poseen una enorme influencia para indicarnos cómo hablar, cómo vestir, cómo pensar, qué valores tener y demás, y es que son los grandes uniformadores. Se equivoca tal vez el que se crea que el el colegio el que influye de manera definitiva en los valores que va a asumir una persona. sobre todo es el ambiente, la cultura vigente a la que nos vamos adaptando. Por ejemplo, hoy en día, al menos en Europa, cuando se viaja al centro de una ciudad, se encuentra uno los mismos establecimientos, las mismas marcas, la misma comida rápida, como si uno no se hubiese movido del lugar de origen. Debe ser por aquello de la tan cacareada globalización. Cada vez todo menos singular y más uniformado.

En cuanto a las ideas, parece que por doquier abundan los populismos, es decir, que triunfa con asombrosa facilidad la manipulación ideológica, puesto que mayoritariamente tenemos más interés por consumir que por pensar con criterio. Aunque, por supuesto, sí hay personas que, aún perteneciendo también a una época y lugar determinados, son capaces de vivir según su propia singularidad desde la coherencia. Si te fijas un poquito, aunque puedan parecer clones, hay algo que les distingue, ni imitan ni se afanan en distinguirse, tan sólo aciertan a ser ellos mismos. Porque el ahora, con toda su riqueza, puede funcionar con un determinismo que nos termina anulando, o justamente al revés, para posibilitar el despliegue de aquello que verdaderamente se es. Donde muchos se encierran libremente, otros andan sueltos.

Algo tendrán los clásicos, cuando ni llegan a ser superventas ni jamás quedan desfasados. Tal vez porque no fueron escritos para venderse a las tendencias ni buscaron adaptarse tanto a estas que lograran meramente un éxito pasajero, sin tampoco ser un completo unos textos inadaptados a su tiempo que se anularan su significado contextualizado. Los salmones, por ejemplo, saben nadar a favor de la corriente cuando es necesario, pero también remontan por la encrespada corriente de los ríos para regresar al lugar en que nacieron y poder allí reproducirse. Como animales remontan sin saber qué ni por qué realizan ese viaje de retorno, aunque para ello hayan de superar la fuerza de una corriente enormemente impetuosa. Ojalá los humanos fuéramos capaces de enfrentarnos también a las corrientes poderosamente moldeadoras, que a menudo soportamos, para conseguir alcanzar la verdad que escapa de las apariencias vigentes de la temporada. ¿Pero quién tendrá esa fuerza de voluntad y esas convicciones para superar las aguas torrenciales del pensamiento único?

El cristiano, el que reconoce vivo a Jesús en el presente, ya se sitúa entre aquellos que, frente a la corriente arrolladora del mundanal ruido, logra ir justamente en sentido contrario. No se deja llevar por los valores dominantes, sino que trata de remontar en esa búsqueda de la autenticidad que da el Espíritu. Si se vive en modo pascual, ya se ha empezado a no ser meramente pasto de la muerte anuladora, pues la semilla de la vida eterna, don del amor de Jesucristo resucitado, ha empezado a arraigar en este tiempo. Cristo ha muero y ha resucitado para que nosotros ya seamos germen de esa vida en Cristo. Seguimos en el mundo, pero el mundo no nos posee ni nos domina, puesto que reconocemos en nuestras vidas la voz del Pastor que da la Vida y que nos da de su Vida.

Creer ha de ser vivir, escapar del sometimiento a los falsos pastores que anuncian lo que no pueden dar, para saber gozar de una libertad comprometida al servicio de los hombres y de la construcción del bien común. Creer ha de ser vivir de forma sanada, con valentía y con sentido, sin reducirse a quedar recluido en uno mismo. De ahí que una conversión profunda, radical y continuada sea necesario. Hay que pasar por la puerta del corazón de Cristo Salvador, Buen Pastor. Tenemos en él la puerta abierta para entra por ella y obtener la libertad verdadera, superando ese condicionamiento impuesto por los cánones de lo comúnmente asumido.

Si quieres ser tú, no te confundas de puerta, pues algunas son sólo puertas de escape en falso, otras más bien de huida. Escucha su voz, su palabra, y fíate, pues es la voz que reconoces más íntima a ti mismo que la tuya propia, es la voz que te va a guiar hacia las fuentes tranquilas y los verdes prados, a aquella luz irrenunciable que portas. Ciertamente has de lograr zafarte de las imposiciones, de los moldes, y remontar, escapar de una instalación comodona y resignada de tu refugio, para arremangarte y ponerte a trabajar por un mundo según la voluntad de Dios. Es un proceso, pero Él viene en tu rescate y te va a ayudar a encontrarte. No pongas reservas.

sábado, 21 de febrero de 2026

Darle la vuelta al calcetín

 DARLE LA VUELTA AL CALCETÍN


Con frecuencia no nos damos cuenta de que las cosas son susceptibles de modificación, incluso de poder darle por completo la vuelta. Es comprensible que nos adaptemos a lo que hay, pero esta acomodación no debe evitar el deseo de mejora, porque si no estaríamos condenados a someternos a una realidad que se nos impone de modo tiránico. Es por eso que cualquier persona con un alto nivel de esfuerzo y superación, no se rinde fácilmente, aunque la situación con la que tenga que campear no tenga demasiados visos de llegar a una solución satisfactoria. Al menos lo intenta.

Un partido de tenis se puede remontar aún cuando todo parezca avocado a la inminente derrota. Que se lo digan, si no, a nuestro grandísimo campeón Rafa Nadal, pues como hubiese la más mínima posibilidad de remontar, ahí iba a estar, pegando fuerte y nunca viéndose como perdedor. Y es que hay que ser capaz de ver las inmensas posibilidades que quedan inadvertidas incluso donde todos dan ya la batalla por perdida. El mismo Albert Einstein decía que "En medio de la dificultad se encuentra la oportunidad. No trates de ser una persona de éxito, trata de ser una persona de valor. El éxito es efímero, pero el valor deja huella. Lo que realmente define a alguien no es cuánto logra, sino cómo contribuye al mundo. La creatividad, la curiosidad y la capacidad de cuestionarlo todo son las herramientas que transforman los problemas en posibilidades". Así que el que es capaz de intentarlo es el que puede llegar a ser capaz de darle la vuelta al calcetín del problema, de la pregunta o del atolladero, y encontrar finalmente un camino por el que avanzar.

Tenemos en nuestro idioma diferentes expresiones para indicar lo que supone la capacidad de transformar completamente una situación: "giro inesperado" "darle la vuelta a la tortilla" o "darle la vuelta al calcetín". Cada una de estas frases hechas tiene su particularidad: la primera parece no aludir al agente que realiza la acción; la segunda tiene el sentido de completar una acción; mientras que la tercera expresaría una capacidad de resolver drástica y sencillamente una situación complicada. "Ponerlo todo patas arriba" no implica que se resuelva, pero sí que se trata de alterar con todo aquello que no debía estar más como estaba. A veces hay que atreverse a tomar esas decisiones que desbloquean y permiten comenzar de otra manera o al menos encontrar una salida.

Y metidos ya el el tiempo litúrgico fuerte de la Cuaresma, toca exponerse a aquello que incluso tratamos insistentemente de evitar plantearnos. No queda otra, en Cuaresma no es que nos pongamos de serio riguroso, es que nos ponemos a tratar de coger al toro por los cuernos, en lugar de seguir escapando de nosotros mismos y de aquellas pseudo verdades útiles para andar por casa.

Empezando por el Génesis -que siempre será buen comienzo-, vemos a Adán y Eva haciendo y un uso cuestionable de su libertad paradisiaca, y saltándose a la torera el mandato divino. No debía ser para nuestros primeros padres suficientemente apetecible el múltiple bien y la concordia inicial, y, tal vez debido a la propia condición humana, terminaron por hacer lo único que no debían hacer. Pero como muy bien nos indica San Pablo en la carta a los Romanos, es el mismo Jesucristo el que viene al mundo a darle por completo la vuelta al calcetín de la situación creada por nuestros famosos antecesores. Sin embargo Cristo sí obedece, reestablece y perfecciona la unión entre el Creador y sus criaturas.

Y en el evangelio de este primer domingo de Cuaresma vemos a Jesús internarse en el desierto para encontrarse allí, superando las pruebas de las tentaciones, con la verdad irrebatible de su condición de mesías y salvador. Y es que sin desierto ni prueba no sale a relucir la verdadera identidad oculta de lo que cada uno es. Es ahí, en el meollo del problema, en donde anda suelta y oculta la solución que debemos encontrar. No es que sea una aguja en un pajar, sino que en el desolado desierto cuaresmal, se trataría más de hallar una luz fundamental en medio de un vasto dominio de arenas fulminadas por un sol arrasador. Para rescatar al hombre y devolverlo a su verdadera condición original, debía el mismo Dios hacerse hombre, para que todos pudiéramos volver a ser humanos retomando la vinculación con el Dios del que nunca debimos desgajarnos. Jesús, por tanto, enfrentándose a la necesidad y al tentador, es como nos gana para sí y nos libera.

No nos engañemos, llevando una vida superficial y comodona, y perfectamente instalada en lo banal, el calcetín de nuestra propia existencia está y estará del revés. Hay que atreverse, exponerse, dar la cara e incluso la batalla. Seamos libres para asumir riesgos, para pensar, sentir y discernir por nosotros mismos. Vamos, que el tiempo cuaresmal ha empezado y el desierto está también dentro de uno esperándonos. Él venció y nosotros con Él vamos a vencer también. Alejémonos ya de los espejismos de la irrealidad e internémonos ya en la prueba. Trata de convertirte en alguien que se sabe también espiritual. Tú y tus más profundas verdades están en juego. Ahí, en el laberinto de lo que no es ni satisface estará la solución que tanto anhelas. ¿Te atreves? Tal vez del desierto logres sacar un verdadero Edén, o al menos la satisfacción de conocer tu identidad real, pero para ello habrás de darle necesariamente la vuelta al calcetín.

sábado, 14 de diciembre de 2024

Dar en el clavo

 DAR EN EL CLAVO


El que tiene boca se equivoca, afirma un conocido dicho popular. En verdad es así, tan solo aquellos que lo intentan pueden llegar a acertar, aunque las más de las veces errarán, simple y llanamente por mera probabilidad, acumulando error tras error hasta el acierto final. La IA, sin embargo, por poner un ejemplo, ni acierta ni falla, simplemente recopila de aquí y de allá, ni sabe lo que dice ni le importa si lo que cuenta es cierto o está totalmente equivocado, pero sale del paso produciendo un resultado. Será que la IA no tiene boca, y por tanto, eso de atinar más o menos le preocupa más bien poco. En realidad la IA no tiene preocupaciones, aunque a algunos humanos sí nos preocupe, y no poco, el uso que le demos a ese quehacer por encima del bien y del mal que la IA nos proporciona.

En este camino de Adviento, por el que ya nos adentramos en la tercera semana, aparece el Bautista para orientar a los que queremos transitar hacia la Navidad con la adecuada preparación. Ciertamente, algunos no se preocupan tampoco ni por la Navidad, ni por los problemas actuales ni menos aún por los que están por venir, esos no se prepararán para la llegada del Salvador que viene. También los profetas anunciaron la intervención definitiva de Dios, la venida del Enmanuel, pero cuando esta se produjo, ni se enteraron, porque esperaban otro tipo de Mesías, más evidente, más esperable conforme a sus expectativas, más apoteósico, pero menos real, discreto y humilde. Tenían boca, oídos, ojos y entendederas, pero se equivocaron y no lo reconocieron. Hay, pues, quien no atina nunca, pero también están los que afinan y terminan por acertar y dar de lleno en el clavo.

Desde entonces seguimos en las mismas. Año tras año celebramos ininterrumpidamente la Navidad, el nacimiento del Niño Dios, pero de poco sirve, pues parece que tampoco nos damos por enterados del todo. Hemos terminado convirtiendo la Navidad en un decorado, simplemente en algo externo, sin significado alguno, mera fachada hueca que en el fondo ahonda en nuestra insatisfacción compulsiva. Sí, no es lógico que en una sociedad que ha dado mayoritariamente la espalda a Dios y a lo sagrado, una sociedad donde la dimensión espiritual y religiosa ha quedado como residual, celebre con derroche de neón el nacimiento del Dios del que hemos prescindido, el acercamiento definitivo del Dios humanado entre los hombres. Necesitamos mucha luz artificial, mucha y variopinta IA, para paliar la oscuridad que se produce cuando ya no reconocemos al que es la luz del mundo.

En el conocido comienzo del evangelio de Juan aparece ese rechazo explícito de la luz por parte de los hombres, que prefieren vivir en tierra de penumbras, de bulos y contra bulos, para que no se descubran sus miserias vergonzantes. Sin embargo, no todos reaccionan rechazando esa luz menuda que disipa las tinieblas, hay personas que la descubren y deciden seguirla. Algunos de esos, conscientes de la necesidad de prepararse a la venida del Salvador, quieren disponerse y no perdérsela. Son los menos, pero son, y eso es lo que importa. No abundan, pero tratan de dar en el clavo, al menos esta vez.

¿Qué hemos de hacer nosotros? le preguntan a Juan el Bautista en el evangelio de Lucas; y este les va dando pistas muy concretas de como transformar su modo de proceder para tener una vida buena y acorde con la llegada de Dios: compartir con el que no tiene, tratad de ser justos, no os aprovechéis de los demás, decid la verdad, conformaos con lo que recibís. Es importante empezar a dar ese cambio y tener más en cuenta a Dios y a los hermanos; establecer relaciones beneficiosas para todos, poner freno a la avaricia, a los afanes materialistas, respetar la dignidad del otro. ¿Acaso no tenemos necesidad de incrementar esta transformación liberadora? ¿Acaso no sería en verdad una Navidad esplendorosa cuando vivamos para hacer sitio a los demás en lugar de seguir viviendo exclusivamente de manera autorreferida?

Tan solo si vamos dando esos pasos que se nos indican, podremos descubrir la belleza humilde y valiosa de la Navidad. Seamos más sencillos y más humanos; convivamos más próximos los unos de los otros, no porque toca por ser Navidad, sino porque si no nos hacemos como niños, al igual que hace Dios al nacer en un establo, no alcanzaremos el gozo verdadero de participar de este único acontecimiento. 

Por esta vez no tratemos de ser los protagonistas. No todo ha de girar siempre en torno a nosotros. Esta vez ese niño desconocido y humilde que podemos contemplar entre pañales, el hijo de José y María, al que no admiten ni en las posadas ni en las casas ni en los palacios, es el que importa. Él trae para todos nosotros un mensaje de amor que necesitamos escuchar y asumir, Dejémonos salvar por su pequeñez y su grandeza, dejémonos amar por Él

¡Alégrate también tú con los ángeles y los humildes, esos que bajo las estrellas se admiran por la luz singular del Niño Dios! Esos que le contemplan y exultan de alegría son los que han acertado a dar en el clavo, porque todo lo demás será seguir dando palos de ciego.

sábado, 8 de junio de 2024

Transparencia

TRANSPARENCIA


Qué bueno sería saber admirar todo según es, sin contaminación, sin distinción, sin retoques ni engaños. La realidad al natural. Sin embargo, no parece que los humanos estemos demasiado empeñados en descubrir ese mundo de la realidad en su completa verdad desnuda. Nos buscamos toda clase de subterfugios para huir de la verdad monda y lironda, de la verdad sencilla, de la cruda y real verdad sin más. Más bien queremos que la realidad amolde a nuestro gusto y parecer, y si no lo hace la rechazamos. La verdad nos desagrada, nos aburre, nos escandaliza y hasta nos puede llegar parece sospechosa.

Acostumbramos a vivir en la apariencia, en el ruido distorsionador, en la prisa apresurada que impide sopesar los hechos, cuando no en la manipulación y en la tergiversación interesada. Es como si mirásemos lo real con una cámara cuyo objetivo estuviese sucio y desenfocado, y aún así nos pareciese que lo que falla en realidad es problema del objeto a retratar, pero no nuestra lente. Y lo peor es que ni nos importa esta intolerancia a lo puramente real sin más. Ya decían que mientras nos den pan y circo, todos contentos. Preferimos con frecuencia la evasión y el engaño, la sosfisticación y el oropel, en lugar de la inmersión en la realidad tal cual es.

Con frecuencia anhelamos los parajes con aguas tranquilas y cristalinas, tal vez porque nos evocan justo aquello de lo que más carecemos: la calma y el bienestar conseguidos al ser y estar en lugar adecuados, donde uno debe estar y permanecer. Idealizamos paisajes opuestos a aquellos que nos hemos construido para habitar y que en realidad reconocemos inhumanos e inhóspitos. Es difícil que el hombre pueda encontrarse a sí mismo en estos enjambres de ruido y agitación en los que no queda tiempo para nada, apenas lo mínimo para un somero descanso, pues lo que importa es hacer y hacer, en lugar de solo ser.   

En la primera lectura de este décimo domingo de tiempo ordinario (B) escuchamos al Creador dirigiéndose a Adán: "¿Dónde estás?". Adán, consciente ya de su transgresión, elude el encuentro cordial, amigable, confiado y transparente con Dios. Bien podemos también sentirnos los destinatarios de esa misma pregunta que Dios ¿Dónde nos hemos situados? ¿Somos constructores de Edén aquí en la tierra? ¿Podemos tildar de transparente nuestra relación con el Creador, con la creación y con nuestros semejantes o más bien tratamos de evitarla?

En la segunda carta de San Pablo a los corintios se nos exhorta a fijar nuestra atención en lo que no se ve, es decir, a tratar de descubrir esa realidad que si nuestra mirada se queda en lo material, en lo caduco y pasajero, sino en la verdad esencial que solo puede llegar a descubrir patente la mirada transparente de la fe y del amor. En Cristo y por Él sí es posible transformar esa mirada espiritual.

En el evangelio según San Marcos también nos puede ayudar e revisar esa relación transparente con Dios. ¿Somos nosotros de los suspicaces que tanto en su mirada como en su juicio no llegan a reconocer limpiamente la verdadera identidad de Jesucristo? ¿Aquellos que veían doblez y maldad en el poder con el que actuaba Jesús o los que reconocen que Él es el Hijo? ¿Qué puede interferir en nuestra manera de reconocer quién es en verdad?

Solo los que logran ESCUCHAR de manera atenta, sincera y cristalina su palabra y tratan de cumplir en su vida la voluntad de Dios, podrán tener que ver con Él, llegar a ser incluso de la propia familia de Jesús. Al final, esta palabra que Jesús pronuncia es esclarecedora de lo que cada uno lleva dentro: permite que las aguas de nuestro ser se sosieguen y vayan sedimentando cualquier impureza. Llegar a tener una mirada y un corazón transparente y nítido para ver y escuchar a ese Dios que nos llama a reconstruir ese Edén fraterno en que todos podamos confiar los unos en los otros con total transparencia.

Va concluyendo el curso escolar 2023/24. Mucho habría que revisar y ponderar. Aquí solo vamos a apuntar que se aproximan las vacaciones, y por tanto, podremos disponer de más tiempo para aventurarse en esa aventura de reestablecer la relación transparente con ese Señor que te habita. Puede que desees hacer múltiples cosas, ir a muchos sitios y disfrutar de todo lo que puedas, pero ¿Y si además tratas de buscar esa voluntad de Dios en tu vida? ¿Vas a poder dedicar algún tiempo al recogimiento interior en es que la presencia de Dios se hace transparente? ¡Inténtalo!   


sábado, 17 de febrero de 2024

Entrar en pánico

 ENTRAR EN PÁNICO

Iniciamos la Cuaresma oficialmente el pasado Miércoles de Ceniza, y ya deberíamos ir adentrándonos en ese arduo camino cuaresmal. Pero la cuestión es si estamos dispuestos a ello o tan solo a que vaya pasando poco a poco sin que nos afecte demasiado el itinerario cuaresmal y sus implicaciones. Si es posible, que pase la Cuaresma de puntillas, y de esta manera que logremos mantenernos al margen de ella. Quedarnos una vez más cómodamente en nuestra zona de suma comodidad, sin siquiera dar un paso, pues para qué adentrarse en ese incierto e incómodo periplo.

Bien pudiera ser que nuestra supuesta pereza e inmovilismo, lo que esté ocultando es otra razón más poderosa: nos da verdadero pánico adentrarnos en ese terreno resbaladizo de exponernos a conocer con rigor y ha experimentar lo que somos al natural, sin adornos, sin subterfugios ni engaños. Tomar conciencia de la cruda realidad de nuestras personitas: sus anhelos, búsquedas, desatinos, miserias, apegos, bloqueos, fragilidades, etc. Admitámoslo, puede ser un verdadero trago hacer frente al ser en que uno se va convirtiendo por las vicisitudes del día a día. 

Y es que el ser humano solo ve lo que quiere ver, y solo escucha lo que quiere escuchar, y solo se aplica y hace caso a lo que le viene bien o le apetece, y no lo que debe o le conviene. Y por ello, evitamos todo aquello que nos permita tomar conciencia de lo que no nos agrada de nosotros mismos. Evitamos sufrir y para ello huimos de ponernos en verdad ante aquella cara oculta de lo que sabemos que somos, pero no quisiéramos asumir.

Que nadie es perfecto, ni siquiera nosotros, lo damos por hecho. Las imperfecciones y los fallos de los demás nos saltan a la vista de manera inmediata y sin gran dificultad. Otra cosa diferente es mirarse a uno objetiva y subjetivamente, analizarse y trabajarse, porque ir asumiendo las propias vergüenzas es algo más que incómodo, es un proceso doloroso, pero necesario para aceptarse, sanarse, quererse y madurar. Solo si nos ponemos en verdad podremos avanzar tanto como personas, como espiritualmente.

Pues en Cuaresma toca lo que toca, y no otra cosa, y, o te adentras con Jesús en la soledad del desierto y te enfrentas a tus limitaciones y a la intemperie de lo que eres (con todo el riesgo a ser arreciado por todo tipo de tentaciones), o evitas toda molestia para prevenir a toda costa entrar en pánico. Hace falta arrojo y fuerza de voluntad, hace falta entereza y capacidad de decisión para abandonar el modo de vivir asumido por los no buscadores; hace falta ser un auténtico inconformista, para confiar y confiarse en la dura aventura del desierto y la soledad. Pero es paso obligado para poder encontrarse con el Absoluto. Quitarse de todo, empezando por lo mas superfluo, hasta quedarse ante la nada más absoluta, para poder ir llenándose con la plenitud del Ser que es, el único que colma de vida.

Las lecturas de este primer domingo no solo nos hablan de desierto, también nos hablan de alianza entre Dios y el hombre. Precisamente ese paso por el desierto, ese exponerse a cualquier mal (interno o externo), es el que al final permite establecer el encuentro con el Dios de la alianza. Dejar atrás una forma de ser escindida, para empezar a llevar una nueva vida vinculada y con sentido.

Muchos son los libros que nos muestran el viaje como un itinerario iniciático. Pues el desierto efectivamente también es una manera de transformarse y volver a nacer. Uno es el que parte y se adentra en la espesura de arena, soledad y silencio, y otro muy distinto el que regresa habitado por el Dios del encuentro. No te encontrarás con Él en los libros, sino en el misterio de tu propia existencia, solo ahí se revela; solo ahí arde la zarza.

A aquellos que han experimentado al Dios que vive en el desierto se les podrá reconocer porque regresaron transformados. Basta con verles el rostro, adusto, y sin embargo, apacible y sonriente; basta con mirarles a los ojos, les brillan de un modo nada corriente; basta con escucharles las palabras, pues resuenan con la ternura de Dios. Si quieres ser uno de ellos, has de vivir en modo Cuaresma, pues el desierto está en ti, y si quieres, puedes adéntrate.

No temas Él siempre te acompaña y ampara, pero allí en pleno desamparo, sentirás el abrazo de quien ha hecho contigo una alianza a la que nunca falta, una alianza perpetua. Haz de esa alianza el modo de conectarte con todos y todos, y por tanto tu modo de vivir. Es posible. Todo es posible en Cuaresma. Transfórmate.

     

sábado, 13 de enero de 2024

Ser uno mismo

SER UNO MISMO

Indiscutiblemente, si hay un tema de verdad candente, este sería el de la identidad. Reivindicamos nuestra identidad y el derecho a que se respete nuestra identidad. En efecto, es necesario que se respete a toda persona o pueblo, independientemente de su idiosincrasia, gustos, peculiaridades, opciones, etc. ¿Pero sabemos en realidad de qué estamos hablando al referirnos al constructo de la identidad? ¿Podemos alardear de saber bien quienes somos?

En una sociedad profundamente relativista, donde la verdad hace ya bastante que se nos ha ido escapando de entre las manos, la identidad se ha vuelto un tema borroso a la vez que incuestionable. Parece paradójico que si no sabemos bien lo que nos pasa en un preciso momento, ni siquiera lo que nos está ocurriendo, ni lo que queremos, ni lo que buscamos, ni si vamos o venimos, ni tampoco de dónde venimos ni a donde vamos, es decir, que no tenemos nada realmente claro, podamos defender a ultranza, y a veces incluso como arma arrojadiza, nuestra supuesta identidad para considerar al diferente como una amenaza o como un enemigo al que combatir. ¿No habrá que escarbar más profundo en nuestra identidad para encontrar un poso común con todo y todos? ¿No estaremos terminando por ser meras marionetas de las ideologías en lugar de aprender a tratar de descubrir nuestra autenticidad? 

El filósofo y sociólogo polaco Zygmunt Bauman hablaba hace décadas de la nuestra como una sociedad líquida, esto es, cambiante, incierta y precaria, en la que nada está ni seguro ni asegurado; sin embargo, y a pesar de que bien poco hay seguro, nos seguimos aferrando a aquello de mi identidad muy firmemente. Atrás quedó el conocido dicho socrático de solo sé que no se nada, porque mi identidad, basada en no sé bien qué, ni se discute ni se cuestiona, más bien nos limitamos a atacar y acatar el dogma legitimador de todas nuestras furias y fobias.

Tanto es así que hoy en día disponemos una gran gama de posibles identidades: atávicas identidades históricas reivindicadas y forzadas por los nacionalismos, tan propensos a excluir lo que no comparten o reconocen como suyo. También tenemos las identidades raciales, a pesar de que las Naciones Unidas hayan zanjado de modo definitivo la cuestión al confirmar que genéticamente solo podemos hablar en propiedad de una sola raza humana. Además habría que mencionar las nuevas identidades de género, aunque aún es pronto para poder consensuar si son 13, como afirman algunos, 37 como reconoce oficialmente el Estado Español, o incluso más de 100 como propuso alguna universidad británica. Vaya usted a saber; pero en esa línea podríamos llegar a plantearnos si realmente no habrá tantas identidades como personas, aunque todas con plena cabida en la común identidad humana por todos compartida.

Y es que. se mire por donde se mire, esto de la identidad es un derecho, sin duda, y debe seguir siéndolo, pero también un tremendo barullo. Cuesta muchísimo aclararse y saber responder a la eterna pregunta ¿Quién soy yo? Tal vez, para poder resolverlo se requiere ponerse a pensar en serio y durante largo tiempo, dejando al margen toda posible interferencia interesada de aquellos que deseen darnos ya la respuesta prefabricada y tratar de superar nuestros prejuicios. Pero ¿Quién tiene tiempo y ganas para ponerse en serio a buscar su propia identidad? ¿Acaso no hemos apartado ya a la Filosofía de nuestros planes de estudio para conseguir que cada vez menos alumnos lleguen a caer en la tentación de plantearse algo? Va a ser cierto, cuanto menos te cuestiones, más firme, sólida y rígida será eso a lo que llamas tu identidad.

Pero, una vez más, para hacer saltar todos nuestros esquemas por los aires, en el evangelio de este segundo domingo de tiempo ordinario, nos encontramos con un pasaje en el que dos jóvenes están dispuestos a realizar ese proceso liberador que les permita encontrarse con ellos mismos, y, por tanto, tratar de averiguar quiénes son. Comienza este episodio cuando escuchan una indicación, una pista o propuesta: Juan el Bautista, un buscador como la copa de un pino, proclama que el que está pasando es el esperado, es el Cordero de Dios. Ellos, que han escuchado, se ponen inmediatamente en modo búsqueda porque hay algo dentro de sí mismos que les insta a resolver su identidad resolviendo primero la identidad de Aquel que les salía al paso. Seguro que se trata de otro de los disparates del evangelio eso de que para saber quién soy yo deba también plantearme quién eres tú (y Tú).

Y se ponen a seguir a ese individuo, a ver comprobar por ellos mismos (no solo de oídas) qué hay de cierto. Pero es que ese tal Jesús se vuelve y se les pone a hablar. Además les pregunta a bocajarro por lo que buscan. Nada nuevo, pues ya hemos comentado que sin preguntas radicales no hay posible identidad, salvo que ésta sea facilona, supuesta e impostada. "¿Qué buscáis?"- les dice. Y es que para ser seguidor -y mira que me parece que esta ya es en sí misma una identidad- hay que ser un buscador de los pies a la cabeza. Ellos le responden que quieren conocer dónde vive, es decir, hacer una experiencia íntima y lúcida con Él y compartir su vida. Y claro, Jesús, el buscador de buscadores, les invita a esa experiencia de la que no se nos dice más que la hora del día en la que ocurrió, pero no en qué consistió. Por lo que el que quiera descubrir en qué consistió esa experiencia con Jesús, tendrá que tratar de realizarla por sí mismo o quedarse en la más burda ignorancia.

Ahora bien, sí que sabemos lo que hicieron al terminar ese trato con Jesús que no se nos cuenta. Fueron inmediatamente a anunciar lo que les llenaba, pues era una verdad tan grande y valiosa, que les transformó y empezaron por ello también a transformar a los que uno ama. Y llevan a Simón, el hermano de uno de esos jóvenes que recién habían estrenado su identidad de discípulo, ante Jesús, para que él mismo lo pueda comprobar por sí mismo. Jesús le escruta con la mirada y reconoce en él una enorme identidad desconocida hasta entonces por todos y a la que ya no renunciaría nunca. Jesús sabe ver en Simón tal capacidad de amor y de renuncia a sí mismo, que le concede un nombre nuevo y con él su insospechada identidad: Simón Pedro, pescador de hombres.

Hoy muchos se consideran, reconocen e identifican, como no creyentes, y como no ateos, y como no agnósticos; al parecer están por encima de la cuestión de Dios. Pero lo que no sabemos es si han tratado de hacer ese proceso esclarecedor de búsqueda e interpelación sobre la existencia e identidad de Dios. 

Tal vez nos pueda pasar como a aquellos primeros discípulos que no empezaron a descubrir su verdad hasta que no se encontraron con Aquél que les proponía un modo de ser y comprender, y para saber quiénes somos en realidad, debamos primero escuchar su llamada y sus preguntas junto con las nuestras. Bien podría ocurrirnos como a ellos, que se consideraban a sí mismos meros pescadores, y sin embargo, desconocían que en realidad eran y debían ser apóstoles. Tal vez sea vano nuestro deseo de ser nosotros mismos si prescindimos de la molestia de ir a descubrir a Jesús, cuyo nacimiento hemos descubierto hace nada, allí donde mora, y experimentar a qué sabe la vida compartida con Él.

Seamos muy libres para construir nuestra propia identidad, pero si no estamos dispuestos a escuchar las voces más discretas y reveladoras, y quedarnos en el estruendo del mercado de mensajes estereotipados, tal vez no demos finalmente con el tesoro de saber ser tan solo nosotros mismos.

Sé lo que quieras, pero al menos sé un verdadero buscador.










sábado, 16 de diciembre de 2023

Ser o no ser

 SER O NO SER


No vamos a tratar de Shakespeare, ni tampoco de su famoso personaje trágico Hamlet, más bien de lo contrario a la tragedia, de la alegría y el entusiasmo vital. Aunque sí que hemos tomado de dicho personaje su conocidísima disyuntiva: "ser o no ser, he aquí el dilema". Porque, lo quieras o no, todos y cada uno de nosotros nos vemos obligados o a vivir, ser y propiciar autenticidad con lo que somos, o, por contra, a hacer de nuestras vidas una lamentable farsa inconsistente, que no permite sacar lo que es -aunque haga las veces de serlo-, es decir, a llevar una vida decorado que en realidad no convence prácticamente a nadie, ni siquiera a uno mismo.

Cuestión esta verdaderamente transcendental y nada baladí de ser o no ser, pero sin embargo ¡cuánta irrealidad y cuánto engaño! ¡Cuánta apariencia y cuánta traición autoinfligida! Bastaría con ser o no ser de veras y con valentía, pero no fingirlo, sino cumplir y aceptar lo que uno quiera que sea. ¿De verdad a alguien le puede satisfacer la mentira? ¿De verdad la impostura sirve de algo? Tal vez las consultas de los terapeutas, y no tanto los libros de autoayuda, sean el lugar más adecuado para los que se han hecho alguna vez trampas a sí mismos.

Y mientras tanto va llegando la Navidad; parece que ya está a la vuelta de la esquina. Si uno se pone a calcularlo, nos quedan apenas unos días lectivos, y llegarán la Lotería, las vacaciones, y entonces irremisiblemente todos nos ponemos en modo fiestas de Navidad. Es decir, quieras o no, te apetezca más o menos, toca ser feliz o al menos aparentarlo, porque en Navidad, sí o sí, hay que estar felices y contentos, y comer perdices o lo que sea, porque es lo que toca. ¿Qué no te ves feliz del todo? No pasa nada, se maquilla un poco la situación, la cara, la indumentaria, la expresión o lo que haga falta y a forzar que eres banalmente feliz, tanto como cualquiera, pues no vas a ser tú menos. Y volvemos a lo mismo ¿ser o no ser aceptablemente feliz con lo que uno está siendo y viviendo?

Nuestro admirado escritor José Luis Martín Descalzo titula una de sus obras "Razones para la alegría" (ya de paso aprovecho para recomendar este libro como buen regalo navideño). Y es que tal vez o se decide ser uno mismo siendo alegre y sabiendo ser feliz, y para ello hay que hacer todo un trabajo de análisis y mejora de quién quiere ser uno, o, al final, no sabremos ni lograremos ser felices por más y más que tengamos. Desconozco si alguien ha llegado a publicar un libro titulado "Razones para la tristeza", pero si así fuese, también sería bueno ver cuáles son esas razones y esos motivos, pues puede que tengan que ver con frustración y falta de aceptación, aunque también se me ocurren otras de mucha enjundia.

Tradicionalmente este tercer domingo de adviento es conocido como domingo "Gaudete", esto es, alégrate. Vamos, que la Iglesia, más por sabia que por santa, nos exhorta a que saquemos hacia afuera ese derroche de alegría cristiana que llevamos dentro ¿O es que acaso no se nos nota? ¿Pero por qué? ¿A cuento de qué hemos de estar alegres con la que está cayendo por aquí, por allá y por acullá? Pues tal vez sí, porque ella, la Iglesia, nos hace mirar no al desastre en que vivimos sumidos, sino justamente a reconocer lo grandioso que de manera extremamente discreta puede llegar a suceder en medio del desastroso devenir.

El Adviento nos predispone a aclarar la manera en que hemos de mirar lo cotidiano para reconocer lo secreto, lo oculto, lo que se nos pasa desapercibido justamente porque precisa de nosotros una agudeza y sensibilidad nada habituales. Aunque lo tengamos delante de nuestras narices, enfrente, o en nuestro interior, parece que nos cuesta una enormidad reconocer lo no usual, dar verdadero valor a aquellas realidades espirituales, las más radicales y profundas, pues nos basta y sobra con la complejidad de lo superficial. Al final unos y otros estamos desbordados por completo con problemas y cargas, por lo que vamos cediendo poco a poco y terminamos confundiendo lo urgente con lo importante. Pero para eso viene el Adviento y nos susurra un modo de ser y estar mucho más centrado en lo que somos desde dentro, a prestar atención a esa acción maravillosa de Dios en nuestras vidas.

Las lecturas de este domingo ciertamente son para alegrarse, porque el que anunciaba el profeta Isaías, el que lleno de Espíritu viene a liberar al hombre de todo sufrimiento, el Salvador esperado se nos hace presente y nace aquí, en lo remoto y escondido, en lo menudo y humilde, en lo cierto y auténtico, y su luz es capaz de disipar y vencer toda tiniebla, interna y externa. Sí, es posible, San Juan el Bautista tampoco lo duda, él no es, pero viene el que sí es, y por ello San Juan es "la voz que clama en el desierto". ¿La escuchas? Si ni siquiera en el desierto eres capaz de escuchar atentamente la voz de Dios que clama en tú interior, no lograrás ser tú plenamente y esa luz prodigiosa y sagrada no prenderá en ti; pero si prendiese, ya la alegría inmensa que estalla y se expande por todo el universo, esa que encuentra eco en tu corazón, esa que nace en Belén y se propaga y que logra que cualquier lugar participe del singular nacimiento de Dios entre nosotros.

Y nos dice hoy San Pablo: "Estad alegres" porque si vivimos consagrados a ser según el Espíritu y viviendo para amar y realizar el bien, todo, absolutamente todo, poseerá sentido y sobrecogedora belleza. Si quieres y se lo permites, las promesas de antaño que se cumplieron a su debido tiempo, se seguirán cumpliendo y puedes esperar lo inesperable, porque una vez más sabes de quién te has fiado.   



sábado, 23 de septiembre de 2023

Sui generis

 SUI GENERIS

A menudo las cosas no son como parecen. Con cierta frecuencia, y en contra de lo previsto, salta lo insólito y nos pilla descolocados. Creemos que nos sabemos de sobra lo que ocurre, lo que está ocurriendo y lo que ocurrirá; que todo se tiende a repetir una y otra vez de modo muy similar al de otras veces y, por tanto, sabemos muy bien a qué atenernos de antemano.

Los seres humanos concebimos todo a nuestra manera, y hasta no nos sienta demasiado bien cuando las cosas se nos alteran. ¿Qué sería de nosotros sin ese margen de suposición consistente en que todos siga siendo conforme ya era? ¿Dónde quedarían nuestras seguridades? ¿Qué podríamos conocer por el seguro método científico si no hubiese una repetición que probara sobradamente el cumplimiento de cualquier hipótesis? ¿A qué podríamos atenernos entonces? ¿De verdad podemos creernos que la vida transcurre una y otra vez por los derroteros acostrumbrados? ¿Todo es siempre tan sumamente monótono y anodino?

Pues a Dios tal vez le guste sorprendernos y de paso también despertarnos de nuestra recurrente modorra. Con sus inesperados guiños a lo mejor logra romper nuestras concepciones férreas, permitiendo que de vez en cuando surja un conejo en la chistera. Hay a quién puede no sentarle nada bien los imprevistos; hay quien no lleva bien que a veces sea necesario desaprender algo para poder aprender lo nuevo. Pero cuántas veces no hemos de rectificar, volver sobre nuestros pasos para poder retornar al camino correcto.

Las lecturas de este domingo XXV de tiempo ordinario (A) nos hablan del Dios que no está hecho a nuestra medida, sino de otro muy distinto al que el hombre suele proyectar a su medida. Un Dios que tiene unos planes, unos proyectos y unos modos, que no son los que cupiera esperar desde nuestras expectativas. Un Dios algo sui géneris, puesto que desborda nuestras pacatas concepciones, ni se adapta a lo que podíamos haber nosotros previsto, pero es el que es y tal cual es: el Dios auténtico. ¿Y si entonces las que hubiese que adaptar a la realidad fueran maneras de entender lo que es Dios? ¿Y si tratáramos de entenderle? ¿Y si nos ponemos a la escucha y nos dejamos sorprender?

El profeta Isaías nos previene de ello cuando profetiza que hay que buscar a Dios mientras se le encuentra: no al final, sino durante todo el trayecto que vamos recorriendo hasta dar con Él, porque se deja entrever también durante el camino. El problema sería no llegar a advertirlo, no saber encontrarnos con Él porque no le buscamos tal y como es. Nos anima a invocarlo sabiendo que lo tenemos muy cerca, es decir, que está aquí entre nosotros, en las entretelas de nuestras existencias, y por tanto, la invocación puede volverse íntima conversación. ¡Qué Dios este tan admirable como sorprendente!

Y en el Evangelio es el mismo Hijo el que nos presenta una parábola bien llamativa, la del propietario que manda a diferentes trabajadores sucesivos a su viña a lo largo de la jornada. Al terminar el día paga a todos igual según lo acordado, pero los que habían trabajado más horas reclaman más paga que los demás. No se alegran que haya contratado más trabajadores ni que sea con los últimos compañeros tan generoso como con ellos, por contra, se quejan y sienten injustamente tratados a pesar de que el dueño de la viña les paga lo que les dijo y que entonces les había parecido bien.

Desde luego, cuando pensamos así, solo en nosotros y en lo nuestro, y nos desentendemos del bien de los demás, no entendemos el mundo con la bondad, la generosidad y misericordia con la que Dios nos trata a todos sin distinciones. Desde luego que eso de que los últimos serán los primeros, y (por fin) los primeros últimos, no nos termina de entrar en la cabeza. Desde luego que este Dios tan sui géneris, que va más allá de la justicia según los hombres, para proponernos una justicia que se basa en la caridad, nos rompe todos los esquemas. Y qué bueno que sea así, y podamos empezar de nuevo, pero esta vez atisbando algo.

Sin embargo, este es el Dios cristiano, el Dios que se compadece y busca nuestro bien; es Dios del amor. ¿Puede haberlo mejor?


Pincha en el enlace para poder acceder al buenos días de esta semana:

https://sites.google.com/smprovidencia-alcala.es/buenosdaseso/septiembre/semana-39

sábado, 4 de marzo de 2023

Intimidades

 INTIMIDADES


El ser humano es muy curioso. Y hemos de afirmar que la curiosidad es el motor del aprendizaje, ya que si tengo interés por conocer aquello que no sé --puesto que en esto consiste la curiosidad--, pondré atención para poder enterarme de aquello que suscita mi interés. Por lo cual bendita curiosidad si nos pone en movimiento para abandonar la ignorancia, y poder así avanzar en el conocimiento de nosotros, de los otros y de la realidad. Habría una curiosidad en el científico, una en el filósofo, otra en el bebé y en el niño, otra en el artista, en el lector... o tal vez la misma sana curiosidad que nos lleva a unos y a otros por derroteros diferentes pero más interconectados de lo que pudiera parecer.

Lo malo sería si esa curiosidad se limitara al cotilleo, a saber exclusivamente las intimidades de los demás para terminar juzgándoles desde la información que no debiera ser pública, sino privada, porque es íntima y solo le incumbe al protagonista y a aquellos a los que éste se lo quiera contar. Sin embargo, aunque siempre eso de proclamar las intimidades de los demás ha sido el tema predilecto de los rumores, hoy en día, desde los programas de cotilleo se ha institucionalizado el viejo oficio de difundir lo que no debiéramos contar de los demás. Por lo que el periodista que asume la tarea de cotillear, en lugar de informar, tal vez esté rebajando considerablemente su cometido, aunque con ello sacie la voraz hambre de indiscreciones del gran público. 

Con todo, habría que concluir esta digresión diciendo que habría una curiosidad sana y otra que no lo es tanto, dependiendo de si la finalidad es sólo enterarme de los detalles de la vida íntima de los demás, a los que claramente no he de tener acceso si el interesado no me desea hacer partícipe.

Pero está fuera de toda duda que conocer las intimidades de alguien nos facilita tener un mayor y más completo conocimiento de quién es, cómo es, qué hace y porqué. Siempre respetando el margen que nos puede conceder (o no) esa persona con su permiso. Es decir, si he de enterarme de algo íntimo de alguien, que siempre sea porque ese alguien me lo dice o me permite conocerlo, pero nunca por medio de terceros no autorizados a revelarlo, ya que a nadie tampoco le gusta que vayan de boca en boca sus secretos íntimos. ¿O no es así?

Pues en evangelio de hoy vemos a Jesús de Nazaret que justamente reúne a solo tres de sus discípulos y, tras acceder a una montaña muy elevada, se muestra tal y como es: verdadero hombre y verdadero Dios al mismo tiempo y completamente. A este momento singular se le conoce como la Transfiguración del Señor. Allí se escucha la voz del Padre que les dice a esos tres discípulos "Escuchadle". Jesús, al ver la turbación de Pedro, Santiago y Juan, les indica: "Levantaos. No tengáis miedo". Después al bajar ya de la montaña les pide que no cuenten nada de lo que han presenciado en ese momento de auténtica intimidad hasta que Él haya resucitado. Y al parecer fueron capaces de callar lo que debía ser callado.

Tal vez en esta Cuaresma también nosotros podamos acudir a esa elevada montaña y ver cómo Cristo se transfigura y podamos reconocer quién verdaderamente es. Tal vez esta vez también puedas incluso participar de esta invitación personal a contemplarle y escucharle como nos pide la voz sagrada. Tal vez si le escuchas y le contemplas como el Hijo de Dios, aquel que tiene palabras de vida eterna, y éstas entran en tu intimidad, también empieces tú a transfigurarte como ser humano espiritual, ese que es capaz de levantarse y no tener miedos. Pero para eso hay que ser capaz dejar la propia casa, la tierra conocida, la zona de confort en la que nos movemos poco o nada de donde ya estamos, e iniciar una nueva aventura, como la comenzó Abrahán tras haber escuchado en su interior la propuesta de Dios.

Pero para exponerse y adentrarse en lo incierto hay primero que atreverse a mirar de lleno en nuestras propias intimidades, que son las que nos interesan, en lugar de estar pendientes de las de los demás. A ver si como a Pedro, Santiago, Juan o Abrahán somos también llamados nosotros a vivir plenamente lo singular, pero ni siquiera nos percatamos porque estamos con los auriculares escuchando las intimidades nada ejemplares de la Shakira de turno. Tal vez si te despojas de auriculares y orejeras varias, reconozcas en ti la voz del Amigo íntimo que te dice:

LEVANTAOS. NO TENGÁIS MIEDO    

    


  

sábado, 11 de febrero de 2023

Depende

 DEPENDE


Muchos alumnos (y no solo alumnos), cuando se les pregunta sobre una cuestión compleja, suelen recurrir muy prudentemente a la consabida expresión "depende". Pero, aunque creen que con ello ya está zanjada la pregunta inicial de la que creían haberse salvado ya, les suelo pedir que expliquen cuáles son esas dependencias. Sí, es verdad, todo depende de tantas y tantas cosas; pero saber las causas e influencias de los fenómenos y de las acciones es ir profundizando en la comprensión de la complejidad de los problemas, es aprender a analizar detenidamente las cuestiones, y por tanto, se hace muy conveniente y hasta obligado en cualquier situación aprendizaje, al margen de la ley educativa que en ese momento tengamos.

Y así, dependiendo de la disposición del sujeto que observa y piensa la realidad, podremos descubrir unas apreciaciones u otras. Por poner un ejemplo, ante el mar batiendo contra la costa, unos verán la lucha de contrarios, otros, sin embargo descubrirán una armonía no tanto en los contrarios, sino en los complementarios. Habrá otros que intuirán que por fin están en un momento fascinante para conseguir la gran fotografía que buscaban, frente a otros que lamentarán no haberse puesto el traje de neopreno y la tabla de surf. Sí, todo depende de quién seamos, de en quién nos hayamos ido convirtiendo.

Y de eso nos hablan las lecturas de este domingo VI de tiempo ordinario, de lo que hacemos o dejamos de hacer con nuestra libertad, es decir, del uso que le damos, que decidimos darle. Y tal vez la propuesta no es que hagamos una fotografía o surf, sino que nos hagamos con los otros contrarios en lucha o complementarios en una complementariedad cómplice. Efectivamente depende de esa disposición interior, que es el fundamento de nuestra libertad, y nuestro comportamiento será de una manera u otra.

Y es que hacerse libre, tal y como Dios ha querido y quiere que seamos, requiere mucha conciencia y continuas decisiones. Requiere ejercitarse en la praxis de la libertad vivida con los demás. Requiere un lentísimo aprendizaje que incluso de los propios errores aprende, para no solo ir descubriendo el propio camino, sino también la auténtica identidad y el compromiso en el camino común.

La libertad es como un precipicio donde uno descubre todas las posibilidades, además de unas vistas deslumbrantes, pero del que hay que ir descendiendo con cautela, pasito a pasito, tratando de no perder el rumbo a la vez que se disfruta de lo concreto y variado que vas descubriendo durante la bajada. Conócete a ti mismo, decían los antiguos, y además trata de ser tú mismo, buscando la verdad y la autenticidad en aquello que protagonices. Vive con coherencia entre lo que deseas, lo que piensas y lo que realmente luego vas construyendo y compartiendo en la vida. Y si te equivocas, rectifica a tiempo y destiempo.

Seguramente en lo profundo de ti hallarás una voz que te llama al amor; es la voz que te habita y te permite descubrir y diferenciar entre el bien y el mal sin que dependa de lo que te digan las ideologías vigentes o los influencers de turno. Esa voz íntima que estas capacitado para escuchar y seguir es la ley del amor que Dios puso en ti para facilitarte tu libertad de persona. Puedes oírla o desoírla. Sé enteramente libre para ello, pues tan solo depende de ti. Y trata de ser consecuente.     





sábado, 12 de marzo de 2022

¿Buscas emociones?

 ¿BUSCAS EMOCIONES?

Vivimos en una sociedad que algunos han calificado la sociedad del aburrimiento, otros del ocio. Es cierto que, el que más o el que menos, busca resquicios por donde escapar de las rutinas y de la monotonía en que estamos normalmente instalados, para tener la sensación de estar viviendo una vida libre, por lo menos en algunos momentos, una vida elegida.

Muchos parecen que viven de manera exclusiva a la espera de que llegue el viernes y puedan desconectar de las obligaciones, aunque las más de las veces lo que hacemos es volvernos a conectar a otra pantalla, la del móvil o a la gran pantalla, la del televisor, y a consumir series y series y más series. Es fácil, con el mando a distancia puedes elegir a la carta qué tipo de emoción sentir. Pulsas y ni a parpadear.

Seguramente, debido a ese aburrimiento aletargado, también buscamos emociones fuertes, practicamos deportes de riesgo, viajamos, pretendemos ser eternamente jóvenes, vamos rápido y más rápido, pero las veinticuatro horas de cada jornada se nos quedan cortas. Y nos sube la tensión arterial, y saltamos a las primeras de cambio, tenemos mucha ansiedad, insomnio, depresión, infartos, insatisfacción generalizada, suicidios, etc. 

Algo nos debe estar pasando. Aprovechemos este impasse cuaresmal para al menos caer en la cuenta, tomar conciencia, y si fuera posible, tras un buen diagnóstico, podemos dar con el mejor tratamiento que nos ayude a saber estar en cada momento en el lugar que estamos, sin esa urgencia por estar haciendo otra cosa y en otro lugar. ¿Será esto posible?

Es asombroso el comienzo de la primera lectura del Génesis de este 2º Domingo de Cuaresma: "En aquellos días, Dios sacó afuera a Abrahán y le dijo: Mira el cielo, cuenta las estrellas si puedes". Mucho se ha insistido en la necesidad de mirar adentro durante la Cuaresma para tratar de reconocer cómo estamos, para buscar esa propia profundidad; sin embargo, también es un tiempo para mirar afuera y cuestionarnos cómo miramos.

Salir fuera es apartarse, desinstalarse de la óptica práctica y superficial en la que nos movemos. Empezar a apreciar que tal vez algo muy importante se nos está escapando; que ese vacío o hastío que nos impulsa a tratar de escapar de todo, hasta de nosotros mismos, no es la única manera de vivir: también se puede contar las innumerables estrellas. Salgamos -también de nosotros mismos- y busquemos en el cielo; busquemos ese cielo estrellado que está ahí, pero que entre edificios y polución nos está velado contemplarlo. 

Salgamos afuera, descubramos la emoción intensa de la noche bellísima. Escrutemos en la oscuridad esa luz verdadera con la que se puede lucir como humildes estrellas. Sí allí habita Dios, tanto en la inmensidad del cosmos abierto, como en la pequeñez de un corazón despierto, que ama y sueña y desea sonar con una peculiarísima melodía.

¿Quieres encontrarte con el Dios vivo? ¿Prefieres emociones fuertes y fugaces o emocionarte verdaderamente? ¿Eliges vivir de apariencias o experimentar el agua que apaga la sed? Pues si deseas esto segundo, sal fuera y afina el oído, para que bajo las brillantes estrellas te orientes hacia donde resuena el manantial que no se agota. 

Quién sabe, tal vez desde ese cielo exterior, Dios esté ahora mismo contando las estrellas de los que saben mirar hacia arriba siendo niños todavía.

domingo, 6 de marzo de 2022

Tu rostro interno

 Tu rostro interno

Parece que la temporada de mascarillas llega a su fin; parece también que ahora vienen otros tiempos donde el peligro es distinto, aunque no menos terrible. Hemos cambiado los virus, la peste que nos asolaba, por otra maldad aún más feroz e inhumana: la guerra.

Al menos poco a poco iremos recuperando los rostros, la verdad de nuestras caras expuestas que muestran quienes verdaderamente somos. Incluso se dice que la cara es el espejo del alma. Y sí, hay personas que con solo pararse a contemplarlas el rostro y la expresión, ya se les pueden apreciar retazos inconfundibles de la belleza de su alma.

Hemos comenzado la Cuaresma. Es un tiempo propicio para busca en nosotros esa cara oculta, ese rostro que permanece velado aunque nos quitemos toda máscara o mascarilla, porque no es un rostro externo, que se pueda maquillar; es el rostro oculto al que no nos atrevemos a asomarnos. Ese sí que es verdaderamente el rostro de nuestra alma, y si queremos conocernos sí habrá que ser capaces de buscar dentro nuestro rostro interno.

Jesús, tras su bautismo en el Jordán, se aventura en esa búsqueda de sí mismo y se adentra en el inhóspito desierto, donde nada ni nadie puede distraernos de nosotros. Allí, al desierto interior, hemos de tratar de ir nosotros también. Dejar el acomodo fácil en la superficialidad cotidiana, todos los trajines y tareas, y trata de partir más allá. Hacer una verdadera experiencia de desierto, de soledad, de intemperie, de búsqueda y encuentro con nuestra más profunda verdad. Solo allí nos encontraremos a solas con el Viviente, pero antes hay que enfrentarse a ciertas pruebas.

El mismo Hijo se expuso a las tentaciones (Lc 4, 1-13), donde el que ya había tentado a Adán, ponía a prueba incluso la propia identidad divina de Jesús por tres veces. Si el sagaz embaucador, tratando de aprovechar la debilidad de Cristo, pues tenía hambre por los días de ayuno, trata primero de hacerle fallar con la tentación de lo material (convertir las piedras en panes), después con la tentación del poder y del dominio, y finalmente con la tentación de utilizar al mismo Dios para lograr reconocimiento. En toda ocasión el Hijo del hombre le hace frente con la palabra de Dios que Él mismo encarna.

El que hace la voluntad del Padre vence siempre sobre el engaño del tentador. Busquemos, por tanto, esa voluntad de Dios en el rostro interno de nuestra alma. Busquemos la cercanía con Dios de manera denodada en este tiempo cuaresmal. La presencia de Él en tu corazón, la oración íntima, facilitará la iluminación de ese bello rostro tuyo aún sin descubrir. Adéntrate en ese desierto inevitable con la seguridad de que habitado por Jesucristo, y a la escucha atenta de su palabra, podrás sortear cualquier peligro y tentación, hasta llegar a descubrir la mejor versión humana de ti, ese rostro que mira y es mirado por el Amado.

¿Te atreves a andéntrarte en ese desierto a buscar el verdadero manantial? Empieza la Cuaresma detectando cuáles son tus puntos débiles. Ten por seguro que es ahí donde serás tentado. Y confía, en Cristo, podrás ser tentado, pero no vencido.