Mostrando entradas con la etiqueta Desierto. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Desierto. Mostrar todas las entradas

sábado, 28 de febrero de 2026

Adentrarse en el laberinto

ADENTRARSE EN EL LABERINTO


Buena gana de calentarse la cabeza, de complicarse, de meterse en camisas de once varas. Bastantes complicaciones ya tenemos, como para que con motivo de la Cuaresma además se nos invite a dejar las comodidades en las que nos hemos instalado, para internarnos en otro lío del que no sabemos si nos llevará a algún sitio, y ni siquiera si esa supuesta salida es adonde queríamos llegar. Lo habitual suele ser quedarnos en la trinchera, tal y como estamos e ir campeando el temporal según vaya viniendo; es decir limitarnos a una pasividad temerosa. ¿Pero acaso la vida es sólo eso o en algún momento habrá que atreverse a algo por lo demás necesario? Sea como sea, hay un poderoso impedimento que nos tiene paralizados a la mayor parte de los mortales, y por ello terminamos conformándonos con unos mínimos vitales que no nos satisfacen. Somos más, aspiramos a más, pero nos quedamos en mucho menos.

Ahora bien, el camino cuaresmal, si es que estamos dispuestos a afrontarlo, nos va a llevar a un atolladero, a todo un laberinto existencial del que no sabemos a ciencia cierta si sabremos resolverlo. ¡Ay de aquellos que nunca jamás se atrevan a cruzar por ese laberinto o desierto que portamos dentro de nosotros! ¿Cómo plantearnos nuestra propia identidad sin buscar en nuestro propio interior laberíntico? Puede que eso que creemos ser, y que nos suele venir dado desde parámetros externos a nosotros, no sea más que un disfraz coercitivo que nos impide mostrar nuestro verdadero rostro. Habrá que escapar de identidades incompletas o incluso faltas que hemos ido asumiendo.

Al menos en Cuaresma toca tratar de ponerse en verdad ante nosotros y ante Dios, sin engaños, sin tapujos y sin excusas. Y ello requiere ponerse en marcha, atreverse, adentrarse en ese exilio voluntario de inadaptación y comenzar a lanzarse preguntas de largo alcance. De igual manera que un árbol no puede llegar a alcanzar todo su desarrollo si no crece hacia adentro en la tierra, en lo secreto, y allí encontrar el fundamente en que sostenerse, cada uno de nosotros no podrá desarrollar su potencial si a la vez no indaga en lo profundo y echa raíces potentes que le permitan sostenerse con firmeza. Claro que les va a costar trabajo a las raíces abrirse paso en la oscuridad de la tierra, pero es esa la manera de poder afianzarse para después extender tronco y ramas con poderío y gracia.

Abrán, que presta atención a la voz de Dios por encima de otras voces y ruidos, emprende su viaje dejando atrás aquello que era y poseía buscando lo que no sabía, lo que en verdad debía ser. Tras esa partida y el recorrido en post de lo intuido ya será Abrahán. En este tiempo de Cuaresma también hemos de aventurarnos nosotros en esa búsqueda que nos conduzca a la proximidad con lo que Dios nos tiene preparado. Si no acudimos al encuentro con el Dios más íntimo a nosotros que nosotros mismos, no aprovecharemos ese itinerario que se nos ofrece. El laberinto primero te llevará adentro, al secreto, y de allí saldrás transformado, con una certeza que brotará de la experiencia, y habrás echado raíces que te nutrirán y sostendrán.

Durante ese viaje interior no vas a estar solo sino guiado por Aquel que te llama. Él te aguarda y te acompaña, Él cuida de ti y te sostiene, Él es la brújula que te orienta para cruzar el desierto o el laberinto sin posibilidad de extraviarte. Amárrate bien al timón que te mantendrá en el rumbo correcto. Cuentas con la fuerza de su misericordia y los vientos son favorables. Sal de tu tierra, emprende tu viaje.

Si sigues, y Él te lo permite, podrás también ascender con Cristo al monte Tabor. Vas a participar en algo insólito. Allí, en lo secreto, te va a ser mostrado lo que permanece y permanecerá oculto: la verdadera naturaleza de Jesús, enteramente hombre y Dios, ese, el Hijo amado en el que se complace el Padre y que hemos de escucharlo para tener verdadera Vida y verdaderas raíces. Es el monte de la transfiguración, el que asciende allí, como si se hubiera sumergido de lleno en el misterio de Dios, bajará del monte también transfigurado. Ya no serás el mismo que subiste, tal y como el que ha sido capaz de encontrar la salida del laberinto, en sí llevará también la zarza ardiendo, esa llama que abrasa pero no se consume; esa que otorga Dios a los que aprenden a transfigurarse en la llama del amor.

Si superamos comodidades, reparos, perezas, miedos y bloqueos y nos atreveremos a adentrarnos en el laberinto, aunque haya pruebas y soledad, también habrá hallazgo y verdad. Si activamos nuestra libertad personal fundamental, la que tiene sed de Dios, aprovecharemos esta Cuaresma también para transformarnos con Él. Vamos hacia Jerusalén con Jesús. Ha de ser un camino de desprendimiento y liberación, una purificación. Vamos a la entrega del Hijo, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Podemos ascender con Él, podemos ser sus seguidores, o por contra quedarnos al margen, como si lo que aconteció, acontece y acontecerá no fuera con nosotros.

Es necesario superar lo que todavía no se es, atravesar la oscuridad del sinsentido, para descubrir a Aquél que se nos transfigura, el que es luz del mundo y puede ser la luz en la que reconocer el rostro del Dios humanado, del rostro del hermano y de también de tu propio rostro humano. A su luz, a la luz posible por la oración. Caminemos, pues, hacia la claridad, aunque sea incierto aún el camino.

sábado, 21 de febrero de 2026

Darle la vuelta al calcetín

 DARLE LA VUELTA AL CALCETÍN


Con frecuencia no nos damos cuenta de que las cosas son susceptibles de modificación, incluso de poder darle por completo la vuelta. Es comprensible que nos adaptemos a lo que hay, pero esta acomodación no debe evitar el deseo de mejora, porque si no estaríamos condenados a someternos a una realidad que se nos impone de modo tiránico. Es por eso que cualquier persona con un alto nivel de esfuerzo y superación, no se rinde fácilmente, aunque la situación con la que tenga que campear no tenga demasiados visos de llegar a una solución satisfactoria. Al menos lo intenta.

Un partido de tenis se puede remontar aún cuando todo parezca avocado a la inminente derrota. Que se lo digan, si no, a nuestro grandísimo campeón Rafa Nadal, pues como hubiese la más mínima posibilidad de remontar, ahí iba a estar, pegando fuerte y nunca viéndose como perdedor. Y es que hay que ser capaz de ver las inmensas posibilidades que quedan inadvertidas incluso donde todos dan ya la batalla por perdida. El mismo Albert Einstein decía que "En medio de la dificultad se encuentra la oportunidad. No trates de ser una persona de éxito, trata de ser una persona de valor. El éxito es efímero, pero el valor deja huella. Lo que realmente define a alguien no es cuánto logra, sino cómo contribuye al mundo. La creatividad, la curiosidad y la capacidad de cuestionarlo todo son las herramientas que transforman los problemas en posibilidades". Así que el que es capaz de intentarlo es el que puede llegar a ser capaz de darle la vuelta al calcetín del problema, de la pregunta o del atolladero, y encontrar finalmente un camino por el que avanzar.

Tenemos en nuestro idioma diferentes expresiones para indicar lo que supone la capacidad de transformar completamente una situación: "giro inesperado" "darle la vuelta a la tortilla" o "darle la vuelta al calcetín". Cada una de estas frases hechas tiene su particularidad: la primera parece no aludir al agente que realiza la acción; la segunda tiene el sentido de completar una acción; mientras que la tercera expresaría una capacidad de resolver drástica y sencillamente una situación complicada. "Ponerlo todo patas arriba" no implica que se resuelva, pero sí que se trata de alterar con todo aquello que no debía estar más como estaba. A veces hay que atreverse a tomar esas decisiones que desbloquean y permiten comenzar de otra manera o al menos encontrar una salida.

Y metidos ya el el tiempo litúrgico fuerte de la Cuaresma, toca exponerse a aquello que incluso tratamos insistentemente de evitar plantearnos. No queda otra, en Cuaresma no es que nos pongamos de serio riguroso, es que nos ponemos a tratar de coger al toro por los cuernos, en lugar de seguir escapando de nosotros mismos y de aquellas pseudo verdades útiles para andar por casa.

Empezando por el Génesis -que siempre será buen comienzo-, vemos a Adán y Eva haciendo y un uso cuestionable de su libertad paradisiaca, y saltándose a la torera el mandato divino. No debía ser para nuestros primeros padres suficientemente apetecible el múltiple bien y la concordia inicial, y, tal vez debido a la propia condición humana, terminaron por hacer lo único que no debían hacer. Pero como muy bien nos indica San Pablo en la carta a los Romanos, es el mismo Jesucristo el que viene al mundo a darle por completo la vuelta al calcetín de la situación creada por nuestros famosos antecesores. Sin embargo Cristo sí obedece, reestablece y perfecciona la unión entre el Creador y sus criaturas.

Y en el evangelio de este primer domingo de Cuaresma vemos a Jesús internarse en el desierto para encontrarse allí, superando las pruebas de las tentaciones, con la verdad irrebatible de su condición de mesías y salvador. Y es que sin desierto ni prueba no sale a relucir la verdadera identidad oculta de lo que cada uno es. Es ahí, en el meollo del problema, en donde anda suelta y oculta la solución que debemos encontrar. No es que sea una aguja en un pajar, sino que en el desolado desierto cuaresmal, se trataría más de hallar una luz fundamental en medio de un vasto dominio de arenas fulminadas por un sol arrasador. Para rescatar al hombre y devolverlo a su verdadera condición original, debía el mismo Dios hacerse hombre, para que todos pudiéramos volver a ser humanos retomando la vinculación con el Dios del que nunca debimos desgajarnos. Jesús, por tanto, enfrentándose a la necesidad y al tentador, es como nos gana para sí y nos libera.

No nos engañemos, llevando una vida superficial y comodona, y perfectamente instalada en lo banal, el calcetín de nuestra propia existencia está y estará del revés. Hay que atreverse, exponerse, dar la cara e incluso la batalla. Seamos libres para asumir riesgos, para pensar, sentir y discernir por nosotros mismos. Vamos, que el tiempo cuaresmal ha empezado y el desierto está también dentro de uno esperándonos. Él venció y nosotros con Él vamos a vencer también. Alejémonos ya de los espejismos de la irrealidad e internémonos ya en la prueba. Trata de convertirte en alguien que se sabe también espiritual. Tú y tus más profundas verdades están en juego. Ahí, en el laberinto de lo que no es ni satisface estará la solución que tanto anhelas. ¿Te atreves? Tal vez del desierto logres sacar un verdadero Edén, o al menos la satisfacción de conocer tu identidad real, pero para ello habrás de darle necesariamente la vuelta al calcetín.

sábado, 8 de marzo de 2025

Arenas movedizas

 ARENAS MOVEDIZAS

Decir que vivimos en una sociedad anestesiada, es una obviedad, y por tanto aporta más bien poco y además a pocos; pero no está de más volver a recordarlo una vez más. La realidad no es tal como la entendemos, sino mucho más amplia y compleja, por lo que para no calentarnos mucho la cabeza, terminamos reduciendo el mundo entero a nuestro pequeño mundo. Así, al menos, es más comprensible y manejable y podemos movernos en esa realidad reducida con cierto dominio de la situación. Lo malo es que después, para salvaguardar nuestro perímetro de control, procedemos a levantar una pantalla o un férreo muro que impide que prácticamente nada ajeno entre en nuestro recinto de lo que consideramos admisible, y al mismo tiempo, que tampoco nuestras vidas se expandan y contribuyan al bien común del resto de los mortales. Nos privamos y les privamos de nuestra aportación personal, y con ello, poco a poco y sin darnos apenas cuenta, vamos a ir languideciendo porque, el aire no corre con la debida frescura, esa que nos obliga a transformarnos y estar a la altura del presente.

A pesar de este reduccionismo autoimpuesto, tantas veces aferrado a lo más superficial y anodino, necesitamos de los otros y del bullicio para poder evitar como sea esa soledad radical que nos constituye. Pavor nos da muchas veces quedarnos a solas con nosotros mismos, bucear en nuestra fundamental esencia, nuestra realidad radical, y por ello haremos lo que sea por distraernos, evadirnos y escamotearnos de plantearnos en serio nuestra propia identidad. Así que como podamos iremos tirando y eludiendo conocernos y aceptarnos. Lo fácil es estar entretenidos, desentenderse y mirar para otro lado.

¿Quién en su sano juicio va a salir del terreno seguro para ir adentrándose en tierras inhóspitas e inseguras? ¿Acaso somos nosotros como aquellos conquistadores que surcaron lo desconocido por amor a la aventura? Aquí, aunque reducido, pisamos suelo firme, pero ¿quién sabe si más adelante no haya arenas movedizas, esas que, como hemos visto en tantas películas, primero te vas hundiendo y luego, según te mueves intentando escapar, te hundes ya sin remedio, puesto que no hay dónde aferrarse, hasta que terminan por hacerte desaparecer del todo en ese descenso irrefrenable y desesperado a lo desconocido. Mucho mejor quietecitos en el sillón, rodeados de cuanto necesitemos y muy cómodamente instalados en nuestras arenas movedizas imperceptibles.

Pues bien, la Cuaresma va justo de todo lo contrario. Se trata de salir a la intemperie; quitarse de todo parapeto protector, atreverse a escapar de ese recinto enclaustrado al que hemos acabado por acostumbrarnos; exponernos. ¿Algún voluntario? ¿Algún buscador? ¿Es que no quedan valientes decididos que amen la aventura y el riesgo de vérselas a solas consigo? Es mejor seguir amodorrados, aquí cómodamente instalados al menos hasta que llegue lo inevitable, y ya veremos entonces por dónde lo sorteamos.

Para empezar a horadar en esa muralla pseudoprotectora cabría preguntarse: ¿Dónde pongo yo mis seguridades? Ahora tocaría tratar de responderse. ¿En los amigos? ¿En la familia? ¿En el trabajo? ¿En la diversión? ¿En las posesiones? ¿En los placeres materiales? ¿En el dinero? ¿En el poder? Jesús, tras su bautismo fue llevado por el Espíritu al desierto, a vérselas consigo, a desprenderse de toda comodidad y cobertura, a encontrase solo, débil y desprotegido, y allí, solo en lo profundo del desierto, es donde hace su aparición el temido tentador. ¿Nos dejamos llevar nosotros por ese Espíritu indómito?

Entonces, si nos adentramos en el desierto de lo desconocido, las supuestas arenas movedizas pudieran empezar a tragarnos y es en ese momento de prueba en el que puede aflorar la consistencia que nos salva de la zozobra existencial. Es ahí donde hemos de permanecer seguros en la palabra y el espíritu de Dios, Él es nuestra roca firme. Nada hemos de temer, Él nos protege y acompaña. Segura es la victoria ante cualquier acechanza del enemigo. Cristo pasa las pruebas consecutivas, a pesar de que el demonio trata de atacar por los lugares más expuestos: la propia identidad de Jesús, la fácil idolatría o la confianza firme en la voluntad del Padre. Nada puede con sus artimañas y ha de retirarse hasta otra ocasión en la que de nuevo será vencido. Y es que Con Dios, y Jesucristo, que es el que es, nunca puede vencer. En Él radica también nuestra victoria.

Si salimos de la tentadora muralla en la que solemos refugiarnos de lo real, tan temido, y atravesamos las arenas movedizas necesarias para encontrarnos de lleno con nosotros y con el Dios que vive y mora en el interior de cada ser, habrá sin duda alguna ocasión de ser tentados. Estemos seguros en el evangelio, atentos, confiados en la ayuda de Dios y de la Virgen María de la Providencia: nada hemos de temer entonces. La lucha está asegurada si te internas en el desierto cuaresmal, pero también la victoria. Uno no vuelve del desierto igual que entró en él, ahora es más auténtico, más sí mismo y más iluminado. Su mirada, su corazón y sus palabras lo delatan, pues ya conoce en mayor grado la verdad que Dios le ha revelado allí, en lo profundo de su soledad sonora.

sábado, 16 de marzo de 2024

Tomarse en serio las cosas serias

 TOMARSE EN SERIO LAS COSAS SERIAS



Tarde o temprano hay que empezar por tomarse en serio las cosas serias, porque en definitiva, nuestras vidas son cosa seria y complicada. Vamos a empezar por tomándonos en serio la Cuaresma, tiempo apropiado para plantearse un cambio en serio y definitivo. ¿Qué es la Cuaresma? ¿Para qué la Cuaresma? ¿Qué sentido tiene volver a pasar por la Cuaresma año tras año? ¿Cuántas llevas ya vividas? ¿En qué te han ayudado a vivir tu fe? ¿Han servido las anteriores Cuaresmas para desarrollar esa vida de fe, a acrecentar esa semejanza con Cristo? ¿Es necesario tratar de nuevo tratar de aproximarse al porqué de la Cuaresma? Pero empecemos a tratar de responder, en lugar de seguir proponiéndonos más preguntas.


  1. Oportunidad


La Cuaresma es una gran ocasión, es una gran oportunidad que la Iglesia, a través del calendario litúrgico, nos propone e invita a celebrar de lleno, sin medias tintas. Ojalá queramos esta vez, por tanto, vivirla no como una más, sino intensamente y con pleno sentido.


Conviene aprovechar este tiempo y este espacio que se nos ofrece para hacer un recorrido, atravesar, pero también para tratar de hacer hogar y morada en el desierto, es decir, aprender a vivir con nosotros, con lo mínimo, en plena libertad y totalmente ante Dios. La Cuaresma debiera ser una experiencia radical en la que descubrir que, por encima de todas nuestras necesidades, hay una gran necesidad latente, perentoria, esencial y existencial, y esa experiencia necesaria no ha de ser otra que vérselas con uno mismo y con Dios. Situarse sin engaños ni tapujos ante Dios, ponerse en verdad ante la verdad de Dios. Exponerse, sin más superando todo reparo y todo miedo.


Pero si ya estamos bautizados, si ya nos hemos insertado en la vida de Cristo y formamos parte de la Iglesia. ¿Qué sentido puede tener entonces volver a pasar y a repetir una nueva Cuaresma? ¿Vamos a tratar en esta ocasión de que nos sirva para cambiarnos al menos en algo?


La Cuaresma es primeramente un tiempo propicio para despertarnos, porque en el devenir de las noches y los días, en contra de lo que debería pasar, nos vamos adormeciendo poco a poco. Qué bueno, en verdad, poder romper con las rutinas, pues, al final, terminamos repitiendo y repitiendo lo mismo y con la misma actitud (mismos lugares, mismos gestos, mismas palabras, mismos pensamientos). Hasta pudiera parecer que nuestras vidas cotidianas transcurren por unos raíles rígidos; que se nos va apagando, progresivamente y sin querer, la ilusión de vivir resucitando. Terminamos viviendo como si Dios no fuera Alguien vivo, resucitado y resucitador. La enorme novedad de ser cristianos, que nunca no se agota, que siempre se ha de descubrir, se nos escurre entre las manos, y ese hacernos vivir en la gratuidad, en el agradecimiento, en la alegría, en el asombro, en el amor que no se gasta con la entrega, sino que se acrecienta, termina quedando sepultado e incluso olvidado. La Cuaresma, por tanto, viene a ayudarnos para que despertemos el corazón, el oído, a que vibremos en el reconocimiento consciente de Dios.


La Cuaresma es una gran oportunidad porque podemos conseguir acortar el espacio que nos separa de Dios si acertamos a desinstalarnos parcialmente del mundo, de nuestras manías y vicios adquiridos podremos volver a sentir y a querer según el amor de Dios.


La Cuaresma es un itinerario. Os invito a realizar de modo muy esquemático ese recorrido de la Cuaresma a través de las lecturas de los distintos domingos de Cuaresma. Los distintos jalones de este itinerario van a ser: alimento, desierto, montaña, señales, gratitud y libertad.


  1. Alimento


“Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero” dice el salmo 119. Efectivamente, todo el año, pero muy en especial en este tiempo cuaresmal hemos de leer, y dejarnos leer, vivamente por la palabra de Dios. Para hacer frente a esa vida anodina, rutinaria, acomodada que podemos llegar a tener los cristianos; para que de esta manera pueda empezar a ser una vida vivida con fe verdadera y transformadora necesitamos adherirnos a la palabra de Dios. Solo, alimentados por su palabra de manera constante, además de por los sacramentos, podremos empezar a cambiar y a progresar como discípulos de Cristo, porque solo sus palabras son alimento y luz para nuestro peregrinar: “El Espíritu es quien da la vida; la carne no sirve para nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida” (Jn 6, 63). Tanto es así que, sin empaparnos de su palabra, no podemos empezar a adentrarnos por el camino cuaresmal.


Qué bueno, y a la vez que necesario, hacer el recorrido cuaresmal día a día descubriendo, meditando y saboreando el evangelio. Verdaderamente es, y ha de ser, su palabra escuchada la luz que ilumina nuestros pasos en el cotidiano sendero.


  1. Desierto


“En aquel tiempo, el Espíritu empujó a Jesús al desierto”(Mc 1,12). Puede parecernos difícil y hasta arriesgado eso de adentrarnos por un terreno inhóspito, donde solo habitan las alimañas, donde escasea el agua, no hay más que arena y piedras. Pero es precisamente allí adonde condujo el Espíritu al Señor, allí a solas ante el Padre, bajo un cielo inmenso y cuajado de estrellas, nada ni nadie puede distraernos del encuentro rico y recíproco con el Padre. Allí, rodeado de soledad e inmensidad, allí que no hay donde esconderse ni de uno mismo, allí no hay engaños ni excusas que valgan, allí uno está a merced del Espíritu, disponible, accesible, abierto, pero también a merced del tentador.


Sí, uno ha dejarlo todo para encontrarse radicalmente con Dios, pero para no sucumbir ante las sucesivas acometidas del maligno (que sabe hacer muy bien su trabajo y que va a incidir justo en nuestros puntos más débiles, se ha de ir pertrechado con esa palabra de Dios contra la que nada puede cualquier acechanza del enemigo. No temas: la primera tentación es la de no querer adentrarse en el desierto de la verdad, no aceptar el reto de tener que elegir entre Dios y el mundo, pero es obligatorio pasar la prueba, atravesar el desierto y salir fortalecido por la experiencia del Dios vivo, el que nunca nos deja y el que, en medio del desierto, conduce hasta fuentes tranquilas, hasta los manantiales de un agua que salta en nosotros como fuente de agua viva.


¿Estás dispuesto a adentrarte en esa experiencia transformadora de desierto que el Espíritu nos propone o te paralizan los aullidos que ya llevas tú a tu desierto?


  1. Montaña


Ascender a la montaña cuesta lo suyo. Acabamos de dejar atrás (o no) el desierto y ahora toca seguir subiendo, tomar altura, elevarnos, sacar fuerza de flaquezas para llegar a las regiones donde el aire es más puro, donde solo son capaces de subir algunas aves especialmente dotadas. Allí en lo alto de la cima uno se siente más cerca del cielo de de quien lo hizo, uno contempla su gran pequeñez y divisa a lo lejos también la pequeñez del mundo en que estamos insertos. ¡Mira los problemas, los agobios, los quehaceres y las prisas, resultan verdaderamente minúsculos desde aquí! No es de extrañar que como San Pedro exclamemos: ”¡Qué bien se está aquí!(Mc 9,5b)


Abre bien los ojos, acostúmbrate a mirar en la montaña, pues aquí se puede descubrir una zarza ardiendo que no se consume, aquí se percibe con certera claridad la índole real de lo sagrado. ¿No lo ves? Pasa como una leve nube que lleva la brisa, y es Dios que está en la nube. ¿No lo escuchas? Es un susurro y es una voz atronadora que dice “Este es mi hijo amado, mi predilecto, escuchadle” (Mc 9,7b). 


Cómo cambian las cosas, uno mismo y hasta la orientación que uno asume en la vida cuando ha escuchado la voz del Señor que nos presenta a su Hijo transfigurado. Hay un antes y un después. Uno se ha sentido tan cerca de Dios que hasta le ha escuchado en exclusiva decir lo que ya para siempre, más que un mandato impuesto, se nos convierte en la búsqueda continua de su voluntad, amar sus palabras que solo se alcanzan en la gran montaña del silencio. Que esa voz, que ese Hijo nunca dejen ya de ser los que te indiquen por dónde, hacia dónde y cómo vivir a partir de ahora.


  1. Señales


Y ahora, conociendo de antemano que Cristo, ese al que escuchamos, acompañamos y que nos prepara la mesa, su mesa, es el Hijo que vence a la muerte. Ahora toca regresar, volver a los caminos, a las barcas, a las faenas, sí pero ahora ya con una luz que nos nace de dentro.


Hay quien pide señales evidentes, “¿Qué signos nos muestras para obrar así?” (Jn 2,18b). Hay a quien le resulta imposible realizar la ruta de la fe, pues no confía lo suficiente para aventurarse. Sin embargo, a nosotros, ahora que vivimos para él y desde Él, ayudando y amando a todos los que están como ovejas que no tienen pastor, no nos resulta demasiado difícil soltar las inseguridades y los miedos, para seguir tras los indicios y señales de sus mandatos. Ahora somos llamados a llevar la ley de Dios inserta en nosotros a todos, pues se nos dice que "Él sabía lo que hay dentro de cada hombre” (Jn 2,25b). Llamados a vivir como él nos enseña, en gratuidad y con misericordia. Ahora estamos llamados a trabajar como jornaleros en su viña, a ser sus testigos, a anunciar y construir el Reino de Dios ya aquí en la tierra.


Puede parecer verdaderamente difícil la tarea que nos ha sido encomendada. Hemos de abrir los ojos a los que todavía no ven, abrir el corazón y las entrañan a los que lo tienen atenazado por el egoísmo o por el miedo, hemos de enseñarles la ley nueva, la del amor. Puede parecer excesiva la tarea, pero al mismo tiempo no puede ser más hermosa, y además, no estamos solos, Él nos acompaña y fortalece, está en medio de todos nosotros en todo quehacer, Él nos acompaña.


Hagamos el camino juntos, reconozcamos las señales que nos indican de qué manera se construye, vive y ensancha la Iglesia. Y es que cumpliendo los mandamientos, la ley del Señor y las bienaventuranzas, podremos avanzar por el camino sin extraviarnos, porque atendemos a las marcas que nos va poniendo.


  1. Gratitud


Tampoco podemos avanzar en este camino cuaresmal si no nos sentimos privilegiados por todo lo que recibimos de Dios: la vida, nuestra condición, la libertad, el bautismo, el perdón, la gracia, la comunidad, la naturaleza, pero sobre todo que Él mismo nos entrega la vida de su Hijo. Nos reserva a María, se encarna y asume y salva la naturaleza humana. Podemos ser hijos de la luz, hijos en el Hijo, y que nuestras obras en gratitud, muestren a los hombres esa preferencia por la luz, su luz.


Admitamos, valoremos, agradezcamos y desarrollemos el tesoro de esa filiación divina. Nos regalan la vida divina, ¿Vamos a escatimarle a Dios algo? ¿Podemos reservarnos algo o habremos más bien de entregarnos por entero a Dios con gratitud y generosidad? ¿Cómo vamos a vivir tristes o desesperanzados cuando nos sabemos tan amados? Vivamos pues esa fiesta de la fraternidad, realicemos obras hechas según Dios. Transformemos este mundo hostil y deshumanizado en un mundo conforme al amor de Dios. “En cambio, el que obra la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios” (Jn 3,21).


Sabemos que Jesucristo, tras la muerte en la cruz, resucita. ¿Acaso no hemos de vivir en acción de gracias por la nueva vida que nace de su Espíritu?


  1. Libertad


Ha llegado la hora, el cumplimento. La Cuaresma desemboca sí o sí en la Semana de Pasión y ésta en la Resurrección y en la vida nueva. No nos engañemos, hemos de hacer todo este camino cuaresmal para acortar distancias con el Señor (esta es la finalidad de la Cuaresma). Hemos de realizar este itinerario de depuración y desprendimiento para sabernos y sentirnos junto a Él que entra a dar en Jerusalén a dar su vida. Que entre el Amor en nuestras vidas, Él se une sin reservas a cada uno de nosotros, Él se entrega y nos rescata. En Él se nos perdonan todos los pecados, todas las lealtades y desobediencias. Hemos de estar despiertos, velar y orar. Participemos de su sacrificio, porque: “si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna” (Jn 12,24).


No solo creemos en ti, no solo creemos la verdad de tu palabra y queremos cumplirla. Queremos ser justamente como nos dices. Está en juego nuestra libertad, que es justamente vivir para siempre contigo.


La Cuaresma por tanto no consiste en repetir lo que ya sabemos, sino más bien de vivir de otra manera lo que ya sabemos, con más intensidad, con más implicación, con más autenticidad y valor. La Cuaresma es liberación porque vamos logrando ser más conforme a Dios. Es un tiempo de gracia y conversión, de búsqueda, esfuerzo y descubrimiento. Dejémonos cambiar por la acción del amor de Dios es nuestras vidas.


  1. Hacer vida


Para terminar estas reflexiones personales en abierto, qué mejor que hacerlo con un poema de J. L. Martín Descalzo, sacerdote, poeta, escritor y periodista, que nos regala este poema, que es también oración, y por tanto, una oración llena de temblor y belleza. Tal vez si hacemos nuestro este modo de relacionarnos con el señor, podamos llegar a vivir así en modo cuaresmal, en presencia del Señor. Que así sea.


NADIE NI NADA


Nadie estuvo más solo que tus manos

perdidas entre el hierro y la madera;

mas cuando el pan se convirtió en hoguera

nadie estuvo más lleno que tus manos.

 

Nadie estuvo más muerto que tus manos

cuando, llorando, las besó María;

mas cuando el vino ensangrentado ardía

nadie estuvo más vivo que tus manos.

 

Nadie estuvo más ciego que mis ojos

cuando creí mi corazón perdido

en un ancho desierto sin hermanos.

 

Nadie estaba más ciego que mis ojos.

Grité, Señor, porque te habías ido.

Y Tú estabas latiendo entre mis manos.


José Luis Martín Descalzo





sábado, 17 de febrero de 2024

Entrar en pánico

 ENTRAR EN PÁNICO

Iniciamos la Cuaresma oficialmente el pasado Miércoles de Ceniza, y ya deberíamos ir adentrándonos en ese arduo camino cuaresmal. Pero la cuestión es si estamos dispuestos a ello o tan solo a que vaya pasando poco a poco sin que nos afecte demasiado el itinerario cuaresmal y sus implicaciones. Si es posible, que pase la Cuaresma de puntillas, y de esta manera que logremos mantenernos al margen de ella. Quedarnos una vez más cómodamente en nuestra zona de suma comodidad, sin siquiera dar un paso, pues para qué adentrarse en ese incierto e incómodo periplo.

Bien pudiera ser que nuestra supuesta pereza e inmovilismo, lo que esté ocultando es otra razón más poderosa: nos da verdadero pánico adentrarnos en ese terreno resbaladizo de exponernos a conocer con rigor y ha experimentar lo que somos al natural, sin adornos, sin subterfugios ni engaños. Tomar conciencia de la cruda realidad de nuestras personitas: sus anhelos, búsquedas, desatinos, miserias, apegos, bloqueos, fragilidades, etc. Admitámoslo, puede ser un verdadero trago hacer frente al ser en que uno se va convirtiendo por las vicisitudes del día a día. 

Y es que el ser humano solo ve lo que quiere ver, y solo escucha lo que quiere escuchar, y solo se aplica y hace caso a lo que le viene bien o le apetece, y no lo que debe o le conviene. Y por ello, evitamos todo aquello que nos permita tomar conciencia de lo que no nos agrada de nosotros mismos. Evitamos sufrir y para ello huimos de ponernos en verdad ante aquella cara oculta de lo que sabemos que somos, pero no quisiéramos asumir.

Que nadie es perfecto, ni siquiera nosotros, lo damos por hecho. Las imperfecciones y los fallos de los demás nos saltan a la vista de manera inmediata y sin gran dificultad. Otra cosa diferente es mirarse a uno objetiva y subjetivamente, analizarse y trabajarse, porque ir asumiendo las propias vergüenzas es algo más que incómodo, es un proceso doloroso, pero necesario para aceptarse, sanarse, quererse y madurar. Solo si nos ponemos en verdad podremos avanzar tanto como personas, como espiritualmente.

Pues en Cuaresma toca lo que toca, y no otra cosa, y, o te adentras con Jesús en la soledad del desierto y te enfrentas a tus limitaciones y a la intemperie de lo que eres (con todo el riesgo a ser arreciado por todo tipo de tentaciones), o evitas toda molestia para prevenir a toda costa entrar en pánico. Hace falta arrojo y fuerza de voluntad, hace falta entereza y capacidad de decisión para abandonar el modo de vivir asumido por los no buscadores; hace falta ser un auténtico inconformista, para confiar y confiarse en la dura aventura del desierto y la soledad. Pero es paso obligado para poder encontrarse con el Absoluto. Quitarse de todo, empezando por lo mas superfluo, hasta quedarse ante la nada más absoluta, para poder ir llenándose con la plenitud del Ser que es, el único que colma de vida.

Las lecturas de este primer domingo no solo nos hablan de desierto, también nos hablan de alianza entre Dios y el hombre. Precisamente ese paso por el desierto, ese exponerse a cualquier mal (interno o externo), es el que al final permite establecer el encuentro con el Dios de la alianza. Dejar atrás una forma de ser escindida, para empezar a llevar una nueva vida vinculada y con sentido.

Muchos son los libros que nos muestran el viaje como un itinerario iniciático. Pues el desierto efectivamente también es una manera de transformarse y volver a nacer. Uno es el que parte y se adentra en la espesura de arena, soledad y silencio, y otro muy distinto el que regresa habitado por el Dios del encuentro. No te encontrarás con Él en los libros, sino en el misterio de tu propia existencia, solo ahí se revela; solo ahí arde la zarza.

A aquellos que han experimentado al Dios que vive en el desierto se les podrá reconocer porque regresaron transformados. Basta con verles el rostro, adusto, y sin embargo, apacible y sonriente; basta con mirarles a los ojos, les brillan de un modo nada corriente; basta con escucharles las palabras, pues resuenan con la ternura de Dios. Si quieres ser uno de ellos, has de vivir en modo Cuaresma, pues el desierto está en ti, y si quieres, puedes adéntrate.

No temas Él siempre te acompaña y ampara, pero allí en pleno desamparo, sentirás el abrazo de quien ha hecho contigo una alianza a la que nunca falta, una alianza perpetua. Haz de esa alianza el modo de conectarte con todos y todos, y por tanto tu modo de vivir. Es posible. Todo es posible en Cuaresma. Transfórmate.

     

sábado, 25 de febrero de 2023

Con tiento

 CON TIENTO


En español tenemos gran cantidad de palabras y expresiones que derivan del término latino tentatio. Se dice que alguien ha de tener mucho tiento, para indicar que debe tener cuidado, prudencia, agudeza para no errar, y destreza y precaución para acertar en aquello que pretenda llevar a cabo. Y tal vez esto de tener tiento sea una de las artes más difíciles y necesarias para ejercer el oficio de vivir. Deberían, por tanto, enseñarlo en los colegios. 

También tenemos la expresión de ir a tientas, es decir, que uno ha de extender las manos y recurrir al sentido del tacto para percibir así lo que no llega por el sentido de la vista. Y es que, a veces, no tenemos las cosas demasiado claras y hemos de recurrir a un sexto sentido para tener mucho tiento y salir airoso de esa situación en la que andamos a tientas.

De la misma etimología es la palabra tentación, que aunque hoy lo tentador está muy aprovechado por la publicidad para indicarnos que ese producto es casi irresistible, y por tanto casi no se puede uno aguantar sin comprar y consumirlo, siempre ha estado relacionado justamente con lo contrario: lo tentador ha sido lo que se debía evitar, porque conllevaría consecuencias nada aconsejables.

Así en las lecturas con las que comenzamos el itinerario cuaresmal aparece ya la primera tentación fundacional, en la que, influenciados por la torticera invitación del reptil a nuestros antecesores, constatamos lo sencillo que resulta ser engañados. Tal vez los actuales hacedores profesionales de manipulaciones, patrañas, artífices consumados del embauco y del timo, también compartan con la serpiente esa condición de arrastrarse por el lodo de la inmundicia, mientras el resto de los mortales seguimos cayendo una y otra vez, como moscas o tontos recurrentes, en el mismo ardid: el engaño y la mentira tentadora. Pudiera parecer que no aprendemos demasiado de los errores, ni propios ni ajenos.

Pero no acaba ahí el asunto, ya que el mismo ser, astuto, vil y embustero, se atreve a tentar al mismo Hijo de Dios que se expone a ello en su recorrido por el desierto. Primero recurre a la necesidad material para hacerle caer, y ya que está ayunando, aprovecha para incitarle a convertir en panes las piedras y saciar así el hambre. Después, tras su primer fiasco, trata de tentarle con el poder y el reconocimiento, pero de nuevo pincha en hueso. Y finalmente, le tienta con la riqueza si comete idolatría, pero vuelve a constatar su rotundo fracaso, y se ha de marchar escamado el tentador (con el rabo entre las piernas) hasta volver a encontrar a Jesucristo en otro momento de suma debilidad.

Y cabe preguntarse: ¿cuáles pueden ser mis tentaciones? ¿Cuáles tus debilidades? ¿Son tan elementales como caer en algo que resulta atrayente a los sentidos? ¿Son de no fiarme en lo que Dios Padre me ha dejado indicado, y quiero ser yo mi único señor y por eso termino probando el fruto prohibido? ¿O son más bien tentaciones de calado parecido a las que es sometido Jesús: necesidades, identidad, poder, reconocimiento, riquezas, idolatrías...? Lo que es seguro es que tentaciones tengo, o bien de las inmediatas, o de aquellas en las que uno va cayendo poco a poco y sin notarlo. Tal vez estas últimas sean las que más peligro tengan, porque uno acaba siendo quien no es o quien nunca debería haber sido sin percatarse.

Estamos en Cuaresma, por lo que habrá que avivar el corazón, el alma y el seso y estar espabilados, pues de seguro que anda rondando sin parar ese especialista en fraudes. Si uno quiere, mediante un severo combate interior, también podemos salir airosos de nuestro encuentro con las sucesivas tentaciones. ¿Difícil? Mucho. ¿Posible? También. Tal vez haya que desenmascarar las innumerables tentaciones y celadas en las que si vas a tientas, terminarás cayendo; pero asimismo también habrá que ir descubriendo los recursos disponibles para superar toda acechanza. Anda, tómate tu tiempo y entra en el desierto que va a permitirte encontrarte contigo cuando encuentres a Dios.

     



domingo, 6 de marzo de 2022

Tu rostro interno

 Tu rostro interno

Parece que la temporada de mascarillas llega a su fin; parece también que ahora vienen otros tiempos donde el peligro es distinto, aunque no menos terrible. Hemos cambiado los virus, la peste que nos asolaba, por otra maldad aún más feroz e inhumana: la guerra.

Al menos poco a poco iremos recuperando los rostros, la verdad de nuestras caras expuestas que muestran quienes verdaderamente somos. Incluso se dice que la cara es el espejo del alma. Y sí, hay personas que con solo pararse a contemplarlas el rostro y la expresión, ya se les pueden apreciar retazos inconfundibles de la belleza de su alma.

Hemos comenzado la Cuaresma. Es un tiempo propicio para busca en nosotros esa cara oculta, ese rostro que permanece velado aunque nos quitemos toda máscara o mascarilla, porque no es un rostro externo, que se pueda maquillar; es el rostro oculto al que no nos atrevemos a asomarnos. Ese sí que es verdaderamente el rostro de nuestra alma, y si queremos conocernos sí habrá que ser capaces de buscar dentro nuestro rostro interno.

Jesús, tras su bautismo en el Jordán, se aventura en esa búsqueda de sí mismo y se adentra en el inhóspito desierto, donde nada ni nadie puede distraernos de nosotros. Allí, al desierto interior, hemos de tratar de ir nosotros también. Dejar el acomodo fácil en la superficialidad cotidiana, todos los trajines y tareas, y trata de partir más allá. Hacer una verdadera experiencia de desierto, de soledad, de intemperie, de búsqueda y encuentro con nuestra más profunda verdad. Solo allí nos encontraremos a solas con el Viviente, pero antes hay que enfrentarse a ciertas pruebas.

El mismo Hijo se expuso a las tentaciones (Lc 4, 1-13), donde el que ya había tentado a Adán, ponía a prueba incluso la propia identidad divina de Jesús por tres veces. Si el sagaz embaucador, tratando de aprovechar la debilidad de Cristo, pues tenía hambre por los días de ayuno, trata primero de hacerle fallar con la tentación de lo material (convertir las piedras en panes), después con la tentación del poder y del dominio, y finalmente con la tentación de utilizar al mismo Dios para lograr reconocimiento. En toda ocasión el Hijo del hombre le hace frente con la palabra de Dios que Él mismo encarna.

El que hace la voluntad del Padre vence siempre sobre el engaño del tentador. Busquemos, por tanto, esa voluntad de Dios en el rostro interno de nuestra alma. Busquemos la cercanía con Dios de manera denodada en este tiempo cuaresmal. La presencia de Él en tu corazón, la oración íntima, facilitará la iluminación de ese bello rostro tuyo aún sin descubrir. Adéntrate en ese desierto inevitable con la seguridad de que habitado por Jesucristo, y a la escucha atenta de su palabra, podrás sortear cualquier peligro y tentación, hasta llegar a descubrir la mejor versión humana de ti, ese rostro que mira y es mirado por el Amado.

¿Te atreves a andéntrarte en ese desierto a buscar el verdadero manantial? Empieza la Cuaresma detectando cuáles son tus puntos débiles. Ten por seguro que es ahí donde serás tentado. Y confía, en Cristo, podrás ser tentado, pero no vencido.










jueves, 25 de febrero de 2021

Bienvenida Cuaresma: oportunidad que no puedes dejar escapar

 La cuaresma como oportunidad



Dios, que es Padre misericordioso y nos conoce bien, nos concede de nuevo la oportunidad de vivir un tiempo de Cuaresma, de desierto y verdad. Salgamos de la rutina diaria y del acomodo y busquemos en verdad la voluntad de Dios.

En una Cuaresma bien aprovechada surgen inevitablemente las preguntas ¿Qué has de cambiar en ti? ¿Qué te pide Dios? ¿Cómo vivir con más autenticidad aquello que en verdad estoy llamado a ser?

¿Estás dispuesto a dejarte interpelar? ¿Vas a tratar de dejar entrar a Dios en tu vida y a comenzar a vivir de manera más espiritual?

Adelante, empieza a caminar. Confía que la presencia de Dios te va a ayudar a enfrentarte a todos los problemas y a vencer cualquier tentación, y entre ellas la primera la de la comodidad o la de la indiferencia. ¿Qué he de superar para mejorarte?

Adelante, la Cuaresma es un camino que te va a permitir cambiar y superarte. Recurre con frecuencia a la escucha y oración, la caridad (limosna) y el desapego (ayuno).