Mostrando entradas con la etiqueta Cuaresma. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cuaresma. Mostrar todas las entradas

sábado, 21 de marzo de 2026

El amor más fuerte que la muerte

 EL AMOR MÁS QUE LA MUERTE


Si hay un tema recurrente en la literatura universal, este bien podría ser el de la victoria del amor sobre la muerte. Los seres humamos vivimos y aprendemos a vivir siendo amados y a ir vinculándonos con otras personas también amándolas. La felicidad -tantas veces buscada por todos- parece lograrse sólo con esa meta del amar y sentirnos amados. Un amor fiel que cuida y nos acompaña a lo largo de la vida nos da plenitud y sentido. Sin embargo, a lo largo de la vida hemos también de aprender también a despedirnos, pues ese amor esencial de y hacia los demás que nos colma y nos hace sentir vivos, no puede mantenerse para siempre, como efectivamente quisiéramos. La muerte irrumpe y destroza esa estabilidad que nos resulta indispensable para seguir viviendo. Cada vida posee un inicio y un fin, al menos biológicamente hablando, y esto, por duro que sea hay que asumirlo y aceptarlo.

Dicen que hay muchas experiencias llamadas cercanas a la muerte, donde algunos pacientes clínicamente muertos, misteriosamente regresan a la vida. Como si fuese pronto para partir, como si aún tuviesen que continuar viviendo a partir de esa experiencia que después tratan de expresar como luminosa. De alguna manera, además, la vida implica necesariamente un morir, una renovación celular continua y un paso del tiempo que de modo natural nos acerca al final, como si se tratara de un libro, que cada palabra, cada renglón, cada página, nos permite ir dejando atrás otras muchas y nos va conduciendo a la página en que la lectura concluye nuestra lectura.

El pensador y divulgador Eduard Punset solía recordar que la pregunta no era sólo si había vida después de la muerte, sino que había que preguntarse también si hay vida antes de la muerte. Y es que entre unas cosas y otras, lo más importante se nos puede estar pasando sin que ni siquiera nos enteremos. Se trata de vivir conscientemente una vida humana, pues si sólo prestamos atención a lo urgente, a la actividad incesante que apremia por doquier, estaremos sobreviviendo como podemos, se nos quedarán cortas las veinticuatro horas del día, y estaremos seriamente ansiosos por tratar de abarcar lo inabarcable, pero no nos estaremos más que de hacer, pero no de ser. Y la vida, sin duda está para serla, desarrollarla, desplegarla y compartirla con los demás, sea o no sea primavera. La vida es proyecto no mera eficacia.

Y si así andamos muchos, otros hay aún peor: sin saberlo se han esclavizado a sus smarphones, andan subyugados a la poderosa pantalla de las distracciones banales, mirando y mirando sin pausa aquello que ni son ni van a ser, sin advertirse que bien podrían ocuparse de su propia libertad. Y es que la paradoja es que se creen poderosamente libres, cuando han renunciado a todo por el ejercicio de hiperatención obnubilante que les posee. Sí, si prestas atención verás en derredor muertos vivientes, sin rumbo ni más meta que conseguir contenidos y emociones fáciles, esa es su tarea despersonalizadora, ese es su soma y su perdición. Creen ser felices, sólo porque no saben en qué consiste eso de la libertad y de la felicidad. ¡Ay, si abrieran los ojos y descubrieran un horizonte inmerso que se abre más allá de lo digital!

Y es que en este V domingo de Cuaresma se nos habla de que estamos vivos y hemos de vivir de veras. Que tenemos que disponernos a romper con las ataduras de una mortaja que aún no toca. Que Dios es un Dios de vivos, que nos regala su Espíritu vivificador. Que estamos hechos para la vida, una vida realizada en el amor y que es mucho más fuerte y poderosa que la muerte. Dios es eterno y al asumir nuestra condición mortal, nos capacita para vivir sin límite. Ya no acabará la vida con la muerte, sino que la vida continúa precisamente en el amor de Dios. Aceptemos esa inhabitación del Espíritu liberador que sana y aviva. Habrá sin duda una vida nueva antes y después de la muerte, porque sí, el amor es y será siempre más fuerte que la muerte.

Lo escuchamos en la profecía de Ezequiel, en el salmo 129 y en la carta de San Pablo a los Romanos: hemos de pasar ya de la muerte a la vida. Es posible dejar las obras de la muerte y empezar a ser de una manera nueva y plena, vivos porque Dios nos vive dentro y nos hace ver todas las cosas y personas de manera nueva. Es seguro que esta Cuaresma nos lleva hasta Jerusalén, allí Jesús hará su entrada triunfal, pero ese reconocimiento traerá sus consecuencias, van a traicionarlo, a abandonarlo y a condenarlo a morir en el suplicio. Pilatos dirá de Él que he aquí el hombre, ese Dios y hombre verdadero que no se reservará nada de sí, porque el amor en Él es de tal manera que superará la muerte. Con su muerte nos da la vida a todos, el Resucitado nos resucita a los que con Él hemos optado por unirnos a su amor.

En el evangelio vemos a Jesús con Marta y María, las hermanas de Lázaro, su amigo. Jesús se conmueve ante su muerte, descorre la lápida de la muerte, le llama, y aunque ya llevaba varios días bajo el dominio de la muerte, de devuelve a la vida, porque el amor es mucho más fuerte que cualquier limitación. Jesús es la Resurrección y la Vida, quien cree en Él y le ama, no morirá para siempre, sino que en ese mismo amor estará ya vivo para siempre. ¿Crees esto? ¿Estás dispuesto a vivir de veras?

sábado, 14 de marzo de 2026

En un abrir los ojos

EN UN ABRIR LOS OJOS


Un privilegio extraordinario, una maravilla enorme, la capacidad de poder ver. Aquellas personas privadas del sentido de la vista aprenden a vivir con esa limitación y afinan la percepción con otros sentidos. Pero los que sí disponemos de la capacidad de ver, deberíamos mirar y admirar esta realidad luminosa que se nos ofrece a través de los ojos. Aunque ciertamente da pena que cada vez vayamos reduciendo el uso de tales órganos para solo contemplar ese mundillo virtual que las pantallas nos ofrecen. ¿No será mejor alzar los ojos de la pantalla para atender a las personas, a los parajes, al cielo, al arbolado que se desvive en esta primavera? ¿Qué hemos hecho con nuestra sana curiosidad y dónde se nos ha quedado la sensibilidad?

Al igual que los salmistas se refieren a las efigies de los dioses, que tienen ojos pero no ven, tienen oídos pero no oyen, tal vez a nosotros también nos esté pasando algo parecido, pues cada vez vemos menos por estos ojazos que tenemos, y cada vez escuchamos menos y peor con estas orejas enganchadas permanentemente a unos potente auriculares que nos ensordecen voluntariamente. Y sí, admitámoslo: este tipo de sorderas y cegueras elegidas, que nos impiden apreciar la realidad tal cual es, no proceden sino de un uso torpe de nuestra libertad, una libertad no liberada, que no se atreve a vivir conscientemente como seres humanos, porque preferimos renunciar a ella.

Esas cegueras y sorderas son precisamente las que Jesucristo puede liberar, puesto que está siempre dispuesto a ello si nosotros así lo deseamos, aunque a menudo son también estas las que motivan que no reconozcamos a Aquel que viene a encontrarse con nosotros y nos alejemos. Ese camino de encuentro con Él es la Cuaresma, el tiempo para lograr quitarnos de tanto lastre que nos hemos ido echando a las espaldas. Pero Él, a través de su palabra nos facilita el medio en que podemos abrir los ojos y reconocer al Dios que nos invita a su amor. Cristo sí que nos quiere ver a nosotros. Aunque estemos lejos o ciegos o sordos o perdidos o escondidos, nos ve bien cercanos, no nos rechaza ni se escandaliza, sino que nos acepta incondicionalmente.

Es por eso que a este cuarto domingo de Cuaresma se le denomina "Laetare". Hemos de alegrarnos porque la Cuaresma no es un itinerario tortuoso a evitar, sino una vía de descubrimiento y liberación que nos propone la Iglesia para reconocer y amar a Jesús, nuestro Salvador. Es un tiempo para abrir los ojos a la gran verdad de lo que somos y podemos ser. Si vamos avanzando en la transformación cuaresmal, en esa limpieza requerida para apreciar el don de Dios, podremos efectivamente sentir el júbilo de ir realizando un buen trabajo cuaresmal, un crecimiento interior.

Cuando Samuel va a la casa de Jesé siguiendo las mociones del Espíritu, en el hijo más pequeño. que ni siquiera constaba, el último de todos ellos, justo en ese el profeta identifica al que el Señor sabe ver, no como miramos los hombres, por la mera apariencia exterior, por una primera impresión superficial, sino como nos ve Él, por nuestra capacidad de amar y hacer el bien. Dejémonos también nosotros mirar así, como miran los que aman, sin miedo ni vergüenza, con aprecio, y aprendamos a abrir los ojos, los ojos del espíritu, para mirar como Dios nos mira. David, el más joven, es el que es elegido para protagonizar esa aventura de libertad y amistad con Dios.

Que al igual que Jesús abre los ojos al cielo de nacimiento en el evangelio de hoy, dejémonos abrir también nosotros los ojos por Él. Dejaremos atrás el mundo feroz de la oscuridad para empezar a ser hijos de la luz, hacedores de bien y verdad, artífices y servidores alegres del Reino. Frente a la necedad intransigente de los fariseos, que ni siquiera se alegran por el bien recibido de la vista en el ciego, pues se oponen a Jesús, que sana y salva a los hombres porque lo hace incluso en sábado. Resulta que son ellos los auténticos ciegos para distinguir las acciones de Dios, la luz del mundo presente y actuante. Sin embargo, el ciego no sólo recupera la vista, también, además, se le abren los ojos de la fe para contemplar al Hijo del hombre delante de sí. Ve y se deja ver por el Mesías.

Pues si nosotros vamos abriendo los ojos como nos pide la transformación cuaresmal, también podremos situarnos junto a Él, acompañarle hasta Jerusalén; ver y vivir intensamente estos días que se acercan de la pasión, muerte y resurrección del Señor. Veremos de una manera radicalmente nueva a toda criatura, de forma semejante a como la ve el mismo Resucitado. Somos su pueblo, el nacido de la pascua, y ya no podemos ver un mundo abocado a la disputa permanente, a la polarización, al conflicto fratricida y al absurdo, sino que vemos con esos ojos en que siempre triunfarán la misericordia y el amor de nuestro Padre.

sábado, 7 de marzo de 2026

Más claro que el agua

MÁS CLARO QUE EL AGUA


De las grandes dificultades que el desierto ofrece a los que han de subsistir allí, una de las más importantes es la ausencia de recursos hídricos. No somos del todo conscientes, pero el acceso al agua no es un problema menor para muchos seres humanos, y al igual que otros recursos energéticos, explican las tensiones geopolíticas en que estamos inmersos. El agua es esencial, vital, necesaria. En pleno itinerario cuaresmal hemos pasado primero por desierto, después por el monte Tabor, y ahora nos toca llegar hasta el brocal del pozo por la escasez de agua, por la sed y el cansancio del camino. Y es que este recorrido por los símbolos sí importa, porque nos están hablando de realidades dotadas de un gran significado.

Estamos bastante mal acostumbrados a no valorar demasiado lo que usamos habitualmente; tanto es así que en no pocas ocasiones malgastamos el agua, y eso cuando no nos da por contaminarla sin recato alguno. Sabemos que el agua es vida, y la calidad del agua es vital, tanto para nosotros como para el resto de seres vivos con el compartimos el mismo planeta. Dicen, además, que para mantener estos agentes de IA que tanto proliferan, no sólo se requiere un torrente desorbitado de energía eléctrica y de soportes de almacenamiento de datos, también gran cantidad de agua para refrigerar el calentamiento globalizado de tanta tecnología como requerimos. Hoy más que nunca precisamos agua, y no sólo para hacer abluciones o circuitos termales, también para que las máquinas piensen y trabajen por nosotros. Entre unos y otros vamos a terminar bebiéndonos los recursos acumulados. Al menos este año va siendo lluvioso, y por tanto no tenemos que andar todavía intranquilos.

Por supuesto, todos hacemos un uso externo del agua, para la higiene e hidratación necesarias del cuerpo; pero si hace unos días Jesús le recordaba a Satanás que no sólo de pan vive el hombre, hoy nos permitimos añadir que tampoco sólo de agua ha de beber el hombre, pues que hay un hambre y una sed que no se apagan ni con pan ni agua. ¿Qué clase de hambre y de honda sed es la que nos puede demandar el ser entero? ¿No serán hambre y sed de verdad, de sentido, de plenitud humana, de Dios y de fraternidad?

Jesús, cansado, se sienta a descansar al mediodía junto al pozo de Sicar, y llega una samaritana a sacar agua del pozo. Él tiene sed y le pide que le dé agua, saltándose así la prohibición que había para dirigirle la palabra a una mujer de Samaría. Y en el diálogo que se establece aparece una sed más profunda que la samaritana tiene en lo más íntimo de su ser. Es un agua viva que sí que puede hacer brotar Jesús dentro, de manera similar a como Moisés había hecho que manara agua de la roca en Massá y Meribá. Si escuchas a Jesús y crees en Él, descubrirás que en lo más hondo del pozo que uno es y lleva dentro, brota la luz de su presencia que ilumina y disipa la tiniebla. Ahora sí que podrás ver lo que dentro guardas, quedará manifiesto, podrás superar los miedos y gozar de esas corrientes claras, cristalinas que mansas transcurren en ti, porque Él hará que brote un surtidos hasta la vida eterna.

Puedes optar por no atreverte a conocerte, por no acercarte al territorio donde te puedes encontrar con Jesús, huir de su palabra y de esa luz que te permitirá reconocerte y admitir tu verdad entera; pero si lo haces malograrás tu Cuaresma. Habrás de seguir yendo a buscar a otros pozos que no sacian la sed más radical, la que no admite engaños. Renunciarás así a ese caudal de gracia disponible para aquellos que reconocen su voz y le siguen. Esa agua te transformará y tanto tu rostro como el rostro buscado de Dios se irán volviendo más claros que el agua: te reconocerás en Él como en el reflejo vivo que forma en su superficie las aguas tranquilas. 

Al igual que la samaritana se dejó descubrir por ese desconocido que le pidió a ella agua, pero que le ofreció un agua de certidumbre y gozo sin parangón, nosotros hemos de acudir a esa fuente que la Iglesia nos ofrece. Es tiempo de transformarnos en verdaderos adoradores en espíritu y verdad, tal y como prefiere el Padre, con libertad, con sinceridad, con entrega, a la manera del Hijo y de los santos, los verdaderos adoradores.

Ese agua, del que no debemos privarnos, es el amor desbordante de Dios; es el agua mediante el cual nos vinculamos por el bautismo a Cristo y su Iglesia; es el agua del perdón de los pecados, porque la misericordia de Dios no tiene límites; es el agua de la nueva vida por el Espíritu, en la que quedan superadas las distancias y las diferencias, porque en el otro reconocemos un hermano; es el agua que acrecienta la esperanza y capacita para amar al estilo de nuestro Salvador. tNo hay agua igual, y mana libre para ti, para que encuentres y realices tu libertad.

sábado, 28 de febrero de 2026

Adentrarse en el laberinto

ADENTRARSE EN EL LABERINTO


Buena gana de calentarse la cabeza, de complicarse, de meterse en camisas de once varas. Bastantes complicaciones ya tenemos, como para que con motivo de la Cuaresma además se nos invite a dejar las comodidades en las que nos hemos instalado, para internarnos en otro lío del que no sabemos si nos llevará a algún sitio, y ni siquiera si esa supuesta salida es adonde queríamos llegar. Lo habitual suele ser quedarnos en la trinchera, tal y como estamos e ir campeando el temporal según vaya viniendo; es decir limitarnos a una pasividad temerosa. ¿Pero acaso la vida es sólo eso o en algún momento habrá que atreverse a algo por lo demás necesario? Sea como sea, hay un poderoso impedimento que nos tiene paralizados a la mayor parte de los mortales, y por ello terminamos conformándonos con unos mínimos vitales que no nos satisfacen. Somos más, aspiramos a más, pero nos quedamos en mucho menos.

Ahora bien, el camino cuaresmal, si es que estamos dispuestos a afrontarlo, nos va a llevar a un atolladero, a todo un laberinto existencial del que no sabemos a ciencia cierta si sabremos resolverlo. ¡Ay de aquellos que nunca jamás se atrevan a cruzar por ese laberinto o desierto que portamos dentro de nosotros! ¿Cómo plantearnos nuestra propia identidad sin buscar en nuestro propio interior laberíntico? Puede que eso que creemos ser, y que nos suele venir dado desde parámetros externos a nosotros, no sea más que un disfraz coercitivo que nos impide mostrar nuestro verdadero rostro. Habrá que escapar de identidades incompletas o incluso faltas que hemos ido asumiendo.

Al menos en Cuaresma toca tratar de ponerse en verdad ante nosotros y ante Dios, sin engaños, sin tapujos y sin excusas. Y ello requiere ponerse en marcha, atreverse, adentrarse en ese exilio voluntario de inadaptación y comenzar a lanzarse preguntas de largo alcance. De igual manera que un árbol no puede llegar a alcanzar todo su desarrollo si no crece hacia adentro en la tierra, en lo secreto, y allí encontrar el fundamente en que sostenerse, cada uno de nosotros no podrá desarrollar su potencial si a la vez no indaga en lo profundo y echa raíces potentes que le permitan sostenerse con firmeza. Claro que les va a costar trabajo a las raíces abrirse paso en la oscuridad de la tierra, pero es esa la manera de poder afianzarse para después extender tronco y ramas con poderío y gracia.

Abrán, que presta atención a la voz de Dios por encima de otras voces y ruidos, emprende su viaje dejando atrás aquello que era y poseía buscando lo que no sabía, lo que en verdad debía ser. Tras esa partida y el recorrido en post de lo intuido ya será Abrahán. En este tiempo de Cuaresma también hemos de aventurarnos nosotros en esa búsqueda que nos conduzca a la proximidad con lo que Dios nos tiene preparado. Si no acudimos al encuentro con el Dios más íntimo a nosotros que nosotros mismos, no aprovecharemos ese itinerario que se nos ofrece. El laberinto primero te llevará adentro, al secreto, y de allí saldrás transformado, con una certeza que brotará de la experiencia, y habrás echado raíces que te nutrirán y sostendrán.

Durante ese viaje interior no vas a estar solo sino guiado por Aquel que te llama. Él te aguarda y te acompaña, Él cuida de ti y te sostiene, Él es la brújula que te orienta para cruzar el desierto o el laberinto sin posibilidad de extraviarte. Amárrate bien al timón que te mantendrá en el rumbo correcto. Cuentas con la fuerza de su misericordia y los vientos son favorables. Sal de tu tierra, emprende tu viaje.

Si sigues, y Él te lo permite, podrás también ascender con Cristo al monte Tabor. Vas a participar en algo insólito. Allí, en lo secreto, te va a ser mostrado lo que permanece y permanecerá oculto: la verdadera naturaleza de Jesús, enteramente hombre y Dios, ese, el Hijo amado en el que se complace el Padre y que hemos de escucharlo para tener verdadera Vida y verdaderas raíces. Es el monte de la transfiguración, el que asciende allí, como si se hubiera sumergido de lleno en el misterio de Dios, bajará del monte también transfigurado. Ya no serás el mismo que subiste, tal y como el que ha sido capaz de encontrar la salida del laberinto, en sí llevará también la zarza ardiendo, esa llama que abrasa pero no se consume; esa que otorga Dios a los que aprenden a transfigurarse en la llama del amor.

Si superamos comodidades, reparos, perezas, miedos y bloqueos y nos atreveremos a adentrarnos en el laberinto, aunque haya pruebas y soledad, también habrá hallazgo y verdad. Si activamos nuestra libertad personal fundamental, la que tiene sed de Dios, aprovecharemos esta Cuaresma también para transformarnos con Él. Vamos hacia Jerusalén con Jesús. Ha de ser un camino de desprendimiento y liberación, una purificación. Vamos a la entrega del Hijo, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Podemos ascender con Él, podemos ser sus seguidores, o por contra quedarnos al margen, como si lo que aconteció, acontece y acontecerá no fuera con nosotros.

Es necesario superar lo que todavía no se es, atravesar la oscuridad del sinsentido, para descubrir a Aquél que se nos transfigura, el que es luz del mundo y puede ser la luz en la que reconocer el rostro del Dios humanado, del rostro del hermano y de también de tu propio rostro humano. A su luz, a la luz posible por la oración. Caminemos, pues, hacia la claridad, aunque sea incierto aún el camino.

sábado, 21 de febrero de 2026

Darle la vuelta al calcetín

 DARLE LA VUELTA AL CALCETÍN


Con frecuencia no nos damos cuenta de que las cosas son susceptibles de modificación, incluso de poder darle por completo la vuelta. Es comprensible que nos adaptemos a lo que hay, pero esta acomodación no debe evitar el deseo de mejora, porque si no estaríamos condenados a someternos a una realidad que se nos impone de modo tiránico. Es por eso que cualquier persona con un alto nivel de esfuerzo y superación, no se rinde fácilmente, aunque la situación con la que tenga que campear no tenga demasiados visos de llegar a una solución satisfactoria. Al menos lo intenta.

Un partido de tenis se puede remontar aún cuando todo parezca avocado a la inminente derrota. Que se lo digan, si no, a nuestro grandísimo campeón Rafa Nadal, pues como hubiese la más mínima posibilidad de remontar, ahí iba a estar, pegando fuerte y nunca viéndose como perdedor. Y es que hay que ser capaz de ver las inmensas posibilidades que quedan inadvertidas incluso donde todos dan ya la batalla por perdida. El mismo Albert Einstein decía que "En medio de la dificultad se encuentra la oportunidad. No trates de ser una persona de éxito, trata de ser una persona de valor. El éxito es efímero, pero el valor deja huella. Lo que realmente define a alguien no es cuánto logra, sino cómo contribuye al mundo. La creatividad, la curiosidad y la capacidad de cuestionarlo todo son las herramientas que transforman los problemas en posibilidades". Así que el que es capaz de intentarlo es el que puede llegar a ser capaz de darle la vuelta al calcetín del problema, de la pregunta o del atolladero, y encontrar finalmente un camino por el que avanzar.

Tenemos en nuestro idioma diferentes expresiones para indicar lo que supone la capacidad de transformar completamente una situación: "giro inesperado" "darle la vuelta a la tortilla" o "darle la vuelta al calcetín". Cada una de estas frases hechas tiene su particularidad: la primera parece no aludir al agente que realiza la acción; la segunda tiene el sentido de completar una acción; mientras que la tercera expresaría una capacidad de resolver drástica y sencillamente una situación complicada. "Ponerlo todo patas arriba" no implica que se resuelva, pero sí que se trata de alterar con todo aquello que no debía estar más como estaba. A veces hay que atreverse a tomar esas decisiones que desbloquean y permiten comenzar de otra manera o al menos encontrar una salida.

Y metidos ya el el tiempo litúrgico fuerte de la Cuaresma, toca exponerse a aquello que incluso tratamos insistentemente de evitar plantearnos. No queda otra, en Cuaresma no es que nos pongamos de serio riguroso, es que nos ponemos a tratar de coger al toro por los cuernos, en lugar de seguir escapando de nosotros mismos y de aquellas pseudo verdades útiles para andar por casa.

Empezando por el Génesis -que siempre será buen comienzo-, vemos a Adán y Eva haciendo y un uso cuestionable de su libertad paradisiaca, y saltándose a la torera el mandato divino. No debía ser para nuestros primeros padres suficientemente apetecible el múltiple bien y la concordia inicial, y, tal vez debido a la propia condición humana, terminaron por hacer lo único que no debían hacer. Pero como muy bien nos indica San Pablo en la carta a los Romanos, es el mismo Jesucristo el que viene al mundo a darle por completo la vuelta al calcetín de la situación creada por nuestros famosos antecesores. Sin embargo Cristo sí obedece, reestablece y perfecciona la unión entre el Creador y sus criaturas.

Y en el evangelio de este primer domingo de Cuaresma vemos a Jesús internarse en el desierto para encontrarse allí, superando las pruebas de las tentaciones, con la verdad irrebatible de su condición de mesías y salvador. Y es que sin desierto ni prueba no sale a relucir la verdadera identidad oculta de lo que cada uno es. Es ahí, en el meollo del problema, en donde anda suelta y oculta la solución que debemos encontrar. No es que sea una aguja en un pajar, sino que en el desolado desierto cuaresmal, se trataría más de hallar una luz fundamental en medio de un vasto dominio de arenas fulminadas por un sol arrasador. Para rescatar al hombre y devolverlo a su verdadera condición original, debía el mismo Dios hacerse hombre, para que todos pudiéramos volver a ser humanos retomando la vinculación con el Dios del que nunca debimos desgajarnos. Jesús, por tanto, enfrentándose a la necesidad y al tentador, es como nos gana para sí y nos libera.

No nos engañemos, llevando una vida superficial y comodona, y perfectamente instalada en lo banal, el calcetín de nuestra propia existencia está y estará del revés. Hay que atreverse, exponerse, dar la cara e incluso la batalla. Seamos libres para asumir riesgos, para pensar, sentir y discernir por nosotros mismos. Vamos, que el tiempo cuaresmal ha empezado y el desierto está también dentro de uno esperándonos. Él venció y nosotros con Él vamos a vencer también. Alejémonos ya de los espejismos de la irrealidad e internémonos ya en la prueba. Trata de convertirte en alguien que se sabe también espiritual. Tú y tus más profundas verdades están en juego. Ahí, en el laberinto de lo que no es ni satisface estará la solución que tanto anhelas. ¿Te atreves? Tal vez del desierto logres sacar un verdadero Edén, o al menos la satisfacción de conocer tu identidad real, pero para ello habrás de darle necesariamente la vuelta al calcetín.

sábado, 14 de febrero de 2026

Acertar de pleno

ACERTAR DE PLENO


Basta con un poquito de maña y práctica para comenzar a adiestrarse en el tiro con arco. Si además se cuenta con un buen monitor y se persevera, lo lógico es ir progresando y afinar poco a poco la puntería. Tal vez podríamos aventurarnos a establecer similitudes entre esto del tiro al arco y una vida que tensa, que se esfuerza y apunta un objetivo lejano, pero preciso. Cada intento supone arriesgarse: bien se puede fallar, bien se puede acertar. Así, por ello, en la vida deberíamos también tratar de ir adquiriendo cierta pericia en el noble arte vivir; pero las evidencias muestran que no siempre se tiene esa disposición para la adquisición de conocimientos, destrezas, habilidades y competencias necesarias para acertar de lleno con una biografía que produzca satisfacción, propia y ajena, que obtenga la calificación máxima.

¿Qué nos impide al menos tratar de conseguir vivir con cierto mérito y de manera honesta? Basta prestar atención a aquellos que optaron por la vía fácil frente a los que su existencia ha consistido en todo un ejemplo de superación. Fueron afinando la puntería, para acabar acertando de pleno. ¿Por qué entonces nos obcecamos tantas veces en emular a los que mal empiezan y peor aún acaban? ¿Es que no estamos ya suficientemente advertidos de vidas extraviadas? De necedad habría que calificar la elección de aquellos que habiendo sido advertidos persisten en vivir como insensatos. Poco piensan por sí mismos, se dejan llevar sin control ni dominio propio, son pasto del capricho o del viento que sopla an cada momento. No logran hacerse con las riendas de su vida, y por ello no llegan a buen término.

Y es que afortunadamente no partimos de la nada, sino que podemos aprovechar el tesoro que nos han legado los maestros que en el mundo han sido, para establecer el suelo nutricio adecuado en el que arraigarnos. Contamos con su experiencia, con su rico bagaje, con un saber verdaderamente aprovechable. Hubo y hay hombres sabios de los que se puede aprender mucho. Desde ahí que haya que tratar de descubrir lo valioso de sus enseñanzas para afinar el tino de nuestras decisiones. Hagamos, por tanto, el esfuerzo es escuchar y escrutar la sabiduría recibida, para que desde ella podamos aprender el camino recto que conduce al acierto. No es lamentable errar, pero, sin embargo, sí que lo será si fallamos por descuido o desinterés, echando en saco roto lo mejor del mensaje que nos ha hecho llegar la tradición sapiencial.

Las lecturas de este VI domingo de tiempo ordinario, previo ya a la inminente Cuaresma, nos avisan que no nos queda otra que optar, hacer uso de nuestra libertad, para amar de manera abierta y sincera o limitarnos a un amor egocéntrico, pacato y cerrado. Si quieres vivir a la manera que Dios te propone, valora y agradece, en lugar de exigir y quejarte; reconcíliate con el hermano, piensa, siente y actúa conforme a los mandatos del Señor, creador del hombre y del universo, y no atentes contra su voluntad. Procura que tu comportamiento sea intachable, por mucho que los reclamos para no hacerlo sean numerosos. Cada uno ha de ser responsable de lo que hace y de lo que deja de hacer, aún teniendo la posibilidad de haberlo realizado. Ahí está el acierto o el fallo, y también el secreto que nos capacita para lograr la plenitud, porque no es sino amando como se llega a ella.

Los seres humanos, hoy como ayer y como siempre, con toda urgencia, hemos de superar una condición humana reductora, que no desarrolla todo su potencial. Hemos sido hechos para Dios, y como dice San Agustín, nuestro corazón no está satisfecho hasta que no descansa en Él. Si quieres seguir tu propia ley al margen de la de Dios, para utilizar al resto de semejantes según tu interés: sólo cosecharás dolor e insatisfacción. Por contra, si accedes, acoges y amas como Él nos enseña, puedes considerarte sabio, pues sigues al que es la Sabiduría.

Aprovecha esta vida, no la desperdicies ni malogres; intenta acertar de pleno. Dentro de ti, allá donde la conciencia se hace oír, allí el Señor te habla a lo más íntimo. Si escuchas esa voz y actúas en consecuencia, tu acierto será pleno, y no tendrás duda de ello. Además, para los que aciertan hay un premio eterno, sin que la Agencia Tributaria pueda mermártelo, porque hay que dar al César lo que es del César, pero a Dios lo que de verdad cuenta, lo que verdaderamente está en juego.

Vive para lo grande, no te quedes en el engaño del gozo inmediato ni de las posesiones materiales, pues el mundo suele publicitar una manera fraudulenta de conducirte, no buscando tu bien sino otros intereses inconfesables. Descubre, pues, la grandeza de la vida vivida desde el espíritu. Recompón tu perspectiva con sabiduría y acierto: escucha, conecta, transforma, pues Dios se ha hecho carne real y todo está lleno de su gloria para los que saben descubrirlo y admirarlo. Goza de Dios y de los hermanos y de la vida vivida con acierto. No lo lamentarás. Aprovecha que viene la Cuaresma para depurar lo que en verdad merece la pena.

sábado, 5 de abril de 2025

De oídas

DE OÍDAS

A poco que uno sepa y/o haya leído, puede conocer que además del archifamoso asno que inmortalizó nuestro ilustre poeta moguereño, hay más burros que campan a sus anchas por la literatura. Sin ningún ánimo de ser exhaustivos, en la literatura clásica Apuleyo nos habla de uno que fue tan sumamente burro, que se pasó una buena temporada ejerciendo de burro sin serlo, pues se transformó en un miembro más de esa especie; y siendo burro debió de protagonizar toda una serie de aventuras. Y es que, tanto personajes como personas, puede haber por ahí sueltos que, por su poco juicio o por un obcecado comportamiento, más parecen burros que los que verdaderamente son estos particulares animalitos.

A otro equus africanus asinus, del que ya nos encontramos nosotros más cercanos, su propietario solía denominarle rucio, y que junto a su singular compañero, iban recorriendo nuestros territorios buscando aventuras con las que poder hacer el bien y dejar manifiesto su valor como caballero andante. También cierto muñeco de madera, que cobró vida por arte de la literatura, y que era proclive al crecimiento desmesurado de la nariz cuando faltaba a la verdad, se convirtió en burro capaz de seguir protagonizando múltiples burrerías, hasta que por el aprendizaje de la bondad, recuperó su anterior condición.

Y hablando de pollinos insignes, no podemos dejarnos en el tintero aquel que pasó la noche entera sin rebuznar siquiera para no despertar al niño, dormidito en el pesebre, en la noche más preciosa que ha habido nunca, cuando las estrellas brillaban emocionadas dándolo todo para expresarnos que la noche es también tiempo de iluminación y de salvación. O aquella otra burrita anónima en la que entró montado y triunfante el Señor en Jerusalén a darse ya por entero en la cruz, entre el alegre bullicio de pueblo exultante que proclamaba: "¡Hosana al hijo de David!" aquel primer domingo de Ramos, que desde entonces, no hemos dejado de revivir, reconociendo también nosotros al humilde mesías, el Salvador, montado el aquella anónima burrita.

Malo sería, por tanto, que aun conociendo con que facilidad los hombres desoyen las enseñanzas que les son dadas, terminaran asemejándose a brutos animalitos, aunque ciertamente hay cuadrúpedos que demuestran ser hasta más nobles y astutos que muchos humanos. Porque una cosa es tener orejas de burro, grandes y esplendorosas como penachos, y otra es usarlas con provecho, puesto que oigo, y lo que oigo lo escucho, y lo que escucho lo comprendo, sopeso y asimilo, para después sacar una útil enseñanza que aplico con justeza a la vida. Se podría llegar a decir que los seres humanos se vuelven burros es por propia decisión, por dejadez o por empecinada y cerril obcecación.

A Jesús se le conoce como el Maestro. De estos maestros de antes, que crearon verdaderamente escuela y discípulos, aunque no tenían pizarra a mano ni aula en que impartir su docencia. De esos maestros que no precisaron legarnos sus inigualables enseñanzas en un corpus de escritos, sino que de viva voz y de una vez para siempre hablaron, de tal manera que sus palabras permanecieron hasta nuestros días conforme al valor que se les concedía. Hoy, sin embargo, al parecer ya no se les reconoce el valor intrínseco que poseen dichas palabras, porque, salvo unos pocos que en el mundo han sido, son y serán, se prefiere el discurso falaz, anodino, soez y maniqueo, más acorde con la vida tozuda de burro humano que muchos prefieren llevar, pues se cree que escuchar y aprender está de más. ¿Aprender, qué y para qué?

El pasaje que nos presenta el evangelio este quinto domingo de Cuaresma es muy otro: tenemos al Maestro, ese que no nos dejó escrito alguno, solo sus palabras recopiladas por los suyos, que está escribiendo con el dedo en el suelo, es decir, que sí que escribía cuando se le antojaba, pero lo hacía en la arena en lugar de en otros soportes más perdurables. ¡Qué humilde receptáculo el de la tierra para merecer tan digna enseñanza! ¡Qué humildad la del Maestro, que no consideró a sus palabras merecedoras de que llegasen a los que no estaban presentes allí delante escuchándolas! ¿Qué signos trazaría? ¿Qué mensaje dejó allí escritas? Solo Dios -él mismo- lo sabe.

Lo que sí podemos saber, y no solo de oídas y leídas, sino porque en el corazón nos han quedado ya escritas muy hondamente, son las palabras que pronunció al tiempo que le presentaban una mujer sentenciada a la lapidación inmediata. Algunos querían ser más burros que cualquier bestia, y ensañarse con una mujer indefensa, porque de oídas ya sabían qué pensar y cómo comportarse: como verdaderos energúmenos. Pero Jesucristo les propuso: "El que esté libre de pecado que tire la primera piedra". Mucho se expuso ante una turba ávida de brutalidad al no darles la razón, sino a quitársela de raíz. Les pidió que antes de actuar, pensaran por sí mismos y examinaran su proceder, y no solo de oídas y cruelmente.

Una vez bien recapacitado, mira después a la persona que tienes delante y su corazón, no para condenarla con presteza, sino para compadecerte y reconocer su dignidad y su potencialidad para amar; entonces su falta será asumible y perdonable, más aún si además también tienes en cuenta las veces que el que se arroga el papel de juez implacable ha pecado también lo suyo. Juzga desde la misericordia, tal como Jesús ha venido anunciando y ahora de manera ejemplar también nos da buen ejemplo.

Por tanto, no sepas de perdón solo de oídas. La teoría y la teología están muy bien, pero para no ser un ser solo dotado de grandes orejas, sino que además le permiten a uno ir adquiriendo un verdadero aprendizaje, habrá de hacer experiencia de ese perdón que redime y restaura, de esa gracia generadora de nueva vida que nos regala una y otra vez el corazón de Jesús, que te mira con amor y te dice sencillamente "tampoco yo te condeno. Vete y en adelante no peques más." Porque una cosa es creer que se sabe, porque algo simplemente se ha oído, y otra muy distinta hablar, sentir y vivir desde la experiencia fundante de haberte encontrado con Cristo, ese que iba escribiendo sus enseñanzas sobre la bendita arena. Ese que te otorga su perdón también a ti, incluso si has sido burro en alguna ocasión,

sábado, 29 de marzo de 2025

¿Y si me reseteo?

 ¿Y SI ME RESETEO?


A veces todo se nos bloquea, nos paraliza, se nos pone demasiado cuesta arriba. A veces el camino que hemos tomado no es lo que en un primer momento parecía y no nos conduce al lugar deseado. A veces cuesta encontrar sentido a lo que se vive, y por lo tanto, se va más sobreviviendo con el piloto automático, pero no con la espontaneidad de dejar al corazón disfrutar de la vida en libertad sonora. En ocasiones, también, nos faltan las palabras para expresar lo que nos ocurre, lo que nos recorre, y hasta el aliento parece que se nos agota para seguir avanzando. El que ha vivido, lo sabe.

Hay momentos especialmente tortuosos en los que lo más aconsejable es tirar del reseteo, método habitual que nos proporciona un inicio menos complicado. Volver al comienzo, desandar cuanto antes  el tramo del camino que nos conducía al abismo, y enmendar cuanto antes el trayecto.  En la existencia nos vamos a encontrar en muchos momento de encrucijada en los que no parece haber escapatoria; o decidimos tirar por un lado o por el otro o el de más allá, si no quedemos terminar por quedarnos al borde del camino. Habrá caminos de fácil recorrido y otros llenos de reveses y obstáculos. Da igual, uno ha de acertar y hacer su propio camino, el correcto. Hay caminos rectilíneos y otros llenos de curvas y recodos, con múltiples dudas y titubeos. ¿Cuál es el bueno?

El verdadero problema radicaría si nos empecináramos en proseguir por seguir un camino que no lleva a ningún sitio; no saber acertar con el momento adecuado para retroceder. De sabios es reconocer los propios fallos, y hasta aprender de ellos, puesto que lo que se va viviendo nos ha de servirnos para algo. En efecto, yo soy yo con mis circunstancias, pero también con la experiencia que acarreo. Ninguna escuela como la vida para llevar a cabo un aprendizaje veraz, contrastado y significativo. En este sentido, decía el insigne autor canadiense Roberson Davies en El quinto en discordia aquello de "lo importante no es lo que te pasa en la vida, sino lo que haces con ello".

En Cuaresma, y también en el resto del año, la palabra de Dios ha de ir iluminando nuestros pasos, nuestro vivir y nuestro avanzar recorriendo los días que nos sean dados. El evangelio de este cuarto domingo de Cuaresma es además una de las páginas más bellas escritas, al menos a juicio de Marcel Bataillon, la conocida parábola del hijo pródigo. ¡Qué bueno poder leerla de nuevo! Cabe advertir que cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia, puesto que, que sepamos, esta parábola no está basada en hechos reales.

Había un hijo que solo andaba pendiente de lo suyo, y por tanto, todo lo demás lo supeditaba a sus intereses, a la inmediatez de su capricho, pasando por encima de los otros. Le exigió a su padre anticipadamente que le diera la parte de su herencia, porque ni sabía ni quería esperar para gozar de una libertad privilegiada materialmente, para la que él no se había esforzado, pero de la que se consideraba a sí mismo con total derecho a beneficiarse. Como el padre era bueno en extremo, se la dio, y el jovencito allá que se fue a vivir la vida con total inconsciencia, pendiente solo del botellón y del disfrute. ¡Ah, amigo, hasta que el crédito se le agotó! Al mismo tiempo también la vida color de rosa. Y llegaron entonces las vacas flacas, un golpe de realidad para el que nuestro pequeño holgazán no estaba preparado. Se le vino el mundo en el que vivía al traste, pues solo era un decorado, y de pronto, sin recursos ni amigotes, desesperado, cayó en la cuenta de lo bien que le trataba su olvidado padre.

Llegados a este punto, comprendió que lo mejor que podía hacer era darle al botón de reset y empezar de nuevo. Y así hizo. Ahí estaba el padre bueno esperándole. Le dio un recibimiento a la altura del corazón del padre y de la sinceridad del arrepentimiento del hijo. Había regresado y ya había aprendido quién era él y quién le amaba incondicionalmente. ¡Esa sí que eran riquezas, y no las que había dilapidado tontamente!

Pero he aquí que el otro hijo, el calladito y obediente, el que no se había ido por ahí de parranda, era incapaz de amar a su hermano ni de saber el alcance del regalo del perdón. Al parecer, el que se cree perfecto, el que no ha pedido ni sentido el don del reseteo que te permite volver a comenzar, ese está lejos de llegar a conocer lo que es el amor del Padre, que reconcilia y restaura, el padre paciente que siempre concede una nueva oportunidad.

Por tanto, en este trayecto cuaresmal en el que estamos inmersos, déjate resetear por ese amor que reestablece, tal y como hizo el hijo pródigo. No te consideres ni perfecto ni fríamente legalista ni superior, como hizo el hermano mayor. Si puedes, empieza a dejarte transformar por ese mismo amor que no juzga, que tiene entrañas de misericordia, para empezar poco a poco a tenerlas también tú como el padre bueno de la parábola. Habrá valido la pena intentarlo, puesto que en esta vida estamos todos aprendiendo, muy especialmente los que una y otra vez nos solemos equivocar de camino, nos reseteamos y regresamos a la casilla de salida. Ahí está siempre el Padre consolador, el que te reconoce como su hijo y te muestra su amor.

sábado, 22 de marzo de 2025

De la nada

DE LA NADA


Quejarse es gratis y además cómodo. Quejarse está al alcance de cualquiera. No está de más caer en la cuenta que el que se queja está intentando echar balones fuera, como si él no tuviese responsabilidad de nada, puesto que nunca nada está como debiera: unas veces demasiado caliente, otras estará demasiado frío, otras demasiado corto o largo en exceso, unas le resultará salado y otras muy dulce; a la siguiente les resultará triste o aburrido o muy serio o poco profundo... Hacen de la queja el modo de estar en la vida, y ya de paso, siempre a los otros los responsables del fallo. Habría que revisar si ellos asumen un papel activo en la mejora, o solo desean seguir así, quejándose indefinidamente, sin aportar jamás ninguna mejora. La solución es bien fácil: hazlo tú, que eres el único que sabe hacerlo todo bien, o al menos según tu estricto gusto.  

Como todos hemos podido comprobar, la lluvia se nos ha instalado de manera reiterada en estos últimos días. Bien aprovechada puede ser una bendición. Pero del mismo modo, sabemos por los recientes sucesos que mal encauzada la abundancia de agua puede arrasar con todo, por lo que no está de mas prevenir lo que puede llegar a pasar antes de que termine por pasar. No importa si llueve poco o mucho, nos quejaremos de la lluvia como nos quejamos del frío o de calor, aunque mientras sigue lloviendo se nos estén llenando las reservas hídricas para tirar una buena temporada olvidándonos por un tiempo de los años de pertinaz sequía, contra la que tampoco tomamos anticipadamente medida alguna.

Pues Dios no es un quejica, sino justamente lo contrario, sabiéndose de memoria nuestra condición testadora, como si nos hubiese creado, se arma de paciencia infinita con cada uno de nosotros, sus hijos. Espera que queramos cambiarnos. Que tarde o tempranos abandonemos nuestra pacata autosuficiencia, reconozcamos nuestros límites y nuestros errores y volvamos a Él. Dios no se cansa de esperar, siempre nos tiende sus brazos y está dispuesto a concedernos su abrazo consolador y su ternura maternal de padre. Es esta una suerte inmensa que se nos suele pasar por alto: es todomisericordioso, inmenso amor condescendiente y comprensivo. Nos concede su perdón saliéndose de toda horma y cálculo humano.  

En medio ya de esta Cuaresma lluviosa, en lugar de quejarnos, hemos de tratar de ser más conscientes de quiénes somos y de la vida que llevamos, de reflexionar, reconocer y rectificar. Este es el tiempo propicio para reorientar el rumbo de nuestro itinerario vital. Seguir en la inconsciencia no nos va a ser de gran ayuda para sacar de lo hondo aquel que cada uno en realidad es. Podemos seguir viviendo en la superficialidad, en la prisa, el consumo y la distracción permanente, o empezar de una vez por todas a detectar que el camino emprendido no es del todo el correcto. Dios espera callado, confiado y paciente, Nunca va alterar nuestra libertad, ya que el amor jamás impone y siempre respeta al amado. Ahora puede ser la ocasión de propiciar ese encuentro y de empezar esa conversión.

En la parábola de la higuera estéril -texto bellísimo- que nos propone la liturgia este tercer domingo de Cuaresma se ilustra admirablemente esa apuesta esperanzada de Dios por nuestra conversión. No abandona la esperanza una vez más en nuestra posibilidad de cambio y conversión. Es Él el que cavará y abonará a la higuera estéril, porque está convencido que esa mal llamada esterilidad, la de la higuera y la tuya, no son irreversibles. En esta Cuaresma propicia déjate hacer por Dios, por sus manos de labrador paciente. Él pone remedio a tus sequedades, a tus necedades y ha tus sinsentidos. Si de tu profunda nada, del desierto por el que vaga tu alma, Él es capaz de generar por pura gracia nueva vida, vida abundante, como una zarza ardiente que no se consume. Su amor no entiende de esterilidades, sino de entrega para que tú vivas, y aciertes a dar el precioso fruto de tu plenitud.

Sé higuera amada y cuidada con esmero por Cristo jardinero. Y entonces, en lugar de la queja, aunque no pare de llover sobre mojado, en tu ser brotará un agradecimiento desbordante, porque el Señor anda haciendo en ti maravillas. Y por ello no podemos dejar de exclamar:

Hoy que sé que mi vida es un desierto,
en el que nunca nacerá una flor,
vengo a pedirte, Cristo jardinero,
por el desierto de mi corazón.

Para que nunca la amargura sea
en mi vida más fuerte que el amor,
pon, Señor, una fuente de alegría
en el desierto de mi corazón.

Para que nunca ahoguen los fracasos
mis ansias de seguir siempre tu voz,
pon, Señor, una fuente de esperanza
en el desierto de mi corazón.

Para nunca busque recompensa
al dar mi mano o al pedir perdón,
pon, Señor, una fuente de amor puro
en el desierto de mi corazón.

Para que no me busque a mí cuando te busco
y no sea egoísta mi oración,
pon tu cuerpo, Señor, y tu palabra
en el desierto de mi corazón.

sábado, 15 de marzo de 2025

En carne propia

 EN CARNE PROPIA


Por si alguien aún no se ha enterado, este viernes pasado hemos asistido a un acontecimiento sideral de consideración, o al menos de cierta relevancia, y del que en general se han hecho eco todos los medio: la luna llamada de sangre, porque un eclipse casi completo de luna era bañada por el reflejo rojizo del astro rey. Este hecho para unos será algo anecdótico y pasajero, para otros una manifestación de la exactitud y precisión de los movimientos celestes, y para otros un signo astrológico que requiere una transformación en nuestros periplos existenciales. Allá cada uno con lo que entienda y después haga con ello.

Lo que es claro es que lo de siempre, el satélite terrestre, ha adquirido una apariencia extraordinaria debido a que la luz incidía en ella de manera diferente. No se ha transformado, pero parecía haberse transformado por medio de la luz que reflejaba. La luz bajo la que contemplamos los objetos, las personas, las emociones, pensamientos y hechos, es decisiva en la manera en la que percibimos y entendemos. De ahí la hermosa etimología del verbo especular, esto es, llevar luz hacia algo mediante el espejo. Pues sin luz no vemos ni entendemos. Precisamos la luz para descubrir lo que tenemos delante. A veces, como seres inteligente que somos, podemos llegar a ver y entender también a la luz de las palabras, leídas o escuchadas. Hay por tanto una luz que ven los ojos y otra que descubre la razón. ¿No habrá también una luz que logre esclarecer las cuestiones del espíritu? 

Pero no solo eso, la experiencia también ha de iluminar nuestro saber de las cosas del mundo. Que vivir vaya produciendo en cada uno de nosotros una luz dentro, una certidumbre, un hacerse cargo, un descubrimiento existencial que nos sirva para señalar los derroteros de nuestro peregrinar no siempre por cañadas suficientemente claras. En estos días nuestro centro escolar ha tenido que pasar por una situación muy dolorosa que a todos nos está afectando. Tratamos de darnos aliento los unos a los otros, pero nos falta capacidad para encontrar el sentido al sinsentido de lo terrible, que de modo totalmente imprevisible nos golpea de manera decisiva. Se nos cierra entonces el horizonte, porque la luz en la que nos manteníamos seguros de repente se mengua y hasta se nos apaga. ¿Dónde buscar cierta claridad? ¿Podemos mirar más adentro y encontrarnos algo a lo que aferrarnos para no sucumbir a la desesperación? Tal vez sea posible si lo intentamos. Contamos con el apoyo y el afecto de los que nos lo muestran, están ahí y nos acompañan. También algunos tenemos fe, y esta, si es firme, también nos conforta.

Jesús, con tan solo alguno de sus discípulos, asciende a una montaña, lugar al que hay que llegar mediante un ascenso que requiere trabajo, Abajo deja la vida ordinaria, los afanes y preocupaciones que nos tienen ocupados a diario. Sale de la normalidad y se sitúa en otro nivel, más elevado y que permite tener otra perspectiva. La dimensión espiritual, intrínseca del hombre, no anula ni la luz de los sentidos, ni los sentimientos y emociones, ni la razón, pero amplía la capacidad de comprender sin comprender, confiar, aceptar y amar, también en el dolor.

Jesucristo en este evangelio de la segunda semana de Cuaresma se transfigura delante de los íntimos. Aparece resplandeciente como quien realmente es: ser humano y ser divino aunados a la perfección, integrados de tal manera que no puede ser el uno sin el otro. No precisa la luz del sol; no asume una singular apariencia como la luna de sangre, no, es él mismo el que muestra su propia luz a los que le acompañan.

En esta camino que nos lleva a la pascua, hemos de descubrir también en carne propia esa doble condición que Cristo nos descubre. Somos de Cristo y hemos de reproducir esa misma condición, material y espiritual, pues por el bautismo nos hemos injertado en Él. Somos ya seres espirituales (a la vez que materiales) y participamos de su victoria sobre la muerte, es decir, resucitamos también con Él, pues nos entrega su vida. La vida no acaba con la muerte, la vida se transforma y se convierte en vida eterna.

No veamos solo con los ojos. No veamos solo con el entendimiento, sino más bien, entendamos con el espíritu que durante esta vida hemos de ir transformándonos espiritualmente, no quedar reducidos meramente al cuerpo material, sino saber que podemos transfigurarnos empezando por ver y entender al que hoy se nos transfigura en lo alto del monte Tabor, el Transfigurado, el Cristo, el Señor. Hoy se nos invita a contemplarlo en la divinidad de su carne y de su cuerpo, y ha escucharle como el Hijo de Dios viviente. A dejar que su palabra de vida nos transforme. No se me ocurre mejor modo de proseguir este camino cuaresmal que iniciamos ya en el desierto de las tentaciones, del vacío y de la desesperación. Ascendamos con Él a la montaña. Abrámonos a la experiencia de su amor incondicional y salvador. Tal vez ahí están las respuestas y el consuelo.

Sí, hemos de experimentar en carne propia esa transfiguración espiritual necesaria para desplegar nuestra condición humana de manera completa y atrevida. Hemos de subir de nivel, dejar que su gracia nos vaya trasfigurando para ser más humanos y más divinos, más corporales y espirituales. Para nosotros es enormemente difícil, pero no para Dios. Avancemos, que el Espíritu actúe entonces en carne propia, que vaya manifestando quienes realmente somos, como Jesús se nos muestra hoy.

sábado, 8 de marzo de 2025

Arenas movedizas

 ARENAS MOVEDIZAS

Decir que vivimos en una sociedad anestesiada, es una obviedad, y por tanto aporta más bien poco y además a pocos; pero no está de más volver a recordarlo una vez más. La realidad no es tal como la entendemos, sino mucho más amplia y compleja, por lo que para no calentarnos mucho la cabeza, terminamos reduciendo el mundo entero a nuestro pequeño mundo. Así, al menos, es más comprensible y manejable y podemos movernos en esa realidad reducida con cierto dominio de la situación. Lo malo es que después, para salvaguardar nuestro perímetro de control, procedemos a levantar una pantalla o un férreo muro que impide que prácticamente nada ajeno entre en nuestro recinto de lo que consideramos admisible, y al mismo tiempo, que tampoco nuestras vidas se expandan y contribuyan al bien común del resto de los mortales. Nos privamos y les privamos de nuestra aportación personal, y con ello, poco a poco y sin darnos apenas cuenta, vamos a ir languideciendo porque, el aire no corre con la debida frescura, esa que nos obliga a transformarnos y estar a la altura del presente.

A pesar de este reduccionismo autoimpuesto, tantas veces aferrado a lo más superficial y anodino, necesitamos de los otros y del bullicio para poder evitar como sea esa soledad radical que nos constituye. Pavor nos da muchas veces quedarnos a solas con nosotros mismos, bucear en nuestra fundamental esencia, nuestra realidad radical, y por ello haremos lo que sea por distraernos, evadirnos y escamotearnos de plantearnos en serio nuestra propia identidad. Así que como podamos iremos tirando y eludiendo conocernos y aceptarnos. Lo fácil es estar entretenidos, desentenderse y mirar para otro lado.

¿Quién en su sano juicio va a salir del terreno seguro para ir adentrándose en tierras inhóspitas e inseguras? ¿Acaso somos nosotros como aquellos conquistadores que surcaron lo desconocido por amor a la aventura? Aquí, aunque reducido, pisamos suelo firme, pero ¿quién sabe si más adelante no haya arenas movedizas, esas que, como hemos visto en tantas películas, primero te vas hundiendo y luego, según te mueves intentando escapar, te hundes ya sin remedio, puesto que no hay dónde aferrarse, hasta que terminan por hacerte desaparecer del todo en ese descenso irrefrenable y desesperado a lo desconocido. Mucho mejor quietecitos en el sillón, rodeados de cuanto necesitemos y muy cómodamente instalados en nuestras arenas movedizas imperceptibles.

Pues bien, la Cuaresma va justo de todo lo contrario. Se trata de salir a la intemperie; quitarse de todo parapeto protector, atreverse a escapar de ese recinto enclaustrado al que hemos acabado por acostumbrarnos; exponernos. ¿Algún voluntario? ¿Algún buscador? ¿Es que no quedan valientes decididos que amen la aventura y el riesgo de vérselas a solas consigo? Es mejor seguir amodorrados, aquí cómodamente instalados al menos hasta que llegue lo inevitable, y ya veremos entonces por dónde lo sorteamos.

Para empezar a horadar en esa muralla pseudoprotectora cabría preguntarse: ¿Dónde pongo yo mis seguridades? Ahora tocaría tratar de responderse. ¿En los amigos? ¿En la familia? ¿En el trabajo? ¿En la diversión? ¿En las posesiones? ¿En los placeres materiales? ¿En el dinero? ¿En el poder? Jesús, tras su bautismo fue llevado por el Espíritu al desierto, a vérselas consigo, a desprenderse de toda comodidad y cobertura, a encontrase solo, débil y desprotegido, y allí, solo en lo profundo del desierto, es donde hace su aparición el temido tentador. ¿Nos dejamos llevar nosotros por ese Espíritu indómito?

Entonces, si nos adentramos en el desierto de lo desconocido, las supuestas arenas movedizas pudieran empezar a tragarnos y es en ese momento de prueba en el que puede aflorar la consistencia que nos salva de la zozobra existencial. Es ahí donde hemos de permanecer seguros en la palabra y el espíritu de Dios, Él es nuestra roca firme. Nada hemos de temer, Él nos protege y acompaña. Segura es la victoria ante cualquier acechanza del enemigo. Cristo pasa las pruebas consecutivas, a pesar de que el demonio trata de atacar por los lugares más expuestos: la propia identidad de Jesús, la fácil idolatría o la confianza firme en la voluntad del Padre. Nada puede con sus artimañas y ha de retirarse hasta otra ocasión en la que de nuevo será vencido. Y es que Con Dios, y Jesucristo, que es el que es, nunca puede vencer. En Él radica también nuestra victoria.

Si salimos de la tentadora muralla en la que solemos refugiarnos de lo real, tan temido, y atravesamos las arenas movedizas necesarias para encontrarnos de lleno con nosotros y con el Dios que vive y mora en el interior de cada ser, habrá sin duda alguna ocasión de ser tentados. Estemos seguros en el evangelio, atentos, confiados en la ayuda de Dios y de la Virgen María de la Providencia: nada hemos de temer entonces. La lucha está asegurada si te internas en el desierto cuaresmal, pero también la victoria. Uno no vuelve del desierto igual que entró en él, ahora es más auténtico, más sí mismo y más iluminado. Su mirada, su corazón y sus palabras lo delatan, pues ya conoce en mayor grado la verdad que Dios le ha revelado allí, en lo profundo de su soledad sonora.

sábado, 1 de marzo de 2025

El verdadómetro

EL VERDADÓMETRO


"Ser o no ser" decía el personaje de Shakespeare cuyo nombre da título a su famosa tragedia. Y es que ese es el gran dilema al que hemos de enfrentarnos los humanos. No exclusivamente se trata de dilucidar si vivir o no vivir, sino también queremos interpretarlo referido a cómo vivir logrando ser nada más y nada menos que uno mismo. Puede parecer que poco a poco nos hemos acostumbrado a vivir bajo la sombra de la ausencia de la verdad, y así, nuestras vidas van transcurriendo a tientas, en un entorno más de apariciones fantasmagóricas, pero irreales. ¿Somos nosotros mismos también lo que deberíamos ser o meramente bocetos con tan solo una insustancial apariencia? ¿De dónde sacar (y cómo) esa identidad profunda que cada uno lleva consigo?

Son estos días anteriores a la Cuaresma, y por ello, estamos de lleno metidos en los vaivenes frenéticos del carnaval. Se abre, por tanto, el baile de máscaras, y cada uno puede fingir que es el que no es realmente. La máscara lo aguanta todo, lo oculta todo y lo permite también todo, porque ya no se puede distinguir quién es quién. Curioso desliz permitido previo a tener que vérselas con la cruda realidad de nuestra condición limitada, con la verdad tal cual es, monda y lironda. Aunque tal y como están hoy las cosas, bien podríamos llegar a pensar que el tiempo de fingimiento y evasión no se reduce solo al propio del carnaval, sino que la ocultación tras la máscara se extiende ya al año entero. Y ese es el peligro: asistir, sin más, complacidos a la ceremonia de la confusión. ¿O es que la verdad asoma ocasionalmente por parte alguna? ¡Qué pocos son los que aún buscan y detectan lo auténtico como forma radical de vida! ¿Cómo puede ser esto posible? ¿Es que el vivir engañado puede satisfacer a alguien?

Precisamos caer en la cuenta de que sólo la verdad nos hace libres, y que, por tanto, el engaño, tanto a uno mismo como a los otros, nos esclaviza por completo. Dejemos la farsa exclusivamente para la fiesta y el contexto del carnaval, sin llegar nunca a perder esa verdad existencial que el poeta nos invitaba a buscar conjuntamente: "Tu verdad, no, la verdad. Y ven conmigo a buscarla". Huyamos de la superficialidad y atrevámonos a descubrir quiénes somos quitándonos todas las capas de máscaras que nos hemos ido interponiendo para ocultarnos el propio rostro.

En este domingo VIII de tiempo ordinario la propuesta de las lecturas van por ahí: dejar remansarse las aguas y alcanzar la necesaria transparencia para ver el fondo, empezando por el propio, y después también el ajeno. El Sirácida o Eclesiástico nos invita a no juzgar sin haber escuchado antes, porque a través de las palabras se puede descubrir lo que anida en el corazón humano. Y es verdad que al sincero se le nota, y también al que miente se le coge rápido; aunque a veces no con las manos en la masa o con la palabra en los labios, sino cuando ya se ha salido con la suya mediante el engaño. ¡Ojalá tuviésemos un discreto aparatito o aplicación utilísima en el móvil para detectar al que falta a la verdad! Acaso sí  podemos llegar a tener ese excepcional detector de engaños con el que, tan solo aprendiendo a reconocer lo cierto frente a la vulgar e interesada mentira, parar a tiempo el tejemaneje de la farsa. Al mentiroso se le ha de reconocer, al menos en las distancias cortas. No nos dejemos embaucar por el primero de turno, no prestemos atención tan solo a lo aparente. Descendamos a lo que subyace bajo toda manifestación.

Pero no solo por las palabras salen a la luz aquellos que dicen la verdad de corazón o los que faltan a ella con total descaro. Sobre todo, es a través de los hechos como se demuestra el bien, la verdad y la bondad de la persona. Es Jesús el que nos indica que ahí está la prueba del algodón: por los frutos que confirman las palabras dichas. Nos dice que "El hombre bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque de lo que rebosa el corazón, habla la boca". Así, pues, empecemos por cuidar nuestro propio corazón, luego nuestras palabras y finalmente nuestras obras; que no hagan daño, ni discriminen ni ofendan, sino que ayuden, sirvan y promuevan la justicia y la misericordia del Reino de Dios.

También nos advierten del "punto ciego" o "ángulo muero" que podemos tener en nosotros mismos sin saberlo reconocer. Y es que hay una parte de nosotros que cuesta lo suyo afrontar, sanar y asumir, aunque es preciso aprender a conocernos a fondo para que la verdad sobre nosotros mismos pueda ser lo más completa posible; sin subterfugios, sin engaños y sin esos insospechados "ángulos muertos". Cuidado, pues, con ver la mota en el ojo ajeno y no la viga que tienes en el tuyo. ¿Te crees mejor? ¿Te consideras perfecto? Pues más bien nos queda a todos mucho trecho por hacer. Empieza a ver eso que no sabías de ti, aunque duela reconocerlo. Ese, y solo ese, es el camino del evangelio, el del desenmascaramiento progresivo, el del verdadómetro que debes empezar a aplicarte a ti antes de proyectarlo a la ligera sobre los demás.

Mucho ánimo, que según es asentada costumbre, tras el carnaval llega el tiempo del desierto que es la Cuaresma, donde toca hacer ese ímprobo trabajo de autotransformación y crecimiento. Empieza por ti, Dios te ayudará en la tarea.

sábado, 16 de marzo de 2024

Tomarse en serio las cosas serias

 TOMARSE EN SERIO LAS COSAS SERIAS



Tarde o temprano hay que empezar por tomarse en serio las cosas serias, porque en definitiva, nuestras vidas son cosa seria y complicada. Vamos a empezar por tomándonos en serio la Cuaresma, tiempo apropiado para plantearse un cambio en serio y definitivo. ¿Qué es la Cuaresma? ¿Para qué la Cuaresma? ¿Qué sentido tiene volver a pasar por la Cuaresma año tras año? ¿Cuántas llevas ya vividas? ¿En qué te han ayudado a vivir tu fe? ¿Han servido las anteriores Cuaresmas para desarrollar esa vida de fe, a acrecentar esa semejanza con Cristo? ¿Es necesario tratar de nuevo tratar de aproximarse al porqué de la Cuaresma? Pero empecemos a tratar de responder, en lugar de seguir proponiéndonos más preguntas.


  1. Oportunidad


La Cuaresma es una gran ocasión, es una gran oportunidad que la Iglesia, a través del calendario litúrgico, nos propone e invita a celebrar de lleno, sin medias tintas. Ojalá queramos esta vez, por tanto, vivirla no como una más, sino intensamente y con pleno sentido.


Conviene aprovechar este tiempo y este espacio que se nos ofrece para hacer un recorrido, atravesar, pero también para tratar de hacer hogar y morada en el desierto, es decir, aprender a vivir con nosotros, con lo mínimo, en plena libertad y totalmente ante Dios. La Cuaresma debiera ser una experiencia radical en la que descubrir que, por encima de todas nuestras necesidades, hay una gran necesidad latente, perentoria, esencial y existencial, y esa experiencia necesaria no ha de ser otra que vérselas con uno mismo y con Dios. Situarse sin engaños ni tapujos ante Dios, ponerse en verdad ante la verdad de Dios. Exponerse, sin más superando todo reparo y todo miedo.


Pero si ya estamos bautizados, si ya nos hemos insertado en la vida de Cristo y formamos parte de la Iglesia. ¿Qué sentido puede tener entonces volver a pasar y a repetir una nueva Cuaresma? ¿Vamos a tratar en esta ocasión de que nos sirva para cambiarnos al menos en algo?


La Cuaresma es primeramente un tiempo propicio para despertarnos, porque en el devenir de las noches y los días, en contra de lo que debería pasar, nos vamos adormeciendo poco a poco. Qué bueno, en verdad, poder romper con las rutinas, pues, al final, terminamos repitiendo y repitiendo lo mismo y con la misma actitud (mismos lugares, mismos gestos, mismas palabras, mismos pensamientos). Hasta pudiera parecer que nuestras vidas cotidianas transcurren por unos raíles rígidos; que se nos va apagando, progresivamente y sin querer, la ilusión de vivir resucitando. Terminamos viviendo como si Dios no fuera Alguien vivo, resucitado y resucitador. La enorme novedad de ser cristianos, que nunca no se agota, que siempre se ha de descubrir, se nos escurre entre las manos, y ese hacernos vivir en la gratuidad, en el agradecimiento, en la alegría, en el asombro, en el amor que no se gasta con la entrega, sino que se acrecienta, termina quedando sepultado e incluso olvidado. La Cuaresma, por tanto, viene a ayudarnos para que despertemos el corazón, el oído, a que vibremos en el reconocimiento consciente de Dios.


La Cuaresma es una gran oportunidad porque podemos conseguir acortar el espacio que nos separa de Dios si acertamos a desinstalarnos parcialmente del mundo, de nuestras manías y vicios adquiridos podremos volver a sentir y a querer según el amor de Dios.


La Cuaresma es un itinerario. Os invito a realizar de modo muy esquemático ese recorrido de la Cuaresma a través de las lecturas de los distintos domingos de Cuaresma. Los distintos jalones de este itinerario van a ser: alimento, desierto, montaña, señales, gratitud y libertad.


  1. Alimento


“Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero” dice el salmo 119. Efectivamente, todo el año, pero muy en especial en este tiempo cuaresmal hemos de leer, y dejarnos leer, vivamente por la palabra de Dios. Para hacer frente a esa vida anodina, rutinaria, acomodada que podemos llegar a tener los cristianos; para que de esta manera pueda empezar a ser una vida vivida con fe verdadera y transformadora necesitamos adherirnos a la palabra de Dios. Solo, alimentados por su palabra de manera constante, además de por los sacramentos, podremos empezar a cambiar y a progresar como discípulos de Cristo, porque solo sus palabras son alimento y luz para nuestro peregrinar: “El Espíritu es quien da la vida; la carne no sirve para nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida” (Jn 6, 63). Tanto es así que, sin empaparnos de su palabra, no podemos empezar a adentrarnos por el camino cuaresmal.


Qué bueno, y a la vez que necesario, hacer el recorrido cuaresmal día a día descubriendo, meditando y saboreando el evangelio. Verdaderamente es, y ha de ser, su palabra escuchada la luz que ilumina nuestros pasos en el cotidiano sendero.


  1. Desierto


“En aquel tiempo, el Espíritu empujó a Jesús al desierto”(Mc 1,12). Puede parecernos difícil y hasta arriesgado eso de adentrarnos por un terreno inhóspito, donde solo habitan las alimañas, donde escasea el agua, no hay más que arena y piedras. Pero es precisamente allí adonde condujo el Espíritu al Señor, allí a solas ante el Padre, bajo un cielo inmenso y cuajado de estrellas, nada ni nadie puede distraernos del encuentro rico y recíproco con el Padre. Allí, rodeado de soledad e inmensidad, allí que no hay donde esconderse ni de uno mismo, allí no hay engaños ni excusas que valgan, allí uno está a merced del Espíritu, disponible, accesible, abierto, pero también a merced del tentador.


Sí, uno ha dejarlo todo para encontrarse radicalmente con Dios, pero para no sucumbir ante las sucesivas acometidas del maligno (que sabe hacer muy bien su trabajo y que va a incidir justo en nuestros puntos más débiles, se ha de ir pertrechado con esa palabra de Dios contra la que nada puede cualquier acechanza del enemigo. No temas: la primera tentación es la de no querer adentrarse en el desierto de la verdad, no aceptar el reto de tener que elegir entre Dios y el mundo, pero es obligatorio pasar la prueba, atravesar el desierto y salir fortalecido por la experiencia del Dios vivo, el que nunca nos deja y el que, en medio del desierto, conduce hasta fuentes tranquilas, hasta los manantiales de un agua que salta en nosotros como fuente de agua viva.


¿Estás dispuesto a adentrarte en esa experiencia transformadora de desierto que el Espíritu nos propone o te paralizan los aullidos que ya llevas tú a tu desierto?


  1. Montaña


Ascender a la montaña cuesta lo suyo. Acabamos de dejar atrás (o no) el desierto y ahora toca seguir subiendo, tomar altura, elevarnos, sacar fuerza de flaquezas para llegar a las regiones donde el aire es más puro, donde solo son capaces de subir algunas aves especialmente dotadas. Allí en lo alto de la cima uno se siente más cerca del cielo de de quien lo hizo, uno contempla su gran pequeñez y divisa a lo lejos también la pequeñez del mundo en que estamos insertos. ¡Mira los problemas, los agobios, los quehaceres y las prisas, resultan verdaderamente minúsculos desde aquí! No es de extrañar que como San Pedro exclamemos: ”¡Qué bien se está aquí!(Mc 9,5b)”


Abre bien los ojos, acostúmbrate a mirar en la montaña, pues aquí se puede descubrir una zarza ardiendo que no se consume, aquí se percibe con certera claridad la índole real de lo sagrado. ¿No lo ves? Pasa como una leve nube que lleva la brisa, y es Dios que está en la nube. ¿No lo escuchas? Es un susurro y es una voz atronadora que dice “Este es mi hijo amado, mi predilecto, escuchadle” (Mc 9,7b). 


Cómo cambian las cosas, uno mismo y hasta la orientación que uno asume en la vida cuando ha escuchado la voz del Señor que nos presenta a su Hijo transfigurado. Hay un antes y un después. Uno se ha sentido tan cerca de Dios que hasta le ha escuchado en exclusiva decir lo que ya para siempre, más que un mandato impuesto, se nos convierte en la búsqueda continua de su voluntad, amar sus palabras que solo se alcanzan en la gran montaña del silencio. Que esa voz, que ese Hijo nunca dejen ya de ser los que te indiquen por dónde, hacia dónde y cómo vivir a partir de ahora.


  1. Señales


Y ahora, conociendo de antemano que Cristo, ese al que escuchamos, acompañamos y que nos prepara la mesa, su mesa, es el Hijo que vence a la muerte. Ahora toca regresar, volver a los caminos, a las barcas, a las faenas, sí pero ahora ya con una luz que nos nace de dentro.


Hay quien pide señales evidentes, “¿Qué signos nos muestras para obrar así?” (Jn 2,18b). Hay a quien le resulta imposible realizar la ruta de la fe, pues no confía lo suficiente para aventurarse. Sin embargo, a nosotros, ahora que vivimos para él y desde Él, ayudando y amando a todos los que están como ovejas que no tienen pastor, no nos resulta demasiado difícil soltar las inseguridades y los miedos, para seguir tras los indicios y señales de sus mandatos. Ahora somos llamados a llevar la ley de Dios inserta en nosotros a todos, pues se nos dice que "Él sabía lo que hay dentro de cada hombre” (Jn 2,25b). Llamados a vivir como él nos enseña, en gratuidad y con misericordia. Ahora estamos llamados a trabajar como jornaleros en su viña, a ser sus testigos, a anunciar y construir el Reino de Dios ya aquí en la tierra.


Puede parecer verdaderamente difícil la tarea que nos ha sido encomendada. Hemos de abrir los ojos a los que todavía no ven, abrir el corazón y las entrañan a los que lo tienen atenazado por el egoísmo o por el miedo, hemos de enseñarles la ley nueva, la del amor. Puede parecer excesiva la tarea, pero al mismo tiempo no puede ser más hermosa, y además, no estamos solos, Él nos acompaña y fortalece, está en medio de todos nosotros en todo quehacer, Él nos acompaña.


Hagamos el camino juntos, reconozcamos las señales que nos indican de qué manera se construye, vive y ensancha la Iglesia. Y es que cumpliendo los mandamientos, la ley del Señor y las bienaventuranzas, podremos avanzar por el camino sin extraviarnos, porque atendemos a las marcas que nos va poniendo.


  1. Gratitud


Tampoco podemos avanzar en este camino cuaresmal si no nos sentimos privilegiados por todo lo que recibimos de Dios: la vida, nuestra condición, la libertad, el bautismo, el perdón, la gracia, la comunidad, la naturaleza, pero sobre todo que Él mismo nos entrega la vida de su Hijo. Nos reserva a María, se encarna y asume y salva la naturaleza humana. Podemos ser hijos de la luz, hijos en el Hijo, y que nuestras obras en gratitud, muestren a los hombres esa preferencia por la luz, su luz.


Admitamos, valoremos, agradezcamos y desarrollemos el tesoro de esa filiación divina. Nos regalan la vida divina, ¿Vamos a escatimarle a Dios algo? ¿Podemos reservarnos algo o habremos más bien de entregarnos por entero a Dios con gratitud y generosidad? ¿Cómo vamos a vivir tristes o desesperanzados cuando nos sabemos tan amados? Vivamos pues esa fiesta de la fraternidad, realicemos obras hechas según Dios. Transformemos este mundo hostil y deshumanizado en un mundo conforme al amor de Dios. “En cambio, el que obra la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios” (Jn 3,21).


Sabemos que Jesucristo, tras la muerte en la cruz, resucita. ¿Acaso no hemos de vivir en acción de gracias por la nueva vida que nace de su Espíritu?


  1. Libertad


Ha llegado la hora, el cumplimento. La Cuaresma desemboca sí o sí en la Semana de Pasión y ésta en la Resurrección y en la vida nueva. No nos engañemos, hemos de hacer todo este camino cuaresmal para acortar distancias con el Señor (esta es la finalidad de la Cuaresma). Hemos de realizar este itinerario de depuración y desprendimiento para sabernos y sentirnos junto a Él que entra a dar en Jerusalén a dar su vida. Que entre el Amor en nuestras vidas, Él se une sin reservas a cada uno de nosotros, Él se entrega y nos rescata. En Él se nos perdonan todos los pecados, todas las lealtades y desobediencias. Hemos de estar despiertos, velar y orar. Participemos de su sacrificio, porque: “si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna” (Jn 12,24).


No solo creemos en ti, no solo creemos la verdad de tu palabra y queremos cumplirla. Queremos ser justamente como nos dices. Está en juego nuestra libertad, que es justamente vivir para siempre contigo.


La Cuaresma por tanto no consiste en repetir lo que ya sabemos, sino más bien de vivir de otra manera lo que ya sabemos, con más intensidad, con más implicación, con más autenticidad y valor. La Cuaresma es liberación porque vamos logrando ser más conforme a Dios. Es un tiempo de gracia y conversión, de búsqueda, esfuerzo y descubrimiento. Dejémonos cambiar por la acción del amor de Dios es nuestras vidas.


  1. Hacer vida


Para terminar estas reflexiones personales en abierto, qué mejor que hacerlo con un poema de J. L. Martín Descalzo, sacerdote, poeta, escritor y periodista, que nos regala este poema, que es también oración, y por tanto, una oración llena de temblor y belleza. Tal vez si hacemos nuestro este modo de relacionarnos con el señor, podamos llegar a vivir así en modo cuaresmal, en presencia del Señor. Que así sea.


NADIE NI NADA


Nadie estuvo más solo que tus manos

perdidas entre el hierro y la madera;

mas cuando el pan se convirtió en hoguera

nadie estuvo más lleno que tus manos.

 

Nadie estuvo más muerto que tus manos

cuando, llorando, las besó María;

mas cuando el vino ensangrentado ardía

nadie estuvo más vivo que tus manos.

 

Nadie estuvo más ciego que mis ojos

cuando creí mi corazón perdido

en un ancho desierto sin hermanos.

 

Nadie estaba más ciego que mis ojos.

Grité, Señor, porque te habías ido.

Y Tú estabas latiendo entre mis manos.


José Luis Martín Descalzo