Mostrando entradas con la etiqueta Reconocer. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Reconocer. Mostrar todas las entradas

sábado, 14 de marzo de 2026

En un abrir los ojos

EN UN ABRIR LOS OJOS


Un privilegio extraordinario, una maravilla enorme, la capacidad de poder ver. Aquellas personas privadas del sentido de la vista aprenden a vivir con esa limitación y afinan la percepción con otros sentidos. Pero los que sí disponemos de la capacidad de ver, deberíamos mirar y admirar esta realidad luminosa que se nos ofrece a través de los ojos. Aunque ciertamente da pena que cada vez vayamos reduciendo el uso de tales órganos para solo contemplar ese mundillo virtual que las pantallas nos ofrecen. ¿No será mejor alzar los ojos de la pantalla para atender a las personas, a los parajes, al cielo, al arbolado que se desvive en esta primavera? ¿Qué hemos hecho con nuestra sana curiosidad y dónde se nos ha quedado la sensibilidad?

Al igual que los salmistas se refieren a las efigies de los dioses, que tienen ojos pero no ven, tienen oídos pero no oyen, tal vez a nosotros también nos esté pasando algo parecido, pues cada vez vemos menos por estos ojazos que tenemos, y cada vez escuchamos menos y peor con estas orejas enganchadas permanentemente a unos potente auriculares que nos ensordecen voluntariamente. Y sí, admitámoslo: este tipo de sorderas y cegueras elegidas, que nos impiden apreciar la realidad tal cual es, no proceden sino de un uso torpe de nuestra libertad, una libertad no liberada, que no se atreve a vivir conscientemente como seres humanos, porque preferimos renunciar a ella.

Esas cegueras y sorderas son precisamente las que Jesucristo puede liberar, puesto que está siempre dispuesto a ello si nosotros así lo deseamos, aunque a menudo son también estas las que motivan que no reconozcamos a Aquel que viene a encontrarse con nosotros y nos alejemos. Ese camino de encuentro con Él es la Cuaresma, el tiempo para lograr quitarnos de tanto lastre que nos hemos ido echando a las espaldas. Pero Él, a través de su palabra nos facilita el medio en que podemos abrir los ojos y reconocer al Dios que nos invita a su amor. Cristo sí que nos quiere ver a nosotros. Aunque estemos lejos o ciegos o sordos o perdidos o escondidos, nos ve bien cercanos, no nos rechaza ni se escandaliza, sino que nos acepta incondicionalmente.

Es por eso que a este cuarto domingo de Cuaresma se le denomina "Laetare". Hemos de alegrarnos porque la Cuaresma no es un itinerario tortuoso a evitar, sino una vía de descubrimiento y liberación que nos propone la Iglesia para reconocer y amar a Jesús, nuestro Salvador. Es un tiempo para abrir los ojos a la gran verdad de lo que somos y podemos ser. Si vamos avanzando en la transformación cuaresmal, en esa limpieza requerida para apreciar el don de Dios, podremos efectivamente sentir el júbilo de ir realizando un buen trabajo cuaresmal, un crecimiento interior.

Cuando Samuel va a la casa de Jesé siguiendo las mociones del Espíritu, en el hijo más pequeño. que ni siquiera constaba, el último de todos ellos, justo en ese el profeta identifica al que el Señor sabe ver, no como miramos los hombres, por la mera apariencia exterior, por una primera impresión superficial, sino como nos ve Él, por nuestra capacidad de amar y hacer el bien. Dejémonos también nosotros mirar así, como miran los que aman, sin miedo ni vergüenza, con aprecio, y aprendamos a abrir los ojos, los ojos del espíritu, para mirar como Dios nos mira. David, el más joven, es el que es elegido para protagonizar esa aventura de libertad y amistad con Dios.

Que al igual que Jesús abre los ojos al cielo de nacimiento en el evangelio de hoy, dejémonos abrir también nosotros los ojos por Él. Dejaremos atrás el mundo feroz de la oscuridad para empezar a ser hijos de la luz, hacedores de bien y verdad, artífices y servidores alegres del Reino. Frente a la necedad intransigente de los fariseos, que ni siquiera se alegran por el bien recibido de la vista en el ciego, pues se oponen a Jesús, que sana y salva a los hombres porque lo hace incluso en sábado. Resulta que son ellos los auténticos ciegos para distinguir las acciones de Dios, la luz del mundo presente y actuante. Sin embargo, el ciego no sólo recupera la vista, también, además, se le abren los ojos de la fe para contemplar al Hijo del hombre delante de sí. Ve y se deja ver por el Mesías.

Pues si nosotros vamos abriendo los ojos como nos pide la transformación cuaresmal, también podremos situarnos junto a Él, acompañarle hasta Jerusalén; ver y vivir intensamente estos días que se acercan de la pasión, muerte y resurrección del Señor. Veremos de una manera radicalmente nueva a toda criatura, de forma semejante a como la ve el mismo Resucitado. Somos su pueblo, el nacido de la pascua, y ya no podemos ver un mundo abocado a la disputa permanente, a la polarización, al conflicto fratricida y al absurdo, sino que vemos con esos ojos en que siempre triunfarán la misericordia y el amor de nuestro Padre.

sábado, 13 de diciembre de 2025

Lo nunca visto

 LO NUNCA VISTO


No sé, tal vez pecamos de exceso de realismo. Está muy bien eso de ser fiel a la realidad, sin filtros, sin engaños, tal y como es, es decir, llamar al pan pan y al vino vino. Cuando uno se limita a los hechos sin demasiadas interpretaciones, luego no se lleva chascos ni decepciones. Pero el ser humano no puede ser absolutamente objetivo, sino que uno construye su mundo y tiene a sobredimensionar o al contrario, a minusvalorar aspectos fundamentales que solemos pasar por alto. Aún así hay que ir aprendiendo a ver sin tanto juicio y sin tanto prejuicio, simplemente a dejar que la vista se pose en cuando de maravilloso hay por doquier.

No resulta tampoco demasiado infrecuente oír eso de que uno lo tiene ya todo muy visto, que nada llama la atención ni sorprende, como si hubiésemos vivido ya tanto que lo que tenemos delante nos hastía. De ser cierta esta afirmación, no sé muy bien entonces por qué andamos absolutamente subyugados al poder hipnótico de las pantallas. ¿No lo teníamos todo tan visto? Pues parece que queremos ver más y más de lo mismo hasta llegar acaso al hartazgo. Hoy casi ya no levantamos la vista para ver el horizonte, el cielo, las flores o el rostro del otro.  

Puede que en realidad lo que nos pasa es que no sabemos mirar. El problema puede que no esté tanto en que la realidad manida se repita con una monotonía reiterativa, como que lo que resulta completamente desmotivador sea nuestra manera de mirar. En ese caso, somos nosotros los que no sabemos ver ni descubrir la asombrosa novedad de aquello que tenemos delante. Así pues, habría al menos dos tipos de ceguera: una causada por diversos problemas oftalmológicos, y otra porque nuestro estar en el mundo se colapsó de pesadumbre. No parecería desacertado aquello de que no hay peor ciego que el que no quiere ver.

Sabemos que Jesucristo atendió tanto a la primera como al segundo tipo de ceguera. Hoy fundamentalmente a la primera de dedican los admirables médicos; pero de la segunda, sí que podemos ocuparnos en este blog, de la ceguera por renuncia.

El Adviento es el tiempo litúrgico de incrementar la luz, si es que queremos salir de las tinieblas. Es un tiempo de espera esperanzada que aguarda con ilusión la llegada del Salvador. No tanto un tiempo de neones como de velas en la intimidad, más de escucha creyente que de grandes almacenes repletos y corazón vacío. Y es un tiempo de revisión para percibir por los ojos aquello que no vemos.

A este tercer domingo de Adviento se le denomina tradicionalmente como domingo Gaudete (Alégrate). No una alegría impostada, sino una alegría sencilla, porque ya está tan cerca el que ha de venir, que el corazón lo nota y el rostro lo refleja. Pero para descubrir ese manantial de alegría hemos de superar esa cortedad de vista que nos termina por sumir en el aburrimiento y en el desánimo. Si aprendemos a reconocer al Dios que viene y llega a hacerse hombre, entonces seremos capaces de contemplar el misterio de la la gloria del Señor.

Todo nuevo, renovado, distinto, resplandeciente. Es Él el Señor, que viene a salvarnos y por ello se abren los ojos de los ciegos, los oídos de los sordos, y hasta el cojo es capaz de saltar como Un ciervo. ¿No lo ves? ¿Todavía no lo ves? ¿Es que no te das cuenta de que hay una nueva realidad que percibir y una nueva manera de percibirla?

El Bautista, preso y encadenado en la cárcel, no sé si le flojea el ánimo para mantener esa manera tan suya de ver con los ojos despiertos de la profecía, o será sólo que prefiere que sus discípulos vean por si mismos esa realidad que Jesucristo inaugura. El caso es que les manda ir a cerciorarse, a comprobar con sus ojos al que hace ver a los ciegos, escuchar a los sordos, andar a los cojos, a los leprosos, convertirse a los publicanos. Al que da cumplimiento a las Escrituras, el Mesías esperado. La realidad espiritual del Reino irrumpe con fuerza y es imparable. Lo nunca visto: a Dios hecho hombre rehumanizándonos con la fuerza de la ternura de Dios ya está operante y no tiene vuelta atrás.

Habrá quien quiera seguir sin ver lo nunca visto, el que quiera quedarse al margen de esta luz imparable de la auténtica Navidad, el que prefiera quedarse en el calabozo que no permite ver del todo, sólo de oídas lo nunca visto o el que mire las luces artificiales de una Navidad artificiosa. Pero a los que queremos empezar a ver de veras, Jesús nos responde ¿Qué salisteis a ver? Si reconocemos al Bautista como el predecesor, podremos contemplar al que él anunciaba: el Cristo, el Señor, el Dios humanado. Él nos capacita para ver y valorarlo todo de un modo nunca visto.

Si ves una luz nueva, una estrella nueva que apunta a lo desconocido, distínguela, reconócela y síguela. Algo en lo más profundo de ti te dirá que estas en lo cierto, en el camino que lleva a Belén, a contemplar y adorar a ese pequeñín entre pañales. Ahí está presente lo nunca visto.

sábado, 23 de noviembre de 2024

Al revés

AL REVÉS


Tantas y tantas veces parece que estamos cortados por el mismo patrón, es decir, lo vemos todo muy condicionados por lo que nos han dicho o hemos creído que era de un determinado modo, eliminando toda posibilidad a cualquier otra manera de entender y explicar la realidad. Nos obcecamos en una reducidísima forma de contemplar cualquier cuestión, y terminamos incluso por aferrarnos desesperadamente a lo que ya sabemos y no nos permitimos abrirnos a otras diferentes maneras de entender, sentir y pensar. ¿Dónde queda la duda o el propio autocuestionamiento? ¿Dónde queda la libertad en definitiva? Que todo sea como uno se ha forjado ya la idea de antemano; y mucho cuidado con el que ose suscitar un modo de entenderlo distinto al mío. A ver si desde pequeñitos nos hemos ido convirtiendo en unos cabezones de tomo y lomo o en unos pequeños (o grandes) intolerantes.

Dicen que de sabios es reconocer los propios errores. No sé si será de sabios, pero al menos parece una manera razonable de permitirse seguir aprendiendo, y además, muestra la humildad al admitir que la ignorancia es aún mucho más grande que el conocimiento alcanzado. "Solo sé que no sé nada" que proclamaba Sócrates, hombre al que le reconocemos tanto su talla humana como sus ganas de conocer de modo radical la escurridiza verdad. Tan solo el que reconoce la cortedad de su saber, se hace capaz de alcanzar conocimientos sorprendentes e inesperados.

Pues tal vez las cosas no son exactamente como conocemos, como nos hemos figurado, como nos han contado o simplemente como nos gustarían que fuesen. Pero así es, y puede resultarnos verdaderamente desconcertarte, aunque muy sano reconocerlo y admitirlo. La realidad siempre lleva razón y termina por imponerse. ¿Aún no te has percatado de ello?

Qué bueno resulta poder aprender del evangelio. Hoy concluye ya este año litúrgico, con esta fiesta de Jesucristo, Rey del universo, para dar paso al tiempo de Adviento. Nos coloca ante el final de la vida de Jesús, que compadece ante Pilato. Frente a frente, el que ostenta el poder de la Roma imperial y el que es entregado como reo por haber afrontado sin tergiversación lo que es el ser humano y lo que debería ser a la luz del amor de Dios. Nuestra verdad, frente a la verdad interesada y parcial de aquellos que sirven a otros señores terrenales, pero no al Señor que hizo el cielo y la tierra y cuanto contienen.

Sabemos bien que a lo largo de la historia, y en la actualidad no nos quedamos atrás, los poderosos han hecho lo posible para distinguirse del resto de los mortales, en el oropel y en el fasto, así como en la más descarada y vergonzosa opulencia. Se sirven de ellos, pero no les sirven. Con Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, es al revés, todo lo pone al revés (los últimos serán los primeros) y el reo es el verdadero rey, el vencedor de lo que tan solo Él ha sido capaz de vencer: el mal y la muerte.

Insuperable escena en que ambos, Pilato y Jesucristo, son protagonistas que comparten la misma condición humana, el mismo tiempo y el mismo espacio (el pretorio); que se miran y conversan, aunque no como iguales. Sin embargo, hay una inmensa distancia, el que tiene el poder terrenal, incluso sobre la vida y la muerte, es incapaz de salvar al inocente, casi ni se molesta, el vale con guardar las apariencias. Pilato cree que sabe, se tiene por audaz, pero no está dispuesto a abrirse a un conocimiento profundo. Solo es un político, sujeto a fines prácticos, los suyos. El supuestamente todopoderoso Pilato, por carecer, carece hasta de la más mínima moral a la que ajustarse; actúa como un dios sin serlo y es incapaz de reconocer al que tiene delante de sí. Está obligado a complacer a los que pueden desestabilizar su posición privilegiada. Y nunca va a asumir ese riesgo.

Por otra parte, el que compadece ante Pilato, desposeído de todo poder y dignidad, el que va a ser juzgado sin misericordia y condenado sin piedad, es el que ha venido a juzgar y perdonar al género humano. El que muere entregando su vida, es el rey humilde y auténtico que salva a su pueblo venciendo en la cruz al pecado, al individualismo de tantos Pilatos que solo miran por su propia conveniencia, y también a la muerte, para darnos vida con su Resurrección. "Tú lo has dicho, soy rey. Para esto he nacido y para esto he venido al mundo", sí para enseñarnos a ver todo al revés, no al modo usual de los hombres, sino en su verdad más luminosa y transcendente.

Ecce Homo. He aquí el hombre, y el Dios hecho hombre, y único al rey vencedor, el alfa y la omega, el  Señor del universo, el camino, la verdad y la Vida. En su Reino todos somos igualmente dignos, hijos de Dios y hermanos. Es el Reino definitivo y restaurado por Dios. El mundo al revés e inconcebible, pero paradójicamente cierto, pues no hay otra forma de ejercer el poder que sirviendo. Ojalá nosotros sí veamos lo que Pilato no supo ni sospechar ni reconocer ni admitir: la realeza rotunda de Jesús. 

sábado, 26 de octubre de 2024

Vivir para ver

 VIVIR PARA VER


La costumbre es sin duda positiva, porque nos da la sensación de aparente seguridad y control, y por ello, los temores no logran que perdemos la calma. La costumbre no debería facilitar ni que la ansiedad ni el estrés nos dominen. Pero, tal vez, como ya nos advertían los sabios griegos, todo en su justa medida, porque un exceso de costumbre, donde nos vamos dejando amodorrar por un "día de la marmota" interminable, puede terminar resultando verdaderamente nocivo y anestesiante. Sin duda, el exceso de monotonía cansa y termina por alienarnos.

Los que tenemos la gran fortuna de gozar del sentido de la vista, aunque precisemos el uso de lentes correctoras, nos terminamos acostumbrando tanto a ver, que no caemos en la cuenta de lo maravilloso que nos resulta poder disfrutar del sentido de la vista. Sin embargo, aún disponiendo de la posibilidad de ver, no queremos ver. En este sentido, contamos con el conocido dicho de que "no hay peor ciego que el que no quiere ver". Porque a cualquier persona privada del sentido de la vista que se le preguntase si quiere ver, no dudaría en dar de inmediato una respuesta afirmativa.

En la primera lectura de este domingo XXX de tiempo ordinario (ciclo b) nos encontramos con el profeta Jeremías. Y es que el profeta es precisamente el que ve y habla de lo que ve. El profeta ve aquello que no es evidente, aquello que está como en el famoso ángulo muerto de nuestra precipitada observación, y se nos pasa por alto.

Necesitamos profetas, seres dotados de ese superpoder de visión, esa vista sagaz, crítica y utópica que atisba caminos novedosos por los que deberíamos transitar para poder construir un mundo más humano y conforme a la voluntad de Dios. Por eso el Señor, presto a auxiliar a su pueblo, nos los suscita. Los profetas son testigos de Dios, que se preocupa por nuestro bienestar, por nuestro buen hacer, por nuestra salvación. Ellos anuncian un mundo nuevo, posible y deseable, pero nosotros con una ceguera pertinaz insistimos también en desoírlos, y si hiciese falta acallarlos. La propuesta de Dios para los hombres no suele ser bien recibida, más bien al contrario, nos incomoda, porque ni la queremos ver, ni escuchar, ni en definitiva vivir.

Una y otra vez Dios insiste en facilitarnos las cosas, ayudarnos a llevar una vida digna y feliz para todos. Cree en nosotros, nos da una nueva oportunidad para que construyamos en libertad esa sociedad justa y fraterna. Pero al mismo tiempo nosotros los hombres nos empeñamos en que no sea así. Pero Él sigue insistiendo, no, no desiste, tal vez sea porque es nuestro Padre, todo misericordia.

En la carta a los Hebreos vemos que además de elegir incansablemente a sucesivos profetas, también nos ha enviado a su Hijo. Jesús es el mesías, el mediador definitivo, nuestro Salvador. Dios no podía estar más grande con nosotros, y por eso estamos alegres (salmo 125). Aquel que necesitábamos se ha encarnado, muerto y resucitado, y vivo para siempre, no deja de abrirnos nuestros ojos y oídos para que veamos el amor del Dios, que nos ofrece el camino de la vida. Sí, vivir para ver, pero también podríamos decir que precisamos ver para vivir.

Debe de haber muchos tipos de cegueras: la del que no quiere ver, la del que se refugia en la mentira, la del que actúa de noche para no ser visto, la del que no se atreve a ver, la del que no es capaz de ver más allá de sus narices, de sus intereses y de su egoísmo. A la luz de Cristo, de su palabra, cada uno hoy puede ponerse a dilucidar su propia ceguera. Pero sobre todo, hoy es la ocasión propicia para pedirle a Cristo, que pasa a nuestro lado, que como el ciego Bartimeo, nos devuelva la vista. Que podamos ver con los ojos de un niño, que quiere conocer y que se admira constantemente con el mismo candor primero en la mirada, esa mirada confiada del con la que el niño reconoce el amor comprometido de su madre. Ver a la manera en que Cristo nos mira, sin juzgarnos, con ternura y amor restaurador.

Pidámosle a Jesús que tenga misericordia y nos devuelva una mirada nítida para ver la verdad y ser capaces de amarla. No nos cansemos tampoco nosotros de solicitarse esa merced: que tenga piedad de nosotros y nos permita ver con amor las cosas de Dios y de los hombres. La mirada de Dios se caracteriza por verlo todo con amor. Que nos enseñe a mirar así, de veras, con el corazón, y a seguirle agradecidos y comprometidos. Miremos más y mejor, y amemos igualmente más y mejor. Que nuestra fe nos salve y salve, como a Bartimeo, y nos capacite para mirar con misericordia y compasión a cuantos pasan junto a nosotros en el camino de la Vida. Pero ojo, a ver si nos va a dar al mismo tiempo que recuperamos la capacidad de ver, ojos y boca de profeta para que proclamemos que este es tiempo de conversión y salvación para todos.

¿Y tú qué le quieres pedir? Deja ya de estar postrado al borde del camino, salta, deja el manto y ves tras el Señor. 

sábado, 20 de abril de 2024

No caer en el engaño

 NO CAER EN EL ENGAÑO


Ninguno de nosotros somos nuevos en esto del vivir, ni nos acabamos de caer hace poco del guindo, mas no parece que terminemos de aprender ni espabilar nunca del todo, y por ello, somos presa fácil para los embaucadores. Los empeñados en salirse con la suya a toda costa, taimados y arteros, terminan por volver a camelarnos todas las veces que quieran. Una y otra vez, por más información y experiencia que tengamos, volvemos a equivocarnos, a no elegir la mejor de las opciones disponibles, a errar y meter la pata. ¿Qué nos pasa? ¿Cómo es posible?

Es cierto que si solo tenemos en cuenta la probabilidad, las posibilidades de equivocarnos son muchas, mientras que las de acertar es tan solo una. Pero aún así, es como si no llegáramos a desarrollar un sexto sentido necesario para dar con la verdad, y seguimos prefiriendo pseudoverdades, meras apariencias, trampantojos y decorados, antes de la verdad monda y lironda.

Tal vez habría que diseñar una serie de estrategias para no seguir cayendo tan a la ligera en el engaño. Hoy en día, en la sociedad de la sobreinformación y de los "influencers" de turno, de las "fakes" de toda condición, se nos hace aún más imperiosa la necesidad de andarnos con extrema cautela. Aquel "ten cuidado" que nos decían nuestras madres y abuelas, se nos ha quedado pequeño, ahora habría más bien que decir "estate bien alerta" y de lo que te digan, no te creas ni la mitad. Ten cautela. Piensa y decide por ti mismo en lugar de dejarte llevar por lo que digan las mayorías, por muy aplastantes que estas puedan ser.

El primer fallo que podemos cometer a la hora de vislumbrar lo cierto, sin duda es bajar la guardia, creernos tan listos, tan seguros de nuestra capacidad para distinguir entre lo bueno y lo malo, lo cierto y lo falso, que sobrevaloramos en mucho nuestras propias capacidades. Hay que hilar muy fino para acertar, y además tener talento para descubrir la aguja de lo verdadero en el pajar o lodazal de los engaños.

El segundo error metodológico que podemos cometer es ni siquiera poner en duda la información que nos llega, conceder a todas el mismo marchamo de autenticidad. Craso error, pues hasta a las agencias de información y a los periódicos, que deberían contrastar la información que publican, también le han dado más de una ves gato por liebre. Ya no digamos a los políticos, que controlan muchísimo tanto lo que dicen como lo que callan, y por tanto pecan bastante de ladinos, a ellos también. creyeron ciertas diferentes informaciones que después se demostró que no había por dónde cogerlas. De caer en el engaño no se libra nadie, es mal extendido, y por ello, consuelo de tontos felices.

Y es que el saber delimitar con exactitud milimétrica en cada caso en dónde trazar el límite exacto entre la confianza y el escepticismo, es tarea que requiere la pericia del más experto de los cirujanos, y aún con esas, que en ese preciso momento tenga el pulso firme, cuente con la luminosidad más favorable, y se halle presente el mismo Sócrates como gran consejero de discernimiento mayéutico.

Un tercer factor que podría explicar nuestra obcecada propensión al yerro, podría consistir en que nos preocupa más bien poco eso de perseguir la verdad. Sabemos que esta suele ser escurridiza, y que es meterse en camisas de once varas eso de buscarle tres pies al gato. Que lo busquen otros más esforzados, pues lo mío es más bien quedarme cómodamente instalado es esas verdades a medias,   

Seguramente tendríamos que seguir examinando los posibles errores de apreciación más frecuentes que solemos cometer, pero excede con creces nuestras posibilidades, y por ello, antes de terminar cayendo también en el engaño, será prudente dejarlo en este punto. Sobre todo recordando que los decidores de verdades, verdades molestas, no se han caracterizado por tener un final feliz. Pensemos en el citado filósofo o en cualquiera de los profetas de antaño, o de tiempos más recientes. Pudiera ser entonces que además de errores involuntarios cometidos al tratar de acertar a apreciar la verdad, lo que puede estar ocurriendo realmente es que la verdad nos desagrada y hasta nos enfurece conocerla.

"La piedra que desecharon los arquitectos es ahora en la piedra angular", es decir, hartos de levantar soberbios edificios, pasaron por alto lo fundamental, esa pieza que mantiene en pie todo el arco. ¡Craso error! Pues lo que sucedió ayer sigue sucediendo ahora, como implacable ley de la naturaleza humana. Sí, sabemos mucho y de mucho, pero aprendemos poco para distinguir lo importante sin caer en el engaño. Cuántas veces llegamos a ser algo burdos para no perdernos en la hojarasca, en el oropel y el mero adorno, sin llegar a percibir lo valioso, que queda intacto, aunque lo tengamos delante.

¿Qué sentidos habremos de activar para reconocer al Resucitado que está bien vivo y presente en nuestras vida? ¿Es que solo unos, a los que tachamos muy a la ligera de ingenuos, son capaces de descubrir esa vida sobrenatural que anima y fundamenta la natural? ¿Seguiremos desechando esta piedra angular también nosotros? ¿Podemos permitirnos de nuevo rechazar al Buen Pastor? Porque algunos desempeñan el papel o el oficio, pero cuando viene la hora de la verdad, con solo verle las orejas al lobo de lejos, abandonan de inmediato al rebaño, pero el que es de verdad se queda, se enfrenta y da la vida si hace falta. ¿Acaso no ha dado Jesucristo la vida por nosotros? ¿Acaso no se ha enfrentado a una muerte ignominiosa para salvarnos? ¿Acaso necesitamos prueba alguna más para reconocer su autenticidad? Jesús es quien dice ser, en Él no hay engaño.

Si eres de Cristo, si crees en Él, si escuchas su voz y le sigues, si te alimentas de su cuerpo y de su sangre, eres hijo de Dios, porque te permaneces en Él y Él en ti. Ten muy cierto que esto no es caer ni en el engaño ni en el desengaño, tampoco es caer, sino más bien crecer, porque empieza a desarrollarse en ti esa vida divina que va desplegando la semejanza con el Hijo, el Resucitado, el Salvador. Espabila, agudiza tu capacidad para rastrear la única vedad que llena y pacifica tu vida, o sigue dando tumbos por ahí sin saber nunca de cierto en que farsa andas sumido. Pero cuando te hayas encontrado con la Verdad, lo sabrás; ahí no hay engaño que valga.  

   





sábado, 24 de diciembre de 2022

No tan solo apariencias

 NO TAN SOLO APARIENCIAS


Con qué frecuencia decimos u oímos que si sí, que si no; que si verdadero, que si falso; que ni fú ni fa; que ni blanco ni negro, ni verde ni marrón, sino todo lo contrario; que si eso lo será para ti, que porque tú lo digas; y hasta que todo vale, porque en realidad hemos terminando devaluando aquello que cae en nuestras manos y termina valiendo poco o nada. Por tanto, si todo acaba siendo solo producto de consumo, sin que nos percatemos, terminan dándonos el cambiazo y nos presentan un estupendísimo sucedáneo de la Navidad, con abundancia de adornos, luces y regalos, pero tan solo un espejismo de  la auténtica fiesta religiosa.

Quizás vivimos en tiempos de demasiada aceleración y de mucha confusión, y hasta podríamos decir que de ocultación y de ofuscación. Resulta que no es fácil aclararse en esta maraña de significados alternativos y divergentes tan en boga. Por lo que es lógico llegar a plantearse: ¿Y yo dónde me sitúo en todo esto de la Navidad? ¿Qué es para mí? ¿Cómo he de vivirla?

Ciertamente no es sencillo orientarse entre tanta confusión. Precisamos esa estrella fugaz que nos vaya orientando desde el oropel de los palacios a la desnudez insólita de portal. Pues no era previsible que algún momento fuera a ocurrir algo tan imprevisible como que Dios nos nazca. Entonces todo ese decorado prefabricado, aparece como una inmensa farsa aburridísima que funciona con tremenda eficacia para que no nos enteremos de nada y sigamos atrapados por las innumerables distracciones. Tal vez muchos prefieran seguir en el engaño que descubrir la realidad y asumirla. Para ellos la Navidad es solo un cambio temporal de decorado, pero sin sentido alguno.

Hoy, sin embargo, en el comienzo del Evangelio de San Juan se nos afirma sin medias tintas lo impensable, con lo que no contábamos, que realmente acontece: Dios se hace hombre y asume nuestra humilde condición iluminándola, esclareciéndola y dignificándola. Y entonces, de igual manera que no quisieron aceptar en su día esa misteriosa y admirable verdad de la irrupción de Dios en la tierra, tampoco ahora, pasados los siglos, seguimos sin concederle ni la mínima credibilidad a este hecho que ha transformado nuestra historia y nuestras historias, tachándolo de locura, insensatez o pura leyenda inverosimil.

En este mundo de miras exclusivamente pragmáticas, cómo vamos a aceptar por buena semejante noticia: que viene  el Dios todopoderoso a asumir nuestra carne, que Dios se nos hace pequeño, frágil, mortal y vulnerable. ¿Puede ser Dios así? ¿Nos puede cabernos a nosotros esta buena nueva insólita en la mollera? ¿Y acaso nos puede caber en el corazón? Evidentemente no, y sin mucho cabilar, nos apresuramos a seguir cabilando en nuestras sensatos asuntos, sí, esos que salen por las pantallas a todas horas.

Pero también hay algunos pocos que no se dejan llevar solo por las apariencias, y que en esa luz especialísima que brillaba la noche eterna en que nació el Salvador, descubren una bellísima verdad tal vez solo reservada a los sencillos, a los que permanecen en velan y son capaces de escuchar en el silencio del firmamento estrellado los cantos de los ángeles que anuncian la gloria de Dios, la encarnación del Enmanuel.

Cada uno de nosotros puede ser de los que se quedan con las apariencias, que por las razones que sean se ven sometidos a su imperio, o por el contrario, de los que se dejan sorprender por lo inaudito: ese Dios apasionado por los hombres, capaz de, contra todo pronóstico, asume nuestra pequeñez y nuestra grandeza.

Si decides ser de los que sí acogen esa luz que brilla en las tinieblas, podrás llegar a descubrir, admirar, emocionarte y adorar a ese Niño Dios que nace sin alaracas, en lo discreto; que toma por trono un humilde pesebre de un establo, en una remota aldea llamada Belén. Ese Dios no es según este mundo, aquí no tiene sitio un Dios que viene en pobreza y sin suntuosidades, un Dios que no se impone por la fuerza, el poder o el engaño, sino que se ofrece en la fragilidad del amor.

Si experimentas al Dios que verdaderamente nace entre nosotros, todo cambiará, porque reconocerás al que realmente es el camino, la verdad y la vida. Ya no te podrán convencer para que te quedes solo con las apariencias, has descubierto al Rey que te descubre quién eres y todo por lo que merece vivir y amar.

Es tiempo de Navidad, de encuentro, de cercanía y reconocimiento entre Dios y los hombres, entre los hombres y Dios, no solo en la ternura de María que acoge el temblor del Niño Dios, de la mirada atenta y agradecida de San José o de la sencilla alegría compartida de los pastores, también entre nosotros, para que el nacimiento vuelva a acontecer y sepamos de nuevo sentirnos verdadera familia reunida en torno al portal. 

DIOS HA NACIDO,

ES NUESTRA VERDAD,

       ES NAVIDAD EN TODA LA TIERRA