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sábado, 24 de diciembre de 2022

No tan solo apariencias

 NO TAN SOLO APARIENCIAS


Con qué frecuencia decimos u oímos que si sí, que si no; que si verdadero, que si falso; que ni fú ni fa; que ni blanco ni negro, ni verde ni marrón, sino todo lo contrario; que si eso lo será para ti, que porque tú lo digas; y hasta que todo vale, porque en realidad hemos terminando devaluando aquello que cae en nuestras manos y termina valiendo poco o nada. Por tanto, si todo acaba siendo solo producto de consumo, sin que nos percatemos, terminan dándonos el cambiazo y nos presentan un estupendísimo sucedáneo de la Navidad, con abundancia de adornos, luces y regalos, pero tan solo un espejismo de  la auténtica fiesta religiosa.

Quizás vivimos en tiempos de demasiada aceleración y de mucha confusión, y hasta podríamos decir que de ocultación y de ofuscación. Resulta que no es fácil aclararse en esta maraña de significados alternativos y divergentes tan en boga. Por lo que es lógico llegar a plantearse: ¿Y yo dónde me sitúo en todo esto de la Navidad? ¿Qué es para mí? ¿Cómo he de vivirla?

Ciertamente no es sencillo orientarse entre tanta confusión. Precisamos esa estrella fugaz que nos vaya orientando desde el oropel de los palacios a la desnudez insólita de portal. Pues no era previsible que algún momento fuera a ocurrir algo tan imprevisible como que Dios nos nazca. Entonces todo ese decorado prefabricado, aparece como una inmensa farsa aburridísima que funciona con tremenda eficacia para que no nos enteremos de nada y sigamos atrapados por las innumerables distracciones. Tal vez muchos prefieran seguir en el engaño que descubrir la realidad y asumirla. Para ellos la Navidad es solo un cambio temporal de decorado, pero sin sentido alguno.

Hoy, sin embargo, en el comienzo del Evangelio de San Juan se nos afirma sin medias tintas lo impensable, con lo que no contábamos, que realmente acontece: Dios se hace hombre y asume nuestra humilde condición iluminándola, esclareciéndola y dignificándola. Y entonces, de igual manera que no quisieron aceptar en su día esa misteriosa y admirable verdad de la irrupción de Dios en la tierra, tampoco ahora, pasados los siglos, seguimos sin concederle ni la mínima credibilidad a este hecho que ha transformado nuestra historia y nuestras historias, tachándolo de locura, insensatez o pura leyenda inverosimil.

En este mundo de miras exclusivamente pragmáticas, cómo vamos a aceptar por buena semejante noticia: que viene  el Dios todopoderoso a asumir nuestra carne, que Dios se nos hace pequeño, frágil, mortal y vulnerable. ¿Puede ser Dios así? ¿Nos puede cabernos a nosotros esta buena nueva insólita en la mollera? ¿Y acaso nos puede caber en el corazón? Evidentemente no, y sin mucho cabilar, nos apresuramos a seguir cabilando en nuestras sensatos asuntos, sí, esos que salen por las pantallas a todas horas.

Pero también hay algunos pocos que no se dejan llevar solo por las apariencias, y que en esa luz especialísima que brillaba la noche eterna en que nació el Salvador, descubren una bellísima verdad tal vez solo reservada a los sencillos, a los que permanecen en velan y son capaces de escuchar en el silencio del firmamento estrellado los cantos de los ángeles que anuncian la gloria de Dios, la encarnación del Enmanuel.

Cada uno de nosotros puede ser de los que se quedan con las apariencias, que por las razones que sean se ven sometidos a su imperio, o por el contrario, de los que se dejan sorprender por lo inaudito: ese Dios apasionado por los hombres, capaz de, contra todo pronóstico, asume nuestra pequeñez y nuestra grandeza.

Si decides ser de los que sí acogen esa luz que brilla en las tinieblas, podrás llegar a descubrir, admirar, emocionarte y adorar a ese Niño Dios que nace sin alaracas, en lo discreto; que toma por trono un humilde pesebre de un establo, en una remota aldea llamada Belén. Ese Dios no es según este mundo, aquí no tiene sitio un Dios que viene en pobreza y sin suntuosidades, un Dios que no se impone por la fuerza, el poder o el engaño, sino que se ofrece en la fragilidad del amor.

Si experimentas al Dios que verdaderamente nace entre nosotros, todo cambiará, porque reconocerás al que realmente es el camino, la verdad y la vida. Ya no te podrán convencer para que te quedes solo con las apariencias, has descubierto al Rey que te descubre quién eres y todo por lo que merece vivir y amar.

Es tiempo de Navidad, de encuentro, de cercanía y reconocimiento entre Dios y los hombres, entre los hombres y Dios, no solo en la ternura de María que acoge el temblor del Niño Dios, de la mirada atenta y agradecida de San José o de la sencilla alegría compartida de los pastores, también entre nosotros, para que el nacimiento vuelva a acontecer y sepamos de nuevo sentirnos verdadera familia reunida en torno al portal. 

DIOS HA NACIDO,

ES NUESTRA VERDAD,

       ES NAVIDAD EN TODA LA TIERRA       






sábado, 3 de diciembre de 2022

El cabreo del profeta

 EL CABREO DEL PROFETA


Se acercan épocas de grandes excesos. Los occidentales, al parecer movidos por ese espíritu navideño tan bien publicitado por las grandes marcas y cadenas comerciales, nos animan a hacer verdaderos dispendios y a cebarnos a base de bien. Seguramente sea por nuestro bien, para sobrellevar mejor las frías temperaturas invernales.

La verdad es que o no sabemos, o no queremos, o nos hemos acostumbrado ya a ese tipo sobrealimentación navideña. Nos pasamos todo el año haciéndo régimen para mantener la linea, o simplemente llevando una comedida dieta saludable, pero en llegando el final de año nos apetece darnos una buena tanda de atracones.

¿Y qué va a hacer uno si no cuando se reune con la familia, los amigos, los compañero del trabajo o los que en ese momento toque? Pues eso, jugar a la lotería y zampar y bridar sin comedimiento ni mesura. No nos tocará la primera, pero el despilfarro no nos lo quita nadie, y hacemos como si nos hubiese tocado y comienza la ingestión desproporcionada de calorías. Luego ya vendrá la cuesta de enero y de febrero --y hasta de la tira de meses más. según se está poniendo la vida-- para tratar de ponerse a dieta y hacer algo de ejercicio tratar de bajar las reservas adheridas. Tranquilos, que hasta la operación bikini queda aún mucho trecho.

Sin embargo, al más grande de los nacidos de mujer, el profeta Juan el Bautista, le da por hacer todo lo contrario que a nosotros (o tal vez a nosotros lo contrario que a él). Se pone su drástica piel de camello y ¡hala!, al desierto a alimentarse de bichitos y miel silvestre. Debe ser que esa rigurosa disciplina que sigue, de soledad extrema y absinencia de toda distracción, ayuda mucho a descubrir la presencia de Dios y a entender que nuestras formas de vivir actuales no están muy en consonancia con su voluntad. Parece ser que, haciendo un poco de silencio, uno alcanza a descubrir quién es, qué ha de hacer y qué palabras debe comunicar. Primero escuchar y escucharse, para luego saber lo que merece ser dicho. Pues uno vuelve completamente transformado de esa experiencia real de Dios en el desierto y convertido además en todo un profeta.

Como profeta, Juan, el primo de Jesús, habla con fuerza, anuncia y grita bien alto que ya llega ese renuevo del tronco de Jesé, ese brote vigoroso que inaugura de una vez para siempre el Reinado de Dios, donde se podrá restaurar la confianza y la paz, la justicia y la equidad, donde todos podremos al fin convivir en un entorno fraterno y de bendición.

Aquello que propuso el profeta Isaías no tiene por qué ser mero sueño utópico sino realidad palpable y contrastada. Ahora es ese tiempo anunciado de dar cumplimiento a la propuesta de reconciliación que Dios nos ofrece con Jesús, el Salvador. Aunque, como nos indica el profeta, hay mucho que allanar para que sea esto posible, porque a primera vista este mundo no está ni preparado ni dispuesto para ACOGERLE. Es esta la clave: desinstalarnos de nuestro modo de vida acelerado y superficial, individualista y centrado en exceso en lo material y volvámonos a lo sencillo y lo humilde, a lo compartido, a lo gratuito. Sí la Navidad es todavía posible.

Esto no parece difícil, pero lo debe ser, porque por eso se nos cabrea el profeta, que siendo un hombre de Dios como es, termina perdiendo la paciencia porque, al igual que los fariseos y saduceos, solo miramos por nosotros mismos y por las apariencias, y así ni que vengan del desierto a decirnos la verdad, ni que tengamos las Escrituras que profetizan esa venida del Señor, ni siquiera que el mismo Dios se haga hombre; nosotros seguiremos a lo nuestro, empecinados en mantener una sociedad lo menos humana posible, donde no haya ni un solo resquicio para Dios en nuestras vidas. Lo verdaderamente grave sería que tampoco nosotros nos cabrearamos con lo que a poco que miremos, vemos que está pasando.

Pues recuerda, generoso lector, que por el bautismo recibido, de agua, pero también de Espíritu y fuego, también tú estás también llamado a anunciar y construir ese hermoso Reino. O acaso se te ocurre un plan mejor que hacer. Levántate, ya llega y es tiempo de empezar a dar fruto.