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sábado, 31 de enero de 2026

Lo más menudo

LO MÁS MENUDO



No gustan las cosas grandes, enormes, espectaculares. Lo que llama la atención no suele ser lo discreto, la letra pequeña, sino por el contrario es aquello que resalta por sus grandes dimensiones. Parece que las grandes ciudades compitan en elevar altísimos edificios, rascacielos, como en la antigüedad los poderosos competían por la grandeza de sus palacios y mausoleos, hoy pasto del polvo. Y es que el ego, en lugar de admitir con naturalidad la pequeñez de su alcance, prefiere fijarse en una enormidad ficticia. Si mostramos un mapa a escala de la Vía Láctea, podremos considerar lo inmensamente discreto que resulta nuestro planeta, y dentro de él, y compartiendo existencia con otros ocho mil millones de semejantes, está cada uno de nosotros. ¿De verdad que nuestra particular grandeza es tan reconocible? ¿No será más bien producto de una soberbia sobredimensionada?

A muchos también les gusta compararse con los otros: mi coche es mayor que el tuyo, mi cartera está más repleta que la tuya, el diamante de mi anillo es un verdadero pedrusco, mi casa tiene más metros que la del resto, o como este bíceps no hay otro. Y hasta se creen que con eso han alcanzado algo sumamente meritorio. Pues que se lo sigan creyendo si con ello encuentran contento, pero tal vez en la vida se trate más de amar a los demás que a uno mismo, entenderlos, cuidarlos, compartir lo que se es, que meramente de hacer alarde y presumir. Más ser para los demás y no tanto tener, acaparar, dominar y poseer.

Qué bueno descubrir que aún hay personas con la suficiente sensibilidad para no dejarse impresionar por lo desorbitado, lo suntuoso, sino por aquello que no llama la atención, que se nos pasa desapercibido, por lo que no trata de destacar: un rayito de sol, en lugar de un sol cegador; una brisa antes que un vendaval impetuoso, una pequeña flor silvestre les es preferible a un ramo de flores carísimo y exclusivo; un simple gesto sentido vale más que todo un protocolo ostentoso y hueco. Sí, aún queda gente sensible que sabe apreciar lo bueno. Por mucho que se impongan las tendencias, ellos no pierden el buen gusto. No hace falta mucho, sólo mantener un poquito de sentido y sensibilidad. Eso ayuda a percibir el gran valor de cada cosa, por ínfima que sea la consideración que recibe.

A Dios -que grande debe ser bastante más que todos nosotros-, no le importan tanto nuestras supuestas grandezas como nuestras pequeñeces. Parece ser que se pirria por lo humilde y sencillo. Tal vez sea porque sólo los humildes dejan espacio para que el otro también pueda ser, y por tanto, para que Él tenga su sitio entre ellos. De ahí que para abrirle la puerta a la fe sea necesario reconocer la pequeñez de uno y el amor grandioso de Dios por los sencillos. No es nada sencillo de conseguir si no vencemos nuestro sólido orgullo.

Justamente los humildes del mundo son los que Dios escoge para destacar la grandeza de la gracia y ser gloriado en ellos. Es este un verdadero misterio, que nos descubre mucho de este Dios apasionado por lo frágil, por los más pobres y excluidos. Jesús nos enseña a apreciar el gran valor de las pocas monedas que puede echar aquella viuda en las ofrendas del templo; era todo lo que ella tenía, no como otros, que donaban sólo parte de lo que les sobraba. Así es este Dios que se hace pequeño con los pequeños allí en Belén. Los justos son los que escogen ser tal y como al Señor le agrada, sin engaño, sin engolamiento y sin aparentar aquello que no son. La pequeñez es bella y Dios la abraza.

Pues este domingo IV de tiempo ordinario las lecturas nos recuerdan esa preferencia del Señor por "el resto de Israel", aquellos que no se dejan llevar por la atracción de las riquezas y el lujo, por la ostentación y la avaricia, sino los que se mantienen en llevar una vida sobria en fidelidad al amor de Dios. Esos que a los ojos del mundo y de la sociedad son marcados como los fracasados, pues no salen en las revistas de celebrities ni las publicaciones sobre las mayores fortunas del mundo, son los que triunfan para Aquel que juzga justamente. Unos logran el fiasco del éxito terrenal, otros, en contra de lo que cabría pensar, los abnegados, sacrificados, austeros, son los que han acertado con el triunfo eterno.

Las Bienaventuranzas nos dan con toda radicalidad el mensaje esencial del Evangelio. Jesucristo no ha venido a buscar situarse en este mundo, sino a enseñarnos el camino de la entrega sin reservas de la vida a Dios y a los hermanos. Porque solo el que entrega su vida por Él, la salvará. No hay medias tintas, no caben posturas tibias: o optas por realizar el evangelio o por construirte un zulo confortable de bienestar privado; o fijas tu felicidad en la autosatisfacción individualista o te arriesgas a ser aún humano. Que cada uno decida.

Los pobres, los mansos, los que lloran, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los que trabajan por la paz, los perseguidos, los que el mundo excluye, insulta, persigue y calumnia, todos ellos y algunos cuantos más (los que escuchan con atención, los que no mienten ni manipulan, los que abrazan, los comprensivos, los generosos, los que ayudan, los que buscan la verdad...) ya están anunciando y realizando el triunfo de Jesús, el que se abaja y humilla sin parangón. Todo aquel que se ensalza será humillado, y el que se humilla, reconoce su pequeñez, es el que será ensalzado. Es necesario pasar por la puerta estrecha, hacerse servidor, para ser tenido como digno del Reino de los cielos.

El Reino de Dios, por tanto, ya es y será para siempre, Cristo nos lo hace posible. No se trata solo de esperar a la vida futura que se nos abre tras la muerte para alcanzar el consuelo, también en esta vida terrena aquellos que el mundo humilla, las víctimas, pueden descubrirse muy amados por el Dador de Vida. San Francisco en su periodo final, muy enfermo y despreciado por los suyos, escribió el cántico a las criaturas, porque, sumamente agradecido y exultante, reconocía la omnipresencia del amor de Dios en todo lo creado. A ese estado no llegan los satisfechos y pagados de sí mismo, pero sí los menudos, los bienaventurados. Ojalá tu nombre y el mío estén en la lista de este resto que sigue al Salvador. Si es así, si somos de los bienaventurados, nuestro gozo no tendrá término.

sábado, 20 de diciembre de 2025

El Gordo

EL GORDO


Llega el gordo. Todos hemos corrido a hacernos con algún décimo y andamos por ahí pendientes de que salga el gordo y engorde de paso nuestras maltrechas economías. Es una tradición que sigue manteniéndose incluso por los que no son muy partidarios de conservar las tradiciones; y es que a mayor venta de números, mayor beneficio para las arcas comunes. Todos jugamos, unos a otros nos compartimos algún número, pero el que tiene el premio asegurado es el que inventó el sorteo: Apuestas y Loterías del Estado al menos se queda con el 30% de lo recaudado. Por tanto, que siga y siga girando el bombo y haya suerte.

Pero con el genuino sorteo de Navidad el que viene y el que toca seguro es el Niño Dios. Ese por el que celebramos estas fiestas, el que viene seguro y toca también seguro es el que parece estar ausente entre tanta algarabía con la que la sociedad se adorna en estos días. Parece un contrasentido, pero no lo es; estamos tan metidos en lo que debe ser la Navidad, que su verdadero sentido se nos queda traspapelado. El gran regalo del cielo nos toca a todos, y no el reintegro ni la pedrea, sino el gordo de lleno: nos nace el Salvador, el Dios con nosotros. ¡Como para no celebrarlo!

Nos cuenta el profeta Isaías que el rey Ajaz no quería saber ni siquiera el signo de la llegada del mesías, no le debía interesar gran cosa, bastante tenía con preocuparse de sí mismo, pero Dios sí le da ese signo que no pedía: nacerá un niño hijo de la luz de una virgen y su nombre será Emmanuel. A ese número si quieres puedes jugar, a ver si a su debido tiempo, cuando llegue el sorteo, te toca el gran premio, el más esperado.

Por ello, tanto el salmo como la segunda lectura de este cuarto domingo de Adviento, con la Navidad a la vuelta de la esquina, son indican el modo en que podemos disponernos para recoger ese gran premio gordo que nos va a caer. Tenemos la gran suerte de estar llamados a recibir esa extraordinaria recompensa por la obediencia de la fe, si reconoceremos al Rey de la Gloria que va a entrar en nuestra historia y en la historia colectiva, así se transformarán tu vida y la de los otros en historia de salvación.

En el Evangelio este domingo vemos como acoge San José primero al ángel que se le aparece en sueños, para después aceptar y cuidar a María con la certeza de que el niño que trae su esposa en su seno es Hijo de Dios y viene del Espíritu Santo. Hay que ser un ser humano extraordinario para tener esa apertura para escuchar el lenguaje de Dios, los mensajes que nos traen los ángeles. No todos somos capaces de tener esa disposición para las maravillas del Señor. Ahí está el boleto de la lotería premiado y sacarle todo el partido posible. A la grandeza y generosidad de Dios, que nos trae a su propio Hijo hecho hombre, se corresponde la grandeza y generosidad del humilde José. Entonces, cuando confluyen ambas entregas mutuas, la de Dios y la del hombre, todo es posible. La Navidad es ese tiempo de encuentro.

Ya no queda nada para el sorteo de Navidad, y poco más para que en nosotros celebremos la llegada del Hijo de María y José. Es ese recién nacido que podéis ver envuelto entre pañales y acostado en un pesebre. Es el Dios humilde que acoge nuestra misma condición y se hace mortal. Que esta Navidad seamos como José, como María, como los pastores, y acojamos con esa ilusión los proyectos de Dios para cada uno de nosotros. Será una noche auténtica y maravillosa, en la que luce Él y las estrellas, no nosotros, que quedaremos sobrecogidos ante la belleza del Todopoderoso que se nos hace frágil y pequeño.

El nacimiento de Jesucristo nos enseña que hemos de nacer nosotros a Dios, aprender a amar, amarnos y dejarnos amar. Esta Navidad es una gran oportunidad, un premio extraordinario. El gordo es seguro si nos volvemos sencillos, sin que siquiera lo pregonen los telediarios. No es cuestión de azar ni de suerte, más bien de disponibilidad. Si Dios se abaja del cielo, también nosotros nos podemos apear de nuestros hábitos e inercias, para descubrir en lo oculto lo verdadero; pero para ello habrá que marchar hasta aquella aldea insignificante llamada Belén, hasta allí si quieres te guiará la luz que brilla en lo hondo de los hombres que buscan la voluntad de Dios. Si quieres estás premiado. Nos llega el gordo del amor mayor.

EL COLEGIO SANTA MARÍA DE LA PROVIDENCIA

OS DESEA  A TODAS LAS FAMILIAS

UNA MUY FELIZ NAVIDAD

sábado, 25 de octubre de 2025

Con otra perspectiva

CON OTRA PERSPECTIVA


Que vivimos en una sociedad donde impera la imagen sobre el juicio, a nadie se le escapa. Para bien o para mal, en la actualidad esto es así. De hecho parece que nos estamos libremente autoesclavizando bajo este yugo de las pantallas en lugar abrirnos a la conquista de las ideas. Pues si dejamos que un día tras otro el foco de nuestro interés esté centrado exclusivamente en lo insustancial que a menudo nos muestran, poco a poco y sin remedio nos iremos convirtiendo más en auténticos mentecatos que en hombres y mujeres ilustrados y libres. El exceso de virtualidad, junto a la falta de análisis de la realidad, puede ser el triste diagnóstico más extendido en nuestros días.

No estaría demasiado desencaminado comparar el tiempo que pasan nuestros adolescentes o jóvenes frente a la información audiovisual, en lugar ocuparlo frente a un libro que presente ideas o pensamientos elaborados. Si ya a través de las redes nos da su versión prefabricada el influencer de turno, nos evitará tener que pensar por nosotros mismos. Pudiera parecer que esto de tratar de reflexionar de manera personal fuese una tarea inhumana, cuando, por el contrario, es una de las ocupaciones que más propiamente podemos considerar humana y humanizante.

Pero este panorama de opción por lo fácil y simplón tiene sus consecuencias. Cada vez hay menos pensamiento profundo o crítico. Amigo lector, haga usted mismo la prueba. Encienda la televisión, escuche y compruebe por si mismo. ¿Qué tipos de argumentos aducen los políticos o aquellos que suelen participar en tertulias televisivas? ¿Acaso no son ideas consabidas, generalidades ideologizantes, consignas maniqueas, sin que aparezca una mínima búsqueda de la verdad y el consenso? Antaño había programas de considerable nivel cultural del tipo de la siempre añorada "La clave", donde, a partir de una película, se iban debatiendo diferentes aspectos del tema abordado con seriedad, rigor y conocimiento de causa, desde los más diversos puntos de vista. Hoy, sin embargo, plantearse cualquier asunto con ese interés y complejidad no tiene cabida en la programación televisiva, pues sólo persigue audiencia y hacerle el caldo de cultivo a su señor.

En este sentido, no debe extrañarnos que la enseñanza está cada vez más orientada a la instrucción profesional y técnica en lugar de capacitarnos para pensar de manera libre, crítica y fundada. No cultivamos ciudadanos libres y responsables, sino meros trabajadores cualificados para las demandas tecnológicas del mercado laboral. Y lo que no satisfaga a ese fin pragmático no tiene cabida. Para pensar, lo que se dice generar pensamiento, ya tenemos a la IA que va a ser la que se dedique de manera delegada a ello, en lugar del homo sapiens. Así parece que están las cosas: que piensen las máquinas, que a nosotros nos cansa la tarea.

Con lo cual, el pensamiento no pasa de juzgar precipitadamente por meras apariencias, como si más allá de estas nos estuviese vedado mirar. Pero para aquellos que aún, y en contra del mundanal ruido y de las tendencias, se atreven a asomarse a las lecturas de este domingo XXX de tiempo ordinario, verán que son un revulsivo contra esa forma de proceder tan ligera de juicio y sensatez. En el libro del Eclesiástico o Sirácida se nos muestra que Dios, al contrario de nosotros, no hace acepción de personas, sin desentenderse de aquellos que para la sociedad cuentan poco a nada. Él escucha al humilde, al huérfano o a la viuda con predilección, pues sus súplicas le conmueven y son atendidas. Al contrario de lo que ocurre en esta sociedad de individualistas con auriculares, el sufrimiento de los descartados no le es indiferente.

En esa misma línea van el salmo 33 y el fragmento de la segunda carta del apóstol San Pablo a Timoteo, pues si Dios no nos abandona, sino que nos escucha, acompaña, consuela y socorre, entonces nosotros deberíamos también mantener nuestra confianza en Él, y con Él, escuchar, acompañar, consolar y socorrer al hermano que sufre, porque, aunque la sociedad se desentienda, los cristianos no.

Y en el evangelio de San Lucas, es el propio Jesús el que nos narra la parábola del fariseo y el publicano. Mientras el primero juzga y prejuzga peyorativamente al hermano que reza con él en el mismo templo, considerándose mejor y superior al otro, el publicano tan solo se fija en sí, en su pequeñez y fragilidad, pues se sitúa con autenticidad ante la grandeza y el misterio sobrecogedor de Dios, donde no puede haber sitio alguno para la vanidad que ostenta al fariseo.

Es benefactor, por tanto, situarnos como aprendices una y otra vez ante las enseñanzas transformadoras del evangelio. Aprendamos a no ser superficiales y vanos consumidores de imágenes virtuales y sí de más contenidos virtuosos, porque si no se nos terminará distorsionando necesariamente el ego y hasta puede llegar a desaparecer el rostro real del hermano sufriente. No viene mal tampoco, como terapia espiritual saludable, situarnos ante el amor de Dios todoabrazador, reconociendo nuestra poquedad, nuestro barro humilde, pues Él lo considera sagrado y nos trata con suma ternura y cuidado.

La tendencia y la tentación pueden ser construirse una imagen falsa de quienes somos, hasta el punto de ni siquiera llegar a reconocer nuestra máscara, tal y como el fariseo, que se veía a sí mismo perfecto y modélico en su relación con Dios y con los demás hombres, aunque a las claras dejara bastante que desear. Cuidado, por tanto, con las imágenes, porque aún pudiendo ser hermosas, pueden estar mostrándonos más que una realidad parcial y superficial de lo que hay y de lo que somos. Si quieres descender y descubrirte, adéntrate en tu desierto y será el mismo Dios el que se te revele para mostrarte entera y progresivamente tu autenticidad y tu espejismo.

sábado, 13 de septiembre de 2025

Contar con el antídoto

CONTAR CON EL ANTÍDOTO


Tal como nos advirtieron nuestros antepasados, mucho más experimentados que nosotros en tantas peripecias y en tantos asuntos vitales del noble arte del existir, muchos son los peligros que nos rondan. Por tanto, nunca está de más que seamos más prudentes y tratemos de evitarlos, o al menos andar prevenidos y llevar con nosotros el remedio eficaz para nuestros posibles males. Será por eso que también nos contaban antaño aquello de que hombre (o mujer) prevenido vale por dos. Sin embargo, a veces parece que nosotros andamos bastante desprevenidos y despreocupados por la vida, como si no nos fuera a pasar nada malo nunca.

Tan grave sería pecar de timoratos como de temerarios, es decir, no hemos de vivir ni atemorizados ni tampono no saber advertir los riesgos, lo primero porque nos impediría tomar las decisiones necesarias para avanzar, lo otro, porque al no considerar los daños y perjuicios de nuestras acciones, podemos llegar a soluciones para nada queridas, y hasta terribles, sin tienen posibilidad de retroceso. Seamos suficientemente valientes para intentar lo que queremos, pero al mismo tiempo, sensatos para evitar grandes locuras y lamentables errores.

Entre los innumerables peligros que tal vez acechan nuestro tranquilo discurrir por la vida, les habrá externos, totalmente ajenos a nuestra voluntad, contra los que algo, aunque poco, podremos hacer para que no se terminen produciendo. Pero hay otros peligros que sí provienen de nuestras malas decisiones, de nuestra mala cabeza; y en estos sí que quizás tengamos un margen mayor para evitarlos: no exponernos a ellos será el mayor remedio para no acabar sucumbiendo ante el peligro que con un mínimo de sensatez podríamos haber evitado.

Aún así, no conviene olvidar que contamos con un remedio excepcional, el mayor de los antídoto que siempre podemos llevarlo con nosotros: el auxilio del que entregó su vida en rescate de nosotros, y de nuestra tremenda y pertinaz debilidad, los seres humanos. Si hemos sucumbido ante cualquier mal, aún contamos con la misericordia inmensa del Padre, que hace lo imposible por nuestro bien. No lo desperdiciemos a la ligera.

Este domingo XXIV de tiempo ordinario coincide con una festividad de gran arraigo en nuestra tradición religiosa: la exaltación de la santa Cruz. Porque en la cruz Jesucristo dio su vida, y por su desbordante amor, unió todo su ser personal, de verdadero hombre y verdadero Dios, con nosotros. En la cruz, que era instrumento de suplicio y de castigo, la víctima logró dar muerte a la muerte y al mal, para entregarnos su vida, la vida que no acaba con esta vida finita, sino que se convierte en preámbulo de la vida eterna y verdadera, la del gozo y el consuelo eterno, la del encuentro con los que aman y son amados en la gloria.

Este antídoto es eficacísimo, ningún mal, por terrible que sea, puede mermar sus efectos. Si logramos hacer de nuestras vidas una inmersión en la vida espiritual que Jesucristo nos ha concedido, nada hemos de temer, porque la salvación y la gracia ya están operantes en nosotros. Qué lamentable error sería que pudiendo acceder a la mejor de las medicinas, esta que siendo mortales nos hace además ser inmortales, prescindiésemos de ella y corriésemos tras los falsos remedios que los voceros de turno tratan de vendernos. 

Porque es un auténtico regalo el que Dios nos hace con la entrega de su Hijo. Dios no nos abandona nunca, aunque a veces, por negligencia o falta de prudencia, nosotros si le abandonemos. En cualquier encrucijada, en cualquier aprieto, pero también cuando vienen bien dadas, confiemos en el Señor, que camina a tu lado, que no nos suelta de la mano, que nos ha facilitado la mejor de las medicinas: el amor incondicional que nos restaura. Abrámonos a la acción del Señor, en Él radica nuestra sanación y nuestra salvación. La cruz ya no es signo de final, sino de ese amor que se da sin reservas por el bien de aquellos a los que se ama. Es el amor de los amores, aprendamos de Jesús a vencernos a nosotros mismos y a todo mal, para amar más y mejor y dar también vida.

sábado, 4 de noviembre de 2023

Dar ejemplo

 DAR EJEMPLO


Un filósofo español actual, Javier Gomá Lazón, insiste con acierto, una y otra vez, en la necesidad imperiosa no solo de llevar una buena conducta en tanto que ciudadanos civilizados y educados, sino, sobre todo, en mantener una conducta ejemplar. Por tanto, aunque esté muy de moda lo soez y lo chabacano, y lo horrible circule rápidamente por las redes como la pólvora, hemos al menos de intentar cierta elegancia en los modales, en los gustos y en los intereses personales, en el buen decir, en el trato amable y cortés, huyendo de lo vulgar e infame, por mucho éxito que esto tenga, pues antes de tratar cosechar famas perecederas, deberíamos más bien esforzarnos en el cultivo de uno mismo (cultura) y tratar de sacar el mejor yo posible, en todo lugar y momento, para estar al menos estar satisfecho quien uno llega ser. Al menos como antaño se decía: tratar de causar buena impresión por la cultura, la prudencia y el respeto.

Nos consta que siempre se educó para ello, para que cada persona, en lugar de ser zafio y vulgar, fuese alguien prudente y respetuoso; que se le notase la buena educación recibida en la manera de hablar y en los buenos modales. Porque los valores que uno lleva dentro afloran en cualquier situación en que se mueve, y por ello se vuelve manifiesto. Asimismo, si uno carece de la más mínima educación, en todo lo que realice irá quedando en evidencia sus carencias. Por ello, a los educandos se les proponía el ejemplo de personas admirables que sirviesen como modelos de esfuerzo, de pasión y búsqueda del conocimiento, caritativos, honrados, que se sacrificaban por los demás, grandes pensadores, por su nobleza, santos piadosos, etc.

Es cierto que la sociedad ha cambiado mucho y lo que antes se consideraba modélico, hoy ya no suele serlo tanto, y acceden a la pódium de la fama y popularidad justamente los que tienen un comportamiento nada ejemplar en los negocios, en los deportes, en la política o en la convivencia con sus semejantes. Parece que todo vale mientras a uno mismo le beneficie, porque para el individualista, el egocéntrico y narcisista, los demás solo cuentan si le sirven a su interesado fin (culto a uno mismo). ¿Realmente una sociedad puede admirar a los que no propician ese debido bien común que revierte en toda la sociedad? Pues si esto fuese así, entonces no vamos precisamente bien como comunidad humana, puesto que la transmisión de los grandes valores está fallando tanto en casa y como en la escuela. Otros, menos apropiados, menos bienintencionados, pero más avispados se habrán ocupado entonces de asumir la tarea de transmitir la mala educación y las peores costumbres.

Sin embargo, el evangelio de hoy no deja lugar a dudas nos pide integridad "no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos no hacen lo que dicen". Ellos fingen, se desdicen, aparentan y engañan, es decir, distan mucho de ser ejemplares y modélicos. Nada, pues, de pretender destacar o pasar por encima de los demás. El evangelio, que es un modelo de conducta con plena vigencia, nos propone con absoluta radicalidad la ejemplaridad: "El primero entre vosotros será vuestro servidor", esto es, el que realmente se distingue por su grandeza es el que se hace pequeño y sencillo para engrandecer al otro. El que encuentra su felicidad en hacer felices a los demás y hacerles el bien.

Yo sé, pero es que este modelo de conducta me recuerda tanto a aquello de lo que hablábamos el miércoles pasado en este blog: la santidad. ¿No son ellos los más ejemplares? Sin duda. Pero lo mejor es que cada uno, si quiere puede ser santo, llegar a ser santo o al menos esforzarse en serlo, ir configurándose con Cristo en los sentimientos, pensamientos y acciones. ¿Acaso hay alguna manera mejor de realizar todo el bien y bondad que llevamos dentro?

Podríamos empezar justo por la sentencia con la que Jesús termina hoy su evangelio: "Todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido". El camino de la ejemplaridad no pasa por el autoengreimiento, la soberbia y el orgullo, sino por la aceptación de lo que uno es y el cariño para desde ir estableciendo en la cordialidad. En verdad somos tan poca cosa, pero estamos llamados a lo más grande: el servicio desinteresado, a la ayuda mutua, a la ejemplaridad y ¿por qué no? también a la santidad. Y eso lo ha de decidir y llevar a cabo uno mismo y nadie más.

sábado, 27 de mayo de 2023

Más vida

MÁS VIDA


La aceptación es siempre la primera forma en que uno va asumiendo lo que es y lo que se vive. Pero cuánto nos cuesta aceptar la vida tal y como es, aceptar a los demás tal y como son, aceptarnos a nosotros mismos tal y como somos, y hasta aceptar que sea Dios el que ocupe el lugar de Dios en nuestras vidas, y no nosotros, ni cualquiera de los múltiples ídolos que se nos antoje en cada momento. Por tanto, bendita aceptación que nos impide seguir renegando de todo y todos, para empezar a valorar y agradecer tanto de tantos. 

Ponerse en verdad ante uno y ante Dios, que como decía la Santa, es justamente en lo que consiste la gran virtud de la humildad, solo va a ser posible si pasamos por el saludable umbral de la aceptación. Porque solo en la humilde aceptación es posible comenzar a despojarse de lo accesorio, de todo aquello que nos impide ser y avanzar hacia lo que realmente somos: buscadores de esa agua viva recibida que sacia y hace brotar torrentes impensables en el interior. 

Precisamos desinstalarnos de tanta superficialidad que, en lugar de facilitar que nos aceptemos y nos asumamos, promueve que tendamos a juzgar y condenar lo que no encaja con nuestro modo de concebir, lo que no concuerda con nuestros propios prejuicios. No, no nos quedemos, por tanto, en una simpleza reductora que no admite que la vida y que la realidad son múltiples, diversas y plurales. Solo así podremos favorecer de manera efectiva la acción del Espíritu en nosotros, que, de modo único y profundo, nos capacita para una libertad sin engaño.

Así, si aspiramos a más vida, a más plenitud, a más libertad y a más felicidad, lo primero que habremos de hacer es aceptar sin más lo que hay, llegando incluso a maravillarse de ello, porque es en sí bueno, hermoso y amado tal cual es. Después, a ser posible, habremos de favorecer el vaciamiento de todo aquello que nos va impidiendo ser, y solo ser, esencial y radicalmente. Tampoco esto es fácil, porque para construir nuestra identidad a menudo procedemos a levantar una torre con todo aquello que percibimos como necesario, y al final, esa torre tan segura se termina convirtiendo en una muralla en la que poco a poco nos hemos encerrado sin pretenderlo, no permitiendo ni la entrada de nada ni nadie, pero tampoco la salida. Abramos las compuertas al Espíritu transformador.

Y finalmente, tras la aceptación y la apertura, ya solo nos resta dejarnos soplar por ese aliento divino que enciende el fuego que no quema, pero alienta; dejarnos hacer por la acción de Dios mediante el Espíritu que Jesucristo nos dona. Ese Espíritu suelta, libera y diversifica, a la vez que consolida la unidad fundamental entre los creyentes.

No seamos como el mundo trata de imponernos, haciendo imposible el entendimiento entre los hombres, mediante el enfrentamiento y la confrontación constantes. Entre los que se polarizan, dividen y enfrentan no mora el Espíritu. Entre los que promueven la concordia y el encuentro en la caridad, sí mora el Espíritu apacible. Para pertenecer al cuerpo místico de Cristo resucitado, y donador del Espíritu, que es la Iglesia, hay que dejarse hacer y ser guiados, soltar amarrar, dejarse conducir por Aquel que maneja con extrema pericia esta paradójica arca eclesial. 

Vemos en la foto una imagen del bosque frondoso en el que nace una senda. En el bosque hay más que madera, hay más que árboles individuales juntos en un mismo lugar; en el bosque hay mucha vida, hay un ambiente común, hay una armonía bien perceptible, hay un silencio habitado, un rumor, insectos, flores, arbustos, fuentes, piedras, aves con sus variados cantos, y otros diversos habitantes. En el bosque siempre surgen nuevos caminos. Solo hay que descubrirlos y adentrarse. Tal vez la Iglesia que promueve el Espíritu deba ser como un bosque, donde todos aportamos vida y todos tenemos nuestra misión y nuestro sitio. En el bosque reinan la calma, la inmensidad, la belleza; que sea así en la comunidad donde está Su Espíritu, que también se noten esa armonía de la vida plural, esa paz y esa belleza admirable.  

Recibamos hoy alegres el Espíritu prometido. Estamos muy necesitados de Él para afrontar los retos que el presente nos está proponiendo. Tan solo siendo fieles al Espíritu recibido podremos ser verdaderas piedras vivas, o árboles frondosos, de la nueva humanidad que estamos llamados a construir. Hemos de creer y crear desde los dones recibidos, para poder llevar a cabo la nueva evangelización que el mundo de hoy precisa. Ante el riesgo de la sociedad despersonalizada y desvinculada, el humanismo cristiano, plural y diverso, puede lograr que de nuevo todo florezca por el mismo Espíritu dador de vida.

¡MUY PROVECHOSO PENTECOSTÉS! 







sábado, 28 de enero de 2023

Un mundo al revés

 UN MUNDO AL REVÉS


Somos animales de costumbres. Una vez que nos hacemos a un hábito, nos cuesta Dios y ayuda salirnos de él. Es muy sencillo seguir haciendo las cosas como siempre se han hecho. Y a veces puede ser conveniente mantener una sabia tradición por su enorme valor, pero esto no asegura que lo que siempre se hizo de una manera siga siendo la mejor forma de reiterarla.


Lo malo ocurre cuando los esquemas mentales se nos vuelven fijos e invariables. Ese síntoma tan frecuente nos va anquilosando las mentes y el corazón, impidiendo la flexibilidad necesaria para crecer, transformarnos y transformar nuestra manera de concebir el mundo. Entonces uno se impide a sí mismo todo aprendizaje. Y si no se tiene cuidado uno se puede terminar convirtiendo en un fanático intransigente de tomo y lomo, de los que se quejan mucho pero aportan poco, pues ven el fallo en todo lo exterior y en todos, más no saben descubrirlo en ellos mismos.


Afortunadamente hay modo de prevenir esa distrofia esclerotizante y anuladora. Se me ocurre que la lectura siempre nos debería abrir a nuevas y ideas y propuestas. Otra práctica muy recomendada es trabajar la atención y la creatividad, como si siempre se estuviese comenzando. Y, sin más ánimo de agotar las propuestas, habría también que añadir: no dejar nunca de soñar a lo grande o escuchar las palabras de Jesucristo y tratar de llevarlas a la práctica. Y ciertamente esta última recomendación, siendo tal vez la más difícil de realizar, bien podría ser la de mayor alcance. ¡Qué manera tiene Dios de entender al ser humano y su realización! Esta manera de comprender la vida posee la capacidad de desinstalarnos radicalmente de todas nuestras inercias acomodaticias. Y si no me crees aquí la tienes:


"Al ver a la multitud, subió al monte. Se sentó y se le acercaron los discípulos. Tomó la palabra y los instruyó en estos términos: Dichosos los pobres de corazón, porque el reinado de Dios les pertenece. Dichosos los afligidos, porque serán consolados. Dichosos los desposeídos, porque heredarán la tierra. Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Dichosos los misericordiosos, porque serán tratados con misericordia. Dichosos los limpios de corazón, porque verán a Dios. Dichosos los que trabajan por la paz, porque se llamarán hijos de Dios. Dichosos los perseguidos por causa del bien, porque el reinado de Dios les pertenece. Dichosos vosotros cuando os injurien, os persigan y os calumnien de todo por mi causa. Estad alegres y contentos pues vuestra paga en el cielo es abundante."


Así de claro, nuestro mundo visto al revés es el querido por Dios, y el mundo al revés de Dios es al que hemos terminando plena validez. Todas las demás proclamas reivindicativas se quedan cortas, no llegan a ponerlo todo patas arriba, pero la de Jesús de Nazaret sí.

  • Solo los que son pobres de pasiones mundanas dejan sitio en el corazón a la pasión de Dios por el hombre.
  • Solo los que han sufrido pueden saber del consuelo del Amigo fiel, y haber aprendido a consolar también al hermano.
  • Solo los desposeídos conocen aquello que nadie puede arrebatarles y son capaces de compartir lo que son y lo que tienen.
  • Solo los que tengan hambre y sed de justicia aspiran a una realidad conforme al sueño de Dios.
  • Solo los que practican la misericordia con el hermano han experimentado, experimentan y experimentarán la misericordia del Padre misericordioso.
  • Solo los que miran con limpieza plena de profunda de corazón podrán gozar de la magnitud inmensa de la obra de Dios que es la vida, cada vida.
  • Solo los que se afanan por pacificarse y pacificar sus relaciones con los demás pueden recibir propiamente el apelativo de hijos de Dios.
  • Solo los que son rechazados y perseguidos por tratar de vivir conforme al evangelio están realizando ya el Reino de los Cielos en la Tierra.
  • Solo es esta la manera de alcanzar la dicha no perecedera, la plena bienaventuranza, esa que anuncia y promete el Dios con nosotros, el que pasó por la vida haciendo el bien, sanando y salvando, a todos nosotros los hombres.


No sé tú, pero yo lo tengo claro esta locura de mundo propuesta me parece de lo más lúcida, la más seductora, sin duda la mejor posible. Está cargada de sentido y es además promesa segura.

¿TE LO VAS A SEGUIR PENSANDO O LO INTENTAMOS YA?    


      

sábado, 24 de diciembre de 2022

No tan solo apariencias

 NO TAN SOLO APARIENCIAS


Con qué frecuencia decimos u oímos que si sí, que si no; que si verdadero, que si falso; que ni fú ni fa; que ni blanco ni negro, ni verde ni marrón, sino todo lo contrario; que si eso lo será para ti, que porque tú lo digas; y hasta que todo vale, porque en realidad hemos terminando devaluando aquello que cae en nuestras manos y termina valiendo poco o nada. Por tanto, si todo acaba siendo solo producto de consumo, sin que nos percatemos, terminan dándonos el cambiazo y nos presentan un estupendísimo sucedáneo de la Navidad, con abundancia de adornos, luces y regalos, pero tan solo un espejismo de  la auténtica fiesta religiosa.

Quizás vivimos en tiempos de demasiada aceleración y de mucha confusión, y hasta podríamos decir que de ocultación y de ofuscación. Resulta que no es fácil aclararse en esta maraña de significados alternativos y divergentes tan en boga. Por lo que es lógico llegar a plantearse: ¿Y yo dónde me sitúo en todo esto de la Navidad? ¿Qué es para mí? ¿Cómo he de vivirla?

Ciertamente no es sencillo orientarse entre tanta confusión. Precisamos esa estrella fugaz que nos vaya orientando desde el oropel de los palacios a la desnudez insólita de portal. Pues no era previsible que algún momento fuera a ocurrir algo tan imprevisible como que Dios nos nazca. Entonces todo ese decorado prefabricado, aparece como una inmensa farsa aburridísima que funciona con tremenda eficacia para que no nos enteremos de nada y sigamos atrapados por las innumerables distracciones. Tal vez muchos prefieran seguir en el engaño que descubrir la realidad y asumirla. Para ellos la Navidad es solo un cambio temporal de decorado, pero sin sentido alguno.

Hoy, sin embargo, en el comienzo del Evangelio de San Juan se nos afirma sin medias tintas lo impensable, con lo que no contábamos, que realmente acontece: Dios se hace hombre y asume nuestra humilde condición iluminándola, esclareciéndola y dignificándola. Y entonces, de igual manera que no quisieron aceptar en su día esa misteriosa y admirable verdad de la irrupción de Dios en la tierra, tampoco ahora, pasados los siglos, seguimos sin concederle ni la mínima credibilidad a este hecho que ha transformado nuestra historia y nuestras historias, tachándolo de locura, insensatez o pura leyenda inverosimil.

En este mundo de miras exclusivamente pragmáticas, cómo vamos a aceptar por buena semejante noticia: que viene  el Dios todopoderoso a asumir nuestra carne, que Dios se nos hace pequeño, frágil, mortal y vulnerable. ¿Puede ser Dios así? ¿Nos puede cabernos a nosotros esta buena nueva insólita en la mollera? ¿Y acaso nos puede caber en el corazón? Evidentemente no, y sin mucho cabilar, nos apresuramos a seguir cabilando en nuestras sensatos asuntos, sí, esos que salen por las pantallas a todas horas.

Pero también hay algunos pocos que no se dejan llevar solo por las apariencias, y que en esa luz especialísima que brillaba la noche eterna en que nació el Salvador, descubren una bellísima verdad tal vez solo reservada a los sencillos, a los que permanecen en velan y son capaces de escuchar en el silencio del firmamento estrellado los cantos de los ángeles que anuncian la gloria de Dios, la encarnación del Enmanuel.

Cada uno de nosotros puede ser de los que se quedan con las apariencias, que por las razones que sean se ven sometidos a su imperio, o por el contrario, de los que se dejan sorprender por lo inaudito: ese Dios apasionado por los hombres, capaz de, contra todo pronóstico, asume nuestra pequeñez y nuestra grandeza.

Si decides ser de los que sí acogen esa luz que brilla en las tinieblas, podrás llegar a descubrir, admirar, emocionarte y adorar a ese Niño Dios que nace sin alaracas, en lo discreto; que toma por trono un humilde pesebre de un establo, en una remota aldea llamada Belén. Ese Dios no es según este mundo, aquí no tiene sitio un Dios que viene en pobreza y sin suntuosidades, un Dios que no se impone por la fuerza, el poder o el engaño, sino que se ofrece en la fragilidad del amor.

Si experimentas al Dios que verdaderamente nace entre nosotros, todo cambiará, porque reconocerás al que realmente es el camino, la verdad y la vida. Ya no te podrán convencer para que te quedes solo con las apariencias, has descubierto al Rey que te descubre quién eres y todo por lo que merece vivir y amar.

Es tiempo de Navidad, de encuentro, de cercanía y reconocimiento entre Dios y los hombres, entre los hombres y Dios, no solo en la ternura de María que acoge el temblor del Niño Dios, de la mirada atenta y agradecida de San José o de la sencilla alegría compartida de los pastores, también entre nosotros, para que el nacimiento vuelva a acontecer y sepamos de nuevo sentirnos verdadera familia reunida en torno al portal. 

DIOS HA NACIDO,

ES NUESTRA VERDAD,

       ES NAVIDAD EN TODA LA TIERRA       






sábado, 22 de octubre de 2022

Espejito, espejito

 ESPEJITO, ESPEJITO

A unos sí, a otros no; a unos poco, a otros muchos. Y es que hay gente para todo. Ciertas personas en cuanto pueden tratan de verse reflejadas en el espejo (o si no en el móvil o a la que pasan frente un escaparate), y otros cuando no queda más remedio. Amigo lector, no sé tú a qué grupo pertenecerás: a los que se miran con embeleso, o a los que se tienen ya muy vistos. No sé qué uso le darás tú al espejo, pero, tal vez, más que el número de ocasiones en que te complaces en mirar tu propia imagen reflejada, lo que verdaderamente importa es la actitud con que te ves, cómo interpretas lo que el espejo te devuelve.

Todos hemos oído alguna vez que un tal Narciso era al parecer físicamente muy agraciado, pero que se terminó estimando tanto a sí mismo que terminó despreciando y rechazando a todos los demás, para dedicarse por completo a la contemplación exclusiva de su propio reflejo en el agua, al cual terminó arrojándose y por ello pereció ahogado en la la superficie de su propia visión. Es así como los mitos, aunque remotos en los tiempos, no han perdido ni un ápice de su actualidad, pues todavía hoy tienen gran capacidad para advertirnos de esa tendencia tan extendida al llamado narcisismo. Y si no que se lo digan a los psicólogos y psiquiatras.

Tal vez hoy vivamos demasiado pendientes de la imagen personal, quizás porque es la imagen la que entra por los ojos, y a la hora de vender o vendernos es la que cuenta. Pero parece que tal vez se nos ha terminado yendo un poquito de las manos cuando es solo eso lo que cuenta, porque ni las cosas, ni mucho menos aún las personas, somos reducibles a mera imagen. ¿O no habíamos quedado ya en que la belleza está en el interior? ¿Qué pasaría si nos atreviésemos a mirar también al interior? ¿Si al final la belleza singular emanara de dentro hacia fuera? 

Pues el evangelio de este domingo también nos presenta a un fariseo narcisista, muy pagado de sí mismo, es decir, de la imagen que él mismo se había hecho como hombre ejemplar y deslumbrante. Mas a los ojos de Dios, el espejito, espejito que siempre refleja la verdad con tal nitidez que muchos huyen ante la posibilidad de verse reflejados en Él, para mirarse en cualquier otro lugar que sí les satisfaga. Y es que no es tan difícil maquillar la imagen que uno se construye de todo, de todos y de sí mismo.

No quieres esforzarte en descubrir quién eres, en tratar de aceptar y transformar aquel ser que misteriosamente eres, pues entonces quédate solo en lo superficial y recurre al photoshop del burdo engaño. ¿Más cómodo y tranquilo así? Puede que por un tiempo sí, pero tarde o temprano se te terminarán cayendo los palos del sombrajo y tendrás que vértelas contigo, con el yo auténtico que preferiste no enfrentar.

Efectivamente, el fariseo narcisista tenía una altísima consideración de sí mismo, y hasta se la presentaba a Dios, para que que también se la reconociera. Pero Jesús nos advierte que las artimañas que nos vienen funcionando para ocultar la realidad a nosotros no sirven para engatusar a Dios, que siempre distingue diáfanamente la pureza de nuestro corazón y nuestra alma, reconociendo la humildad de los que se saben imperfectos y necesitados del amor sanador de Dios. Resulta que solo estos pueden avanzar, mejorar y aprender a ser con y para los demás.

El fariseo narcisista se autoensalzaba y se sentía muy superior a los demás. Para Narciso nadie era merecedor de su interés y atención salvo él mismo. El Dios de Jesús, por contra, es el que se desvive por los demás, los necesitados, los vulnerables, aquellos que la sociedad afea. 

¿Quieres conocerte o con esa máscara de autosuficiencia estás más que satisfecho? ¿Estás dispuesto a ser reconocido por la mirada misericordiosa de Dios? Porque tal vez donde tú solo veas imperfección Él vea una hermosura incomparable. De igual manera que un padre o una madre saber ver a su hijo hermosísimo, o igual que un pequeño contempla la maravilla del rostro de su madre. Y es que la mirada amante descubre la belleza que todo lo amado irradia.

APRENDAMOS A MIRAR CON LA MISMA MIRADA QUE JESÚS

 

sábado, 19 de marzo de 2022

LO QUE NO SE VE

 LO QUE NO SE VE


Si algo podríamos afirmar respecto del comportamiento de los humanos actuales es su escasa capacidad de atención. Vamos tan deprisa por la vida, y bombardeados por tantos y tantos estímulos, que nos dispersamos y nos perdemos en infinitas naderías. Cuando se va de lo uno a lo otro en tiempo récord, y aún así los 1440 minutos que tiene el día se nos agotan en una frenética actividad sin sentido, viene a ser prácticamente imposible detenerse en nada, ni captarlo, ni profundizar en ello, ni comprenderlo. Tal vez por ello actuamos más de lo que pensamos y compramos más de lo que necesitamos.

A menudo nos movemos en la más estricta de las superficialidades. No abunda el pensamiento crítico, aunque sí las fakes y los populismos, porque no somos dados a los matices ni las particularidades. Demandamos el pensamiento ya prefabricado y facilón. Solemos ver en blanco o negro, y listo para llevar con solo aceptar pulsando cómodamente en la pantalla de cualquiera de nuestros diversos dispositivos. Pero la realidad, sea del ámbito que sea, suele ser compleja y requiere tiempo, análisis y discernimiento. ¿Pero quién tiene tiempo para ello?

Además, siempre hay un rico trasfondo que no percibimos, pero que suele ser determinante. No solo hay que considerar lo visible o evidente, con frecuencia, justamente lo que no percibimos a la primera es lo que puede explicar el porqué de los fenómenos. No pretendo que seamos tan sagaces como el mismísimo Sherlock Holmes, pero sí deberíamos caer más en la cuenta de lo que falta y tratar de indagar más, salvo que queramos no descubrir el quid de la cuestión.

El aire no lo percibimos, pero sin él tampoco podemos seguir percibiendo. Los sentimientos, los valores o ideales, las causas y motivos, los intereses, el móvil ni se nos pasan por la cabeza cuando precipitadamente interpretamos lo que nos va ocurriendo. Y así nos va. Necesariamente erramos y volvemos a errar, pues no hemos contemplado bien esa parte crucial que subyace.

Pero lo que no se ve importa, e importa mucho, más aún si nos lo tratan de ocultar.

San José -festividad que hemos celebrado este sábado- también estaba en lo oculto, pero su tarea y discreta es fundamental: ser el padre de Jesús y el marido de Santa María. Fue un hombre humilde, trabajador, fiel, soñador, amante, creyente y capaz de dar su vida por los demás. Pero que supo mantenerse en dónde no se le veía. ¿Por qué? Seguramente porque él sí que veía lo que los demás no veían.

Jesús de Nazaret ve más allá, frente al modo de juzgar de sus coetáneos, que se quedan en las apariencias y en los prejuicios, Él ve en lo profundo de la persona -llamémoslo corazón-, y por eso es capaz de rehabilitar a marginados, enfermos y pecadores.

En las lecturas de este tercer domingo de Cuaresma se nos relata la experiencia de Moisés ante la zarza ardiente. Es capaz de distinguir la singularidad de esa zarza y percibe lo sagrado, porque ve más allá, escucha más acá, y se produce el encuentro con la realidad de Dios, esa que nosotros, tan adictos a la superficialidad damos por superada, y consigue ver y descubrir lo que no se ve.

En la parábola que emplea Jesús también podemos ver por qué el labrador decide no arrancar la higuera que no daba fruto, y se compromete a seguir esforzándose para que en la próxima temporada dé una cosecha abundante. No se deja llevar por las primeras impresiones y por criterios meramente productivos, sino que confía, cuida y espera.

Hoy la higuera somos tú y yo, y ten por seguro que Él va a poner todo de su parte para que tú logres sacar tu mejor versión.

domingo, 19 de diciembre de 2021

En las pequeñas cosas

 EN LAS PEQUEÑAS COSAS


Tanto y tanto podríamos contar sobre la Navidad y sin embargo, corremos el riesgo de no pasar de los mismos lugares comunes de siempre. Aunque, tal vez, tendríamos que empezar diciendo que la Navidad es un misterio admirable e inabarcable. 

Hay un proverbio hindú que afirma que "la grandeza de una flor no es menor que la de una galaxia", pero ¿Es esto comprensible? Y aunque no lo sea del todo ¿es de alguna manera cierto? ¿En qué sentido puede ser comparable o estar contenida la inmensidad del universo en una pequeña flor?

De verdad que, por mucho que nos vayamos acostumbrando a celebrarla año tras año, no podemos dejar de sorprendernos ante el misterio sobrecogedor de que Dios trascendente, que escapa a nuestra concepción y a nuestros sentidos, que escapa del tiempo y del espacio, que es omnipotente y omnipresente, llegue, y de buenas a primeras, se haga hombre, nacido de mujer, concreto, pequeño, frágil, humilde, vulnerable. Y este es el mayor de los misterios, sí, pero además contiene una belleza tal que nos desborda.

Y, sin embargo, es así. Ya lo anunciaban los profetas, que en la aldea más insignificante iba a nacer el ser humano que, además era Dios encarnado, y además se cobijase en más humilde de todos los lugares: en el pobre pesebre que había en un establo. Pero qué noche aquella, tan inolvidable que a partir de aquella, si uno mira el firmamento estrellado, aún puede recordarla y saber que en cualquier otro lugar de este pequeño mundo, estará naciendo otro chiquitín pobre, pero con la misma dignidad de Dios, porque el Dios que nos nace nos regala esa su condición humano-divina ya a todos los seres humanos. Sí, ya desde entonces toda noche está llena de estrellas, muy pequeñitas, pero a la vez inmensas y luminosas, como cada niño que nace.

Decía el otro día un filósofo español que la Navidad es la mayor fiesta de los pobres, y está en lo cierto, lo es. Porque carecemos de tanto, pero tenemos y podemos compartir el mayor de los gozos: nos nace un Salvador, y es Dios y es hombre, y es pobre, sencillo, humilde. No tiene apenas nada, pero en su pobreza es capaz de hacer brillar las estrellas en los cielos de una manera nueva, porque el amor no entiende de riquezas, pero sí de entrega, de aceptación, de solidaridad, de risas, de lágrimas, de abrazos, de sueños, de besos y de milagros.   

Al parecer algún poderoso nos ha recomendado recientemente que desplacemos el término Navidad de nuestras felicitaciones. Pero los sencillos que creemos en este Dios que se hace pequeño y asume la condición de los más pequeños, vamos a seguir diciendo lo que queramos (tal vez porque cuanto más pequeño se es, te puedes permitirte el lujo de ser más libre). Que cada uno se exprese como quiera, pero desde luego, claro que queremos desearos a todos felices fiestas, porque es Navidad, la celebración de los que son capaces de ver la grandeza inmensa de la flor y la pequeñez de la galaxia, o la desconcertante maravilla de este Niño que es inmensamente pequeño y pequeñísimamente grande.

Que este bendito Niño quepa en un rincón chiquitito de tu corazón y verás como la alegría se hace inmensa en ti y los tuyos.


FELIZ NAVIDAD PARA TODA LA PROVI