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sábado, 11 de abril de 2026

Con sencillez de corazón

CON SENCILLEZ DE CORAZÓN


La nueva vida, que brota de la resurrección de Jesucristo, debería hacerse palpable, o al menos notoria, en lugar de pasar inadvertida entre el ruido de los bombardeos. En ningún caso puede pasar desapercibida la gran noticia de que verdaderamente ha resucitado. Nos hemos acostumbrado los cristianos a no armar jaleo, a la discreción, a la modestia para no causar demasiadas molestias, a que nuestras celebraciones pasen exclusivamente dentro de los templos, o como mucho en alguna que otra procesión, siempre en fechas señaladas y contando con la autorización de la autoridad competente. Es verdad que en el pasado había que esconderse, porque afirmar que el que había muerto en la cruz estaba vivo, acarreaba unas drásticas consecuencias. Sin embargo, ahí estaban dando un valiente testimonio que con frecuencia les costaba la propia vida. Aunque hoy en día en muchos sitios sigue habiendo una persecución de cristianos, en nuestro entorno no suele ir más allá de ser mal mirados y tachados si acaso o de ilusos, soñadores o carcas recalcitrantes. En cualquier caso, esto no puede impedir que mostremos en nuestros rostros la alegría pascual que nos desborda. Pues si hemos muerto con Cristo, y afirmamos que Él ha resucitado, todos nosotros debemos resucitar con Él. Que se digan: "Mirad, estos que se denominan cristianos, viven con un optimismo que no sabemos de dónde les vendrá."

Cierto es que si uno levanta la cabeza y contempla lo que está aconteciendo, se le deberían bajar seriamente los ánimos y la esperanza: cerrazón, oscuridad, hostilidades, corrupción, egoísmo feroz y falta de humanidad. Pero aunque no pinte bien, aunque el panorama no sea demasiado halagüeño, sí que se están dando indicios, a los que bien podríamos denominar con José Luis Martín Descalzo como motivos para la alegría y para la esperanza. Cristo ha resucitado y está resucitando, ¿acaso no lo percibís? Hay mucha gente ya está buscando algo más, mucha gente, ya desengañada del mundo exclusivamente material que nos tratan de vender; numerosas personas que retoman esa inquietud espiritual tan propia de los seres humanos. Parece que hay personas que están despertando, a pesar de los esfuerzos de algunos poderosos manipuladores por lograr una alienación completa, atajando cualquier inquietud o curiosidad en los seres pensantes.

En la primera lectura de este segundo domingo de Pascua podemos ver a los primeros discípulos empezando a configurar con la sencillez de corazón las primeras comunidades cristianas. Capaces de romper con el sistema imperante tan sólo sustentados en la experiencia de la resurrección. Nada ni nadie han podido acabar desde entonces con aquello que empezó siendo sólo un débil movimiento religioso que se iniciaba y que parecía condenado a un rotundo fracaso; pero continuó y sigue continuando, transformando la historia, porque no era cosa sólo de hombres, sino también de Dios, y el mundo precisaba entonces -e igualmente precisa hoy- la orientación del revolucionario mensaje de Jesús. Ningún otro libera tanto a los seres humanos y los capacita para desplegar las mayores expectativas. Ya ni la muerte ni el mal nos limitan, porque el Nazareno vive y nos surte de su Vida.

Insensatamente la ciencia anda promoviendo unas mejoras, e incluso la superación de lo específico de la identidad de la naturaleza humana, puesto que parten de una comprensión rotundamente negativa de nuestra condición. Estas posturas son conocidas como transhumanismo y posthumanismo. Pero desde la experiencia pascual ya queda extraordinariamente ampliada la visón de lo que somos: auténticos hijos de Dios muy amados y llamados a participar de una vida plena, aquí y en la vida eterna. No puede haber perspectiva mejor ni más optimista, ya que, por el origen y por la transformación pascual, llevamos el don de la vida divina. Desarrollemos, pues, la condición del hombre en toda su potencialidad y apoyémosla reconociendo su dignidad, en lugar tratar de anularla con procedimientos tecnológicos y tecnocráticos.

Con sencillez de corazón descubrieron a Jesucristo absolutamente vivo y presente en sus vidas, en sus afanes diarios, y por ello creyeron, no en un fantasma, sino en el mismo Jesús resucitado, que tal y como les había prometido resucitaría y estaría con ellos hasta el final de los tiempos. Y es que la fe ya en sí es un pasar de la muerte a la vida, del desencanto al entusiasmo, de no ver salida al ver todas las posibilidades que andaban ahí ocultas. Y es que la fe requiere un nuevo mirar que llega a descubrir aquello que, además de los sentidos y de la razón, requiere poner el corazón y el alma. Creer es una apuesta a lo grande y que transforma la vida.

En evangelio aparece plasmado ese cambio radical operado en Santo Tomás: de no creer en lo que no ve ni puede tocar, a poder tocar y ver porque se cree. Y para ello se precisa esa sencillez de corazón para fiarse de las cosas admirables de Dios, ese Dios que no impone, sino que nos invita a reiventarnos por la fe y el aliento transformador de Jesús. Entonces va a ser que la segunda creación ya no es la que nos narra el Génesis, sino la que podemos desplegar aprovechando que Jesús ha resucita y nos resucita. Es una segunda creación en cada uno de nosotros y también en el nosotros que perseveraban unidos en la fracción del pan. En esta ocasión la segunda creación cuenta con nuestra libertad para creer y para crear otro yo y otro mundo que todavía casi no podemos ver ni tocar, pero sí hacer posible. Es el Reino de Dios, que empieza cuando creemos y, junto con los hermanos y con Cristo presente en medio de nosotros, vamos a hacer posible.

Sí, es cierto, hace falta tener sencillez de corazón y buena voluntad, capacidad de salir de uno mismo, apertura, ilusión, amor generosidad, implicación y mucho espíritu. Y hay veces que el corazón, con todo los que nos están echando encima, parece que está condenado a meramente ir tirando, pero no es así; es posible la vida con mayúsculas, la vida de veras, la vida que Jesucristo al resucitar nos da en abundancia. Esto es la Pascua, pasar de la muerta a la verdadera Vida, porque ni el mal ni la muerte pueden tener ya la última palabra, sino que el sí, sólo tu sí, marca la diferencia. ¡Sí, Señor, voy con la sencillez de mi corazón para con el resto de mis hermanos acudir a Galilea para lo que Tú nos propongas!

sábado, 21 de diciembre de 2024

A su debido tiempo

 A SU DEBIDO TIEMPO


El tiempo de espera no pasa en balde, sino que permite que se vayan cumpliendo poco a poco los plazos. Todo tiene su tiempo, lleva su tiempo. y es necesario que transcurra así, poco a poco y sin precipitaciones. A bien poco conduce la impaciencia. Espera, todo termina por llegar a su debido tiempo, por mucho que parezca retrasarse.

Lo que en el pasado era profecía, sueño, premonición, anuncio y anticipo, permitió resistir contra viento y marea y superar toda adversidad, termina por producirse finalmente. En lo profundo de la noche, cuando se ciernen las sombras en derredor, ni los miedos ni los desengaños, no deberían nunca lograr apagar esa llama incipiente capaz de disipar con su solo las más densas tinieblas. El alba ya anda en ciernes despuntando; se presiente. Unos mantienen el ánimo, otros se desesperan pensando que nunca llegará ese momento esperado.

Seguramente vivimos en tiempos de decepciones, donde el que más o el que menos lleva encima ya su porción de desengaño. Cabe preguntarse ¿Para qué seguir? ¿Qué es posible esperar? ¿No habrá que rendirse a la cruda realidad y dejarse de vanas expectativas? ¿Para qué seguir acumulando más derrotas?

Sin embargo, nuestro Lope de Vega, que en eso de vivir sabía lo suyo, afirma aquello de que "quién lo probó lo sabe". Aquél que ha mantenido la esperanza y el ánimo; aquel que no se ha dejado vencer por el desaliento; el que espera contra toda esperanza y no cae en la tentación del abandona, ese resulta invencible, siempre va a seguir apostando por aquello que ama. En esa misma línea también el escritor Vaclav Havel afirmaba que "la esperanza no es lo mismo que optimismo. No es la convicción de que algo saldrá bien, sino la certeza de que algo tiene sentido, independientemente de cómo resulte". Es decir, que cuando se cree firmemente en aquello que en verdad importa, se logra mantener viva la esperanza.

Pues entonces, si esto es así, precisamos más que nunca personas que esperan en que va a llegar ese Salvador para la humanidad, ese Dios todopoderoso que se nos vuelve todo misericordioso, pequeño, humanado, necesitado de cuidados, allí en un humilde pesebre que está en un establo a las afueras de una aldea pequeña aldea llamada Belén. ¡Qué discreción! Un Dios que se salta el protocolo y que no busca lujos, oropeles ni decorados suntuosos; un Dios extraordinario que con los brazos de su madre, la inexperta Virgen María y el callado José tiene más que suficiente. Ahí quiso nacer, entre animales y bajo unas estrellas que brillaban con más ganas que nunca, como si fuesen conscientes que la eternidad había entrado definitivamente en nuestro devenir temporal.

Se cumplió entonces y se cumplirá ahora, porque sigue naciendo para todos los hombre de buena voluntad, los que mantienen el candor de seguir apostando por ese Dios misterioso que prefiere pasar desapercibido, menos para aquellos que le aguardan sin dejarse llevar por los desengaños, esos que velan en la noche, apacientan el ganado, contemplan exultantes el mensaje admirable de los ángeles, que cantan y aclaman a ese pequeñín, Dios del universo que duerme entre pañales y contagia una paz sin igual.

¡Qué lastima más grande que no estuviéramos entre esos que no han perdido aún la ilusión! ¡Qué terrible si al Enmanuel tampoco le hiciésemos sitio en nuestra aldea, en nuestra posada, en nuestro portal, en nuestro hogar, en nuestras manos o en nuestros corazones, porque tenemos lleno y no hay sitio para Él!

El tiempo se cumplirá. María nos trae a su Hijo. Pero algunos, más pendientes de los adornos, el bullicio y nuestros quehaceres, a lo mejor ni siquiera nos enteraremos. Entonces la Navidad será solo un tiempo más en el calendario, un mero espejismo, pero no un momento de encontrarte y conectar con el Tiempo de Dios, Navidad, tiempo de plenitud y gozo.

Con la alegría de Isabel, que reconoce en su prima María a la fecunda llena de gracia, que todo nuestro ser reciba a la que llega con el que va a nacer en su interior. Es el Salvador que necesitamos, el que viene a enseñarnos a amar con el amor de Dios. Que hombre es lo más hermoso que se puede ser, porque el mismo Dios ha querido serlo, divinizando nuestra humilde condición. ¿Puede haber mayor hermosura que la de vivir intensamente la Navidad? Celebrémoslo y adoremos al Hijo de Dios que nos va a nacer.  









domingo, 19 de diciembre de 2021

En las pequeñas cosas

 EN LAS PEQUEÑAS COSAS


Tanto y tanto podríamos contar sobre la Navidad y sin embargo, corremos el riesgo de no pasar de los mismos lugares comunes de siempre. Aunque, tal vez, tendríamos que empezar diciendo que la Navidad es un misterio admirable e inabarcable. 

Hay un proverbio hindú que afirma que "la grandeza de una flor no es menor que la de una galaxia", pero ¿Es esto comprensible? Y aunque no lo sea del todo ¿es de alguna manera cierto? ¿En qué sentido puede ser comparable o estar contenida la inmensidad del universo en una pequeña flor?

De verdad que, por mucho que nos vayamos acostumbrando a celebrarla año tras año, no podemos dejar de sorprendernos ante el misterio sobrecogedor de que Dios trascendente, que escapa a nuestra concepción y a nuestros sentidos, que escapa del tiempo y del espacio, que es omnipotente y omnipresente, llegue, y de buenas a primeras, se haga hombre, nacido de mujer, concreto, pequeño, frágil, humilde, vulnerable. Y este es el mayor de los misterios, sí, pero además contiene una belleza tal que nos desborda.

Y, sin embargo, es así. Ya lo anunciaban los profetas, que en la aldea más insignificante iba a nacer el ser humano que, además era Dios encarnado, y además se cobijase en más humilde de todos los lugares: en el pobre pesebre que había en un establo. Pero qué noche aquella, tan inolvidable que a partir de aquella, si uno mira el firmamento estrellado, aún puede recordarla y saber que en cualquier otro lugar de este pequeño mundo, estará naciendo otro chiquitín pobre, pero con la misma dignidad de Dios, porque el Dios que nos nace nos regala esa su condición humano-divina ya a todos los seres humanos. Sí, ya desde entonces toda noche está llena de estrellas, muy pequeñitas, pero a la vez inmensas y luminosas, como cada niño que nace.

Decía el otro día un filósofo español que la Navidad es la mayor fiesta de los pobres, y está en lo cierto, lo es. Porque carecemos de tanto, pero tenemos y podemos compartir el mayor de los gozos: nos nace un Salvador, y es Dios y es hombre, y es pobre, sencillo, humilde. No tiene apenas nada, pero en su pobreza es capaz de hacer brillar las estrellas en los cielos de una manera nueva, porque el amor no entiende de riquezas, pero sí de entrega, de aceptación, de solidaridad, de risas, de lágrimas, de abrazos, de sueños, de besos y de milagros.   

Al parecer algún poderoso nos ha recomendado recientemente que desplacemos el término Navidad de nuestras felicitaciones. Pero los sencillos que creemos en este Dios que se hace pequeño y asume la condición de los más pequeños, vamos a seguir diciendo lo que queramos (tal vez porque cuanto más pequeño se es, te puedes permitirte el lujo de ser más libre). Que cada uno se exprese como quiera, pero desde luego, claro que queremos desearos a todos felices fiestas, porque es Navidad, la celebración de los que son capaces de ver la grandeza inmensa de la flor y la pequeñez de la galaxia, o la desconcertante maravilla de este Niño que es inmensamente pequeño y pequeñísimamente grande.

Que este bendito Niño quepa en un rincón chiquitito de tu corazón y verás como la alegría se hace inmensa en ti y los tuyos.


FELIZ NAVIDAD PARA TODA LA PROVI