¿NOS LO ESPERÁBAMOS?
Es sabido que el color verde es el color de la esperanza, y su razón ha de tener semejante afirmación. Cierto que cuando en el campo vemos verdear los pastos, los cultivos, llenarse los árboles de brotes incipientes, sabemos que se nos promete una gran abundancia de bienes venideros. El que espera prevé que se cumpla aquello que anhela; por contra, el que ha renunciado a la esperanza, difícilmente logra contar con las fuerzas necesarias para seguir adelante. La esperanza es tan necesaria para los seres humanos como el aire o el agua. como el amigo, el compañero o ese ser que nos sustenta. Aunque la cosa no pinte bien, no renunciemos así por las buenas a mantener bien vivas nuestras esperanzas.
Asimismo, si uno enarbola la esperanza contra toda desesperanza, se pondrá en marcha e intentará con esfuerzo y ganas, luchará y hasta será capaz de enfrentarse y superar todas las vicisitudes que se le presenten, porque no pierde la esperanza de lograrlo. Frente a los que dan el partido por perdido de antemano, y no tratan de dar la batalla siquiera o al menos aceptar un digno y meritorio fracaso ya que al menos se hizo lo que se pudo heroicamente. No es lo mismo ni parecido ceder que resistir, al menos hay que intentarlo.
Hay, sin embargo, sucesos no previstos, que nos pillan desprevenidos, y que nos desarman e incluso requieren de nosotros una capacidad de superación extraordinaria. En muchas ocasiones esa capacidad de sobreponerse a las adversidades también nos sorprenden, pues ignorábamos contar con esas fuerzas y hasta con personas a nuestro lado dispuestas a echarnos una mano y a ofrecernos su apoyo. Y es que las penas con pan son menos, y con otros cercanos resultan hasta llevaderas.
Por todo esto podemos afirmar que la vida es siempre previsible, en cierta media, e imprevisible al mismo tiempo; que nos sorprende a veces, pero que otras muchas sucede conforme a lo acostumbrado. Sucederán cambios a los que veníamos haciendo a la idea, y otros que surgen de forma súbita e imprevista, pillándonos totalmente con el pie cambiado. Al no esperarlos, nos cuesta lo suyo afrontar esos imprevistos. No es que la vida sea una partida de ajedrez, pero si uno aprende en cierta medida a anticiparse, sabrá mejor campear ante aquella jugada que cabría imaginar.
No hacía falta hacer muchas premoniciones para acertar que el otoño, con su tradicional paisaje iba abriéndose paso; y que tarde o temprano las lluvias harían acto de presencia; que los días se nos estaban acortando, o que los primeros catarros empezarían a aparecer. Así también por esta época aparecen los ganadores del premio Nobel, siempre con un toque de novedad y de regocijo por el mérito y reconocimiento que conllevan. Los supermercados empiezan también a exponer productos navideños, aunque quede por llegar aún la natividad. Incluso se barruntaba un fin de ciclo en lo político; tal vez nos haya sorprendido algo la rapidez con la que se ha anunciado la convocatoria de elecciones generales. Está aún por ver lo limpio del proceso electoral o si por contra nos demuestran esta vez saber comportarse con un mínimo de decoro democrático, ajeno al populismo, la demagogia y el enfrentamiento. Quzás no se puedan pedir peras al olmo, y todo suceda según nos tememos.
Y además, este domingo XXVIII de tiempo ordinario, en el evangelio de San Mateo se nos recuerda que aunque no lo esperaban, ciertas personas insignes fueron invitadas a la boda del hijo del Rey, pero no se lo debían esperar y declinaron asistir. Decidieron priorizar lo suyo por encima de lo que lo que el Rey les proponía. Tal respuesta tampoco era esperada por aquel monarca, que esperaba al menos algo de agradecimiento por los numerosos favores de que habían sido objeto. Así que mandó recado a los que pasaban por los caminos y que, aunque tampoco esperaban esa invitación, sí acudieron al banquete. Pero uno de los nuevos invitados llegó sin ponerse las galas exigidas por el protocolo de palacio para la ocasión, y fue expulsado.
Nosotros podemos esperar esa invitación al banquete del Hijo o puede resultarnos una verdadera sorpresa. Pero ¿acaso no nos lo ha anunciado el profeta Isaías? ¿Es que no has abierto el buzón del corazón a comprobar si te ha llegado tu invitación personalizada? Podemos seguir meramente a lo nuestro y rechazar esta distinción, o al revés, aceptar exultantes la invitación al gran convite del amor y del consuelo de Dios. Allí hay sitio para todos, allí no hay injusticias ni llanto, sino fraternidad y alegría entre todos los comensales compartiendo los mejores manjares.
Nuestros alumnos suelen cantar al inicio de las eucaristías aquel "Ven a la fiesta"; sí pero ¿a qué fiesta acudir? Hay que tener tino, porque hay fiestas y fiestas. Que no te den gato por liebre en esto de las fiestas. Porque hay macrofiestas y las hay exclusivas. En unas hay que sacar entrada a precios poco populares, y en ella todo lo que consumas está medido y tasado, incluido el máximo IVA, mientras que en otras tan sólo quieren que estés gratuitamente y compartas lo que eres: nada tiene precio porque todo es donado. En unas te ponen ellos la música, pero en otras la música la pones tú formando parte de un nosotros coral que celebra la vida. En unas acaban todos extenuados, mientras en otras fiestas nada ni nadie se agota.
Elige bien, porque aquel que se monta la fiesta por su cuenta, se queda fuera del banquete del Señor. El que no se prepara para esta fiesta con sus mejores galas, desaprovecha la gran ocasión. Empecemos ya a buscar aquello que se nos favorece, aquello con lo que se accede con toda la dignidad de bautizado al palacio celestial. Lo que más agrada a los ojos de Dios es vivir conforme al evangelio. Las tendencias en vestidos para el banquete siempre la marcan las bienaventuranzas. Que entonces nuestras vidas, acciones y deseos sean cumplir la voluntad de Dios: amarle con todo tu ser y al prójimo como a ti mismo. Con esto llevaremos el traje adecuado para asistir a la eterna fiesta. Qué despropósito sería acudir allí con el traje sucio de la mentira y del egoísmo, ese es el que más nos desfigura, pues nos echarán de allí en cuanto hagamos acto de presencia.
Nos lo han avisado, y por tanto sabemos bien lo que nos espera. Anticípate, que ya va a empezar aquí la preboda del Reino. También tú estás invitado. Mira a los que ya se han confeccionado los trajes más sencillos y bellos, parecen santos. También puedes tú lucirlos con divina elegancia.

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