Mostrando entradas con la etiqueta bienaventuranzas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta bienaventuranzas. Mostrar todas las entradas

sábado, 10 de octubre de 2026

¿Nos lo esperábamos?

¿NOS LO ESPERÁBAMOS?


Es sabido que el color verde es el color de la esperanza, y su razón ha de tener semejante afirmación. Cierto que cuando en el campo vemos verdear los pastos, los cultivos, llenarse los árboles de brotes incipientes, sabemos que se nos promete una gran abundancia de bienes venideros. El que espera prevé que se cumpla aquello que anhela; por contra, el que ha renunciado a la esperanza, difícilmente logra contar con las fuerzas necesarias para seguir adelante. La esperanza es tan necesaria para los seres humanos como el aire o el agua. como el amigo, el compañero o ese ser que nos sustenta. Aunque la cosa no pinte bien, no renunciemos así por las buenas a mantener bien vivas nuestras esperanzas.

Asimismo, si uno enarbola la esperanza contra toda desesperanza, se pondrá en marcha e intentará con esfuerzo y ganas, luchará y hasta será capaz de enfrentarse y superar todas las vicisitudes que se le presenten, porque no pierde la esperanza de lograrlo. Frente a los que dan el partido por perdido de antemano, y no tratan de dar la batalla siquiera o al menos aceptar un digno y meritorio fracaso ya que al menos se hizo lo que se pudo heroicamente. No es lo mismo ni parecido ceder que resistir, al menos hay que intentarlo.

Hay, sin embargo, sucesos no previstos, que nos pillan desprevenidos, y que nos desarman e incluso requieren de nosotros una capacidad de superación extraordinaria. En muchas ocasiones esa capacidad de sobreponerse a las adversidades también nos sorprenden, pues ignorábamos contar con esas fuerzas y hasta con personas a nuestro lado dispuestas a echarnos una mano y a ofrecernos su apoyo. Y es que las penas con pan son menos, y con otros cercanos resultan hasta llevaderas.

Por todo esto podemos afirmar que la vida es siempre previsible, en cierta media, e imprevisible al mismo tiempo; que nos sorprende a veces, pero que otras muchas sucede conforme a lo acostumbrado. Sucederán cambios a los que veníamos haciendo a la idea, y otros que surgen de forma súbita e imprevista, pillándonos totalmente con el pie cambiado. Al no esperarlos, nos cuesta lo suyo afrontar esos imprevistos. No es que la vida sea una partida de ajedrez, pero si uno aprende en cierta medida a anticiparse, sabrá mejor campear ante aquella jugada que cabría imaginar.

No hacía falta hacer muchas premoniciones para acertar que el otoño, con su tradicional paisaje iba abriéndose paso; y que tarde o temprano las lluvias harían acto de presencia; que los días se nos estaban acortando, o que los primeros catarros empezarían a aparecer. Así también por esta época aparecen los ganadores del premio Nobel, siempre con un toque de novedad y de regocijo por el mérito y reconocimiento que conllevan. Los supermercados empiezan también a exponer productos navideños, aunque quede por llegar aún la natividad. Incluso se barruntaba un fin de ciclo en lo político; tal vez nos haya sorprendido algo la rapidez con la que se ha anunciado la convocatoria de elecciones generales. Está aún por ver lo limpio del proceso electoral o si por contra nos demuestran esta vez saber comportarse con un mínimo de decoro democrático, ajeno al populismo, la demagogia y el enfrentamiento. Quzás no se puedan pedir peras al olmo, y todo suceda según nos tememos.

Y además, este domingo XXVIII de tiempo ordinario, en el evangelio de  San Mateo se nos recuerda que aunque no lo esperaban, ciertas personas insignes fueron invitadas a la boda del hijo del Rey, pero no se lo debían esperar y declinaron asistir. Decidieron priorizar lo suyo por encima de lo que lo que el Rey les proponía. Tal respuesta tampoco era esperada por aquel monarca, que esperaba al menos algo de agradecimiento por los numerosos favores de que habían sido objeto. Así que mandó recado a los que pasaban por los caminos y que, aunque tampoco esperaban esa invitación, sí acudieron al banquete. Pero uno de los nuevos invitados llegó sin ponerse las galas exigidas por el protocolo de palacio para la ocasión, y fue expulsado.

Nosotros podemos esperar esa invitación al banquete del Hijo o puede resultarnos una verdadera sorpresa. Pero ¿acaso no nos lo ha anunciado el profeta Isaías? ¿Es que no has abierto el buzón del corazón a comprobar si te ha llegado tu invitación personalizada? Podemos seguir meramente a lo nuestro y rechazar esta distinción, o al revés, aceptar exultantes la invitación al gran convite del amor y del consuelo de Dios. Allí hay sitio para todos, allí no hay injusticias ni llanto, sino fraternidad y alegría entre todos los comensales compartiendo los mejores manjares.

Nuestros alumnos suelen cantar al inicio de las eucaristías aquel "Ven a la fiesta"; sí pero ¿a qué fiesta acudir? Hay que tener tino, porque hay fiestas y fiestas. Que no te den gato por liebre en esto de las fiestas. Porque hay macrofiestas y las hay exclusivas. En unas hay que sacar entrada a precios poco populares, y en ella todo lo que consumas está medido y tasado, incluido el máximo IVA, mientras que en otras tan sólo quieren que estés gratuitamente y compartas lo que eres: nada tiene precio porque todo es donado. En unas te ponen ellos la música, pero en otras la música la pones tú formando parte de un nosotros coral que celebra la vida. En unas acaban todos extenuados, mientras en otras fiestas nada ni nadie se agota.  

Elige bien, porque aquel que se monta la fiesta por su cuenta, se queda fuera del banquete del Señor. El que no se prepara para esta fiesta con sus mejores galas, desaprovecha la gran ocasión. Empecemos ya a buscar aquello que se nos favorece, aquello con lo que se accede con toda la dignidad de bautizado al palacio celestial. Lo que más agrada a los ojos de Dios es vivir conforme al evangelio. Las tendencias en vestidos para el banquete siempre la marcan las bienaventuranzas. Que entonces nuestras vidas, acciones y deseos sean cumplir la voluntad de Dios: amarle con todo tu ser y al prójimo como a ti mismo. Con esto llevaremos el traje adecuado para asistir a la eterna fiesta. Qué despropósito sería acudir allí con el traje sucio de la mentira y del egoísmo, ese es el que más nos desfigura, pues nos echarán de allí en cuanto hagamos acto de presencia.

Nos lo han avisado, y por tanto sabemos bien lo que nos espera. Anticípate, que ya va a empezar aquí la preboda del Reino. También tú estás invitado. Mira a los que ya se han confeccionado los trajes más sencillos y bellos, parecen santos. También puedes tú lucirlos con divina elegancia.

sábado, 31 de enero de 2026

Lo más menudo

LO MÁS MENUDO



No gustan las cosas grandes, enormes, espectaculares. Lo que llama la atención no suele ser lo discreto, la letra pequeña, sino por el contrario es aquello que resalta por sus grandes dimensiones. Parece que las grandes ciudades compitan en elevar altísimos edificios, rascacielos, como en la antigüedad los poderosos competían por la grandeza de sus palacios y mausoleos, hoy pasto del polvo. Y es que el ego, en lugar de admitir con naturalidad la pequeñez de su alcance, prefiere fijarse en una enormidad ficticia. Si mostramos un mapa a escala de la Vía Láctea, podremos considerar lo inmensamente discreto que resulta nuestro planeta, y dentro de él, y compartiendo existencia con otros ocho mil millones de semejantes, está cada uno de nosotros. ¿De verdad que nuestra particular grandeza es tan reconocible? ¿No será más bien producto de una soberbia sobredimensionada?

A muchos también les gusta compararse con los otros: mi coche es mayor que el tuyo, mi cartera está más repleta que la tuya, el diamante de mi anillo es un verdadero pedrusco, mi casa tiene más metros que la del resto, o como este bíceps no hay otro. Y hasta se creen que con eso han alcanzado algo sumamente meritorio. Pues que se lo sigan creyendo si con ello encuentran contento, pero tal vez en la vida se trate más de amar a los demás que a uno mismo, entenderlos, cuidarlos, compartir lo que se es, que meramente de hacer alarde y presumir. Más ser para los demás y no tanto tener, acaparar, dominar y poseer.

Qué bueno descubrir que aún hay personas con la suficiente sensibilidad para no dejarse impresionar por lo desorbitado, lo suntuoso, sino por aquello que no llama la atención, que se nos pasa desapercibido, por lo que no trata de destacar: un rayito de sol, en lugar de un sol cegador; una brisa antes que un vendaval impetuoso, una pequeña flor silvestre les es preferible a un ramo de flores carísimo y exclusivo; un simple gesto sentido vale más que todo un protocolo ostentoso y hueco. Sí, aún queda gente sensible que sabe apreciar lo bueno. Por mucho que se impongan las tendencias, ellos no pierden el buen gusto. No hace falta mucho, sólo mantener un poquito de sentido y sensibilidad. Eso ayuda a percibir el gran valor de cada cosa, por ínfima que sea la consideración que recibe.

A Dios -que grande debe ser bastante más que todos nosotros-, no le importan tanto nuestras supuestas grandezas como nuestras pequeñeces. Parece ser que se pirria por lo humilde y sencillo. Tal vez sea porque sólo los humildes dejan espacio para que el otro también pueda ser, y por tanto, para que Él tenga su sitio entre ellos. De ahí que para abrirle la puerta a la fe sea necesario reconocer la pequeñez de uno y el amor grandioso de Dios por los sencillos. No es nada sencillo de conseguir si no vencemos nuestro sólido orgullo.

Justamente los humildes del mundo son los que Dios escoge para destacar la grandeza de la gracia y ser gloriado en ellos. Es este un verdadero misterio, que nos descubre mucho de este Dios apasionado por lo frágil, por los más pobres y excluidos. Jesús nos enseña a apreciar el gran valor de las pocas monedas que puede echar aquella viuda en las ofrendas del templo; era todo lo que ella tenía, no como otros, que donaban sólo parte de lo que les sobraba. Así es este Dios que se hace pequeño con los pequeños allí en Belén. Los justos son los que escogen ser tal y como al Señor le agrada, sin engaño, sin engolamiento y sin aparentar aquello que no son. La pequeñez es bella y Dios la abraza.

Pues este domingo IV de tiempo ordinario las lecturas nos recuerdan esa preferencia del Señor por "el resto de Israel", aquellos que no se dejan llevar por la atracción de las riquezas y el lujo, por la ostentación y la avaricia, sino los que se mantienen en llevar una vida sobria en fidelidad al amor de Dios. Esos que a los ojos del mundo y de la sociedad son marcados como los fracasados, pues no salen en las revistas de celebrities ni las publicaciones sobre las mayores fortunas del mundo, son los que triunfan para Aquel que juzga justamente. Unos logran el fiasco del éxito terrenal, otros, en contra de lo que cabría pensar, los abnegados, sacrificados, austeros, son los que han acertado con el triunfo eterno.

Las Bienaventuranzas nos dan con toda radicalidad el mensaje esencial del Evangelio. Jesucristo no ha venido a buscar situarse en este mundo, sino a enseñarnos el camino de la entrega sin reservas de la vida a Dios y a los hermanos. Porque solo el que entrega su vida por Él, la salvará. No hay medias tintas, no caben posturas tibias: o optas por realizar el evangelio o por construirte un zulo confortable de bienestar privado; o fijas tu felicidad en la autosatisfacción individualista o te arriesgas a ser aún humano. Que cada uno decida.

Los pobres, los mansos, los que lloran, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los que trabajan por la paz, los perseguidos, los que el mundo excluye, insulta, persigue y calumnia, todos ellos y algunos cuantos más (los que escuchan con atención, los que no mienten ni manipulan, los que abrazan, los comprensivos, los generosos, los que ayudan, los que buscan la verdad...) ya están anunciando y realizando el triunfo de Jesús, el que se abaja y humilla sin parangón. Todo aquel que se ensalza será humillado, y el que se humilla, reconoce su pequeñez, es el que será ensalzado. Es necesario pasar por la puerta estrecha, hacerse servidor, para ser tenido como digno del Reino de los cielos.

El Reino de Dios, por tanto, ya es y será para siempre, Cristo nos lo hace posible. No se trata solo de esperar a la vida futura que se nos abre tras la muerte para alcanzar el consuelo, también en esta vida terrena aquellos que el mundo humilla, las víctimas, pueden descubrirse muy amados por el Dador de Vida. San Francisco en su periodo final, muy enfermo y despreciado por los suyos, escribió el cántico a las criaturas, porque, sumamente agradecido y exultante, reconocía la omnipresencia del amor de Dios en todo lo creado. A ese estado no llegan los satisfechos y pagados de sí mismo, pero sí los menudos, los bienaventurados. Ojalá tu nombre y el mío estén en la lista de este resto que sigue al Salvador. Si es así, si somos de los bienaventurados, nuestro gozo no tendrá término.

sábado, 15 de febrero de 2025

Nuestra esperanza no defrauda

NUESTRA ESPERANZA NO DEFRAUDA


El mundo no está hecho para acomodarse a las complacencias de cada uno. Eso de siempre lo supo el ser humano, aunque bien nos gustaría que la realidad se dispusiera a nuestro particular antojo. Hay quienes habiéndose educado en un ambiente de sobreprotección y absoluto consentimiento, exigen que todo se ajuste a su capricho. Son los comúnmente conocidos como malcriados. ¡Ay del que le toque aguantar a uno de ellos!. Pero, al final, tanto para los sufridos como para los mal acostumbrados, la realidad siempre termina por imponerse, y no cabe otra que ir adaptándole a lo que hay. Quiera uno o no las cosas son como son casi irremediablemente.

Pero, por favor, que no cunda el desánimo. Es verdad que si nos fijamos un poco en todo el mal que anda pasando por doquier, es para venirse abajo. Egoísmos, malversaciones, incomunicación, violencia, engaños. Viendo sin vendas ni tapujos la realidad, podríamos suscribir de pe a pa aquel soneto de nuestro D. Francisco de Quevedo: "Miré los muros de la patria mía..." ¡Cuánta vileza puede llegar a dar de sí el ser humano y cuántas penurias! Es preciso poner freno al mal, por lo menos a todo el mal que cada uno de nosotros puede causar, y empezar justamente a sustituirlo por todo lo contrario: el bien y la bondad.

En esto Dios no se cansa de recordarnos que hemos de actuar siempre en conciencia, dando y favoreciendo la vida, en lugar que ir contra el hombre y lo creado. ¿Vamos a seguir siendo unos destructores del mundo y todo lo que contiene o por contra empezaremos a regenerar este maltrecho mundo? ¿Para cuándo lo vamos a dejar? Para seguir como estamos, lo mejor será desterrar definitivamente a Dios y al evangelio; desconocer por completo el mensaje de justicia y concordia que nos propone Jesús, no sea que recapacitemos y nos dé por impulsar acciones tendentes a salvar a tiempo nuestra humanidad y la a Humanidad.

Tal vez todavía algo cabría hacer para recuperar la esperanza y seguir tratando de mejorar todo aquello que está en nuestra mano realizar para lograr que este mundo sea más humano y apacible. Veíamos la semana pasada como nuestro colegio se ha movilizado a base de bien en la campaña de donación de sangre. Hemos de reconocer y agradecer a todos los que se han sentido involucrados el notable éxito de generosidad y gratuidad, porque donar sangre es donar vida y se Providencia ¡Qué pocas acciones podemos hacer más hermosas que posibilitar recobrar la salud a los enfermo! O también la cantidad de voluntarios empeñados en ayudar a las víctimas de las recientes inundaciones. No todo está perdido. No nos podemos dar por vencidos y quedarnos con los brazos cruzados.

Mientras unos re resignan o se repliegan mortalmente sobre sí mismos, otros son capaces de confiar no solo en sus capacidades, sino en las de los otros y en las del Otro, ese ser infinitamente cercano que llamamos Padre nuestro. Todo es aún posible, porque no podemos descartar el poder de los pequeños gestos que transforman el mundo; de todos esos pequeños gestos que tú y yo, fundidos en un esperanzado nosotros, somos capaces de ir realizando, como la gota que en su reiteración termina por horadar la dura roca. Aún menos podemos descartar el poder de la intervención de Dios que se vale de los sencillos para ir fermentando el Reino de los Cielos.

Jesús en el evangelio de este VI domingo de tiempo ordinario nos lo muestra con manifiestas claridad y belleza en el discurso de las bienaventuranzas. En eso que que Quevedo ve derrota, Jesús esperanzado ve el germen imparable de la acción de Dios. Los excluidos y sufrientes nos están llamandoa una transformación esperanzada. A protagonizar eso buenos gestos que anticipan ya el Reino. la resurrección está en marcha, porque la esperanza nos capacita para afrontar las dificultades. Es la fuerza de Dios, su gracia la que nos libera y nos convoca a vivir en un amor confiado y esperanzado. Él cuenta con nosotros si nosotros también contamos con Él. 

Así como si de un ciclo virtuoso se tratase, la fe lleva a la confianza y la confianza en el bien, en el amor de Dios, en el valor de lo menudo, nos lleva a la fe. Una fe esperanzada, asimismo, nos permite escuchar al otro, a contactar con su intimidad vulnerable (semejante a la de cada uno) para ser agentes de transformación. Empieza por ti mismo, empieza por cambiar los deseos de tu corazón y tus obras, para seguir cambiando, al mismo, tiempo tu entorno, tus relaciones y tus acciones.

Estamos en pleno jubileo de la esperanza. El papa Francisco nos invita en su bula Spes non confundit, a ser peregrinos de esperanza, a cambiar profundamente la mirada, a no caer en la tentación de creer que el mal se va a salir con la suya, a atrevernos a, con la fuerza de Dios, unirnos comunitariamente en la misma tarea compartida, libre y responsable de hacer posible un mundo mejor. Avivemos nuestro corazón y el de nuestros semejantes. Empecemos a vivir ya desde lo que esperamos. El mundo no puede ser abandonado a su suerte, porque nuestra pasividad termina siendo cómplice de esa deriva fratricida. Seamos fermento jubiloso de esperanza, porque Dios está con nosotros y este es ya tiempo de resurrección. Las bienaventuranzas nos lo están anunciando, participemos de esa bienaventuranza que es ser en la lógica del encuentro y del don.

martes, 31 de octubre de 2023

Y tú, ¿a qué aspiras?

 Y TÚ, ¿A QUÉ ASPIRAS?


Hace años se solía escuchar bastante esta expresión que hoy ya ni se oye: "Y tú, ¿a qué aspiras?" No siempre se formulaba por verdadero interés en los planes futuros de la persona a la que se preguntaba, sino más bien como sinónimo de esta otra expresión: "Pero ¿de qué vas?" o "Pero a ti qué te pasa". Es decir, se trataba de hacer caer en la cuenta al interlocutor que su actitud no parecía muy coherente. Tal vez ya no cabe pedir a nadie demasiada coherencia en el comportamiento, y quizás sea por eso que la expresión "¿A qué aspiras?" ha entrado definitivamente en desuso.

Y es que bien pudiera habernos pasado que de tanto mirar y mirar las pantallas, pues nuestro mundo ya es enteramente digital y hasta virtual, hayamos ido desarrollando una aguda miopía que nos impide mirar más allá. ¿Cómo vas a preguntar a nadie por sus aspiraciones, es decir, por sus proyectos a largo plazo, cuando solo nos ocupamos de lo más inmediato? Sin embargo, como decía Julián Marías padre, el ser humano es el animal que proyecta a futuro, que hace planes y tiene aspiraciones. Entonces, si renunciamos a nuestras proyecciones tal vez estemos también cediendo parte de lo que esencialmente somos. ¿Empezamos a preocuparnos ya por la deriva de lo humano, y tratamos de enmendarla en lo posible, o mejor la dejamos estar así a la deriva?

Cuando uno pierde esa visión de largo alcance, tanto sobre uno mismo como sobre la sociedad, aparte de hacer dejación de la propia capacidad de orientar nuestra vida de manera responsable, va a desencadenar otra serie de preocupantes consecuencias, ya que si no me interesa el porvenir tampoco tiene demasiado interés ni el pasado ni la historia. Con que el que ostenta el poder nos presente y repita machaconamente un relato verosímil, nos basta y nos sobra. Y qué contentos con seguir confirmando nuestras ideas, una y otra vez, en nuestras pantallas, en lugar de activar de manera libre nuestra capacidad de búsqueda y proyección. ¡Qué comodidad vivir sin plantearse demasiados asuntos complejos!

Pues, sintiéndolo mucho, vuelvo a tirar del pasado para comprenderme a mí mismo, a los otros y a nuestro presente, y poder así orientar las posibilidades que se abren en el futuro. Y recurro al gran tesoro del evangelio, a ver qué nos dice hoy, día de Todos los Santos. Una vez más el evangelio no nos defrauda, sino todo lo contrario, resulta verdaderamente actual y esclarecedor, puesto que nos hace caer en la cuenta de esa incipiente miopía que impide que despleguemos un tiempo que desborda los estrechos márgenes de la mera sucesión de momentos presentes. Este aquí y ahora no lo es todo; hay un más allá de plenitud y sentido en este aquí y ahora de nuestra existencia. Y es que Jesús capta y expresa lo que vivimos también con la mirada ilimitada de Dios a la par que de hombre.

¡Qué sumamente hermoso que el día de Todos los Santos se nos hable de bienaventuranzas y de hombre y mujeres bienaventurados! Todos nosotros estamos llamados a aspirar a lo máximo, no a quedarnos ni en la superficie ni en lo mediocre. Con eso no basta para realizarnos como persona. Estamos llamados a la comunión con Dios. Que nada ni nadie impida que seamos según el amor de Dios y para el amor de Dios. Vivamos esa apertura al amor ya con nuestros semejantes. Vivamos la santidad ya en la bienaventuranza presente, y a la vez futura, en la fraternidad del Reino de los Cielos aquí ya en la tierra. ¿Hay mayor belleza? ¿Se puede aspirar a más?

Si, hoy recordamos que debemos y podemos ser santos, igual que todos los santos y santos que ya nos han precedido. ¿Cómo se nos puede llegar a olvidar esa vocación fundamental a la santidad de todo cristiano? Trata de ser santo día a día y en medio de todas las circunstancias y vicisitudes que nos acontezcan. Trata de convertir en bienaventurada tu vida y la de los demás, y en esa forma de vivir y ser para los demás: hallaras la dicha completa.

Como nos dijo el Papa Francisco: no nos dejemos arrebatar ni la fe, ni la esperanza, ni la caridad, sino, por contra, que sean las que las ejerzamos cotidianamente en nuestro caminar. Resulta que hay santos en la puerta de al lado.

sábado, 28 de enero de 2023

Un mundo al revés

 UN MUNDO AL REVÉS


Somos animales de costumbres. Una vez que nos hacemos a un hábito, nos cuesta Dios y ayuda salirnos de él. Es muy sencillo seguir haciendo las cosas como siempre se han hecho. Y a veces puede ser conveniente mantener una sabia tradición por su enorme valor, pero esto no asegura que lo que siempre se hizo de una manera siga siendo la mejor forma de reiterarla.


Lo malo ocurre cuando los esquemas mentales se nos vuelven fijos e invariables. Ese síntoma tan frecuente nos va anquilosando las mentes y el corazón, impidiendo la flexibilidad necesaria para crecer, transformarnos y transformar nuestra manera de concebir el mundo. Entonces uno se impide a sí mismo todo aprendizaje. Y si no se tiene cuidado uno se puede terminar convirtiendo en un fanático intransigente de tomo y lomo, de los que se quejan mucho pero aportan poco, pues ven el fallo en todo lo exterior y en todos, más no saben descubrirlo en ellos mismos.


Afortunadamente hay modo de prevenir esa distrofia esclerotizante y anuladora. Se me ocurre que la lectura siempre nos debería abrir a nuevas y ideas y propuestas. Otra práctica muy recomendada es trabajar la atención y la creatividad, como si siempre se estuviese comenzando. Y, sin más ánimo de agotar las propuestas, habría también que añadir: no dejar nunca de soñar a lo grande o escuchar las palabras de Jesucristo y tratar de llevarlas a la práctica. Y ciertamente esta última recomendación, siendo tal vez la más difícil de realizar, bien podría ser la de mayor alcance. ¡Qué manera tiene Dios de entender al ser humano y su realización! Esta manera de comprender la vida posee la capacidad de desinstalarnos radicalmente de todas nuestras inercias acomodaticias. Y si no me crees aquí la tienes:


"Al ver a la multitud, subió al monte. Se sentó y se le acercaron los discípulos. Tomó la palabra y los instruyó en estos términos: Dichosos los pobres de corazón, porque el reinado de Dios les pertenece. Dichosos los afligidos, porque serán consolados. Dichosos los desposeídos, porque heredarán la tierra. Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Dichosos los misericordiosos, porque serán tratados con misericordia. Dichosos los limpios de corazón, porque verán a Dios. Dichosos los que trabajan por la paz, porque se llamarán hijos de Dios. Dichosos los perseguidos por causa del bien, porque el reinado de Dios les pertenece. Dichosos vosotros cuando os injurien, os persigan y os calumnien de todo por mi causa. Estad alegres y contentos pues vuestra paga en el cielo es abundante."


Así de claro, nuestro mundo visto al revés es el querido por Dios, y el mundo al revés de Dios es al que hemos terminando plena validez. Todas las demás proclamas reivindicativas se quedan cortas, no llegan a ponerlo todo patas arriba, pero la de Jesús de Nazaret sí.

  • Solo los que son pobres de pasiones mundanas dejan sitio en el corazón a la pasión de Dios por el hombre.
  • Solo los que han sufrido pueden saber del consuelo del Amigo fiel, y haber aprendido a consolar también al hermano.
  • Solo los desposeídos conocen aquello que nadie puede arrebatarles y son capaces de compartir lo que son y lo que tienen.
  • Solo los que tengan hambre y sed de justicia aspiran a una realidad conforme al sueño de Dios.
  • Solo los que practican la misericordia con el hermano han experimentado, experimentan y experimentarán la misericordia del Padre misericordioso.
  • Solo los que miran con limpieza plena de profunda de corazón podrán gozar de la magnitud inmensa de la obra de Dios que es la vida, cada vida.
  • Solo los que se afanan por pacificarse y pacificar sus relaciones con los demás pueden recibir propiamente el apelativo de hijos de Dios.
  • Solo los que son rechazados y perseguidos por tratar de vivir conforme al evangelio están realizando ya el Reino de los Cielos en la Tierra.
  • Solo es esta la manera de alcanzar la dicha no perecedera, la plena bienaventuranza, esa que anuncia y promete el Dios con nosotros, el que pasó por la vida haciendo el bien, sanando y salvando, a todos nosotros los hombres.


No sé tú, pero yo lo tengo claro esta locura de mundo propuesta me parece de lo más lúcida, la más seductora, sin duda la mejor posible. Está cargada de sentido y es además promesa segura.

¿TE LO VAS A SEGUIR PENSANDO O LO INTENTAMOS YA?    


      

sábado, 12 de febrero de 2022

Otro mundo

 OTRO MUNDO



Tal vez uno de los grandes males de este mundo nuestro -que acumula muchos e inmensos-, sea el de la indiferencia generalizada. Aquí a veces parece que cada uno va a lo suyo exclusivamente. Y así nos va. Hace apenas unas semanas se nos muere congelado de frío y soledad un hombre caído en una calle céntrica de París, sin que ningún transeúnte se pare a preguntar, a tratar de ayudar o al menos dar aviso a algún teléfono de emergencias. Desolador, pero cierto.

Si no movemos un dedo por ayudar a un anciano que está a nuestro lado, seguramente tampoco vamos a movilizarnos por auxiliar a otros que ni siquiera vemos.

No ayuda mucho enterarnos que, días después, mueren congelados dos bebés en un campo de refugiados de Siria. Esta es la bofetada que nos propina este mundo, pero nosotros seguimos a lo nuestro, a nuestros problemas, a nuestros agobios, a nuestra actividad frenética, a este vivir sin parar y sin saber bien ni por qué ni para qué. Hartos de hartura y de distracciones múltiples para que no tomemos conciencia del mundo inmundo en el que estamos metidos. 

Al parecer debemos estar enfermando de indiferencia. ¿No nos estaremos deshumanizando? ¿Y hay algún modo de frenar esto? ¿Es posible otro mundo? ¿Podemos empezar a gestar otro modo de habitar este mundo para transformarlo en otro bien distinto?

Sí, claro que sí. Para empezar no quedándose cómodamente sin hacer nada de nada para que la pandemia de indiferencia deshumanizadora se siga extendiendo. Después que te duele el dolor de los otros, pues será que aún conservas un corazón que siente y se conmueve. Y Después, junto a otros ponerse a aportar soluciones.

Este domingo celebramos la campaña contra el hambre. Ayudemos, colaboremos, hagamos posible ese otro mundo que Jesús reclama hoy con fuerza en el Evangelio de las bienaventuranzas. Tengamos hambre de justicia. Miremos al ser humano como Él nos enseña a mira: posibilitando, dignificando, amando, poniendo remedio a toda necesidad. Construyamos juntos ese Reino de Dios, y este mundo será otro. ¿Puede haber un empeño más hermoso y urgente?

Sí, claro que sí es posible. Podemos hacerlo posible si vencemos nuestra indiferencia y actuamos más desde el corazón luchando por un mundo más humano y fraterno.

¿VAMOS A UNIR NUESTRAS MANOS POR LA MEJOR VERSIÓN DEL MUNDO?

  

sábado, 31 de octubre de 2020


 Festividad de todos los santos



Si algo es definitivo en nuestra religión cristiana es que Jesucristo triunfó sobre la muerte de una vez para todas, y que el amor del Padre es tan poderoso que le resucitó a Él y con Él a todos los que en esta vida terrena nos hemos unido a Él.

Pero además tenemos el ejemplo de vida de tantos santos, del pasado y del presente, que han decidido hacer de su vida una generosa entrega a la voluntad de Dios y del prójimo. Que se han dejado transformar por ese amor luminoso de Dios y se han ido convirtiendo en amigos sin reservas de Dios y desde ese privilegio amar a los más sencillos.

De los santos que celebramos en esta festividad, conocidos y desconocidos, sabemos que sus vidas han merecido tanto la pena, han estado tan llenas solo de lo importante que en esta vida fueron felices y aún más ya que están en el gozo eterno del amor del Padre.

Pero que hayan triunfado y llevado hasta su plenitud de bautizados no quiere decir que se despreocupen ya de todos nosotros, tenemos la certeza que los que tanto han amado, que los que han sentido tanto el amor de Dios, hoy continúan intercediendo por nosotros.

Aprendamos de ellos y tratemos también nosotros de ser santos. ¿Cómo? Viviendo las bienaventuranzas y dejando que Dios sea el que nos modele.

                ¡Santos y santas de Dios, rogad por nosotros! 


Fieles difuntos


 

Os habéis ido, pero perdura todavía vuestro rastro aquí. La muerte, que nos ha arrebatado de entre nosotros, no puede borrar vuestro recuerdo. No hemos dejado de quereros ni un solo día. Habéis partido, bien lo sabemos, hemos tratado de rehacer nuestras vidas como hemos podido sin vosotros, nada es ya igual, pero seguimos. Y, siguiendo vuestro inolvidable ejemplo, vamos a sacar lo mejor de nosotros para los demás: nuestro amor.

Es tanto lo que os debemos, es tan profunda la huella que nos habéis dejado, que aunque estéis ya lejos, en la vida eterna, seguís de alguna manera presentes ya para siempre en nuestros corazones.

No nos hemos separado para siempre, no. La muerte no puede destrozar todo lo que nos une, y al final, nuestro Dios, el que es misericordioso y reconciliador, nos volverá reunir, a ser felices juntos de nuevo, y gozaremos en torno a Él en un cielo eterno. 







Día de los difuntos