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sábado, 6 de junio de 2026

Superalimentos

SUPERALIMENTOS


Somos lo que comemos, dicen los expertos en nutrición. Y muy probablemente sea una verdad irrefutable, entre otras cosas por la evidencia de los beneficios que aporta llevar una dieta variada y saludable. El que se alimenta mal enferma. El que cuida su alimentación nutre adecuadamente lo que su cuerpo necesita y eso repercute en la mejora de su salud. Sí, en gran medida somos lo comemos, pero de manera similar podríamos llegar a decir que también comeremos según lo que seamos. 

Hoy, que a la gente le gusta cuidarse, se han hecho famosos los llamados superalimentos. Y esas tendencias son conocidas, impulsadas y aprovechadas por el mercado, que conoce bien nuestros intereses y debilidades. Por ello la lista de estos extraordinarios ingredientes en una dieta saludable y razonada no termina de estar consensuada del todo y por todos. Como se suele decir hay disparidad de pareceres, como hay disparidad de sabores y nutrientes.

Es muy conveniente, por tanto, el cuidado del cuerpo, del propio cuerpo; pero lo que sería de lamentar es que ahí se acabaran nuestros cuidados. Tal vez sería necesario alzar la mirada para comprender que hay que cuidar también la mente, sin olvidarnos tampoco del alma. No podemos empobrecernos a ser exclusivamente cuerpos, sino que además este cuerpo integra alma y espíritu. La grandeza de nuestro cuerpo mortal es que somos mucho más aún, y de ahí que requiramos de otros alimentos indispensables.

Está fenomenal hacer ejercicio en el gimnasio, pero para evitar malograrse se hace muy recomendable ejercitarse también en las bibliotecas, haciendo series de levantamiento de libros, ejercitando la comprensión lectora y la actividad pensante, la puesta a punto de un vocabulario fabuloso y el desarrollo de la musculatura de la imaginación y de la inquietud intelectual. Es en el colegio donde se nos ofrece esa educación integral de mente y cuerpo que no deberíamos desdeñar. Craso error sería dilapidar aquellos alimentos del alma y del espíritu que tan provechosos pueden llegar a ser para el crecimiento de cada uno de nosotros.

Pero además, habrá otra alimentación que precise el deseable fortalecimiento de los tejidos del cuerpo, de ese cuerpo aumentado que no se agota en el individuo, sino que inserta y fortalece a las personas formando familias, grupos y comunidades. Es ese el cuerpo relacional en el que hemos de insertamos para lograr desplegar nuestra vocación a realizar lo que somos no exclusivamente reducidos a individuos, sino en función de los demás. Si perdemos de vista esta dimensión vital de nuestra existencia, el aislamiento termina por destruir la esencia misma de lo que es el ser humano. Cuidado porque este superalimento es imprescindible: interrelación, convivencia saludable y apoyo mutuo.

Este domingo celebramos por todo lo alto la solemnidad del Corpus Christi con el papa recorriendo las calles de nuestra ciudad de Madrid. Es sin duda una ocasión histórica en la que León XIV acude al epicentro de la ruptura social en que estamos inmersos ha hablarnos del fermento de unidad que se puede lograr cuando todos compartimos el mismo pan partido de Jesucristo. Es en Aquel que dio su vida en rescate por todos en dónde está ese ansiado superalimento para la regeneración personal de este mundo fragmentado por el materialismo, el individualismo y la pérdida de los vínculos entre los seres humanos entre nosotros. Sí Jesucristo con su cuerpo y su sangre, con su palabra y su ejemplo puede puede desbrozarnos la vía del encuentro: un encuentro con el rostro del hermano y del Padre. León no viene ha hablar de sí mismo, sino del Dios vivo que ha resucitado, capaz de hacernos partícipes de su vida y de su resurrección.

Estamos todos invitados a acoger a León XIV y a escuchar ese mensaje de unidad que nos trae. Estamos invitados a sentarnos en la misma mesa eucarística y compartir ese pan y ese vino que son Cuerpo y Sangre del mismo Jesús que se entrega por amor a todos. Ha Él de igual manera podemos acogerle para nutrir esa fibra moral, social y espiritual que se nos ha debilitado alarmantemente. Tampoco sería un acierto desechar este Superalimento que se nos ofrece para el crecimiento armónico de la persona, porque el que come de su Carne y bebe de su Sangre tiene vida eterna ya que Jesús mismo, el Hijo amado habita en Él y Él en nosotros.

No nos quedemos en una mera sombra de lo que podemos llegar a ser. Aprovechemos el gimnasio, la escuela y la Iglesia. Ahí nos van a proporcionar la alimentación y preparación adecuadas para el despliegue de la verdad de lo podemos desarrollar. Así ahora, en estos días de conclusión del curso todos hemos de alzar la mirada y considerar si hemos tratado de alcanzar lo esperado y en qué medida lo hemos conseguido. Nuestros alumnos mayores acaban ya su paso por nuestro centro, esperamos haberos ofrecido nuestros superalimentos para que al menos sepan lo que les conviene de aquí en adelante. Recordad que esta será siempre vuestra casa, y por tanto podréis volver cuando queráis y se os abrirán de nuevo las puertas. La Provi es una familia unida, puesto que se alimenta del cariño de María, madre del Aquel que es alimento para la Vida eterna, a la que todos deberíamos apuntar.

sábado, 31 de enero de 2026

Lo más menudo

LO MÁS MENUDO



No gustan las cosas grandes, enormes, espectaculares. Lo que llama la atención no suele ser lo discreto, la letra pequeña, sino por el contrario es aquello que resalta por sus grandes dimensiones. Parece que las grandes ciudades compitan en elevar altísimos edificios, rascacielos, como en la antigüedad los poderosos competían por la grandeza de sus palacios y mausoleos, hoy pasto del polvo. Y es que el ego, en lugar de admitir con naturalidad la pequeñez de su alcance, prefiere fijarse en una enormidad ficticia. Si mostramos un mapa a escala de la Vía Láctea, podremos considerar lo inmensamente discreto que resulta nuestro planeta, y dentro de él, y compartiendo existencia con otros ocho mil millones de semejantes, está cada uno de nosotros. ¿De verdad que nuestra particular grandeza es tan reconocible? ¿No será más bien producto de una soberbia sobredimensionada?

A muchos también les gusta compararse con los otros: mi coche es mayor que el tuyo, mi cartera está más repleta que la tuya, el diamante de mi anillo es un verdadero pedrusco, mi casa tiene más metros que la del resto, o como este bíceps no hay otro. Y hasta se creen que con eso han alcanzado algo sumamente meritorio. Pues que se lo sigan creyendo si con ello encuentran contento, pero tal vez en la vida se trate más de amar a los demás que a uno mismo, entenderlos, cuidarlos, compartir lo que se es, que meramente de hacer alarde y presumir. Más ser para los demás y no tanto tener, acaparar, dominar y poseer.

Qué bueno descubrir que aún hay personas con la suficiente sensibilidad para no dejarse impresionar por lo desorbitado, lo suntuoso, sino por aquello que no llama la atención, que se nos pasa desapercibido, por lo que no trata de destacar: un rayito de sol, en lugar de un sol cegador; una brisa antes que un vendaval impetuoso, una pequeña flor silvestre les es preferible a un ramo de flores carísimo y exclusivo; un simple gesto sentido vale más que todo un protocolo ostentoso y hueco. Sí, aún queda gente sensible que sabe apreciar lo bueno. Por mucho que se impongan las tendencias, ellos no pierden el buen gusto. No hace falta mucho, sólo mantener un poquito de sentido y sensibilidad. Eso ayuda a percibir el gran valor de cada cosa, por ínfima que sea la consideración que recibe.

A Dios -que grande debe ser bastante más que todos nosotros-, no le importan tanto nuestras supuestas grandezas como nuestras pequeñeces. Parece ser que se pirria por lo humilde y sencillo. Tal vez sea porque sólo los humildes dejan espacio para que el otro también pueda ser, y por tanto, para que Él tenga su sitio entre ellos. De ahí que para abrirle la puerta a la fe sea necesario reconocer la pequeñez de uno y el amor grandioso de Dios por los sencillos. No es nada sencillo de conseguir si no vencemos nuestro sólido orgullo.

Justamente los humildes del mundo son los que Dios escoge para destacar la grandeza de la gracia y ser gloriado en ellos. Es este un verdadero misterio, que nos descubre mucho de este Dios apasionado por lo frágil, por los más pobres y excluidos. Jesús nos enseña a apreciar el gran valor de las pocas monedas que puede echar aquella viuda en las ofrendas del templo; era todo lo que ella tenía, no como otros, que donaban sólo parte de lo que les sobraba. Así es este Dios que se hace pequeño con los pequeños allí en Belén. Los justos son los que escogen ser tal y como al Señor le agrada, sin engaño, sin engolamiento y sin aparentar aquello que no son. La pequeñez es bella y Dios la abraza.

Pues este domingo IV de tiempo ordinario las lecturas nos recuerdan esa preferencia del Señor por "el resto de Israel", aquellos que no se dejan llevar por la atracción de las riquezas y el lujo, por la ostentación y la avaricia, sino los que se mantienen en llevar una vida sobria en fidelidad al amor de Dios. Esos que a los ojos del mundo y de la sociedad son marcados como los fracasados, pues no salen en las revistas de celebrities ni las publicaciones sobre las mayores fortunas del mundo, son los que triunfan para Aquel que juzga justamente. Unos logran el fiasco del éxito terrenal, otros, en contra de lo que cabría pensar, los abnegados, sacrificados, austeros, son los que han acertado con el triunfo eterno.

Las Bienaventuranzas nos dan con toda radicalidad el mensaje esencial del Evangelio. Jesucristo no ha venido a buscar situarse en este mundo, sino a enseñarnos el camino de la entrega sin reservas de la vida a Dios y a los hermanos. Porque solo el que entrega su vida por Él, la salvará. No hay medias tintas, no caben posturas tibias: o optas por realizar el evangelio o por construirte un zulo confortable de bienestar privado; o fijas tu felicidad en la autosatisfacción individualista o te arriesgas a ser aún humano. Que cada uno decida.

Los pobres, los mansos, los que lloran, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los que trabajan por la paz, los perseguidos, los que el mundo excluye, insulta, persigue y calumnia, todos ellos y algunos cuantos más (los que escuchan con atención, los que no mienten ni manipulan, los que abrazan, los comprensivos, los generosos, los que ayudan, los que buscan la verdad...) ya están anunciando y realizando el triunfo de Jesús, el que se abaja y humilla sin parangón. Todo aquel que se ensalza será humillado, y el que se humilla, reconoce su pequeñez, es el que será ensalzado. Es necesario pasar por la puerta estrecha, hacerse servidor, para ser tenido como digno del Reino de los cielos.

El Reino de Dios, por tanto, ya es y será para siempre, Cristo nos lo hace posible. No se trata solo de esperar a la vida futura que se nos abre tras la muerte para alcanzar el consuelo, también en esta vida terrena aquellos que el mundo humilla, las víctimas, pueden descubrirse muy amados por el Dador de Vida. San Francisco en su periodo final, muy enfermo y despreciado por los suyos, escribió el cántico a las criaturas, porque, sumamente agradecido y exultante, reconocía la omnipresencia del amor de Dios en todo lo creado. A ese estado no llegan los satisfechos y pagados de sí mismo, pero sí los menudos, los bienaventurados. Ojalá tu nombre y el mío estén en la lista de este resto que sigue al Salvador. Si es así, si somos de los bienaventurados, nuestro gozo no tendrá término.

viernes, 31 de octubre de 2025

Renovar la esperanza

 RENOVAR LA ESPERAZA


Si se mira y juzga precipitadamente, se corre el riesgo de no acertar. Si no nos paramos demasiado a observar con detalle, bien puede darnos la impresión de que los humanos, al menos en países desarrollados, vivimos una fiesta constante a la que no queremos renunciar. El que más o el que menos trata de disfrutar en todo momento y a costa de todo como si nos fuera la vida en ello. En un vistazo rápido puede parecernos que derrochamos vitalidad y alegría. Pero tal vez no sea tan así como creemos. 

Terrazas llenas de amigos, restaurantes en los que sin reserva no se te ocurra presentarte, vacaciones a todo lujo, aforo completo en tantos lugares de ocio; pero, al mismo tiempo, los informes demoledores sobre soledad no deseada, sobre el consumo de ansiolíticos o sobre depresiones y suicidios, desmontan la ficción de estar en la tan cacareada sociedad del bienestar. Desengañémonos, no es oro todo lo que reluce, sobre todo si pretendemos mirar sin hacernos trampas a nosotros mismos. Como aquella película titulada Lo que la verdad esconde, hay mucho más que tal vez, por acción u omisión, se nos esté pasando inadvertido.

En esa línea se viene pronunciando en los últimos años el último premio Princesa de Asturias, el filósofo coreano-alemán Byung-Chul Han. Tanto es así, que terminaba su discurso de agradecimiento en la recepción del premio afirmando que "Algo no va bien en nuestra sociedad". Podemos, por tanto, observar y reflexionar, tomar nota, leerle y debatir, a ver si esa supuesta felicidad no es más que otra farsa más, otro bulo que estamos dispuestos a dar por bueno, pero que no es real.

La Iglesia Católica siempre ha hecho hincapié en la esperanza como una de las virtudes teologales que no podemos permitirnos perder sin errar el rumbo. Andamos ahora metidos en pleno año jubilar de la esperanza, Y el actual papa León XIV acaba de sacar una extraordinaria carta apostólica, titulada "Trazando nuevos mapas de esperanza", en la que aborda la educación como acicate para renovar la esperanza, aprovechando la educación para promover una cultura más humana y justa.

No podemos permitirnos ceder a la desesperanza y celebrar y consumir la propia vida y las demás como huida del pesimismo profundo en que como sociedad vamos cayendo, como si nada tuviera remedio y estuviésemos abocados a un fin desesperado y agónico. Sabemos que lo peor que podríamos hacer es resignarnos y refugiarnos en un victimismo insolidario, en lugar de ponernos a los remos y escapar de ese atolladero al que nos conducirá irremisiblemente haber perdido la esperanza y puestos a perder, también la fe, la caridad y hasta lo que nos quede aún de humanidad. La educación ha de servirnos para revertir esta tendencia mortal ha que estamos sucumbiendo. La tarea educadora ha de estar preñada de esperanza y ser motor de transformación.

Bien podríamos alterar el refrán y decir: "Dime tu esperanza y te diré cómo estás". Si quieres, puedes parar un momento y preguntarte sobre lo que esperas de ti mismo y de los demás; lo que esperas de la vida y en la vida. Y también, puestos a autocuestionarnos, planteartse lo que espera cada uno tras la muerte. Casi es obligado al comienzo de este mes de noviembre volver a enfrentarse a la propia finitud y la de los seres queridos que ya han partido. Y ahí no hay muchas posibilidades: o aceptamos la desaparición total, o atisbamos esperanzados una continuidad, o al menos su razonable posibilidad.

Qué bueno sería poder renovar la esperanza como si se tratara de un delicadísima planta de la que nacen las ganas de vivir y de hacerlo con la verdadera alegría capaz de transformar la desesperanza reinante en ánimos y entusiasmo. La palabra de Dios de este sábado, Día de todos los santos, como del domingo, celebración de los fieles difuntos, sí que puede insuflarnos la luz de la que se nutra nuestra esperanza. Luz que anuncia el triunfo sobre la oscuridad y las tinieblas.

Jesús se dirige al pueblo numeroso que acudía a escucharle y les anuncia la seguridad del triunfo sobre toda penalidad. En el sermón de la montaña afirma que los que ahora sufren van a ser bienaventurados, felices, porque el Dios de misericordia no abandona a los hombres. El Hijo de María ve más allá, apunta a un futuro profético en que lo negativo va acabar y cambiar definitivamente. Creer en las palabras hermosísimas de Jesucristo sostiene nuestra esperanza. La actuación de Dios acabará contra todo mal propiciado y permitido por los hombres sin esperanza. Llegarán días firmes en que el triunfo del bien prometido por el Dios de vivos transforme nuestra condición. El Señor tiene preparado para sus amigos los santos, los que vivieron en fe, esperanza y caridad un lugar junto a Él. No se puede aspirar en esta vida a nada mejor, la otra la eterna en festiva comunión.

Ojalá nos queden algo más claras aquellas palabras de Václav Havel cuando apuntaba que "la esperanza no es una convicción de que algo saldrá bien, sino la certeza de que vale la pena luchar por una causa justa independientemente del desenlace".  Llevar a cabo la realidad del Reino, luchar por el proyecto de Jesús, ser santos en la capacidad de amar, merece por completo la pena, aunque el desenlace se encuentre aquí y todavía más allá de este mundo. Aprendamos a mirarnos con otra perspectiva para que se pueda renovar nuestra esperanza. Atrevámonos a ser bienaventuranza, anticipo y promesa del don de Dios de todo consuelo.

Sabemos que Cristo resucitó y resucita aún resucitándonos. Todos los hermanos que por el bautismo nos hemos unido a Él, ya participamos de su muerte y resurrección. No temamos a la muerte, porque ya no puede acabar definitivamente con la vida. Contamos con una vida divina que ha de estar operativa en cada uno de nosotros. Por tanto, no hemos de temer ni estar cabizbajos. Los que ya partieron, nuestros seres queridos, a los que seguimos añorando, ya están con Él en la vida eterna. Conocemos al que es la verdad, el camino y la Vida, y es justamente Él el que nos garantiza el acceso al Padre y al cielo. ¿Cómo no vamos a estar esperanzados los que hemos conocido su amor?

Lo que ahora no vemos, lo que ahora no llegamos a entender, lo que ahora todavía nos apena y entristece, debe comenzar a transformarse en segura esperanza de poder compartir el amor con Dios Padre, Hijo y Espíritu, con todos santos y familiares y amigos difuntos. Allí serán enjugadas nuestras lágrimas y seremos bienaventurados con los bienaventurados, porque supimos amar y supimos optar por vivir para el amor a Dios y a los prójimos con los que tuvimos la suerte de compartir nuestras vidas. Hoy agradecemos, recordamos y rezamos por los que se fueron, dejándonos también un hueco palpable, sabiendo que ya descansan en la bienaventuranza del Señor. A Él nuestra alabanza por los siglos.

sábado, 5 de noviembre de 2022

ENTORNO AL FUEGO

 ENTORNO AL FUEGO


Han llegado ya los primeros fríos; las temperaturas inician ya ese descenso progresivo; avanza el otoño; se contrae la tierra por nuestras latitudes, y al mismo tiempo también nuestra alma parece otoñarse. Volvemos a sacar los jerséis, las mandas, las botas y los abrigos. Buscamos caldearnos por dentro y por fuera, y añoramos aquella estampa antigua en que se solían reunir entorno al fuego y callar, para escuchar crepitar las llamas mientras consumen un viejo leño. ¡Qué tiempos!

Y es que hoy es raro disponer de una cálida chimenea en ninguno de nuestros modernos pisos. Seguimos llamándolas hogares, pero, aunque tengan wifi 5G, carecen de ese hogar en que el calor de la lumbre se expandía para todos. Algunos incluso recurren a las tecnologías para suplir el fuego verdadero, y proyectan en la pantalla de su smart TV, un simulacro de hoguera, que, aunque ni quema ni echa humo, aparenta arder y crea un clima sumamente agradable y decorativo.

Este domingo Jesús nos habla del fuego, de la luz, de la llama inextinguible. Algunos saduceos, trataban de tenderle una trampa a Jesús; para ello le cuentan una parábola y le formulan una pregunta capciosa sobre la vida eterna, en la que ellos no creían. Pero Jesús les recuerda el episodio de la zarza ardiente, esa llama que permitió que Moisés, mientras pastoreaba en el monte Horeb, percibiera la presencia del Dios Viviente. ¿Cómo es posible descubrir en lo ordinario el misterio insondable de lo extraordinario? ¿Se puede acaso atisbar esa experiencia de Dios en medio de esta vida gris y apresurada que llevamos?

Sí, definitivamente hay seres portadores de fuego; hay personas que se han aproximado a ese fuego incombustible, a esa zarza ardiente e inédita; hay seres que han descubierto quiénes eran verdaderamente a la luz inequívoca de Dios. No son frecuentes entre las multitudes, cierto, pero están entre nosotros. Hablan más pausadamente; divisan un horizonte que a los demás se nos escapa; escuchan y callan de otra manera, como si les fuera el alma en ello; y hasta puedes percibir una luz distinta y más afable en su mirada. El Papa Francisco se refiere a ellos como los santos de la puerta de al lado: personas que con su vida se asemejan a Jesucristo, y por ello viven para los demás, haciéndonos todo el bien que pueden.

Frente a estos saduceos incrédulos e interesados (no olvidemos que eran tan prácticos que para seguir instalados en el poder, colaboraban de buen grado con el invasor romano), que reducen toda vida a nuestro paso por la tierra, y niegan la posibilidad a que ese Dios, que es amor comprometido, amor que se encarna y da la vida por nosotros, rompa con los límites de la muerte y nos abra definitivamente una vida que no se extingue, un fuego poderoso y cautivador, el del amor eterno.

Puede parecernos que es algo reciente esto de solo dar pábulo a lo evidente y mensurable, pero antes de la aparición del método científico ya se daba el mismo sesgo que limita todo a lo evidente y previsible. Pero sabemos que en última instancia la vida humana es mucho más, rica, variada y compleja, como para reducirla a unos moldes excesivamente simplistas. Con los ojos de los saduceos jamás Moisés hubiera descubierto esa zarza ardiente, aunque pasara a su lado, porque se salía de sus esquemas, de sus expectativas y sus juicios anticipados. Tal vez para dejarse atrapar por la zarza que arde y no se consume, tal vez haya que tener más ojos de poeta -o de científico- que de bien acomodado saduceo. 

En estos días primeros del mes de noviembre nos hemos acordado de aquellos santos anónimos que nos precedieron, esos que ya gozan del banquete eterno. Y también nos hemos acordado de todos los difuntos que ya se nos fueron. Todos los que nos dejaron, partieron, pero los recuerdos, el amor y el agradecimiento que nos dejaron hacen que permanezcan vivos -y bien vivos- en nuestro corazón y en nuestra memoria. Nadie nos va a convencer que la muerte puede acabar con todo y con todos, sabemos que el amor es más fuerte que la muerte, y que Dios, que es un Dios de vivos y no de muertos, no deja que ninguno perezca, sino que vivamos para siempre.

Creemos en el amor, el amor que es fuente verdadera de vida, y de una vida tan plena que perdura y supera todo mal. Este es el Dios Padre de Jesús, en el que Él creía y el que resucitó a su Hijo y con Él a todos los que hemos optado por amar y vivir para siempre.

Que bueno sería que pudieras acercarte en algún momento a ese fuego del hogar, en el que arde lo sagrado, y pudieras simplemente permanecer descubriendo que efectivamente el misterio de Dios está perceptible en la vida, una vida inextinguible, un amor que no cesa ni se consume. Calla, escucha y que en tu corazón arda el amor y la esperanza.