Mostrando entradas con la etiqueta Reino de los cielos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Reino de los cielos. Mostrar todas las entradas

sábado, 10 de octubre de 2026

¿Nos lo esperábamos?

¿NOS LO ESPERÁBAMOS?


Es sabido que el color verde es el color de la esperanza, y su razón ha de tener semejante afirmación. Cierto que cuando en el campo vemos verdear los pastos, los cultivos, llenarse los árboles de brotes incipientes, sabemos que se nos promete una gran abundancia de bienes venideros. El que espera prevé que se cumpla aquello que anhela; por contra, el que ha renunciado a la esperanza, difícilmente logra contar con las fuerzas necesarias para seguir adelante. La esperanza es tan necesaria para los seres humanos como el aire o el agua. como el amigo, el compañero o ese ser que nos sustenta. Aunque la cosa no pinte bien, no renunciemos así por las buenas a mantener bien vivas nuestras esperanzas.

Asimismo, si uno enarbola la esperanza contra toda desesperanza, se pondrá en marcha e intentará con esfuerzo y ganas, luchará y hasta será capaz de enfrentarse y superar todas las vicisitudes que se le presenten, porque no pierde la esperanza de lograrlo. Frente a los que dan el partido por perdido de antemano, y no tratan de dar la batalla siquiera o al menos aceptar un digno y meritorio fracaso ya que al menos se hizo lo que se pudo heroicamente. No es lo mismo ni parecido ceder que resistir, al menos hay que intentarlo.

Hay, sin embargo, sucesos no previstos, que nos pillan desprevenidos, y que nos desarman e incluso requieren de nosotros una capacidad de superación extraordinaria. En muchas ocasiones esa capacidad de sobreponerse a las adversidades también nos sorprenden, pues ignorábamos contar con esas fuerzas y hasta con personas a nuestro lado dispuestas a echarnos una mano y a ofrecernos su apoyo. Y es que las penas con pan son menos, y con otros cercanos resultan hasta llevaderas.

Por todo esto podemos afirmar que la vida es siempre previsible, en cierta media, e imprevisible al mismo tiempo; que nos sorprende a veces, pero que otras muchas sucede conforme a lo acostumbrado. Sucederán cambios a los que veníamos haciendo a la idea, y otros que surgen de forma súbita e imprevista, pillándonos totalmente con el pie cambiado. Al no esperarlos, nos cuesta lo suyo afrontar esos imprevistos. No es que la vida sea una partida de ajedrez, pero si uno aprende en cierta medida a anticiparse, sabrá mejor campear ante aquella jugada que cabría imaginar.

No hacía falta hacer muchas premoniciones para acertar que el otoño, con su tradicional paisaje iba abriéndose paso; y que tarde o temprano las lluvias harían acto de presencia; que los días se nos estaban acortando, o que los primeros catarros empezarían a aparecer. Así también por esta época aparecen los ganadores del premio Nobel, siempre con un toque de novedad y de regocijo por el mérito y reconocimiento que conllevan. Los supermercados empiezan también a exponer productos navideños, aunque quede por llegar aún la natividad. Incluso se barruntaba un fin de ciclo en lo político; tal vez nos haya sorprendido algo la rapidez con la que se ha anunciado la convocatoria de elecciones generales. Está aún por ver lo limpio del proceso electoral o si por contra nos demuestran esta vez saber comportarse con un mínimo de decoro democrático, ajeno al populismo, la demagogia y el enfrentamiento. Quzás no se puedan pedir peras al olmo, y todo suceda según nos tememos.

Y además, este domingo XXVIII de tiempo ordinario, en el evangelio de  San Mateo se nos recuerda que aunque no lo esperaban, ciertas personas insignes fueron invitadas a la boda del hijo del Rey, pero no se lo debían esperar y declinaron asistir. Decidieron priorizar lo suyo por encima de lo que lo que el Rey les proponía. Tal respuesta tampoco era esperada por aquel monarca, que esperaba al menos algo de agradecimiento por los numerosos favores de que habían sido objeto. Así que mandó recado a los que pasaban por los caminos y que, aunque tampoco esperaban esa invitación, sí acudieron al banquete. Pero uno de los nuevos invitados llegó sin ponerse las galas exigidas por el protocolo de palacio para la ocasión, y fue expulsado.

Nosotros podemos esperar esa invitación al banquete del Hijo o puede resultarnos una verdadera sorpresa. Pero ¿acaso no nos lo ha anunciado el profeta Isaías? ¿Es que no has abierto el buzón del corazón a comprobar si te ha llegado tu invitación personalizada? Podemos seguir meramente a lo nuestro y rechazar esta distinción, o al revés, aceptar exultantes la invitación al gran convite del amor y del consuelo de Dios. Allí hay sitio para todos, allí no hay injusticias ni llanto, sino fraternidad y alegría entre todos los comensales compartiendo los mejores manjares.

Nuestros alumnos suelen cantar al inicio de las eucaristías aquel "Ven a la fiesta"; sí pero ¿a qué fiesta acudir? Hay que tener tino, porque hay fiestas y fiestas. Que no te den gato por liebre en esto de las fiestas. Porque hay macrofiestas y las hay exclusivas. En unas hay que sacar entrada a precios poco populares, y en ella todo lo que consumas está medido y tasado, incluido el máximo IVA, mientras que en otras tan sólo quieren que estés gratuitamente y compartas lo que eres: nada tiene precio porque todo es donado. En unas te ponen ellos la música, pero en otras la música la pones tú formando parte de un nosotros coral que celebra la vida. En unas acaban todos extenuados, mientras en otras fiestas nada ni nadie se agota.  

Elige bien, porque aquel que se monta la fiesta por su cuenta, se queda fuera del banquete del Señor. El que no se prepara para esta fiesta con sus mejores galas, desaprovecha la gran ocasión. Empecemos ya a buscar aquello que se nos favorece, aquello con lo que se accede con toda la dignidad de bautizado al palacio celestial. Lo que más agrada a los ojos de Dios es vivir conforme al evangelio. Las tendencias en vestidos para el banquete siempre la marcan las bienaventuranzas. Que entonces nuestras vidas, acciones y deseos sean cumplir la voluntad de Dios: amarle con todo tu ser y al prójimo como a ti mismo. Con esto llevaremos el traje adecuado para asistir a la eterna fiesta. Qué despropósito sería acudir allí con el traje sucio de la mentira y del egoísmo, ese es el que más nos desfigura, pues nos echarán de allí en cuanto hagamos acto de presencia.

Nos lo han avisado, y por tanto sabemos bien lo que nos espera. Anticípate, que ya va a empezar aquí la preboda del Reino. También tú estás invitado. Mira a los que ya se han confeccionado los trajes más sencillos y bellos, parecen santos. También puedes tú lucirlos con divina elegancia.

sábado, 31 de enero de 2026

Lo más menudo

LO MÁS MENUDO



No gustan las cosas grandes, enormes, espectaculares. Lo que llama la atención no suele ser lo discreto, la letra pequeña, sino por el contrario es aquello que resalta por sus grandes dimensiones. Parece que las grandes ciudades compitan en elevar altísimos edificios, rascacielos, como en la antigüedad los poderosos competían por la grandeza de sus palacios y mausoleos, hoy pasto del polvo. Y es que el ego, en lugar de admitir con naturalidad la pequeñez de su alcance, prefiere fijarse en una enormidad ficticia. Si mostramos un mapa a escala de la Vía Láctea, podremos considerar lo inmensamente discreto que resulta nuestro planeta, y dentro de él, y compartiendo existencia con otros ocho mil millones de semejantes, está cada uno de nosotros. ¿De verdad que nuestra particular grandeza es tan reconocible? ¿No será más bien producto de una soberbia sobredimensionada?

A muchos también les gusta compararse con los otros: mi coche es mayor que el tuyo, mi cartera está más repleta que la tuya, el diamante de mi anillo es un verdadero pedrusco, mi casa tiene más metros que la del resto, o como este bíceps no hay otro. Y hasta se creen que con eso han alcanzado algo sumamente meritorio. Pues que se lo sigan creyendo si con ello encuentran contento, pero tal vez en la vida se trate más de amar a los demás que a uno mismo, entenderlos, cuidarlos, compartir lo que se es, que meramente de hacer alarde y presumir. Más ser para los demás y no tanto tener, acaparar, dominar y poseer.

Qué bueno descubrir que aún hay personas con la suficiente sensibilidad para no dejarse impresionar por lo desorbitado, lo suntuoso, sino por aquello que no llama la atención, que se nos pasa desapercibido, por lo que no trata de destacar: un rayito de sol, en lugar de un sol cegador; una brisa antes que un vendaval impetuoso, una pequeña flor silvestre les es preferible a un ramo de flores carísimo y exclusivo; un simple gesto sentido vale más que todo un protocolo ostentoso y hueco. Sí, aún queda gente sensible que sabe apreciar lo bueno. Por mucho que se impongan las tendencias, ellos no pierden el buen gusto. No hace falta mucho, sólo mantener un poquito de sentido y sensibilidad. Eso ayuda a percibir el gran valor de cada cosa, por ínfima que sea la consideración que recibe.

A Dios -que grande debe ser bastante más que todos nosotros-, no le importan tanto nuestras supuestas grandezas como nuestras pequeñeces. Parece ser que se pirria por lo humilde y sencillo. Tal vez sea porque sólo los humildes dejan espacio para que el otro también pueda ser, y por tanto, para que Él tenga su sitio entre ellos. De ahí que para abrirle la puerta a la fe sea necesario reconocer la pequeñez de uno y el amor grandioso de Dios por los sencillos. No es nada sencillo de conseguir si no vencemos nuestro sólido orgullo.

Justamente los humildes del mundo son los que Dios escoge para destacar la grandeza de la gracia y ser gloriado en ellos. Es este un verdadero misterio, que nos descubre mucho de este Dios apasionado por lo frágil, por los más pobres y excluidos. Jesús nos enseña a apreciar el gran valor de las pocas monedas que puede echar aquella viuda en las ofrendas del templo; era todo lo que ella tenía, no como otros, que donaban sólo parte de lo que les sobraba. Así es este Dios que se hace pequeño con los pequeños allí en Belén. Los justos son los que escogen ser tal y como al Señor le agrada, sin engaño, sin engolamiento y sin aparentar aquello que no son. La pequeñez es bella y Dios la abraza.

Pues este domingo IV de tiempo ordinario las lecturas nos recuerdan esa preferencia del Señor por "el resto de Israel", aquellos que no se dejan llevar por la atracción de las riquezas y el lujo, por la ostentación y la avaricia, sino los que se mantienen en llevar una vida sobria en fidelidad al amor de Dios. Esos que a los ojos del mundo y de la sociedad son marcados como los fracasados, pues no salen en las revistas de celebrities ni las publicaciones sobre las mayores fortunas del mundo, son los que triunfan para Aquel que juzga justamente. Unos logran el fiasco del éxito terrenal, otros, en contra de lo que cabría pensar, los abnegados, sacrificados, austeros, son los que han acertado con el triunfo eterno.

Las Bienaventuranzas nos dan con toda radicalidad el mensaje esencial del Evangelio. Jesucristo no ha venido a buscar situarse en este mundo, sino a enseñarnos el camino de la entrega sin reservas de la vida a Dios y a los hermanos. Porque solo el que entrega su vida por Él, la salvará. No hay medias tintas, no caben posturas tibias: o optas por realizar el evangelio o por construirte un zulo confortable de bienestar privado; o fijas tu felicidad en la autosatisfacción individualista o te arriesgas a ser aún humano. Que cada uno decida.

Los pobres, los mansos, los que lloran, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los que trabajan por la paz, los perseguidos, los que el mundo excluye, insulta, persigue y calumnia, todos ellos y algunos cuantos más (los que escuchan con atención, los que no mienten ni manipulan, los que abrazan, los comprensivos, los generosos, los que ayudan, los que buscan la verdad...) ya están anunciando y realizando el triunfo de Jesús, el que se abaja y humilla sin parangón. Todo aquel que se ensalza será humillado, y el que se humilla, reconoce su pequeñez, es el que será ensalzado. Es necesario pasar por la puerta estrecha, hacerse servidor, para ser tenido como digno del Reino de los cielos.

El Reino de Dios, por tanto, ya es y será para siempre, Cristo nos lo hace posible. No se trata solo de esperar a la vida futura que se nos abre tras la muerte para alcanzar el consuelo, también en esta vida terrena aquellos que el mundo humilla, las víctimas, pueden descubrirse muy amados por el Dador de Vida. San Francisco en su periodo final, muy enfermo y despreciado por los suyos, escribió el cántico a las criaturas, porque, sumamente agradecido y exultante, reconocía la omnipresencia del amor de Dios en todo lo creado. A ese estado no llegan los satisfechos y pagados de sí mismo, pero sí los menudos, los bienaventurados. Ojalá tu nombre y el mío estén en la lista de este resto que sigue al Salvador. Si es así, si somos de los bienaventurados, nuestro gozo no tendrá término.