sábado, 14 de mayo de 2022

Quilates

 QUILATES


El experto es aquella persona que domina ampliamente sobre un campo del saber. Así hay expertos muy demandados en ciberseguridad, en nutrición, en microbiología molecular, en inteligencia artificial, etc. Por ello, las universidades ofrecen sus propias titulaciones como experto en... ya que al que lo sea en aquello que demandan las empresas, le lloverán un sinfín de ofertas laborales. Es indudable, este mundo en el que vivimos precisa expertos en casi de todo.

Seguramente tú también ya seas casi experto en algo y ni siquiera lo sepas. Tal vez haya entre nosotros algún experto en cafés, otros en chocolate, otro en quesos, otro en juegos de ordenador, otro en redes sociales, en música, en baile, en fútbol... Y es que uno se va especializando progresivamente en aquello que más le gusta o que incluso le apasiona.  

Normalmente al experto no le dan gato por liebre, como al resto de los mortales, en aquello en lo que domina, porque sabe distinguir cualitativamente y con precisión entre lo bueno, lo malo, lo regular y lo mejor. Un ejemplo característico sería el del joyero o el orfebre que a diario maneja y trabaja con algo tan valioso como el oro; sabe reconocer a ojo la pureza del material que tiene entre manos, es decir, sus quilates, y por ello no se equivoca en estimar su valor.

Pues en evangelio del V domingo de Cuaresma, vemos al mismo Jesucristo, atisbando ya su final, quiere despedirse de sus discípulos dejándoles una enseñanza de muchos quilates, nada de sucedáneos, va a lo esencial y más valioso de su predicación: "amaos los unos a los otros como yo os he amado". Nada más sencillo, pero a la vez más complicado.

Porque el que más y el que menos algo sabe de amar a los demás, pero ¿realmente qué calidad tiene nuestro amor? ¿De qué grado de pureza es el amor que ofrecemos a los que decimos que queremos mucho? ¿Es un amor posesivo o liberador? 

Jesús nos muestra que Dios Padre es amor misericordioso e incondicional, y lo hace encarnando ese amor que se ofrece, sacrifica y da vida a los que ama y quieren a su vez amar. Realmente la vida de Jesús que podemos ir viendo en el evangelio, desde la anunciación hasta la resurrección, es una magistral escuela de amor. ¡Ojalá aprendamos a amar como Él nos ama! Ese amor es el que posee el máximo de quilates que podamos encontrar. No lo hay mayor ni mejor.

Es un amor de renuncia, es un amor de entrega, aceptación, respeto, ternura, comprensión, reconciliación, confianza, sinceridad. Es amor de madre y de padre. Es locura de amor.

¿Podemos aspirar a alcanzar ese amor que aquilata nuestra manera de amar a los demás? Sí, para ello hemos nacido, no para menos. Por tanto, no nos conformemos con otras realizaciones imperfectas y parciales del gran amor, aprendamos a amar a los demás como Él nos ama. Solo así vas a hacer posible tu mejor versión, y tu vida poseerá para ti mismo el valor más alto.

También nuestro corazón es algo experto en amores y sabe reconocer qué amor es verdadero y da plenitud. No aspires a menos.



sábado, 7 de mayo de 2022

En el umbral del silencio

EN EL UMBRAL DEL SILENCIO



¿En nuestros días es posible aún hacer silencio? ¿Es necesario el silencio? ¿Podemos recuperar el silencio? ¿Dónde? ¿Cómo? ¿Has escuchado acaso el caer los copos de nieve, el roce de una tela, el latido de un corazón, el sonido que produce el viento al remover las hojas de los árboles o el titilar de las lejanas estrellas? ¿Has tratado de escuchar aquello que parece que nadie aprecia o que hacemos simplemente como si no existiera? ¿Te has parado a escuchar el sonido del silencio? Tal vez haya rumores insondables por descubrir y la verdadera vida que acontece e importa, pero permanece sepultada bajo el ruido externo o el propio ruido interior. 

A lo largo de la evolución del ser humano ha habido sentidos que se nos han ido atrofiando hasta solo quedar como un pobre vestigio de aquello que fueron. Se dice que hemos ido perdiendo parte de la capacidad olfativa que conservan otras especies animales, aunque todavía un olor nos puede retrotraer poderosamente a momentos intensamente vividos. Sí, es importante educar la capacidad sensitiva para poder apreciar la gama de tonalidades y llegar a descubrir mundos maravillosos, que de otra manera permanecen ignotos aunque los tengamos delante de nosotros. ¡Ay si abriéramos nuestros sentidos! 

Por ello, podría ser maravilloso recuperar un silencio esencial que nos cautivase, porque así nos sería permitido descubrir gran cantidad de matices que el ruido cubre sordamente. Pero fijar la atención, no quedarse en lo meramente aparente, agudizar los sentidos e indagar con sutilidad, debe ser solo apto para intrépidos. Y ¿Quién quiere ser eso? ¿Quién quiere conocer y conocerse? ¡Ay, si al menos tratáramos de asomarnos a todo aquello que damos por descontado no puede ser que exista!

A veces lo primero que conviene hacer es escapar de la sobreinformación, buscar resquicios por donde alcanzar cierta independencia, un pequeño atisbo de libertad, cierta fresca brisa. Para comenzar hay que partir de cero, borrar la pizarra, hacer tabula rasa, resetear y reiniciar de nuevo. ¡Ay si pudiéramos apartar todo lo que nos ciega y confunde y descubrir entre la maleza y la hojarasca el comienzo de una senda incipiente! Precisamente eso es lo más necesario, acallarnos, hacer silencio. Y entonces, allá a lo lejos empezarás a percibir el canto lejano de algún pájaro entre la fronda o la voz queda, apenas un rumor, que apunta precisamente a lo que estás buscando.

Un agudo teólogo afirmaba que el creyente es el que escucha la Palabra. Es esa escucha que se hace con las orejas, los oídos, pero también con las manos abiertas, los ojos cerrados, los labios, el corazón, y todo el ser cuando logra silenciarse. Solo alguien avezado en silencios podrá escuchar así. Y solo alguien que escucha así, sin interpretar ni imponer condiciones o prejuicios, podrá reconocer su voz. Una voz distinta, un voz que personaliza, que da sentido a todos los sinsentidos que nos desvelan, porque su voz es la del Amado, la que se escucha solo resonar en lo más íntimo.

El Evangelio de este domingo IV de Pascua nos propone escuchar la voz de Cristo, reconocerla y seguirla. Aunque quizás si no morimos previamente a la distorsión, no podremos escuchar aquella voz inconfundible que nos llama a resucitar con Él. Abrámonos, pues, a esa voz que dentro clama como manantial de vida tan sin hacerse notar. Experimenta la profundidad del silencio. Detecta con claridad esa voz amada que contiene la música más plena y que te llama.

¡Ojalá escuchásemos hoy la voz del Señor!





sábado, 30 de abril de 2022

Al alzar las alas

 AL ALZAR LAS ALAS


Alrededor aletea ya la primavera. Todos podemos sentirlo y apreciarlo. En las proximidades a parques y jardines diversas flores compiten por mostrar su íntegra belleza y su original fragancia. Está brotando un tiempo nuevo cuajado de promesas y brotes.

Sabemos también de dónde venimos. Hemos atravesado tiempos áridos, donde se nos fueron al traste nuestras bien asentadas seguridades, y tuvimos que hacer de tripas corazón al vérnoslas cara a cara con la crudeza de la incertidumbre. Parece -aunque tal vez solo lo parece- que ya vamos saliendo de tanta zozobra, y al fondo parece que ya vislumbramos esa esperada luz del final del túnel. Ojalá se vayan disipando todas las congojas y tristezas con las que hemos tenido que convivir en los últimos tiempos.

La noche trae consigo el alba. La semilla aventura la cosecha. La crisálida testimonia que para llegar a lo mejor es preciso transformarse íntegramente desde lo más profundo del ser. ¿Pero quién le iba a decir a la oruga que desplegaría unas inmensas alas? ¿Le habría creído? Así como la muerte en cruz, contra todo lo previsible, conlleva la Vida en abundancia. Está bastante claro que la lógica de Dios no es nuestra lógica pacata de lo previsible. Ahora ya sí podemos afirmar que ninguna situación es irreversible, e que incluso, tras la oblación de Jesús, hasta la muerte tiene solución: LA RESURRECCIÓN. 

Y tal vez cada uno de nosotros también tenga esa capacidad oculta y que ni siquiera somos capaces de sospechar ahora. Podríamos llegar a desarrollar un alba prometedor, una generosa cosecha, o acaso hasta unas ligeras alas. Que sea impensable no quiere decir que sea imposible. Estamos en tiempo pascual, de frutos de resurrección, y por ello no deberíamos desechar las inmensas posibilidades que nos abre la resurrección del Viviente.

Pero es preciso pasar por la transformación para lograr esas anheladas alas, puesto que en ninguna tienda, ni física ni virtual, vas a poder adquirirlas. No, como mucho podrás conseguir unas tristes alas aparentes de quita y pon, que nunca van a ser las tuyas. O te nacen o no hay nada que se pueda hacer para lograrlas. Y esa transformación requerida solo será posible con costosas renuncias. Solo la noche que renuncia a sus tinieblas amanece. Solo la semilla que rompe su cáscara posibilita su germen. Solo la oruga que renuncia a su protección urticante adquiere esas alas con las que poder alzar el vuelo. Pero la palabra renuncia resulta poco de nuestro agrado.

Por tanto nosotros ¿Nos vamos a atrever a posibilitar nuestras alas? ¿A qué vas a renunciar para ello? Tal vez no sirva solo con renunciar a lo superfluo y requiera una apuesta más arriesgada. Tal vez tengas que renunciar también a tu tiniebla, romper tu encorsetado cascarón y renunciar a tus seguridades protectoras. Salir a la intemperie. Soltar amarras ¿Seremos capaces de renunciar, aún sabiendo la Vida que nos espera?

Solo es superando las cadenas el ego -y esto es harto difícil- podrás alcanzar al amor transformador que origina la aparición de tus alas. A veces parece que estamos atrapados en los apegos a lo corriente, tan esclavizados en rutinas y en lo consabido, que nos va cercenando poco a poco ese ser que bien podría ser libre.

Empieza ya el mes de mayo, el mes de la Virgen María, y alrededor aletea ya la primavera. Por ello, aprovechemos y con María, nuestra Madre, que se entregó por entero a la voluntad de Dios, que no era más que vivir en la confianza absoluta de la ternura de Dios, bien podremos renunciar a todo aquello que no propicia nuestras alas. Como María, que supo ascender completamente a la torre de la humildad, y por ello asumir la aventura insospechada de ser la madre del Salvador, nosotros podremos empezar a soltar los lastres que nos alejan de Dios. Y cuando menos te lo esperes estarás agitando tus bellísimas alas en el aire y alzando ese libre vuelo para el que has nacido. No podrás creértelo, pero será verdad, ya que si empiezas ahora a dejarte transformar por la gracia del Resucitado, tarde o temprano podrás volar. Como María, que sea el amor de Dios el que haga brotar tus íntimas alas.

DEJÉMONOS TRANSFORMAR




 

domingo, 24 de abril de 2022

De vivos y muertos

DE VIVOS Y MUERTOS


Tenía que acontecer lo absolutamente impensable, lo extraordinario, lo increíble, que un muerto volviera a la vida, para que los que vivíamos como muertos vivientes, pudiéramos volver a la vida. Y por esto bien podemos llamar a las cosas por su nombre: RESURRECCIÓN.

Vida y muerte parecen términos antitéticos, al menos así, a bote pronto. Sin embargo, si nos detenemos a tratar de relacionar los conceptos, resulta que no lo son tanto. El proceso de la vida va parejo al de la muerte; mientras vamos viviendo, ya hay células de nuestro organismo que van muriendo al tiempo que otras nacen. Se inicia la vida, pero a la vez nos vamos aproximando poco a poco a esa muerte que nunca descansa. Tal vez más que contrarios son términos complementarios, estrechamente entrelazados, vivimos y morimos a la par, y hasta podríamos decir que morimos porque vivimos. Pero esto nos daría para mucho y ya ha sido tratado por otros autores tan insignes como Unamuno.

Pues sí, la mayor parte de las veces, a los vivos se nos van insertando inercias de muerte, se nos va apagando la vida lentamente, sin darnos cuenta y como si no tuviese remedio alguno. Primero nos dejamos por el camino la infancia. ¿De verdad que es irremediable perder la infancia o podemos permitirnos seguir conservando actitudes fundamentales de la infancia aunque acumulemos la tira de años?

Después, y progresivamente, nos dejamos arrebatar lo más auténtico que desde la infancia portamos dentro. Posteriormente llegamos a la adolescencia y aunque buscamos denodadamente nuestra identidad, la verdad escurridiza de quien debemos ser, esta se nos va perdiendo en sucesivas tentativas, y no nos queda otra que aferrarnos a una de sus múltiples versiones de un yo algo descabalgado. Después los desengaños amorosos, que terminan acorazándonos el corazón, las traiciones, las separaciones, los desencuentros, las renuncias, los fracasos... Y cada cual salva del naufragio lo que puede; pero todos acumulamos heridas que van cicatrizando sin cerrar nunca del todo. Por el camino se va imponiendo la cruda realidad y, sin querer reconocérnoslo demasiado, vamos soltando aquellos sueños que éramos. Cualquiera que nos viese desde esta perspectiva, sí que podría reconocernos como medio muertos en vida, con más desilusiones que esperanzas.

Y en medio de estas vidas acomodadas, pero con un lastre de renuncias callado, irrumpe Jesús, que pasa por la muerte y regresa de ella para darnos VIDA. ¿Cómo de la muerte va a surgir poderosamente la vida? ¿Cómo vamos a dejarnos contagiar de esa vida que hace saltar por los aires todas las pequeñas muertes que se nos han ido incorporando como irremediables? ¿En que medida puedo yo resucitar con Él?

Tal vez sí. Lo primero creyendo, es decir, confiando en lo que nuestro corazoncito afirma. Trata de escuchar en lo más secreto de ti si esa voz, que resuena al escuchar el evangelio, te ilumina con una luz que hasta ahora no habías percibido. Tal vez esa claridad ya sea la misma que la de Cristo, Vencedor de la muerte. Tal vez estés ya con Él resucitando a una vida nueva incipiente.

Otra manera de volver a la vida sea tan sencilla como volver al amor. Pero no a un amor según el mundo, sino según Dios: un amor que no sabe de egos, ni intereses, ni precios, un amor gratuito y genuino. Sí, hay otra manera de amar que podemos aprender y poner en práctica: el don de sí, el sacrificio, la búsqueda del bien del otro, es decir un amor no de posesión, sino de entrega. También esa forma de amar se vuelve luz de la resurrección dentro de uno, una luz que serena y renueva. Esa luz también es resurrección que el Resucitado nos regala, porque "Yo soy el que vive. Estaba muerto, y ya ves, vivo por los siglos de los siglos".

Algo hemos logrado entender tras el domingo de resurrección: ni estamos hechos para la muerte, ni la muerte tiene la última palabra, sino que nuestro Dios es un Dios de vivos que nos ha hecho para la vida plena y eterna. Seamos testigos de ello.

¿También tú necesitas resucitar? ¿Quieres vivir? Tan solo has de dejarte iluminar por el Señor de la Vida.



jueves, 21 de abril de 2022

DÍA DE LA FUNDACIÓN

 NUESTRO DÍA


FUNDACIÓN EDUCACIÓN Y EVANGELIO

En esta vida uno va haciéndose cada vez más mayor, a medida que va pasando el tiempo, sin prisa pero sin pausa. Sería deseable que esa transformación no solo se produjese en el plano físico, sino también paulatinamente en el intelectual, psicológico-emocional, y también en el espiritual. Y así, a medida que acumulamos más experiencia, deberíamos aprender a distinguir lo mejor de lo bueno, o al menos, lo bueno de lo mediocre. Por ello tiene tanto sentido el lema de este curso 2021-22 "SÉ TU MEJOR VERSIÓN". Ir creciendo y mejorándonos día a día.

Porque a poco que ya hayamos vivido y conocido distintas maneras de entender y vivir la educación, se podrá detectar que el proyecto de la Fundación Educación y Evangelio es de esos por los que merece la pena apostar; esos que pretenden hacer realidad el lema al que ya hemos aludido, y aspiran a la mejor versión posible de la educación, con un proyecto múltiple y diverso en el que ya quince colegios andan implicados. Y eso se nota.

En los centros FEYE os tomamos muy en serio la educación de todos los alumnos que se forman en nuestros colegios. Los profesionales de los distintos colegios no solo son grandes profesionales, sino que además les ilusiona lo que hacen, y por tanto, no escatiman esfuerzos para que tanto el aprendizaje como la convivencia sean excelentes. Es una educación cuidada y que cuida con esmero, pasión y entusiasmo. Y eso nos distingue.

Además, tratamos de no separar lo educativo del Evangelio. Por lo que todo nuestro hacer está basado en una antropología cristiana liberadora. No solo les proponemos a nuestros alumnos el mensaje evangélico y los magníficos valores de nuestra religión cristiana (amor incondicional, ser para los demás, dignidad de la persona, respeto, fe, esperanza, caridad, paz, alegría, cuidado, familia...), sino que nuestro modelo pedagógico es Jesús, el Maestro, que cuando nos mira es capaz de ver la mejor versión que cada persona puede llegar a ser. En nuestros colegios tratamos de vivir el Evangelio. Y eso deja huella.

Es por todo ello que el símbolo de nuestra Fundación, en la que estamos integrados todos los colegios, sea un árbol en el que cabemos y participamos todos y cada uno: alumnos, profesores, PAS, familias y equipos directivos. Cada uno trata de hacer su misión, siempre complementaria a la del resto, y por tanto colaborando los unos con los otros. Y este es el secreto para que el proyecto de la FEYE sea una realidad.

En las raíces de nuestro símbolo, que siempre nos fijan, sostienen y alimentan, el Evangelio. En el tronco el esfuerzo común, la unidad y el trabajo común. Y las ramas vigorosas, por las que circula la savia de la competencia espiritual, la pedagógica y la relacional, dan sentido a todo lo que se viene realizando: nuestros alumnos y sus admirables frutos. ¿Puede haber árbol más hermoso? ¿Es que no vamos ha estar contentos de formar parte de este árbol tan llenos de vida? ¡Pues vamos a celebrarlo y a dar gracias a Dios por estar impulsándolo!

Gracias también a ti por ser parte y hacer posible que este árbol siga y siga creciendo frondoso.

¡MUY FELIZ DÍA DE LA FUNDACIÓN!










domingo, 17 de abril de 2022

Adentrarse en la luz

 ADENTRARSE EN LA LUZ

A menudo nos estamos debatiendo entre la luz y las tinieblas, entre las tenues penumbras de nuestras vidas, a veces excesivamente grises, y aquellos otros momentos de especial brillo, los que van quedando amarrados a eso que tratamos de identificar como los mejores momentos de nuestra vida. Pero, reconozcámoslo, predomina lo anodino sobre lo digno de volverse memorable.

Vivimos instalados en la opacidad de un bienestar particular, acostumbrados a la primacía de lo individual, entendido como absolutismo de un ego que no cesa de reclamar más y más necesidades perentorias, y en donde muy difícilmente encontramos algún retazo de esa ficticia felicidad a la carta. La inercia consumista en la que hemos aprendido a estar situados, no nos proporciona la plenitud que parece que denodadamente buscamos.

Son tiempos de mucho neón y luz artificial -aunque el precio de la electricidad esté por los cielos-, pero también de mucho engaño y desengaño, de demasiada desilusión y excesiva sombra. Si miramos las redes sociales, podría darnos la impresión que llevamos una existencia muy feliz, siempre disfrutando al máximo, aunque también se aprecia en esas mismas redes sociales una tendencia a insultar y maltratarnos entre unos y otros a las primeras de cambio; y eso es síntoma de toda la insatisfacción que hemos acumulado.

También nos llegan una y otra vez noticias desoladoras de desgracias que no contribuyen más que socavar esos frágiles pilares de nuestra esperanza, y a avivar con facilidad los paralizantes miedos e incertidumbres que se ciernen sobre todos. Y en medio de este estado de cosas, en el que cada uno sobrevive como puede, y que no logramos más que ir solo tirando, Cristo, el Dios humanado, se deja arrebatar la vida, y contra toda evidencia, RESUCITA para todos los hombres. Y este mundo nuestro, tan malparado, se llena de una luz pura que irrumpe para concedernos una claridad necesaria.

Tal vez aquí está la clave, en que nos dejamos dominar por las evidencias, pero unas evidencias superficiales, unas evidencias propuestas por los medios de comunicación de forma reiterada, pero muy pocas veces vemos más allá el secreto de lo impensable. Pues la resurrección de Jesucristo, condenado a muerte por el poder establecido del momento, se impone con una rotundidad maravillosa en lo secreto. Rompe el velo sagrado del templo, descorre la pesadísima losa de lo inamovible, y hace que la vida verdadera resurja de nuevo. Pero no la descubrirán más que aquellos que se permitan que esa resurrección primero acontezca dentro de ellos, donde el Señor ha establecido su íntima morada; esos que se atreven después a mirar con ojos de niño, repletos de ilusión y amor. 

Sí, los bienpensantes, los incapaces de escuchar al que miraba con esa mirada límpida, creían estar haciendo lo correcto cuando mandaron al patíbulo al que se decía Hijo de Dios, y que además ya de paso, ponía en tela de juicio tantas cosas para ellos seguras, sagradas y verdaderas, es decir, las evidencias a las que se aferraban.

Sin embargo, a pesar de esas interesadas razones evidentes, "hay razones del corazón que la razón no entiende" (Blaise Pascal), y en esas razones del corazón son las que nos hace caer en la cuenta Jesús de Nazaret, para que pasemos con Él de la muerte a la vida, o de la tiniebla a la luz, o de la tristeza a la alegría, o de la egolatría a la fraternidad, o de la falta de fe, esperanza y caridad, al compromiso por el Reino de Dios.

No permanezcamos más en la ausencia de luz. No nos privemos de esta fiesta de la presencia de la luz que, desde lo oscuro de la muerte, se abre paso como el alba y logra disipar las tinieblas. Cristo inaugura con su resurrección una luz nueva y verdadera, una luz de la que nos hace partícipes a los que vivimos injertados en Él. El que es la Vida, nos la da resucitando, y nos la da en abundancia. Recibámosla.

Este es el momento oportuno de dejar que Cristo nos resucite. Es el tiempo pascual en el que podemos pasar con Él de la muerte a la Vida, dejar ya la noche y adentrarse en la Luz, porque VIVE, y nosotros podemos vivir con Él.

De ti, Cristo Resucitado,
de ti, Cristo Vivo,
estamos necesitados de Ti,
de esa resurrección que puedes ofrecernos solo Tú.
Que tu sangre de resurrección que da vida
circule ya irradiando en nuestras venas,
para ser a la novedad absoluta
del amor que renueva la vida.
En ese amor tuyo divino
volvemos a ser y nos reconocemos
los hombres y mujeres libres que debiéramos ser,
capaces de resucitar la fraternidad humana
que todos llevamos intacta en lo más hondo.
Ansiamos empezar de nuevo a vivir estrechando lazos,
amalgamando el perdón y la paz,
descubriendo la hermosura luminosa de cada día,
y compartir generosamente los bienes, las penas y alegrías
que nos vayan viniendo,
porque contigo resucitado
la vida resplandece de sentido pleno.

¡VAYAMOS CON TU LUZ A ILUMINAR EL MUNDO!



lunes, 11 de abril de 2022

¿Vienes?

 ¿VIENES?


Por fin han llegado las esperadas vacaciones. Por fin contamos con ese tiempo disponible para poder desconectar. Pero ¿desconectar de qué? Sí, es cierto que vivimos demasiado atrapados en los quehaceres cotidianos, inmersos en una actividad que nos tiene ocupados por completo, sin darnos apenas ni un respiro por el que escapar de ese ritmo frenético. Sí, es verdad que disponer de algunos días de calma es realmente necesario para nuestra salud física, psíquica, emocional y espiritual.

Pero, además, en estas vacaciones tenemos la propuesta de la Semana Santa, y por tanto, podemos desconectar de la rutina para conectarnos o con la playa, o la montaña, o acudir al pueblo, o hacer "turismo religioso y procesional". Pero ¿es eso lo que realmente necesitas o hay algo más, agazapado, que busca tu corazón? ¿No serán estos días el momento propicio para comenzar a liberar tus búsquedas? A la cabeza es fácil distraerla con multitud de propuestas, pero el corazón distingue claramente cuándo se le ofrece algo en verdad valioso, aquello que con obcecada insistencia nos reclama.

Todos nosotros -seguramente también tú, querido lector-, venimos con una carga de problemas, desengaños, frustraciones, miedos o cansancio acumulado, que nos pesa ya demasiado y nos dificulta avanzar. Nos debatimos entre sombras y pesimismo, pues no salimos de algo malo y nos viene aún peor, porque llevamos una racha larga en que la vida no nos da ni una tregua.

Y es precisamente en este contexto nuestro, tan desalentador, donde llega Jesús y se monta en el borriquito para entrar en Jerusalén. Sí, nunca falta a su cita para ser reconocido y aclamado como rey humilde de los humildes, no como rey guerrero que entra a caballo con su tropa de soldados armados y triunfantes. Él, que nació en un pesebre, no viene a arrebatarle el trono a nadie, aunque le teman y persigan los que ostentan el poder, sino que viene a entregar su vida a sabiendas de qué manera se la iban a quitar. Su trono va a ser el suplicio de la cruz.

El panorama que le aguarda -bien lo sabemos- a este Rey triunfante es el del fracaso y la humillación en la cruz. Pero sin embargo, sabemos también que el amor es más fuerte que la muerte, y que el mal no tiene la última palabra, porque Él hace que la tenga el amor y la vida.

Puedes quedarte al margen de lo que vuelve a acontecer esta Semana Santa. Puedes optar por ser de los que le aclaman como mesías en los momentos de júbilo, pero se suman a pedir la condena de Jesús a las primeras de cambio, porque lo grita la mayoría, o puedes abrir el corazón y el alma entera a este que viene montado en el asno y tratar de vivir junto a Él todos estos momentos tan intensos que le aguardan.

Tú decides si quieres venir con Él. Es una ocasión única para amar y dejarte amar por el Salvador. Solo viviéndolo con Él vas a descubrir que en esa cruz que portas ahora cabizbajo, llevas ya incipiente un raudal de luz y libertad que te regalará la próxima pascua. Solo acompañando a este siervo que viene amando hasta el extremo, encontrarás la salvación, y tu carga será entonces sorprendentemente ligera.

¿Vienes? Todo está dispuesto: cenaremos junto a Él y nos enseñará a amar despojándose y sirviendo, acudiremos a rezar con Él al Monte de los Olivos; le acompañaremos cuando sea brutalmente ultrajado y condenado siendo inocente; permaneceremos junto a la cruz y esperaremos a que contra toda esperanza sea descorrida la piedra del sepulcro con la que querían dar por concluido al que es la Vida. ¿Vienes? ¿Estás dispuesto a vivirlo?

   


viernes, 1 de abril de 2022

Escrito sobre la arena

ESCRITO SOBRE LA ARENA 





Lo escrito sobre la arena no perdura. Llega el viento, remueve los pequeños granos del suelo, y tan humilde página retorna al estado anterior a la escritura. Entonces ¿para qué escribir? ¿Escribir por escribir o tal vez querías dejarnos solo el gesto, dándonos opción a múltiples opciones interpretativas?


No podemos saber a ciencia cierta lo que Jesucristo se puso a escribir en el suelo con el sencillo instrumento de su dedo. No podemos más que imaginar los trazos de su letra. También ignoramos si escribías en griego o hebreo. Pero sí sabemos que esa es la única vez que los textos evangélicos te representan escribiendo al mismo tiempo que guardabas silencio, y lo hacías en el lugar más básico posible: el suelo.


A lo mejor el mensaje que nos dejaste escrito, y que debe ser el suelo o la base de todo nuestra vida, es que antes de juzgar a nadie, sepamos también hacer silencio y mirarnos en verdad y con misericordia a nosotros mismos. Y que en lugar de demandar con urgencia la condena del frágil, volvamos la mirada a nuestra propia fragilidad.


Yo quisiera aprender de ti a mirar así como tú nos miras. Te llevan delante a una mujer a la que han hallado cometiendo adulterio. Una mujer a la que todos ya han sentenciado como culpable, para que te pronuncies y así poder criticarte después, tanto como si te muestras benévolo como si lo haces inflexible. Pero tú tienes la capacidad de salirte de su mirada estrecha y de sus pretensiones. Tú logras ver a la persona con una mirada limpia, porque miras a lo oculto de su corazón y ves en ella un amor de tal calibre, que es infinitamente más hermoso que cualquier error que haya podido cometer. Eres hombre como nosotros, pero sabes mirar como Dios, con toda la misericordia del Padre, tal como nos hablas de Él una y otra vez.


Esa mirada sobre la persona, que la restaura en lugar de condenarla; esa mirada que aprecia, sana y restablece; esa mirada que no es según la Ley escrita en piedra y sus múltiples preceptos, sino el único precepto que importa, el que ve integralmente al ser humano, con toda su libertad y dignidad. Esa mirada que no se resiste a la grandeza de lo pequeño que demanda tanto amor. Queremos y necesitados ser mirados por ti como miraste a la mujer adúltera, y después escucharte decir:


"Yo tampoco te condeno. Vete, y en adelante no peques más"


Que hablen los ojos, que escruten la verdad del corazón. Y que escuchen más aquellos que se sienten muy seguros en lo políticamente correcto, en lo consabido o en el prejuicio, y que actúan según un protocolo previamente establecido. Enséñanos a mirar así, con esos rayos equis de la compasión, y sabremos descifrar la escritura imborrable con la que has escrito prodigiosamente cada rostro.


Descubramos ese mensaje que escribe Jesús en cada uno de nosotros, no en piedra, para que se nos haga evidente y de obligado cumplimiento, sino en esa materia sutil de nuestra libertad. Allí podremos leer las más hermosas palabras que tan solo un hombre, que también es Dios, puede escribir. Pero para descubrir esa secreta escritura hemos de aprender a mirar, y a mirarnos, con esa mirada con la que tú nos miras sin prisa alguna el alma.







sábado, 26 de marzo de 2022

APRENDER A EMPEZAR

 APRENDER A EMPEZAR


Todos hemos oído alguna vez que una imagen vale más que mil palabras. No sé si esto será así, porque en lo de establecer el valor a una imagen o a una palabra siempre habrá gran margen de variación, pues la mayor de las veces establecemos lo que valen las cosas según lo dicte el precio de mercado, sometido a la ley de la oferta y la demanda. Posiblemente dependerá también de qué imagen o qué palabra sea, porque hay imágenes que pierden su vigencia tan rápido o más que muchas otras palabras, mientras otras perduran en el tiempo sin desgastar ni un ápice de su valor.

La parábola que Jesús nos presenta en el cuarto domingo de Cuaresma es de esas palabras que conservan con absoluta rotundidad ese valor excepcional: la parábola del hijo pródigo. ¿Quién puede leer este evangelio y no percibir una honda resonancia dentro de sí? ¿Cómo no volver a leerla pasándola por el corazón?

Será porque estas palabras de Jesús permiten que nos reconozcamos en una experiencia de las más hermosas que nos es dado identificar. Un padre que no juzga los errores cometidos por su hijo, sino que en lugar de recriminar, abraza y facilita la reconciliación entre ambos. Tal vez ese abrazo, ese gesto -descrito magistralmente por Jesús- vale más que mil imágenes.

Quién más o quien menos puede verse reflejado en cualquiera de los tres personajes principales que protagonizan la parábola. Hemos sido algunas veces como el hijo pródigo, y hemos decido alejarnos y vivir al margen de los que nos que sabían amar. Tal vez en ciertas ocasiones no hemos sabido valorar y corresponder a ese amor genuino que se nos daba, bien porque lo dábamos por hecho o porque el amor a nosotros mismos nos dominaba. El hijo que regresa y con humildad se reconoce fracasado, arrepentido, pero con ganas de aprender a empezar, pero ya con la lección aprendida del amor, y desea corresponder a ese amor de su padre.

También, alguna vez, hemos podido parecernos al padre y perdonar sin hacer preguntas, porque el amor prevalecía por encima de los errores, discrepancias y heridas. Ese es el amor de Dios, ese que es sobreabundante y desmedido, ese que abraza restaurando todo nuestro ser a veces tan maltrecho. Qué belleza la de esas personas duchas en conceder con naturalidad a los demás ese perdón que transforma al que lo siente. ¡Cuánta necesidad tenemos de esas personas que aman así sin doblez y con ganas! ¡Cuánta necesidad tenemos de ese Padre que perdona amando a los que estamos aprendiendo a ser hijos, a perdonar y ser perdonados!

Y, finalmente también podemos identificarnos con el hijo mayor, que no sabe ser hermano, que no conoce la misericordia del padre y que se siente incapaz de perdonar, porque ni se conmueve ni se alegra por el regreso de su hermano, ya que entiende que la justicia según los hombres, y que por tanto el que la hace la paga. 

Es buen momento para aprender a perdonar, perdonarnos y ser perdonados. Es la única manera sana que se me ocurre para aprender a empezar de nuevo a vivir, y a tratar de ser nuestra mejor versión y la de los demás y la de este nuestro mundo. Solo así podrá ser posible. Aprendamos de Dios a perdonar dando vida y vida en abundancia. Porque ni en muchas imágenes ni en otras tantas palabras aprenderemos el valor de perdonarnos, sino en el gesto del abrazo en el que el uno nos fundimos al otro en algo verdaderamente valioso. 

Abrazar tal ver sea el arte de aprender a empezar. Pues empecemos desde ya a superar pandemias, individualismos y guerras con más y más abrazos, reconciliaciones y encuentros.





sábado, 19 de marzo de 2022

LO QUE NO SE VE

 LO QUE NO SE VE


Si algo podríamos afirmar respecto del comportamiento de los humanos actuales es su escasa capacidad de atención. Vamos tan deprisa por la vida, y bombardeados por tantos y tantos estímulos, que nos dispersamos y nos perdemos en infinitas naderías. Cuando se va de lo uno a lo otro en tiempo récord, y aún así los 1440 minutos que tiene el día se nos agotan en una frenética actividad sin sentido, viene a ser prácticamente imposible detenerse en nada, ni captarlo, ni profundizar en ello, ni comprenderlo. Tal vez por ello actuamos más de lo que pensamos y compramos más de lo que necesitamos.

A menudo nos movemos en la más estricta de las superficialidades. No abunda el pensamiento crítico, aunque sí las fakes y los populismos, porque no somos dados a los matices ni las particularidades. Demandamos el pensamiento ya prefabricado y facilón. Solemos ver en blanco o negro, y listo para llevar con solo aceptar pulsando cómodamente en la pantalla de cualquiera de nuestros diversos dispositivos. Pero la realidad, sea del ámbito que sea, suele ser compleja y requiere tiempo, análisis y discernimiento. ¿Pero quién tiene tiempo para ello?

Además, siempre hay un rico trasfondo que no percibimos, pero que suele ser determinante. No solo hay que considerar lo visible o evidente, con frecuencia, justamente lo que no percibimos a la primera es lo que puede explicar el porqué de los fenómenos. No pretendo que seamos tan sagaces como el mismísimo Sherlock Holmes, pero sí deberíamos caer más en la cuenta de lo que falta y tratar de indagar más, salvo que queramos no descubrir el quid de la cuestión.

El aire no lo percibimos, pero sin él tampoco podemos seguir percibiendo. Los sentimientos, los valores o ideales, las causas y motivos, los intereses, el móvil ni se nos pasan por la cabeza cuando precipitadamente interpretamos lo que nos va ocurriendo. Y así nos va. Necesariamente erramos y volvemos a errar, pues no hemos contemplado bien esa parte crucial que subyace.

Pero lo que no se ve importa, e importa mucho, más aún si nos lo tratan de ocultar.

San José -festividad que hemos celebrado este sábado- también estaba en lo oculto, pero su tarea y discreta es fundamental: ser el padre de Jesús y el marido de Santa María. Fue un hombre humilde, trabajador, fiel, soñador, amante, creyente y capaz de dar su vida por los demás. Pero que supo mantenerse en dónde no se le veía. ¿Por qué? Seguramente porque él sí que veía lo que los demás no veían.

Jesús de Nazaret ve más allá, frente al modo de juzgar de sus coetáneos, que se quedan en las apariencias y en los prejuicios, Él ve en lo profundo de la persona -llamémoslo corazón-, y por eso es capaz de rehabilitar a marginados, enfermos y pecadores.

En las lecturas de este tercer domingo de Cuaresma se nos relata la experiencia de Moisés ante la zarza ardiente. Es capaz de distinguir la singularidad de esa zarza y percibe lo sagrado, porque ve más allá, escucha más acá, y se produce el encuentro con la realidad de Dios, esa que nosotros, tan adictos a la superficialidad damos por superada, y consigue ver y descubrir lo que no se ve.

En la parábola que emplea Jesús también podemos ver por qué el labrador decide no arrancar la higuera que no daba fruto, y se compromete a seguir esforzándose para que en la próxima temporada dé una cosecha abundante. No se deja llevar por las primeras impresiones y por criterios meramente productivos, sino que confía, cuida y espera.

Hoy la higuera somos tú y yo, y ten por seguro que Él va a poner todo de su parte para que tú logres sacar tu mejor versión.

sábado, 12 de marzo de 2022

¿Buscas emociones?

 ¿BUSCAS EMOCIONES?

Vivimos en una sociedad que algunos han calificado la sociedad del aburrimiento, otros del ocio. Es cierto que, el que más o el que menos, busca resquicios por donde escapar de las rutinas y de la monotonía en que estamos normalmente instalados, para tener la sensación de estar viviendo una vida libre, por lo menos en algunos momentos, una vida elegida.

Muchos parecen que viven de manera exclusiva a la espera de que llegue el viernes y puedan desconectar de las obligaciones, aunque las más de las veces lo que hacemos es volvernos a conectar a otra pantalla, la del móvil o a la gran pantalla, la del televisor, y a consumir series y series y más series. Es fácil, con el mando a distancia puedes elegir a la carta qué tipo de emoción sentir. Pulsas y ni a parpadear.

Seguramente, debido a ese aburrimiento aletargado, también buscamos emociones fuertes, practicamos deportes de riesgo, viajamos, pretendemos ser eternamente jóvenes, vamos rápido y más rápido, pero las veinticuatro horas de cada jornada se nos quedan cortas. Y nos sube la tensión arterial, y saltamos a las primeras de cambio, tenemos mucha ansiedad, insomnio, depresión, infartos, insatisfacción generalizada, suicidios, etc. 

Algo nos debe estar pasando. Aprovechemos este impasse cuaresmal para al menos caer en la cuenta, tomar conciencia, y si fuera posible, tras un buen diagnóstico, podemos dar con el mejor tratamiento que nos ayude a saber estar en cada momento en el lugar que estamos, sin esa urgencia por estar haciendo otra cosa y en otro lugar. ¿Será esto posible?

Es asombroso el comienzo de la primera lectura del Génesis de este 2º Domingo de Cuaresma: "En aquellos días, Dios sacó afuera a Abrahán y le dijo: Mira el cielo, cuenta las estrellas si puedes". Mucho se ha insistido en la necesidad de mirar adentro durante la Cuaresma para tratar de reconocer cómo estamos, para buscar esa propia profundidad; sin embargo, también es un tiempo para mirar afuera y cuestionarnos cómo miramos.

Salir fuera es apartarse, desinstalarse de la óptica práctica y superficial en la que nos movemos. Empezar a apreciar que tal vez algo muy importante se nos está escapando; que ese vacío o hastío que nos impulsa a tratar de escapar de todo, hasta de nosotros mismos, no es la única manera de vivir: también se puede contar las innumerables estrellas. Salgamos -también de nosotros mismos- y busquemos en el cielo; busquemos ese cielo estrellado que está ahí, pero que entre edificios y polución nos está velado contemplarlo. 

Salgamos afuera, descubramos la emoción intensa de la noche bellísima. Escrutemos en la oscuridad esa luz verdadera con la que se puede lucir como humildes estrellas. Sí allí habita Dios, tanto en la inmensidad del cosmos abierto, como en la pequeñez de un corazón despierto, que ama y sueña y desea sonar con una peculiarísima melodía.

¿Quieres encontrarte con el Dios vivo? ¿Prefieres emociones fuertes y fugaces o emocionarte verdaderamente? ¿Eliges vivir de apariencias o experimentar el agua que apaga la sed? Pues si deseas esto segundo, sal fuera y afina el oído, para que bajo las brillantes estrellas te orientes hacia donde resuena el manantial que no se agota. 

Quién sabe, tal vez desde ese cielo exterior, Dios esté ahora mismo contando las estrellas de los que saben mirar hacia arriba siendo niños todavía.

domingo, 6 de marzo de 2022

Tu rostro interno

 Tu rostro interno

Parece que la temporada de mascarillas llega a su fin; parece también que ahora vienen otros tiempos donde el peligro es distinto, aunque no menos terrible. Hemos cambiado los virus, la peste que nos asolaba, por otra maldad aún más feroz e inhumana: la guerra.

Al menos poco a poco iremos recuperando los rostros, la verdad de nuestras caras expuestas que muestran quienes verdaderamente somos. Incluso se dice que la cara es el espejo del alma. Y sí, hay personas que con solo pararse a contemplarlas el rostro y la expresión, ya se les pueden apreciar retazos inconfundibles de la belleza de su alma.

Hemos comenzado la Cuaresma. Es un tiempo propicio para busca en nosotros esa cara oculta, ese rostro que permanece velado aunque nos quitemos toda máscara o mascarilla, porque no es un rostro externo, que se pueda maquillar; es el rostro oculto al que no nos atrevemos a asomarnos. Ese sí que es verdaderamente el rostro de nuestra alma, y si queremos conocernos sí habrá que ser capaces de buscar dentro nuestro rostro interno.

Jesús, tras su bautismo en el Jordán, se aventura en esa búsqueda de sí mismo y se adentra en el inhóspito desierto, donde nada ni nadie puede distraernos de nosotros. Allí, al desierto interior, hemos de tratar de ir nosotros también. Dejar el acomodo fácil en la superficialidad cotidiana, todos los trajines y tareas, y trata de partir más allá. Hacer una verdadera experiencia de desierto, de soledad, de intemperie, de búsqueda y encuentro con nuestra más profunda verdad. Solo allí nos encontraremos a solas con el Viviente, pero antes hay que enfrentarse a ciertas pruebas.

El mismo Hijo se expuso a las tentaciones (Lc 4, 1-13), donde el que ya había tentado a Adán, ponía a prueba incluso la propia identidad divina de Jesús por tres veces. Si el sagaz embaucador, tratando de aprovechar la debilidad de Cristo, pues tenía hambre por los días de ayuno, trata primero de hacerle fallar con la tentación de lo material (convertir las piedras en panes), después con la tentación del poder y del dominio, y finalmente con la tentación de utilizar al mismo Dios para lograr reconocimiento. En toda ocasión el Hijo del hombre le hace frente con la palabra de Dios que Él mismo encarna.

El que hace la voluntad del Padre vence siempre sobre el engaño del tentador. Busquemos, por tanto, esa voluntad de Dios en el rostro interno de nuestra alma. Busquemos la cercanía con Dios de manera denodada en este tiempo cuaresmal. La presencia de Él en tu corazón, la oración íntima, facilitará la iluminación de ese bello rostro tuyo aún sin descubrir. Adéntrate en ese desierto inevitable con la seguridad de que habitado por Jesucristo, y a la escucha atenta de su palabra, podrás sortear cualquier peligro y tentación, hasta llegar a descubrir la mejor versión humana de ti, ese rostro que mira y es mirado por el Amado.

¿Te atreves a andéntrarte en ese desierto a buscar el verdadero manantial? Empieza la Cuaresma detectando cuáles son tus puntos débiles. Ten por seguro que es ahí donde serás tentado. Y confía, en Cristo, podrás ser tentado, pero no vencido.










sábado, 26 de febrero de 2022

¿Dónde está el enemigo?


¿Dónde está el enemigo?



Nos dice el libro del Eclesiástico (Eclo 27, 4-7) que al final sale a relucir nuestra verdad en todo lo que decimos y en todo lo que hacemos. La vida, pues, nos enseña, pero también nos pone a prueba, y va saliendo a la luz la realidad de nuestro ser: nuestros aciertos, nuestras apuestas, nuestros amores, así como nuestros vicios y errores. Y por mucha careta y mentira en que tratemos de ocultarnos, siempre termina por descubrirse la grandeza y la miseria de lo que uno es o ha ido decidiendo ser. En esa misma línea, en el Evangelio de este domingo octavo de tiempo ordinario, Jesús nos dice que "al árbol se le conoce por sus frutos". 


Nos podemos imaginar que todo aquel que ha sido educado para ser agente de la KGB, o de la CIA, o de cualquier otra institución que actúa en lo encubierto, en la que el fin justifica los medios, habrá aprendido necesariamente a distorsionar el modo de entender la realidad y de concebir al otro, al semejante. No es de extrañar que los que perciben al otro como enemigo, precisan una cura urgente, o de lo contrario arrastran a cuantos puedan a la destrucción.


En estos momentos parece que volvemos a revivir la ominosa y lamentable situación de Europa atacada por los artífices del ver al otro como un enemigo a combatir y a toda costa terminar por imponer al otro la propia voluntad. Les parece bien -y hasta meritorio- volver a regar de sangre Europa, del mismo modo que siguen ensangrentando el resto del mundo con tal de engreírse como seres poderosísimos. Su maldad y su crueldad es asombrosa, pero no hace mella en su pútrida conciencia.


¿Dónde está el enemigo a combatir para estos depredadores de la libertad? Pues sí, digámoslo alto y claro: está en ellos mismos. Su proceso de maduración como persona ha sido tan deficitario que se han convertido en seres incapaces de amar y de amarse, de aceptar y aceptarse, de tolerar y tolerarse, de perdonar y perdonarse. ¿En qué se han convertido? ¿De dónde les surge tanto odio? ¿Adónde les lleva tanto odio? 


Por ahí deberían buscar la única victoria laudable y benéfica para todos. Traten de poner paz en su corazón. Dejen de ver a nadie como su enemigo, sino confíen y establezcan lazos desinteresados de benevolencia con los demás. Encuéntrense ya de una vez con el bien y la bondad que todos custodiamos en nuestros corazones. Déjense convertir a la misericordia del Dios misericordioso, hacedor de la vida y la libertad, y déjenos a todos vivir en paz. Sean ya de una vez humanos y no cainitas y fratricidas. Den una oportunidad a la paz.


¿Dónde está la batalla?


Sí, hay que dar la batalla, pero ni con sables ni cañones, ni tanques ni ametralladoras, ni con misiles y bombarderos. La única batalla que aún no se han atrevido a dar es la gran batalla que les espera dentro a todos los que no han logrado ver más que enemigos fuera. La batalla pendiente es la que no se han atrevido a protagonizar. Allí no pueden mandar a otros para que combatan y mueran por sus mezquinos intereses. Allí han de combatir ustedes a pecho descubierto contra sí mismos.


Atrévanse a derrotar a la maldad que acampa a sus anchas en su alma. Mírense a la cara con detenimiento. Enfréntense a su único enemigo, pues les está destruyendo por dentro. Y una vez pacificados -si es que se vencen-, vengan a propagarnos el bien a los cuatro vientos. Mientras tanto, lo mejor que pueden hacer es dejarnos a todos en paz.


Señores de la guerra -hipócritas, en el lenguaje evangélico-, hagan el favor de sacarse primero la viga de sus ojos y entonces verás claro… para apostar por la vida de los ucranianos y de todo hombre de buena voluntad.






domingo, 20 de febrero de 2022

COMO DOS GOTAS DE AGUA

 COMO DOS GOTAS DE AGUA



Quien ha subido alguna vez a la montaña, y ha recorrido cumbres, laderas, bosques y valles, se habrá tenido que encontrar necesariamente con arroyos, fuentes y pequeñas cascadas en las que corre el agua con una claridad y una frescura insólitas. Parece que esa agua nos remitiera por su pureza al mismo paraíso terrenal, a ese orden originario descrito al comienzo del Génesis, tan remoto hoy en el tiempo y en el espacio para nosotros, los urbanitas del siglo XXI. ¡Qué remanso de paz! ¡Qué sereno ambiente natural! Uno quisiera contagiarse de esa idílico sosiego. ¿Es posible?

Los antiguos no entendían la creación artística exactamente igual a como nosotros la entendemos hoy. Para ellos era fundamental que toda creación artística fuera armónica y proporcionada, pero, además, que fuese mimética, es decir que copiara, no solo lo real, sino también otras grandes obras artísticas precedentes, que a su vez se basaban en las ideas platónicas, que eran los cánones a imitar. Y si no cumplía con esa mímesis, no podía ser considerada con propiedad arte.

Así ese agua transparente del que hablamos no solo se adapta a la orografía del terreno por el que va transcurriendo, sino puede también reflejar aquellos paisajes en su superficie, si esta se encuentra tranquila, convirtiéndose así en un espejo natural. De forma parecida, quizás, nosotros podríamos llegar a copiar esa belleza pacificada que vemos en el entorno dentro de nosotros.

Pero hoy deberíamos acercarnos a otra fuente, a otras aguas aún más prístinas, las preciosas palabras de Jesucristo en el evangelio de este domingo séptimo de tiempo ordinario (Lc 6, 27-38): "Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo; no juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados; dad y se os dará..."

Qué locura si llegáramos a imitar el modo de amar de Dios Padre, ese mismo que Jesucristo realizó completamente con su vida. Todo lo perdonó, todo lo dio, todo por entero hasta el escándalo, pues fue capaz de amar incluso a los que le tenían a Él por un enemigo. Él devolvía bien por mal, bendiciendo a los que le maldecían, amando sin medida a todos.

Imitemos pues a los mejores modelos para alcanzar la mejor versión posible de nosotros; y el mejor modelo es Cristo, el que nos muestra y nos explica cómo hemos de amar, y seamos parecidos a Él, como dos gotitas de agua, que reflejan prodigiosamente en pequeño aquello inmenso que les ilumina. Imitemos su modo de actuar y nuestra vida será arte auténtica y valiosísima.


 

sábado, 12 de febrero de 2022

Otro mundo

 OTRO MUNDO



Tal vez uno de los grandes males de este mundo nuestro -que acumula muchos e inmensos-, sea el de la indiferencia generalizada. Aquí a veces parece que cada uno va a lo suyo exclusivamente. Y así nos va. Hace apenas unas semanas se nos muere congelado de frío y soledad un hombre caído en una calle céntrica de París, sin que ningún transeúnte se pare a preguntar, a tratar de ayudar o al menos dar aviso a algún teléfono de emergencias. Desolador, pero cierto.

Si no movemos un dedo por ayudar a un anciano que está a nuestro lado, seguramente tampoco vamos a movilizarnos por auxiliar a otros que ni siquiera vemos.

No ayuda mucho enterarnos que, días después, mueren congelados dos bebés en un campo de refugiados de Siria. Esta es la bofetada que nos propina este mundo, pero nosotros seguimos a lo nuestro, a nuestros problemas, a nuestros agobios, a nuestra actividad frenética, a este vivir sin parar y sin saber bien ni por qué ni para qué. Hartos de hartura y de distracciones múltiples para que no tomemos conciencia del mundo inmundo en el que estamos metidos. 

Al parecer debemos estar enfermando de indiferencia. ¿No nos estaremos deshumanizando? ¿Y hay algún modo de frenar esto? ¿Es posible otro mundo? ¿Podemos empezar a gestar otro modo de habitar este mundo para transformarlo en otro bien distinto?

Sí, claro que sí. Para empezar no quedándose cómodamente sin hacer nada de nada para que la pandemia de indiferencia deshumanizadora se siga extendiendo. Después que te duele el dolor de los otros, pues será que aún conservas un corazón que siente y se conmueve. Y Después, junto a otros ponerse a aportar soluciones.

Este domingo celebramos la campaña contra el hambre. Ayudemos, colaboremos, hagamos posible ese otro mundo que Jesús reclama hoy con fuerza en el Evangelio de las bienaventuranzas. Tengamos hambre de justicia. Miremos al ser humano como Él nos enseña a mira: posibilitando, dignificando, amando, poniendo remedio a toda necesidad. Construyamos juntos ese Reino de Dios, y este mundo será otro. ¿Puede haber un empeño más hermoso y urgente?

Sí, claro que sí es posible. Podemos hacerlo posible si vencemos nuestra indiferencia y actuamos más desde el corazón luchando por un mundo más humano y fraterno.

¿VAMOS A UNIR NUESTRAS MANOS POR LA MEJOR VERSIÓN DEL MUNDO?

  

domingo, 6 de febrero de 2022

Mar adentro

 MAR ADENTRO


Siempre más allá, siempre la propuesta de Dios nos invita a no quedarnos en lo conocido, en lo seguro, más bien al contrario, a romper con lo establecido, con las inercias adheridas, con lo habitual y cómodo.

Hoy se habla mucho de innovación, ya que en un mundo cambiante por la aparición de las nuevas tecnologías, hay que adaptarse a esas nuevas oportunidades que se nos ofrecen para seguir estando al día. Y es bueno que no nos quedemos desfasados en los métodos que empleamos para realizar nuestros objetivos. Sin embargo, el encuentro con Jesús lanza a un replanteamiento más radical, a dar un giro copernicano a nuestras vidas, porque ese encuentro con el Resucitado lo pone todo patas arriba. Hay un antes y un después, si quieres. Supone un reinicio completo y a empezar de nuevo. No según tus propias expectativas y conjeturas, sino según el plan de Dios, que es siempre más arriesgado.

En el Evangelio de San Lucas de este domingo V de Tiempo Ordinario se nos dice hoy:

"Subiendo a una de las barcas, la de Simón, le pidió que se apartase un poco de tierra. Se sentó y se puso a enseñar a la multitud desde la barca. Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: —Boga lago adentro y echa las redes para pescar. Le replicó Simón: —Maestro, hemos bregado toda la noche y no hemos sacado nada; pero, ya que lo dices, echaré las redes. Lo hicieron y capturaron tal cantidad de peces que reventaban las redes."

¿Cómo vamos a arriesgar en los tiempos tan inciertos que estamos pasando? ¿Es que hemos perdido la cabeza? ¿No habrá por el contrario que aferrarse a lo seguro y conocido?

Pues para nada, justamente eso: perdamos no solo la cabeza, sino también enteramente el corazón. Démosle una oportunidad a la propuesta aparentemente insensata de Jesús e internémonos en ese inmenso mar del del amor de Dios. Quedemos a la merced del oleaje de su espíritu y seremos llevados a los bancos de peces que el quiera, no a los que nosotros con nuestros cálculos habríamos pensado. Solo así alcanzarás tu mejor versión y la pesca será sobreabundante, impensada, extraordinaria, porque nos hemos dejado llevar por Él, que nos habrá convertido en pescadores de hombres o en lo que sea su voluntad.

No cambiemos solo las formas y maneras -aunque sea muy necesario-, cambiemos también los fines y las metas. Porque aspiramos a realizar en sueño muy grande que nos excede con creces, pero para el que podemos faenar ayudados por la gracia de Dios que transforma a simples pescadores en apóstoles, a perseguidores en perseguidos, y a pecadores en santos.

¿Te atreverías?

Para ser discípulo hay que saber dejar a tiempo -ahora- las redes en que nos dejamos atrapar por nosotros mismos, y lanzarse a la aventura más hermosa jamás soñada: el Reino de Dios. Por mapa llevas el Evangelio, por vela el corazón en el que sopla el viento del Espíritu. Tu singladura merece muchísimo la pena. Rema mar adentro y verás.

SUELTA LAS RIENDAS Y REMA MÁS ADENTRO

domingo, 30 de enero de 2022

A POR LO MÁS VALIOSO

 

A POR LO MÁS VALIOSO



En la primera carta de San Pablo a la comunidad de los Corintios, que se ha leído este domingo IV de Tiempo Ordinario, nos encontramos con párrafos admirables. En uno de ellos se nos dice que deberíamos "Aspirad a los carismas más valiosos. Y ahora os indicaré un camino mucho mejor. Aunque hable todas las lenguas humanas y angélicas, si no tengo amor, soy como una campana que resuena o un platillo estruendoso. [Aunque posea el don de profecía y conozca los misterios todos y la ciencia entera, aunque tenga una fe como para mover montañas, si no tengo amor, no soy nada. Aunque reparta todos mis bienes y entregue mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, de nada me sirve."

Es una verdad de Perogrullo que si pretendemos ser la mejor versión posible, habremos de seguir el consejo de San Pablo y aspirar a los carismas más valiosos. Sin embargo ¿qué es lo más valioso? ¿Podría ser que lo que es muy valioso para mí no lo sea para ti en modo alguno? ¿Dependería en último caso de los valores con los que cada uno decide vivir su vida o lo más valioso lo es para todos los seres humanos independientemente de sus circunstancias?

Para respondernos a esta pregunta, tal vez demasiado complicada, te invito a que rebobines tu historia, a que vuelvas a pasar por la memoria del corazón tu biografía: ¿cuál o cuales han sido los momentos más felices de tu vida? ¿Cuales los menos felices? Puedes tomarte todo el tiempo que precises e interrumpir aquí la lectura de esta entrada, porque vale la pena sondearse a uno mismo con alguna que otra frecuencia.

Pudiera equivocarme, pero muy posiblemente tus momentos esterares habrán sido -y ten por seguro que lo serán-  aquellos en los que te sentiste verdaderamente querido y pudiste querer a lo grande. Sí, es el amor lo que nos colma y da plenitud a todos los hombres, por encima de credos, nacionalidades, gustos y colores. Por ello, San Pablo está muy acertado en su exposición y lo que les escribía a los corintios tiene completa validez también para todos nosotros hoy: aspiremos a los carismas más valiosos, no escojamos lo meramente vistoso.

Y solo el Amor puede posibilitar la mejor de las versiones de cada persona: ama y sé amado, todo lo demás es secundario. Prioriza el amor en tu día a día, en tus relaciones, en tus opciones, y no te quedes en otras ambiciones menos nobles, aunque estén muy consideradas socialmente y cotizadas en las redes sociales. No busques esencialmente los honores, la grandiosidad, el lujo, la opulencia, el poder, el reconocimiento o la vanagloria; busca mejor amar siempre, y solo así encontrarás el tesoro escondido.

El Dios Amor, que Jesús ha encarnado, ya supo vivir así, y nos por ello nos capacita con su amor, con su palabra y con gracia, para que nosotros también podamos vivir como Él, con ese inmenso corazón generoso. Ese es el mayor de los carismas a los que podemos aspirar. Esa es la mejor de las versiones posibles.

¿CUÁNTO ERES CAPAZ DE AMAR?