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miércoles, 24 de diciembre de 2025

En esta noche

EN ESTA NOCHE


Ahí estamos, suspendidas en la inmensidad de un firmamento inalterable por los siglos de los siglos. O mejor, más que suspendidas, estamos sostenidas, porque el movimiento celeste responde a una extremadamente bella voluntad creadora, gracias a ella ahí permanecemos poblando el cosmos. Desde la tierra sólo algunos especialistas nos escrutan con unas grandísimas lentes y tratan de llevar la cuenta de nuestras dimensiones y de la distancia que nos separan a unas de otras y de ellos mismos. Estudian los inmensos movimientos celestes, sin parar mientes siquiera en la gran maravilla que contemplan. Aunque los niños sí se quedan sobrecogidos ante nosotras, muchos otros humanos adultos se consideran demasiado importantes para detenerse un momento ante el espectáculo sublime del firmamento estrellado. Algunos de ellos tienen un ego tan inflamado que no saben que el universo es más amplio que ellos mismos. Lo mismo les da, porque en realidad es su ignorancia la que es desproporcionada. Sin embargo, nosotras ahí estamos fuentes luminosas entregadas a nuestra labor paciente, independientemente de que alguno de estos engolados humanos se digne a alzar la mirada al cielo. Pero el que mira, se sabe habitado por un enorme misterio.

Por contra, a nosotras, calladas y relucientes, sí nos apasiona observar día y noche lo que los hombres hacen, aunque no sepan que desde arriba no se nos pasa nada por alto. Bien es cierto que nosotras no podemos hablar. Es una gran limitación, porque aunque las palabras andan por dentro como minerales vivos, no logran ser liberadas más que como sordo brillo estelar. Pero en verdad con las palabras también se puede emitir hacia fuera parte de la luz que se tiene dentro, y a la vez, hacerse recepción de las palabras provenientes de otros para alimentar el fuego a que cada una de nosotras se nos entrega. Mas hoy no voy a permanecer muda, ya que he decidido soltar lo que recuerdo de aquella noche sagrada, de la que todas las demás noches son mera reminiscencia, y por ello precisamente todas las noches siguen siendo todavía extraordinariamente cautivadoras.

Vais a perdonarme si me equivoco, pues por falta de costumbre en el ejercicio de la escritura, no estoy segura de lo que digo, pero es posible que toda la vastedad inmensa del universo estuviese preparándose para aquella ocasión. La tierra dejó de ser un mero planeta más para convertirse en el lugar central que toda la infinitud del cosmos abrazaba con sumo cuidado. Y todo encontró entonces su lugar preciso y precioso. Los humanos algo fuera de lo normal debieron notar, pues desde entonces y para siempre comenzaron a datar de nuevo la historia. Se hizo un presente absoluto, como si el tiempo se volviera eterno por unos instantes. Y es que, digámoslo así, como esa noche ninguna. Cada estrella, cada astro, cada cometa, todo seguía en su movimiento entrelazando una perfección aún más acusada. El silencio era música y la música profundísimo silencio en que se mostraba la noche para acompañar a esa jovencita que estaba de parto, junto a su esposo, en el tosco cobijo que daba el portal convertido en establo a la pobre luz de una humilde hoguera. Era noche cerrada, pero todas nosotras con una intensidad nunca vista, ahí estábamos, alumbrando con la mayor dicha generosa de que éramos capaces. Nuestro artífice, el que nos dio la hechura y consistencia, ahí estaba naciendo como un ser humano más.

Aunque lo cuento como recuerdo al trasladarme a aquella noche, las palabras me dificultan contar los hechos con fidelidad, porque en realidad nunca ha dejado de estar nítidamente presente en mi ser de ahora, de ayer, de siempre. Esa noche, que los humanos llaman Nochebuena yo aprendí a brillar de verdad, sin orgullo ninguno, pues si Dios se nos había vuelto criatura, entonces la grandeza está en ser lo que uno es, pero en la pequeñez, la humildad, la sencillez y la verdad. Si la luz había nacido, nosotras debíamos aprender a lucir así para llevar la luz más sincera a cuantos la necesitan. Creo que como todo cobró vida, yo descubrí que además de callar y brillar, puedo expresarme en palabras. 
    
A la par que el Señor había descendido, nos hubiese gustado descender con Él, inundar de luz al Salvador, pero no era en absoluto necesario, con su luz bastaba, y nosotras desde nuestros respectivos lugares tan solo éramos fiel reflejo de su gloria. Sé que no vais a creerme, pero creo que desde esa noche lloro de intensa emoción, y así, al amanecer, está el suelo perlado de rocío. Aquella noche descubrí que podía también llorar, pues dentro de mí llevo parte del amor que en la tierra había nacido.

Fueron muchos pastores a presenciar lo mismo que nosotras estábamos presenciando. Nunca ya podrían olvidarlo, ahí delante de sus ojos estaba el Eterno de carne y hueso, capaz de ser adorado, ignorado u odiado; amado, cuidado y seguido u odiado, dependiendo del corazón de cada uno. Si se sabe elegir lo mejor, como nosotras. se podrá resplandecer, porque se habrá encontrado aquello que más se anhela.

Y ya me callo, porque te recuerdo que todo esto que has leído no ha podido ser por que las estrellas no hablamos ni escribimos ni lloramos. Mejor olvídalo, y cuando mires al cielo solo recuerda que así, en una noche serena y estrellada como la que estés viendo, con un cielo extraordinario como el que contemplas, Dios escribió la más bella página de la historia de salvación haciéndonos a todos hermanos. Y yo estaba allí para contártelo, no con palabras, con el brillo candoroso que desde entonces arde en mi interior. Y si te dignas a mirarme cualquier noche, aunque no sepas identificarme, yo te estaré anunciando con esplendor que Dios está siempre naciendo.

sábado, 6 de diciembre de 2025

Avisos varios

 AVISOS VARIOS


A nadie se le escapa que las palabras son un filón, un auténtico tesoro del que hay que valerse para poder realizar una existencia realmente humana. Si prescindimos de su riqueza, volveríamos en un corto plazo de tiempo a sumirnos en la barbarie. Por tanto, conviene hacer uso frecuente del diccionario, no sólo es útil, sino también se vuelve necesario para saber de lo que hablamos y poder entendernos mejor.

Es obligado ir primero a la fuente para llenarnos del significado fresco de los términos. Comencemos nuestro periplo semántico por la etimología de la palabra aviso, que no es otra que la expresión latina "ad visum", esto es, a la vista. Y es que estas lecturas del segundo domingo de Adviento tienen mucho de ponernos delante de la vista lo que se nos viene encima, lo que debe estar a la vista, lo que hemos de esperar; otra cosa muy distinta es que prefiramos no verlo y miremos al señuelo o a la distracción de turno. No sea porque no nos vienen avisando.

Y ya iniciado este tour por las palabras, tras la etimología vayamos a las diferentes acepciones, para así poder aclararnos y ampliar todas las posibilidades de la palabra protagonista de esta humilde entrada. La RAE nos ofrece hasta siete posibles concreciones del significado de la palabra aviso: señal, indicio, precaución, cuidado, prudencia, discreción, etc. Es por esto que en nuestra lengua afirmamos que el que avisa no es traidor, pues si anticipadamente nos está indicando lo que puede pasar, y nosotros podemos ir tomando medidas para que no nos pille de sorpresa o con el pie cambiado. El que avisa no es que no sea traidor, es que es buena gente y amiga, salvo que el aviso sea infundado para engañarnos y atemorizarnos, pues de estos también los hay.

En los orígenes del periodismo se dice que fueron apareciendo cartas de aviso, en las que se informaba de lo que había ocurrido en otros lugares, y así, el lector u oyente de ellas podía estar al corriente de lo que sucedía. Mucho antes, en los momentos anteriores e iniciales de nuestra era, aparecieron los profetas, que se anticipaban a lo que iba a pasar. No eran adivinos, sino personas inspiradas para anunciar lo que el Señor quería que su pueblo escuchase, a pesar que esta vocación que asumían no les trajese más que sinsabores. Por el bien del pueblo debían estar al corriente y así poder evitar lo que, sin el aviso oportuno que ellos daban, hubiese sido inevitable.

En este tiempo de Adviento los avisos no están tampoco de más si queremos tenerlos en cuenta. Por avisar que no quede. En realidad no es un aviso de la llegada de un tiempo aciago, sino todo lo contrario, la mejor de las noticias: la llegada del mesías. San Juan Bautista, desde el corazón del desierto, ataviado con piel de camello, no deja lugar a dudas. Es un hombre de Dios, con aspecto y forma de hablar de profeta. En él no hay engaño, pues no viene a hablar de sí mismo, sino de Aquel tan esperado al que no se considera digno de llevarle las sandalias. Ya llega -es tiempo de gracia-, viene a cumplir su misión como Salvador, y por lo tanto que hay que prepararse debidamente. Nos reclama que demos el fruto que pide la conversión, pues el Reino de Dios está muy cerca, es inminente, y ahora se cumplen al fin las Escrituras y el momento no admite demora.

Estamos en sobre aviso: la venida esperada del que va a hacer posible el cambio absoluto de la historia, el triunfo definitivo del bien, ya va a ocurrir. ¿Sabremos tomar nota y preparar ese camino al Señor que llega? Los peregrinos de esperanza que hemos sido todo este año ¿lograremos mantener esa esperanza transformadora? Empecemos por cambiar nosotros y ser así agentes luminosos y convincentes de esta transformación del hombre y de la humanidad. Este mundo tiene solución; los males que nos acechan no van a ser definitivos y los malvados serán derribados. Sí, por fin será posible la Justicia y la Verdad, pues el Dios que nos va a nacer, el Dios humilde nos trae una vida nueva que se recibe por el bautismo de fuego que Él nos trae.

Facilitemos su llegada: frente a la soberbia la humildad; frente a la riqueza y el lujo, la pobreza y la belleza del Niño Dios en el portal; frente a las discordias, los intereses mezquinos de los poderosos, la paz del Señor en el sentir común; frente al egoísmo individualista y al materialismo rampante, la entrega, el cuidado, la ternura, la comprensión, la caridad y la fraternidad.

Un nuevo mundo se inicia con el nacimiento de nuevo del Salvador, si es que además cada uno de nosotros está dispuesto a nacer de nuevo. No se nos pide más: estar atentos, estar avisados y empezar a transformarnos tal y como nos piden insistentemente Isaías, San Pablo y el Bautista. Que Dios esté presente en cada uno de nosotros, en nuestro trato con los demás y en nuestro vivir. Si así hacemos, no habremos dejado caer en saco rotos tantos y tan buenos avisos, y será verdaderamente Navidad.

sábado, 11 de enero de 2025

Por el agua

POR EL AGUA


Dicen que para gustos están los colores. Y debe ser verdad, porque cada cuál ve e interpreta la misma realidad de desde su propio prisma, llegando a apreciaciones muy distintas. Unos nos opinan que ya no llueve como antaño, que si el cambio climático y el calentamiento, el enfriamiento, que si los chemtrails famosos, que si los ciclos climáticos, las bajas o altas presiones, la sequía o las terribles riadas. Lo que a unos les parece mucho, a otros siempre poco y a otros solo suficiente. Está visto que nunca llueve ni lloverá a gusto de todos. ¿Qué le vamos a hacer? Lo importante es que llueva para que tengamos agua en abundancia para todo y para todos, y puestos a pedir que los cielos nos traigan un agua limpia de contaminantes.

Y es que, al margen de lo que cada uno opine o de sus gustos particulares, el agua es absolutamente necesaria para la vida, para que la vida (biológicamente hablando) pueda seguir su curso evolutivo. El problema es que el ser humano no es reductible en exclusiva a mero ser vivo, sino que posee en sí un germen espiritual y de sentido que le incita a ser más que algo que nace, crece, se reproduce y muere sin más. A diferencia del resto de seres vivos. también necesitados de agua, el ser humano es un alguien autoconsciente y con una identidad única, y con unas pretensiones de transcendencia irrenunciables. Habrá algunos que con pan y circo tendrán suficiente, pero al final con eso no nos basta, y precisamos de un agua que despierte y sacie es ser insondable exclusivo hasta ahora en los humanos.

Acabamos de celebrar el acontecimiento más extraordinario de la historia, la encarnación y nacimiento de Dios, el Dios humanado, Jesús de Nazaret. Y hoy, para cerrar el periodo de la Navidad, llegamos al momento en el que este Dios entre nosotros quiere ser aún más semejante a nosotros y acude hasta el Jordán para ser bautizado como otro más. En nada se distingue Él del resto de personas que expresan con ese gesto de pasar a través de las aguas su deseo de comenzar a ser de manera nueva y más auténtica. El que viene a bautizar con el Espíritu quiere también surgir de las aguas, inaugurar así un tiempo nuevo, abrir un horizonte preñado de esperanza para todos.

En ese momento las aguas ya no son el elemento natural que usamos para hidratarnos y para limpiarnos las adherencias físicas y morales que pueden afear y lastrar, a partir de ahora, con el paso del Salvador, el bautismo de Juan se convierte en sacramento que infunde nueva vida espiritual e identidad divina. Efectivamente precisamos, por tanto, el agua para vivir, pero necesitamos igualmente pasar pasar por el agua bautismal para obtener una vida no exclusivamente material y mortal, también para tener vida, y vida en abundancia. Una vida que nos viene del Dios que da su vida.

De modo similar a como hacemos la entrada en este mundo, saliendo de las aguas del seno materno, de nuevo, para el comienzo de una vida como ser también espirituales, hemos de surgir de las aguas bautismales. Esta vida espiritual que surge tras las aguas, implica una inserción en Aquel que desde entonces nos bautiza con Espíritu, y por tanto, nos confiere la participación en su muerte y resurrección. Después del bautismo somos seres nuevos y renovados. Estamos ya insertados en el que nos da la vida eterna, pues la vida que nace de las aguas bautismales desconoce la muerte.

Jesús le explica a Nicodemo que había que nacer de nuevo del agua y del Espíritu para participar de la vida de Jesús, ser semejantes a Él e ir realizando esa semejanza en la plena libertad que concede el Espíritu. Ciertamente somos materia, pero no exclusivamente materia, tal y como algunas concepciones antropológicas reductoras pretenden. Y por el bautismo recibimos la gracia para transformar y animar con el Espíritu esa materia humana.

Al igual que el propio Jesús, que quiso pasar a través del agua y del Espíritu, nosotros tengamos esa capacidad de nacimiento para ser por completo hombres y mujeres con cuerpo, alma y espíritu. Es a ello a lo que estamos llamados a completar e integrar. ¡Qué grandeza la del ser humano! Para esa grandeza y dignidad hemos nacido, y mediante el agua es Dios mismo el que nos va a ayudar a realizarlo. ¿Se puede aspirar a algo más grande?

sábado, 30 de noviembre de 2024

El gran colapso

 EL GRAN COLAPSO


No es preciso que salga publicado en los medios; que las agencias de noticias difundan terribles sucesos que están ocurriendo, para que nos podamos hacer idea aproximada de la que se nos avecina. Uno ya sospecha, intuye, y adivina por sí mismo, lo que puede llegar a pasar si observamos e interpretamos los síntomas que van apareciendo. Es solo cuestión de estar atentos y advertidos. Muchas veces sabemos que no pinta bien aunque no queramos reconocerlo. Últimamente nos tememos lo peor. Parece que nos precipitamos al fin.

Sin ánimo de ser catastrofistas, un mínimo análisis de la compleja situación por la que estamos pasando no apunta a ser demasiado optimistas: conflictos armados por doquier, polarización ideológica, división social, desinformación a la par que sobreinformación, democracias populistas sin disimulos, inflación descarriada, corrupción sin parangón, consumo disparado de ansiolíticos, la soledad no deseada campa a sus anchas, enfermedades, pobreza, desigualdad, individualismos recalcitrantes, falta de trabajo, precios inasumibles de las vivienda, violencia de género, adicciones, depresiones, etc. Es este un panorama que delata que algo no estamos haciendo bien, es decir, que como sociedad nos conducimos hacia un gran colapso.

Es cierto que ha habido a lo largo de la historia muchos otros momentos de crisis, donde toda una manera de vivir, de concebir la cultura y la civilización, terminan por sucumbir y desaparecer para dar paso a un nuevo periodo. ¿Estaremos ahora en los prolegómenos de un final de época? Y en ese caso, ¿Qué será lo que venga después? ¿Cómo será? ¿Peor o mejor que lo que habíamos conseguido hasta ahora? ¿Podremos seguir considerándonos todavía humanos o pasaremos a esa sociedad posthumanista tan cacareada?

Este panorama, que como se ha indicado, ocurre de manera periódica a lo largo de la historia de la humanidad, también nos sucede a las personas. Cada uno ha de pasar por épocas de crisis, donde todo se viene abajo y hay que empezar de cero de nuevo. No resultan nada fáciles de afrontar ni de superar. Nunca nos viene bien recibirlas, pero van llegando y nos dejan malparados. Cuando llegan, toca asumirlas y tratar de superarlas como buenamente se pueda. Al fin y al cabo, no hay mal que cien años dure, ni recetas para todo, así que con buena disposición, duro trabajo y afán de superación, se suele salir de estas etapas críticas. Incluso si se logra salir, se vuelve más uno mismo y con la lección que nos impone la experiencia bien aprendida.

Así pues, todo final conlleva un principio; cada crisis su superación. Es un volver a empezar continuo, un aprendizaje imprescindible de que en la muerte viene ya una posible forma nueva de vida. Hemos concluido el primer trimestre de nuestro curso, y ya empezamos el siguiente. Uno acaba y da paso al que le sigue. También acabamos de cerrar otro año litúrgico, y ya estamos estrenando el nuevo. Comenzamos como es costumbre por el tiempo de Adviento, tiempo de espera, de maduración, de embarazo, de proceso, pero tiempo asimismo de reinicio. Nos preparamos para lo que viene: la novedad del nacimiento del Señor, que se abaja del cielo para nacer en la tierra como uno más, para hacerse tan hombre, limitado y vulnerable, como cualquiera de nosotros.

Las ciudades se apresuran a disimular el gran colapso inminente con multitud de adornos y luces. Que al menos parezca que todo está maravillosamente bien. La Navidad se ha vuelto meramente un maquillaje, un escaparate que impide ver la cruda realidad. Somos una sociedad que se ha olvidado prácticamente de Dios, y por ello de la mínima humanidad del ser humano, pero que sigue tratando de celebrar una Navidad vacía de verdad profunda, aunque repleta de consumo feroz.

Sin embargo, ante nosotros disponemos una vez más de la oportunidad del Adviento, tiempo idóneo para iniciar un verdadero proceso personal y colectivo encaminado a superar aquello que impide que suceda ese milagro que esperamos: nace Cristo y todo vuelve a ser hermoso y posible. Un nuevo tiempo puede comenzar. La promesa de Dios se cumple, y por ello nuestra esperanza no queda defraudada. Hemos de posibilitar ese nacimiento de Dios, de nuestra propia vida, y de una sociedad fraterna, más conforme al sueño de Dios.

¿Qué has de soltar tú? ¿Qué has de dejar atrás para permitirte ser un hombre nuevo? ¿Qué tendrás que superar? ¿Quién eres realmente tú? ¿Estás dispuesto a prepararte en serio para serlo? ¿Vas a darte esa maravillosa oportunidad? ¿Te vas a conceder ese regalo de dejarte descubrir por el Dios de la pequeñez que viene ya?

No es tan difícil, dentro de ti está esa fuerza inmensa de amor dispuesta a nacer en ti. Y así, solo así, esta vez también la Navidad será un misterio que te cautivará por entero. Cristo nace, y tú puedes hacerlo también con él. Entonces el colapso en tu vida dará paso a una verdadera vida y la Navidad será una eclosión de sentido.

Adviento, tiempo propicio para pasar del gran colapso al esperado y posible renacimiento. ¡Vívelo!







sábado, 23 de diciembre de 2023

Estrellarse

 ESTRELLARSE


Pocos son capaces de mirar hacia arriba y quedarse prácticamente embobados y cautivados por la suma grandeza del cielo. Cada vez somos menos los que quedamos sobrecogidos ante la inmensidad admirable del firmamento que se despliega sobre nuestras cabezas mostrándonos lo que es él y a la vez lo que somos nosotros. Sin embargo, contra viento y marea, bien pudiera ser que pocos espectáculos sean más dignos de contemplar con serenidad y sin prisa alguna que la bóveda celestre estrellada. Me viene a la memoria un pasaje leído, y nunca olvidado, de Las memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar, en el que nos cuenta como Adriano pasó toda una noche en vela contemplando las estrellas, y recuerda que fue una de las más hermosas y felices noches de toda su vida de emperador. Qué paradoja, pues de lo que confiesa haber disfrutado más es aquello que cualquiera puede experimentar con tan solo ser emperador de sí mismo: el misterio cautivador de la belleza de cualquier noche. ¿Quieres emociones fuertes? Estréllate ante lo inefable de tantos astros suspendidos y en perfecta armonía, lejanos, sí pero no desconectados.

Es cierto que como vivimos sumidos en la prisa y la ansiedad, como vivimos medidos de llenos en ciudades con cada vez más contaminación lumínica en calles y plazas, o porque simple y llanamente vivimos más pendiente de las pantallas luminosas que de la pura realidad simple y a la vez sorprendente, pues casi nadie se dedica prácticamente a contemplar el firmamento sin más, como quien pasea junto al mar olvidándose por unos instantes eternos de cualquier otra distracción, salvo los privilegiadísimos astrofísicos, los pocos fareros que queden todavía o pastores trashumantes. Y es que como no andemos con cautela, el tiempo termina devorándonos en lugar de ser el acantilado que nos permita disfrutar de una posibilidad privilegiada para solo ser y sentirse parte de este gran cosmos silente donde es posible que el mismísimo Dios nos haga un guiño y nos deje estupefactos de por vida

¡Qué hermosa puede ser la noche, y qué dichosa! ¡Qué clara y resplandeciente para el que se deja iluminar por el inmenso misterio en el que nos sentimos inmersos! Pero muy especialmente esta noche en que todo parece adquirir un tinte sacro. Es Nochebuena, todo nos habla de la gloria de Dios; todo se nos llena de ese Dios que se manifiesta y que apenas es descubierto. Este Dios amante que nos nace aquí en la tierra hostil de los hombres que aún no han aprendido siquiera a ser auténticos hombres; este Dios sutil que nos renueva la esperanza de que la historia -al menos la de cada uno- transcurra por otros caminos, con otros anhelos, con otras formas, sentidos y motivaciones. Sí, por eso esta noche es radicalmente distinta; cómo para perderse en los ajetreos y agobios de celebraciones que ignoran hasta lo que las está motivando.

Y es que esta es una noche perfecta, no para estrellarse contra la dura realidad del materialismo en que nos hemos instalado, sino bien al contrario, para estrellarse de maravilla y asombro, porque nunca estuvo el cielo tan estrellado ni tan cerca de la tierra, nunca Dios y el hombre se han aproximado tanto como la noche sagrada en que nace Dios, sí en la que el Eterno se hace menudo y sujeto al tiempo y al frío. Por eso ese niño que duerme en el regazo de María nos ha traído el cielo a la tierra, y por ello brillan así de alegres y con esa melodía las estrellas todas del firmamento, y uno, a poco que se lo proponga puede también estrellarse y quedar sobrecogido de emoción. ¿Puede el corazón del hombre aún aguardar tanto prodigio? ¿Puede aún ser capaz de asombro?

Si Él se hace pequeño, aprendamos también nosotros a hacernos pequeños y sencillos, solo así podremos ser capaces de contemplar lo más grande. Vayamos al portal y contemplemos allí en el pesebre a Dios entre pañales. Callemos perplejos, adoremos, cantemos, riamos, agradezcamos, pues hoy sí está fundada nuestra dicha, pues nunca en la tierra puede haber brotado tanto amor, un amor por todo lo humano y que a su vez nos humaniza y diviniza a nosotros.

Sí, esta noche es sagrada solo si sabes también dejar hacerte sagrado tú por su presencia entre nosotros. Recíbele en tu inocencia, cédele el puesto central en tu ser y serás Navidad con Cristo dentro. Préndete, brilla, estréllate, hoy ya el mundo está más lleno de Dios.

EL COLEGIO SANTA MARÍA DE LA PROVIDENCIA OS DESEA

FELIZ NAVIDAD



sábado, 16 de diciembre de 2023

Ser o no ser

 SER O NO SER


No vamos a tratar de Shakespeare, ni tampoco de su famoso personaje trágico Hamlet, más bien de lo contrario a la tragedia, de la alegría y el entusiasmo vital. Aunque sí que hemos tomado de dicho personaje su conocidísima disyuntiva: "ser o no ser, he aquí el dilema". Porque, lo quieras o no, todos y cada uno de nosotros nos vemos obligados o a vivir, ser y propiciar autenticidad con lo que somos, o, por contra, a hacer de nuestras vidas una lamentable farsa inconsistente, que no permite sacar lo que es -aunque haga las veces de serlo-, es decir, a llevar una vida decorado que en realidad no convence prácticamente a nadie, ni siquiera a uno mismo.

Cuestión esta verdaderamente transcendental y nada baladí de ser o no ser, pero sin embargo ¡cuánta irrealidad y cuánto engaño! ¡Cuánta apariencia y cuánta traición autoinfligida! Bastaría con ser o no ser de veras y con valentía, pero no fingirlo, sino cumplir y aceptar lo que uno quiera que sea. ¿De verdad a alguien le puede satisfacer la mentira? ¿De verdad la impostura sirve de algo? Tal vez las consultas de los terapeutas, y no tanto los libros de autoayuda, sean el lugar más adecuado para los que se han hecho alguna vez trampas a sí mismos.

Y mientras tanto va llegando la Navidad; parece que ya está a la vuelta de la esquina. Si uno se pone a calcularlo, nos quedan apenas unos días lectivos, y llegarán la Lotería, las vacaciones, y entonces irremisiblemente todos nos ponemos en modo fiestas de Navidad. Es decir, quieras o no, te apetezca más o menos, toca ser feliz o al menos aparentarlo, porque en Navidad, sí o sí, hay que estar felices y contentos, y comer perdices o lo que sea, porque es lo que toca. ¿Qué no te ves feliz del todo? No pasa nada, se maquilla un poco la situación, la cara, la indumentaria, la expresión o lo que haga falta y a forzar que eres banalmente feliz, tanto como cualquiera, pues no vas a ser tú menos. Y volvemos a lo mismo ¿ser o no ser aceptablemente feliz con lo que uno está siendo y viviendo?

Nuestro admirado escritor José Luis Martín Descalzo titula una de sus obras "Razones para la alegría" (ya de paso aprovecho para recomendar este libro como buen regalo navideño). Y es que tal vez o se decide ser uno mismo siendo alegre y sabiendo ser feliz, y para ello hay que hacer todo un trabajo de análisis y mejora de quién quiere ser uno, o, al final, no sabremos ni lograremos ser felices por más y más que tengamos. Desconozco si alguien ha llegado a publicar un libro titulado "Razones para la tristeza", pero si así fuese, también sería bueno ver cuáles son esas razones y esos motivos, pues puede que tengan que ver con frustración y falta de aceptación, aunque también se me ocurren otras de mucha enjundia.

Tradicionalmente este tercer domingo de adviento es conocido como domingo "Gaudete", esto es, alégrate. Vamos, que la Iglesia, más por sabia que por santa, nos exhorta a que saquemos hacia afuera ese derroche de alegría cristiana que llevamos dentro ¿O es que acaso no se nos nota? ¿Pero por qué? ¿A cuento de qué hemos de estar alegres con la que está cayendo por aquí, por allá y por acullá? Pues tal vez sí, porque ella, la Iglesia, nos hace mirar no al desastre en que vivimos sumidos, sino justamente a reconocer lo grandioso que de manera extremamente discreta puede llegar a suceder en medio del desastroso devenir.

El Adviento nos predispone a aclarar la manera en que hemos de mirar lo cotidiano para reconocer lo secreto, lo oculto, lo que se nos pasa desapercibido justamente porque precisa de nosotros una agudeza y sensibilidad nada habituales. Aunque lo tengamos delante de nuestras narices, enfrente, o en nuestro interior, parece que nos cuesta una enormidad reconocer lo no usual, dar verdadero valor a aquellas realidades espirituales, las más radicales y profundas, pues nos basta y sobra con la complejidad de lo superficial. Al final unos y otros estamos desbordados por completo con problemas y cargas, por lo que vamos cediendo poco a poco y terminamos confundiendo lo urgente con lo importante. Pero para eso viene el Adviento y nos susurra un modo de ser y estar mucho más centrado en lo que somos desde dentro, a prestar atención a esa acción maravillosa de Dios en nuestras vidas.

Las lecturas de este domingo ciertamente son para alegrarse, porque el que anunciaba el profeta Isaías, el que lleno de Espíritu viene a liberar al hombre de todo sufrimiento, el Salvador esperado se nos hace presente y nace aquí, en lo remoto y escondido, en lo menudo y humilde, en lo cierto y auténtico, y su luz es capaz de disipar y vencer toda tiniebla, interna y externa. Sí, es posible, San Juan el Bautista tampoco lo duda, él no es, pero viene el que sí es, y por ello San Juan es "la voz que clama en el desierto". ¿La escuchas? Si ni siquiera en el desierto eres capaz de escuchar atentamente la voz de Dios que clama en tú interior, no lograrás ser tú plenamente y esa luz prodigiosa y sagrada no prenderá en ti; pero si prendiese, ya la alegría inmensa que estalla y se expande por todo el universo, esa que encuentra eco en tu corazón, esa que nace en Belén y se propaga y que logra que cualquier lugar participe del singular nacimiento de Dios entre nosotros.

Y nos dice hoy San Pablo: "Estad alegres" porque si vivimos consagrados a ser según el Espíritu y viviendo para amar y realizar el bien, todo, absolutamente todo, poseerá sentido y sobrecogedora belleza. Si quieres y se lo permites, las promesas de antaño que se cumplieron a su debido tiempo, se seguirán cumpliendo y puedes esperar lo inesperable, porque una vez más sabes de quién te has fiado.   



sábado, 24 de diciembre de 2022

No tan solo apariencias

 NO TAN SOLO APARIENCIAS


Con qué frecuencia decimos u oímos que si sí, que si no; que si verdadero, que si falso; que ni fú ni fa; que ni blanco ni negro, ni verde ni marrón, sino todo lo contrario; que si eso lo será para ti, que porque tú lo digas; y hasta que todo vale, porque en realidad hemos terminando devaluando aquello que cae en nuestras manos y termina valiendo poco o nada. Por tanto, si todo acaba siendo solo producto de consumo, sin que nos percatemos, terminan dándonos el cambiazo y nos presentan un estupendísimo sucedáneo de la Navidad, con abundancia de adornos, luces y regalos, pero tan solo un espejismo de  la auténtica fiesta religiosa.

Quizás vivimos en tiempos de demasiada aceleración y de mucha confusión, y hasta podríamos decir que de ocultación y de ofuscación. Resulta que no es fácil aclararse en esta maraña de significados alternativos y divergentes tan en boga. Por lo que es lógico llegar a plantearse: ¿Y yo dónde me sitúo en todo esto de la Navidad? ¿Qué es para mí? ¿Cómo he de vivirla?

Ciertamente no es sencillo orientarse entre tanta confusión. Precisamos esa estrella fugaz que nos vaya orientando desde el oropel de los palacios a la desnudez insólita de portal. Pues no era previsible que algún momento fuera a ocurrir algo tan imprevisible como que Dios nos nazca. Entonces todo ese decorado prefabricado, aparece como una inmensa farsa aburridísima que funciona con tremenda eficacia para que no nos enteremos de nada y sigamos atrapados por las innumerables distracciones. Tal vez muchos prefieran seguir en el engaño que descubrir la realidad y asumirla. Para ellos la Navidad es solo un cambio temporal de decorado, pero sin sentido alguno.

Hoy, sin embargo, en el comienzo del Evangelio de San Juan se nos afirma sin medias tintas lo impensable, con lo que no contábamos, que realmente acontece: Dios se hace hombre y asume nuestra humilde condición iluminándola, esclareciéndola y dignificándola. Y entonces, de igual manera que no quisieron aceptar en su día esa misteriosa y admirable verdad de la irrupción de Dios en la tierra, tampoco ahora, pasados los siglos, seguimos sin concederle ni la mínima credibilidad a este hecho que ha transformado nuestra historia y nuestras historias, tachándolo de locura, insensatez o pura leyenda inverosimil.

En este mundo de miras exclusivamente pragmáticas, cómo vamos a aceptar por buena semejante noticia: que viene  el Dios todopoderoso a asumir nuestra carne, que Dios se nos hace pequeño, frágil, mortal y vulnerable. ¿Puede ser Dios así? ¿Nos puede cabernos a nosotros esta buena nueva insólita en la mollera? ¿Y acaso nos puede caber en el corazón? Evidentemente no, y sin mucho cabilar, nos apresuramos a seguir cabilando en nuestras sensatos asuntos, sí, esos que salen por las pantallas a todas horas.

Pero también hay algunos pocos que no se dejan llevar solo por las apariencias, y que en esa luz especialísima que brillaba la noche eterna en que nació el Salvador, descubren una bellísima verdad tal vez solo reservada a los sencillos, a los que permanecen en velan y son capaces de escuchar en el silencio del firmamento estrellado los cantos de los ángeles que anuncian la gloria de Dios, la encarnación del Enmanuel.

Cada uno de nosotros puede ser de los que se quedan con las apariencias, que por las razones que sean se ven sometidos a su imperio, o por el contrario, de los que se dejan sorprender por lo inaudito: ese Dios apasionado por los hombres, capaz de, contra todo pronóstico, asume nuestra pequeñez y nuestra grandeza.

Si decides ser de los que sí acogen esa luz que brilla en las tinieblas, podrás llegar a descubrir, admirar, emocionarte y adorar a ese Niño Dios que nace sin alaracas, en lo discreto; que toma por trono un humilde pesebre de un establo, en una remota aldea llamada Belén. Ese Dios no es según este mundo, aquí no tiene sitio un Dios que viene en pobreza y sin suntuosidades, un Dios que no se impone por la fuerza, el poder o el engaño, sino que se ofrece en la fragilidad del amor.

Si experimentas al Dios que verdaderamente nace entre nosotros, todo cambiará, porque reconocerás al que realmente es el camino, la verdad y la vida. Ya no te podrán convencer para que te quedes solo con las apariencias, has descubierto al Rey que te descubre quién eres y todo por lo que merece vivir y amar.

Es tiempo de Navidad, de encuentro, de cercanía y reconocimiento entre Dios y los hombres, entre los hombres y Dios, no solo en la ternura de María que acoge el temblor del Niño Dios, de la mirada atenta y agradecida de San José o de la sencilla alegría compartida de los pastores, también entre nosotros, para que el nacimiento vuelva a acontecer y sepamos de nuevo sentirnos verdadera familia reunida en torno al portal. 

DIOS HA NACIDO,

ES NUESTRA VERDAD,

       ES NAVIDAD EN TODA LA TIERRA