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sábado, 20 de diciembre de 2025

El Gordo

EL GORDO


Llega el gordo. Todos hemos corrido a hacernos con algún décimo y andamos por ahí pendientes de que salga el gordo y engorde de paso nuestras maltrechas economías. Es una tradición que sigue manteniéndose incluso por los que no son muy partidarios de conservar las tradiciones; y es que a mayor venta de números, mayor beneficio para las arcas comunes. Todos jugamos, unos a otros nos compartimos algún número, pero el que tiene el premio asegurado es el que inventó el sorteo: Apuestas y Loterías del Estado al menos se queda con el 30% de lo recaudado. Por tanto, que siga y siga girando el bombo y haya suerte.

Pero con el genuino sorteo de Navidad el que viene y el que toca seguro es el Niño Dios. Ese por el que celebramos estas fiestas, el que viene seguro y toca también seguro es el que parece estar ausente entre tanta algarabía con la que la sociedad se adorna en estos días. Parece un contrasentido, pero no lo es; estamos tan metidos en lo que debe ser la Navidad, que su verdadero sentido se nos queda traspapelado. El gran regalo del cielo nos toca a todos, y no el reintegro ni la pedrea, sino el gordo de lleno: nos nace el Salvador, el Dios con nosotros. ¡Como para no celebrarlo!

Nos cuenta el profeta Isaías que el rey Ajaz no quería saber ni siquiera el signo de la llegada del mesías, no le debía interesar gran cosa, bastante tenía con preocuparse de sí mismo, pero Dios sí le da ese signo que no pedía: nacerá un niño hijo de la luz de una virgen y su nombre será Emmanuel. A ese número si quieres puedes jugar, a ver si a su debido tiempo, cuando llegue el sorteo, te toca el gran premio, el más esperado.

Por ello, tanto el salmo como la segunda lectura de este cuarto domingo de Adviento, con la Navidad a la vuelta de la esquina, son indican el modo en que podemos disponernos para recoger ese gran premio gordo que nos va a caer. Tenemos la gran suerte de estar llamados a recibir esa extraordinaria recompensa por la obediencia de la fe, si reconoceremos al Rey de la Gloria que va a entrar en nuestra historia y en la historia colectiva, así se transformarán tu vida y la de los otros en historia de salvación.

En el Evangelio este domingo vemos como acoge San José primero al ángel que se le aparece en sueños, para después aceptar y cuidar a María con la certeza de que el niño que trae su esposa en su seno es Hijo de Dios y viene del Espíritu Santo. Hay que ser un ser humano extraordinario para tener esa apertura para escuchar el lenguaje de Dios, los mensajes que nos traen los ángeles. No todos somos capaces de tener esa disposición para las maravillas del Señor. Ahí está el boleto de la lotería premiado y sacarle todo el partido posible. A la grandeza y generosidad de Dios, que nos trae a su propio Hijo hecho hombre, se corresponde la grandeza y generosidad del humilde José. Entonces, cuando confluyen ambas entregas mutuas, la de Dios y la del hombre, todo es posible. La Navidad es ese tiempo de encuentro.

Ya no queda nada para el sorteo de Navidad, y poco más para que en nosotros celebremos la llegada del Hijo de María y José. Es ese recién nacido que podéis ver envuelto entre pañales y acostado en un pesebre. Es el Dios humilde que acoge nuestra misma condición y se hace mortal. Que esta Navidad seamos como José, como María, como los pastores, y acojamos con esa ilusión los proyectos de Dios para cada uno de nosotros. Será una noche auténtica y maravillosa, en la que luce Él y las estrellas, no nosotros, que quedaremos sobrecogidos ante la belleza del Todopoderoso que se nos hace frágil y pequeño.

El nacimiento de Jesucristo nos enseña que hemos de nacer nosotros a Dios, aprender a amar, amarnos y dejarnos amar. Esta Navidad es una gran oportunidad, un premio extraordinario. El gordo es seguro si nos volvemos sencillos, sin que siquiera lo pregonen los telediarios. No es cuestión de azar ni de suerte, más bien de disponibilidad. Si Dios se abaja del cielo, también nosotros nos podemos apear de nuestros hábitos e inercias, para descubrir en lo oculto lo verdadero; pero para ello habrá que marchar hasta aquella aldea insignificante llamada Belén, hasta allí si quieres te guiará la luz que brilla en lo hondo de los hombres que buscan la voluntad de Dios. Si quieres estás premiado. Nos llega el gordo del amor mayor.

EL COLEGIO SANTA MARÍA DE LA PROVIDENCIA

OS DESEA  A TODAS LAS FAMILIAS

UNA MUY FELIZ NAVIDAD

sábado, 13 de diciembre de 2025

Lo nunca visto

 LO NUNCA VISTO


No sé, tal vez pecamos de exceso de realismo. Está muy bien eso de ser fiel a la realidad, sin filtros, sin engaños, tal y como es, es decir, llamar al pan pan y al vino vino. Cuando uno se limita a los hechos sin demasiadas interpretaciones, luego no se lleva chascos ni decepciones. Pero el ser humano no puede ser absolutamente objetivo, sino que uno construye su mundo y tiene a sobredimensionar o al contrario, a minusvalorar aspectos fundamentales que solemos pasar por alto. Aún así hay que ir aprendiendo a ver sin tanto juicio y sin tanto prejuicio, simplemente a dejar que la vista se pose en cuando de maravilloso hay por doquier.

No resulta tampoco demasiado infrecuente oír eso de que uno lo tiene ya todo muy visto, que nada llama la atención ni sorprende, como si hubiésemos vivido ya tanto que lo que tenemos delante nos hastía. De ser cierta esta afirmación, no sé muy bien entonces por qué andamos absolutamente subyugados al poder hipnótico de las pantallas. ¿No lo teníamos todo tan visto? Pues parece que queremos ver más y más de lo mismo hasta llegar acaso al hartazgo. Hoy casi ya no levantamos la vista para ver el horizonte, el cielo, las flores o el rostro del otro.  

Puede que en realidad lo que nos pasa es que no sabemos mirar. El problema puede que no esté tanto en que la realidad manida se repita con una monotonía reiterativa, como que lo que resulta completamente desmotivador sea nuestra manera de mirar. En ese caso, somos nosotros los que no sabemos ver ni descubrir la asombrosa novedad de aquello que tenemos delante. Así pues, habría al menos dos tipos de ceguera: una causada por diversos problemas oftalmológicos, y otra porque nuestro estar en el mundo se colapsó de pesadumbre. No parecería desacertado aquello de que no hay peor ciego que el que no quiere ver.

Sabemos que Jesucristo atendió tanto a la primera como al segundo tipo de ceguera. Hoy fundamentalmente a la primera de dedican los admirables médicos; pero de la segunda, sí que podemos ocuparnos en este blog, de la ceguera por renuncia.

El Adviento es el tiempo litúrgico de incrementar la luz, si es que queremos salir de las tinieblas. Es un tiempo de espera esperanzada que aguarda con ilusión la llegada del Salvador. No tanto un tiempo de neones como de velas en la intimidad, más de escucha creyente que de grandes almacenes repletos y corazón vacío. Y es un tiempo de revisión para percibir por los ojos aquello que no vemos.

A este tercer domingo de Adviento se le denomina tradicionalmente como domingo Gaudete (Alégrate). No una alegría impostada, sino una alegría sencilla, porque ya está tan cerca el que ha de venir, que el corazón lo nota y el rostro lo refleja. Pero para descubrir ese manantial de alegría hemos de superar esa cortedad de vista que nos termina por sumir en el aburrimiento y en el desánimo. Si aprendemos a reconocer al Dios que viene y llega a hacerse hombre, entonces seremos capaces de contemplar el misterio de la la gloria del Señor.

Todo nuevo, renovado, distinto, resplandeciente. Es Él el Señor, que viene a salvarnos y por ello se abren los ojos de los ciegos, los oídos de los sordos, y hasta el cojo es capaz de saltar como Un ciervo. ¿No lo ves? ¿Todavía no lo ves? ¿Es que no te das cuenta de que hay una nueva realidad que percibir y una nueva manera de percibirla?

El Bautista, preso y encadenado en la cárcel, no sé si le flojea el ánimo para mantener esa manera tan suya de ver con los ojos despiertos de la profecía, o será sólo que prefiere que sus discípulos vean por si mismos esa realidad que Jesucristo inaugura. El caso es que les manda ir a cerciorarse, a comprobar con sus ojos al que hace ver a los ciegos, escuchar a los sordos, andar a los cojos, a los leprosos, convertirse a los publicanos. Al que da cumplimiento a las Escrituras, el Mesías esperado. La realidad espiritual del Reino irrumpe con fuerza y es imparable. Lo nunca visto: a Dios hecho hombre rehumanizándonos con la fuerza de la ternura de Dios ya está operante y no tiene vuelta atrás.

Habrá quien quiera seguir sin ver lo nunca visto, el que quiera quedarse al margen de esta luz imparable de la auténtica Navidad, el que prefiera quedarse en el calabozo que no permite ver del todo, sólo de oídas lo nunca visto o el que mire las luces artificiales de una Navidad artificiosa. Pero a los que queremos empezar a ver de veras, Jesús nos responde ¿Qué salisteis a ver? Si reconocemos al Bautista como el predecesor, podremos contemplar al que él anunciaba: el Cristo, el Señor, el Dios humanado. Él nos capacita para ver y valorarlo todo de un modo nunca visto.

Si ves una luz nueva, una estrella nueva que apunta a lo desconocido, distínguela, reconócela y síguela. Algo en lo más profundo de ti te dirá que estas en lo cierto, en el camino que lleva a Belén, a contemplar y adorar a ese pequeñín entre pañales. Ahí está presente lo nunca visto.

sábado, 6 de diciembre de 2025

Avisos varios

 AVISOS VARIOS


A nadie se le escapa que las palabras son un filón, un auténtico tesoro del que hay que valerse para poder realizar una existencia realmente humana. Si prescindimos de su riqueza, volveríamos en un corto plazo de tiempo a sumirnos en la barbarie. Por tanto, conviene hacer uso frecuente del diccionario, no sólo es útil, sino también se vuelve necesario para saber de lo que hablamos y poder entendernos mejor.

Es obligado ir primero a la fuente para llenarnos del significado fresco de los términos. Comencemos nuestro periplo semántico por la etimología de la palabra aviso, que no es otra que la expresión latina "ad visum", esto es, a la vista. Y es que estas lecturas del segundo domingo de Adviento tienen mucho de ponernos delante de la vista lo que se nos viene encima, lo que debe estar a la vista, lo que hemos de esperar; otra cosa muy distinta es que prefiramos no verlo y miremos al señuelo o a la distracción de turno. No sea porque no nos vienen avisando.

Y ya iniciado este tour por las palabras, tras la etimología vayamos a las diferentes acepciones, para así poder aclararnos y ampliar todas las posibilidades de la palabra protagonista de esta humilde entrada. La RAE nos ofrece hasta siete posibles concreciones del significado de la palabra aviso: señal, indicio, precaución, cuidado, prudencia, discreción, etc. Es por esto que en nuestra lengua afirmamos que el que avisa no es traidor, pues si anticipadamente nos está indicando lo que puede pasar, y nosotros podemos ir tomando medidas para que no nos pille de sorpresa o con el pie cambiado. El que avisa no es que no sea traidor, es que es buena gente y amiga, salvo que el aviso sea infundado para engañarnos y atemorizarnos, pues de estos también los hay.

En los orígenes del periodismo se dice que fueron apareciendo cartas de aviso, en las que se informaba de lo que había ocurrido en otros lugares, y así, el lector u oyente de ellas podía estar al corriente de lo que sucedía. Mucho antes, en los momentos anteriores e iniciales de nuestra era, aparecieron los profetas, que se anticipaban a lo que iba a pasar. No eran adivinos, sino personas inspiradas para anunciar lo que el Señor quería que su pueblo escuchase, a pesar que esta vocación que asumían no les trajese más que sinsabores. Por el bien del pueblo debían estar al corriente y así poder evitar lo que, sin el aviso oportuno que ellos daban, hubiese sido inevitable.

En este tiempo de Adviento los avisos no están tampoco de más si queremos tenerlos en cuenta. Por avisar que no quede. En realidad no es un aviso de la llegada de un tiempo aciago, sino todo lo contrario, la mejor de las noticias: la llegada del mesías. San Juan Bautista, desde el corazón del desierto, ataviado con piel de camello, no deja lugar a dudas. Es un hombre de Dios, con aspecto y forma de hablar de profeta. En él no hay engaño, pues no viene a hablar de sí mismo, sino de Aquel tan esperado al que no se considera digno de llevarle las sandalias. Ya llega -es tiempo de gracia-, viene a cumplir su misión como Salvador, y por lo tanto que hay que prepararse debidamente. Nos reclama que demos el fruto que pide la conversión, pues el Reino de Dios está muy cerca, es inminente, y ahora se cumplen al fin las Escrituras y el momento no admite demora.

Estamos en sobre aviso: la venida esperada del que va a hacer posible el cambio absoluto de la historia, el triunfo definitivo del bien, ya va a ocurrir. ¿Sabremos tomar nota y preparar ese camino al Señor que llega? Los peregrinos de esperanza que hemos sido todo este año ¿lograremos mantener esa esperanza transformadora? Empecemos por cambiar nosotros y ser así agentes luminosos y convincentes de esta transformación del hombre y de la humanidad. Este mundo tiene solución; los males que nos acechan no van a ser definitivos y los malvados serán derribados. Sí, por fin será posible la Justicia y la Verdad, pues el Dios que nos va a nacer, el Dios humilde nos trae una vida nueva que se recibe por el bautismo de fuego que Él nos trae.

Facilitemos su llegada: frente a la soberbia la humildad; frente a la riqueza y el lujo, la pobreza y la belleza del Niño Dios en el portal; frente a las discordias, los intereses mezquinos de los poderosos, la paz del Señor en el sentir común; frente al egoísmo individualista y al materialismo rampante, la entrega, el cuidado, la ternura, la comprensión, la caridad y la fraternidad.

Un nuevo mundo se inicia con el nacimiento de nuevo del Salvador, si es que además cada uno de nosotros está dispuesto a nacer de nuevo. No se nos pide más: estar atentos, estar avisados y empezar a transformarnos tal y como nos piden insistentemente Isaías, San Pablo y el Bautista. Que Dios esté presente en cada uno de nosotros, en nuestro trato con los demás y en nuestro vivir. Si así hacemos, no habremos dejado caer en saco rotos tantos y tan buenos avisos, y será verdaderamente Navidad.

sábado, 29 de noviembre de 2025

Llegarán

LLEGARÁN


Todo lo queremos para ya. La consecución de nuestros deseos no puede demorarse, ha de ser inmediata. El consumista atroz, el adicto a lo digital, lo quieren todo a tiro de clic. Que no nos vengan con la paciencia y la espera, eso es agua pasada; ahora lo quiero ya y que me lo traigan a casita sin más molestia que haber movido un poquito el dedo índice. Ni en las peores épocas de las antiguas tiranías un solo dedo llegó a ser tan ambicioso, tan poderoso, tan caprichoso, tan acaparador como lo es hoy el nuestro.

Por otra parte, lo ávidos de las ventas y el beneficio rápido no van a perder la ocasión: Señor cliente, aproveche el momento. Pero el que en verdad lo va a aprovechar sin duda es el vendedor. Acrecientan la publicidad para que también se dispare la demanda y llenar las arcas insaciables. Hoy black friday, mañana Navidad, y después las rebajas. De compra en compra y tiro porque me toca. ¿Estás preparado? No dejes que tu tarjeta de crédito descanse, y así, entre la adquisición planificada y la espontánea, vas intentando atenuar la ansiedad irrefrenable que te sobrepasa.

Pero parémonos a pensar un poquito. No perdamos el control. No hay que precipitarse ni acudir corriendo tras el primer reclamo. Las prisas no son buenas; la sensatez y la prudencia sí que lo son. Sabemos que todo llegará, que termina por llegar, así que haya calma y no demos rienda suelta a nervios como si no fuese a llegar la ocasión esperada. El tiempo, que no lo cura todo, pone a todos y cada uno en su sitio. Precisamos más pausa y lentitud para aprender a disfrutar del momento presente sin más, con lo que estés haciendo o siendo, como ahora con esta pequeña lectura. Y solo eso es suficiente: remanso y atención.

Ya nos encendieron las luces de Navidad; ya rebosan los estantes de los comercios de mercancías navideñas, y por tanto, como ya está montado el decorado navideño, lo que nos toca es ponerse en modo Navidad, alegría consumista y felicidad obligada. Pero no, no es así exactamente, lo que toca es esperar a que lleguen las Navidades, porque llegar, llegarán. Esa actitud de espera, de preparación, de comienzo es lo que llamamos los cristianos Adviento. No, no es Navidad todavía, toca esperar con la confianza de que el que ha de venir vendrá. Ni más ni menos, porque si dejamos que nos arrebaten el tiempo de Adviento, terminarán por quitarnos también la esencia de la Navidad.

El profeta Isaías nos anuncia que llegarán días de encuentro y reunión en la diversidad, de celebración compartida, de paz entre los pueblos en la presencia en torno a Dios. Cabe, por tanto, esperar a que ello ocurra, pero colaborando para que esta utopía intuida por Isaías se haga realidad: una humanidad fraterna y reconciliada. Hemos de tender hacia allí con esa disposición que expresa el salmo: vamos alegres al encuentro del Señor. Y así también nos exhorta San Pablo, cambiar de modo de vida para que esté más acorde con lo que se espera. Vivir esperando y preparando esa venida del acontecimiento que transforme definitivamente nuestro existir. Que se acaben los egoísmos, cainismos y consumismos que mantenemos como si nada fuera o pudiera cambiar nunca. Despertemos ya y comencemos a hacer efectiva la mejor forma de ser humanos, hermanos que avanzan hacia ese Dios con nosotros que ya presentimos.

Y en el evangelio de San Mateo se nos indica que Noé se preparó y dispuso. Cuando empezaron a formarse los nubarrones, el entró en el arca. Y al contar con los demás, en lugar de ser un final definitivo, su disposición a escuchar y cumplir la voluntad de Dios posibilitó un nuevo comienzo. No desoigamos hoy esa palabra de Dios que predispuso a Noé a ser garante de vida. No desoigamos esta invitación al comienzo del Adviento para preparar la venida gloriosa y humilde de nuestro Salvador. No se trata tanto de decorar calles y escaparates, no, pues para que llegue la Navidad, puesto que con la luz de las estrellas, y alguna que otra vela encendida, es más que suficiente para iluminar al que es la Luz del mundo.

Preparemos el corazón para estar prestos a acoger el amor de Dios a los hombres. Seamos hogares para los demás. Descartemos todo lo que nos impide estar cercanos de los hombre y de Aquel que se hizo hombre naciendo allá por Belén en un sencillo portal. Aprovechemos este tiempo de Adviento para que este año sea un tiempo de bendición para ti, para tu familia y para todos. Sólo así llegará finalmente sin prisa ni pausa, la tan esperada Navidad, con el verdadero sabor a natividad del Verbo encarnado. Mejor, por tanto, abstenerse de cualquier sucedáneo de Navidad sin precipitación ni denominación de origen.

sábado, 21 de diciembre de 2024

A su debido tiempo

 A SU DEBIDO TIEMPO


El tiempo de espera no pasa en balde, sino que permite que se vayan cumpliendo poco a poco los plazos. Todo tiene su tiempo, lleva su tiempo. y es necesario que transcurra así, poco a poco y sin precipitaciones. A bien poco conduce la impaciencia. Espera, todo termina por llegar a su debido tiempo, por mucho que parezca retrasarse.

Lo que en el pasado era profecía, sueño, premonición, anuncio y anticipo, permitió resistir contra viento y marea y superar toda adversidad, termina por producirse finalmente. En lo profundo de la noche, cuando se ciernen las sombras en derredor, ni los miedos ni los desengaños, no deberían nunca lograr apagar esa llama incipiente capaz de disipar con su solo las más densas tinieblas. El alba ya anda en ciernes despuntando; se presiente. Unos mantienen el ánimo, otros se desesperan pensando que nunca llegará ese momento esperado.

Seguramente vivimos en tiempos de decepciones, donde el que más o el que menos lleva encima ya su porción de desengaño. Cabe preguntarse ¿Para qué seguir? ¿Qué es posible esperar? ¿No habrá que rendirse a la cruda realidad y dejarse de vanas expectativas? ¿Para qué seguir acumulando más derrotas?

Sin embargo, nuestro Lope de Vega, que en eso de vivir sabía lo suyo, afirma aquello de que "quién lo probó lo sabe". Aquél que ha mantenido la esperanza y el ánimo; aquel que no se ha dejado vencer por el desaliento; el que espera contra toda esperanza y no cae en la tentación del abandona, ese resulta invencible, siempre va a seguir apostando por aquello que ama. En esa misma línea también el escritor Vaclav Havel afirmaba que "la esperanza no es lo mismo que optimismo. No es la convicción de que algo saldrá bien, sino la certeza de que algo tiene sentido, independientemente de cómo resulte". Es decir, que cuando se cree firmemente en aquello que en verdad importa, se logra mantener viva la esperanza.

Pues entonces, si esto es así, precisamos más que nunca personas que esperan en que va a llegar ese Salvador para la humanidad, ese Dios todopoderoso que se nos vuelve todo misericordioso, pequeño, humanado, necesitado de cuidados, allí en un humilde pesebre que está en un establo a las afueras de una aldea pequeña aldea llamada Belén. ¡Qué discreción! Un Dios que se salta el protocolo y que no busca lujos, oropeles ni decorados suntuosos; un Dios extraordinario que con los brazos de su madre, la inexperta Virgen María y el callado José tiene más que suficiente. Ahí quiso nacer, entre animales y bajo unas estrellas que brillaban con más ganas que nunca, como si fuesen conscientes que la eternidad había entrado definitivamente en nuestro devenir temporal.

Se cumplió entonces y se cumplirá ahora, porque sigue naciendo para todos los hombre de buena voluntad, los que mantienen el candor de seguir apostando por ese Dios misterioso que prefiere pasar desapercibido, menos para aquellos que le aguardan sin dejarse llevar por los desengaños, esos que velan en la noche, apacientan el ganado, contemplan exultantes el mensaje admirable de los ángeles, que cantan y aclaman a ese pequeñín, Dios del universo que duerme entre pañales y contagia una paz sin igual.

¡Qué lastima más grande que no estuviéramos entre esos que no han perdido aún la ilusión! ¡Qué terrible si al Enmanuel tampoco le hiciésemos sitio en nuestra aldea, en nuestra posada, en nuestro portal, en nuestro hogar, en nuestras manos o en nuestros corazones, porque tenemos lleno y no hay sitio para Él!

El tiempo se cumplirá. María nos trae a su Hijo. Pero algunos, más pendientes de los adornos, el bullicio y nuestros quehaceres, a lo mejor ni siquiera nos enteraremos. Entonces la Navidad será solo un tiempo más en el calendario, un mero espejismo, pero no un momento de encontrarte y conectar con el Tiempo de Dios, Navidad, tiempo de plenitud y gozo.

Con la alegría de Isabel, que reconoce en su prima María a la fecunda llena de gracia, que todo nuestro ser reciba a la que llega con el que va a nacer en su interior. Es el Salvador que necesitamos, el que viene a enseñarnos a amar con el amor de Dios. Que hombre es lo más hermoso que se puede ser, porque el mismo Dios ha querido serlo, divinizando nuestra humilde condición. ¿Puede haber mayor hermosura que la de vivir intensamente la Navidad? Celebrémoslo y adoremos al Hijo de Dios que nos va a nacer.  









sábado, 14 de diciembre de 2024

Dar en el clavo

 DAR EN EL CLAVO


El que tiene boca se equivoca, afirma un conocido dicho popular. En verdad es así, tan solo aquellos que lo intentan pueden llegar a acertar, aunque las más de las veces errarán, simple y llanamente por mera probabilidad, acumulando error tras error hasta el acierto final. La IA, sin embargo, por poner un ejemplo, ni acierta ni falla, simplemente recopila de aquí y de allá, ni sabe lo que dice ni le importa si lo que cuenta es cierto o está totalmente equivocado, pero sale del paso produciendo un resultado. Será que la IA no tiene boca, y por tanto, eso de atinar más o menos le preocupa más bien poco. En realidad la IA no tiene preocupaciones, aunque a algunos humanos sí nos preocupe, y no poco, el uso que le demos a ese quehacer por encima del bien y del mal que la IA nos proporciona.

En este camino de Adviento, por el que ya nos adentramos en la tercera semana, aparece el Bautista para orientar a los que queremos transitar hacia la Navidad con la adecuada preparación. Ciertamente, algunos no se preocupan tampoco ni por la Navidad, ni por los problemas actuales ni menos aún por los que están por venir, esos no se prepararán para la llegada del Salvador que viene. También los profetas anunciaron la intervención definitiva de Dios, la venida del Enmanuel, pero cuando esta se produjo, ni se enteraron, porque esperaban otro tipo de Mesías, más evidente, más esperable conforme a sus expectativas, más apoteósico, pero menos real, discreto y humilde. Tenían boca, oídos, ojos y entendederas, pero se equivocaron y no lo reconocieron. Hay, pues, quien no atina nunca, pero también están los que afinan y terminan por acertar y dar de lleno en el clavo.

Desde entonces seguimos en las mismas. Año tras año celebramos ininterrumpidamente la Navidad, el nacimiento del Niño Dios, pero de poco sirve, pues parece que tampoco nos damos por enterados del todo. Hemos terminado convirtiendo la Navidad en un decorado, simplemente en algo externo, sin significado alguno, mera fachada hueca que en el fondo ahonda en nuestra insatisfacción compulsiva. Sí, no es lógico que en una sociedad que ha dado mayoritariamente la espalda a Dios y a lo sagrado, una sociedad donde la dimensión espiritual y religiosa ha quedado como residual, celebre con derroche de neón el nacimiento del Dios del que hemos prescindido, el acercamiento definitivo del Dios humanado entre los hombres. Necesitamos mucha luz artificial, mucha y variopinta IA, para paliar la oscuridad que se produce cuando ya no reconocemos al que es la luz del mundo.

En el conocido comienzo del evangelio de Juan aparece ese rechazo explícito de la luz por parte de los hombres, que prefieren vivir en tierra de penumbras, de bulos y contra bulos, para que no se descubran sus miserias vergonzantes. Sin embargo, no todos reaccionan rechazando esa luz menuda que disipa las tinieblas, hay personas que la descubren y deciden seguirla. Algunos de esos, conscientes de la necesidad de prepararse a la venida del Salvador, quieren disponerse y no perdérsela. Son los menos, pero son, y eso es lo que importa. No abundan, pero tratan de dar en el clavo, al menos esta vez.

¿Qué hemos de hacer nosotros? le preguntan a Juan el Bautista en el evangelio de Lucas; y este les va dando pistas muy concretas de como transformar su modo de proceder para tener una vida buena y acorde con la llegada de Dios: compartir con el que no tiene, tratad de ser justos, no os aprovechéis de los demás, decid la verdad, conformaos con lo que recibís. Es importante empezar a dar ese cambio y tener más en cuenta a Dios y a los hermanos; establecer relaciones beneficiosas para todos, poner freno a la avaricia, a los afanes materialistas, respetar la dignidad del otro. ¿Acaso no tenemos necesidad de incrementar esta transformación liberadora? ¿Acaso no sería en verdad una Navidad esplendorosa cuando vivamos para hacer sitio a los demás en lugar de seguir viviendo exclusivamente de manera autorreferida?

Tan solo si vamos dando esos pasos que se nos indican, podremos descubrir la belleza humilde y valiosa de la Navidad. Seamos más sencillos y más humanos; convivamos más próximos los unos de los otros, no porque toca por ser Navidad, sino porque si no nos hacemos como niños, al igual que hace Dios al nacer en un establo, no alcanzaremos el gozo verdadero de participar de este único acontecimiento. 

Por esta vez no tratemos de ser los protagonistas. No todo ha de girar siempre en torno a nosotros. Esta vez ese niño desconocido y humilde que podemos contemplar entre pañales, el hijo de José y María, al que no admiten ni en las posadas ni en las casas ni en los palacios, es el que importa. Él trae para todos nosotros un mensaje de amor que necesitamos escuchar y asumir, Dejémonos salvar por su pequeñez y su grandeza, dejémonos amar por Él

¡Alégrate también tú con los ángeles y los humildes, esos que bajo las estrellas se admiran por la luz singular del Niño Dios! Esos que le contemplan y exultan de alegría son los que han acertado a dar en el clavo, porque todo lo demás será seguir dando palos de ciego.

jueves, 5 de diciembre de 2024

Con respeto

 CON RESPETO

Los que han vivido mucho suelen advertir la tendencia que seguimos los seres humanos a dar bandazos, pasar con suma ligereza de una tendencia muy acusada a la contraria. Así lo que ayer estaba mal visto hoy es lo que nos parece normal, y lo que antaño se concebía como lo correcto, hoy es sin duda tenido como lo peor. Evolucionar es necesario, adaptarse a los nuevos tiempos también, pero ser meras marionetas de lo que se lleva no es precisamente estar acertado. Tal vez ni lo buenísimo de antes no era lo mejor ni tampoco lo de hoy, con frecuencia opuesto, lo es tampoco. Moderación, sensatez y sentido común frente a los dogmatismos del momento. De ahí la conveniencia de conocer a fondo la Historia, leer o conocer otras culturas, para adquirir un mínimo de perspectiva y distancia a la hora de realizar nuestras ponderaciones y juicios.

En el ámbito que nos ocupa, la educación, también nos dejamos llevar por modas pedagógicas que van y vienen; y abundan también preclaros defensores tanto de lo ultimísimo como aquellos otros aferrados a lo que funcionó en épocas muy distintas a la actual. Pantallas sí, pantallas no; la clase invertida o la clase magistral; el docente como guía o el docente como facilitador; competencias o habilidades; aprender a hacer o aprender a ser. No se para nada aspirar a sentar cátedra, porque habría que considerar múltiples factores en esta cuestión tan compleja y disputada, porque tal vez convenga más bien ser cautos, prudentes y sensatos, evitando filias y fobias extremas. A ser posible todo en su justo medio y medida, porque cada maestrillo tiene su librillo. Si le funciona bien, es que sabe estar, manejarse y si se conecta, es que se ha dado en la clave. 

Tal vez en estos vaivenes podemos perder la cordura; pues si ayer el respeto al profesor era excesivo, hoy asistimos a veces a alumnos que no son demasiado proclives a reconocérselo. No solo en lo que se refiere a la relación profesor alumno, sino en todo tipo de relaciones, poco a poco hayamos ido dado por hecho que eso del debido respeto que nos debemos los unos a los otros, sobra y hasta resulta un anacronismo. Sería una verdadera lástima que entre unos y otros no supiésemos guardarnos el respeto, mediante el cual reconocemos la dignidad del otro y la propia. Parémonos a pensar en qué medida nos guardamos el respeto los unos a los otros. No es que donde hay confianza de asco, sino más bien sería que donde se perdió el respeto da pena y asco, porque destroza la viabilidad de una auténtica relación. 

Ahora bien, una excelente profesora que durante muchos cursos ejerció el noble arte de la docencia en nuestro colegio, solía poner al comienzo de las clases un cartel con alguna frase motivadora referida al respeto como base de toda la relación educativa. No era una profesora cualquiera, era una profesora que nos enseñó a otros mucho profesor, los que tuvimos la suerte de ser sus compañeros y poder aprender con ella. Sabía muy bien lo que se traía entre manos en esto del proceso de enseñanza aprendizaje, pues si no hay respeto no puede darse la relación esencial entre los alumnos y el profesor.

Todos, en mayor o menor medida, reproducimos los comportamientos que vemos. En casa y en clase se ha de experimentar que el respeto y el afecto están por encima de todo. Que hemos de tratar de ayudarnos, que de todos nosotros puede salir la mejor versión posible, y por tanto evitar aquello que muestra nuestra peor versión: las faltas de respeto con los demás y con uno mismo: respetar y respetarse, esto es, respetarnos.

Por ello en este precioso segundo domingo de Adviento, en el que en esta ocasión celebramos la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María, el bellísimo pasaje del evangelio nos muestra el exquisito respeto con que Dios, a través del ángel Gabriel se dirige a la muchachita que va a terminar siendo la madre del Salvador y la nuestra. Es una escena muy conocida, pero en la que merece la pena fijarse en el trato respetuoso que se refleja en el diálogo que establecen. El ángel Gabriel comienza con un saludo de reconocimiento, sabe ante quién se halla, la Inmaculada, la llena de gracia, a elegida para que la obra salvífica de Dios por los hombres sea realizada. Muy sorprendida por tan extraña visita, María ni se atreve a responder a ese ser espiritual que se le acaba de hacer presente y dirigirle la palabra. Gabriel, conociendo la turbación de María la exhorta tuteándola a confiar. La discreta María le pregunta cómo va a poder ser eso que le está anunciando. El ángel se lo explica con ejemplos indicándole además que para Dios nada hay imposible, y esto que está ocurriendo es obra de Dios. Ella, se muestra disponible, acepta, aunque no estaba en su proyecto inicial, ni tenía todo controlado. Si es de Dios qué protesta puedo formularle, cómo no voy a asumir completamente esta misión.

Y es que el orgullo y la soberbia son muy dados a dejar claro que el que manda, el que decide es él, y si se puede dejar clara la diferencia entre los interlocutores, haciendo de menos mediante malos modos. Sin embargo, Dios pide permiso, no impone, pregunta a María, pues nada hará sin contar con su consentimiento. Respeta a ultranza la libertad de los seres humanos, que es sin duda la primera muestra de respeto. Y María, de igual manera, asume la propuesta en la incertidumbre, porque reconoce, respeta y ama la voluntad de Dios.

Por tanto, no habrá amor donde no ha habido antes respeto ni al otro ni a uno mismo. Es previo, es necesario y capacita para poder conectar y desarrollar ese proceso común de complicidad, servicio y colaboración. Bajemos nuestros aires, eliminemos nuestros enquistados prejuicios, reconstruyamos nuestras relaciones desde la igualdad, el encuentro, la consideración y la estima. Nunca perdamos el respeto. Aunque en posiciones distantes, solo desde el respeto será posible la convivencia y el encuentro.

Que en este tiempo de Adviento aprendamos de María ese trato respetuoso no solo a los ángeles y a Dios, sino a todo lo que viene de Dios: padres, hermanos, compañeros, profesores, amigos, etc. Que como María, reconozcamos, respetemos y amemos lo que la existencia nos depara. Todo ello nos sirve para ser y aprender, para realizar esa persona humilde pero fantástica que todos podemos llegar a ser. Ella es la Inmaculada, la llena de gracia, Nuestra Señora de la Providencia, de la que podemos esperar siempre apoyo, luz y ayuda para aprender a respetar a todos siempre.   





 


sábado, 30 de noviembre de 2024

El gran colapso

 EL GRAN COLAPSO


No es preciso que salga publicado en los medios; que las agencias de noticias difundan terribles sucesos que están ocurriendo, para que nos podamos hacer idea aproximada de la que se nos avecina. Uno ya sospecha, intuye, y adivina por sí mismo, lo que puede llegar a pasar si observamos e interpretamos los síntomas que van apareciendo. Es solo cuestión de estar atentos y advertidos. Muchas veces sabemos que no pinta bien aunque no queramos reconocerlo. Últimamente nos tememos lo peor. Parece que nos precipitamos al fin.

Sin ánimo de ser catastrofistas, un mínimo análisis de la compleja situación por la que estamos pasando no apunta a ser demasiado optimistas: conflictos armados por doquier, polarización ideológica, división social, desinformación a la par que sobreinformación, democracias populistas sin disimulos, inflación descarriada, corrupción sin parangón, consumo disparado de ansiolíticos, la soledad no deseada campa a sus anchas, enfermedades, pobreza, desigualdad, individualismos recalcitrantes, falta de trabajo, precios inasumibles de las vivienda, violencia de género, adicciones, depresiones, etc. Es este un panorama que delata que algo no estamos haciendo bien, es decir, que como sociedad nos conducimos hacia un gran colapso.

Es cierto que ha habido a lo largo de la historia muchos otros momentos de crisis, donde toda una manera de vivir, de concebir la cultura y la civilización, terminan por sucumbir y desaparecer para dar paso a un nuevo periodo. ¿Estaremos ahora en los prolegómenos de un final de época? Y en ese caso, ¿Qué será lo que venga después? ¿Cómo será? ¿Peor o mejor que lo que habíamos conseguido hasta ahora? ¿Podremos seguir considerándonos todavía humanos o pasaremos a esa sociedad posthumanista tan cacareada?

Este panorama, que como se ha indicado, ocurre de manera periódica a lo largo de la historia de la humanidad, también nos sucede a las personas. Cada uno ha de pasar por épocas de crisis, donde todo se viene abajo y hay que empezar de cero de nuevo. No resultan nada fáciles de afrontar ni de superar. Nunca nos viene bien recibirlas, pero van llegando y nos dejan malparados. Cuando llegan, toca asumirlas y tratar de superarlas como buenamente se pueda. Al fin y al cabo, no hay mal que cien años dure, ni recetas para todo, así que con buena disposición, duro trabajo y afán de superación, se suele salir de estas etapas críticas. Incluso si se logra salir, se vuelve más uno mismo y con la lección que nos impone la experiencia bien aprendida.

Así pues, todo final conlleva un principio; cada crisis su superación. Es un volver a empezar continuo, un aprendizaje imprescindible de que en la muerte viene ya una posible forma nueva de vida. Hemos concluido el primer trimestre de nuestro curso, y ya empezamos el siguiente. Uno acaba y da paso al que le sigue. También acabamos de cerrar otro año litúrgico, y ya estamos estrenando el nuevo. Comenzamos como es costumbre por el tiempo de Adviento, tiempo de espera, de maduración, de embarazo, de proceso, pero tiempo asimismo de reinicio. Nos preparamos para lo que viene: la novedad del nacimiento del Señor, que se abaja del cielo para nacer en la tierra como uno más, para hacerse tan hombre, limitado y vulnerable, como cualquiera de nosotros.

Las ciudades se apresuran a disimular el gran colapso inminente con multitud de adornos y luces. Que al menos parezca que todo está maravillosamente bien. La Navidad se ha vuelto meramente un maquillaje, un escaparate que impide ver la cruda realidad. Somos una sociedad que se ha olvidado prácticamente de Dios, y por ello de la mínima humanidad del ser humano, pero que sigue tratando de celebrar una Navidad vacía de verdad profunda, aunque repleta de consumo feroz.

Sin embargo, ante nosotros disponemos una vez más de la oportunidad del Adviento, tiempo idóneo para iniciar un verdadero proceso personal y colectivo encaminado a superar aquello que impide que suceda ese milagro que esperamos: nace Cristo y todo vuelve a ser hermoso y posible. Un nuevo tiempo puede comenzar. La promesa de Dios se cumple, y por ello nuestra esperanza no queda defraudada. Hemos de posibilitar ese nacimiento de Dios, de nuestra propia vida, y de una sociedad fraterna, más conforme al sueño de Dios.

¿Qué has de soltar tú? ¿Qué has de dejar atrás para permitirte ser un hombre nuevo? ¿Qué tendrás que superar? ¿Quién eres realmente tú? ¿Estás dispuesto a prepararte en serio para serlo? ¿Vas a darte esa maravillosa oportunidad? ¿Te vas a conceder ese regalo de dejarte descubrir por el Dios de la pequeñez que viene ya?

No es tan difícil, dentro de ti está esa fuerza inmensa de amor dispuesta a nacer en ti. Y así, solo así, esta vez también la Navidad será un misterio que te cautivará por entero. Cristo nace, y tú puedes hacerlo también con él. Entonces el colapso en tu vida dará paso a una verdadera vida y la Navidad será una eclosión de sentido.

Adviento, tiempo propicio para pasar del gran colapso al esperado y posible renacimiento. ¡Vívelo!







sábado, 16 de diciembre de 2023

Ser o no ser

 SER O NO SER


No vamos a tratar de Shakespeare, ni tampoco de su famoso personaje trágico Hamlet, más bien de lo contrario a la tragedia, de la alegría y el entusiasmo vital. Aunque sí que hemos tomado de dicho personaje su conocidísima disyuntiva: "ser o no ser, he aquí el dilema". Porque, lo quieras o no, todos y cada uno de nosotros nos vemos obligados o a vivir, ser y propiciar autenticidad con lo que somos, o, por contra, a hacer de nuestras vidas una lamentable farsa inconsistente, que no permite sacar lo que es -aunque haga las veces de serlo-, es decir, a llevar una vida decorado que en realidad no convence prácticamente a nadie, ni siquiera a uno mismo.

Cuestión esta verdaderamente transcendental y nada baladí de ser o no ser, pero sin embargo ¡cuánta irrealidad y cuánto engaño! ¡Cuánta apariencia y cuánta traición autoinfligida! Bastaría con ser o no ser de veras y con valentía, pero no fingirlo, sino cumplir y aceptar lo que uno quiera que sea. ¿De verdad a alguien le puede satisfacer la mentira? ¿De verdad la impostura sirve de algo? Tal vez las consultas de los terapeutas, y no tanto los libros de autoayuda, sean el lugar más adecuado para los que se han hecho alguna vez trampas a sí mismos.

Y mientras tanto va llegando la Navidad; parece que ya está a la vuelta de la esquina. Si uno se pone a calcularlo, nos quedan apenas unos días lectivos, y llegarán la Lotería, las vacaciones, y entonces irremisiblemente todos nos ponemos en modo fiestas de Navidad. Es decir, quieras o no, te apetezca más o menos, toca ser feliz o al menos aparentarlo, porque en Navidad, sí o sí, hay que estar felices y contentos, y comer perdices o lo que sea, porque es lo que toca. ¿Qué no te ves feliz del todo? No pasa nada, se maquilla un poco la situación, la cara, la indumentaria, la expresión o lo que haga falta y a forzar que eres banalmente feliz, tanto como cualquiera, pues no vas a ser tú menos. Y volvemos a lo mismo ¿ser o no ser aceptablemente feliz con lo que uno está siendo y viviendo?

Nuestro admirado escritor José Luis Martín Descalzo titula una de sus obras "Razones para la alegría" (ya de paso aprovecho para recomendar este libro como buen regalo navideño). Y es que tal vez o se decide ser uno mismo siendo alegre y sabiendo ser feliz, y para ello hay que hacer todo un trabajo de análisis y mejora de quién quiere ser uno, o, al final, no sabremos ni lograremos ser felices por más y más que tengamos. Desconozco si alguien ha llegado a publicar un libro titulado "Razones para la tristeza", pero si así fuese, también sería bueno ver cuáles son esas razones y esos motivos, pues puede que tengan que ver con frustración y falta de aceptación, aunque también se me ocurren otras de mucha enjundia.

Tradicionalmente este tercer domingo de adviento es conocido como domingo "Gaudete", esto es, alégrate. Vamos, que la Iglesia, más por sabia que por santa, nos exhorta a que saquemos hacia afuera ese derroche de alegría cristiana que llevamos dentro ¿O es que acaso no se nos nota? ¿Pero por qué? ¿A cuento de qué hemos de estar alegres con la que está cayendo por aquí, por allá y por acullá? Pues tal vez sí, porque ella, la Iglesia, nos hace mirar no al desastre en que vivimos sumidos, sino justamente a reconocer lo grandioso que de manera extremamente discreta puede llegar a suceder en medio del desastroso devenir.

El Adviento nos predispone a aclarar la manera en que hemos de mirar lo cotidiano para reconocer lo secreto, lo oculto, lo que se nos pasa desapercibido justamente porque precisa de nosotros una agudeza y sensibilidad nada habituales. Aunque lo tengamos delante de nuestras narices, enfrente, o en nuestro interior, parece que nos cuesta una enormidad reconocer lo no usual, dar verdadero valor a aquellas realidades espirituales, las más radicales y profundas, pues nos basta y sobra con la complejidad de lo superficial. Al final unos y otros estamos desbordados por completo con problemas y cargas, por lo que vamos cediendo poco a poco y terminamos confundiendo lo urgente con lo importante. Pero para eso viene el Adviento y nos susurra un modo de ser y estar mucho más centrado en lo que somos desde dentro, a prestar atención a esa acción maravillosa de Dios en nuestras vidas.

Las lecturas de este domingo ciertamente son para alegrarse, porque el que anunciaba el profeta Isaías, el que lleno de Espíritu viene a liberar al hombre de todo sufrimiento, el Salvador esperado se nos hace presente y nace aquí, en lo remoto y escondido, en lo menudo y humilde, en lo cierto y auténtico, y su luz es capaz de disipar y vencer toda tiniebla, interna y externa. Sí, es posible, San Juan el Bautista tampoco lo duda, él no es, pero viene el que sí es, y por ello San Juan es "la voz que clama en el desierto". ¿La escuchas? Si ni siquiera en el desierto eres capaz de escuchar atentamente la voz de Dios que clama en tú interior, no lograrás ser tú plenamente y esa luz prodigiosa y sagrada no prenderá en ti; pero si prendiese, ya la alegría inmensa que estalla y se expande por todo el universo, esa que encuentra eco en tu corazón, esa que nace en Belén y se propaga y que logra que cualquier lugar participe del singular nacimiento de Dios entre nosotros.

Y nos dice hoy San Pablo: "Estad alegres" porque si vivimos consagrados a ser según el Espíritu y viviendo para amar y realizar el bien, todo, absolutamente todo, poseerá sentido y sobrecogedora belleza. Si quieres y se lo permites, las promesas de antaño que se cumplieron a su debido tiempo, se seguirán cumpliendo y puedes esperar lo inesperable, porque una vez más sabes de quién te has fiado.   



sábado, 9 de diciembre de 2023

Tirar la toalla

 TIRAR LA TOALLA


Se decía hace tiempo que los jóvenes actuales se frustran con facilidad, que como se lo han dado con suma facilidad, a cambio de ningún esfuerzo o logro, cuando no consiguen lo que quieren, se frustran mucho, y, airados o desanimados, no ven otro camino que tirar la toalla. Supongo que como en toda afirmación genérica habrá un gran margen de error, y que por tanto, dentro de nuestros jóvenes actuales tendremos de todo, unos que se frustran a las primeras de cambio y otros que, aunque les fastidie no lograr a la primera lo que se proponen, persisten en el intento a ver si en algún momento lo acaban consiguiendo. Esta diversidad de posibles actitudes ante el fracaso ha debido de darse en todo tiempo y lugar, aunque eso sí, cuando desde bien pequeño se ha tenido que luchar para sobrevivir, había que renunciar a casi todo y arremangarse para aportar, parece que el músculo del tesón sí que se desarrollaba bastante más que cuando uno se acostumbra a que se lo den ya hecho..

Y un poco nos puede ir pasando a todos, los jóvenes y los no tan jóvenes, pues hasta el más pintado pasa por momentos de bajada de ánimo, es decir, de bajón, porque aunque hagas todo lo posible, la realidad, más dura y terca que el diamante, es poco proclive a escuchar y concedernos nuestros sueños y deseos. Tampoco pedimos tanto; pero nada, que nos damos de bruces con unas circunstancias poco favorables. Ahora bien, como dijimos anteriormente, unos tirarán la toalla, mientras otros se crecerán y darán aún más de si por salirse con la suya.

Si uno mira la cruda actualidad de frente, pues lo normal es que o se ponga a llorar o salga huyendo por dónde buenamente pueda. ¡Qué poco halagüeño es el momento histórico que nos ha tocado vivir! Aunque es posible que ningún otro momento haya sido un jardín de rosas desde aquella ocasión en que por mordisquear un poco una manzana, fuimos expulsados sin contemplaciones del Edén para el que estábamos originalmente hechos. Desde entonces, entre unas cosas y otras, no hemos levantado cabeza: pobrezas y miserias, robos, discordias, enfrentamientos, guerras, pandemias, injusticias, atrocidades... 

Es decir, lo de menos fue la controvertida cuestión de la manzana, lo más grave estaba por venir. Y en esas estamos todavía, pues bien mirado que aunque se nos llene fácilmente la boca de proclamas espléndidas sobre el progreso, los derechos y el bienestar, seguimos poco más o menos en lo mismo: nuevas pobrezas y miserias, nuevos robos, nuevas o antiquísimas discordias, enfrentamientos, guerras, pandemias, injusticias, atrocidades. Más de lo mismo; lo de siempre. ¿Cómo no nos van a entrar ganas de tirar la toalla definitivamente?

Sin embargo, hoy, como siempre, más que nunca no solo no hemos de desistir, de desanimarnos y tirar la toalla; todo lo contrario, hemos de liarnos la manta a la cabeza y clamar ante lo que pasa. Esa voz que clama en el desierto, pues aunque estemos solos, aunque seamos pocos y pintemos aún menos, lo único digno que podemos hacer es rebelarnos, alzar la voz y anunciar con todas las consecuencias esa palabra profética que denuncia y anuncia.

Pongámonos a trabajar ya en serio por ese cielo nuevo y esa tierra nueva deseada y vislumbrada ya por los profetas del Antiguo Testamento. Vistámonos con piel de camello o con cualquier otra indumentaria, pero hemos de reclamar ese mundo contrario al que nos siguen llevando los poderosos. No nos acomodémonos a este mundo materialista y superficial que está hecho contra el ser humano. Sabemos que Dios va ha realizar una intervención definitiva que permita seguir luchando esperanzados por salvar al hombre de toda opresión y pecado, ya sea externo o interno, pues hemos sido creados para el amor y por el Amor. Nada puede apagar esa inmensa luz que llevamos dentro. Esa inmensa y frágil luz que nos anima a no desistir, a no tirar la toalla, sino a esperar activamente al Salvador que viene. Preparémonos ciertamente a acoger su venida.

Esta es la misión fundamental del Adviento: tomar aliento, hacer sitio despojando de nosotros todo lo que no sea auténtico y favorezca la venida de Jesucristo. Reilusionémonos, es posible, es verdad, va a pasar, al menos en uno mismo, pero por algo se empieza. No misnusvaloremos la fuerza, el sentido y el poder de lo pequeño, pues justamente en lo pequeño, lo sencillo, lo humilde y lo discreto es donde actúa portentosamente el Altísimo. Dejémonos hacer por Él. Esta es la tarea del Adviento, ni más ni menos, como para tirar la toalla cuando puede producirse lo mejor, lo esperado a la vez que inesperable.

Esperemos y no desesperemos, escuchemos y escrutemos su palabra, Él llega, aunque el mundo no esté dispuesto nuevamente a recibirle, pero tú sí. Todo lo hará nuevo y podrás descubrir esa tierra nueva y ese cielo nuevo en el que tienen cabida Dios y el hombre.   







sábado, 2 de diciembre de 2023

En un cerrar y abrir de ojos

 EN UN CERRAR Y ABRIR DE OJOS


En un solo instante y sucede, apenas dura un cerrar y abrir de nuevo los ojos y ya está, todo ha cambiado, ha ocurrido algo que todo lo ha vuelto diferente. Puedes estar mirando al cielo embobado esperando que surja esa estrella fugaz, te permites un parpadeo, y ya te lo has perdido, porque la estrella fugaz es eminentemente rauda y veloz en su ígnea caída precipitada. Todo el tiempo infinito del universo, enormes distancias siderales, y sin embargo, todo sucede súbitamente, en un ya que se pierde de nuevo en la inmensa vastedad del universo. O lo ves o te lo pierdes. O estás ahí ,y lo vives en vivo y en directo, o ya llegaste tarde, aunque solo sea por el desliz de un brevísimo parpadeo.

Uno de los mejores novelistas de la primera mitad del siglo pasado, Stefan Zweig, examinando la gran maestra que es la historia, supo reconocer que todo puede cambiar de una manera imprevista en un solo momento, en una simple decisión, y así lo cuenta en su famoso libro Momentos estelares de la humanidad. Y si es esto así ¿Quién puede estar suficientemente atento para percibirlo? ¿No nos hará falta un sexto sentido para estar en el momento y lugar indicado para no perdernos el comienzo de esa transformación?

Otro grande de la escritura, Umberto Eco, del que acaso hayamos ya hablado, en La isla del día antes, plantea como el protagonista se encuentra geográficamente justo en la zona que cambia la franja horaria;  si permanece en el barco es ya el día siguiente, mientras a pocos metros, ya en la isla es todavía el día anterior. Efectivamente, hay un cambio importante, pero también solo pequeños presentes de un proceso.

De igual manera la semana que dejamos es ciclo litúrgico A, pero de la noche al día se ha producido una alteración oficial que apenas hemos notado, a partir de ahora, y en todo lo que queda de año, ya estamos en otras coordenadas, nos encontramos ya en el ciclo B. No solo hemos cambiado de evangelio, pues seguíamos a San Mateo, y ahora por contra a Marcos, sino que hemos reiniciado nuestro itinerario espiritual. Como cada uno de nosotros al cumplir un año más, ya se nos va notando el peso de la experiencia, y por tanto, se supone, que también hemos ido madurando. ¿Habremos de verdad logrado avanzar aunque solo sea un pequeño tramo en nuestro camino de madurez cristiana? ¿Se nos nota?

Pero si terminamos cayendo en la cuenta de mantener viva la espera del tiempo final, del final de los tiempos, justamente empezamos aludiendo a la espera como actitud fundamental del discípulo. ¿Qué hemos de esperar? ¿No hemos empezando diciendo que si esperas con el corazón anhelante de dejas de escudriñar el firmamento?

Pues sí, empezamos el tiempo de Adviento. Hemos de despertar de la modorra infinita en que nos vamos poco a poco sumiendo. Como un niño recién nacido que está ávido de aprendizajes, así hemos de recomenzar de nuevo nosotros. Atizar las brasas de la fe, la esperanza y la caridad (si es que no se nos apagaron ya definitivamente) para vivir en llamas de amor vivas. Vivamos atentos y expectantes del cielo y de todo cuanto pase bajo el cielo. Cada momento es digno de ser vivido con suma atención, pues ese cambio drástico e imperceptible en nuestra historia puede acontecer y que nos pille con el telón de los párpados echados.

Sí, algo enorme e insólito -y a la vez tremendamente discreto- va a ocurrir, y ya pronto. Que no te encuentre ni en la isla del día de antes ni en la del día de después. Sincroniza tu corazón con ese anuncio que ya viene por el cielo y que tan solo pudieron reconocer y seguir tres magos astrólogos. Mira las estrellas, mira lo que brilla o ha de brillar (que no son precisamente las luces de neón led de las plazas, calles y escaparates de tantas poblaciones). Eres capaz de intuir y aventurar lo que ya esperamos que pase. Lo singular, lo extraordinario está bien próximo, y como no hagas el camino del Adviento, te lo perderás.

Por ello, Jesucristo nos despierta hoy con una exclamación rotunda: ¡Velad! Aguardad, va a ocurrir una intervención definitiva en la vida de la humanidad: el Dios omnipotente, omnipresente y omniabarcante, se encarna y hace hombre. ¿Que se sale de toda lógica humana? Por supuesto, aún mucho más que esa estrella fugaz, pero solo si sabes mirar descubriendo la verdad y la belleza cautivadora del misterio, por encima de una racionalidad a veces demasiado reductora.   

Ni parpadees, escruta el cielo estrellado, pon toda la ilusión de que eres capaz, y toda la confianza que puedas. No te adormezcas, vela, espera con corazón alegre. No hace falta que pienses tu pequeño deseo, porque uno mucho más grande, en verdad inmenso e impensable, se nos va a cumplir.

¡Ponte ya en modo Adviento! ¿A qué esperas?



sábado, 17 de diciembre de 2022

Los patucos

 LOS PATUCOS


En verdad tenemos mucha suerte. Bien podríamos detenernos en repasar todos esos regalos inmensos que la vida nos ha concedido. Pero hoy solo querría fijarme tan solo en uno de ellos: nuestras benditas abuelas. Porque si una madre es una madre -como ciertamente lo es-, entonces una abuela es la madre de la madre, o la doblemente madre, o no sé si ya excediéndonos un poco, la madre al cuadrado, la requetemadre o la supermadre.

Tal vez por ello en español tenemos esa expresión de "no tiene abuela", para referirnos a aquel sujeto que como no tiene quién cuente sus propias excelencias, -las abuelas son muy diestras y objetivas en dicha tarea- ha de recurrir a elogiarse reflexivamente, lo que no siempre está bien visto por la audiencia. Por tanto, es mejor que de cada uno de nosotros hablen nuestas abuelitas; y si ya están allá arriba en el cielo, que sigan hablando y presumiendo de nietos con los ángeles, pues es seguro que se han de entender bien entre ángeles.

Una de las preciosas tareas que desde el principio de los tiempos han asumido las abuelas, es la de confeccionar unos maravillosos patuquitos para el bebé que va a nacer. De lana o de ganchillo ningún bebé debería nacer sin su colección de comodísimos y celentitos patucos, y eso a sabiendas de que a los nenes les gusta mucho llevar los piececillos al aire, tal vez por si en algún momento les apetece llevárselos a la boca, costumbre esta muy extendida afortunadamente solo entre los bebés.

Pues bien, yo no sé si Santa Ana habría podido tejerle algo similar a unos patucos a su nietecito; tampoco sé si al partir en la burrita les dio tiempo a meterlos en el petate, pero es seguro que como buena madre, también sería magnífica abuela, y que de haber podido le hubiese tejido los más primorosos patuquitos para el Niño Dios. Tal vez, toda abuela cuando se pone a hacerle los patucos a su nieto también se los teje al Salvador, porque no hay bebé que no sea parecidísimo a ese Chiquirritín al que alude el famoso villancico.

Pero ¿y nosotros? La llegada es ya inminente. José, María y el pequeñín ya están muy cerca de Belén. ¿Has tenido tiempo de prepararle unos patucos al Niño? Porque no importa que otros ya se los hayan tejido, lo que verdaderamente importa es que cada uno de nosotros esperemos su llegada tal y como la espera una madre o como la espera una abuela el nacimiento de aquel que ya antes de nacer va iluminando nuestra vida.

A algunos nos da por mirar mucho el firmamento buscando esa estrella fugaz que brilla de modo insólito y por ello es única y especial. Es una sana costumbre esta de mirar expectantes, tanto hacia arriba como en derredor. Porque saber mirar descubriendo discretas maravillas es en realidad todo un arte al alcance de cualquiera. A lo mejor aprender a mirar así es lo propio de este tiempo de Adviento.

Pues a mí, que aún no he aprendido a tejer buenos patucos, me gustaría ver esa estrella en el brillo de tus ojos porque esperas como una abuela el nacimiento del Niño, con los blandos y suaves patucos dispuestos en las manos, y con un pesebre humilde, cálido y sencillo en el corazón. Es el Niño Dios, es el Redentor, y aunque no haya sitio en la posada, tal vez en tu vida sí que podría encontrar un hogar de acogida.

sábado, 10 de diciembre de 2022

En buenas manos

 EN BUENAS MANOS


Pasito a pasito, sin demasiadas demoras, vamos recorriendo el camino del Adviento y aproximándonos a la insólita maravilla del encuentro con el Señor, que viene a nuestro mundo haciéndose hombre por todos nosotros. ¿Pero en verdad estamos recorriendo ese camino o tan solo dejando pasar el tiempo sin preparar absolutamente nada? ¿Aún no te estás preparando? Has podido decorar tu hogar con motivos navideños externos, pero ¿has ido incrementando la luz de las velas que semana a semana hemos ido encendiendo para iluminar también la tiniebla, espesa o tenue, que nos aleja del Dios humilde que nos va a nacer?

Lo fácil siempre es recurrir una buena excusa para poder justificar esa inercia pasiva que nos caracteriza a la hora de tomar cualquier iniciativa en lo espiritual. "Es que no he tenido tiempo" solemos aducir para no tener que asumir ninguna responsabilidad, pero es que venimos de un gran puente (Constitución e Inmaculada) en que algo sí nos habría dado tiempo a comenzar. ¿Qué nos bloquea entonces? ¿Necesitas un Adviento XXL?

Si te decides a "advientarte", podrás ir reconociendo que, frente a lo que pudiera parecer, se puede llegar a descubir que, pese a lo que pese y pase lo que pase, en realidad andamos en buenas manos, las manos de Dios, de la ternura de Dios, la entraña misericordiosa de este Dios que se conmueve ante la vulnerabilidad del hombre y la asume de manera incondicional. Tal vez sea imposible concebir un Dios que ame tanto y de tal manera: acompañando y sustentando siempre, pero siempre en segundo plano, con manos invisibles de madre. ¡Qué suerte, qué privilegio poder recorrer la vida con esa paz profunda que da la confianza en Dios.

El profeta Isaías, en la primera de las lecturas de este tercer domingo de Adviento, nos muestra como ilumina su corazón contemplar anticipadamente la belleza de lo que podemos esperar de ese Dios con nosotros, que se hace carne de nuestra carne, y viene a transformar lo árido en fértil, a concedernos una fuerza capaz de hacer asumir nuestra propia libertad, y cómo podemos ya entonar juntos himnos y poemas llenos de júbilo. Esa es la intervención esperada del Mesías que viene, y al que nos disponemos a recibir con ilusión esa venida esperada.

Y en el Evangelio Juan confirma a través de las pruebas de algunos testigos, pues el está en prisión, que se confirman las profecías mesiánicas: los ciegos ven, los enfermos sanan... Porque cuando llega el que tenía que venir, todo es posible: recuperar la esperanza, el ánimo, la ilusión, el cariño, la alegría, el amor gratuito y desinteresado, la confianza, la afabilidad, la reconciliación. Por Él, que irrumpe en nuestra realidad divinizándonos, somos sanados y recuperamos nuestra plena libertad; una libertad hecha para amar, sanar y abrazar a los hermanos.

Te aguardamos, Niño Dios, ven pronto a poner remedio a nuestro mundo herido. Tú eres la luz que resplandece; la sencillez sin pretensiones ni artificio en que recuperamos la autenticidad; Tú eres la paz que pacifica y unifica sin requerir de tratados ni rendiciones, sin vencedores ni vencidos; Tú eres la verdad buscada en lo más profundo de nuestra razón y nuestro corazón, la que colma y calma nuestro anhelo de sentido; Tú eres el amor de Dios que nos comprende, acepta y perdona; Tú eres la fuerza del débil, la justicia y la esperanza de los que no nos resignamos a un mundo deshumanizado, inhóspito e insolidario. Por ello, ansiamos ver ya tu rostro y sabernos de nuevo en buenas manos.

Encendamos otra vela más, la tercera, que nos permita ir distinguiendo el camino por el que el que es amor se nos aproxima. Avancemos en esta espera esperanzada. Dejémonos iluminar por el Dios hecho hombre que ya llega. Alégrate, confía, espera.



sábado, 3 de diciembre de 2022

El cabreo del profeta

 EL CABREO DEL PROFETA


Se acercan épocas de grandes excesos. Los occidentales, al parecer movidos por ese espíritu navideño tan bien publicitado por las grandes marcas y cadenas comerciales, nos animan a hacer verdaderos dispendios y a cebarnos a base de bien. Seguramente sea por nuestro bien, para sobrellevar mejor las frías temperaturas invernales.

La verdad es que o no sabemos, o no queremos, o nos hemos acostumbrado ya a ese tipo sobrealimentación navideña. Nos pasamos todo el año haciéndo régimen para mantener la linea, o simplemente llevando una comedida dieta saludable, pero en llegando el final de año nos apetece darnos una buena tanda de atracones.

¿Y qué va a hacer uno si no cuando se reune con la familia, los amigos, los compañero del trabajo o los que en ese momento toque? Pues eso, jugar a la lotería y zampar y bridar sin comedimiento ni mesura. No nos tocará la primera, pero el despilfarro no nos lo quita nadie, y hacemos como si nos hubiese tocado y comienza la ingestión desproporcionada de calorías. Luego ya vendrá la cuesta de enero y de febrero --y hasta de la tira de meses más. según se está poniendo la vida-- para tratar de ponerse a dieta y hacer algo de ejercicio tratar de bajar las reservas adheridas. Tranquilos, que hasta la operación bikini queda aún mucho trecho.

Sin embargo, al más grande de los nacidos de mujer, el profeta Juan el Bautista, le da por hacer todo lo contrario que a nosotros (o tal vez a nosotros lo contrario que a él). Se pone su drástica piel de camello y ¡hala!, al desierto a alimentarse de bichitos y miel silvestre. Debe ser que esa rigurosa disciplina que sigue, de soledad extrema y absinencia de toda distracción, ayuda mucho a descubrir la presencia de Dios y a entender que nuestras formas de vivir actuales no están muy en consonancia con su voluntad. Parece ser que, haciendo un poco de silencio, uno alcanza a descubrir quién es, qué ha de hacer y qué palabras debe comunicar. Primero escuchar y escucharse, para luego saber lo que merece ser dicho. Pues uno vuelve completamente transformado de esa experiencia real de Dios en el desierto y convertido además en todo un profeta.

Como profeta, Juan, el primo de Jesús, habla con fuerza, anuncia y grita bien alto que ya llega ese renuevo del tronco de Jesé, ese brote vigoroso que inaugura de una vez para siempre el Reinado de Dios, donde se podrá restaurar la confianza y la paz, la justicia y la equidad, donde todos podremos al fin convivir en un entorno fraterno y de bendición.

Aquello que propuso el profeta Isaías no tiene por qué ser mero sueño utópico sino realidad palpable y contrastada. Ahora es ese tiempo anunciado de dar cumplimiento a la propuesta de reconciliación que Dios nos ofrece con Jesús, el Salvador. Aunque, como nos indica el profeta, hay mucho que allanar para que sea esto posible, porque a primera vista este mundo no está ni preparado ni dispuesto para ACOGERLE. Es esta la clave: desinstalarnos de nuestro modo de vida acelerado y superficial, individualista y centrado en exceso en lo material y volvámonos a lo sencillo y lo humilde, a lo compartido, a lo gratuito. Sí la Navidad es todavía posible.

Esto no parece difícil, pero lo debe ser, porque por eso se nos cabrea el profeta, que siendo un hombre de Dios como es, termina perdiendo la paciencia porque, al igual que los fariseos y saduceos, solo miramos por nosotros mismos y por las apariencias, y así ni que vengan del desierto a decirnos la verdad, ni que tengamos las Escrituras que profetizan esa venida del Señor, ni siquiera que el mismo Dios se haga hombre; nosotros seguiremos a lo nuestro, empecinados en mantener una sociedad lo menos humana posible, donde no haya ni un solo resquicio para Dios en nuestras vidas. Lo verdaderamente grave sería que tampoco nosotros nos cabrearamos con lo que a poco que miremos, vemos que está pasando.

Pues recuerda, generoso lector, que por el bautismo recibido, de agua, pero también de Espíritu y fuego, también tú estás también llamado a anunciar y construir ese hermoso Reino. O acaso se te ocurre un plan mejor que hacer. Levántate, ya llega y es tiempo de empezar a dar fruto. 



viernes, 25 de noviembre de 2022

En preparación

En preparación


Lo cierto que uno está siempre preparándose para lo que pueda acontecer en el futuro. Y es muy conveniente no dormirse en los laureles, sino ir haciendo acopio de experiencia, de apendizajes, y de todo tipo de reservas, para tratar de asegurarse el porvenir. Ya lo pudimos aprender de aquella excelente fábula de la hormiga y la cigarra. Pero tal vez al tratar de tenerlo todo tan atado y bien atado se nos esté pasando algo básico por alto: nada menos que vivir. Mientras la cigarra se dedicaba solo a difrutar holgazaneadamente, la obcecada hormiguita trabajaba con total dedicación. Una pasó frío, la otra solitaria abundancia.

Unos no quieren ni pensar en el porvenir, tal vez porque les tiene más que escamados; otros, precisamente por la incertidumbre, tratan de acumular todo tipo de recursos de manera incesante. ¿Vivir despreocupadamente o vivir con la preocupación constante de salvar los muebles? ¿Acaso son las dos únicas posturas posibles? ¿Y cuál de ellas es la acertada?

Justo este domingo es el primero del tiempo de Adviento, por tanto, comenzamos un nuevo año litúrgico y celebrativo. Por ello las lecturas nos proponen una nueva manera de estar viviendo: la espera ilusionada. Tal vez los despreocupados al estilo de la cigarra no esperan nada y viven inconscientemente un ahora irresponsable, pero los otros tampoco esperan nada, al menos nada bueno, y por ello tratan de hacer todo lo posible por tenerlo todo bajo control por ellos mismos, como si eso fuera posible. Pero Jesucristo una vez más nos descoloca y nos avisa de que hemos de estar preparados y espectantes, porque todo puede cambiar de la noche a la mañana.

Hemos de estar preparados, porque algo nuevo y de gran alcance va a surgir de pronto y lo más seguro es que nos pille con el pie cambiado. ¿Qué puede ser esto tan esclarecedor? Pues la venida del Hijo del hombre, el Mesías, el que había de venir. Por tanto, levantémonos, dejemos de vivir como si esto no fuese a ocurrir o como si no fuera con nosotros. "La noche está avanzada, el día se echa encima". Hemos por tanto de tratar de ser seres de luz y para la luz, constructores del Reino de Dios, Reino de justicia y comunión. ¿Lo intentamos?

Debemos por tanto estar atentos y alertas. Ni ser meras cigarras, ni tampoco solo abnegadas hormigas, sino ser como aves que ansían la libertad del cielo y se preparan para muy pronto empezar a volar. Dejemos las comodidades, las distracciones, las tristezas y pasividades, comienza la cuenta atrás. El Señor viene a nuestro encuentro y hemos de transformarnos en seres más capaces de Dios. Viene el Hijo del Hombre a nuestro encuentro y hemos de estar preparados para alzar las alas y comprobar que si te fías de Él puedes llegar a volar.

Sé que es muy difícil salir de las rutinas, romper con los moldes a los que nos hemos ido acostumbrando, pero sabes bien que eso no es suficiente para que tu vida pueda considerarse feliz del todo. Mira dentro ¿qué horizonte esperas? ¿Te basta con ser cigarra u hormiga o has nacido para ser Hijo de Dios? Levántate, se acerca el día de nuestra liberación. Él ya viene y eso lo cambia todo. Comienza, confía, ilusiónate, prepárate, adiestra tu corazón en el noble arte de esperar al que es el Amor.

Una tierra nueva y un nuevo cielo están por venir, sumarse a la lucha para que sean posibles exige una transformación profunda en nosotros. Ahora por fin va a ser posible el cumplimiento de nuestros mejores sueños. Ya están a nuestro alcance. Jesucristo viene a vencer. ¿Vas a propiciar su venida con tu actitud?  




domingo, 12 de diciembre de 2021

¿Exultar?

 ¿Exultar?


Podemos realmente permitírnoslo. Con la que está cayendo, ¿podemos pretender acaso estar alegres? ¿Tenemos algún motivo para ello? ¿No habremos perdido completamente el juicio para sostener que se puede vivir con una apacible alegría?

Parece inconcebible, pero sí hay gente que encuentra en su vida motivos para estar alegres y compartir su alegría con los demás. A veces todavía podemos escuchar alguna risa en algún lado, y parece como si ese sopor y esa indiferencia, que nos ha venido ensombreciendo de un tiempo a esta parte, esa espontaneidad con la que no ha mucho que vivíamos, disminuyera por un momento. 

Pues sí, las lecturas del tercer domingo de Adviento son unánimes: debemos vivir exultantes de gozo, porque sabemos que aquello que esperamos es ya casi inminente. Sí, la Navidad se aproxima, el Salvador está en camino y todo anuncia su pronto nacimiento. Dios es fiel a su palabra y sus promesas se cumplen siempre. Entonces ¿a qué tanta inquietud? ¿A qué tanto miedo y desilusión?

Efectivamente, nuestras certidumbres van dando paso poco a poco a certezas, pero, además de anhelar y alegrarnos anticipadamente por lo que sabemos que va a acontecer -la venida de Dios nacido de María-, también encontramos posibilidades inéditas para la alegría en lo que cada día nos ofrece. 

¿Sabremos ver esos motivos para la alegría o se nos estarán pasando por alto?

¿Realmente tiene que haber sobrados motivos que justifiquen una sonrisa o la risa debe aparecer por si sola cuando uno vive en modo amor y gratitud? 

¿Dónde comprar esa alegría no fundamentada en ningún motivo externo sino que te surge de pronto por el mero hecho de estar vivo? ¿Y cuánto vale ese antídoto tan eficaz contra la pesadumbre existencial?

Sí, realmente no debería ser tan difícil estar alegre sin más, si además de saber que Jesús está a la puerta, experimentamos que además ya vino y que está con nosotros y entre nosotros, capacitándonos para amarnos y superar con la sola luz de su presencia amante cualquier situación. 

Sí, el está en medio de nosotros y hace que la tiniebla de nuestras tristezas se disuelva que que vaya haciéndose más y más luminosa nuestra espera. Él, que ya está en nuestro mundo, hace posible lo imposible y que tu corazón vuelva a descubrir la dimensión de reilusionarse por la vida, siempre nueva y rebosante. 

¿A qué espera o es que la alegría no va contigo?

Sé creativo, comparte alegría, celebra la vida y todos seremos un poquito más nuestra mejor versión.

 



domingo, 5 de diciembre de 2021

Restablecer los caminos

RESTABLECER LOS CAMINOS


 

Las palabras son poderosas, nos permiten pensar, buscar, conocer, comprender y comprendernos. Por tanto, no da igual las palabras con las que vamos apalabrando el mundo y haciéndolo nuestro. A lo largo de nuestra vida cada uno va confeccionando un diccionario personal con las palabras que adquieren verdadero significado para nosotros, e incluso establecer lo que para esa palabra expresa y evoca. Tal vez este diccionario es el que mejor va a expresar nuestra verdadera identidad.

Entre las palabras que recoge este diccionario tal vez una que no debería faltarnos estaría la palabra "proceso". El Adviento tiene mucho que ver con esa palabra, ya que fija un punto de partida e inicia un camino hacia una meta. En este momento, ¿te encuentras en proceso? ¿en proceso de qué y hacia dónde? Solo si inicias algún proceso podrás llegar a algún sitio, tal vez a la meta que te has propuesto, o al menos te habrás acercado a ella, sí a esa mejor versión que esperas conseguir.

Por ello, en la última entrada de este blog nos preguntábamos por lo que esperas, por lo que buscas, ya que es clave saber hacia dónde quiere uno encaminar sus pasos. Pero no deberíamos dar por supuesto que el camino está perfectamente transitable, sino que a la vez que uno se propone recorrerlo, tendrá además que restablecerlo, reconstruirlo, posibilitarlo, pues por falta de tránsito se nos habrá ido deteriorando. 

¿Estás dispuesto? Ese empeño en tender puentes, restablecer y volver a hacer posibles encuentros es especialmente importante en este tiempo de Adviento. 

¿Qué relaciones tengo que volver a restablecer entonces?

¿Conmigo? ¿Me escasea la fe? ¿La esperanza? ¿Me he vuelto duro y frío como el mármol? ¿Me sobran desencantos y tristezas? ¿Es suficiente fluida la comunicación con tu corazón? 

¿Y las relaciones con los demás? ¿Cómo son? ¿Alguna de ellas se ha deteriorado y tengo que volver a desbrozarla? ¿Y con Dios? ¿Cuido esta relación también?

Si has sido capaz de contestar a esta preguntas, ya sabes cuál es el momento del proceso en el que te encuentras y cómo has de proceder para encender la siguiente vela que vaya iluminando la venida del Salvador. 

ALLANA CAMINOS, FAVORECE LA APARICIÓN DE NUEVAS SENDAS






domingo, 28 de noviembre de 2021

La venida

 LA VENIDA



Todos esperamos que algo ocurra. Un periodista está pendiente de que surja en cualquier lugar alguna noticia y él pueda dar la exclusiva. Los padres que desean con todo su corazón el nacimiento de su hijo. El estudiante que ansioso quiere conocer la nota del examen. El niño que desea que llegue su cumpleaños para reunir a todos sus seres queridos y celebrar una fiesta y recibir los regalos. El que ha pedido algo por internet y está pendiente de que llegue pronto el repartidor. El paciente que espera que haya un donante del órgano que le está fallando y precisa un trasplante para seguir viviendo. 

Cada uno de nosotros espera algo novedoso que cambie y mejore nuestro estado.

¿Qué esperas tú?

Qué bueno si en este tiempo de Adviento logramos aclarar lo que espera nuestro corazón.

Sabemos que en Antiguo Testamento esperaban impacientes a que se cumplieran las promesas de los profetas y naciera entre ellos el Mesías, el esperado, el que lograría por fin el Reino de Dios en la tierra.

¿Cómo esperas?

Porque hay una espera pasiva y aburrida, una espera desesperada y desesperanzada, que en realidad dejó de esperar o quiere que todo se lo den, sin siquiera pedirlo, sin siquiera desearlo, sin siquiera tratar de propiciarlo.

Qué pena si en este tiempo de Adviento que ahora empezamos no fuésemos capaces de reilusionarnos y ponernos en camino hacia aquello que queremos y esperamos, saliendo así a su encuentro, porque no podemos quedarnos quietos ni parados, es decir, nos movilizamos, nos disponemos, somos activos y propiciamos que pueda llegar cuanto antes.

En el Nuevo Testamento se nos anuncia que ese Mesías esperado ya llegó y nació en Belén, pero aunque todos estaban expectantes, no supieron reconocerle, porque estaban sumidos en la rutina y en la normalidad, y se habían vuelto incapaces de descubrir la extraordinaria novedad en lo sencillo.

¿Nos puede ocurrir a nosotros algo parecido? Entre las innumerables actividades que tratamos de atender a diario ¿nos queda algo de tiempo para observar los brotes incipientes que anuncian la venida anunciada del Salvador? Sabemos que está en camino, pero ¿y nosotros también estamos dispuestos a iniciar y recorrer ese camino del Adviento?

Tenemos cuatro semanas por delante para ir recorriéndolo y para estar preparados siendo nuestra mejor versión como seres humanos que se dejan ir iluminando por Aquel que viene, y que es el Camino, la Verdad y la Vida.

MUY FELIZ ADVIENTO,

CAMINANDO Y PROGRESANDO EN LUZ