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sábado, 18 de abril de 2026

Promesa cumplida

PROMESA CUMPLIDA


Lo normal sería poder fiarse de la palabra dada. Según parece, antes era costumbre ampliamente extendida cumplir con lo que se decía, porque la palabra comprometía y había que mantenerla o perder todo el prestigio. Tanto es así que para llegar a un trato no se precisaba contrato alguno, con el acuerdo verbal bastaba y sobraba. Al que después no se atenía a lo fijado se le reclamaba aquello de "Donde dije digo, digo Diego". El figura que no se atenía a lo que había dicho, perdía el respeto del resto y no sabía ya dónde meterse, pues se echaba tan mala fama encima, que tal vez no lograría quitársela jamás y perdía toda la credibilidad. Hoy, sin duda, con esto de la evolución y el progreso, hemos debido mejorar mucho, puesto ya no es preciso mantener lo que se dice, está del todo obsoleto: nada compromete. Hoy se puede afirmar cualquier cosa y mañana, con toda la cara dura del mundo, se puede negar haberlo dicho. Total no pasa nada, pues el que trata de engañar a toda costa mediante la artimaña de que su supuesta sinceridad, se va a imponer sobre tu escasa y obtusa memoria. Él es el listo, el resto unos incautos.

Y así nos va, pues con la entrada de lleno en el terreno yermo de la desconfianza, abrimos la veda para la mentira descarada. Se niega la mayor, lo evidente, puesto que nadie asumirá su responsabilidad, y asunto zanjado. Todo vale, con tal siempre no se pueda demostrar quién no cumplió con lo prometido. Si ni los unos ni los otros ya no vamos a intentar responde ni mantener los acuerdos, aunque estos sea de mínimos, salta por los aires toda posibilidad de entendimiento, de convivencia, de diálogo, y nos encontraremos entonces, por propio mérito, en las puertas de la barbarie, porque las posibilidades para la civilización terminarán por agostarse. Habremos acabado con ella. El hombre contra el hombre estará servido.

Pero que no cunda el pánico, puesto que ni todo el mundo se ha pasado ya al lado oscuro ni está por hacerlo. Así pues, a pesar de esos que se caracterizan por un comportamiento tan indecoroso, no van a ser capaces de destruir a una comunidad, que sí es capaz de aguantar el tipo y cumplir con sus compromisos. No salen en los medios de comunicación, pero andan entre nosotros, tienen nombre, apellidos y domicilio; pasean por nuestras calles y no tergiversan de buenas a primeras lo que dijeron. Son sencillamente personas de las que uno se puede fiar, y nos consta por experiencia su nobleza y ausencia de doblez; estos sí que mantienen y mantendrán su palabra.

En el Antiguo Testamento leemos una serie de promesas en forma de alianza que Dios establece con los hombre. Esa promesa mesiánica Dios la cumple, y lo hace de manera imprevista en su Hijo Jesucristo, nuestro Salvador. No eran ni fanfarronadas, ni meros delirios de los hombres ahítos de la vastedad del cielo y del desierto, sino que eran profecías de las que sí merecía la pena fiarse. Pedro, en los Hechos de los Apóstoles, bien claro lo afirma. Poco margen de duda queda, en el que murió en la cruz es posible reconocer al Salvador, porque no sólo pasó por la vida haciendo el bien a todos, anunciando la irrupción del Reino de Dios y su justicia, es que además ha resucitado para resucitarnos también. No han podido con Él ni los temores de los poderosos y sus tramas, ni la crueldad extrema de los que se ensañaron con Él, ni tampoco las múltiples traiciones de sus amigos, porque la fuerza del que no abandona, el Padre, en quien se sostenía, estaba cumpliendo la promesa dada. Por ello, los que reconocen el cumplimiento de las promesas de Dios en Jesucristo se convierten y cambian radicalmente su manera de orientarse en la vida. Han descubierto que la palabra dada por Dios y renovada en Jesús no defrauda.

Que bueno sería, que seguros en el cumplimiento de la Palabra que se encarna y salva, que se nos abrieran los ojos a una realidad nueva y resucitada. Iban dos inmersos en su decepción, pues los sueños que se habían atrevido a trazar parecía que de un recio golpazo se les habían venido abajo. El Maestro, por el que habían apostado, había acabado como un auténtico perdedor. Sin embargo, ahí estaba con ellos, haciéndose el encontradizo con ellos y de esta forma poder abrirles el entendimiento e iluminarles la realidad que no llegaban a descubrir.

Y es que a menudo vivimos sumidos en una lógica humana eminentemente básica, valida para nuestros afanes, pero inservible por completo para las cosas de Dios, para las cosas del espíritu. Hay que resucitar con el resucitado para empezar a descubrir todo lo que está ahí, más íntimo a nosotros que nosotros mismos, más intrínseco a la realidad en que nos movemos y existimos, para llegar a percibir esa presencia diáfana y misteriosa de Jesucristo resucitado y resucitante entre nosotros. Con sólo creer ya le estás dando permiso a Dios para que empiece a operar esa transformación silenciosa en ti, que es producto de esa nueva vida que Él nos otorga. Él dio la vuelta y del fin hizo el gran comienzo. También nosotros podemos hacer realidad lo que su Pascua supone. 

Que en este tiempo pascual recorramos el camino de regreso a Emaús, como aquellos dos discípulos de los que nos habla hoy el Evangelio. Él se nos va a aproximar y va a propiciar un encuentro que nos va a marcar. Cristo es el Dios con nosotros, verdadero encuentro, dispuesto a salir al camino de toda oveja perdida. Detectemos los signos que nos avisan que la verdad de Dios está ahí proponiéndonos ese reconocimiento del definitivo cumplimiento de la promesa de su amor, para que le descubrirle en la fracción compartida del pan y regresemos prestos también nosotros al encuentro con nuestros hermanos. Entonces ya sí podremos ser testigos veraces, hombres de palabra, que hablan desde la experiencia de Dios, que es absolutamente de fiar, porque siempre está cumpliendo su promesa salvífica.

sábado, 20 de diciembre de 2025

El Gordo

EL GORDO


Llega el gordo. Todos hemos corrido a hacernos con algún décimo y andamos por ahí pendientes de que salga el gordo y engorde de paso nuestras maltrechas economías. Es una tradición que sigue manteniéndose incluso por los que no son muy partidarios de conservar las tradiciones; y es que a mayor venta de números, mayor beneficio para las arcas comunes. Todos jugamos, unos a otros nos compartimos algún número, pero el que tiene el premio asegurado es el que inventó el sorteo: Apuestas y Loterías del Estado al menos se queda con el 30% de lo recaudado. Por tanto, que siga y siga girando el bombo y haya suerte.

Pero con el genuino sorteo de Navidad el que viene y el que toca seguro es el Niño Dios. Ese por el que celebramos estas fiestas, el que viene seguro y toca también seguro es el que parece estar ausente entre tanta algarabía con la que la sociedad se adorna en estos días. Parece un contrasentido, pero no lo es; estamos tan metidos en lo que debe ser la Navidad, que su verdadero sentido se nos queda traspapelado. El gran regalo del cielo nos toca a todos, y no el reintegro ni la pedrea, sino el gordo de lleno: nos nace el Salvador, el Dios con nosotros. ¡Como para no celebrarlo!

Nos cuenta el profeta Isaías que el rey Ajaz no quería saber ni siquiera el signo de la llegada del mesías, no le debía interesar gran cosa, bastante tenía con preocuparse de sí mismo, pero Dios sí le da ese signo que no pedía: nacerá un niño hijo de la luz de una virgen y su nombre será Emmanuel. A ese número si quieres puedes jugar, a ver si a su debido tiempo, cuando llegue el sorteo, te toca el gran premio, el más esperado.

Por ello, tanto el salmo como la segunda lectura de este cuarto domingo de Adviento, con la Navidad a la vuelta de la esquina, son indican el modo en que podemos disponernos para recoger ese gran premio gordo que nos va a caer. Tenemos la gran suerte de estar llamados a recibir esa extraordinaria recompensa por la obediencia de la fe, si reconoceremos al Rey de la Gloria que va a entrar en nuestra historia y en la historia colectiva, así se transformarán tu vida y la de los otros en historia de salvación.

En el Evangelio este domingo vemos como acoge San José primero al ángel que se le aparece en sueños, para después aceptar y cuidar a María con la certeza de que el niño que trae su esposa en su seno es Hijo de Dios y viene del Espíritu Santo. Hay que ser un ser humano extraordinario para tener esa apertura para escuchar el lenguaje de Dios, los mensajes que nos traen los ángeles. No todos somos capaces de tener esa disposición para las maravillas del Señor. Ahí está el boleto de la lotería premiado y sacarle todo el partido posible. A la grandeza y generosidad de Dios, que nos trae a su propio Hijo hecho hombre, se corresponde la grandeza y generosidad del humilde José. Entonces, cuando confluyen ambas entregas mutuas, la de Dios y la del hombre, todo es posible. La Navidad es ese tiempo de encuentro.

Ya no queda nada para el sorteo de Navidad, y poco más para que en nosotros celebremos la llegada del Hijo de María y José. Es ese recién nacido que podéis ver envuelto entre pañales y acostado en un pesebre. Es el Dios humilde que acoge nuestra misma condición y se hace mortal. Que esta Navidad seamos como José, como María, como los pastores, y acojamos con esa ilusión los proyectos de Dios para cada uno de nosotros. Será una noche auténtica y maravillosa, en la que luce Él y las estrellas, no nosotros, que quedaremos sobrecogidos ante la belleza del Todopoderoso que se nos hace frágil y pequeño.

El nacimiento de Jesucristo nos enseña que hemos de nacer nosotros a Dios, aprender a amar, amarnos y dejarnos amar. Esta Navidad es una gran oportunidad, un premio extraordinario. El gordo es seguro si nos volvemos sencillos, sin que siquiera lo pregonen los telediarios. No es cuestión de azar ni de suerte, más bien de disponibilidad. Si Dios se abaja del cielo, también nosotros nos podemos apear de nuestros hábitos e inercias, para descubrir en lo oculto lo verdadero; pero para ello habrá que marchar hasta aquella aldea insignificante llamada Belén, hasta allí si quieres te guiará la luz que brilla en lo hondo de los hombres que buscan la voluntad de Dios. Si quieres estás premiado. Nos llega el gordo del amor mayor.

EL COLEGIO SANTA MARÍA DE LA PROVIDENCIA

OS DESEA  A TODAS LAS FAMILIAS

UNA MUY FELIZ NAVIDAD

sábado, 6 de diciembre de 2025

Avisos varios

 AVISOS VARIOS


A nadie se le escapa que las palabras son un filón, un auténtico tesoro del que hay que valerse para poder realizar una existencia realmente humana. Si prescindimos de su riqueza, volveríamos en un corto plazo de tiempo a sumirnos en la barbarie. Por tanto, conviene hacer uso frecuente del diccionario, no sólo es útil, sino también se vuelve necesario para saber de lo que hablamos y poder entendernos mejor.

Es obligado ir primero a la fuente para llenarnos del significado fresco de los términos. Comencemos nuestro periplo semántico por la etimología de la palabra aviso, que no es otra que la expresión latina "ad visum", esto es, a la vista. Y es que estas lecturas del segundo domingo de Adviento tienen mucho de ponernos delante de la vista lo que se nos viene encima, lo que debe estar a la vista, lo que hemos de esperar; otra cosa muy distinta es que prefiramos no verlo y miremos al señuelo o a la distracción de turno. No sea porque no nos vienen avisando.

Y ya iniciado este tour por las palabras, tras la etimología vayamos a las diferentes acepciones, para así poder aclararnos y ampliar todas las posibilidades de la palabra protagonista de esta humilde entrada. La RAE nos ofrece hasta siete posibles concreciones del significado de la palabra aviso: señal, indicio, precaución, cuidado, prudencia, discreción, etc. Es por esto que en nuestra lengua afirmamos que el que avisa no es traidor, pues si anticipadamente nos está indicando lo que puede pasar, y nosotros podemos ir tomando medidas para que no nos pille de sorpresa o con el pie cambiado. El que avisa no es que no sea traidor, es que es buena gente y amiga, salvo que el aviso sea infundado para engañarnos y atemorizarnos, pues de estos también los hay.

En los orígenes del periodismo se dice que fueron apareciendo cartas de aviso, en las que se informaba de lo que había ocurrido en otros lugares, y así, el lector u oyente de ellas podía estar al corriente de lo que sucedía. Mucho antes, en los momentos anteriores e iniciales de nuestra era, aparecieron los profetas, que se anticipaban a lo que iba a pasar. No eran adivinos, sino personas inspiradas para anunciar lo que el Señor quería que su pueblo escuchase, a pesar que esta vocación que asumían no les trajese más que sinsabores. Por el bien del pueblo debían estar al corriente y así poder evitar lo que, sin el aviso oportuno que ellos daban, hubiese sido inevitable.

En este tiempo de Adviento los avisos no están tampoco de más si queremos tenerlos en cuenta. Por avisar que no quede. En realidad no es un aviso de la llegada de un tiempo aciago, sino todo lo contrario, la mejor de las noticias: la llegada del mesías. San Juan Bautista, desde el corazón del desierto, ataviado con piel de camello, no deja lugar a dudas. Es un hombre de Dios, con aspecto y forma de hablar de profeta. En él no hay engaño, pues no viene a hablar de sí mismo, sino de Aquel tan esperado al que no se considera digno de llevarle las sandalias. Ya llega -es tiempo de gracia-, viene a cumplir su misión como Salvador, y por lo tanto que hay que prepararse debidamente. Nos reclama que demos el fruto que pide la conversión, pues el Reino de Dios está muy cerca, es inminente, y ahora se cumplen al fin las Escrituras y el momento no admite demora.

Estamos en sobre aviso: la venida esperada del que va a hacer posible el cambio absoluto de la historia, el triunfo definitivo del bien, ya va a ocurrir. ¿Sabremos tomar nota y preparar ese camino al Señor que llega? Los peregrinos de esperanza que hemos sido todo este año ¿lograremos mantener esa esperanza transformadora? Empecemos por cambiar nosotros y ser así agentes luminosos y convincentes de esta transformación del hombre y de la humanidad. Este mundo tiene solución; los males que nos acechan no van a ser definitivos y los malvados serán derribados. Sí, por fin será posible la Justicia y la Verdad, pues el Dios que nos va a nacer, el Dios humilde nos trae una vida nueva que se recibe por el bautismo de fuego que Él nos trae.

Facilitemos su llegada: frente a la soberbia la humildad; frente a la riqueza y el lujo, la pobreza y la belleza del Niño Dios en el portal; frente a las discordias, los intereses mezquinos de los poderosos, la paz del Señor en el sentir común; frente al egoísmo individualista y al materialismo rampante, la entrega, el cuidado, la ternura, la comprensión, la caridad y la fraternidad.

Un nuevo mundo se inicia con el nacimiento de nuevo del Salvador, si es que además cada uno de nosotros está dispuesto a nacer de nuevo. No se nos pide más: estar atentos, estar avisados y empezar a transformarnos tal y como nos piden insistentemente Isaías, San Pablo y el Bautista. Que Dios esté presente en cada uno de nosotros, en nuestro trato con los demás y en nuestro vivir. Si así hacemos, no habremos dejado caer en saco rotos tantos y tan buenos avisos, y será verdaderamente Navidad.

sábado, 13 de mayo de 2023

No a las tristes despedidas

 NO A LAS TRISTES DESPEDIDAS

A muy pocos les deben gustar las despedidas, pues separarse de lo que uno ama es siempre penoso. Más aún cuando no se trata de separarnos de algo, sino de alguien muy amado y querido con el que se ha compartido la vida. Si, además, esa separación es definitiva e irreversible, la experiencia más que dolorosa, habría que calificarla ciertamente de desgarradora. Como mucho uno trata de retener ciertos momentos en la memoria, aferrarse a tanto bueno vivido con esa persona de la cual nos alejamos.

Es cierto que la muerte impone ese corte brutal en nuestras relaciones, pero hay otras situaciones que también obligan a las personas a no poder seguir permaneciendo físicamente juntas, distanciarse, pero en estos casos al menos podemos mantener activa la vinculación comunicándonos con frecuencia por el medio que se pueda o prefiera.

En el evangelio del VI Domingo de Pascua, Jesús es muy consciente de lo que va a suponer su vuelta al Padre. No desea separarse de sus discípulos y se hace cargo del sentimiento de abandono que va a producir en sus discípulos, y por tanto, nos aclara que si el amor que les une es auténtico, se va a mantener; que la vida que él nos ha traído no puede quebrarse con la separación, y que hay maneras de permanecer presentes, aún cuando la muerte, u otras circunstancias, nos tratan de separan. Sí, la separación es tan solo aparente y la unión se puede mantener viva en el Espíritu, porque no solo somos materia, sino que la materia está avivada por el Espíritu, y este no perece, no se aleja, se mantiene, y hasta se incrementa, cuando se está dispuesto a amar y ser amado contra viento y marea.

Y en esa no despedida, en esa negación de la cesura, en esa presencia resucitada y resucitante nos hallamos ahora. Cristo ha vencido a la muerte y con ello la vida triunfa y no se interrumpe, se transforma, se amplifica y espiritualiza. Este es el tiempo de la Iglesia. Nuestro tiempo. Tiempo para revivir y dar vida. Tiempo para proclamación, la alegría y el testimonio. Tiempos nuevos de creer y de crear, porque Él está con nosotros y entre nosotros. Cómo no desbordar de gozo cuando es su Espíritu el que ha impedido toda separación y la despedida es imposible "porque yo sigo vivo".

Ahora ya solo vivir consiste en amarle y dejarse amar por Jesucristo resucitado; aprender a amar a todos con ese mismo amor suyo y con Él estarás bien vivo. El presente hay que vivirlo en modo pascua, con unos ojos, un corazón y unas manos llenos de Espíritu.

Era verdad que el amor vence la muerte, la separación y las tristes despedidas. Solo el amor, desde el Espíritu, capacita para la cultura del encuentro. Porque cuanto esa vida íntima con Cristo sea más profunda, más podremos vivir con la libertad del Espíritu que Él nos da. Verás entonces como crecen los vínculos en una preciosa primavera con ecos de eternidad.

NO ES TIEMPO DE DESPEDIDAS, SINO DE VERDADEROS ENCUENTROS