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sábado, 14 de marzo de 2026

En un abrir los ojos

EN UN ABRIR LOS OJOS


Un privilegio extraordinario, una maravilla enorme, la capacidad de poder ver. Aquellas personas privadas del sentido de la vista aprenden a vivir con esa limitación y afinan la percepción con otros sentidos. Pero los que sí disponemos de la capacidad de ver, deberíamos mirar y admirar esta realidad luminosa que se nos ofrece a través de los ojos. Aunque ciertamente da pena que cada vez vayamos reduciendo el uso de tales órganos para solo contemplar ese mundillo virtual que las pantallas nos ofrecen. ¿No será mejor alzar los ojos de la pantalla para atender a las personas, a los parajes, al cielo, al arbolado que se desvive en esta primavera? ¿Qué hemos hecho con nuestra sana curiosidad y dónde se nos ha quedado la sensibilidad?

Al igual que los salmistas se refieren a las efigies de los dioses, que tienen ojos pero no ven, tienen oídos pero no oyen, tal vez a nosotros también nos esté pasando algo parecido, pues cada vez vemos menos por estos ojazos que tenemos, y cada vez escuchamos menos y peor con estas orejas enganchadas permanentemente a unos potente auriculares que nos ensordecen voluntariamente. Y sí, admitámoslo: este tipo de sorderas y cegueras elegidas, que nos impiden apreciar la realidad tal cual es, no proceden sino de un uso torpe de nuestra libertad, una libertad no liberada, que no se atreve a vivir conscientemente como seres humanos, porque preferimos renunciar a ella.

Esas cegueras y sorderas son precisamente las que Jesucristo puede liberar, puesto que está siempre dispuesto a ello si nosotros así lo deseamos, aunque a menudo son también estas las que motivan que no reconozcamos a Aquel que viene a encontrarse con nosotros y nos alejemos. Ese camino de encuentro con Él es la Cuaresma, el tiempo para lograr quitarnos de tanto lastre que nos hemos ido echando a las espaldas. Pero Él, a través de su palabra nos facilita el medio en que podemos abrir los ojos y reconocer al Dios que nos invita a su amor. Cristo sí que nos quiere ver a nosotros. Aunque estemos lejos o ciegos o sordos o perdidos o escondidos, nos ve bien cercanos, no nos rechaza ni se escandaliza, sino que nos acepta incondicionalmente.

Es por eso que a este cuarto domingo de Cuaresma se le denomina "Laetare". Hemos de alegrarnos porque la Cuaresma no es un itinerario tortuoso a evitar, sino una vía de descubrimiento y liberación que nos propone la Iglesia para reconocer y amar a Jesús, nuestro Salvador. Es un tiempo para abrir los ojos a la gran verdad de lo que somos y podemos ser. Si vamos avanzando en la transformación cuaresmal, en esa limpieza requerida para apreciar el don de Dios, podremos efectivamente sentir el júbilo de ir realizando un buen trabajo cuaresmal, un crecimiento interior.

Cuando Samuel va a la casa de Jesé siguiendo las mociones del Espíritu, en el hijo más pequeño. que ni siquiera constaba, el último de todos ellos, justo en ese el profeta identifica al que el Señor sabe ver, no como miramos los hombres, por la mera apariencia exterior, por una primera impresión superficial, sino como nos ve Él, por nuestra capacidad de amar y hacer el bien. Dejémonos también nosotros mirar así, como miran los que aman, sin miedo ni vergüenza, con aprecio, y aprendamos a abrir los ojos, los ojos del espíritu, para mirar como Dios nos mira. David, el más joven, es el que es elegido para protagonizar esa aventura de libertad y amistad con Dios.

Que al igual que Jesús abre los ojos al cielo de nacimiento en el evangelio de hoy, dejémonos abrir también nosotros los ojos por Él. Dejaremos atrás el mundo feroz de la oscuridad para empezar a ser hijos de la luz, hacedores de bien y verdad, artífices y servidores alegres del Reino. Frente a la necedad intransigente de los fariseos, que ni siquiera se alegran por el bien recibido de la vista en el ciego, pues se oponen a Jesús, que sana y salva a los hombres porque lo hace incluso en sábado. Resulta que son ellos los auténticos ciegos para distinguir las acciones de Dios, la luz del mundo presente y actuante. Sin embargo, el ciego no sólo recupera la vista, también, además, se le abren los ojos de la fe para contemplar al Hijo del hombre delante de sí. Ve y se deja ver por el Mesías.

Pues si nosotros vamos abriendo los ojos como nos pide la transformación cuaresmal, también podremos situarnos junto a Él, acompañarle hasta Jerusalén; ver y vivir intensamente estos días que se acercan de la pasión, muerte y resurrección del Señor. Veremos de una manera radicalmente nueva a toda criatura, de forma semejante a como la ve el mismo Resucitado. Somos su pueblo, el nacido de la pascua, y ya no podemos ver un mundo abocado a la disputa permanente, a la polarización, al conflicto fratricida y al absurdo, sino que vemos con esos ojos en que siempre triunfarán la misericordia y el amor de nuestro Padre.

sábado, 10 de febrero de 2024

¿Quién te has creído?

¿QUIÉN TE HAS CREÍDO?



Aparentemente vamos por la vida muy seguros, o al menos con la percepción clara de saber muy requetebien lo que somos, y, por supuesto, lo que son todos los demás, y a qué podemos atenernos en cuanto a cada uno de ellos. Es algo tan supuesto, tan obvio, tan patente, que para qué vamos a plantearnos lo que no sé por qué no vamos a dar por seguro. Pero tal vez de ahí nazcan muchos de nuestros errores de cálculo, porque damos por supuesto y admitimos demasiado a la ligera y precipitadamente nuestras consideraciones. Bien saben esto los viven de la manipulación y del engaño, y, por supuesto, lo utilizan en su beneficio.

De aquellos grandes sabios que en el mundo han sido, los que nos han precedido y son poseedores de tan contrastada solvencia intelectual, como son Sócrates o el valenciano Juan Luis Vives, hemos sabido que antes de aprender algo nuevo, conviene desaprender los equívocos que solemos tomar por certezas. Pues si ya en los fundamentos del saber vamos errados, cómo va a tener consistencia todo conocimiento que sobre cualquier prejuicio levantemos. Vano será el esfuerzo; tiempo perdido en esa ardua labor de búsqueda de la verdad, aunque tan solo sea nuestra verdad de andar por casa tratando de entender nuestro pequeño mundo.

Todo este curso andamos insistiendo una y otra vez en la importancia de escuchar, pues como los seres humanos nos dejamos a menudo influir por el entorno, y el actual no se caracteriza por el noble arte de la escucha, sino por el juicio inmediato sobre el otro o sobre cualquier cuestión, sin haber escuchado ni sopesado cuáles son sus razones, su postura, sus problemas o intención. Si no escuchamos no nos podremos enterar de quién es el ser humano que tengo delante, qué le puede estar pasando, de si llego a entenderle y en qué puedo auxiliarle. Pero es que sin escucha interior tampoco sabré quién soy realmente y no podré llevar una a existencia acorde con lo que verdaderamente soy. Y ya no hablamos de si también me niego a mi mismo la posibilidad de escuchar a Dios, a Aquel que mejor y siempre anda siempre dispuesto a escuchar a sus hijos.

Pues hoy, en este sentido, para variar un poco, pero sobre todo para completar nuestras carencias, y al mismos tiempo los remedios que tenemos al alcance, habría que añadir que no solo hemos de aprender a escuchar, sino que además hemos de aprender a mirar y mirarnos. ¿Así que hemos de desaprender la manera en que escuchamos y miramos la realidad? Pues parece que puede sernos de gran beneficio empezar a ver sin suponer, y de escuchar con verdadera atención. No se trata tanto de creer que ya sabemos, sino de constatar que no nos enteramos tan bien como habíamos supuesto, que podemos mejorar nuestra capacidad de ver y escuchar para empezar a apreciar de nuevo lo que tengo delante de los ojos y ante los oídos.

Desaprendamos cuanto antes a juzgar ¿quién soy yo? ¿Quién me he creído para poder juzgar por encima del hombro a los demás? ¿En qué fundamento me baso? ¿En una mera impresión? ¿En lo que me ha llegado? Porque demasiadas veces nos basamos en estereotipos, en etiquetas impuestas que todos llevamos, porque nos colocamos con gran facilidad. No, el ser humano no es una etiqueta, si le reducimos a eso es que hemos de empezar urgentemente una cura de desaprendizaje radical, para evitar distorsiones y cegueras autoasumidas.   

En las lecturas de hoy -qué suerte inmensa poder ajustar habitualmente nuestra óptica a la luz del evangelio- nos damos cuenta que, frente a la manera establecida de considerar a los leprosos en tiempos de Jesús, y, por tanto, de marginar y excluirlos, Jesús sabe mirar de otra manera, de una manera totalmente diferente. ¡Ojalá llegáramos a mirarnos los unos a los otros así! ¿Leproso de qué? Ser humano doliente, ser humano necesitado ¿O es que la etiqueta impuesta de leproso ya anula lo fundamental del hombre. Porque si lo anula, entonces los desposeemos de su dignidad intrínseca, y ya podemos justificar y dar por bueno cualquier maltrato, cualquier exceso. 

Efectivamente, mucho nos jugamos en esto de ver a través de las etiquetitas, porque sin darnos cuenta, sin ser conscientes, estaremos asumiendo discriminaciones injustificables, pero evitables. De eso se trata, de aprender a ver en verdad y a escuchar con nitidez desde el corazón, ya que la ignorancia de las leyes (las del amor) no justifica la falta. Empecemos cuanto antes a desaprender a comportarnos como seres escindidos de nuestros semejantes, y aprendamos a vivir con y para los demás, es decir, de forma humana y fraterna. ¿Es mucho pedir?

Hoy, quizás, sea un momento propicio para revisar qué etiquetas te has puesto o te han puesto y llevas a cuestas; pero, de igual manera, para tomar conciencia de las etiquetas que tú puedes ir proyectando y asumiendo como buenas respecto a los demás.

Aunque la lucha contra la lepra está ya muy avanzada, posiblemente podamos hablar de nuevas lepras. Una de ellas bien puede ser esa de imponer sambenitos por doquier y sin justificación alguna. Otra de las lepras más pujantes puede ser la de la tan expendida indiferencia, o el individualismo, el narcisismo, el materialismo, los apegos, etc. Pues acude al Salvador que se acerca y con esa mirada que escucha, que conoce y ama, que no sabe de etiquetas, te dice: "Quiero: queda limpio". así de fácil, así de auténtico.

NO DEJES PASAR ESTA OCASIÓN, PÍDELE QUE CURE TUS INCOHERENCIAS




 

sábado, 18 de marzo de 2023

Vivir para ver

 VIVIR PARA VER


Es frecuente encontrarse con personas que no están pasando sus mejores momentos. Algunos de nosotros también hemos podido pasar por esos bajones de ánimo que a todos nos pueden afectar en un momento dado. Otros, incluso, tienen que vérselas con alguna situación durísima, y por sí solos no se sienten capaces de superar la desesperación en la que se encuentran sumidos. No ven ni salida posible, ni un atisbo de luz al final del camino. Pero los hombres no somos islas, y estamos los unos junto a los otros, no para competir, sino para todo lo contrario, para apoyarnos, tratar de ser de ayuda y poder levantarnos los unos a los otros. Muy equivocados están los que conciben que el ser humano solo es un lobo para el otro hombre, porque si entienden así las relaciones con sus semejantes, terminarán portándose como depredadores con los demás.

Sin embargo, hay otras maneras mucho más creativas de situarse ante la existencia. Por ejemplo, se podría vivir estando pendiente de todo y de todos, para descubrir, admirar, valorar, agradecer y amar el milagro de la vida. Aun sabiendo que la expresión "vivir para ver" se usa con el sentido de que ya a uno no le sorprende nada, y hasta que lo peor cabe dentro de nuestras expectativas, también podemos hacer uso de esa fórmula justamente para expresar que saber ver es, en definitiva, uno de los cometidos más interesantes de la vida. Ver lo que acontece, no tanto desde la queja, sino desde el asombro.

Para ello los hombres hemos inventado las gafas, los microscópicos, la cámara fotográfica, el catalejo o hasta el telescopio. Queremos ver bien a toda costa, y por ello hay una gran oferta una tecnologica de alta gama y última generación al alcance de las más poderosas tarjetas de crédito; porque el número de píxeles y la definición de la televisión o de la pantallita del móvil importa mucho.

Pero hay una realidad infinitamente rica fuera del alcance de nuestras pantallas. Una realidad que nos pasa desapercibida en muchos casos. Llamémosla realidad real frente a la realidad virtual a la que nos estamos poco a poco reduciendo.

Pues en las lecturas de este cuarto domingo de Cuaresma, conocido como Domingo Laetare, precisamente se nos habla de cómo nos ve Dios. Así descubre en un muchachito ,que andaba pastoreando los rebaños de su padre Jesé, al que va a ser el Rey David. Vivir para ver, porque nadie veía en el chico más que a un mocoso, mientras que Dios reconoce la nobleza y grandeza del corazón de este crío. ¿Y por qué no sabemos nosotros ver así y nos quedamos tantas y tantas veces en la capa más externa? ¿Precisamos rayos X o simplemente aprender a mirar de otro modo?

Después, en el Evangelio, es Jesús el que devuelve la vista a un ciego de nacimiento, al que además de permitirle recuperar el sentido de la vista y valerse por sí mismo, le enseña a ver con el corazón descubriendo más allá de las apariencias, creyendo y amando, es decir, emocionándose, conmocionándose e implicándose en aquello que le entra por los ojos y le llena la vida.

Seguro que nosotros arrastramos nuestras propias cegueras, y durante esta Cuaresma hemos de ir reconociéndolas y llevándoselas también a Jesucristo. Esas cegueras, que no son tanto de los ojos, sino más bien del alma, hay que tratárselas urgentemente para que podamos volver a recuperar el gusto por la vida, y podamos decir que efectivamente vivimos para ver y creer. Porque a veces terminamos no viendo más que lo evidente, lo superficial, o aún peor, lo sesgado por la ideología más dominante en un momento dado, esto es lo que quieren que veamos solo.

Abramos la mirada, la mente y el espíritu, como si de nuevo fuésemos niños, para poder apreciar la novedad y actualidad de cada cosa, cada ser, cada momento. Ojalá quisiéramos aprenderlo todo de nuevo sin juicios ni filtros reductores. Qué ocasión se nos presenta para que Jesús nos permita recuperar una visión sanada. Dejémonos ver por él, porque es el que ve nuestro corazón, y lo encuentra absolutamente hermoso. Es la inmensa fortuna de ser mirados por el que incondicionalmente nos ama. ¿Cómo no vamos a recuperar la alegría? ¿Y nosotros podremos aprender a mirar también desde el corazón?

ALÉGRATE Y VE   

sábado, 17 de diciembre de 2022

Los patucos

 LOS PATUCOS


En verdad tenemos mucha suerte. Bien podríamos detenernos en repasar todos esos regalos inmensos que la vida nos ha concedido. Pero hoy solo querría fijarme tan solo en uno de ellos: nuestras benditas abuelas. Porque si una madre es una madre -como ciertamente lo es-, entonces una abuela es la madre de la madre, o la doblemente madre, o no sé si ya excediéndonos un poco, la madre al cuadrado, la requetemadre o la supermadre.

Tal vez por ello en español tenemos esa expresión de "no tiene abuela", para referirnos a aquel sujeto que como no tiene quién cuente sus propias excelencias, -las abuelas son muy diestras y objetivas en dicha tarea- ha de recurrir a elogiarse reflexivamente, lo que no siempre está bien visto por la audiencia. Por tanto, es mejor que de cada uno de nosotros hablen nuestas abuelitas; y si ya están allá arriba en el cielo, que sigan hablando y presumiendo de nietos con los ángeles, pues es seguro que se han de entender bien entre ángeles.

Una de las preciosas tareas que desde el principio de los tiempos han asumido las abuelas, es la de confeccionar unos maravillosos patuquitos para el bebé que va a nacer. De lana o de ganchillo ningún bebé debería nacer sin su colección de comodísimos y celentitos patucos, y eso a sabiendas de que a los nenes les gusta mucho llevar los piececillos al aire, tal vez por si en algún momento les apetece llevárselos a la boca, costumbre esta muy extendida afortunadamente solo entre los bebés.

Pues bien, yo no sé si Santa Ana habría podido tejerle algo similar a unos patucos a su nietecito; tampoco sé si al partir en la burrita les dio tiempo a meterlos en el petate, pero es seguro que como buena madre, también sería magnífica abuela, y que de haber podido le hubiese tejido los más primorosos patuquitos para el Niño Dios. Tal vez, toda abuela cuando se pone a hacerle los patucos a su nieto también se los teje al Salvador, porque no hay bebé que no sea parecidísimo a ese Chiquirritín al que alude el famoso villancico.

Pero ¿y nosotros? La llegada es ya inminente. José, María y el pequeñín ya están muy cerca de Belén. ¿Has tenido tiempo de prepararle unos patucos al Niño? Porque no importa que otros ya se los hayan tejido, lo que verdaderamente importa es que cada uno de nosotros esperemos su llegada tal y como la espera una madre o como la espera una abuela el nacimiento de aquel que ya antes de nacer va iluminando nuestra vida.

A algunos nos da por mirar mucho el firmamento buscando esa estrella fugaz que brilla de modo insólito y por ello es única y especial. Es una sana costumbre esta de mirar expectantes, tanto hacia arriba como en derredor. Porque saber mirar descubriendo discretas maravillas es en realidad todo un arte al alcance de cualquiera. A lo mejor aprender a mirar así es lo propio de este tiempo de Adviento.

Pues a mí, que aún no he aprendido a tejer buenos patucos, me gustaría ver esa estrella en el brillo de tus ojos porque esperas como una abuela el nacimiento del Niño, con los blandos y suaves patucos dispuestos en las manos, y con un pesebre humilde, cálido y sencillo en el corazón. Es el Niño Dios, es el Redentor, y aunque no haya sitio en la posada, tal vez en tu vida sí que podría encontrar un hogar de acogida.

viernes, 1 de abril de 2022

Escrito sobre la arena

ESCRITO SOBRE LA ARENA 





Lo escrito sobre la arena no perdura. Llega el viento, remueve los pequeños granos del suelo, y tan humilde página retorna al estado anterior a la escritura. Entonces ¿para qué escribir? ¿Escribir por escribir o tal vez querías dejarnos solo el gesto, dándonos opción a múltiples opciones interpretativas?


No podemos saber a ciencia cierta lo que Jesucristo se puso a escribir en el suelo con el sencillo instrumento de su dedo. No podemos más que imaginar los trazos de su letra. También ignoramos si escribías en griego o hebreo. Pero sí sabemos que esa es la única vez que los textos evangélicos te representan escribiendo al mismo tiempo que guardabas silencio, y lo hacías en el lugar más básico posible: el suelo.


A lo mejor el mensaje que nos dejaste escrito, y que debe ser el suelo o la base de todo nuestra vida, es que antes de juzgar a nadie, sepamos también hacer silencio y mirarnos en verdad y con misericordia a nosotros mismos. Y que en lugar de demandar con urgencia la condena del frágil, volvamos la mirada a nuestra propia fragilidad.


Yo quisiera aprender de ti a mirar así como tú nos miras. Te llevan delante a una mujer a la que han hallado cometiendo adulterio. Una mujer a la que todos ya han sentenciado como culpable, para que te pronuncies y así poder criticarte después, tanto como si te muestras benévolo como si lo haces inflexible. Pero tú tienes la capacidad de salirte de su mirada estrecha y de sus pretensiones. Tú logras ver a la persona con una mirada limpia, porque miras a lo oculto de su corazón y ves en ella un amor de tal calibre, que es infinitamente más hermoso que cualquier error que haya podido cometer. Eres hombre como nosotros, pero sabes mirar como Dios, con toda la misericordia del Padre, tal como nos hablas de Él una y otra vez.


Esa mirada sobre la persona, que la restaura en lugar de condenarla; esa mirada que aprecia, sana y restablece; esa mirada que no es según la Ley escrita en piedra y sus múltiples preceptos, sino el único precepto que importa, el que ve integralmente al ser humano, con toda su libertad y dignidad. Esa mirada que no se resiste a la grandeza de lo pequeño que demanda tanto amor. Queremos y necesitados ser mirados por ti como miraste a la mujer adúltera, y después escucharte decir:


"Yo tampoco te condeno. Vete, y en adelante no peques más"


Que hablen los ojos, que escruten la verdad del corazón. Y que escuchen más aquellos que se sienten muy seguros en lo políticamente correcto, en lo consabido o en el prejuicio, y que actúan según un protocolo previamente establecido. Enséñanos a mirar así, con esos rayos equis de la compasión, y sabremos descifrar la escritura imborrable con la que has escrito prodigiosamente cada rostro.


Descubramos ese mensaje que escribe Jesús en cada uno de nosotros, no en piedra, para que se nos haga evidente y de obligado cumplimiento, sino en esa materia sutil de nuestra libertad. Allí podremos leer las más hermosas palabras que tan solo un hombre, que también es Dios, puede escribir. Pero para descubrir esa secreta escritura hemos de aprender a mirar, y a mirarnos, con esa mirada con la que tú nos miras sin prisa alguna el alma.







sábado, 19 de marzo de 2022

LO QUE NO SE VE

 LO QUE NO SE VE


Si algo podríamos afirmar respecto del comportamiento de los humanos actuales es su escasa capacidad de atención. Vamos tan deprisa por la vida, y bombardeados por tantos y tantos estímulos, que nos dispersamos y nos perdemos en infinitas naderías. Cuando se va de lo uno a lo otro en tiempo récord, y aún así los 1440 minutos que tiene el día se nos agotan en una frenética actividad sin sentido, viene a ser prácticamente imposible detenerse en nada, ni captarlo, ni profundizar en ello, ni comprenderlo. Tal vez por ello actuamos más de lo que pensamos y compramos más de lo que necesitamos.

A menudo nos movemos en la más estricta de las superficialidades. No abunda el pensamiento crítico, aunque sí las fakes y los populismos, porque no somos dados a los matices ni las particularidades. Demandamos el pensamiento ya prefabricado y facilón. Solemos ver en blanco o negro, y listo para llevar con solo aceptar pulsando cómodamente en la pantalla de cualquiera de nuestros diversos dispositivos. Pero la realidad, sea del ámbito que sea, suele ser compleja y requiere tiempo, análisis y discernimiento. ¿Pero quién tiene tiempo para ello?

Además, siempre hay un rico trasfondo que no percibimos, pero que suele ser determinante. No solo hay que considerar lo visible o evidente, con frecuencia, justamente lo que no percibimos a la primera es lo que puede explicar el porqué de los fenómenos. No pretendo que seamos tan sagaces como el mismísimo Sherlock Holmes, pero sí deberíamos caer más en la cuenta de lo que falta y tratar de indagar más, salvo que queramos no descubrir el quid de la cuestión.

El aire no lo percibimos, pero sin él tampoco podemos seguir percibiendo. Los sentimientos, los valores o ideales, las causas y motivos, los intereses, el móvil ni se nos pasan por la cabeza cuando precipitadamente interpretamos lo que nos va ocurriendo. Y así nos va. Necesariamente erramos y volvemos a errar, pues no hemos contemplado bien esa parte crucial que subyace.

Pero lo que no se ve importa, e importa mucho, más aún si nos lo tratan de ocultar.

San José -festividad que hemos celebrado este sábado- también estaba en lo oculto, pero su tarea y discreta es fundamental: ser el padre de Jesús y el marido de Santa María. Fue un hombre humilde, trabajador, fiel, soñador, amante, creyente y capaz de dar su vida por los demás. Pero que supo mantenerse en dónde no se le veía. ¿Por qué? Seguramente porque él sí que veía lo que los demás no veían.

Jesús de Nazaret ve más allá, frente al modo de juzgar de sus coetáneos, que se quedan en las apariencias y en los prejuicios, Él ve en lo profundo de la persona -llamémoslo corazón-, y por eso es capaz de rehabilitar a marginados, enfermos y pecadores.

En las lecturas de este tercer domingo de Cuaresma se nos relata la experiencia de Moisés ante la zarza ardiente. Es capaz de distinguir la singularidad de esa zarza y percibe lo sagrado, porque ve más allá, escucha más acá, y se produce el encuentro con la realidad de Dios, esa que nosotros, tan adictos a la superficialidad damos por superada, y consigue ver y descubrir lo que no se ve.

En la parábola que emplea Jesús también podemos ver por qué el labrador decide no arrancar la higuera que no daba fruto, y se compromete a seguir esforzándose para que en la próxima temporada dé una cosecha abundante. No se deja llevar por las primeras impresiones y por criterios meramente productivos, sino que confía, cuida y espera.

Hoy la higuera somos tú y yo, y ten por seguro que Él va a poner todo de su parte para que tú logres sacar tu mejor versión.