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sábado, 10 de febrero de 2024

¿Quién te has creído?

¿QUIÉN TE HAS CREÍDO?



Aparentemente vamos por la vida muy seguros, o al menos con la percepción clara de saber muy requetebien lo que somos, y, por supuesto, lo que son todos los demás, y a qué podemos atenernos en cuanto a cada uno de ellos. Es algo tan supuesto, tan obvio, tan patente, que para qué vamos a plantearnos lo que no sé por qué no vamos a dar por seguro. Pero tal vez de ahí nazcan muchos de nuestros errores de cálculo, porque damos por supuesto y admitimos demasiado a la ligera y precipitadamente nuestras consideraciones. Bien saben esto los viven de la manipulación y del engaño, y, por supuesto, lo utilizan en su beneficio.

De aquellos grandes sabios que en el mundo han sido, los que nos han precedido y son poseedores de tan contrastada solvencia intelectual, como son Sócrates o el valenciano Juan Luis Vives, hemos sabido que antes de aprender algo nuevo, conviene desaprender los equívocos que solemos tomar por certezas. Pues si ya en los fundamentos del saber vamos errados, cómo va a tener consistencia todo conocimiento que sobre cualquier prejuicio levantemos. Vano será el esfuerzo; tiempo perdido en esa ardua labor de búsqueda de la verdad, aunque tan solo sea nuestra verdad de andar por casa tratando de entender nuestro pequeño mundo.

Todo este curso andamos insistiendo una y otra vez en la importancia de escuchar, pues como los seres humanos nos dejamos a menudo influir por el entorno, y el actual no se caracteriza por el noble arte de la escucha, sino por el juicio inmediato sobre el otro o sobre cualquier cuestión, sin haber escuchado ni sopesado cuáles son sus razones, su postura, sus problemas o intención. Si no escuchamos no nos podremos enterar de quién es el ser humano que tengo delante, qué le puede estar pasando, de si llego a entenderle y en qué puedo auxiliarle. Pero es que sin escucha interior tampoco sabré quién soy realmente y no podré llevar una a existencia acorde con lo que verdaderamente soy. Y ya no hablamos de si también me niego a mi mismo la posibilidad de escuchar a Dios, a Aquel que mejor y siempre anda siempre dispuesto a escuchar a sus hijos.

Pues hoy, en este sentido, para variar un poco, pero sobre todo para completar nuestras carencias, y al mismos tiempo los remedios que tenemos al alcance, habría que añadir que no solo hemos de aprender a escuchar, sino que además hemos de aprender a mirar y mirarnos. ¿Así que hemos de desaprender la manera en que escuchamos y miramos la realidad? Pues parece que puede sernos de gran beneficio empezar a ver sin suponer, y de escuchar con verdadera atención. No se trata tanto de creer que ya sabemos, sino de constatar que no nos enteramos tan bien como habíamos supuesto, que podemos mejorar nuestra capacidad de ver y escuchar para empezar a apreciar de nuevo lo que tengo delante de los ojos y ante los oídos.

Desaprendamos cuanto antes a juzgar ¿quién soy yo? ¿Quién me he creído para poder juzgar por encima del hombro a los demás? ¿En qué fundamento me baso? ¿En una mera impresión? ¿En lo que me ha llegado? Porque demasiadas veces nos basamos en estereotipos, en etiquetas impuestas que todos llevamos, porque nos colocamos con gran facilidad. No, el ser humano no es una etiqueta, si le reducimos a eso es que hemos de empezar urgentemente una cura de desaprendizaje radical, para evitar distorsiones y cegueras autoasumidas.   

En las lecturas de hoy -qué suerte inmensa poder ajustar habitualmente nuestra óptica a la luz del evangelio- nos damos cuenta que, frente a la manera establecida de considerar a los leprosos en tiempos de Jesús, y, por tanto, de marginar y excluirlos, Jesús sabe mirar de otra manera, de una manera totalmente diferente. ¡Ojalá llegáramos a mirarnos los unos a los otros así! ¿Leproso de qué? Ser humano doliente, ser humano necesitado ¿O es que la etiqueta impuesta de leproso ya anula lo fundamental del hombre. Porque si lo anula, entonces los desposeemos de su dignidad intrínseca, y ya podemos justificar y dar por bueno cualquier maltrato, cualquier exceso. 

Efectivamente, mucho nos jugamos en esto de ver a través de las etiquetitas, porque sin darnos cuenta, sin ser conscientes, estaremos asumiendo discriminaciones injustificables, pero evitables. De eso se trata, de aprender a ver en verdad y a escuchar con nitidez desde el corazón, ya que la ignorancia de las leyes (las del amor) no justifica la falta. Empecemos cuanto antes a desaprender a comportarnos como seres escindidos de nuestros semejantes, y aprendamos a vivir con y para los demás, es decir, de forma humana y fraterna. ¿Es mucho pedir?

Hoy, quizás, sea un momento propicio para revisar qué etiquetas te has puesto o te han puesto y llevas a cuestas; pero, de igual manera, para tomar conciencia de las etiquetas que tú puedes ir proyectando y asumiendo como buenas respecto a los demás.

Aunque la lucha contra la lepra está ya muy avanzada, posiblemente podamos hablar de nuevas lepras. Una de ellas bien puede ser esa de imponer sambenitos por doquier y sin justificación alguna. Otra de las lepras más pujantes puede ser la de la tan expendida indiferencia, o el individualismo, el narcisismo, el materialismo, los apegos, etc. Pues acude al Salvador que se acerca y con esa mirada que escucha, que conoce y ama, que no sabe de etiquetas, te dice: "Quiero: queda limpio". así de fácil, así de auténtico.

NO DEJES PASAR ESTA OCASIÓN, PÍDELE QUE CURE TUS INCOHERENCIAS




 

sábado, 18 de marzo de 2023

Vivir para ver

 VIVIR PARA VER


Es frecuente encontrarse con personas que no están pasando sus mejores momentos. Algunos de nosotros también hemos podido pasar por esos bajones de ánimo que a todos nos pueden afectar en un momento dado. Otros, incluso, tienen que vérselas con alguna situación durísima, y por sí solos no se sienten capaces de superar la desesperación en la que se encuentran sumidos. No ven ni salida posible, ni un atisbo de luz al final del camino. Pero los hombres no somos islas, y estamos los unos junto a los otros, no para competir, sino para todo lo contrario, para apoyarnos, tratar de ser de ayuda y poder levantarnos los unos a los otros. Muy equivocados están los que conciben que el ser humano solo es un lobo para el otro hombre, porque si entienden así las relaciones con sus semejantes, terminarán portándose como depredadores con los demás.

Sin embargo, hay otras maneras mucho más creativas de situarse ante la existencia. Por ejemplo, se podría vivir estando pendiente de todo y de todos, para descubrir, admirar, valorar, agradecer y amar el milagro de la vida. Aun sabiendo que la expresión "vivir para ver" se usa con el sentido de que ya a uno no le sorprende nada, y hasta que lo peor cabe dentro de nuestras expectativas, también podemos hacer uso de esa fórmula justamente para expresar que saber ver es, en definitiva, uno de los cometidos más interesantes de la vida. Ver lo que acontece, no tanto desde la queja, sino desde el asombro.

Para ello los hombres hemos inventado las gafas, los microscópicos, la cámara fotográfica, el catalejo o hasta el telescopio. Queremos ver bien a toda costa, y por ello hay una gran oferta una tecnologica de alta gama y última generación al alcance de las más poderosas tarjetas de crédito; porque el número de píxeles y la definición de la televisión o de la pantallita del móvil importa mucho.

Pero hay una realidad infinitamente rica fuera del alcance de nuestras pantallas. Una realidad que nos pasa desapercibida en muchos casos. Llamémosla realidad real frente a la realidad virtual a la que nos estamos poco a poco reduciendo.

Pues en las lecturas de este cuarto domingo de Cuaresma, conocido como Domingo Laetare, precisamente se nos habla de cómo nos ve Dios. Así descubre en un muchachito ,que andaba pastoreando los rebaños de su padre Jesé, al que va a ser el Rey David. Vivir para ver, porque nadie veía en el chico más que a un mocoso, mientras que Dios reconoce la nobleza y grandeza del corazón de este crío. ¿Y por qué no sabemos nosotros ver así y nos quedamos tantas y tantas veces en la capa más externa? ¿Precisamos rayos X o simplemente aprender a mirar de otro modo?

Después, en el Evangelio, es Jesús el que devuelve la vista a un ciego de nacimiento, al que además de permitirle recuperar el sentido de la vista y valerse por sí mismo, le enseña a ver con el corazón descubriendo más allá de las apariencias, creyendo y amando, es decir, emocionándose, conmocionándose e implicándose en aquello que le entra por los ojos y le llena la vida.

Seguro que nosotros arrastramos nuestras propias cegueras, y durante esta Cuaresma hemos de ir reconociéndolas y llevándoselas también a Jesucristo. Esas cegueras, que no son tanto de los ojos, sino más bien del alma, hay que tratárselas urgentemente para que podamos volver a recuperar el gusto por la vida, y podamos decir que efectivamente vivimos para ver y creer. Porque a veces terminamos no viendo más que lo evidente, lo superficial, o aún peor, lo sesgado por la ideología más dominante en un momento dado, esto es lo que quieren que veamos solo.

Abramos la mirada, la mente y el espíritu, como si de nuevo fuésemos niños, para poder apreciar la novedad y actualidad de cada cosa, cada ser, cada momento. Ojalá quisiéramos aprenderlo todo de nuevo sin juicios ni filtros reductores. Qué ocasión se nos presenta para que Jesús nos permita recuperar una visión sanada. Dejémonos ver por él, porque es el que ve nuestro corazón, y lo encuentra absolutamente hermoso. Es la inmensa fortuna de ser mirados por el que incondicionalmente nos ama. ¿Cómo no vamos a recuperar la alegría? ¿Y nosotros podremos aprender a mirar también desde el corazón?

ALÉGRATE Y VE