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sábado, 14 de marzo de 2026

En un abrir los ojos

EN UN ABRIR LOS OJOS


Un privilegio extraordinario, una maravilla enorme, la capacidad de poder ver. Aquellas personas privadas del sentido de la vista aprenden a vivir con esa limitación y afinan la percepción con otros sentidos. Pero los que sí disponemos de la capacidad de ver, deberíamos mirar y admirar esta realidad luminosa que se nos ofrece a través de los ojos. Aunque ciertamente da pena que cada vez vayamos reduciendo el uso de tales órganos para solo contemplar ese mundillo virtual que las pantallas nos ofrecen. ¿No será mejor alzar los ojos de la pantalla para atender a las personas, a los parajes, al cielo, al arbolado que se desvive en esta primavera? ¿Qué hemos hecho con nuestra sana curiosidad y dónde se nos ha quedado la sensibilidad?

Al igual que los salmistas se refieren a las efigies de los dioses, que tienen ojos pero no ven, tienen oídos pero no oyen, tal vez a nosotros también nos esté pasando algo parecido, pues cada vez vemos menos por estos ojazos que tenemos, y cada vez escuchamos menos y peor con estas orejas enganchadas permanentemente a unos potente auriculares que nos ensordecen voluntariamente. Y sí, admitámoslo: este tipo de sorderas y cegueras elegidas, que nos impiden apreciar la realidad tal cual es, no proceden sino de un uso torpe de nuestra libertad, una libertad no liberada, que no se atreve a vivir conscientemente como seres humanos, porque preferimos renunciar a ella.

Esas cegueras y sorderas son precisamente las que Jesucristo puede liberar, puesto que está siempre dispuesto a ello si nosotros así lo deseamos, aunque a menudo son también estas las que motivan que no reconozcamos a Aquel que viene a encontrarse con nosotros y nos alejemos. Ese camino de encuentro con Él es la Cuaresma, el tiempo para lograr quitarnos de tanto lastre que nos hemos ido echando a las espaldas. Pero Él, a través de su palabra nos facilita el medio en que podemos abrir los ojos y reconocer al Dios que nos invita a su amor. Cristo sí que nos quiere ver a nosotros. Aunque estemos lejos o ciegos o sordos o perdidos o escondidos, nos ve bien cercanos, no nos rechaza ni se escandaliza, sino que nos acepta incondicionalmente.

Es por eso que a este cuarto domingo de Cuaresma se le denomina "Laetare". Hemos de alegrarnos porque la Cuaresma no es un itinerario tortuoso a evitar, sino una vía de descubrimiento y liberación que nos propone la Iglesia para reconocer y amar a Jesús, nuestro Salvador. Es un tiempo para abrir los ojos a la gran verdad de lo que somos y podemos ser. Si vamos avanzando en la transformación cuaresmal, en esa limpieza requerida para apreciar el don de Dios, podremos efectivamente sentir el júbilo de ir realizando un buen trabajo cuaresmal, un crecimiento interior.

Cuando Samuel va a la casa de Jesé siguiendo las mociones del Espíritu, en el hijo más pequeño. que ni siquiera constaba, el último de todos ellos, justo en ese el profeta identifica al que el Señor sabe ver, no como miramos los hombres, por la mera apariencia exterior, por una primera impresión superficial, sino como nos ve Él, por nuestra capacidad de amar y hacer el bien. Dejémonos también nosotros mirar así, como miran los que aman, sin miedo ni vergüenza, con aprecio, y aprendamos a abrir los ojos, los ojos del espíritu, para mirar como Dios nos mira. David, el más joven, es el que es elegido para protagonizar esa aventura de libertad y amistad con Dios.

Que al igual que Jesús abre los ojos al cielo de nacimiento en el evangelio de hoy, dejémonos abrir también nosotros los ojos por Él. Dejaremos atrás el mundo feroz de la oscuridad para empezar a ser hijos de la luz, hacedores de bien y verdad, artífices y servidores alegres del Reino. Frente a la necedad intransigente de los fariseos, que ni siquiera se alegran por el bien recibido de la vista en el ciego, pues se oponen a Jesús, que sana y salva a los hombres porque lo hace incluso en sábado. Resulta que son ellos los auténticos ciegos para distinguir las acciones de Dios, la luz del mundo presente y actuante. Sin embargo, el ciego no sólo recupera la vista, también, además, se le abren los ojos de la fe para contemplar al Hijo del hombre delante de sí. Ve y se deja ver por el Mesías.

Pues si nosotros vamos abriendo los ojos como nos pide la transformación cuaresmal, también podremos situarnos junto a Él, acompañarle hasta Jerusalén; ver y vivir intensamente estos días que se acercan de la pasión, muerte y resurrección del Señor. Veremos de una manera radicalmente nueva a toda criatura, de forma semejante a como la ve el mismo Resucitado. Somos su pueblo, el nacido de la pascua, y ya no podemos ver un mundo abocado a la disputa permanente, a la polarización, al conflicto fratricida y al absurdo, sino que vemos con esos ojos en que siempre triunfarán la misericordia y el amor de nuestro Padre.

sábado, 28 de febrero de 2026

Adentrarse en el laberinto

ADENTRARSE EN EL LABERINTO


Buena gana de calentarse la cabeza, de complicarse, de meterse en camisas de once varas. Bastantes complicaciones ya tenemos, como para que con motivo de la Cuaresma además se nos invite a dejar las comodidades en las que nos hemos instalado, para internarnos en otro lío del que no sabemos si nos llevará a algún sitio, y ni siquiera si esa supuesta salida es adonde queríamos llegar. Lo habitual suele ser quedarnos en la trinchera, tal y como estamos e ir campeando el temporal según vaya viniendo; es decir limitarnos a una pasividad temerosa. ¿Pero acaso la vida es sólo eso o en algún momento habrá que atreverse a algo por lo demás necesario? Sea como sea, hay un poderoso impedimento que nos tiene paralizados a la mayor parte de los mortales, y por ello terminamos conformándonos con unos mínimos vitales que no nos satisfacen. Somos más, aspiramos a más, pero nos quedamos en mucho menos.

Ahora bien, el camino cuaresmal, si es que estamos dispuestos a afrontarlo, nos va a llevar a un atolladero, a todo un laberinto existencial del que no sabemos a ciencia cierta si sabremos resolverlo. ¡Ay de aquellos que nunca jamás se atrevan a cruzar por ese laberinto o desierto que portamos dentro de nosotros! ¿Cómo plantearnos nuestra propia identidad sin buscar en nuestro propio interior laberíntico? Puede que eso que creemos ser, y que nos suele venir dado desde parámetros externos a nosotros, no sea más que un disfraz coercitivo que nos impide mostrar nuestro verdadero rostro. Habrá que escapar de identidades incompletas o incluso faltas que hemos ido asumiendo.

Al menos en Cuaresma toca tratar de ponerse en verdad ante nosotros y ante Dios, sin engaños, sin tapujos y sin excusas. Y ello requiere ponerse en marcha, atreverse, adentrarse en ese exilio voluntario de inadaptación y comenzar a lanzarse preguntas de largo alcance. De igual manera que un árbol no puede llegar a alcanzar todo su desarrollo si no crece hacia adentro en la tierra, en lo secreto, y allí encontrar el fundamente en que sostenerse, cada uno de nosotros no podrá desarrollar su potencial si a la vez no indaga en lo profundo y echa raíces potentes que le permitan sostenerse con firmeza. Claro que les va a costar trabajo a las raíces abrirse paso en la oscuridad de la tierra, pero es esa la manera de poder afianzarse para después extender tronco y ramas con poderío y gracia.

Abrán, que presta atención a la voz de Dios por encima de otras voces y ruidos, emprende su viaje dejando atrás aquello que era y poseía buscando lo que no sabía, lo que en verdad debía ser. Tras esa partida y el recorrido en post de lo intuido ya será Abrahán. En este tiempo de Cuaresma también hemos de aventurarnos nosotros en esa búsqueda que nos conduzca a la proximidad con lo que Dios nos tiene preparado. Si no acudimos al encuentro con el Dios más íntimo a nosotros que nosotros mismos, no aprovecharemos ese itinerario que se nos ofrece. El laberinto primero te llevará adentro, al secreto, y de allí saldrás transformado, con una certeza que brotará de la experiencia, y habrás echado raíces que te nutrirán y sostendrán.

Durante ese viaje interior no vas a estar solo sino guiado por Aquel que te llama. Él te aguarda y te acompaña, Él cuida de ti y te sostiene, Él es la brújula que te orienta para cruzar el desierto o el laberinto sin posibilidad de extraviarte. Amárrate bien al timón que te mantendrá en el rumbo correcto. Cuentas con la fuerza de su misericordia y los vientos son favorables. Sal de tu tierra, emprende tu viaje.

Si sigues, y Él te lo permite, podrás también ascender con Cristo al monte Tabor. Vas a participar en algo insólito. Allí, en lo secreto, te va a ser mostrado lo que permanece y permanecerá oculto: la verdadera naturaleza de Jesús, enteramente hombre y Dios, ese, el Hijo amado en el que se complace el Padre y que hemos de escucharlo para tener verdadera Vida y verdaderas raíces. Es el monte de la transfiguración, el que asciende allí, como si se hubiera sumergido de lleno en el misterio de Dios, bajará del monte también transfigurado. Ya no serás el mismo que subiste, tal y como el que ha sido capaz de encontrar la salida del laberinto, en sí llevará también la zarza ardiendo, esa llama que abrasa pero no se consume; esa que otorga Dios a los que aprenden a transfigurarse en la llama del amor.

Si superamos comodidades, reparos, perezas, miedos y bloqueos y nos atreveremos a adentrarnos en el laberinto, aunque haya pruebas y soledad, también habrá hallazgo y verdad. Si activamos nuestra libertad personal fundamental, la que tiene sed de Dios, aprovecharemos esta Cuaresma también para transformarnos con Él. Vamos hacia Jerusalén con Jesús. Ha de ser un camino de desprendimiento y liberación, una purificación. Vamos a la entrega del Hijo, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Podemos ascender con Él, podemos ser sus seguidores, o por contra quedarnos al margen, como si lo que aconteció, acontece y acontecerá no fuera con nosotros.

Es necesario superar lo que todavía no se es, atravesar la oscuridad del sinsentido, para descubrir a Aquél que se nos transfigura, el que es luz del mundo y puede ser la luz en la que reconocer el rostro del Dios humanado, del rostro del hermano y de también de tu propio rostro humano. A su luz, a la luz posible por la oración. Caminemos, pues, hacia la claridad, aunque sea incierto aún el camino.

sábado, 14 de febrero de 2026

Acertar de pleno

ACERTAR DE PLENO


Basta con un poquito de maña y práctica para comenzar a adiestrarse en el tiro con arco. Si además se cuenta con un buen monitor y se persevera, lo lógico es ir progresando y afinar poco a poco la puntería. Tal vez podríamos aventurarnos a establecer similitudes entre esto del tiro al arco y una vida que tensa, que se esfuerza y apunta un objetivo lejano, pero preciso. Cada intento supone arriesgarse: bien se puede fallar, bien se puede acertar. Así, por ello, en la vida deberíamos también tratar de ir adquiriendo cierta pericia en el noble arte vivir; pero las evidencias muestran que no siempre se tiene esa disposición para la adquisición de conocimientos, destrezas, habilidades y competencias necesarias para acertar de lleno con una biografía que produzca satisfacción, propia y ajena, que obtenga la calificación máxima.

¿Qué nos impide al menos tratar de conseguir vivir con cierto mérito y de manera honesta? Basta prestar atención a aquellos que optaron por la vía fácil frente a los que su existencia ha consistido en todo un ejemplo de superación. Fueron afinando la puntería, para acabar acertando de pleno. ¿Por qué entonces nos obcecamos tantas veces en emular a los que mal empiezan y peor aún acaban? ¿Es que no estamos ya suficientemente advertidos de vidas extraviadas? De necedad habría que calificar la elección de aquellos que habiendo sido advertidos persisten en vivir como insensatos. Poco piensan por sí mismos, se dejan llevar sin control ni dominio propio, son pasto del capricho o del viento que sopla an cada momento. No logran hacerse con las riendas de su vida, y por ello no llegan a buen término.

Y es que afortunadamente no partimos de la nada, sino que podemos aprovechar el tesoro que nos han legado los maestros que en el mundo han sido, para establecer el suelo nutricio adecuado en el que arraigarnos. Contamos con su experiencia, con su rico bagaje, con un saber verdaderamente aprovechable. Hubo y hay hombres sabios de los que se puede aprender mucho. Desde ahí que haya que tratar de descubrir lo valioso de sus enseñanzas para afinar el tino de nuestras decisiones. Hagamos, por tanto, el esfuerzo es escuchar y escrutar la sabiduría recibida, para que desde ella podamos aprender el camino recto que conduce al acierto. No es lamentable errar, pero, sin embargo, sí que lo será si fallamos por descuido o desinterés, echando en saco roto lo mejor del mensaje que nos ha hecho llegar la tradición sapiencial.

Las lecturas de este VI domingo de tiempo ordinario, previo ya a la inminente Cuaresma, nos avisan que no nos queda otra que optar, hacer uso de nuestra libertad, para amar de manera abierta y sincera o limitarnos a un amor egocéntrico, pacato y cerrado. Si quieres vivir a la manera que Dios te propone, valora y agradece, en lugar de exigir y quejarte; reconcíliate con el hermano, piensa, siente y actúa conforme a los mandatos del Señor, creador del hombre y del universo, y no atentes contra su voluntad. Procura que tu comportamiento sea intachable, por mucho que los reclamos para no hacerlo sean numerosos. Cada uno ha de ser responsable de lo que hace y de lo que deja de hacer, aún teniendo la posibilidad de haberlo realizado. Ahí está el acierto o el fallo, y también el secreto que nos capacita para lograr la plenitud, porque no es sino amando como se llega a ella.

Los seres humanos, hoy como ayer y como siempre, con toda urgencia, hemos de superar una condición humana reductora, que no desarrolla todo su potencial. Hemos sido hechos para Dios, y como dice San Agustín, nuestro corazón no está satisfecho hasta que no descansa en Él. Si quieres seguir tu propia ley al margen de la de Dios, para utilizar al resto de semejantes según tu interés: sólo cosecharás dolor e insatisfacción. Por contra, si accedes, acoges y amas como Él nos enseña, puedes considerarte sabio, pues sigues al que es la Sabiduría.

Aprovecha esta vida, no la desperdicies ni malogres; intenta acertar de pleno. Dentro de ti, allá donde la conciencia se hace oír, allí el Señor te habla a lo más íntimo. Si escuchas esa voz y actúas en consecuencia, tu acierto será pleno, y no tendrás duda de ello. Además, para los que aciertan hay un premio eterno, sin que la Agencia Tributaria pueda mermártelo, porque hay que dar al César lo que es del César, pero a Dios lo que de verdad cuenta, lo que verdaderamente está en juego.

Vive para lo grande, no te quedes en el engaño del gozo inmediato ni de las posesiones materiales, pues el mundo suele publicitar una manera fraudulenta de conducirte, no buscando tu bien sino otros intereses inconfesables. Descubre, pues, la grandeza de la vida vivida desde el espíritu. Recompón tu perspectiva con sabiduría y acierto: escucha, conecta, transforma, pues Dios se ha hecho carne real y todo está lleno de su gloria para los que saben descubrirlo y admirarlo. Goza de Dios y de los hermanos y de la vida vivida con acierto. No lo lamentarás. Aprovecha que viene la Cuaresma para depurar lo que en verdad merece la pena.

sábado, 6 de septiembre de 2025

Suena la sirena

SUENA LA SIRENA


Lo queramos o no, ya toca despertar del sueño vacacional, aunque el tiempo se nos haya pasado volando. A unos nos costará más, a otros menos, pero a todos nos va tocando regresar a los lugares de residencia habitual, a los horarios que el día a día nos va imponiendo entre múltiples ocupaciones y obligaciones.

Ciertamente se hace duro volver a escuchar el sonido estridente de las sirenas y los despertadores, que ya nos convocan a la actividad. Cuesta lo suyo dejar atrás el sonido del remanso del arroyo, el rumor repetitivo y adormecedor de la las olas perdiendo su ímpetu en la orilla de la playa o el canto alegre de los pájaros y los grillos. Se acabaron de pronto las largas jornadas calurosas de luz recia y las noches bajo un cielo hermosamente igualable de estrellas, que invita a trasnochar y seguir soñando despiertos. Nos pasa todos los años desde que el mundo es mundo, o al menos desde que somos capaces de recordar: llega septiembre y con él el comienzo del cole. Ahora lo llaman depresión postvacacional, y a todos en distinto grado nos afecta. Cuando se termina un periodo, empieza otro que puede ser tan bueno o más que el anterior; esto en gran medida dependerá de cómo estemos dispuestos a vivirlo y a aprovecharlo.

Aunque tal vez no sea tan difícil encontrar algún remedio para tan extendido mal. Por ejemplo, nos puede ser posible alegrarnos por todo lo vivido durante el verano, por haber disfrutado y descansado tanto como se ha podido. Unos aprovecharon para viajar, otros para poder devorar libros, otros para reunirse con familiares o amigos a los que el resto del año difícilmente se les puede ver con calma, y hay quien pudo disponer de un tiempo no acotado por el despertador, para dar rienda suelta al sueño mañanero.

Otro motivo por el que podamos asumir este regreso a las aulas bien puede ser también que nos vamos a reencontrar con los amigos y compañeros, que lo que ahora tenemos por delante tampoco es tan terrible. En nuestro caso cuando suenan las sirenas es tan sólo o para marcar el comienzo de las clases o el recreo, o para indicarnos su conclusión, y no como está ocurriendo en otras zonas del mundo, en las que el sonido de las sirenas anuncia un nuevo ataque de efectos devastadores impredecibles. Eso sí que es terrible.

El comienzo de un nuevo curso en realidad debería ser muy motivador, porque es una gran aventura que se inicia, una fase nueva en nuestro aprendizaje académico y experiencial, un seguir avanzando juntos, tratando de crecer todos en madurez y humanidad. Con esa actitud hemos de comenzar: aprovechar lo que se nos ofrece y dar gracias por ello. Ojalá este nuevo curso 2025/26 estemos a la altura del reto que tenemos por delante, para poder dar lo mejor de nosotros mismos, tanto como profesores y como alumnos. Pongamos nuestras capacidades, nuestro interés, esfuerzo y motivación, para dejar transformarnos y transformar nuestro centro escolar en una comunidad de aprendizaje, en la que todos nos implicamos, colaboramos y nos ayudamos porque nos sentimos miembros de una gran familia.

A esto precisamente nos llaman las lecturas de este XXIII domingo del tiempo ordinario, a salir de nuestras comodidades y autorreferencias exclusivas para buscar siempre la voluntad de Dios; a no perdernos en un horizonte reducido de intereses propios, sino a tratar de hacer un camino común en el que todos tratamos de convivir concordes como verdaderos hermanos y discípulos de Jesús, el maestro del amor. Ampliemos la mirada y veamos ante nosotros un curso en el que todo esto, que Dios quiere, es posible, y tratemos de llevarlo a cabo con esperanza, fe y caridad, porque para ello todos nosotros memos de sentirnos peregrinos de esperanza. Y se ha de notar en lo que hacemos que verdaderamente lo somos.

¡Que Santa María de la Providencia, nuestra querida Madre, nos acompañe y ayude en este curso que ahora empezamos!

Santa María de la Providencia, madre solícita

que año tras año nos acompañas a lo largo del curso

para que todo nos vaya saliendo bien.

Hoy, el primer día de clase queremos ponernos bajo tu amparo de nuevo.

En los cursos anteriores nos hemos puesto a la escucha atenta y confiada de tu Hijo

y de nuestros hermanos,

hemos querido entender y conectar con la realidad

y las personas que tenemos cerca desde el amor.

Ahora quisiéramos pedirte que nos ayudes una vez más a transformarnos

para ser mejores, para aprender y aprovechar las clases,

para respetar a padres, compañeros y profesores,

porque solo así podremos ser con la ayuda de Dios,

tal y como él nos quiere:

buenas personas, dispuestos y disponibles para transformar el mundo.