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sábado, 14 de febrero de 2026

Acertar de pleno

ACERTAR DE PLENO


Basta con un poquito de maña y práctica para comenzar a adiestrarse en el tiro con arco. Si además se cuenta con un buen monitor y se persevera, lo lógico es ir progresando y afinar poco a poco la puntería. Tal vez podríamos aventurarnos a establecer similitudes entre esto del tiro al arco y una vida que tensa, que se esfuerza y apunta un objetivo lejano, pero preciso. Cada intento supone arriesgarse: bien se puede fallar, bien se puede acertar. Así, por ello, en la vida deberíamos también tratar de ir adquiriendo cierta pericia en el noble arte vivir; pero las evidencias muestran que no siempre se tiene esa disposición para la adquisición de conocimientos, destrezas, habilidades y competencias necesarias para acertar de lleno con una biografía que produzca satisfacción, propia y ajena, que obtenga la calificación máxima.

¿Qué nos impide al menos tratar de conseguir vivir con cierto mérito y de manera honesta? Basta prestar atención a aquellos que optaron por la vía fácil frente a los que su existencia ha consistido en todo un ejemplo de superación. Fueron afinando la puntería, para acabar acertando de pleno. ¿Por qué entonces nos obcecamos tantas veces en emular a los que mal empiezan y peor aún acaban? ¿Es que no estamos ya suficientemente advertidos de vidas extraviadas? De necedad habría que calificar la elección de aquellos que habiendo sido advertidos persisten en vivir como insensatos. Poco piensan por sí mismos, se dejan llevar sin control ni dominio propio, son pasto del capricho o del viento que sopla an cada momento. No logran hacerse con las riendas de su vida, y por ello no llegan a buen término.

Y es que afortunadamente no partimos de la nada, sino que podemos aprovechar el tesoro que nos han legado los maestros que en el mundo han sido, para establecer el suelo nutricio adecuado en el que arraigarnos. Contamos con su experiencia, con su rico bagaje, con un saber verdaderamente aprovechable. Hubo y hay hombres sabios de los que se puede aprender mucho. Desde ahí que haya que tratar de descubrir lo valioso de sus enseñanzas para afinar el tino de nuestras decisiones. Hagamos, por tanto, el esfuerzo es escuchar y escrutar la sabiduría recibida, para que desde ella podamos aprender el camino recto que conduce al acierto. No es lamentable errar, pero, sin embargo, sí que lo será si fallamos por descuido o desinterés, echando en saco roto lo mejor del mensaje que nos ha hecho llegar la tradición sapiencial.

Las lecturas de este VI domingo de tiempo ordinario, previo ya a la inminente Cuaresma, nos avisan que no nos queda otra que optar, hacer uso de nuestra libertad, para amar de manera abierta y sincera o limitarnos a un amor egocéntrico, pacato y cerrado. Si quieres vivir a la manera que Dios te propone, valora y agradece, en lugar de exigir y quejarte; reconcíliate con el hermano, piensa, siente y actúa conforme a los mandatos del Señor, creador del hombre y del universo, y no atentes contra su voluntad. Procura que tu comportamiento sea intachable, por mucho que los reclamos para no hacerlo sean numerosos. Cada uno ha de ser responsable de lo que hace y de lo que deja de hacer, aún teniendo la posibilidad de haberlo realizado. Ahí está el acierto o el fallo, y también el secreto que nos capacita para lograr la plenitud, porque no es sino amando como se llega a ella.

Los seres humanos, hoy como ayer y como siempre, con toda urgencia, hemos de superar una condición humana reductora, que no desarrolla todo su potencial. Hemos sido hechos para Dios, y como dice San Agustín, nuestro corazón no está satisfecho hasta que no descansa en Él. Si quieres seguir tu propia ley al margen de la de Dios, para utilizar al resto de semejantes según tu interés: sólo cosecharás dolor e insatisfacción. Por contra, si accedes, acoges y amas como Él nos enseña, puedes considerarte sabio, pues sigues al que es la Sabiduría.

Aprovecha esta vida, no la desperdicies ni malogres; intenta acertar de pleno. Dentro de ti, allá donde la conciencia se hace oír, allí el Señor te habla a lo más íntimo. Si escuchas esa voz y actúas en consecuencia, tu acierto será pleno, y no tendrás duda de ello. Además, para los que aciertan hay un premio eterno, sin que la Agencia Tributaria pueda mermártelo, porque hay que dar al César lo que es del César, pero a Dios lo que de verdad cuenta, lo que verdaderamente está en juego.

Vive para lo grande, no te quedes en el engaño del gozo inmediato ni de las posesiones materiales, pues el mundo suele publicitar una manera fraudulenta de conducirte, no buscando tu bien sino otros intereses inconfesables. Descubre, pues, la grandeza de la vida vivida desde el espíritu. Recompón tu perspectiva con sabiduría y acierto: escucha, conecta, transforma, pues Dios se ha hecho carne real y todo está lleno de su gloria para los que saben descubrirlo y admirarlo. Goza de Dios y de los hermanos y de la vida vivida con acierto. No lo lamentarás. Aprovecha que viene la Cuaresma para depurar lo que en verdad merece la pena.

sábado, 7 de febrero de 2026

En el lado correcto

EN EL LADO CORRECTO

De manera consciente o no, en la vida nos vamos posicionando hacia un lado u otro de la balanza. A ser posible, al menos deberíamos saber dónde nos encontramos ubicados, por si es ese el lado en el que queremos estar, o, por contra, cambiarnos al que consideremos el correcto. Conviene por ello saber en qué territorio nos encontramos, para poder decidir hacia dónde seguir avanzando, o por dónde retroceder, en el caso de advertir que andamos extraviados. Se hace verdaderamente preocupante no saber ni en dónde se ubica uno, porque entonces se estará perdido por completo.

Es frecuente también que defendamos unas ideas como si estuviésemos instalados en una orilla, pero a la hora de la verdad actuemos de una manera totalmente opuesta. Eso pondría en evidencia nuestra falta de congruencia: creemos estar en una determinada posición, pero nuestras acciones y decisiones lo desmienten, porque ocupamos una muy distinta sin ni siquiera haberlo advertido. Muchas veces llevamos puestas las orejeras del propio interés o de la ideología, con las que nos impedimos a nosotros mismos contemplar otros posibles espacios, salvo aquel en el que nos encontramos férreamente establecidos, es decir, en nuestra zona de no atrevernos a nada, no arriesgarse, e impedir todo crecimiento, apertura y transformación. En fin, sumidos en una auténtica parálisis existencial.

El otro día nos contó una profesora de nuestro centro un cuento de esos que si uno quiere aprovecharlo, da para plantearse cuestiones de hondo calado. Decía que para hacer consciente a su hija sobre cómo le afectaban las cosas y prepararla para la vida, un padre le hizo poner tres cazos con agua a hervir. En el primero colocó una zanahoria, en el segundo un huevo, y en el tercero un puñadito de granos de café. La zanahoria sometida al agua en ebullición se ablandó; el huevo se endureció; pero los granos de café generaron un café aromático y delicioso. Por lo que, dependiendo de dónde se encuentre cada cada uno, se reaccionará de manera diferente. Los dos primeros entendieron que no era para nada su lugar el agua caliente al que estaban siendo sometidos, que estaban se encontraban en medio hostil. La zanahoria se dejó ganar cambiando su dureza en lo contrario, mientras que el huevo pretendió vencer su fragilidad solidificándose. Sólo los granos de café encontraron que el agua hirviendo sí podía ser un lugar idóneo para sacar de sí aquello que guardaban, pues el calor del agua era su aliado.

Cuántas veces nosotros no sabemos estar en el lado adecuado. Cuántas veces el lugar no parece ser el mejor para nosotros. Si admitimos que estando ahí poco vamos a dar de sí, porque no estamos donde podemos desplegar en gran medida lo que verdaderamente somos, reaccionaremos como la zanahoria o como el huevo, pero no como los granos de café. Sin embargo, aún sabiendo que toda dificultad encierra oportunidades para la transformación -lo que no implica que la ausencia de dificultades también las tiene-, la comodidad nos impide en ocasiones aprovecharlas. Y es que estar en el lado correcto no suele suponer que este se convierta en el más fácil y confortable, sino que exige valor, decisión y normalmente complicaciones.

Una vez más, semana a semana y domingo a domingo, la liturgia nos orienta y alienta. ¿Dónde te sitúas? ¿Buscas destacar y sólo llevar una existencia comodona y privilegiada? ¿O el ser cristiano te mueve a ocupar el lugar en el que no te puedes vender para colocarte en una posición destacada? Hay que revisar las coordenadas a la luz de la conciencia y de las lecturas de este V domingo de tiempo ordinario. El profeta Isaías nos indica el lugar correcto para ser vida abierta a los demás: comparte, hospeda, no te desentiendas. No debes ocultarte como Adán o Caín tras la transgresión cometida, sino afirmar sin miedo "Aquí estoy", en el lugar donde acierto a buscar y cumplir tu voluntad. Esa es la luz que brilla cuando el hombre ama y hace el bien a sus hermanos.

No ocupemos por más tiempo el territorio de las sombras, los engaños, manipulaciones, traiciones y excusas. Tratemos de ocupar el puesto del que está dispuesto a servir, el humilde, el compasivo. Porque hemos de ser la sal y la luz de la tierra, y hemos de propiciar que este mundo deje de ser un mundo hostil e inhumano. Comprometámonos en lo poco, pero necesario, que esté en nuestras manos. Así este mundo brillará como solo puede brillar la tierra cuando esta es semejante al Reino de Dios. Hay que situarse ya y en el lado más conveniente para todos, ese en el que Dios te pide que habites siendo sal que da sabor y luz que logra que la belleza salga a relucir.

Desde muy joven, San Juan XXIII se propuso a sí mismo un decálogo para propiciar estar en ese lado correcto y no malograr su existencia. Escribió el famoso Decálogo de la serenidad. Si lo ponemos en práctica también nosotros podremos situarnos en el mismo lugar que él, el Papa Bueno, que coincide de pleno con el mismo lugar de Jesucristo. Si al joven Roncalli le sirvieron, también a nosotros puedan servirnos.

1. Sólo por hoy trataré de vivir exclusivamente al día, sin querer resolver los problemas de mi vida todos de una vez.

2. Sólo por hoy tendré el máximo cuidado de mi aspecto: cortés en mis maneras, no criticaré a nadie y no pretenderé criticar o disciplinar a nadie, sino a mí mismo.


3. Sólo por hoy seré feliz en la certeza de que he sido creado para la felicidad, no sólo en el otro mundo, sino en éste también.

4. Sólo por hoy me adaptaré a las circunstancias, sin pretender que las circunstancias se adapten todas a mis deseos..

5. Sólo por hoy dedicaré diez minutos a una buena lectura; recordando que, como el alimento es necesario para la vida del cuerpo, así la buena lectura es necesaria para la vida del alma.

6. Sólo por hoy haré una buena acción y no lo diré a nadie.

7. Sólo por hoy haré por lo menos una cosa que no deseo hacer; y si me sintiera ofendido en mis sentimientos, procuraré que nadie se entere.

8. Sólo por hoy me haré un programa detallado. Quizá no lo cumpliré cabalmente, pero lo redactaré. Y me guardaré de dos calamidades: la prisa y la indecisión.

9.- Sólo por hoy creeré firmemente -aunque las circunstancias demuestren lo contrario, que la buena Providencia de Dios se ocupa de mí, como si nadie más existiera en el mundo.

10.- Sólo por hoy no tendré temores. De manera particular no tendré miedo de gozar de lo que es bello y de creer en la bondad.

¡Ánimo, que es tiempo propicio para llevar a la práctica este Decálogo, aunque sólo sea por hoy!

sábado, 20 de abril de 2024

No caer en el engaño

 NO CAER EN EL ENGAÑO


Ninguno de nosotros somos nuevos en esto del vivir, ni nos acabamos de caer hace poco del guindo, mas no parece que terminemos de aprender ni espabilar nunca del todo, y por ello, somos presa fácil para los embaucadores. Los empeñados en salirse con la suya a toda costa, taimados y arteros, terminan por volver a camelarnos todas las veces que quieran. Una y otra vez, por más información y experiencia que tengamos, volvemos a equivocarnos, a no elegir la mejor de las opciones disponibles, a errar y meter la pata. ¿Qué nos pasa? ¿Cómo es posible?

Es cierto que si solo tenemos en cuenta la probabilidad, las posibilidades de equivocarnos son muchas, mientras que las de acertar es tan solo una. Pero aún así, es como si no llegáramos a desarrollar un sexto sentido necesario para dar con la verdad, y seguimos prefiriendo pseudoverdades, meras apariencias, trampantojos y decorados, antes de la verdad monda y lironda.

Tal vez habría que diseñar una serie de estrategias para no seguir cayendo tan a la ligera en el engaño. Hoy en día, en la sociedad de la sobreinformación y de los "influencers" de turno, de las "fakes" de toda condición, se nos hace aún más imperiosa la necesidad de andarnos con extrema cautela. Aquel "ten cuidado" que nos decían nuestras madres y abuelas, se nos ha quedado pequeño, ahora habría más bien que decir "estate bien alerta" y de lo que te digan, no te creas ni la mitad. Ten cautela. Piensa y decide por ti mismo en lugar de dejarte llevar por lo que digan las mayorías, por muy aplastantes que estas puedan ser.

El primer fallo que podemos cometer a la hora de vislumbrar lo cierto, sin duda es bajar la guardia, creernos tan listos, tan seguros de nuestra capacidad para distinguir entre lo bueno y lo malo, lo cierto y lo falso, que sobrevaloramos en mucho nuestras propias capacidades. Hay que hilar muy fino para acertar, y además tener talento para descubrir la aguja de lo verdadero en el pajar o lodazal de los engaños.

El segundo error metodológico que podemos cometer es ni siquiera poner en duda la información que nos llega, conceder a todas el mismo marchamo de autenticidad. Craso error, pues hasta a las agencias de información y a los periódicos, que deberían contrastar la información que publican, también le han dado más de una ves gato por liebre. Ya no digamos a los políticos, que controlan muchísimo tanto lo que dicen como lo que callan, y por tanto pecan bastante de ladinos, a ellos también. creyeron ciertas diferentes informaciones que después se demostró que no había por dónde cogerlas. De caer en el engaño no se libra nadie, es mal extendido, y por ello, consuelo de tontos felices.

Y es que el saber delimitar con exactitud milimétrica en cada caso en dónde trazar el límite exacto entre la confianza y el escepticismo, es tarea que requiere la pericia del más experto de los cirujanos, y aún con esas, que en ese preciso momento tenga el pulso firme, cuente con la luminosidad más favorable, y se halle presente el mismo Sócrates como gran consejero de discernimiento mayéutico.

Un tercer factor que podría explicar nuestra obcecada propensión al yerro, podría consistir en que nos preocupa más bien poco eso de perseguir la verdad. Sabemos que esta suele ser escurridiza, y que es meterse en camisas de once varas eso de buscarle tres pies al gato. Que lo busquen otros más esforzados, pues lo mío es más bien quedarme cómodamente instalado es esas verdades a medias,   

Seguramente tendríamos que seguir examinando los posibles errores de apreciación más frecuentes que solemos cometer, pero excede con creces nuestras posibilidades, y por ello, antes de terminar cayendo también en el engaño, será prudente dejarlo en este punto. Sobre todo recordando que los decidores de verdades, verdades molestas, no se han caracterizado por tener un final feliz. Pensemos en el citado filósofo o en cualquiera de los profetas de antaño, o de tiempos más recientes. Pudiera ser entonces que además de errores involuntarios cometidos al tratar de acertar a apreciar la verdad, lo que puede estar ocurriendo realmente es que la verdad nos desagrada y hasta nos enfurece conocerla.

"La piedra que desecharon los arquitectos es ahora en la piedra angular", es decir, hartos de levantar soberbios edificios, pasaron por alto lo fundamental, esa pieza que mantiene en pie todo el arco. ¡Craso error! Pues lo que sucedió ayer sigue sucediendo ahora, como implacable ley de la naturaleza humana. Sí, sabemos mucho y de mucho, pero aprendemos poco para distinguir lo importante sin caer en el engaño. Cuántas veces llegamos a ser algo burdos para no perdernos en la hojarasca, en el oropel y el mero adorno, sin llegar a percibir lo valioso, que queda intacto, aunque lo tengamos delante.

¿Qué sentidos habremos de activar para reconocer al Resucitado que está bien vivo y presente en nuestras vida? ¿Es que solo unos, a los que tachamos muy a la ligera de ingenuos, son capaces de descubrir esa vida sobrenatural que anima y fundamenta la natural? ¿Seguiremos desechando esta piedra angular también nosotros? ¿Podemos permitirnos de nuevo rechazar al Buen Pastor? Porque algunos desempeñan el papel o el oficio, pero cuando viene la hora de la verdad, con solo verle las orejas al lobo de lejos, abandonan de inmediato al rebaño, pero el que es de verdad se queda, se enfrenta y da la vida si hace falta. ¿Acaso no ha dado Jesucristo la vida por nosotros? ¿Acaso no se ha enfrentado a una muerte ignominiosa para salvarnos? ¿Acaso necesitamos prueba alguna más para reconocer su autenticidad? Jesús es quien dice ser, en Él no hay engaño.

Si eres de Cristo, si crees en Él, si escuchas su voz y le sigues, si te alimentas de su cuerpo y de su sangre, eres hijo de Dios, porque te permaneces en Él y Él en ti. Ten muy cierto que esto no es caer ni en el engaño ni en el desengaño, tampoco es caer, sino más bien crecer, porque empieza a desarrollarse en ti esa vida divina que va desplegando la semejanza con el Hijo, el Resucitado, el Salvador. Espabila, agudiza tu capacidad para rastrear la única vedad que llena y pacifica tu vida, o sigue dando tumbos por ahí sin saber nunca de cierto en que farsa andas sumido. Pero cuando te hayas encontrado con la Verdad, lo sabrás; ahí no hay engaño que valga.