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sábado, 7 de febrero de 2026

En el lado correcto

EN EL LADO CORRECTO

De manera consciente o no, en la vida nos vamos posicionando hacia un lado u otro de la balanza. A ser posible, al menos deberíamos saber dónde nos encontramos ubicados, por si es ese el lado en el que queremos estar, o, por contra, cambiarnos al que consideremos el correcto. Conviene por ello saber en qué territorio nos encontramos, para poder decidir hacia dónde seguir avanzando, o por dónde retroceder, en el caso de advertir que andamos extraviados. Se hace verdaderamente preocupante no saber ni en dónde se ubica uno, porque entonces se estará perdido por completo.

Es frecuente también que defendamos unas ideas como si estuviésemos instalados en una orilla, pero a la hora de la verdad actuemos de una manera totalmente opuesta. Eso pondría en evidencia nuestra falta de congruencia: creemos estar en una determinada posición, pero nuestras acciones y decisiones lo desmienten, porque ocupamos una muy distinta sin ni siquiera haberlo advertido. Muchas veces llevamos puestas las orejeras del propio interés o de la ideología, con las que nos impedimos a nosotros mismos contemplar otros posibles espacios, salvo aquel en el que nos encontramos férreamente establecidos, es decir, en nuestra zona de no atrevernos a nada, no arriesgarse, e impedir todo crecimiento, apertura y transformación. En fin, sumidos en una auténtica parálisis existencial.

El otro día nos contó una profesora de nuestro centro un cuento de esos que si uno quiere aprovecharlo, da para plantearse cuestiones de hondo calado. Decía que para hacer consciente a su hija sobre cómo le afectaban las cosas y prepararla para la vida, un padre le hizo poner tres cazos con agua a hervir. En el primero colocó una zanahoria, en el segundo un huevo, y en el tercero un puñadito de granos de café. La zanahoria sometida al agua en ebullición se ablandó; el huevo se endureció; pero los granos de café generaron un café aromático y delicioso. Por lo que, dependiendo de dónde se encuentre cada cada uno, se reaccionará de manera diferente. Los dos primeros entendieron que no era para nada su lugar el agua caliente al que estaban siendo sometidos, que estaban se encontraban en medio hostil. La zanahoria se dejó ganar cambiando su dureza en lo contrario, mientras que el huevo pretendió vencer su fragilidad solidificándose. Sólo los granos de café encontraron que el agua hirviendo sí podía ser un lugar idóneo para sacar de sí aquello que guardaban, pues el calor del agua era su aliado.

Cuántas veces nosotros no sabemos estar en el lado adecuado. Cuántas veces el lugar no parece ser el mejor para nosotros. Si admitimos que estando ahí poco vamos a dar de sí, porque no estamos donde podemos desplegar en gran medida lo que verdaderamente somos, reaccionaremos como la zanahoria o como el huevo, pero no como los granos de café. Sin embargo, aún sabiendo que toda dificultad encierra oportunidades para la transformación -lo que no implica que la ausencia de dificultades también las tiene-, la comodidad nos impide en ocasiones aprovecharlas. Y es que estar en el lado correcto no suele suponer que este se convierta en el más fácil y confortable, sino que exige valor, decisión y normalmente complicaciones.

Una vez más, semana a semana y domingo a domingo, la liturgia nos orienta y alienta. ¿Dónde te sitúas? ¿Buscas destacar y sólo llevar una existencia comodona y privilegiada? ¿O el ser cristiano te mueve a ocupar el lugar en el que no te puedes vender para colocarte en una posición destacada? Hay que revisar las coordenadas a la luz de la conciencia y de las lecturas de este V domingo de tiempo ordinario. El profeta Isaías nos indica el lugar correcto para ser vida abierta a los demás: comparte, hospeda, no te desentiendas. No debes ocultarte como Adán o Caín tras la transgresión cometida, sino afirmar sin miedo "Aquí estoy", en el lugar donde acierto a buscar y cumplir tu voluntad. Esa es la luz que brilla cuando el hombre ama y hace el bien a sus hermanos.

No ocupemos por más tiempo el territorio de las sombras, los engaños, manipulaciones, traiciones y excusas. Tratemos de ocupar el puesto del que está dispuesto a servir, el humilde, el compasivo. Porque hemos de ser la sal y la luz de la tierra, y hemos de propiciar que este mundo deje de ser un mundo hostil e inhumano. Comprometámonos en lo poco, pero necesario, que esté en nuestras manos. Así este mundo brillará como solo puede brillar la tierra cuando esta es semejante al Reino de Dios. Hay que situarse ya y en el lado más conveniente para todos, ese en el que Dios te pide que habites siendo sal que da sabor y luz que logra que la belleza salga a relucir.

Desde muy joven, San Juan XXIII se propuso a sí mismo un decálogo para propiciar estar en ese lado correcto y no malograr su existencia. Escribió el famoso Decálogo de la serenidad. Si lo ponemos en práctica también nosotros podremos situarnos en el mismo lugar que él, el Papa Bueno, que coincide de pleno con el mismo lugar de Jesucristo. Si al joven Roncalli le sirvieron, también a nosotros puedan servirnos.

1. Sólo por hoy trataré de vivir exclusivamente al día, sin querer resolver los problemas de mi vida todos de una vez.

2. Sólo por hoy tendré el máximo cuidado de mi aspecto: cortés en mis maneras, no criticaré a nadie y no pretenderé criticar o disciplinar a nadie, sino a mí mismo.


3. Sólo por hoy seré feliz en la certeza de que he sido creado para la felicidad, no sólo en el otro mundo, sino en éste también.

4. Sólo por hoy me adaptaré a las circunstancias, sin pretender que las circunstancias se adapten todas a mis deseos..

5. Sólo por hoy dedicaré diez minutos a una buena lectura; recordando que, como el alimento es necesario para la vida del cuerpo, así la buena lectura es necesaria para la vida del alma.

6. Sólo por hoy haré una buena acción y no lo diré a nadie.

7. Sólo por hoy haré por lo menos una cosa que no deseo hacer; y si me sintiera ofendido en mis sentimientos, procuraré que nadie se entere.

8. Sólo por hoy me haré un programa detallado. Quizá no lo cumpliré cabalmente, pero lo redactaré. Y me guardaré de dos calamidades: la prisa y la indecisión.

9.- Sólo por hoy creeré firmemente -aunque las circunstancias demuestren lo contrario, que la buena Providencia de Dios se ocupa de mí, como si nadie más existiera en el mundo.

10.- Sólo por hoy no tendré temores. De manera particular no tendré miedo de gozar de lo que es bello y de creer en la bondad.

¡Ánimo, que es tiempo propicio para llevar a la práctica este Decálogo, aunque sólo sea por hoy!

miércoles, 9 de octubre de 2024

Dar en el clavo

 DAR EN EL CLAVO


Puede parecer fácil, pero dar en el clavo, acertar de lleno, no está al alcance de cualquiera así de buenas a primeras; requiere su tiento y su esfuerzo, su puntería, pero también el tiempo que lleva a dominar toda una técnica.

No digamos ya si no se trata solo de tirar un dardo o una flecha, sino de acertar con la decisión más adecuada. Esto requiere al menos cierta pericia, atrevimiento, cálculo, previsión y prudencia, además de contar con la suerte a tu favor.

Pero la vida no es un mero juego, y esto de ganar y perder no está siempre tan diferenciado. Puede incluso haber veces que se gana más perdiendo o que lo que parecía una clara victoria, resulta en realidad una derrota. De eso trata la poco conocida novelita de Graham Greene titulada El que pierde gana. Sí, porque solo el factor tiempo termina por dar mayor nitidez a los aciertos o errores cometidos. Lo bueno es que en numerosas ocasiones se puede empezar de nuevo, como si de una partida de dardos se tratara, y contáramos con nuevas tiradas.

Lo primero que habrá que intentar es tener los ojos muy abiertos y la visión muy despejada del objetivo o diana. Para ello, y siguiendo las lecturas propuestas por la liturgia de este domingo XXVII, en el libro de la Sabiduría se nos advierte que a pesar de todas las apariencias, preferir la prudencia y la sabiduría a las riquezas, no es necedad, sino acierto pleno. Pero aún, siendo así ¿Quién hace caso hoy ya al libro de la Sabiduría? ¿Acaso la Sabiduría cotiza en bolsa o en los mercados de opinión? Sin embargo, aunque las multitudes acudan raudas tras el dinero, y hasta pierdan la cabeza por acumularlos, lo verdaderamente valioso, el acierto pleno es el aprendizaje de la Sabiduría.

Las riquezas terminan por atrapar y anquilosar el corazón de los ricos, que solo ya viven para seguir sumando más sus cuentas bancarias en paraísos fiscales. Todo lo sacrifican para aumentar el caudal de su egoísmo, y sin embargo, por contra qué poco necesita el no pone su riqueza en las posesiones de bienes, sino que acierta a poner su confianza en el amor de Dios. Por eso el salmista exclama "Sácianos de tu misericordia, y toda nuestra vida será alegría y júbilo", porque esa sí es suficiente abundancia de bien, y gracias a la misericordia del Padre cantan nuestros corazones.

"¡Qué difícil les es entrar en el Reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero!" nos avisa Jesús en el evangelio de este domingo. Efectivamente, el mundo ha dado muchas vueltas, ha llovido mucho desde entonces, pero su enseñanza no ha perdido ni un ápice de validez. Estamos advertidos, de igual manera que el joven rico, aunque quería, no supo acertar con su opción, nosotros, en pleno siglo XXI, seguimos poniendo nuestra seguridad en aquello que no la da, que sabemos que no la da, pero que no logramos dejar atrás.

Y es que para seguir a Jesús se hace necesario desprenderse de lo accesorio, de lo superficial, y atreverse a ser libre de verdad, esto es, buscar y amar la Sabiduría por encima de cualquier otra cosa. Esto requiere desprendimiento, renuncia, pero también valentía y capacidad de renacer. Al final, hay que decidirse, lanzar el dardo al aire con los ojos del corazón apuntando a lo mejor: el Reino de Dios que su Hijo nos trae y anuncia. Inténtalo, te juegas tu vida y tu más verdadera felicidad. No está tanto en el dardo que tú seas, sino en elegir la diana de la Sabiduría. Es a esa a la que has de apuntar.     




 




sábado, 13 de abril de 2024

Bola extra

BOLA EXTRA


¡Qué fastidio! ¡Qué faena! Cuántas veces pasa lo mismo. Cuando mejor me lo estaba pasando, había conseguido  desligarme de todo lo que había a mi alrededor, va y de golpe se acaba la partida. ¡Qué poco dura lo bueno! Enseguida concluye aquello que nos agrada. Queremos más, queremos que continúe, pero ni en el juego, ni menos aún en la vida, se nos da tregua. Todo se termina, todo se acaba, independientemente de lo que a nosotros nos gustase, pues el tiempo de goce y disfrute no suele adaptarse a nuestros deseos.

Y al revés también sucede. Cuando deseáramos que se acabara algo cuanto antes, se alarga y alarga, y se nos termina haciendo interminable, larguísimo e insoportable. Pero es que la realidad no tiene en verdad costumbre de acomodarse excesivamente a nuestros gustos, antojos y caprichos. Es verdad que puede resultar frustrante, aunque esto dependerá siempre de cómo te lo quieras tomar.

Sin embargo, ciertas veces surge lo inesperado: se nos concede bola extra con la que no contábamos, y entonces la partida, a pesar de lo que cabía esperar, no se acaba sino que prosigue como renovada, con más ganas e ilusión, porque no estamos para perder la oportunidad que se nos regala.

Pues así, aunque no nos demos ni cuenta, nos sucede ahora, en este tiempo pascual, tiempo de derroche de gracia, de oportunidad para resetearnos y volver a empezar, pero con una vida nueva que procede del amor de Dios. Ni en los mejores sueños hubiésemos podido imaginar una bola extra tan inmensa y valiosa: una nueva vida verdadera que no se agota.

A aquellos miembros del pueblo de Israel que habían exigido que Jesucristo, el justo, muriera en la cruz, imprevisiblemente se les concede la partida extra de la fe. A nosotros que tantas veces tampoco hemos apostado por creer en su palabra y en su persona, Cristo nos ha dado la vida y ha vencido a la muerte por todos para que todos tengamos su bola extra y ganemos con Él, en su amor, la partida. Sería gran insensatez no querer beneficiarse de ese inmenso don que se nos concede: una partida en el Reino de Dios para gozar sin término. Creer y crear este mundo nuevo donde el mal es superado definitivamente, donde todos podemos ser felices con los demás.

Los discípulos tampoco eran capaces de asumir que al que tenían delante era el mismo Jesús, al que habían visto perecer en la cruz. ¿Cómo es posible? ¿Cómo va a estar vivo el que estuvo muerto? ¿Qué hacemos entonces con nuestra rígida lógica, pues es del todo inconcebible? Se me ocurre que no sería demasiado descabellado abandonar las concepciones pacatas y limitantes, para pasar a un nuevo modo de estar, comprender y vivir. No cabe otra, es un nuevo nacimiento al que la resurrección de Jesucristo una y otra vez nos conmina. Él está vivo y desea que también tú lo estés.

Esta es la auténtica bola extra que hemos de aceptar o rechazar. ¿Quieres pasar de la muerte y el pecado al bien y la gloria o quedarte tal y como ya estás? ¿Prefieres que se te imponga un rotundo GAME OVER o un nuevo comienzo en mayor libertad? No parece demasiado difícil decidirse, pero siempre has de elegir por ti mismo. Morir para renacer implica dejar atrás y superar mucho, y no todo el mundo está dispuesto a liberarse, a ser liberado.

Si finalmente eres capaz de revivir estarás de lleno en la fiesta de la pascua, y notarás ese manantial de vida y de alegría para compartir con los demás. Es posible empezar. Es posible vivir en el amor y para el amor. ¿Tienes alguna oferta mejor? Te ha tocado una bola extra, ¿la aprovecharás?