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sábado, 10 de diciembre de 2022

En buenas manos

 EN BUENAS MANOS


Pasito a pasito, sin demasiadas demoras, vamos recorriendo el camino del Adviento y aproximándonos a la insólita maravilla del encuentro con el Señor, que viene a nuestro mundo haciéndose hombre por todos nosotros. ¿Pero en verdad estamos recorriendo ese camino o tan solo dejando pasar el tiempo sin preparar absolutamente nada? ¿Aún no te estás preparando? Has podido decorar tu hogar con motivos navideños externos, pero ¿has ido incrementando la luz de las velas que semana a semana hemos ido encendiendo para iluminar también la tiniebla, espesa o tenue, que nos aleja del Dios humilde que nos va a nacer?

Lo fácil siempre es recurrir una buena excusa para poder justificar esa inercia pasiva que nos caracteriza a la hora de tomar cualquier iniciativa en lo espiritual. "Es que no he tenido tiempo" solemos aducir para no tener que asumir ninguna responsabilidad, pero es que venimos de un gran puente (Constitución e Inmaculada) en que algo sí nos habría dado tiempo a comenzar. ¿Qué nos bloquea entonces? ¿Necesitas un Adviento XXL?

Si te decides a "advientarte", podrás ir reconociendo que, frente a lo que pudiera parecer, se puede llegar a descubir que, pese a lo que pese y pase lo que pase, en realidad andamos en buenas manos, las manos de Dios, de la ternura de Dios, la entraña misericordiosa de este Dios que se conmueve ante la vulnerabilidad del hombre y la asume de manera incondicional. Tal vez sea imposible concebir un Dios que ame tanto y de tal manera: acompañando y sustentando siempre, pero siempre en segundo plano, con manos invisibles de madre. ¡Qué suerte, qué privilegio poder recorrer la vida con esa paz profunda que da la confianza en Dios.

El profeta Isaías, en la primera de las lecturas de este tercer domingo de Adviento, nos muestra como ilumina su corazón contemplar anticipadamente la belleza de lo que podemos esperar de ese Dios con nosotros, que se hace carne de nuestra carne, y viene a transformar lo árido en fértil, a concedernos una fuerza capaz de hacer asumir nuestra propia libertad, y cómo podemos ya entonar juntos himnos y poemas llenos de júbilo. Esa es la intervención esperada del Mesías que viene, y al que nos disponemos a recibir con ilusión esa venida esperada.

Y en el Evangelio Juan confirma a través de las pruebas de algunos testigos, pues el está en prisión, que se confirman las profecías mesiánicas: los ciegos ven, los enfermos sanan... Porque cuando llega el que tenía que venir, todo es posible: recuperar la esperanza, el ánimo, la ilusión, el cariño, la alegría, el amor gratuito y desinteresado, la confianza, la afabilidad, la reconciliación. Por Él, que irrumpe en nuestra realidad divinizándonos, somos sanados y recuperamos nuestra plena libertad; una libertad hecha para amar, sanar y abrazar a los hermanos.

Te aguardamos, Niño Dios, ven pronto a poner remedio a nuestro mundo herido. Tú eres la luz que resplandece; la sencillez sin pretensiones ni artificio en que recuperamos la autenticidad; Tú eres la paz que pacifica y unifica sin requerir de tratados ni rendiciones, sin vencedores ni vencidos; Tú eres la verdad buscada en lo más profundo de nuestra razón y nuestro corazón, la que colma y calma nuestro anhelo de sentido; Tú eres el amor de Dios que nos comprende, acepta y perdona; Tú eres la fuerza del débil, la justicia y la esperanza de los que no nos resignamos a un mundo deshumanizado, inhóspito e insolidario. Por ello, ansiamos ver ya tu rostro y sabernos de nuevo en buenas manos.

Encendamos otra vela más, la tercera, que nos permita ir distinguiendo el camino por el que el que es amor se nos aproxima. Avancemos en esta espera esperanzada. Dejémonos iluminar por el Dios hecho hombre que ya llega. Alégrate, confía, espera.



sábado, 3 de diciembre de 2022

El cabreo del profeta

 EL CABREO DEL PROFETA


Se acercan épocas de grandes excesos. Los occidentales, al parecer movidos por ese espíritu navideño tan bien publicitado por las grandes marcas y cadenas comerciales, nos animan a hacer verdaderos dispendios y a cebarnos a base de bien. Seguramente sea por nuestro bien, para sobrellevar mejor las frías temperaturas invernales.

La verdad es que o no sabemos, o no queremos, o nos hemos acostumbrado ya a ese tipo sobrealimentación navideña. Nos pasamos todo el año haciéndo régimen para mantener la linea, o simplemente llevando una comedida dieta saludable, pero en llegando el final de año nos apetece darnos una buena tanda de atracones.

¿Y qué va a hacer uno si no cuando se reune con la familia, los amigos, los compañero del trabajo o los que en ese momento toque? Pues eso, jugar a la lotería y zampar y bridar sin comedimiento ni mesura. No nos tocará la primera, pero el despilfarro no nos lo quita nadie, y hacemos como si nos hubiese tocado y comienza la ingestión desproporcionada de calorías. Luego ya vendrá la cuesta de enero y de febrero --y hasta de la tira de meses más. según se está poniendo la vida-- para tratar de ponerse a dieta y hacer algo de ejercicio tratar de bajar las reservas adheridas. Tranquilos, que hasta la operación bikini queda aún mucho trecho.

Sin embargo, al más grande de los nacidos de mujer, el profeta Juan el Bautista, le da por hacer todo lo contrario que a nosotros (o tal vez a nosotros lo contrario que a él). Se pone su drástica piel de camello y ¡hala!, al desierto a alimentarse de bichitos y miel silvestre. Debe ser que esa rigurosa disciplina que sigue, de soledad extrema y absinencia de toda distracción, ayuda mucho a descubrir la presencia de Dios y a entender que nuestras formas de vivir actuales no están muy en consonancia con su voluntad. Parece ser que, haciendo un poco de silencio, uno alcanza a descubrir quién es, qué ha de hacer y qué palabras debe comunicar. Primero escuchar y escucharse, para luego saber lo que merece ser dicho. Pues uno vuelve completamente transformado de esa experiencia real de Dios en el desierto y convertido además en todo un profeta.

Como profeta, Juan, el primo de Jesús, habla con fuerza, anuncia y grita bien alto que ya llega ese renuevo del tronco de Jesé, ese brote vigoroso que inaugura de una vez para siempre el Reinado de Dios, donde se podrá restaurar la confianza y la paz, la justicia y la equidad, donde todos podremos al fin convivir en un entorno fraterno y de bendición.

Aquello que propuso el profeta Isaías no tiene por qué ser mero sueño utópico sino realidad palpable y contrastada. Ahora es ese tiempo anunciado de dar cumplimiento a la propuesta de reconciliación que Dios nos ofrece con Jesús, el Salvador. Aunque, como nos indica el profeta, hay mucho que allanar para que sea esto posible, porque a primera vista este mundo no está ni preparado ni dispuesto para ACOGERLE. Es esta la clave: desinstalarnos de nuestro modo de vida acelerado y superficial, individualista y centrado en exceso en lo material y volvámonos a lo sencillo y lo humilde, a lo compartido, a lo gratuito. Sí la Navidad es todavía posible.

Esto no parece difícil, pero lo debe ser, porque por eso se nos cabrea el profeta, que siendo un hombre de Dios como es, termina perdiendo la paciencia porque, al igual que los fariseos y saduceos, solo miramos por nosotros mismos y por las apariencias, y así ni que vengan del desierto a decirnos la verdad, ni que tengamos las Escrituras que profetizan esa venida del Señor, ni siquiera que el mismo Dios se haga hombre; nosotros seguiremos a lo nuestro, empecinados en mantener una sociedad lo menos humana posible, donde no haya ni un solo resquicio para Dios en nuestras vidas. Lo verdaderamente grave sería que tampoco nosotros nos cabrearamos con lo que a poco que miremos, vemos que está pasando.

Pues recuerda, generoso lector, que por el bautismo recibido, de agua, pero también de Espíritu y fuego, también tú estás también llamado a anunciar y construir ese hermoso Reino. O acaso se te ocurre un plan mejor que hacer. Levántate, ya llega y es tiempo de empezar a dar fruto. 



domingo, 13 de diciembre de 2020

Tercer domingo de Adviento: ¡alégrate!

 

ADVIENTO

TIEMPO DE ESPERANZA

3ª SEMANA DE ADVIENTO

Tiempo de alegrarse

3ºadv

Evangelio según san Juan 1, 6-8. 19-28


Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe.
No era él la luz, sino testigo de la luz. Y éste fue el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas a Juan, a que le preguntaran:
– «¿Tú quién eres?» Él confesó sin reservas: – «Yo no soy el Mesías.» Le preguntaron: – «¿Entonces, qué? ¿Eres tú Elías?» El dijo: – «No lo soy.» – «¿Eres tú el Profeta?» Respondió: – «No.» Y le dijeron: – «¿Quién eres? Para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado, ¿qué dices de ti mismo?» Él contestó: – «Yo soy la voz que grita en el desierto: “Allanad el camino del Señor”, como dijo el profeta Isaías.» Entre los enviados había fariseos y le preguntaron: – «Entonces, ¿por qué bautizas, si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?» Juan les respondió: – «Yo bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia.»
Esto pasaba en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde estaba Juan bautizando.

Palabra de Dios

Juan, el precursor, el primero que en el vientre de su madre reconoció con alegría la presencia de el Salvador, hoy nos vuelve a indicar que ya está muy próximo a nosotros, que podemos prepararnos para recibirlo. El Bautista responde a las preguntas y sabe darles cuenta a sus interlocutores de su propia identidad porque se conoce en referencia a Aquel que anuncia. Seamos como Juan, voceros de la llegada de Cristo en este pétreo desierto de la rutina, la pandemia y el desánimo. Este mundo necesita nuestra buena noticia.