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sábado, 31 de enero de 2026

Lo más menudo

LO MÁS MENUDO



No gustan las cosas grandes, enormes, espectaculares. Lo que llama la atención no suele ser lo discreto, la letra pequeña, sino por el contrario es aquello que resalta por sus grandes dimensiones. Parece que las grandes ciudades compitan en elevar altísimos edificios, rascacielos, como en la antigüedad los poderosos competían por la grandeza de sus palacios y mausoleos, hoy pasto del polvo. Y es que el ego, en lugar de admitir con naturalidad la pequeñez de su alcance, prefiere fijarse en una enormidad ficticia. Si mostramos un mapa a escala de la Vía Láctea, podremos considerar lo inmensamente discreto que resulta nuestro planeta, y dentro de él, y compartiendo existencia con otros ocho mil millones de semejantes, está cada uno de nosotros. ¿De verdad que nuestra particular grandeza es tan reconocible? ¿No será más bien producto de una soberbia sobredimensionada?

A muchos también les gusta compararse con los otros: mi coche es mayor que el tuyo, mi cartera está más repleta que la tuya, el diamante de mi anillo es un verdadero pedrusco, mi casa tiene más metros que la del resto, o como este bíceps no hay otro. Y hasta se creen que con eso han alcanzado algo sumamente meritorio. Pues que se lo sigan creyendo si con ello encuentran contento, pero tal vez en la vida se trate más de amar a los demás que a uno mismo, entenderlos, cuidarlos, compartir lo que se es, que meramente de hacer alarde y presumir. Más ser para los demás y no tanto tener, acaparar, dominar y poseer.

Qué bueno descubrir que aún hay personas con la suficiente sensibilidad para no dejarse impresionar por lo desorbitado, lo suntuoso, sino por aquello que no llama la atención, que se nos pasa desapercibido, por lo que no trata de destacar: un rayito de sol, en lugar de un sol cegador; una brisa antes que un vendaval impetuoso, una pequeña flor silvestre les es preferible a un ramo de flores carísimo y exclusivo; un simple gesto sentido vale más que todo un protocolo ostentoso y hueco. Sí, aún queda gente sensible que sabe apreciar lo bueno. Por mucho que se impongan las tendencias, ellos no pierden el buen gusto. No hace falta mucho, sólo mantener un poquito de sentido y sensibilidad. Eso ayuda a percibir el gran valor de cada cosa, por ínfima que sea la consideración que recibe.

A Dios -que grande debe ser bastante más que todos nosotros-, no le importan tanto nuestras supuestas grandezas como nuestras pequeñeces. Parece ser que se pirria por lo humilde y sencillo. Tal vez sea porque sólo los humildes dejan espacio para que el otro también pueda ser, y por tanto, para que Él tenga su sitio entre ellos. De ahí que para abrirle la puerta a la fe sea necesario reconocer la pequeñez de uno y el amor grandioso de Dios por los sencillos. No es nada sencillo de conseguir si no vencemos nuestro sólido orgullo.

Justamente los humildes del mundo son los que Dios escoge para destacar la grandeza de la gracia y ser gloriado en ellos. Es este un verdadero misterio, que nos descubre mucho de este Dios apasionado por lo frágil, por los más pobres y excluidos. Jesús nos enseña a apreciar el gran valor de las pocas monedas que puede echar aquella viuda en las ofrendas del templo; era todo lo que ella tenía, no como otros, que donaban sólo parte de lo que les sobraba. Así es este Dios que se hace pequeño con los pequeños allí en Belén. Los justos son los que escogen ser tal y como al Señor le agrada, sin engaño, sin engolamiento y sin aparentar aquello que no son. La pequeñez es bella y Dios la abraza.

Pues este domingo IV de tiempo ordinario las lecturas nos recuerdan esa preferencia del Señor por "el resto de Israel", aquellos que no se dejan llevar por la atracción de las riquezas y el lujo, por la ostentación y la avaricia, sino los que se mantienen en llevar una vida sobria en fidelidad al amor de Dios. Esos que a los ojos del mundo y de la sociedad son marcados como los fracasados, pues no salen en las revistas de celebrities ni las publicaciones sobre las mayores fortunas del mundo, son los que triunfan para Aquel que juzga justamente. Unos logran el fiasco del éxito terrenal, otros, en contra de lo que cabría pensar, los abnegados, sacrificados, austeros, son los que han acertado con el triunfo eterno.

Las Bienaventuranzas nos dan con toda radicalidad el mensaje esencial del Evangelio. Jesucristo no ha venido a buscar situarse en este mundo, sino a enseñarnos el camino de la entrega sin reservas de la vida a Dios y a los hermanos. Porque solo el que entrega su vida por Él, la salvará. No hay medias tintas, no caben posturas tibias: o optas por realizar el evangelio o por construirte un zulo confortable de bienestar privado; o fijas tu felicidad en la autosatisfacción individualista o te arriesgas a ser aún humano. Que cada uno decida.

Los pobres, los mansos, los que lloran, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los que trabajan por la paz, los perseguidos, los que el mundo excluye, insulta, persigue y calumnia, todos ellos y algunos cuantos más (los que escuchan con atención, los que no mienten ni manipulan, los que abrazan, los comprensivos, los generosos, los que ayudan, los que buscan la verdad...) ya están anunciando y realizando el triunfo de Jesús, el que se abaja y humilla sin parangón. Todo aquel que se ensalza será humillado, y el que se humilla, reconoce su pequeñez, es el que será ensalzado. Es necesario pasar por la puerta estrecha, hacerse servidor, para ser tenido como digno del Reino de los cielos.

El Reino de Dios, por tanto, ya es y será para siempre, Cristo nos lo hace posible. No se trata solo de esperar a la vida futura que se nos abre tras la muerte para alcanzar el consuelo, también en esta vida terrena aquellos que el mundo humilla, las víctimas, pueden descubrirse muy amados por el Dador de Vida. San Francisco en su periodo final, muy enfermo y despreciado por los suyos, escribió el cántico a las criaturas, porque, sumamente agradecido y exultante, reconocía la omnipresencia del amor de Dios en todo lo creado. A ese estado no llegan los satisfechos y pagados de sí mismo, pero sí los menudos, los bienaventurados. Ojalá tu nombre y el mío estén en la lista de este resto que sigue al Salvador. Si es así, si somos de los bienaventurados, nuestro gozo no tendrá término.

sábado, 13 de diciembre de 2025

Lo nunca visto

 LO NUNCA VISTO


No sé, tal vez pecamos de exceso de realismo. Está muy bien eso de ser fiel a la realidad, sin filtros, sin engaños, tal y como es, es decir, llamar al pan pan y al vino vino. Cuando uno se limita a los hechos sin demasiadas interpretaciones, luego no se lleva chascos ni decepciones. Pero el ser humano no puede ser absolutamente objetivo, sino que uno construye su mundo y tiene a sobredimensionar o al contrario, a minusvalorar aspectos fundamentales que solemos pasar por alto. Aún así hay que ir aprendiendo a ver sin tanto juicio y sin tanto prejuicio, simplemente a dejar que la vista se pose en cuando de maravilloso hay por doquier.

No resulta tampoco demasiado infrecuente oír eso de que uno lo tiene ya todo muy visto, que nada llama la atención ni sorprende, como si hubiésemos vivido ya tanto que lo que tenemos delante nos hastía. De ser cierta esta afirmación, no sé muy bien entonces por qué andamos absolutamente subyugados al poder hipnótico de las pantallas. ¿No lo teníamos todo tan visto? Pues parece que queremos ver más y más de lo mismo hasta llegar acaso al hartazgo. Hoy casi ya no levantamos la vista para ver el horizonte, el cielo, las flores o el rostro del otro.  

Puede que en realidad lo que nos pasa es que no sabemos mirar. El problema puede que no esté tanto en que la realidad manida se repita con una monotonía reiterativa, como que lo que resulta completamente desmotivador sea nuestra manera de mirar. En ese caso, somos nosotros los que no sabemos ver ni descubrir la asombrosa novedad de aquello que tenemos delante. Así pues, habría al menos dos tipos de ceguera: una causada por diversos problemas oftalmológicos, y otra porque nuestro estar en el mundo se colapsó de pesadumbre. No parecería desacertado aquello de que no hay peor ciego que el que no quiere ver.

Sabemos que Jesucristo atendió tanto a la primera como al segundo tipo de ceguera. Hoy fundamentalmente a la primera de dedican los admirables médicos; pero de la segunda, sí que podemos ocuparnos en este blog, de la ceguera por renuncia.

El Adviento es el tiempo litúrgico de incrementar la luz, si es que queremos salir de las tinieblas. Es un tiempo de espera esperanzada que aguarda con ilusión la llegada del Salvador. No tanto un tiempo de neones como de velas en la intimidad, más de escucha creyente que de grandes almacenes repletos y corazón vacío. Y es un tiempo de revisión para percibir por los ojos aquello que no vemos.

A este tercer domingo de Adviento se le denomina tradicionalmente como domingo Gaudete (Alégrate). No una alegría impostada, sino una alegría sencilla, porque ya está tan cerca el que ha de venir, que el corazón lo nota y el rostro lo refleja. Pero para descubrir ese manantial de alegría hemos de superar esa cortedad de vista que nos termina por sumir en el aburrimiento y en el desánimo. Si aprendemos a reconocer al Dios que viene y llega a hacerse hombre, entonces seremos capaces de contemplar el misterio de la la gloria del Señor.

Todo nuevo, renovado, distinto, resplandeciente. Es Él el Señor, que viene a salvarnos y por ello se abren los ojos de los ciegos, los oídos de los sordos, y hasta el cojo es capaz de saltar como Un ciervo. ¿No lo ves? ¿Todavía no lo ves? ¿Es que no te das cuenta de que hay una nueva realidad que percibir y una nueva manera de percibirla?

El Bautista, preso y encadenado en la cárcel, no sé si le flojea el ánimo para mantener esa manera tan suya de ver con los ojos despiertos de la profecía, o será sólo que prefiere que sus discípulos vean por si mismos esa realidad que Jesucristo inaugura. El caso es que les manda ir a cerciorarse, a comprobar con sus ojos al que hace ver a los ciegos, escuchar a los sordos, andar a los cojos, a los leprosos, convertirse a los publicanos. Al que da cumplimiento a las Escrituras, el Mesías esperado. La realidad espiritual del Reino irrumpe con fuerza y es imparable. Lo nunca visto: a Dios hecho hombre rehumanizándonos con la fuerza de la ternura de Dios ya está operante y no tiene vuelta atrás.

Habrá quien quiera seguir sin ver lo nunca visto, el que quiera quedarse al margen de esta luz imparable de la auténtica Navidad, el que prefiera quedarse en el calabozo que no permite ver del todo, sólo de oídas lo nunca visto o el que mire las luces artificiales de una Navidad artificiosa. Pero a los que queremos empezar a ver de veras, Jesús nos responde ¿Qué salisteis a ver? Si reconocemos al Bautista como el predecesor, podremos contemplar al que él anunciaba: el Cristo, el Señor, el Dios humanado. Él nos capacita para ver y valorarlo todo de un modo nunca visto.

Si ves una luz nueva, una estrella nueva que apunta a lo desconocido, distínguela, reconócela y síguela. Algo en lo más profundo de ti te dirá que estas en lo cierto, en el camino que lleva a Belén, a contemplar y adorar a ese pequeñín entre pañales. Ahí está presente lo nunca visto.

domingo, 2 de febrero de 2025

Hasta la victoria final

HASTA LA VICTORIA FINAL


Podemos afirmar que estos son tiempos difíciles. Tampoco han debido ser fáciles otros pasados, ni lo van a ser casi seguramente los venideros. Esto es lo que hay: siempre se debe afrontar, encajar y tratar de superar aquellas contrariedades que la existencia nos va deparando. Aquí nadie se queda indemne, pues vivir debe afectarnos y por esto hemos ir aprendiendo a salir adelante, si es posible mejorados y con la mochila de recuerdos, experiencias y aprendizajes bien repleta. Si además has logrado estrechar buenos vínculos y preciadas amistades, entonces el trayecto vital ha sido, sin duda, bien ejecutado, adquiriendo en él ciertas maestría y sabiduría.

Tal vez las generaciones actuales, en su gran mayoría, han sido y son sobreprotegidos por sus padres, y por ello se encuentran en peor disposición para llevar a buen término su peripecia vital con audacia. En cualquier caso, las experiencias previa no deben determinar ni anular nunca la actitud libre con la que uno decida vivir. Es decir, que lo vivido marca e influye, pero jamás anula nuestra responsabilidad para interactuar con la realidad que se nos presenta.

Winston Churchill tampoco lo tuvo fácil, más bien le tocó enfrentarse a una situación endemoniadamente hostil, pero fue capaz de mantener la confianza plena en el triunfo último de la verdad y el bien, incluso en las más adversas circunstancias. Se dejó la vida en ello, y fue el gobernante que dijo que había que ir de derrota en derrota hasta la victoria final. Y es que en algunas ocasiones, uno ha de mantener la dirección correcta sin variarla ni un ápice, a pesar de que la decisión no sea del agrado de todos, cuando uno sabe que ha de actuar así, con arrojo, valentía y decisión, porque acaso tiene más amplitud de miras que el resto. No es locura, a veces se trata solo de mantener la sensatez.

Estamos acostumbrados a lo inmediato y a lo exclusivamente evidente. Y salirse de este minúsculo alcance nos cuesta horrores: ni miramos a medio o largo plazo, ni juzgamos tampoco más allá de las apariencias o de los intereses personales. ¿Cómo pues vamos a apostar por la esperanza contra toda esperanza? ¿Cómo vamos a ser capaces de un mínimo pensamiento utópico y transformador? ¿Dónde quedaron pues los grandes hombres movidos por ideales y una voluntad férrea? ¿Se extinguieron ya los héroes definitivamente? No, cada uno de nosotros está llamado a serlo. A presentar batalla y no dejarse vencer así por las buenas por un mundo cada vez más deshumanizado.

La Iglesia universal celebra este 4º domingo de tiempo ordinario, pasados cuarenta días de la Navidad, la solemnidad de la presentación del Señor en el templo y de la purificación de María, esto es, la fiesta de las candelas o de la Virgen de la Candelaria. Se presentan sus padres con el niño primogénito en brazos en el templo para cumplir lo que marca la ley mosaica, y allí hay un anciano y una anciana, Simeón y Ana, que reconocen que ese bebé es el Salvador, luz y esperanza de los hombres. Saben y proclaman su victoria. No puede ni podrá con Él ni el mundo ni el mal, ese niño es el mesías esperado y suya será la victoria final y definitiva. Los demás no aciertan a verlo, tan solo los dos ancianos que llevaban una larga vida piadosa. ¿En qué se basan para hacer semejante vaticinio? ¿No es muy arriesgado no limitarse a lo real sin más, en lugar de descubrir unas posibilidades insospechadas en un ser completamente normal a juzgar por su apariencia? ¿Qué tipo de victoria luminosa anuncian?

Esto de ganar o de perder no es tan simple como se cree. No es ganar como se hacer en los videojuegos dejando malparados al resto. No es quedar por encima de los otros habiendo un solo ganador y el resto perdedores. Hay quien pierde para que los otros ganen. Hay victorias sobre uno mismo, que en definitiva son de las pocas gloriosas, aunque no se comenten. Ojalá aprendamos a dejarnos ganar por el que vence con amor al mundo, en lugar de tratar de ganar como lo en tiende el mundo, pasando por encima del resto.

Necesitamos urgentemente recuperar esa capacidad de no resignarse a ser meros receptores pasivos de lo real; a terminar siendo anodinos porque solo entendemos la vida de manera extremadamente aburrida. ¿Cuándo entenderemos que en lo cotidiano puede suceder lo extraordinario? ¿Cuándo abriremos los ojos y el corazón de par en par para descubrir cómo se sirve Dios de la normalidad para propiciar nuestra total liberación? Ese bebé que traen el brazos sus humildes padres es la luz que necesitamos y que evitará que no veamos la realidad tal y como está transida de gracia.

Por ello, como dijo el poeta metiéndose a profeta, que por improbable que parezca nada habrá sido soportado en vano, sino que habrá que confiar la fuerza inmensa del pequeño brote, y que en sí lleva la grandeza de un árbol enorme.

POR IMPROBABLE QUE PAREZCA

 

No desdeñes la fuerza incipiente con la que empieza el brote,
no vayas a caer en el mismo error de los que antaño sucumbieron
por no llegar a apreciar debidamente lo extraordinario
en lo que se suele pasar inadvertido.
Goliat se sabía ducho en mil batallas,
sobrado en el ejercicio de la violencia feroz e implacable;
pero surgió alguien que no parecía más que un débil muchacho,
incapaz de llevar a cabo cualquier proeza destacable,
y sin embargo, en lo frágil estaba agazapada una victoria rotunda;
contra todo pronóstico lo inaudito terminó por imponerse.
No estés tan seguro de que siempre el mal se sale con la suya,
ni de que el inocente está sentenciado de antemano,
sino más bien percibe que en la semilla
late adormecida una energía portentosa, posible e imparable.
No siempre sucederán las cosas como se cree el malvado,
por mucho que trame sus malas artes con todo tipo de maquinaciones,
pues hay oculta una claridad inocente que va a despuntar y que desconoce,
es la esperanza de los desesperados que terminará por estar fundada
en aquello que el corazón alumbraba
con ímpetu certero al ser una sencilla verdad si doblez ni engaño.
Puede ser que en lo menudo radiquen posibilidades insospechadas;
que un cambio imprevisto traiga la mutación emancipadora.
Trata de estar situado en el lado correcto:
no en el de los que juegan con las cartas marcadas
y muestran en sus rostros cierta sonrisa anticipada y complacida,
sino en el lado de los humildes,
los que aún apuestan por lo que es justo, necesario e irrenunciable;
aquellos que se vienen dejándose la vida por causa de un amor que no defrauda,
y, por ello, no se hacen ni a sí mismos trampas.
Ten por seguro que el alba definitiva despuntará algún día 
para los que lo han aguardo con firmeza el desprecio de los soberbios;
entonces, por fin, se iluminarán sus rostros tal y como habían soñado,
y nada habrá sido soportado en vano.
No eran utopías sus corazonadas, no,
sino el reconocimiento de la razón discreta,
que se abre paso y triunfa quedamente,
aunque tan solo sea vista acaso
por los que ven más allá del mero juicio apabullante.

sábado, 10 de diciembre de 2022

En buenas manos

 EN BUENAS MANOS


Pasito a pasito, sin demasiadas demoras, vamos recorriendo el camino del Adviento y aproximándonos a la insólita maravilla del encuentro con el Señor, que viene a nuestro mundo haciéndose hombre por todos nosotros. ¿Pero en verdad estamos recorriendo ese camino o tan solo dejando pasar el tiempo sin preparar absolutamente nada? ¿Aún no te estás preparando? Has podido decorar tu hogar con motivos navideños externos, pero ¿has ido incrementando la luz de las velas que semana a semana hemos ido encendiendo para iluminar también la tiniebla, espesa o tenue, que nos aleja del Dios humilde que nos va a nacer?

Lo fácil siempre es recurrir una buena excusa para poder justificar esa inercia pasiva que nos caracteriza a la hora de tomar cualquier iniciativa en lo espiritual. "Es que no he tenido tiempo" solemos aducir para no tener que asumir ninguna responsabilidad, pero es que venimos de un gran puente (Constitución e Inmaculada) en que algo sí nos habría dado tiempo a comenzar. ¿Qué nos bloquea entonces? ¿Necesitas un Adviento XXL?

Si te decides a "advientarte", podrás ir reconociendo que, frente a lo que pudiera parecer, se puede llegar a descubir que, pese a lo que pese y pase lo que pase, en realidad andamos en buenas manos, las manos de Dios, de la ternura de Dios, la entraña misericordiosa de este Dios que se conmueve ante la vulnerabilidad del hombre y la asume de manera incondicional. Tal vez sea imposible concebir un Dios que ame tanto y de tal manera: acompañando y sustentando siempre, pero siempre en segundo plano, con manos invisibles de madre. ¡Qué suerte, qué privilegio poder recorrer la vida con esa paz profunda que da la confianza en Dios.

El profeta Isaías, en la primera de las lecturas de este tercer domingo de Adviento, nos muestra como ilumina su corazón contemplar anticipadamente la belleza de lo que podemos esperar de ese Dios con nosotros, que se hace carne de nuestra carne, y viene a transformar lo árido en fértil, a concedernos una fuerza capaz de hacer asumir nuestra propia libertad, y cómo podemos ya entonar juntos himnos y poemas llenos de júbilo. Esa es la intervención esperada del Mesías que viene, y al que nos disponemos a recibir con ilusión esa venida esperada.

Y en el Evangelio Juan confirma a través de las pruebas de algunos testigos, pues el está en prisión, que se confirman las profecías mesiánicas: los ciegos ven, los enfermos sanan... Porque cuando llega el que tenía que venir, todo es posible: recuperar la esperanza, el ánimo, la ilusión, el cariño, la alegría, el amor gratuito y desinteresado, la confianza, la afabilidad, la reconciliación. Por Él, que irrumpe en nuestra realidad divinizándonos, somos sanados y recuperamos nuestra plena libertad; una libertad hecha para amar, sanar y abrazar a los hermanos.

Te aguardamos, Niño Dios, ven pronto a poner remedio a nuestro mundo herido. Tú eres la luz que resplandece; la sencillez sin pretensiones ni artificio en que recuperamos la autenticidad; Tú eres la paz que pacifica y unifica sin requerir de tratados ni rendiciones, sin vencedores ni vencidos; Tú eres la verdad buscada en lo más profundo de nuestra razón y nuestro corazón, la que colma y calma nuestro anhelo de sentido; Tú eres el amor de Dios que nos comprende, acepta y perdona; Tú eres la fuerza del débil, la justicia y la esperanza de los que no nos resignamos a un mundo deshumanizado, inhóspito e insolidario. Por ello, ansiamos ver ya tu rostro y sabernos de nuevo en buenas manos.

Encendamos otra vela más, la tercera, que nos permita ir distinguiendo el camino por el que el que es amor se nos aproxima. Avancemos en esta espera esperanzada. Dejémonos iluminar por el Dios hecho hombre que ya llega. Alégrate, confía, espera.



lunes, 11 de abril de 2022

¿Vienes?

 ¿VIENES?


Por fin han llegado las esperadas vacaciones. Por fin contamos con ese tiempo disponible para poder desconectar. Pero ¿desconectar de qué? Sí, es cierto que vivimos demasiado atrapados en los quehaceres cotidianos, inmersos en una actividad que nos tiene ocupados por completo, sin darnos apenas ni un respiro por el que escapar de ese ritmo frenético. Sí, es verdad que disponer de algunos días de calma es realmente necesario para nuestra salud física, psíquica, emocional y espiritual.

Pero, además, en estas vacaciones tenemos la propuesta de la Semana Santa, y por tanto, podemos desconectar de la rutina para conectarnos o con la playa, o la montaña, o acudir al pueblo, o hacer "turismo religioso y procesional". Pero ¿es eso lo que realmente necesitas o hay algo más, agazapado, que busca tu corazón? ¿No serán estos días el momento propicio para comenzar a liberar tus búsquedas? A la cabeza es fácil distraerla con multitud de propuestas, pero el corazón distingue claramente cuándo se le ofrece algo en verdad valioso, aquello que con obcecada insistencia nos reclama.

Todos nosotros -seguramente también tú, querido lector-, venimos con una carga de problemas, desengaños, frustraciones, miedos o cansancio acumulado, que nos pesa ya demasiado y nos dificulta avanzar. Nos debatimos entre sombras y pesimismo, pues no salimos de algo malo y nos viene aún peor, porque llevamos una racha larga en que la vida no nos da ni una tregua.

Y es precisamente en este contexto nuestro, tan desalentador, donde llega Jesús y se monta en el borriquito para entrar en Jerusalén. Sí, nunca falta a su cita para ser reconocido y aclamado como rey humilde de los humildes, no como rey guerrero que entra a caballo con su tropa de soldados armados y triunfantes. Él, que nació en un pesebre, no viene a arrebatarle el trono a nadie, aunque le teman y persigan los que ostentan el poder, sino que viene a entregar su vida a sabiendas de qué manera se la iban a quitar. Su trono va a ser el suplicio de la cruz.

El panorama que le aguarda -bien lo sabemos- a este Rey triunfante es el del fracaso y la humillación en la cruz. Pero sin embargo, sabemos también que el amor es más fuerte que la muerte, y que el mal no tiene la última palabra, porque Él hace que la tenga el amor y la vida.

Puedes quedarte al margen de lo que vuelve a acontecer esta Semana Santa. Puedes optar por ser de los que le aclaman como mesías en los momentos de júbilo, pero se suman a pedir la condena de Jesús a las primeras de cambio, porque lo grita la mayoría, o puedes abrir el corazón y el alma entera a este que viene montado en el asno y tratar de vivir junto a Él todos estos momentos tan intensos que le aguardan.

Tú decides si quieres venir con Él. Es una ocasión única para amar y dejarte amar por el Salvador. Solo viviéndolo con Él vas a descubrir que en esa cruz que portas ahora cabizbajo, llevas ya incipiente un raudal de luz y libertad que te regalará la próxima pascua. Solo acompañando a este siervo que viene amando hasta el extremo, encontrarás la salvación, y tu carga será entonces sorprendentemente ligera.

¿Vienes? Todo está dispuesto: cenaremos junto a Él y nos enseñará a amar despojándose y sirviendo, acudiremos a rezar con Él al Monte de los Olivos; le acompañaremos cuando sea brutalmente ultrajado y condenado siendo inocente; permaneceremos junto a la cruz y esperaremos a que contra toda esperanza sea descorrida la piedra del sepulcro con la que querían dar por concluido al que es la Vida. ¿Vienes? ¿Estás dispuesto a vivirlo?