sábado, 24 de octubre de 2026

En positivo

EN POSITIVO


En realidad cuesta bien poco decir palabras hermosas, cargadas de belleza y hasta de afecto. Sin embargo, sirviéndose de un aparente anonimato, muchos utilizan las redes sociales para soltar sus bilis y la podredumbre que les asola. Otros ni siquiera recurren al anonimato para ocultarse y muestran a las claras su mala leche, su intolerante obcecación, su falta de objetividad, de tacto y de recato. Y es que como decía cierto pensador actual, la vulgaridad es hoy tendencia generalizada, y por ello destaca no el valiente, educado o virtuoso, sino más bien el zafio y descarado. No es que defendamos un mundo exclusivo para los más exquisitos, pero sí un mínimo que garantice las buenas formas y la convivencia.

Es cierto también que del dicho al hecho hay mucho trecho, que no basta con hablar bien, puesto que además y sobre todo, se ha de obrar bien, tender a llevar una extraordinaria conducta que manifieste esa debida coherencia entre lo que se piensa, lo que se dice y lo que se hace, especialmente en una sociedad donde este proceder está en franca desaparición. Y es que de todos son conocidos los casos de personajes públicos a los que se les puede dar escaso crédito, pues obran de manera opuesta a aquella de la cual alardean. Presumen de talante, pero ese talante brilla por su ausencia, salvo para calificar a los suyos. Una verdadera pena y un verdadero fiasco los que donde dicen digo dicen Diego.

El evangelio, una vez más, nos pone en sobre aviso. No podemos alardear de ser creyentes cuando nuestro proceder no manifiesta esa supuesta fe. No podemos separar lo que creemos de aquello que hacemos, hay que ser consecuentes y que hablen por nosotros nuestras obras.

Dios escucha y reconoce las dificultades por las que pasamos unos y otros, y las tiene en cuenta. Nosotros, de igual manera, hemos de prestar atención a aquello que les pasa a los demás, ser custodios del bien del prójimo, en lugar de desentendernos de ellos. Porque parece que, hace tanto la friolera de veinte siglos como ahora, nos parece normal ir exclusivamente a lo nuestro, dejar de lado a los que tenemos incluso al lado. A este rasgo tan habitual lo calificaba el papa Francisco como la cultura del descarte. Tal vez la pregunta que deberíamos hacernos sería ¿no dejamos de ser en rigor humanos cuando ya el otro deja de ocuparnos? ¿Acaso nos estamos deshumanizándonos? ¿No habrá sido esa precisamente la tentación de siempre? 

Ojalá a los que creemos en Jesús de Nazaret no nos pase nunca algo similar, que nuestros actos no manifiesten la fe en el Resucitado. En Jesucristo sí se constataba plenamente esa coherencia entre el decir y el actuar. Hablaba con autoridad y daba ejemplo de esa autoridad en la que mostraba a las claras que él era el mesías esperado. Hablaba de misericordia, perdón y amor, e iba practicando aquello que decía. Anunciaba el Reino de Dios, e invitaba a experimentarlo.

Frente a los que se limitaban al cumplimiento estricto de la ley, con toda la letra pequeña en que justificarse; frente a los que regulan el comportamiento ajeno (e incluso el propio) desde la prescripción en negativo mediante numerosas prohibiciones, Jesús se atreve a plantearnos una perspectiva novedosa y rompedora. El amor ha de darnos la libertad para considerar de forma positiva el vivir, el hablar y el actuar para hacer el bien siempre y a todos. Es decir a ser consecuentes y que no haya fisura entre el amor bidereccional con Dios, y el amor desinteresado al prójimo. He ahí la prueba verdadera de la fe, esa que mueve montañas y transforma corazones, la capacidad de reconocernos como hermanos y de tratarnos consecuentemente como tales.

Esta semana celebramos en nuestro colegio la semana por la convivencia, pieza clave en el buen funcionamiento de un colegio. La convivencia es la joya de la corona, puesto que si funciona debidamente facilita que todo lo demás también pueda transcurrir de la mejor manera; pero también porque nos incumbe a todos. Cada uno de los que formamos la comunidad educativa de La Provi hemos de colaborar con nuestra actitud para garantizar la preciosa convivencia entre todos. No puede ser que solo consista en una normas a cumplir y en los consiguientes castigos cuando se sobrepasan unos limites que aseguran el buen trato entre nosotros, más bien se trataría de que todos vivamos en positivo esa fraternidad, la cultura del encuentro indispensable cuando se trata de conjugar Educación y Evangelio.

Comprometámonos a cuidar la convivencia tratándonos los unos a los otros como prójimos y hermanos, no desentendiéndonos, sino llevando a cabo la revolución de amar al prójimo como a uno mismo. Algo verdaderamente sencillo, pero no siempre fácil, aunque indispensable.

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