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sábado, 29 de noviembre de 2025

Llegarán

LLEGARÁN


Todo lo queremos para ya. La consecución de nuestros deseos no puede demorarse, ha de ser inmediata. El consumista atroz, el adicto a lo digital, lo quieren todo a tiro de clic. Que no nos vengan con la paciencia y la espera, eso es agua pasada; ahora lo quiero ya y que me lo traigan a casita sin más molestia que haber movido un poquito el dedo índice. Ni en las peores épocas de las antiguas tiranías un solo dedo llegó a ser tan ambicioso, tan poderoso, tan caprichoso, tan acaparador como lo es hoy el nuestro.

Por otra parte, lo ávidos de las ventas y el beneficio rápido no van a perder la ocasión: Señor cliente, aproveche el momento. Pero el que en verdad lo va a aprovechar sin duda es el vendedor. Acrecientan la publicidad para que también se dispare la demanda y llenar las arcas insaciables. Hoy black friday, mañana Navidad, y después las rebajas. De compra en compra y tiro porque me toca. ¿Estás preparado? No dejes que tu tarjeta de crédito descanse, y así, entre la adquisición planificada y la espontánea, vas intentando atenuar la ansiedad irrefrenable que te sobrepasa.

Pero parémonos a pensar un poquito. No perdamos el control. No hay que precipitarse ni acudir corriendo tras el primer reclamo. Las prisas no son buenas; la sensatez y la prudencia sí que lo son. Sabemos que todo llegará, que termina por llegar, así que haya calma y no demos rienda suelta a nervios como si no fuese a llegar la ocasión esperada. El tiempo, que no lo cura todo, pone a todos y cada uno en su sitio. Precisamos más pausa y lentitud para aprender a disfrutar del momento presente sin más, con lo que estés haciendo o siendo, como ahora con esta pequeña lectura. Y solo eso es suficiente: remanso y atención.

Ya nos encendieron las luces de Navidad; ya rebosan los estantes de los comercios de mercancías navideñas, y por tanto, como ya está montado el decorado navideño, lo que nos toca es ponerse en modo Navidad, alegría consumista y felicidad obligada. Pero no, no es así exactamente, lo que toca es esperar a que lleguen las Navidades, porque llegar, llegarán. Esa actitud de espera, de preparación, de comienzo es lo que llamamos los cristianos Adviento. No, no es Navidad todavía, toca esperar con la confianza de que el que ha de venir vendrá. Ni más ni menos, porque si dejamos que nos arrebaten el tiempo de Adviento, terminarán por quitarnos también la esencia de la Navidad.

El profeta Isaías nos anuncia que llegarán días de encuentro y reunión en la diversidad, de celebración compartida, de paz entre los pueblos en la presencia en torno a Dios. Cabe, por tanto, esperar a que ello ocurra, pero colaborando para que esta utopía intuida por Isaías se haga realidad: una humanidad fraterna y reconciliada. Hemos de tender hacia allí con esa disposición que expresa el salmo: vamos alegres al encuentro del Señor. Y así también nos exhorta San Pablo, cambiar de modo de vida para que esté más acorde con lo que se espera. Vivir esperando y preparando esa venida del acontecimiento que transforme definitivamente nuestro existir. Que se acaben los egoísmos, cainismos y consumismos que mantenemos como si nada fuera o pudiera cambiar nunca. Despertemos ya y comencemos a hacer efectiva la mejor forma de ser humanos, hermanos que avanzan hacia ese Dios con nosotros que ya presentimos.

Y en el evangelio de San Mateo se nos indica que Noé se preparó y dispuso. Cuando empezaron a formarse los nubarrones, el entró en el arca. Y al contar con los demás, en lugar de ser un final definitivo, su disposición a escuchar y cumplir la voluntad de Dios posibilitó un nuevo comienzo. No desoigamos hoy esa palabra de Dios que predispuso a Noé a ser garante de vida. No desoigamos esta invitación al comienzo del Adviento para preparar la venida gloriosa y humilde de nuestro Salvador. No se trata tanto de decorar calles y escaparates, no, pues para que llegue la Navidad, puesto que con la luz de las estrellas, y alguna que otra vela encendida, es más que suficiente para iluminar al que es la Luz del mundo.

Preparemos el corazón para estar prestos a acoger el amor de Dios a los hombres. Seamos hogares para los demás. Descartemos todo lo que nos impide estar cercanos de los hombre y de Aquel que se hizo hombre naciendo allá por Belén en un sencillo portal. Aprovechemos este tiempo de Adviento para que este año sea un tiempo de bendición para ti, para tu familia y para todos. Sólo así llegará finalmente sin prisa ni pausa, la tan esperada Navidad, con el verdadero sabor a natividad del Verbo encarnado. Mejor, por tanto, abstenerse de cualquier sucedáneo de Navidad sin precipitación ni denominación de origen.

sábado, 6 de abril de 2024

Rompiendo moldes

ROMPIENDO MOLDES


Nada es lo que parece. Nadie tampoco resulta ser aquel que nos habíamos pensado. Y es que concebimos la realidad con unos patrones fijos y limitantes, que nos ayudan a entenderla, pero al final terminan convirtiéndose en unos moldes que impiden abrirnos a lo real tal y como es. No es nada fácil pensar el mundo, la vida, sin acabar reduciéndola a nuestros pensamientos, es decir que termine siendo como yo me he imaginado que es.

¡Qué grandes aquellos que son capaces de ver más allá de lo consabido; que alcanzan a descubrir matices y rostros inéditos de lo real; que se salen de los moldes en los que con excesiva comodidad vamos encasillando la realidad. Precisamos de mentes abiertas y creativas, que no sucumban a la tentación de ir estrechando y anquilosando las ideas en ideologías, el pensamiento en teorías, y la palabra en palabras desgastadas, apagadas, sin emoción, sin significado ni vida.

Es más fácil cambiar la propia imagen, el aspecto, cambiar de vestuario, cambiar de aires, cambiar de lugar de residencia, cambiar lo exterior (ya de por sí cambiante), que estar dispuesto a cambiarse a uno mismo, la forma de entender el mundo, los propios pensamientos y chiclés, la manera de prejuzgar aplicando nuestros sesgos habituales. Esto requiere un trabajo serio y concienzudo. Cambiar de apariencia está al alcance de cualquiera, pero cambiar lo que uno es y hace, es decir, transformarse, ya son palabras mayores.

¿Quién puede ser tan abierto de entendederas para ser capaz de ver siempre de modo nuevo todo lo que tiene delante? ¿Quién, en lugar de permitir que su masa gris se vaya tornando en un gris ceniciento y plomizo, logra descubrir el colorido irrepetible con que puede ser vivido cada momento? Pues sí, haberlos haylos: seres que llegan a hacer surf con la rutina, a disfrutar como críos al menor descuido, a cambiar de perspectiva para llegar a apreciar todos los matices posibles, todos los significados y conexiones que puedan establecerse. El conocimiento, la comprensión de la existencia será lo que sea, pero nunca una tarea aburrida o monótona. Hay que espabilarse, hacer que las neuronas se mantengan curiosamente activas, perspicaces e indagadoras, o, por contra, sumirse en una insoportable modorra.  

Ojalá nos las veamos de esa manera escudriñadora ante la palabra de Dios. Ojalá el evangelio nos ejercite en ese mirar que busca comprender lo no evidente, para no terminar siendo un mero ser que más que vivo y despierto, solo sobrevive cual rumiador de hastío, tópicos y banalidades. Jesucristo es un gran revulsivo a nuestra inercia durmiente. Él no permite que andemos pensando como siempre se ha hecho, sino que pensemos y vivamos de modo nuevo y libre. No solo resucita Él rompiendo los moldes de la muerte, sino que además hace que la lógica de lo que creemos posible e imposible se nos desmadre. Por ello, ¿Qué será imposible para el que se aventura por las sendas de la fe, del riesgo a confiar? La fe no es solo atreverse a creer en lo que no se ve, sino sobre todo a crear lo que no se ve. No hay mayor fuerza creativa que el amor, que es capaz de superar cualquier impedimento y cualquier límite.

Justamente es esta capacidad de romper nuestros estrechos moldes y preconcepciones raquíticas es suficiente prueba de su divinidad, pues lo propio de Dios es trastocarnos enteramente la forma en que uno se posiciona ante la vida, lo que uno es capaz de ver, de creer y de realizar. Pues Dios siempre libera, salva restaura, amplía. A lo mejor eso del hombre viejo y del hombre nuevo que propone San Pablo, tiene mucho que ver con el volver a nacer que le pedía Jesús a Nicodemo. Jesucristo resucita, no hay piedra suficientemente pesada que pueda evitarlo. Jesucristo resucita saltándose todas nuestras evidencias, y no hay Sanedrín, ni Imperio Romano capaces de impedir que se sepa. Únicamente una libertad pasiva, indolente e indiferente, perfectamente conducida, puede ocasionarte que te quedes al margen de la vida resucitadora que conlleva adherirte a Jesús.

Pero analicemos el proceso personal de ruptura de moldes y canalizaciones por las que con docilidad dejamos que transcurran nuestras vidas. Primero los Doce eran solo pescadores, su afán era hacer su trabajo para vivir. Pero se encuentran con Jesús que les desinstala y han de dejarlo todo para convertirse en discípulos. Ahí no acaba todo, no es aún suficiente, pues aunque han roto ciertos moldes, aún la vida no transcurre con entera disponibilidad y frescura: han de pasar por el fracaso rotundo de la crucifixión de Jesús y superarlo. Experimentan la liberación completa en la relación pascual con Cristo resucitado. Es entonces cuando ya se les abren los ojos y entienden las escrituras. Ahora ya sí se les han caído todos los moldes y muros; ahora la vida es sin más como es, radicalmente nueva y extraordinaria. Ya no son ni meros pescadores, ni siquiera discípulos, ahora son plenamente apóstoles, que no pueden callar aquello que han presenciado.

Y es que tal vez la resurrección no es lo que ocurre después de muertos, la resurrección o vida nueva que nos regala el Viviente opera ya en esta vida, la transforma absolutamente. Luego, además, también, esa vida nueva, continúa tras la muerte, porque proviene de Dios y es eterna. La pregunta por tanto que deberíamos hacernos es: ¿Qué vida estas dispuesto a dejarte vivir? ¿Cuál quieres vivir? Decídelo y decídete.

¡Vive!