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viernes, 31 de octubre de 2025

Renovar la esperanza

 RENOVAR LA ESPERAZA


Si se mira y juzga precipitadamente, se corre el riesgo de no acertar. Si no nos paramos demasiado a observar con detalle, bien puede darnos la impresión de que los humanos, al menos en países desarrollados, vivimos una fiesta constante a la que no queremos renunciar. El que más o el que menos trata de disfrutar en todo momento y a costa de todo como si nos fuera la vida en ello. En un vistazo rápido puede parecernos que derrochamos vitalidad y alegría. Pero tal vez no sea tan así como creemos. 

Terrazas llenas de amigos, restaurantes en los que sin reserva no se te ocurra presentarte, vacaciones a todo lujo, aforo completo en tantos lugares de ocio; pero, al mismo tiempo, los informes demoledores sobre soledad no deseada, sobre el consumo de ansiolíticos o sobre depresiones y suicidios, desmontan la ficción de estar en la tan cacareada sociedad del bienestar. Desengañémonos, no es oro todo lo que reluce, sobre todo si pretendemos mirar sin hacernos trampas a nosotros mismos. Como aquella película titulada Lo que la verdad esconde, hay mucho más que tal vez, por acción u omisión, se nos esté pasando inadvertido.

En esa línea se viene pronunciando en los últimos años el último premio Princesa de Asturias, el filósofo coreano-alemán Byung-Chul Han. Tanto es así, que terminaba su discurso de agradecimiento en la recepción del premio afirmando que "Algo no va bien en nuestra sociedad". Podemos, por tanto, observar y reflexionar, tomar nota, leerle y debatir, a ver si esa supuesta felicidad no es más que otra farsa más, otro bulo que estamos dispuestos a dar por bueno, pero que no es real.

La Iglesia Católica siempre ha hecho hincapié en la esperanza como una de las virtudes teologales que no podemos permitirnos perder sin errar el rumbo. Andamos ahora metidos en pleno año jubilar de la esperanza, Y el actual papa León XIV acaba de sacar una extraordinaria carta apostólica, titulada "Trazando nuevos mapas de esperanza", en la que aborda la educación como acicate para renovar la esperanza, aprovechando la educación para promover una cultura más humana y justa.

No podemos permitirnos ceder a la desesperanza y celebrar y consumir la propia vida y las demás como huida del pesimismo profundo en que como sociedad vamos cayendo, como si nada tuviera remedio y estuviésemos abocados a un fin desesperado y agónico. Sabemos que lo peor que podríamos hacer es resignarnos y refugiarnos en un victimismo insolidario, en lugar de ponernos a los remos y escapar de ese atolladero al que nos conducirá irremisiblemente haber perdido la esperanza y puestos a perder, también la fe, la caridad y hasta lo que nos quede aún de humanidad. La educación ha de servirnos para revertir esta tendencia mortal ha que estamos sucumbiendo. La tarea educadora ha de estar preñada de esperanza y ser motor de transformación.

Bien podríamos alterar el refrán y decir: "Dime tu esperanza y te diré cómo estás". Si quieres, puedes parar un momento y preguntarte sobre lo que esperas de ti mismo y de los demás; lo que esperas de la vida y en la vida. Y también, puestos a autocuestionarnos, planteartse lo que espera cada uno tras la muerte. Casi es obligado al comienzo de este mes de noviembre volver a enfrentarse a la propia finitud y la de los seres queridos que ya han partido. Y ahí no hay muchas posibilidades: o aceptamos la desaparición total, o atisbamos esperanzados una continuidad, o al menos su razonable posibilidad.

Qué bueno sería poder renovar la esperanza como si se tratara de un delicadísima planta de la que nacen las ganas de vivir y de hacerlo con la verdadera alegría capaz de transformar la desesperanza reinante en ánimos y entusiasmo. La palabra de Dios de este sábado, Día de todos los santos, como del domingo, celebración de los fieles difuntos, sí que puede insuflarnos la luz de la que se nutra nuestra esperanza. Luz que anuncia el triunfo sobre la oscuridad y las tinieblas.

Jesús se dirige al pueblo numeroso que acudía a escucharle y les anuncia la seguridad del triunfo sobre toda penalidad. En el sermón de la montaña afirma que los que ahora sufren van a ser bienaventurados, felices, porque el Dios de misericordia no abandona a los hombres. El Hijo de María ve más allá, apunta a un futuro profético en que lo negativo va acabar y cambiar definitivamente. Creer en las palabras hermosísimas de Jesucristo sostiene nuestra esperanza. La actuación de Dios acabará contra todo mal propiciado y permitido por los hombres sin esperanza. Llegarán días firmes en que el triunfo del bien prometido por el Dios de vivos transforme nuestra condición. El Señor tiene preparado para sus amigos los santos, los que vivieron en fe, esperanza y caridad un lugar junto a Él. No se puede aspirar en esta vida a nada mejor, la otra la eterna en festiva comunión.

Ojalá nos queden algo más claras aquellas palabras de Václav Havel cuando apuntaba que "la esperanza no es una convicción de que algo saldrá bien, sino la certeza de que vale la pena luchar por una causa justa independientemente del desenlace".  Llevar a cabo la realidad del Reino, luchar por el proyecto de Jesús, ser santos en la capacidad de amar, merece por completo la pena, aunque el desenlace se encuentre aquí y todavía más allá de este mundo. Aprendamos a mirarnos con otra perspectiva para que se pueda renovar nuestra esperanza. Atrevámonos a ser bienaventuranza, anticipo y promesa del don de Dios de todo consuelo.

Sabemos que Cristo resucitó y resucita aún resucitándonos. Todos los hermanos que por el bautismo nos hemos unido a Él, ya participamos de su muerte y resurrección. No temamos a la muerte, porque ya no puede acabar definitivamente con la vida. Contamos con una vida divina que ha de estar operativa en cada uno de nosotros. Por tanto, no hemos de temer ni estar cabizbajos. Los que ya partieron, nuestros seres queridos, a los que seguimos añorando, ya están con Él en la vida eterna. Conocemos al que es la verdad, el camino y la Vida, y es justamente Él el que nos garantiza el acceso al Padre y al cielo. ¿Cómo no vamos a estar esperanzados los que hemos conocido su amor?

Lo que ahora no vemos, lo que ahora no llegamos a entender, lo que ahora todavía nos apena y entristece, debe comenzar a transformarse en segura esperanza de poder compartir el amor con Dios Padre, Hijo y Espíritu, con todos santos y familiares y amigos difuntos. Allí serán enjugadas nuestras lágrimas y seremos bienaventurados con los bienaventurados, porque supimos amar y supimos optar por vivir para el amor a Dios y a los prójimos con los que tuvimos la suerte de compartir nuestras vidas. Hoy agradecemos, recordamos y rezamos por los que se fueron, dejándonos también un hueco palpable, sabiendo que ya descansan en la bienaventuranza del Señor. A Él nuestra alabanza por los siglos.

sábado, 27 de septiembre de 2025

Maneras de vivir

MANERAS DE VIVIR


Los que llevan en esta vida ya mucho recorrido tal vez recuerden una canción que en su día alcanzó mucha fama, y hoy, aunque sea un clásico de aquellas generaciones, ya es poco escuchada. Y es que pasa el tiempo, los seres humanos también, y con ellos a la vez las modas y gustos con una pasmosa fugacidad. El tema en cuestión se titulaba "Maneras de vivir" y sirve de inspiración para la entrada de este XXVI domingo de tiempo ordinario, ya que las lecturas nos proponen estas posibles maneras de vivir que cada uno trata de llevar con mayor o menor acierto.

Y es que esto de la vida no es cuestión baladí, que está muchísimo en juego. Por ello el profeta Amós nos indica que algunos andan viviendo de lujo en lujo, de deleite en deleite, y de banquete en banquete, y la vida se les pasa sin más ni más, inmersos en una distracción inconsciente poco propia de los seres racionales que supuestamente somos. Efectivamente, lo que antaño pasó, sigue pasando hoy en día. Los poderosos se dedican por completo a su continuo disfrute, sin reparar siquiera en los sudores y dificultades que pasan muchos del resto de los seres humanos. Mientras algunos abundan en la opulencia, otros pasan enormes penurias, y no tratan de poner a esta injusta e inhumana situación remedio alguno. Tan solo se ocupan de su estúpidas fiestas privadas y se enriquecen a costa del sufrimiento del resto.

Qué bueno que las Escrituras siempre nos proponen una lectura de la realidad con mayor sensibilidad, la de Dios, para hacernos ser críticos con esta manera de vivir insostenible. La palabra de Dios una y otra vez nos insisten en que hemos de despertar ya, no permanecer con la cabeza, el corazón y el alma embotados y aceptamos como normal lo que es absolutamente inaceptable.

Lo peligroso es que no solo los poderosos se miran en exclusiva a su propio ombligo, prescindiendo de los rostros de sus semejantes. Esa manera de vivir inconsciente y egoísta es compartida de manera generalizada por unos y otros, y es ahí donde radica el verdadero problema. También nosotros vamos a lo nuestro y el sufrimiento y las necesidades ajenas nos terminan resultando indiferentes. Esa manera de vivir tan nociva se podría expresar bajo el adagio de "tú a lo tuyo", como si en lo tuyo no cupiese lo de todos. ¿O es que alguien se ha hecho a sí mismo sin nadie que le haya prestado su ayuda, colaboración, auxilio o cooperación? Ya antes de venir al mundo todos precisamos de otros seres humanos. Precisamente ser persona es reconocer esa tupida red de relaciones que posibilitan que seamos. Sin embargo, terminamos cayendo en aquella manera de vivir que denunciaba el profeta Amós.

En la parábola que nos regala Jesús en el evangelio, aparece la parte que no solemos tener presente. Hay dos personajes un rico que solo se ocupa de pasarlo bien y un pobre llamado Lázaro del que el rico no se ocupa, a pesar de tenerlo en la puerta de su casa. Tras la muerte de ambos, el rico no goza de la gloria de Dios, como sí lo hace Lázaro, y por fin, ya tarde, descubre que no ha sabido vivir esa relación preocupada, implicada y ocupada en compartir su bienestar con los que tenía cerca (prójimo). ¿Qué nos impide a nosotros reconocer y paliar las necesidades de aquellos que están a nuestro alcance? Santa Teresa de Calcuta veía en el sufriente al mismo Jesús y se deshacía en atenciones con todos ellos. Su corazón estaba atento al prójimo y sus manos prestas a cuidar. Hay una manera mejor de vivir, mucho más grata a Dios y a los hombres. Empecemos a vivir dando vida.

San Pablo, hoy, en la primera carta a Timoteo lo afirma con estas palabras: "busca la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la mansedumbre..."Ese el el camino, esa es la forma, la manera de transformarnos en más humanos, viviendo en la caridad, que es el amor que no se cierra sobre sí mismo, sino que por contra se entrega en bien de los demás. Esa es la manera de vivir que da satisfacción y plenitud, y no el disfrute vulgar y pasajero que poco aporta y termina por sumergirnos en una vorágine de consumo deshumanizadora. No seamos como el rico incauto, que entre tanto disfrute vano, no se percató del hermano desnudo, enfermo y hambriento.

sábado, 20 de septiembre de 2025

Ajustar las cuentas

AJUSTAR LAS CUENTAS


Después de tanta información que nos dan los medios de comunicación y de cantidad de películas y series, hemos terminado asociando el significado de venganza cruenta a lo que antes se expresaba con el término ajuste de cuentas. No todo ajuste de cuentas ha de implicar tomarse la justicia por su cuenta, más bien eso ocurre en ciertos casos en los que no se ajustaron nada bien las cuentas, en que alguno de los intervinientes en el trato no cumplió con lo establecido, faltando flagrantemente al acuerdo, y por eso, acabó en una escabechina. Lo normal es que si uno recibe un bien o un favor, luego trate de devolver aquello que ha recibido, ya que de bien nacidos es ser agradecidos. Pero recordemos que las relaciones entre las personas no han de reducirse a meros negocios.

Porque estamos ya hartitos de gente interesada, personas que solo tratan con los demás para sacar provecho de los demás. Gente sin escrúpulos que sólo buscan su propio beneficio, que tan sólo miran por sí mismos y todo lo que hacen les vale si persigue ese fin. En una sociedad marcadamente materialista e individualista es normal que esto ocurra, sin embargo, aunque esa haya sido la tendencia general de muchos seres humanos, y hayan causado efectos devastadores a lo largo de la historia, no todos hemos de ser así. Es más, cuanto menos seamos así, mejor para todos.

Nosotros no caigamos en ese error tan extendido. Advirtamos que otra manera de estar en el mundo y tratar con los demás es posible. Siempre habrá poderosos sin escrúpulos, capaces de pisar, engañar, manipular, vender, comprar, arruinar, destruir, especular y lo que haga falta, con tal de seguir acumulando ellos, sin preocuparse ni de la pobreza, la hambruna, muerte y desolación que van dejando a su paso. Para estos seres inhumanos la sed de poseer y dominar les impide ver ni las víctimas y ni las consecuencias de sus actos y decisiones. Creen que no tiene que dar cuenta a nadie, peor sí se las exigen a los demás con extremo rigor. Se equivocan por completo cuando creen que se librarán de hacer un balance final y de ajustarse las cuentas. Se consideran más inteligentes que todos los demás, pero demuestran ser unos completos insensatos.

En este domingo XXV de tiempo ordinario el profeta Amós nos pone en sobre aviso ante esta práctica explotadora que practican los malvados y que el Dios del amor deplora, pero los que han sucumbido al dios dinero desprecian esta antigua enseñanza, a la vez que se desentienden del amor divino.

¿Y nosotros? ¿Somos de los que en nuestro vivir tratamos de acaparar bienes a toda costa y valernos de los demás, o por contra, queremos compartir lo que somos y tenemos con sencillez y transparencia? Sin duda, la palabra de Dios nos ayuda a reconocer aspectos no siempre claros de nuestro proceder y tratar de transformarnos. Hemos de dejarnos iluminar por esta palabra que corrige, anima y hace crecer. En este sentido, el evangelio nos resulta muy beneficioso y esclarecedor. 

San Pablo, en la preciosa carta a Timoteo nos recuerda que en lugar de vivir con ese horizonte exclusivamente interesado, busquemos mejor el bien común, el que Dios promueve; este Dios Padre que se desvive por nosotros y nuestro bien. Los seres humanos, si estamos dispuestos a vivir conforme a esa voluntad que nos bendice, podremos hacer de este mundo un lugar en el que no se excluye a nadie, sino que se le apoya y cuida; donde sólo se combate por mejorarnos para mejorar el mundo.

No seamos, por tanto, de los insensatos que creen que no habrán de ajustar las cuentas ni consigo mismos ni con los demás, ni con la historia (al menos la propia) ni con Dios. Al final de la vida seremos juzgados del amor con el que hemos vivido; habremos de ajustarnos las cuentas, y ya no habrá posibilidad de más autoengaños ni huidas, la verdad de lo que hemos sido, de lo que hemos hecho con nuestras vidas y nuestros talentos quedará en evidencia. Tan sólo eso: saldrá a reducir la verdad tal cual es. En algunos casos esa verdad será entrañablemente hermosa, porque triunfó la humildad, la bondad y el servicio; pero habrá otros casos en que la verdad dará vergüenza, será nauseabunda, porque tan solo nos movió el egoísmo feroz y la autocomplacencia, el amor al dinero, la violencia y la falta de honestidad, y no habrá ya nada que hacer ni lugar donde esconderse.

Como nos propone Jesús en el evangelio, si somos fieles en lo poco, podemos llegar a ser de manera fehaciente hijos de la Luz, hacedores de bien en lugar de daño. Somos siervos que hemos de elegir bien a quién servimos, para que así nuestras obras puedan presentarse el día que haya que ajustas las cuentas, y nuestra entrega sea reconocida y agradecida. Escojamos al mejor Señor y nuestra labor redundará en beneficio de todos. Ese es el camino de la felicidad compartida y del acierto pleno. Por contra, los que se equivocan en esa elección se destruirán ellos mismos y todo con ellos. No podrán ajustar las cuentas con el Señor de la vida, porque mucho les fue encomendado y lo desperdiciaron, dando más valor a lo material que a lo humano y a lo divino.

A tiempo estamos de acertar y priorizar todo lo que da vida, genera vida, alegría y construye fraternidad. El reino de Dios no sólo es deseable, también es posible, siempre que cada uno de nosotros ponga de su parte. Si tú te transformas, se empieza a transformar a la vez tu entorno.

sábado, 9 de noviembre de 2024

Inagotable

INAGOTABLE


Vivimos precipitadamente; vivimos bajo el agobio de lo inmediato y lo urgente; malvivimos inmersos en un ritmo trepidante de consumo precipitado. Se nos agota en una desproporcionada y frenética jornada, en la que no hemos podido llevar a cabo todo lo que hubiésemos debido. ¿A qué es debido? ¿Es que nunca es suficiente? ¿Adónde nos van a llevar tanta actividad y tanto agobio? Los adultos hace tiempo que hemos perecido en esta zozobra consumista de actividades que nos deja sin tiempo para nada verdaderamente relevante. Pero lo peor es que en esta insana vorágine ya estamos introduciéndoles a nuestros hijos: después del colegio, a inglés, luego a defensa personal, fútbol, ala delta y hasta macramé si se tercia, el caso es tenerles ocupados, poco importa en qué. La actividad por la actividad, del mismo modo que antaño se reivindicaba "el arte por el arte".

Así no podemos seguir. ¿Se podría parar en algún momento y recobra cierta cordura? Porque cuando llega el esperado fin de semana, volvemos a meternos es esa inercia desgastante de frenéticas actividades. Tal vez habría que plantearse empezar a vivir de otra manera, sin tanta necesidad autoimpuesta, con lo esencial. ¿Para qué tanto? Pues parece que hemos caído bajo el yugo de la cantidad, en perjuicio de la calidad. ¿Acaso nos merece la pena acabar exhaustos y seguir tirando como uno pueda? 

Resulta inevitable no acabar afectado en mayor o menor grado, viviendo como vivimos en una sociedad radicalmente materialista y consumista. Así, a uno le da por tener mucha ropa, otros por acumular abalorios, el otro por amigotes y fiestuquis como si no hubiese mañana, otros por viajes y más viajes, o hay quién se dedica a obtener los trofeos de muchas relaciones pseudo afectivas de usar y tirar; el otro por incrementar los seguidores en las redes, o por tener saturados los dispositivos móviles de fotografías, etc. ¿Y tú? Efectivamente, puede ser también este consumo excesivo un recurso como otro cualquiera para tratar de huir de uno mismo, de su propio vacío interior, y hasta de la propia verdad de la que trata de escapar cómo sea.

Sin embargo, las lecturas de este domingo XXXII de tiempo ordinario (b) nos conciencian que lo que cuenta a ojos de Dios es lo poco, cuanto menos mejor, pues cuando algo es de menor valor, más valioso resulta a los ojos de Dios. ¿Podría resultarnos interesante y benéfico este modo de plantearnos la verdadera importancia de lo pequeño? Eso es para Dios, sí, ¿pero puede serlo también para nosotros, simples mortales? Sí, sin duda lo es, porque cuando se logra ver que si uno empieza a dar de lo que tiene y de lo que es, cuando uno se pone en la dinámica de ser para los demás, es decir, en la dinámica de la entrega sin reservas, descubre una fuente inagotable (sí, inagotable) dentro de sí.

De Dios también es propio eso de ser inagotable, por lo que, en nuestra pobre medida, cada uno de nosotros ha de poder llegar a asemejarse a Dios en esto de darse y darse con entusiasmo, ilusión, y completa gratuidad. Entonces irá ocurriendo ese pequeño milagro -y por tanto grande- que las fuerzas y los propios recursos, el amor, no se agotan, sino que se renuevan incesantemente, en contra del primer principio de la lógica económica.

Por ello, se hace necesario señalar el reconocimiento a todas aquellas personas que han salido de su comodidad y su pequeño mundo satisfecho, para volcarse en las labores de ayuda a los damnificados de la catástrofe humanitaria ocurrida en la zona de Valencia y aledaños. Mientras que los de siempre, más ocupados en la cuantificación voraz de lo suyo, y en el escurrir el bulto a toda prisa echándose la responsabilidad los unos a los otros, nos encontramos con múltiples hombres y mujeres de bien, anónimos, como la viuda de Sarepta que atendió al profeta Elías, con sus últimos recursos. o como la pobre viuda del evangelio que entregó lo poquito que le quedaba para seguir malviviendo. Lo pequeño es grande cuando lo ve Dios, pero también a nuestros propios ojos cuando los protagonistas son personas que les falta tiempo para tratar de remediar las carencias de los otros. Sí, en medio de escenas de auténtica destrucción, hemos contemplado la belleza de personas de buen corazón, dispuestas a remediar en la medida de sus posibilidades, el sufrimiento y la desesperación de sus semejantes.

Lo que vio Jesús y lo reconoció ante el altar de las ofrendas, según nos narra hoy el evangelio, también lo podemos ver nosotros. Mientras haya personas que se lo quitan a sí mismos y lo ponen a disposición del necesitado, habrá esperanza, no estará todo perdido, ni el mal tendrá la última y definitiva palabra. Frente a la tiranía de la cantidad, triunfará la ley de la calidad, la calidez y la caridad, que es admirable en los seres humanos cuando saben construir un mundo nuevo y humano, ese que nos exige el evangelio. ¡Qué grandeza la de todos estos voluntarios de tan buena voluntad!  

También tú descubrirás en ti una fuente inagotable, la del amor generoso, cuando conectes con los otros y vivas para que ellos también ellos vivan, pasando del límite del egoísmo al compromiso por el bien común. Porque en definitiva, lo que de verdad importa no es acumular y acumular, sino compartir con los demás.

sábado, 25 de noviembre de 2023

Las cuentas claras

 LAS CUENTAS CLARAS


De antemano sabemos que tarde o temprano todos hemos de rendir cuentas. Nos guste más o menos. uno termina siendo el resultado del proceso de aquello que ha ido haciendo con mayor o menor acierto en el tiempo del que se ha dispuesto para ello. Y sí, el Dios cristiano, que nos concede toda la libertad del universo para que logremos ser la persona que determinemos, al final también nos pedirá que le rindamos cuentas. Es inevitable, pero al mismo tiempo es muy razonable.

No nos debe extrañar, pues en las costumbres asumidas funcionamos de modo semejante. Uno entra en el supermercado y va echando a la cesta de la compra una serie de productos según su antojo, pero antes de abandonar el establecimiento ha de abonar el precio de lo adquirido. Así también uno elige un restaurante, luego pide a la carta y, según lo que haya solicitado, así le llegará la cuenta con el montante de lo consumido y su respectivo IVA, porque, además, hay que tributar a las primeras de cambio.

Pues de igual modo que los griegos hacían una libación a los dioses, cediéndoles una parte del contenido de su copa, a nosotros, cada vez que consumimos, se nos requiere también una parte sustancial del importe pagado para que nos la administren los políticos, que son los que se ocupan del bien común y del reparto equitativo, a pesar de que siga habiendo una desigualdad apabullante y preocupante en la sociedad. En ese sentido, poco o casi nada ha cambiado el mundo y su equidad desde la época de Jesús hasta la nuestra: muchos contribuyen para que unos pocos decidan el reparto que más les conviene.

Y tras esta inoportuna digresión, y retomando el asunto de tener que rendir cuentas y no de tributos, los estudiantes se lo saben muy bien: primero vienen las clases con sus explicaciones, después los ejercicios y los trabajos, y, finalmente, hay que terminar rindiendo cuentas en los exámenes. No hay escapatoria. Con lo cual uno puede demostrar si verdaderamente ha aprendido algo, y, por tanto, sabe dar cuenta de lo que se le pregunta, hacer el ejercicio, la traducción o resolver el problema.

Y es que importa mucho poder contar con esa libertad esencial para decidir lo que hago con mi vida en el día a día, pero de igual modo, es fundamental contar también con la fortuna de poder rendir cuentas de lo hecho, explicar lo que uno sabe, lo que uno es, porque lo ha ido realizando tramo a tramo. Por contra, nunca asumiríamos lo que hacemos, y educar pasa por ayudar a asumir que somos responsables de aquello que hacemos y, además, también, de aquello que ni hemos intentado hacer porque ni nos preocupamos en ello o directamente nos desentendimos.

Si hace unas semanas Jesucristo nos presentaba el sorprendente programa para ser discípulos suyos y tratar de impulsar aquí en la tierra el Reino de los Cielos, es decir, la propuesta de las bienaventuranzas, hoy en el conocido pasaje de Mateo 25, se nos anuncia que al final de los tiempos vendrá la ocasión de rendir cuentas ante Él de todo lo que hicimos o dejamos de hacer con nuestras vidas, mientras nos ejercitábamos en esto tan crucial de vivir la vida. Entonces, ante Cristo, Rey del Universo, le preguntaremos: Señor, cuándo te vimos con hambre o con sed, o enfermo, o forastero, o desnudo o preso? Porque todo cuenta, y resulta que lo que hacemos al hermano se lo hacemos al mismo Cristo. ¿Cómo puede ser esto? ¿Cómo es posible que hasta los pequeños gestos de amor cuenten? Pues sí, afortunadamente, lo que hagamos por cualquiera de estos pequeños, se nos tiene en cuenta.

Así que avisados estamos, tarde o temprano, cuando llegue el tiempo de la vendimia, nos examinarán del amor, como decía el poeta. Entonces habrá que aclarar las cuentas, presentar el balance final, y reconocer cuánto amor recibimos y cuánto amor produjimos; porque de eso, sobre todo, es de lo que va la trayectoria existencial y la verdad hecha vida. Todo lo demás, por muy importante que ahora pueda parecernos, en bien poco queda.

Resulta pues curioso, y hasta justo, que los que vivieron uniendo, estrechando relaciones y amando, cuando pase este tiempo y llegue el definitivo, seguirán en el amor y la comunión recíproca con Dios y con todos, frente a aquellos que hicieron división de sus vidas, conflictos, separaciones, desunión y falta de entendimiento, quedarán desligados del plan eterno al que estamos llamados.

Por tanto, mientras tengamos tiempo, no lo malgastemos en discusiones, sino en pequeños gestos de amor y caridad, de encuentro, fraternidad y misericordia, porque eso es lo que cuenta cuando tengamos que rendir cuentas al Señor. Vive, pues, más sensatamente encontrándote con todos y sirviendo a cada uno, porque en esto encontrarás la plenitud aquí en la tierra y muy posiblemente también en el cielo. No te quedes al margen del bien y del amor, pues de seguro que tu vida, por no haber aprendido a amar llana y sencillamente, se habrá malogrado.  

    



sábado, 23 de septiembre de 2023

Sui generis

 SUI GENERIS

A menudo las cosas no son como parecen. Con cierta frecuencia, y en contra de lo previsto, salta lo insólito y nos pilla descolocados. Creemos que nos sabemos de sobra lo que ocurre, lo que está ocurriendo y lo que ocurrirá; que todo se tiende a repetir una y otra vez de modo muy similar al de otras veces y, por tanto, sabemos muy bien a qué atenernos de antemano.

Los seres humanos concebimos todo a nuestra manera, y hasta no nos sienta demasiado bien cuando las cosas se nos alteran. ¿Qué sería de nosotros sin ese margen de suposición consistente en que todos siga siendo conforme ya era? ¿Dónde quedarían nuestras seguridades? ¿Qué podríamos conocer por el seguro método científico si no hubiese una repetición que probara sobradamente el cumplimiento de cualquier hipótesis? ¿A qué podríamos atenernos entonces? ¿De verdad podemos creernos que la vida transcurre una y otra vez por los derroteros acostrumbrados? ¿Todo es siempre tan sumamente monótono y anodino?

Pues a Dios tal vez le guste sorprendernos y de paso también despertarnos de nuestra recurrente modorra. Con sus inesperados guiños a lo mejor logra romper nuestras concepciones férreas, permitiendo que de vez en cuando surja un conejo en la chistera. Hay a quién puede no sentarle nada bien los imprevistos; hay quien no lleva bien que a veces sea necesario desaprender algo para poder aprender lo nuevo. Pero cuántas veces no hemos de rectificar, volver sobre nuestros pasos para poder retornar al camino correcto.

Las lecturas de este domingo XXV de tiempo ordinario (A) nos hablan del Dios que no está hecho a nuestra medida, sino de otro muy distinto al que el hombre suele proyectar a su medida. Un Dios que tiene unos planes, unos proyectos y unos modos, que no son los que cupiera esperar desde nuestras expectativas. Un Dios algo sui géneris, puesto que desborda nuestras pacatas concepciones, ni se adapta a lo que podíamos haber nosotros previsto, pero es el que es y tal cual es: el Dios auténtico. ¿Y si entonces las que hubiese que adaptar a la realidad fueran maneras de entender lo que es Dios? ¿Y si tratáramos de entenderle? ¿Y si nos ponemos a la escucha y nos dejamos sorprender?

El profeta Isaías nos previene de ello cuando profetiza que hay que buscar a Dios mientras se le encuentra: no al final, sino durante todo el trayecto que vamos recorriendo hasta dar con Él, porque se deja entrever también durante el camino. El problema sería no llegar a advertirlo, no saber encontrarnos con Él porque no le buscamos tal y como es. Nos anima a invocarlo sabiendo que lo tenemos muy cerca, es decir, que está aquí entre nosotros, en las entretelas de nuestras existencias, y por tanto, la invocación puede volverse íntima conversación. ¡Qué Dios este tan admirable como sorprendente!

Y en el Evangelio es el mismo Hijo el que nos presenta una parábola bien llamativa, la del propietario que manda a diferentes trabajadores sucesivos a su viña a lo largo de la jornada. Al terminar el día paga a todos igual según lo acordado, pero los que habían trabajado más horas reclaman más paga que los demás. No se alegran que haya contratado más trabajadores ni que sea con los últimos compañeros tan generoso como con ellos, por contra, se quejan y sienten injustamente tratados a pesar de que el dueño de la viña les paga lo que les dijo y que entonces les había parecido bien.

Desde luego, cuando pensamos así, solo en nosotros y en lo nuestro, y nos desentendemos del bien de los demás, no entendemos el mundo con la bondad, la generosidad y misericordia con la que Dios nos trata a todos sin distinciones. Desde luego que eso de que los últimos serán los primeros, y (por fin) los primeros últimos, no nos termina de entrar en la cabeza. Desde luego que este Dios tan sui géneris, que va más allá de la justicia según los hombres, para proponernos una justicia que se basa en la caridad, nos rompe todos los esquemas. Y qué bueno que sea así, y podamos empezar de nuevo, pero esta vez atisbando algo.

Sin embargo, este es el Dios cristiano, el Dios que se compadece y busca nuestro bien; es Dios del amor. ¿Puede haberlo mejor?


Pincha en el enlace para poder acceder al buenos días de esta semana:

https://sites.google.com/smprovidencia-alcala.es/buenosdaseso/septiembre/semana-39

sábado, 9 de septiembre de 2023

Rizar el rizo

 RIZAR EL RIZO


ESCUCHAR la palabra de Dios, a diario, o al menos domingo a domingo, puede ser verdaderamente beneficioso para todos nosotros. En primer lugar, el beneficiario directo de la escucha es el que presta atención a esa palabra, se siente receptor interesado y se deja sondear por la palabra de Dios, palabra que es enteramente humana y a la vez revelada, es decir, iniciada e inspirada por la divinidad para iluminar nuestras existencias. El comienzo de toda vida espiritual en el hombre viene dado por esa disposición receptiva a la propuesta de Dios que nos sitúa, nada más y nada menos, como interlocutores suyos.

Que el ser humano llegue a rechazar esa oferta extraordinaria -aunque comprensible y respetable- sería una gran imprudencia, porque con ese rechazo se impide que el mismo Dios Padre, impulse nuestra más profunda libertad, para quedarnos tan solo con un sucedáneo de libertad, que solo trata de acomodarse a la realidad e ir tirando de la manera que se pueda. Es verdad que ese rechazo resulta muy cómodo y te evita toda búsqueda radical, porque la persona se autolimita a escuchar lo que dice el mundo o la sociedad, pero que no lanza a llegar a escuchar más allá de la mera evidencia.

Pero si aceptamos esa escucha asidua de la palabra de Dios, si como deja traslucir la etimología de la palabra escuchar "inclinamos la oreja", se iniciará un proceso de crecimiento integral, donde el creyente va aceptando dentro de sí la levadura de la vida divina. ¡Oh, ser vasijas de barro, pero barro moldeado por el divino alfarero! Escuchemos su Palabra y dejémonos escuchar por ella.

En este vigésimo tercer domingo de tiempo ordinario, la propuesta que nos trae la escucha de la palabra nos viene a decir que no basta con ser responsables de lo que hacemos o dejamos de hacer cada uno de nosotros, sino que además, tenemos que asumir también cierta responsabilidad sobre las acciones y comportamientos de los demás. Sí, por eso hablamos de rizar el rizo, porque si ya nos cuesta asumir responsablemente las consecuencias de nuestros propios actos, además, si nuestros semejantes obran el mal, hemos también de hacérselo saber, para que sean conscientes de ello y puedan reconducir su actitud si así lo determinan.

Para nada entonces la indiferencia y el pasotismo. Primero saber escuchar para tratar de aclararse, tratar de discernir lo bueno, lo correcto y lo mejor para todos; y después, tratar de realizarlo consecuentemente. Pero si no tuviésemos ya bastante con ese imperativo moral personal e intransferible, además nos deberíamos comprometer con advertir a nuestros hermanos de sus fallos, no quedarnos callados; pero tampoco se trata de hacer sangre de los errores de los demás, sino hablar con ellos, intentando de hacerles ver que hay otras maneras más justas de proceder. Y esto, seguro, seguro, que nos causa más problemas, pero no podemos mirar para otro lado, haciendo dejación de los fallos de otros, porque somos también coresponsables los unos de los otros.

Ahora bien, de ahí a monitorizar continuamente a los demás y hasta tiranizar su comportamiento con nuestro parecer, convirtiéndonos en sus jueces, hay un salto demasiado grande. Hazle caer en la cuenta, sí, pero con corrección fraterna y nunca anulando su voluntad ni su libertad. Ni tampoco cumpliendo ese refrán que dice "consejos vendo, pero para mí no tengo", porque el primero que ha de tratar de obrar bien es uno mismo, y luego, si puedes y estás capacitado, ayudar al resto.

El apóstol San Pablo en la Carta a los Romanos nos lo dice hoy de una manera sencilla, clara y sumamente acertada: "Uno que ama a su prójimo no le hace daño; por eso amar es cumplir la ley entera". ¿Le vamos a escuchar? ¿Lo vamos a llevar a nuestra vida y a nuestras relaciones?

¡Ánimo, es posible ir mejorándonos!