sábado, 7 de noviembre de 2026

Anticiparse

ANTICIPARSE


Los cambios se van a ocurrir, eso hay que darlo por seguro. No podemos predecir el futuro, pero sí hacer ciertas conjeturas, proyectar aquello que desearíamos que ocurriese, lo que al menos parece mejor para todos, y tratar de hacer todo lo que esté en nuestras manos para que efectivamente así suceda. Cabe entonces la posibilidad de mantener firme la esperanza, no desanimarse ni desanimar al personal, no dejarse vencer por el desencanto y el desánimo. Es necesario hoy, tanto como siempre lo ha sido, ser propiciadores anhelantes de una acción promotora y prometedora de un futuro deseable.

Mientras a unos se les etiqueta a la ligera con el calificativo de conservadores, a otros con el de progresistas; pero muchas veces podemos caer en convertir las palabras en meras etiquetas que tan sólo distinguen burdas generalidades. Seguro que los que tildamos de conservadores comprenden que ciertas cosas son dignas de mantener y otras de enmendar cuanto antes. Los supuestos progresistas también propondrán cambiar lo que no funciona y mantener aquello que favorece el desarrollo. Sería tal vez pecar de ilusos entender este encasillamiento de manera cerrada, en lugar de tratar de juzgar la realidad de una manera más completa y concreta. Bien pudiera ser que en esta manera tan simplista de caracterizar la realidad subyazca un potente mecanismo de manipulación.

Pero no cabe duda de que, tanto los unos como los otros, hemos de prepararnos para el porvenir, y preparar ese porvenir, aún sabiendo que la adversidad está presta a involucrarse en nuestras vidas de golpe y porrazo, y sumirnos en la mayor desolación, que no pensábamos y que difícilmente hubiéramos podido evitar. Acabamos de pasar por una auténtica tragedia, otra más, la que ocurrió apenas hace unos días en el choque de trenes de Urda, Toledo. Ciertamente nunca podemos saber lo que va a pasar, vivimos en la incertidumbre, o como diría Pedro Huerta en la intemperie, pero quizás sí podemos anticiparnos y estar medio preparados para lo que pueda ocurrir. Que no nos pille descolocados, sino favoreciendo lo que conviene.

El atleta o deportista se prepara, entrena duro, porque sabe la prueba que le espera. Esa es la manera mejor de anticiparse y prepararse, y de este modo afrontar ese momento decisivo de la competición. No se trata de ganar a los otros, más bien se puede ganar cuando uno es capaz de superarse a sí mismo. Sabe que no sólo cuenta la preparación física, también ha de entrenar su preparación mental y emocional. Por ello el ser humano que quiere anticiparse a lo venidero no debe ocuparse de lo físico, sino también necesariamente de todo aquello que constituye su integridad. Si reducimos la existencia humana sólo a la mera instalación en lo material y temporal, mal preparados vamos a estar para lo que pueda acontecer.

El conocido evangelio de este domingo XXXII de tiempo ordinario de las vírgenes prudentes nos sirve de advertencia sobre el error que puede ser llevar una vida cómoda y excesivamente acomodada, en lugar de una que siempre deja abierto el horizonte futuro. Y es que es un gran peligro renunciar a esa dimensión fundamental de sentido de la transcendencia, reduciendo el vivir al mero consumir. Al final no se hace al hombre más libre cuando se olvida de Dios, sino que en realidad se empobrece su estancia terrena y se la satura de sinsentido. Hemos nacido para celebrar la vida y esperar al novio que las Escrituras nos han anunciado; hemos de anticiparnos a su venida. Que no nos pille sin aceite para iluminar su presencia. No podemos dejar de anhelar su regreso glorioso con un corazón capaz de amar y transcenderse.

Se puede gestionar la incertidumbre como el tiempo y espacio oportunos en que uno puede ir preparándose y disponiéndose. Hay que aprender a vivir en el presente, claro está, pero este presente no se reduce a su propia fugacidad, sino que más bien es la semilla que porta una luz para alumbra tiempos nuevos.

Estar en el momento exacto, en el lugar oportuno y con la disposición adecuada, no es cuestión que debamos dejar al azar, requiere un discernimiento y una preparación. Como la futura madre no deja nada sin organizar antes de la llegada de su bebé, así tampoco nosotros podemos abandonar nuestra preparación humana y espiritual. Qué gozo el pasar de los días con la certidumbre de que lo mejor se va acercando y nos espera, que tarda aún, pero que sin duda alguna llegará cuando deba llegar.

Frente a esta sociedad de la desilusión, en que cada cual sólo se lame sus propias heridas, podemos ser como las vírgenes prudentes, y que venga cuando venga el Esposo nos encuentre ahí aguardándole con nuestras lámparas ardiendo. Seamos personas que no ha perdido la esperanza para vivir de manera positiva, con amabilidad y con creatividad. No cedamos al desánimo. Este mundo precisa gente que, en lugar de dejarse vencer por el desengaño y la tristeza, empujan desde su puesto para que el mundo sea más habitable, al menos en su entorno. Esos se esfuerzan y se esforzarán denodadamente por conseguir y celebrar al Dios que nos salva a todos los hombres, el Dios con nosotros que está en camino. ¡Ay del que se quede fuera de la boda por su contumaz imprudencia!