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sábado, 30 de mayo de 2026

Quien a su familia se parece

 QUIEN A SU FAMILIA SE PARECE


Conocidísimo es el refrán español que afirma aquello de que "Quien a su familia se parece, honra merece". Y es que si hemos recibido un buen ejemplo y una educación apropiada, reproducir posteriormente ese legado que nos han transmitido es realmente justo y meritorio. ¡Qué menos que valorar y cultivar esa preciosa herencia! No se trata de ser meras copias sin originalidad, sino justamente perfeccionar desde la singularidad de cada uno, y en un contexto diferente, esa manera conocida de afianzarse y dotar de sentido nuestras particulares biografías. Todos deberíamos tratar de ser sucesores de un linaje, y honrarlo con nuestra mejor aportación posible.

Y es que es propio de los humanos reconocernos en los otros e imitar aquello que hemos aprendido. Muy posiblemente a lo largo de la vida habremos gozado de hermosos ejemplos y también de experiencias fallidas. A su vez, en la medida que vamos desplegando la existencia, nos convertimos también en modelo de otros muchos, en educadores de los demás por interacción con ellos, seamos conscientes de ello o no. Por tanto, sí importa, y mucho, lo que cada uno hace o lo que deja de hacer, pues de este modo se demuestra el ejemplo que ha recibido y el que está dispuesto a ofrecer también a los demás.

Sin embargo, es muy frecuente otra tendencia contraria: pretendemos que los demás se comporten como nosotros decidimos, que se adapten a nuestro parecer, gusto y antojo. No tanto parecernos a lo que hemos visto y considerado como ejemplar, sino por contra exigir que los demás reproduzcan nuestro modelo. Es ahí donde van a aparecer futuros choques y problemas de convivencia, ya que si todos absolutizamos nuestros modos de pensar o actuar no vamos a dejar posibilidad de encuentro y entendimiento con nuestros semejantes. Y estos patrones de aprender del otro, o de tratar a toda costa que el otro aprenda del uno, tan comunes, pueden estar ocurriendo en la vida espiritual. ¿Queremos asemejarnos a Dios o que Dios se acomode a mis expectativas? Tal vez esta opción reflejaría el grado de madurez del creyente.

Pretender que sea Dios el que nos refleje conduce inequívocamente a la decepción y ruptura con Dios, de igual manera que el que obliga a que los demás realicen lo que uno espera termina por complicar cualquier relación. La otra opción es la más adecuada para el discípulo que desea dejarse hacer por la gracia e ir transformando su vida conforme a la voluntad de Dios, del Dios Creador y Dador de vida plena. Es esta segunda forma de seguimiento la que resulta enriquecedora, la que reproduce lo que ve en el Señor dentro de la Iglesia, lo mejor, lo ejemplar, lo que hace crecer realmente.

Hemos de reproducir esa imagen del Dios trinitario en nosotros y en nuestras comunidades: el amor del Padre, la entrega filial del Hijo en la Vida que da el Espíritu Santo. Este es nuestro tesoro, nuestro cuño y mejor ejemplo. De origen y por nuestra condición somos creados según esta imagen y dotados de capacidad para desarrollar y concretar con inmensa belleza la semejanza con este Dios Uno y Trino, origen y meta de nuestro vivir. Pues si uno vive sólo para sí, su no alza la mirada y abre el corazón, no esta moldeando esa semejanza con la Fuente de todo amor. Pero sí logramos escapar de este autocerramiento individualista que despersonaliza, aísla y empobrece el ser, podremos empezar a estar a merced del fuego del Espíritu transformador. Serás libre y capaz de operar en ti y con los hermanos procesos de crecimiento y santidad.

Sí tenemos una familia a la que parecernos, contamos con extraordinarios modelos para reproducir esa semejanza honrosa. En lugar de desfigurar esa impronta divina que está en nosotros, podemos empeñarnos en destrozarla y destrozarnos nosotros al mismo tiempo. Pero quizás, con la ayuda de los que ya están más avezados en este desarrollo espiritual, que nos acompañan e iluminan es nuestro proceso de liberación, podemos ir gestando lo mejor que hay en nosotros y que la gracia va a enriquecer. Ensanchemos el alma, soltemos amarras, hagamos lo mejor, no lo mediocre, no lo establecido ni lo que nos coarta.

Este domingo de la Santísima Trinidad es tiempo propicio para crecer en esa imagen y semejanza a que nos debemos, como han hecho y hacen tantos santos. Contamos para ello con la gracia de Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo. Viene ya nuestro pontífice, León XIV a anunciarnos con valentía el Reino de Dios. Si todos nos ponemos a ello estos procesos de transformación que la Trinidad suscita a favor de los seres humanos serán imparables.

sábado, 23 de mayo de 2026

La fórmula magistral

 LA FÓRMULA MAGISTRAL


Andan en ello, denodadamente están los laboratorio antiguos y modernos, tras la fórmula secreta que dé por fin con la pastillita de la eterna juventud. La ciencia, de la mano de la ultimísima tecnología, cree que en breve tendrán a disposición de los mayores acaudaladas fortunas un remedio útil, si no contra el paso del tiempo, al menos conta el envejecimiento y conseguir detener los estragos que la avanzada edad realiza en nuestro frágil organismo. Antaño ser mayor solía conllevar el ser sabio, o al menos venerable por la experiencia vital acumulada. Hoy, en lugar de aceptar y valorar cada etapa de la vida y el fin natural de nuestros días, nos hemos rebelado contra el declive natural del organismo. Son muchas las dolencias y sufrimientos de los seres humanos, algunos producidos por la enfermedad, pero otros por la pobreza, la desigualdad, el hambre o la guerra. Esas deben de importarles bastante menos a los pudientes, porque no les terminan de parecer dignas de solución, pero la vejez sí, para los que sólo se preocupan de sí mismos y de lo que les afecta a ellos.

Puede que vivir consista más en desgastarse por el bien de los demás, que tratar de retener y acumular lo que biológicamente es contra natura. En una sociedad individualista y desvinculada, más propia de una terrible distopía que de los grupos verdaderamente humanos, cada cual iría exclusivamente a lo suyo siendo indiferente a los problemas e injusticias de los otros, a los que se termina considerando enemigos o rivales, pero no semejantes. Nada de lo humano nos debería resultar ajeno, y menos los rostros de las personas sufrientes. Sin embargo, parece que cada vez más nos estamos volviendo invisibles los unos a los otros, pues aunque los hombres no somos islas, a veces parece que sí lo fuésemos, y rodeados además de innumerables tiburones hambrientos.

Pero para este enfriamiento de lo que propiamente supone una pérdida de la calidez humana, sí hay remedio. Lo primero es ser consciente de lo que nos está sucediendo, y una vez que ya hemos dado con el mal que nos daña, tratar de acudir a aquel que pueda paliarlo o al menos aliviar los síntomas. Considero que perseverar en el daño sería una completa necedad. Antaño uno no se presentaba en la botica a que le diesen un remedio general y válido para todos, pues a cada dolencia había que personalizarle su remedio. Para eso, los especialistas, en el secreto de la trastienda, mezclaban cuidadosamente y preparaban la fórmula magistral específica para la dolencia del paciente. Eran otros tiempos y otra manera de relación interpersonal, donde médico, enfermo y boticario conocían sus nombres y hasta las vicisitudes de sus respectivas vidas. 

Hoy cerramos el triunfo de Jesucristo, que estando muerto ha resucitado y nos dona su Espíritu. Hoy celebramos el inicio y andadura de la Iglesia, es decir, del cuerpo místico del Resucitado que desde entonces le anuncia y testimonia a lo largo de la Historia. La Historia es ahora historia de salvación, tanto para cada ser humano como colectiva, pues la Iglesia es católica, universal en el tiempo y en el espacio. Hoy recibimos con indescriptible júbilo los múltiples dones del Espíritu Santo. Este es el remedio personalizado que el Gran Boticario nos ha preparado como remedio para nuestra sanación. Necesitamos este desborde del amor de Dios para lograr llegar a desbordarnos nosotros de su amor y poder superar el aislamiento egoísta.

Alcemos la mirada, porque nos llega generoso el Espíritu para transformar el anquilosamiento que tristemente venimos asumiendo. Recuperemos al ser humano que prioriza el encuentro y el trato con los demás, en lugar de la ansiedad por hacer sin medida. Interactuemos con nuestros semejantes en lugar de con el móvil y demás ladrones de tiempo. Dedícate tiempo a ti, a los hermanos y a Dios, que esto siempre ha sido el norte de la vida humana. El Espíritu va a potenciar tu liberación, muchísimo más que esas bebidas energéticas que te mantienen activo físicamente, pero sólo eso, físicamente, pero no integralmente. Déjate activar por el Espíritu libertador, y verás lo que ocurre con tu vida.

Ya viene el papa, y trae debajo del brazo una carta encíclica, un mensaje irrenunciable para todos nosotros si queremos estar despiertos ante los retos de esta nueva etapa histórica. Aún podemos ser miembros activos de esta "Magnífica Humanitas", en lugar de pasivos en inconscientes víctimas de lo pueda ocurrir. Todos nosotros nos hemos de preparar para recibir al Espíritu que viene y a León XIV. Ambos son coincidentes, ambos hablan de la capacidad que tenemos los seres humanos para lograr un mundo habitable y sostenible, un lugar justo y en paz, un mundo digno de la dignidad de todo hombre, un mundo conforme a la voluntad del Dios de Jesús.

Aprovechemos esa confluencia de venidas para empezar a hacerlo posible. Empezando por cada uno de nosotros y responsabilizándonos también de lo comunitario. Se trata de vivir y realizar según el Evangelio, nada más y nada menos, porque es el mejor remedio a los males que nos afligen de forma global. Cristo no murió en vano, sino para darnos vida, y justamente ahora en estos días, con el envío de su Espíritu en Pentecostés, nos la da, capacitándonos para propiciar y acrecentar esa verdadera vida en este mundo que languidece por la falta de amor que le estamos dando. Ninguna tarea puede merecer más la pena que aquella que el Espíritu consolador nos vaya propiciando. Seamos dóciles colaboradores con Él y habremos acertado de pleno con lo mucho o poco que cada uno haya logrado, pues es lo que el mismo Dios trinitario nos pedía.

sábado, 24 de mayo de 2025

Vencer a la tiniebla

VENCER A LA TINIEBLA



Por si vienen mal dadas, se nos ha puesto en sobre aviso: hemos de tener absolutamente de todo en nuestros hogares. Bueno, empecemos por tener hogar, porque algo que es un derecho de todos, cada vez lo es para menos, y de ninguna manera hemos de dejar de verlo y menos aún conformarnos. Decíamos que si tienes vivienda digna y espaciosa, podrás guardar lo necesario en caso de situación extrema: un apagón inexplicable, una pandemia imprevisible, una riada recurrente y previsible, una Filomena en condiciones e inolvidable, un ataque cibernético, sabotajes varios, la invasión de los pueblos bárbaros o cualquier otro percance anunciado por Los Simpson. Estemos preparados, todo puede ocurrirnos, y por ello, que a nadie le pille sin un buen surtido velas y demás utensilios de ocasión extrema. No está de más, por tanto, no olvidarnos en modo supervivencia.

Pero seamos realistas, ser y estar prevenidos es muy conveniente, pero uno no puede estar perfectamente preparado para todo lo que pueda llegar a ocurrir, en especial si esto fuera de lo más inesperado. Por lo que de alguna manera es bastante contradictorio que desde altas instituciones se nos pide: que estemos preparados para lo que no sabemos que puede pasar. Pero ¿y los responsables de la prevención y toma las medidas necesarias para evitar que ocurran estos imprevisibles apagones y crisis insospechadas, que nos sobrevienen sucesivas cual plagas bíblicas, por qué no lo están ellos primero y nos garantizan cierta tranquilidad? A lo mejor nosotros debemos estar preparados, o al menos tratar de estarlo, pero los mandatarios deben también estarlo. ¿O no debería ser así?

Quizás haya que hablar aquí de algunos apagones no advertidos que, a unos y otros, nos tienen completamente a oscuras. Y es que parece que no vemos lo que no vemos, es decir, que aunque sean evidentes todos los problemas y dificultades que nos rodean, no nos percatamos. Puede que solo se trate de que no queremos ver, o que nos tienen verdaderamente distraídos para que nos ocupemos del reclamo o polémica del momento, evitando que tomemos conciencia de lo que está realmente ocurriendo. Gracias a Dios no todos andan sumidos en una oscuridad que no perciben, en un apagón de lucidez y consciencia, puesto que aún quedan cabezas pensantes y mentes despiertas. Hagámonos un favor y escuchemos las propuestas de los más avezados pensadores, tal vez descubramos una luz incipiente que pueda guiarnos a buen destino en lugar de vagar hacia el abismo del desatino.

Nos advierte, por ejemplo, nuestro nuevo pontífice, León XIV, que ha elegido dicho nombre porque viene a retomar la misión de reivindicar la defensa del hombre ante la actual revolución de la IA. ¿Concebimos el alcance y la transformación que se nos avecina? ¿Sabremos emplearla bien y para el bien? Toda precaución y prudencia no están de más, o es que solo hemos estar preparado para los desastres. ¿No habrá que estar también alerta y atentos para anticiparse a las posibles consecuencias de este tremendo cambio al que estamos asistiendo. Sorprende que, salvo entre especialistas en la materia, el documento "Antiqua et nova" que el Vaticano publicó el pasado 28 de enero ha pasado en perfecto apagón para el resto de los mortales. ¿Vemos o no vemos lo que deberíamos ver? ¿Acaso no va con nosotros? Qué bueno sería que comprendiéramos adecuadamente y supiéramos manejar esta potente herramienta y los retos que supone. No permanezcamos en las tinieblas de la ignorancia y la posible manipulación.

Las lecturas de este VI domingo de pascua pueden servirnos también de acicate para no permanecer dormidos a merced de la oscuridad dominante. Podemos tratar de iluminarnos con la palabra que Jesucristo resucitado nos propone, porque ella misma es resucitadora y, por ello, nos capacita para vencer la tiniebla. Una tiniebla que campa a sus anchas en este mundo violento e injusto, pero que también se instala dentro de cada uno de nosotros impidiendo que brote lo mejor en nuestras relaciones. Nos lo expresa Jesús cuando nos insiste en que "El que me ama guardará mi palabra". Porque si amamos a Aquel que nos ama hasta el extremo, aprenderemos que el amor a uno mismo no ha de ser la máxima de nuestro modo de vivir, por mucho que esté vigente y establecido un amor posesivo y excluyente con la alteridad, un amor egoísta y solipsista que mata cualquier posible de fraternidad y comunidad. Esta ausencia de amor y reconocimiento de la dignidad del resto de personas está detrás de los abusos, manipulaciones, agresividades y relaciones destructivas que tanto predominan. Por tanto, la propuesta es bien sencilla: más evangelio y menos maldad, y con ella otro gallo nos cantaría.

Además nos habla Jesús de darnos su paz, una paz consumada y pascual, una paz que reconstruye los puentes con todos, tanto Dios como los hombres, piensen o sienten como quieran; una voluntad de paz profunda que no anula la diferencia, sino que en el amor la armoniza; una paz que no deconstruye hostilidades y guerras. Porque son estas, insignes jinetes del Apocalipsis, poderosos agentes de la tiniebla y del gran apagón en el que, a nivel personal o global, podemos sumirnos por mera dejadez. En cambio, si Cristo nos dona su misma paz, la que nace del amor incondicional, hemos de ir llevando esa paz "desarmada y desarmante" a todo nuestro ser y a nuestras relaciones. Pacifiquémonos y pacifiquemos con este don de Cristo resucitado que vence al mundo y a la tiniebla.

Y finalmente, nos promete Jesús en el evangelio de Juan, la necesaria ayuda del Espíritu Santo. Nosotros solos poco podemos, pero juntos y unidos, sí que podemos, contando con el Paráclito que actúa en nosotros, nos renueva y guía; posibilita e impulsa a esa Iglesia, comunidad inmensa de hermanos que se esfuerzan día a día por ser mejores y hacer el bien; por perdonar y perdonarse; por amar y entregarse por el bien de todos; por convertir este mundo en el Reino de Dios, donde el amor de Dios sea la única ley, esa que todo hombre lleva inscrita en el corazón, aunque si permanece en la tiniebla, ni siquiera se ha percatado aún de ello.

Cristo, en la cruz, cuando parecía que vencían las tinieblas, venció y sigue venciendo rotundamente con su luz pascual. Nosotros hemos de insistir y sumarnos a esa su victoria, que es la nuestra. El nos da su Espíritu y su vida plena. Imposible será la derrota. En Él podemos vencer toda posible tiniebla, por mucho que el apagón trate de anularlo todo. Por ello, somos peregrinos de la esperanza, dispuestos a hacer partícipes de la resurrección a toda la creacción. 

sábado, 3 de junio de 2023

Inconcebible

 INCONCEBIBLE


No ha mucho que en la sala de profesores de nuestro colegio, andaban reunidos algunos profesores recordando aquella conocida frase de Wittgenstein "de lo que no se puede hablar es mejor callar". Mucho habría que profundizar y matizar, y con rigor, para poder abordar el pensamiento del eminente filósofo austriaco. Por no ser este ni el momento ni el lugar para ello, lo relegamos a la espera de una ocasión más oportuna. Hoy nos proponemos aún el más difícil todavía: tratar de hablar de lo inconcebible, y, por tanto, ciertamente indecible e impensable. Sí, de antemano queda asumida la irresponsabilidad de tal intento, pero aún así proseguimos.

Es sabido que nos suele gustar tener todo bien seguro, planificado y bajo control. Nos da seguridad que cualquier cuestión esté bajo nuestros parámetros y medidas preconcebidas. Hoy casi podríamos apuntar que lo propio de nuestro tiempo sean los datos, las magnitudes, lo mensurable, cuantificable y cierto, y con ellos, parece que sí pudiemos manejarnos relativamente bien, llegar a ciertas constataciones, y hasta tomar prácticas decisiones ajustadas a lo conveniente. Y si no se puede, para eso tenemos el big data, los logaritmos computacionales y la IA, para que tomen las decisiones oportunas, bien porque no queramos tomarnos las molestias de pensar por nosotros mismos, bien porque no sabemos ya ni pensar ni qué pensar, o simple y llanamente porque eso de ejercer nuestra libertad nos pesa demasiado, y hemos resuelto ya tan compleja cuestión delegando nuestra libertad responsable a las máquinas. ¿Al menos nos sentimos responsables de esta decisión delegatoria?

Pues ante la celebración litúrgica de hoy no caben demasiadas seguridades ni controles, sino todo lo contrario: asumir nuestra pequeñez. Hay que apechugar con que la cuestión de Dios nos bien muy, pero que muy grande; y que, en definitiva, ante los grandes misterios, tanto el lenguaje y los conceptos se nos quedan demasiado mermados. Por eso decíamos que hoy vamos a tratar de abordar a grandes trazos lo inconcebible e inabarcable de la Santísima Trinidad. ¿Y por qué? Pues porque aún a riesgo de equivocarnos, sí que algo podemos conocer mediante conjeturas e intuir.

El Dios cristiano, el Dios vivo que conocemos por la revelación y por la encarnación de Jesucristo, es un Dios que en sí mismo es un gran problema, porque es uno y es trino a la vez. ¡Toma contradicción! (o no). ¿Cómo resolver con la mera razón la antinomia de ser uno solo y a la vez plural? Pues, efectivamente, saltando la lógica habitual para ser lanzados a la ilógica del espíritu, o a la lógica sobrecogedora de lo numinoso. El misterio de Dios ante el que nos hemos de situar en la vida tarde o temprano, si pretendemos que esta sea congruente con nuestra inquietudes más profundas, nos deja sin andamiaje; pero no por ello debemos de tomar conciencia de su realidad incuestionable. Dios escapa de nuestras concepciones, y ello es, entre otras cosas, porque es más que un Dios meramente pensado, sino un Dios real y presente, anterior y superior a toda concreción conceptual.

El Dios cristiano, nuestro Dios, es uno solo y a la vez tres personas en continua interacción recíproca. Es Padre, y es Hijo, y es Espíritu, por tanto unicidad plural o pluralidad unívoca. Es unidad centrípeta y a la vez centrífuga, dinamismo puro y salvífico. Es origen de todo y potencia de todo. Es amor expansivo, don inclusivo. Vitalidad inconcebible, pero no incognoscible en la medida en que somos criaturas suyas, hechas a su imagen y a su semejanza. Es palabra y oración. Es vida y vida en abundancia. Es instante y eternidad presente.

Si quieres saber algo más sobre el apasionante misterio de la Santísima Trinidad, lo mejor es que además de la teología apofántica y del evangelio, trates por ti mismo de entrar en ese misterio vivo en que sin saberlo vives. Descalzándote ante lo más sagrado para descubrir en tu propio ser esa agua viva que mana y fluye. Porque la Trinidad es canto de agradecimiento y sobrecogimiento, es participación y magma poético.

En el siglo XIV un monje inglés desconocido escribió un tratado titulado La nube del no saber. Tal vez pueda servirnos para atisbar con el corazón que hemos de vivir trinitariamente, como nos muestra Jesús, en lugar de aislarnos en un individualismo desvinculado de todo y todos. ¿Te resulta inconcebible? Pues es un buen comienzo.    




sábado, 27 de mayo de 2023

Más vida

MÁS VIDA


La aceptación es siempre la primera forma en que uno va asumiendo lo que es y lo que se vive. Pero cuánto nos cuesta aceptar la vida tal y como es, aceptar a los demás tal y como son, aceptarnos a nosotros mismos tal y como somos, y hasta aceptar que sea Dios el que ocupe el lugar de Dios en nuestras vidas, y no nosotros, ni cualquiera de los múltiples ídolos que se nos antoje en cada momento. Por tanto, bendita aceptación que nos impide seguir renegando de todo y todos, para empezar a valorar y agradecer tanto de tantos. 

Ponerse en verdad ante uno y ante Dios, que como decía la Santa, es justamente en lo que consiste la gran virtud de la humildad, solo va a ser posible si pasamos por el saludable umbral de la aceptación. Porque solo en la humilde aceptación es posible comenzar a despojarse de lo accesorio, de todo aquello que nos impide ser y avanzar hacia lo que realmente somos: buscadores de esa agua viva recibida que sacia y hace brotar torrentes impensables en el interior. 

Precisamos desinstalarnos de tanta superficialidad que, en lugar de facilitar que nos aceptemos y nos asumamos, promueve que tendamos a juzgar y condenar lo que no encaja con nuestro modo de concebir, lo que no concuerda con nuestros propios prejuicios. No, no nos quedemos, por tanto, en una simpleza reductora que no admite que la vida y que la realidad son múltiples, diversas y plurales. Solo así podremos favorecer de manera efectiva la acción del Espíritu en nosotros, que, de modo único y profundo, nos capacita para una libertad sin engaño.

Así, si aspiramos a más vida, a más plenitud, a más libertad y a más felicidad, lo primero que habremos de hacer es aceptar sin más lo que hay, llegando incluso a maravillarse de ello, porque es en sí bueno, hermoso y amado tal cual es. Después, a ser posible, habremos de favorecer el vaciamiento de todo aquello que nos va impidiendo ser, y solo ser, esencial y radicalmente. Tampoco esto es fácil, porque para construir nuestra identidad a menudo procedemos a levantar una torre con todo aquello que percibimos como necesario, y al final, esa torre tan segura se termina convirtiendo en una muralla en la que poco a poco nos hemos encerrado sin pretenderlo, no permitiendo ni la entrada de nada ni nadie, pero tampoco la salida. Abramos las compuertas al Espíritu transformador.

Y finalmente, tras la aceptación y la apertura, ya solo nos resta dejarnos soplar por ese aliento divino que enciende el fuego que no quema, pero alienta; dejarnos hacer por la acción de Dios mediante el Espíritu que Jesucristo nos dona. Ese Espíritu suelta, libera y diversifica, a la vez que consolida la unidad fundamental entre los creyentes.

No seamos como el mundo trata de imponernos, haciendo imposible el entendimiento entre los hombres, mediante el enfrentamiento y la confrontación constantes. Entre los que se polarizan, dividen y enfrentan no mora el Espíritu. Entre los que promueven la concordia y el encuentro en la caridad, sí mora el Espíritu apacible. Para pertenecer al cuerpo místico de Cristo resucitado, y donador del Espíritu, que es la Iglesia, hay que dejarse hacer y ser guiados, soltar amarrar, dejarse conducir por Aquel que maneja con extrema pericia esta paradójica arca eclesial. 

Vemos en la foto una imagen del bosque frondoso en el que nace una senda. En el bosque hay más que madera, hay más que árboles individuales juntos en un mismo lugar; en el bosque hay mucha vida, hay un ambiente común, hay una armonía bien perceptible, hay un silencio habitado, un rumor, insectos, flores, arbustos, fuentes, piedras, aves con sus variados cantos, y otros diversos habitantes. En el bosque siempre surgen nuevos caminos. Solo hay que descubrirlos y adentrarse. Tal vez la Iglesia que promueve el Espíritu deba ser como un bosque, donde todos aportamos vida y todos tenemos nuestra misión y nuestro sitio. En el bosque reinan la calma, la inmensidad, la belleza; que sea así en la comunidad donde está Su Espíritu, que también se noten esa armonía de la vida plural, esa paz y esa belleza admirable.  

Recibamos hoy alegres el Espíritu prometido. Estamos muy necesitados de Él para afrontar los retos que el presente nos está proponiendo. Tan solo siendo fieles al Espíritu recibido podremos ser verdaderas piedras vivas, o árboles frondosos, de la nueva humanidad que estamos llamados a construir. Hemos de creer y crear desde los dones recibidos, para poder llevar a cabo la nueva evangelización que el mundo de hoy precisa. Ante el riesgo de la sociedad despersonalizada y desvinculada, el humanismo cristiano, plural y diverso, puede lograr que de nuevo todo florezca por el mismo Espíritu dador de vida.

¡MUY PROVECHOSO PENTECOSTÉS!