sábado, 30 de mayo de 2026

Quien a su familia se parece

 QUIEN A SU FAMILIA SE PARECE


Conocidísimo es el refrán español que afirma aquello de que "Quien a su familia se parece, honra merece". Y es que si hemos recibido un buen ejemplo y una educación apropiada, reproducir posteriormente ese legado que nos han transmitido es realmente justo y meritorio. ¡Qué menos que valorar y cultivar esa preciosa herencia! No se trata de ser meras copias sin originalidad, sino justamente perfeccionar desde la singularidad de cada uno, y en un contexto diferente, esa manera conocida de afianzarse y dotar de sentido nuestras particulares biografías. Todos deberíamos tratar de ser sucesores de un linaje, y honrarlo con nuestra mejor aportación posible.

Y es que es propio de los humanos reconocernos en los otros e imitar aquello que hemos aprendido. Muy posiblemente a lo largo de la vida habremos gozado de hermosos ejemplos y también de experiencias fallidas. A su vez, en la medida que vamos desplegando la existencia, nos convertimos también en modelo de otros muchos, en educadores de los demás por interacción con ellos, seamos conscientes de ello o no. Por tanto, sí importa, y mucho, lo que cada uno hace o lo que deja de hacer, pues de este modo se demuestra el ejemplo que ha recibido y el que está dispuesto a ofrecer también a los demás.

Sin embargo, es muy frecuente otra tendencia contraria: pretendemos que los demás se comporten como nosotros decidimos, que se adapten a nuestro parecer, gusto y antojo. No tanto parecernos a lo que hemos visto y considerado como ejemplar, sino por contra exigir que los demás reproduzcan nuestro modelo. Es ahí donde van a aparecer futuros choques y problemas de convivencia, ya que si todos absolutizamos nuestros modos de pensar o actuar no vamos a dejar posibilidad de encuentro y entendimiento con nuestros semejantes. Y estos patrones de aprender del otro, o de tratar a toda costa que el otro aprenda del uno, tan comunes, pueden estar ocurriendo en la vida espiritual. ¿Queremos asemejarnos a Dios o que Dios se acomode a mis expectativas? Tal vez esta opción reflejaría el grado de madurez del creyente.

Pretender que sea Dios el que nos refleje conduce inequívocamente a la decepción y ruptura con Dios, de igual manera que el que obliga a que los demás realicen lo que uno espera termina por complicar cualquier relación. La otra opción es la más adecuada para el discípulo que desea dejarse hacer por la gracia e ir transformando su vida conforme a la voluntad de Dios, del Dios Creador y Dador de vida plena. Es esta segunda forma de seguimiento la que resulta enriquecedora, la que reproduce lo que ve en el Señor dentro de la Iglesia, lo mejor, lo ejemplar, lo que hace crecer realmente.

Hemos de reproducir esa imagen del Dios trinitario en nosotros y en nuestras comunidades: el amor del Padre, la entrega filial del Hijo en la Vida que da el Espíritu Santo. Este es nuestro tesoro, nuestro cuño y mejor ejemplo. De origen y por nuestra condición somos creados según esta imagen y dotados de capacidad para desarrollar y concretar con inmensa belleza la semejanza con este Dios Uno y Trino, origen y meta de nuestro vivir. Pues si uno vive sólo para sí, su no alza la mirada y abre el corazón, no esta moldeando esa semejanza con la Fuente de todo amor. Pero sí logramos escapar de este autocerramiento individualista que despersonaliza, aísla y empobrece el ser, podremos empezar a estar a merced del fuego del Espíritu transformador. Serás libre y capaz de operar en ti y con los hermanos procesos de crecimiento y santidad.

Sí tenemos una familia a la que parecernos, contamos con extraordinarios modelos para reproducir esa semejanza honrosa. En lugar de desfigurar esa impronta divina que está en nosotros, podemos empeñarnos en destrozarla y destrozarnos nosotros al mismo tiempo. Pero quizás, con la ayuda de los que ya están más avezados en este desarrollo espiritual, que nos acompañan e iluminan es nuestro proceso de liberación, podemos ir gestando lo mejor que hay en nosotros y que la gracia va a enriquecer. Ensanchemos el alma, soltemos amarras, hagamos lo mejor, no lo mediocre, no lo establecido ni lo que nos coarta.

Este domingo de la Santísima Trinidad es tiempo propicio para crecer en esa imagen y semejanza a que nos debemos, como han hecho y hacen tantos santos. Contamos para ello con la gracia de Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo. Viene ya nuestro pontífice, León XIV a anunciarnos con valentía el Reino de Dios. Si todos nos ponemos a ello estos procesos de transformación que la Trinidad suscita a favor de los seres humanos serán imparables.

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