sábado, 7 de marzo de 2026

Más claro que el agua

MÁS CLARO QUE EL AGUA


De las grandes dificultades que el desierto ofrece a los que han de subsistir allí, una de las más importantes son los recursos hídricos. No somos del todo conscientes, pero el acceso al agua no es un problema menor para muchos seres humanos, y al igual que otros recursos energéticos, explican las tensiones geopolíticas en que estamos inmersos. El agua es esencial, vital, necesaria. En pleno itinerario cuaresmal hemos pasado primero por desierto, después por el monte Tabor, y ahora nos toca llegar hasta el brocal del pozo por la escasez de agua, por la sed y el pozo. Y es que este recorrido por los símbolos sí importa, porque nos están hablando de realidades dotadas de un gran significado.

Estamos bastante mal acostumbrados a no valorar demasiado lo que usamos habitualmente; tanto es así que en no pocas ocasiones malgastamos el agua, y eso cuando no nos da por contaminarla sin recato alguno. Sabemos que el agua es vida, y la calidad del agua es vital, tanto para nosotros como para el resto de seres vivos con el compartimos el mismo planeta. Dicen, además, que para mantener estos agentes de IA que tanto proliferan, no sólo se requiere un torrente desorbitado de energía eléctrica y de soportes de almacenamiento de datos, también gran cantidad de agua para refrigerar el calentamiento globalizado de tanta tecnología como requerimos. Hoy más que nunca precisamos agua, y no sólo para hacer abluciones o circuitos termales, también para que las máquinas piensen y trabajen por nosotros. Entre unos y otros vamos a terminar bebiéndonos los recursos acumulados. Al menos este año va siendo lluvioso, y por tanto no tenemos que andar todavía intranquilos.

Por supuesto, todos hacemos un uso externo del agua, para la higiene e hidratación necesarias del cuerpo, pero si hace unos días Jesús le recordaba a Satanás que no sólo de pan vive el hombre, hoy nos permitimos añadir que tampoco sólo de agua bebe el hombre, que hay un hambre y una sed que no se apagan ni con pan ni agua. ¿Qué clase de hambre y de honda sed es la que nos puede demandar el ser entero? ¿No serán hambre y sed de verdad, de sentido, de plenitud, de Dios y de fraternidad?

Jesús, cansado, se sienta a descansar al mediodía junto al pozo de Sicar y llega una samaritana a sacar agua del pozo. Él tiene sed y le pide que le dé agua, saltándose así la prohibición que había para dirigirle la palabra a una mujer de Samaría. Y en el diálogo que se establece aparece una sed más profunda que la samaritana tiene en lo más íntimo. Es un agua viva que sí que puede hacer brotar Jesús dentro, de manera similar a como Moisés había hecho que manara agua de la roca en Massá y Maribá. Si escuchas a Jesús y crees en Él, descubrirás que a lo más hondo del pozo que uno es y lleva dentro, brota la luz de su presencia que ilumina y disipa la tiniebla. Ahora sí que podrás ver lo que dentro guardas, quedará manifiesto, podrás superar los miedos y gozar de esas corrientes claras, cristalinas que mansas transcurren en ti, porque Él hará que brote un surtidos hasta la vida eterna.

Puedes optar por no atreverte a conocerte, por no acercarte al territorio donde te puedes encontrar con Jesús, huir de su palabra y de esa luz que te permitirá reconocerte y admitir tu verdad entera, pero si lo haces malograrás tu Cuaresma. Habrás de seguir yendo a buscar a otros pozos que no sacian la sed más radical, la que no admite engaños. Renunciarás así a ese caudal de gracia disponible para aquellos que reconocen su voz y le siguen. Esa agua te transformará y tanto tu rostro como el rostro buscado de Dios se irán volviendo más claros que el agua.

Al igual que la samaritana se dejó descubrir por ese desconocido que le pidió a ella agua, pero que le ofreció un agua de certidumbre y gozo sin parangón, nosotros hemos de acudir a esa fuente que la Iglesia nos ofrece. Es tiempo de transformarnos en verdaderos adoradores en espíritu y verdad, tal y como prefiere el Padre, con libertad, con sinceridad, con entrega, a la manera del Hijo y de los santos, los verdaderos adoradores.

Ese agua, del que no debemos privarnos, es el amor desbordante de Dios; es el agua mediante el cual nos vinculamos por el bautismo a Cristo y su Iglesia; es el agua del perdón de los pecados, porque la misericordia de Dios no tiene límites; es el agua de la nueva vida por el Espíritu, en la que quedan superadas las distancias y las diferencias, porque en el otro reconocemos un hermano; es el agua que acrecienta la esperanza y capacita para amar al estilo de nuestro Salvador.

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