sábado, 29 de marzo de 2025

¿Y si me reseteo?

 ¿Y SI ME RESETEO?


A veces todo se nos bloquea, nos paraliza, se nos pone demasiado cuesta arriba. A veces el camino que hemos tomado no es lo que en un primer momento parecía y no nos conduce al lugar deseado. A veces cuesta encontrar sentido a lo que se vive, y por lo tanto, se va más sobreviviendo con el piloto automático, pero no con la espontaneidad de dejar al corazón disfrutar de la vida en libertad sonora. En ocasiones, también, nos faltan las palabras para expresar lo que nos ocurre, lo que nos recorre, y hasta el aliento parece que se nos agota para seguir avanzando. El que ha vivido, lo sabe.

Hay momentos especialmente tortuosos en los que lo más aconsejable es tirar del reseteo, método habitual que nos proporciona un inicio menos complicado. Volver al comienzo, desandar cuanto antes  el tramo del camino que nos conducía al abismo, y enmendar cuanto antes el trayecto.  En la existencia nos vamos a encontrar en muchos momento de encrucijada en los que no parece haber escapatoria; o decidimos tirar por un lado o por el otro o el de más allá, si no quedemos terminar por quedarnos al borde del camino. Habrá caminos de fácil recorrido y otros llenos de reveses y obstáculos. Da igual, uno ha de acertar y hacer su propio camino, el correcto. Hay caminos rectilíneos y otros llenos de curvas y recodos, con múltiples dudas y titubeos. ¿Cuál es el bueno?

El verdadero problema radicaría si nos empecináramos en proseguir por seguir un camino que no lleva a ningún sitio; no saber acertar con el momento adecuado para retroceder. De sabios es reconocer los propios fallos, y hasta aprender de ellos, puesto que lo que se va viviendo nos ha de servirnos para algo. En efecto, yo soy yo con mis circunstancias, pero también con la experiencia que acarreo. Ninguna escuela como la vida para llevar a cabo un aprendizaje veraz, contrastado y significativo. En este sentido, decía el insigne autor canadiense Roberson Davies en El quinto en discordia aquello de "lo importante no es lo que te pasa en la vida, sino lo que haces con ello".

En Cuaresma, y también en el resto del año, la palabra de Dios ha de ir iluminando nuestros pasos, nuestro vivir y nuestro avanzar recorriendo los días que nos sean dados. El evangelio de este cuarto domingo de Cuaresma es además una de las páginas más bellas escritas, al menos a juicio de Marcel Bataillon, la conocida parábola del hijo pródigo. ¡Qué bueno poder leerla de nuevo! Cabe advertir que cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia, puesto que, que sepamos, esta parábola no está basada en hechos reales.

Había un hijo que solo andaba pendiente de lo suyo, y por tanto, todo lo demás lo supeditaba a sus intereses, a la inmediatez de su capricho, pasando por encima de los otros. Le exigió a su padre anticipadamente que le diera la parte de su herencia, porque ni sabía ni quería esperar para gozar de una libertad privilegiada materialmente, para la que él no se había esforzado, pero de la que se consideraba a sí mismo con total derecho a beneficiarse. Como el padre era bueno en extremo, se la dio, y el jovencito allá que se fue a vivir la vida con total inconsciencia, pendiente solo del botellón y del disfrute. ¡Ah, amigo, hasta que el crédito se le agotó! Al mismo tiempo también la vida color de rosa. Y llegaron entonces las vacas flacas, un golpe de realidad para el que nuestro pequeño holgazán no estaba preparado. Se le vino el mundo en el que vivía al traste, pues solo era un decorado, y de pronto, sin recursos ni amigotes, desesperado, cayó en la cuenta de lo bien que le trataba su olvidado padre.

Llegados a este punto, comprendió que lo mejor que podía hacer era darle al botón de reset y empezar de nuevo. Y así hizo. Ahí estaba el padre bueno esperándole. Le dio un recibimiento a la altura del corazón del padre y de la sinceridad del arrepentimiento del hijo. Había regresado y ya había aprendido quién era él y quién le amaba incondicionalmente. ¡Esa sí que eran riquezas, y no las que había dilapidado tontamente!

Pero he aquí que el otro hijo, el calladito y obediente, el que no se había ido por ahí de parranda, era incapaz de amar a su hermano ni de saber el alcance del regalo del perdón. Al parecer, el que se cree perfecto, el que no ha pedido ni sentido el don del reseteo que te permite volver a comenzar, ese está lejos de llegar a conocer lo que es el amor del Padre, que reconcilia y restaura, el padre paciente que siempre concede una nueva oportunidad.

Por tanto, en este trayecto cuaresmal en el que estamos inmersos, déjate resetear por ese amor que reestablece, tal y como hizo el hijo pródigo. No te consideres ni perfecto ni fríamente legalista ni superior, como hizo el hermano mayor. Si puedes, empieza a dejarte transformar por ese mismo amor que no juzga, que tiene entrañas de misericordia, para empezar poco a poco a tenerlas también tú como el padre bueno de la parábola. Habrá valido la pena intentarlo, puesto que en esta vida estamos todos aprendiendo, muy especialmente los que una y otra vez nos solemos equivocar de camino, nos reseteamos y regresamos a la casilla de salida. Ahí está siempre el Padre consolador, el que te reconoce como su hijo y te muestra su amor.

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