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sábado, 28 de marzo de 2026

Entrar para salir

ENTRAR PARA SALIR


Parece que ya no se acostumbra poner aquel famoso cartel que nos recordaba que antes de entrar había que dejar salir. Debe ser que como todos tenemos muy bien asumidas ya las normas básicas de cortesía, resulta del todo innecesario. Tampoco es preciso explicar que para poder salir es necesario haber tenido que estar dentro, haber entrado previamente, sólo entonces se dispone de la posibilidad de abandonar el lugar en el que se estaba.

De igual modo, aprender implica también dejar atrás poco a poco la ignorancia, para optar por la adquisición de un conocimiento liberador y progresivo. Sin embargo, algunos creen saber más de lo que en realidad saben, aunque sólo atesoren saberes meramente preconcebidos, y, salvo que se encuentren con algún Sócrates que les hagan caer en la cuenta de la inconsistencia de su inexistente sabiduría, ahí se plantan, sin ejercitarse en la duda ni en el sano ejercicio de cuestionarse lo más mínimo. Serían aquellos que no saben siquiera que no saben nada. No esperemos de estos ignorantes recalcitrantes que lean ni que pregunten nunca, no sea que se desestabilicen y vayan a entrar en terreno peligroso.

Llegados a este punto, no creo yo que a nadie se le escape que en este fin de semana se cambia la hora, por lo que empezamos la primavera con una hora que nos es escamoteada de nuestro descanso. Pero además también este domingo es el Domingo de Ramos, y con él celebramos la entrada triunfante de Jesús en la ciudad santa de Jerusalén. Es reconocido y acogido por muchos como el profeta que había de venir, el mesías, el esperado. Él entra humildemente en la gran ciudad, sabiendo lo que le espera. Nosotros a su vez hacemos la entrada a la Semana Santa, para vivir con Jesucristo esa entrega a la voluntad del Padre y a la incomprensión y crueldad de los que su cerrazón de corazón les impidió reconocerle. Y es que los seguros en su propia preconcepción, esos poco receptivos a entrar en lo que desconocen, han de anular al que viene de Dios y a Dios vuelve.

En esta pasión de Jesús cada uno de nosotros podrá descubrir aspectos distintos de los sentimientos de  Aquel que va a ser llevado como cordero al matadero. Entra en Jerusalén y es aclamado por el pueblo, pero va a cambiar pronto su suerte, están ya esperándole para acabar con el que se ha dicho Hijo de Dios, porque lo era y lo venía demostrando con signos y acciones salvíficas. Pero a los poderosos, bien instalados en sus privilegios, no se ha de molestar o contrastar, lo que ellos piensen ha de hacerse, pese a quién pese, con tal de mantenerse ellos aferrados al poder. No hay ética ni moral que les ponga freno, estás dispuestos a llevarse por medio a los que fuera, y a tapar la verdad que les suele delatar a toda costa.

Con frecuencia, ayer, hoy y siempre, queremos que Dios se amolde a nuestras expectativas, aún cuando debería ser justamente al contrario. Los saduceos, herodianos y fariseos, siempre tendentes a enfrentarse entre ellos en continuas mezquinas traiciones, traman juntos esta vez un plan para llevar al patíbulo a la víctima inocente, el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo. Cristo va a dar la vida por todos los pecadores, también por los mismos que le condenan a muerte. El Dios de la misericordia hecho hombre, no va a hallar ni una leve muestra de misericordia.

Cristo haces su entrada triunfante y ya está todo preparado para su condena. Acude a la trampa, no la elude, sabe de quién se ha fiado, el Padre que no defrauda. ¡Qué rápido van a cambiar de opinión los que le querían proclamar Rey! ¡Qué fácil les resulta escamotear la verdad a los que gobernaban, y manipular las emociones de la gente sencilla! Los que ayer le aclamaban van a estar prestos a creer a los acusadores y gritar: "crucifícalo". Se trataba de gente que en realidad no han llegado a reconocer a quién tienen delante, que físicamente entran con Él en Jerusalén, pero no han dejado que Cristo entre en sus vidas.

Nosotros hoy, tal como ayer podemos asemejarnos a algunas de las personas que aparecen en las narraciones de la pasión del Señor. Podemos ser como Pilatos y lavarnos las manos, no queremos saber nada de lo que vuelve a acontecer, queremos permanecer al margen y la Semana Santa es sólo un tiempo vacacional más, sin sentido ninguno, o si acaso el que cada uno le dé. Dios muere crucificado, pero la realidad del dolor nos espanta, nos complica la vida y procedemos muy decorosamente a alejarnos para que no nos manche. Pero podemos parecernos a los que le acompañan y se vuelven compungidos sabiendo que hemos matado a un hombre justo. Hoy la muerte de una persona justa no suele consternar ya a muchos, pues en la cultura del descarte las numerosas víctimas están a la orden del día.

Pero, por contra, podemos entrar con Jesucristo y participar en su pasión, muerte y resurrección. Él que entrega su vida lo hace también por cada uno de nosotros. Por el bautismo nos hemos unido a Jesús muerto y resucitado, somos parte suya, participamos de su vida, por ello podemos aprovechar de nuevo esta Santa Semana para unirnos aún más íntimamente a Él. Como el Cireneo tratar de aliviarle la cruz que lleva a cuestas; como la Verónica, que su santo rostro se quede impregnado en nuestro alma, o con María y San Juan permanecer al pie de la cruz.

Siéntate a la mesa a la cena con el Señor. comparte su pan y su vino, pues es su propio cuerpo y su sangre, derramada por nosotros. Procura no ser de los que le traicionan, de los que le venden ante la mínima decepción. Aprende a que sólo sirviendo y lavándonos los pies los unos a los otros es como se ama de verdad. Por mucho sueño y cansancio que tengas, trata de velar con Él en el Huerto de los Olivos. Cante o no cante el gallo, no lo niegues más; y si puedes, a primerísima hora, antes de que despierte la aurora, con la Magdalena corre al sepulcro, a presenciar que no está allí, sino que nosotros ahora somos ese cuerpo de Cristo llamado a resucitar este mundo sepultado.

Si entras y te adentras de veras en su pasión, saldrás transformado. Serás uno de sus discípulos, uno de sus amigos, y su misión será ya tu misión. No morirás para siempre, porque habrás muerto al pecado y a la muerte que conlleva, y recibirás vida nueva, la suya, la que Él te regala.

sábado, 12 de abril de 2025

Sin vuelta atrás

SIN VUELTA ATRÁS


Resulta sorprendente que sea en las paradojas en donde se encierren las grandes verdades. Lo que parece romper la lógica del modo acostumbrado de pensar, es lo que posibilita una manera más lúcida de entender el mundo y sus misterios. Porque frente a la comodidad de limitarse a lo ya sabido, sin plantearse críticamente nada, y sin atreverse siquiera a mantener un mínimo pensamiento crítico, todo buscador descubre que hay razones comúnmente asentadas que nos llevan a caminos sin salida. Así es que, salvo que uno opte por un pensamiento creativo, paradójico y personal, acaba limitándose al constructo de representaciones dadas, pero no por ello, suficientes. En este sentido, podríamos decir que lo mismo que nos limita, si logramos superarlo, puede ser al mismo tiempo el trampolín que nos permite avanzar.

Acertar a pensar lo impensable, a decir lo indecible, resulta tremendamente difícil sin recurrir a la expresión poética o al cortocircuito que provoca la paradoja, logrando que escapemos de lo meramente evidente. Pero es que sin estos mecanismos, andaríamos siempre en el mismo terreno trillado y careceríamos de toda posibilidad de atisbar algo más allá del muro de lo consabido. De ahí que dentro del mundo budista zen, para facilitar la comprensión espiritual de la realidad, su sustrato más profundo, se empleen los koan o sentencias enigmáticas que tan solo se descifran desde una lógica ilógica. Puesto que si nuestros sentidos a veces nos engañan, no menos lo hace también el pensamiento apresuradamente racional por donde se nos cuelan, además, los más burdos prejuicios.

Sin más dilación, entramos en lo que nos ocupa. Hemos llegado al final de este periodo de Cuaresma. Si hemos hecho bien el trabajo requerido, habremos recuperado cierta visión para que resplandezca la verdad que paradójicamente se encuentra en los acontecimientos que celebramos. Comenzamos ya la Semana Santa con el Domingo de Ramos. En él, además de las procesiones y de las palmas, hemos de descubrir a todo un mesías aclamado por el pueblo, que entra triunfante en Jerusalén montado en una borriquita. ¿Es o no es el mesías esperado? Los sencillos lo reconocen como tal, porque han visto y oído su manera de desvivirse por todos; otros, en cambio, los poderosos, también lo esperan, pero para sentenciarle cuanto antes, para poder seguir manteniendo su puesto privilegiado y evitar que nada sufra cambio alguno. Son los que siempre miran solo por sí mismos, y no les importa que sean los otros los que paguen el precio que sea. Jesucristo es justamente la figura contraria.

Cristo, sabe a lo que viene y lo que le espera; sabe que ahora sí que ha llegado su hora, y que le están esperando con aviesas intenciones. Sin embargo, ese fin que le espera no logra detenerle. Es preciso que el siervo sufriente no se reserve para sí mismo la vida, sino que la entrega para darnos vida; es preciso que muera para dar muerte a la muerte. Es preciso que así sea, según las Escrituras, y se logre por medio de su sacrificio la salvación para todos. Y aquí no caben medias tintas, es el que siendo Dios se hace hombre, el que nos hace a los hombres divinos. Desde ahora, en esta vida mortal nuestra subyace una semilla de inmortalidad que nos permite vivir eternamente en el amor. Sí, paradoja tras paradoja, y luminosidad que excede nuestro estrecho modo de entender, sin las luces de largo alcance que redimensionan la oscuridad.

Y es que para reconocer al mesías triunfante, que en unos pocos días va a dar con sus huesos en el cadalso de la cruz, hace falta tener ojos para ver, y oídos para escuchar. Y este requisito ni era muy frecuente hace dos mil años, ni tampoco lo es ahora. Entrever con todo el ser este misterio paradójico del Salvador crucificado, es superar las limitaciones de un pensamiento reductor y cortoplacista, para adentrarse en la comprensión que da la fe. Seguramente la tan cacareada IA, con todo su potencial, aún no sea capaz de ese creer creando y crear creyendo de que el ser humano es capaz de Dios, de un Dios no a imagen y semejanza del hombre, sino de un Dios que se despoja de todo poder y se deja la vida amando. ¿Simple paradoja o acontecimiento salvífico y paradójico?

Una vez que Jesucristo entra en Jerusalén ya no hay vuelta atrás. Una vez que uno entra en ese modo de entender, y entendernos, a la luz de este misterio pascual, tampoco hay vuelta atrás. La verdad se hace humana y está en lo más hondo del ser humano esperando ser reconocida.

Vamos a seguir, pues, con Jesús, que entra ya humildemente en la borriquilla, sin posibilidad de marcha atrás a vivir con él, y con María, los apóstoles y sus discípulos todo lo que va a ocurrir en estos días. Por eso es santa esta semana, porque lo que vivimos nos capacita para ser santos, no por méritos nuestros, sino por la entrega incondicional y amorosa de Nuestro Señor. No hay vuelta atrás ya estamos inmersos en un tiempo de gracia extraordinario que nos conduzca, desde la experiencia de adhesión a Cristo, a la resurrección.