sábado, 23 de marzo de 2024

Saber perder

SABER PERDER


Bueno, bueno, a simple vista parece como si todos hubiéramos nacido para el triunfo, para destacar y subirnos al pódium cuanto antes. Por todos los lados se nos educa para aspirar a lograr puestos de prestigio y reconocimiento. Pero el problema empieza cuando nos percatamos que en realidad no hay tantas vacantes para poder saciar nuestras aspiraciones particulares. Vivimos en una sociedad ansiosamente competitiva. Todos quieren ser los primeros y ocupar esos puestos de honor. Qué duro, por tanto, es asumir la derrota, quedarse fuera, al margen de las expectativas que nos habíamos formado, porque, salvo para esos triunfadores que han acaparado los mejores puestos, a los demás nos queda conformarnos con las migajas restantes. E incluso para esas migajas hay hasta tortas.

Pero lo importante es que hemos asumido ese discurso: es apremiante hacerse con el triunfo, ganar al rival, ser superior, cueste lo que cueste. Vamos, que el famoso lema de que lo importante es participar (o ese otro de que Hacienda somos todos) no se lo ha creído nunca nadie ni siquiera un poquito. Hemos reducido tanto la fórmula de la felicidad, que solo nos reconocemos felices si se nota que somos más que los otros, es decir, que los hemos superado. Sin embargo, a nadie se le escapa que precisamente es al revés, que el buen deportista se esfuerza en superarse día a día a sí mismo. Esa, y no otra es la victoria que merece la pena, aunque nadie la perciba, porque uno sabe que es real, y por tanto no hay nada que demostrar a nadie.

Así se entiende el comportamiento de los representantes políticos, que a toda costa ansían llegar a hacerse con el poder, aunque no para servir ni para buscar una sociedad más justa e igualitaria, sino para beneficiarse pronto y mucho de todo lo que puedan. No pasa nada, todo se compra; el político de estos tiempos disimula y tergiversa, aunque cada vez menos, pues ya no se trata ni siquiera de guardar las formas. Todo vale, lo que haga falta para llegar a cumplir mis fines y mis deseos, caiga quien caiga y pese a quien pese. Y es que además nos hemos acostumbrado a conceder licencia a la guerra salvaje y sucia de los aspirantes a poderosos. Y si no, obsérvese el comportamiento de dichos representantes políticos, en mayor o menor medida, tras unas elecciones todos han ganado. Asumir el fracaso es tabú sacrosanto 100% evitable en la carrera de los prestigiosos prestidigitadores de opinión pública.

En principio, nadie nace para perder, ni tampoco hay que buscar intencionadamente la derrota. No obstante, uno, mire donde mire, no ve más que personas que tratan de seguir adelante con múltiples derrotas a cuestas y retratadas en sus rostros. Y no digo nada si, en lugar de mirar hacia afuera a los que pasan al lado, uno decide mirarse hacia atrás y hacia adentro de sí. No digo que no haya triunfadores, que los habrá, especialmente esos que se han vencido y superado a ellos mismos; pero lo que sí hay muchos que van de triunfadores netos, y alardean mucho del éxito y prestigio alcanzado, tal vez sin darse mucha cuenta que casi todo en su vida es simple decorado, tramoya y apariencia, que apenas viene un golpe de realidad, y se desmonta su triunfalismo como un castillo de naipes.

Aún así, también nos insisten en que hay que saber perder ocasionalmente; saber aceptar los propios fallos y aprender de ellos. Ser humildes. Afrontar sensatamente que ni se puede ganar siempre ni todos. Que en la vida no todo posee la misma importancia. Que el mundo no se acaba porque haya habido algún problema con el que no habíamos contado. Que es posible volver a empezar de nuevo y tratar de afrontar aquello que vaya viniendo. Que es posible seguir echándole ganas, aliento y fuerza de voluntad para proseguir, pues una batalla perdida no implica derrota completa e irreversible, sino más bien ir de derrota en derrota y tiro porque me toca. Nunca darlo todo por perdido del todo y frustrarse a las primeras de cambio.

Ay, humanos, qué prestos estamos a olvidar aquello de "sicut transit gloria mundi" (así pasa la gloria del mundo) o también que todo es, en definitiva, mera vanidad de vanidades. O no aprendemos o no queremos terminar de aprender. Se hace imprescindible para aceptar el fracaso -el propio y el ajeno-, el sano hábito de la lectura de grandes obras de literatura. Allí encontramos nobles derrotados, que habiendo apurado con libertad su existencia, no salieron precisamente airosos de tanta aventura y desventura. Resulta paradójico que sea la ficción la que nos tenga que enseñar a reconocer los derroteros de la dura realidad, pero así es. Una vez más, aquel que veía gigantes, es el que nos enseña a ver los molinos. Gracias a Cervantes damos por bueno que las cosas no suelen ser lo que parecen, y que el triunfo aparente puede ser un gran fracaso, tal y como el fracaso estrepitoso, en realidad, encierra un verdadero éxito. Pero es que Cervantes ni era ni deportista competitivo al uso ni político profesional de turno, sino escritor empeñado es superarse en su escritura. Alcanzar cierta altura literaria con gran voluntad, pasión y esfuerzo mantenido.

Pero no solo hay que ir a beber a las aguas literarias para descubrir la transparencia capaz de reflejar a las claras lo manifiesto, que tenemos la Historia como maestra siempre disponible a ofrecer generosa su gran lección. Y además contamos con la Historia Sagrada. En estos días celebramos un hecho histórico de enorme transcendencia, un acontecimiento que vuelve a producirse en nuestras calles y plazas de nuestras villas. Celebramos el suceso que cambió la historia y la convirtió en historia de salvación: Jesucristo muere en la cruz. Es decir, Dios hecho hombre entrega su vida para darnos a nosotros Vida. Muere para matar la muerte ya para siempre. Él muere para que nosotros tengamos Vida.

El mesías, el esperado que irrumpe en Jerusalén aclamado con cantos de júbilo, el Salvador, es el acaba de la peor manera posible que podamos concebir. Pasa de cien a cero de manera precipitada. Cabe preguntarse ¿ha triunfado de nuevo el mal?. Los hombres no han sabido reconocer, admirar, aceptar y seguir al que es la Luz del mundo. Hemos vuelto a exterminar a un inocente con una violencia inusitada. La crueldad manifiesta de los seres humanos no se reserva nada ante una víctima dócil que asumió la ternura, el perdón y el amor como forma radical de vida.

Ese mundo rotundo de triunfadores y poderosos jamás va aceptar como válida la debilidad y el sacrificio. Sin embargo, ese fracasado escarnecido, ese condenado a muerte mediante falsos testimonios, es el vencedor. Miradle en el pódium del Gólgota. Su victoria la logra en la derrota: vence al mal y la muerte. Nada ya va a ser igual. Dios ha derramado su sangre inocente porque es amor del bueno. En Él somos salvos de nuestros propios engreimientos, pues descubrimos que la vida es para entregarla sin reservas. Resulta que ganando se pierde uno a sí mismo, y viviendo con el Perdedor es como se gana esa vida plena y eterna que Él nos regala.     

Y en este horizonte de no dejarse engañar por lo aparente, pues nunca son las cosas iguales a la vista del hombre pragmático y negociador, que a los ojos de Dios. Es a este Dios que se entrega, al que nos enfrentamos una vez más al adentrarnos en esta Semana Santa para descubrir lo que somos. Para unos la Semana Santa solo será un tiempo vacacional; para otro será una oportunidad para curiosear en tradiciones ancestrales; para otros, sin embargo, será un tiempo para amar al que tanto nos ama.

Sabed que, pase lo que pase, el amor incondicional y verdadero nunca es un fracaso, sino, bien al contrario, amar sin trampa ni traición alguna es siempre la única victoria incontestable. Bienvenido a la pasión de Nuestro Señor Jesucristo, que afronta una vez más por amor a nosotros. Aprende a participar de su triunfo dejándote amar.

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