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sábado, 4 de abril de 2026

Resucita

RESUCITA


Resucita cada día, cada vez que asoma por el horizonte
el sol que quiebra la noche y la disipa
en abrazo deslumbrante y nos regala
la luz generosa y la esperanza prístina.

Nada pueden ya los miedos
ni los funestos augurios que ocultos acechan y tienden
a cubrirnos de amargo sinsentido con su mortaja.

¡Y es que hoy es nuestra Pascua!

Resucita cada día, siempre haciéndolo nuevo,
en el pan reciente, en el saludo fraterno, y en los afanes cotidianos
a que nos comprometemos por un mundo todavía humano,
todavía posible, realizable y pendiente de ser llevado a cabo.

Resucita Cristo también con el que no se deja vencer
tampoco esta vez por la inercia de la traición continuada,
de la mera apariencia y de la pantomima embaucadora;
resucita el que aún afirma las ganas de ser
más cristalino, real y auténtico,
fiel a su original condición.

Resucita con aquel, que sin salir indemne de lo ya pasado,
prosigue con la mirada del corazón indómita,
dispuesto a amar con inocente ternura,
transformando las heridas en abundante bálsamo sanador, 
en comprensión compasiva y fiel confianza,
para que el amor haga posible
la potencia del ahora insondable.

¡Y es que hoy es nuestra Pascua!

Resucita con fuerza firme el Resucitado
y quedan oficialmente inaugurados los sueños nunca perdidos,
y el ser humano de nuevo se encuentra libre
para quebrar el carril férreo del algoritmo reductor;
regresan entonces los pájaros con sus cantos,
y la palabra recobra su sentido nítido:
avanzar aún hacia conquistas irrenunciables.

Resucita aquel que no cede al mal cruel y destructivo,
al egoísmo ciego, al abrupto individualismo depredador,
ni al olvido del vínculo con el rostro hermoso del hermano.

Resucita y hace que caigan los muros
del hielo feroz que nos apresaban el corazón de pesadumbre,
despuntando el inocente milagro de la primavera en el espíritu.  

Resucita cada día -bendito sea el Señor bueno-,
y con Él se reestablecen nuestras fuerza para volver a apostar
por lo que el amor redignifica,
por lo que en verdad merece la pena desvivirse,
por lo que descubre el corazón, sabio y atento.

¡Y es que hoy es nuestra Pascua!

Resucita en la mirada atenta, sincera, bondadosa,
capaz de callar, aceptar, comprender
y decir una palabra sincera de aliento fraterno.
Y es que ahora en las distancias cortas nos jugamos
el dulce triunfo de lo pequeño,
de valor inmenso para el que nos ha glorificado en sus llagas.

Resucita cada día -y si quieres tú con Él-
a un protagonismo de tu propia existencia no vivida en vano,
no malgastada, no frustrada en una muerte anticipada, 
sino para dar vida plena en la afirmación
de un encuentro recíproco, unitivo,
dentro de la comunidad que cree y celebra
la inmensidad del don de la Vida
que el Cristo nos regala.

¡Y es que hoy no podemos callar,
porque es nuestra Pascua!

sábado, 22 de noviembre de 2025

Sin trampa ni cartón

SIN TRAMPA NI CARTÓN

Decir que en esta vida todo parece un perfecto decorado es quedarse muy corto. Ya Calderón de la Barca tituló a uno de sus auto sacramentales con el elocuente nombre de El gran teatro del mundo. Y es que la realidad parece más una trama ficticia que cualquier otra cosa. Todo es pose, apariencia y ocultación frenética e interesada de la verdad. Los unos y los otros, y cada cual en su medida, se afana no por dejar manifiesta la verdad objetiva, sino por maquillarla o esconderla tras de múltiples caretas.

Es conocida la expresión acuñada recientemente de posverdad; con ella nos referimos a esa distorsión deliberada de los hechos objetivos, suplantándolos con posturas emotivistas, para que sin reflexión alguna las personas se posicionen y caigan fácilmente en la manipulación y en la polarización. Por lo que si antaño pocos se esforzaban en ese afán meritorio de esclarecer la verdad, en este turbio presente, dominado por las pantallas más que por las bibliotecas, y por la información rápida y sesgada en lugar del conocimiento logrado a fuego lento, la verdad se encuentra aún más sola que nunca.

Eso de exponerse con luz y taquígrafos ante lo que sin trampa ni cartón quede manifiesto lo que sólo somos, debe de ser muy doloroso, pues el común de los mortales huye despavorido antes de someterse a ese necesario autodescubrimiento. ¿Acaso no consistía en eso el famoso oráculo délfico? Pues parece que hoy vale cualquier cosa con tal de evitar ese sabio y prudente consejo de conócete a ti mismo. Pues si fallamos en reconocer nuestra propia verdad, ninguna verdad del mundo y de los demás vamos a poder alcanzar, y todo seguirá siendo farsa y decorado, máscara y caverna.

Y ante este drama humano de dar "la espantá" a la realidad nos ponen las lecturas en el final del ciclo litúrgico que hemos venido celebrando. Muy seguros de sí mismos, bien instalados en sus puestos, unos y otros pasan ante el Dios crucificado entre malhechores para exigirle entre burlas que sea un Dios a la medida de su mentalidad, que si Jesucristo es quien dice ser, en lugar de salvar a otros, se salve a sí mismo. Pero se impone la verdad de quien Él es. En la cruz, bien clarito y en tres idiomas, se lee que es el rey de los judíos. Pero es un rey cuyo poder real y divino le viene del amor oblativo. No viene a salvarse a sí mismo, sino a salvarnos de ese egoísmo cerril que nos esclaviza y destruye. Justamente pendiendo del madero, desnudo, desfigurado y desposeído, nos muestra brutalmente la verdad de Dios, que no se salva a sí mismo, sino a aquellos que libremente se confían a Él. Le piden que demuestre mediante el alarde de librarse del tormento que él es el mesías, y lo demuestra, con la aceptación y la renuncia a su identidad mediante la traición que le solicitan.

Abrirse a la verdad espeluznante y conmovedora de siervo sufriente que entrega la vida sin reservarse absolutamente nada, es la única manera de entender el triunfo inaudito al que estamos asistiendo. Ese es Dios verdadero no según nuestras concepciones, sino sin tapujos, el Cristo, Rey del Universo que vence el mal y la muerte en el abandono de los hombres, aunque esté muriendo por todos ellos. Y sin embargo, el buen ladrón, que sí sabe reconocer al Dios que comparte su misma suerte, se encomienda a Él mientras el otro sigue burlándose de este Dios humilde y crucificado. Y Jesús le promete compartir igualmente su suerte.

En definitiva, nadie se salva a sí mismo, como nadie se hace a sí mismo, todos nos necesitamos y todos hemos de ser salvados por otros y por el Dios encarnado. Esta es una de las verdades que este gran teatro del mundo virtual va a tratar de impedirte que descubras. Trata de ser contigo y para ti es lo que le exigían entre burlas a Jesucristo en el suplicio los mismos que le habían conducido hasta allí; pero es justamente al contrario: el que ama no mira tanto por sí como por los amados. En la cruz Jesucristo nos salva y nos hace hermanos, por mucho que esta sociedad trate de olvidarlo echando capas de superficialidad sucesivas y distracciones.

Este Cristo es la verdad radiante que no queremos ver ni asumir. En el supuesto fracaso estaba la verdadera victoria. En el Humillado el Salvador. En el que pierde su vida por Él y por el Evangelio, el que en realidad la gana ya para siempre. Es la gran lección que este mundo no está dispuesta a aceptar, porque los poderosos de entonces no son demasiado diferentes a los de ahora: sólo miran por ellos, los demás no les importan. Es la mentalidad vigente de salvarse exclusivamente a uno mismo a costa de los demás, pero de la que los creyentes deberíamos contar con suficientes anticuerpos para no caer en esas pseudo verdades que ofrece el sistema. No, la lógica del amor es la que asegura y posibilita que salga a la luz la más honda del saberse todavía humanos: el que se vence a sí mismo es el único capaz de vencer al mundo con la ayuda de Jesucristo, el Rey del Universo, autor de la vida y la gracia.

sábado, 30 de marzo de 2024

Saber vencer

SABER VENCER


La noche es poderosa, la oscuridad insondable. Cuando carecemos de luz, la vida puede llegar a ser terrible. Es normal temer cuando en derredor reina la tiniebla. Tal vez, tras siglos de desastres, guerras y miserias, hemos acabado por hacernos a la idea de que la existencia en realidad es francamente dolorosa. Preferimos, por ello, mirar a otro sitio, buscarnos un reducido mundo confortable, y seguir tirando como se pueda, hasta que lleguen los verdaderos problemas, inevitables, a los que no cabe mas que mirar cada a cara y tratar de afrontarlos como se pueda, para luego, y con la ayuda que sea, rehacerse y seguir tirando con otra cicatriz más, con otra herida. El que más o el que menos, todos sabemos el sabor amargo de la derrota y salado de las lágrimas.

Dice el poeta Jaime Gil de Biedma aquello de "Que la vida iba a en serio uno lo empieza a descubrir más tarde", y efectivamente, a la que avanzamos por la vida vamos constatando la seriedad de la existencia, la dureza de lo real, que no se anda con miramientos con nadie; y ante tanto dolor constatable uno puede terminar frustrado, desengañado, amargado, desmotivado, enfadado, o simplemente harto y cansado. Los antiguos parece que eran educados de otra manera, pues afrontaban las vicisitudes y estrecheces de la vida con otro talante y ánimo. Sin embargo, nosotros no nos caracterizamos por venirnos precisamente arriba ante las acometidas del destino, sino más bien al contrario, solo sabemos echar para delante en las situaciones medianamente fáciles de cada día. Si vienen mal dadas, damos la estampida y "sálvese quien pueda".

Es verdad que hay muchas personas anónimas muy luchadoras, que afrontan cada día innumerables dificultades. A los que la vida no se lo ha puesto nada fácil y han tenido que empezar desde cero y con todo en contra. Pero, por otro lado, están los que recurren con suma facilidad a cualquier vía de escape: se evaden, se quejan de continuo, o echan la culpa de todo a los demás, en lugar de asumir la lucha y tratar de aportar soluciones a los problemas de todo tipo que van llegando. Unos sufren, dan lo mejor de sí y van aprendiendo a ser verdaderos seres humanos, mientras otros se quedan instalados en una ignorancia paralizante por no tratar de afrontar la realidad de lo que son y lo que hay delante. El miedo les impide dar cualquier paso.

No, es verdad, la vida no es solo un valle de lágrimas, pero tampoco un cuento de hadas. En la vida se llora y se ríe; se te rompe el alma alguna que otra vez, pero también te dan la mano o te abrazan. Es necesario ir descubriendo que la grandeza y la belleza de la vida está en esa mezcolanza irrepetible de sufrimiento y alegrías por las que todos pasamos. No nos quedemos solo con una parte de la esencia de la vida, asumámosla tal y como es, por completo, cuanto antes y sin engaños.

A pesar de ello, lo que resulta incomprensible es que el ser humano, consciente o inconscientemente, decida optar por el mal, por la sombra. Es decir, en vez de amar, ayudar y consolar al que sufre, se pueda poner a acrecentar el dolor del sufriente. Lo vemos a diario; basta encender la televisión (o cualquier otro medio) y constatamos la inmensa crueldad del ser humano con sus semejantes. ¿Por qué? Pero no solo en los medios de comunicación, en el comportamiento de tantos, que no saben convivir promoviendo el bien del otro y con el otro, sino que actúan únicamente movidos por su interés tiránico y ciego. Todos los demás y todo lo demás, les es indiferente. Para ellos la vida es más un campo de batalla que un hospital de campaña. Se dejan llevar por un mal injustificable.

En los primeros versículos del evangelio de San Juan leemos que "la luz brilló en las tinieblas, pero los hombres la rechazaron", y esto que se nos cuenta pasó, pasa y pasará. En estos días hemos asistido y revivido la pasión de Jesús, el que es luz de las naciones, y el camino, la verdad y la vida. Pero es rechazado por los hombres, pero no sin más, sino reprimido con todo el ensañamiento del que somos capaces los hombres cuando nos obcecamos en el mal. Al que nos proponía una manera luminosa de ser humanos y vivir haciendo el bien, y nada más que el bien, a ese lo anulamos con toda la contundencia posible. Bajo ningún supuesto vamos a permitir que comience a florecer esa luz del amor de Dios. El aparato del mal, como sigue siendo habitual desde el comienzo inmemorial de los tiempos, se pone a funcionar con una frialdad y precisión asombrosas. Y el Hijo de Dios es inmolado en la cruz en medio de burlas. ¡Qué buenos profesionales hemos llegado a ser de la maldad! ¡Qué excelentes habitantes de las tinieblas!

Sin embargo, se ha producido una vez más, como aquella primera vez -pues es en sí la misma vez- que la muerte es vencida; que la luz maravillosa del amor de Dios atraviesa y rompe la piedra haciendo que el Crucificado viva. A partir de ahora, el mal no tiene por qué tener la palabra definitiva. La resurrección de Cristo supone la victoria del bien y de la vida sobre el mal, la oscuridad y la muerte. Ahora podemos participar de la vida del Resucitado; morir al pecado de la falta de amor, para conformarnos con el amor luminoso que Jesucristo nos dona.

¡Cristo ha resucitado! Ahora cada uno puede elegir si ser de la luz o de la oscuridad, propiciar, cuidar y proteger la vida, o seguir afianzando esta antiquísima cultura de la muerte, la destrucción y el sufrimiento. Es posible cambiar, es posible resucitar con Él, empezar a vivir construyendo vínculos con Dios, con uno y con los demás. No a la mentira, ni a la maldad, ni al ego desenfrenado y arrasador, sino empezar a actualizar la caridad y la fraternidad. Es aún posible la victoria, comienza por vencerte a ti mismo y su victoria será también la nuestra.

La noche será poderosa, pero la mañana es aún más luminosa e invita a la alegría y la esperanza. La luz, por pequeña que sea al comienzo, va a ir apagando la oscuridad y termina por imponer su claridad. Ojalá en todos nosotros comenzara también a disiparse toda sombra, todo mal, todo nudo, toda herida, para dejarnos vencer por la luz del Señor que nos resucita. ¡Pásate a la luz! ¡Pásate a esta vida sin igual!

¿TE ATREVES A DEJARTE RESUCITAR POR EL RESUCITADO?   

  

   


   

sábado, 23 de marzo de 2024

Saber perder

SABER PERDER


Bueno, bueno, a simple vista parece como si todos hubiéramos nacido para el triunfo, para destacar y subirnos al pódium cuanto antes. Por todos los lados se nos educa para aspirar a lograr puestos de prestigio y reconocimiento. Pero el problema empieza cuando nos percatamos que en realidad no hay tantas vacantes para poder saciar nuestras aspiraciones particulares. Vivimos en una sociedad ansiosamente competitiva. Todos quieren ser los primeros y ocupar esos puestos de honor. Qué duro, por tanto, es asumir la derrota, quedarse fuera, al margen de las expectativas que nos habíamos formado, porque, salvo para esos triunfadores que han acaparado los mejores puestos, a los demás nos queda conformarnos con las migajas restantes. E incluso para esas migajas hay hasta tortas.

Pero lo importante es que hemos asumido ese discurso: es apremiante hacerse con el triunfo, ganar al rival, ser superior, cueste lo que cueste. Vamos, que el famoso lema de que lo importante es participar (o ese otro de que Hacienda somos todos) no se lo ha creído nunca nadie ni siquiera un poquito. Hemos reducido tanto la fórmula de la felicidad, que solo nos reconocemos felices si se nota que somos más que los otros, es decir, que los hemos superado. Sin embargo, a nadie se le escapa que precisamente es al revés, que el buen deportista se esfuerza en superarse día a día a sí mismo. Esa, y no otra es la victoria que merece la pena, aunque nadie la perciba, porque uno sabe que es real, y por tanto no hay nada que demostrar a nadie.

Así se entiende el comportamiento de los representantes políticos, que a toda costa ansían llegar a hacerse con el poder, aunque no para servir ni para buscar una sociedad más justa e igualitaria, sino para beneficiarse pronto y mucho de todo lo que puedan. No pasa nada, todo se compra; el político de estos tiempos disimula y tergiversa, aunque cada vez menos, pues ya no se trata ni siquiera de guardar las formas. Todo vale, lo que haga falta para llegar a cumplir mis fines y mis deseos, caiga quien caiga y pese a quien pese. Y es que además nos hemos acostumbrado a conceder licencia a la guerra salvaje y sucia de los aspirantes a poderosos. Y si no, obsérvese el comportamiento de dichos representantes políticos, en mayor o menor medida, tras unas elecciones todos han ganado. Asumir el fracaso es tabú sacrosanto 100% evitable en la carrera de los prestigiosos prestidigitadores de opinión pública.

En principio, nadie nace para perder, ni tampoco hay que buscar intencionadamente la derrota. No obstante, uno, mire donde mire, no ve más que personas que tratan de seguir adelante con múltiples derrotas a cuestas y retratadas en sus rostros. Y no digo nada si, en lugar de mirar hacia afuera a los que pasan al lado, uno decide mirarse hacia atrás y hacia adentro de sí. No digo que no haya triunfadores, que los habrá, especialmente esos que se han vencido y superado a ellos mismos; pero lo que sí hay muchos que van de triunfadores netos, y alardean mucho del éxito y prestigio alcanzado, tal vez sin darse mucha cuenta que casi todo en su vida es simple decorado, tramoya y apariencia, que apenas viene un golpe de realidad, y se desmonta su triunfalismo como un castillo de naipes.

Aún así, también nos insisten en que hay que saber perder ocasionalmente; saber aceptar los propios fallos y aprender de ellos. Ser humildes. Afrontar sensatamente que ni se puede ganar siempre ni todos. Que en la vida no todo posee la misma importancia. Que el mundo no se acaba porque haya habido algún problema con el que no habíamos contado. Que es posible volver a empezar de nuevo y tratar de afrontar aquello que vaya viniendo. Que es posible seguir echándole ganas, aliento y fuerza de voluntad para proseguir, pues una batalla perdida no implica derrota completa e irreversible, sino más bien ir de derrota en derrota y tiro porque me toca. Nunca darlo todo por perdido del todo y frustrarse a las primeras de cambio.

Ay, humanos, qué prestos estamos a olvidar aquello de "sicut transit gloria mundi" (así pasa la gloria del mundo) o también que todo es, en definitiva, mera vanidad de vanidades. O no aprendemos o no queremos terminar de aprender. Se hace imprescindible para aceptar el fracaso -el propio y el ajeno-, el sano hábito de la lectura de grandes obras de literatura. Allí encontramos nobles derrotados, que habiendo apurado con libertad su existencia, no salieron precisamente airosos de tanta aventura y desventura. Resulta paradójico que sea la ficción la que nos tenga que enseñar a reconocer los derroteros de la dura realidad, pero así es. Una vez más, aquel que veía gigantes, es el que nos enseña a ver los molinos. Gracias a Cervantes damos por bueno que las cosas no suelen ser lo que parecen, y que el triunfo aparente puede ser un gran fracaso, tal y como el fracaso estrepitoso, en realidad, encierra un verdadero éxito. Pero es que Cervantes ni era ni deportista competitivo al uso ni político profesional de turno, sino escritor empeñado es superarse en su escritura. Alcanzar cierta altura literaria con gran voluntad, pasión y esfuerzo mantenido.

Pero no solo hay que ir a beber a las aguas literarias para descubrir la transparencia capaz de reflejar a las claras lo manifiesto, que tenemos la Historia como maestra siempre disponible a ofrecer generosa su gran lección. Y además contamos con la Historia Sagrada. En estos días celebramos un hecho histórico de enorme transcendencia, un acontecimiento que vuelve a producirse en nuestras calles y plazas de nuestras villas. Celebramos el suceso que cambió la historia y la convirtió en historia de salvación: Jesucristo muere en la cruz. Es decir, Dios hecho hombre entrega su vida para darnos a nosotros Vida. Muere para matar la muerte ya para siempre. Él muere para que nosotros tengamos Vida.

El mesías, el esperado que irrumpe en Jerusalén aclamado con cantos de júbilo, el Salvador, es el acaba de la peor manera posible que podamos concebir. Pasa de cien a cero de manera precipitada. Cabe preguntarse ¿ha triunfado de nuevo el mal?. Los hombres no han sabido reconocer, admirar, aceptar y seguir al que es la Luz del mundo. Hemos vuelto a exterminar a un inocente con una violencia inusitada. La crueldad manifiesta de los seres humanos no se reserva nada ante una víctima dócil que asumió la ternura, el perdón y el amor como forma radical de vida.

Ese mundo rotundo de triunfadores y poderosos jamás va aceptar como válida la debilidad y el sacrificio. Sin embargo, ese fracasado escarnecido, ese condenado a muerte mediante falsos testimonios, es el vencedor. Miradle en el pódium del Gólgota. Su victoria la logra en la derrota: vence al mal y la muerte. Nada ya va a ser igual. Dios ha derramado su sangre inocente porque es amor del bueno. En Él somos salvos de nuestros propios engreimientos, pues descubrimos que la vida es para entregarla sin reservas. Resulta que ganando se pierde uno a sí mismo, y viviendo con el Perdedor es como se gana esa vida plena y eterna que Él nos regala.     

Y en este horizonte de no dejarse engañar por lo aparente, pues nunca son las cosas iguales a la vista del hombre pragmático y negociador, que a los ojos de Dios. Es a este Dios que se entrega, al que nos enfrentamos una vez más al adentrarnos en esta Semana Santa para descubrir lo que somos. Para unos la Semana Santa solo será un tiempo vacacional; para otro será una oportunidad para curiosear en tradiciones ancestrales; para otros, sin embargo, será un tiempo para amar al que tanto nos ama.

Sabed que, pase lo que pase, el amor incondicional y verdadero nunca es un fracaso, sino, bien al contrario, amar sin trampa ni traición alguna es siempre la única victoria incontestable. Bienvenido a la pasión de Nuestro Señor Jesucristo, que afronta una vez más por amor a nosotros. Aprende a participar de su triunfo dejándote amar.