sábado, 24 de enero de 2026

El remedio milagroso

EL REMEDIO MILAGROSO


Está fuera de duda que hay que cuidarse. El cuidado de uno mismo es previo al cuidado de los demás, porque si el cuidador no está bien, no va a poder ejercer las tareas necesarias para cuidar a los demás de la mejor manera. Primero ha de cuidarse uno para cuidar con el debido cuidado a los que más lo precisan. Es cierto que hoy el que más o el que menos lleva una carga enorme de asuntos pendientes, responsabilidades varias, y problemas de todo tipo, y lo que terminamos por descuidar el necesario autocuidado. Es un error, porque tarde o temprano terminará pasándonos factura aquello a lo que no atendimos: el necesario descanso, la desconexión y momentos de plenitud personal.

Aunque esa es la tónica general, también se debe considerar que de todo hay en la viña del Señor, y que, por tanto, vamos a encontrarnos con individuos de cuidado, que sólo se ocupan de ellos mismos, de que no les falte de nada, de no preocuparse por más que por sí mismos, que allá se apañen como puedan los demás, porque consideran que ellos no están por la labor de echar una mano a nadie. Gracias a Dios a dichos sujetos se les termina conociendo pronto, por lo que es posible dejarlos a su aire sin esperar mucho de ellos. Son individuos egoístas, de los que si no cambian, poco se puede esperar. Ojalá lleguen a ser un poquito felices en ese regodeo del yo absolutizado, pero seguramente no es el camino más recomendable para serlo.

Pero volviendo a la necesidad del sano autocuidado, más o menos ya sabemos bien lo que deberíamos hacer para atender a nuestra forma física, psíquica y espiritual; otra cosa muy distinta es que podamos o queramos realizarlo. Así pues, vemos los gimnasios nunca tan solicitados, restaurantes de comida saludable, dietas anunciadas como pseudo milagrosas, superalimentos, fibra, preparados antioxidandes, ácidos hialurónicos, baños termales, terapias elitistas y otros miles de productos aptos para saturar las extraordinarias demandas del mercado del bienestar. Y es que esto de la salud está muy de moda. Otra cosa es que con ello logremos aquello que deseábamos, esto es, sentirnos bien. Lo digo porque cuanto más decimos cuidarnos, también más hemos de tirar de ansiolíticos y antidepresivos. Ha de ser que porque el verdadero autocuidado pasa más por un cambio integral de vida que por seguir los consejos tan en boga.

Por otro lado, leeemos el informe Foessa, publicado recientemente, en el que se nos advierte que la sociedad española está alarmantemente desestructurada y que la pobreza y la exclusión social ha crecido exponencialmente. Por lo que cabe deducir que en esto de ser la sociedad de los cuidados estamos mucho más lejos de lo que cabría pensar. Si Larra en el XIX decía que escribir en España es llorar, hoy podríamos decir que para muchos españolitos vivir en España es llorar y luchar por sobrevivir en unas condiciones pésimas. O sea, que ni nos autocuidamos bien ni tampoco cuidamos bien a los demás, y así estamos como estamos y vamos como vamos, malamente. Habrá que elegir entre hacer algo o tratar de seguir como si no pasara nada, aunque esté pasando. ¿Nos quedamos sentados esperando que los de siempre no nos resuelvan nada o empezamos a tomar nosotros las riendas de los cuidados? 

En el tercer domingo de tiempo ordinario, domingo de la Palabra de Dios, se nos propone hacer un hueco en nosotros, personal y comunitariamente, para que esta, palabra viva, Espíritu y vida, sea acogida y nos habite. Acojamos a Cristo y seamos acogidos por Él, renovados y transformados por su amor. Él nos sana y nos salva. Hagamos experiencia de Dios. Tal vez este sí sea el remedio milagroso para una existencia agradecida. Sin renunciar ni a la alimentación adecuada, ni al ejercicio, ni a unos hábitos saludables, que siempre ayudan, el cuidado no debe descuidar el hondón del alma. Quizás sólo desde ahí obtendremos el remedio que opere en nosotros el milagro, ya que no nosotros, sino sólo Dios con nosotros es el que puede realizar todo milagro. 

El lema de nuestros colegios para este curso es transforma. Empecemos ya a transformarnos, a cuidarnos nosotros mismos, a cuidarnos los unos a los otros, a dejar cuidarnos y a cuidar de aquellos a los que casi nadie cuida. Pongamos el evangelio en el centro de nuestras vidas, de nuestro ser y de nuestro hacer, y las cosas empezarán a transformarse, porque efectivamente el evangelio es germen de transformación para una sociedad más humana y fraterna.

Si escuchamos la invitación que nos lanza Jesús al comienzo de su predicación, si nos convertimos y empezamos ese itinerario de seguimiento y transformación, la propuesta de la segunda lectura terminará por cumplirse "...que no haya división entre vosotros. Estad bien unidos con un mismo pensar y sentir...". Sí, porque donde está presente el Resucitado no puede haber discordias, sino amor. Este, el amor de Dios con el que podemos sintonizar, es el verdadero remedio milagroso que cura todos nuestros males. Desengañémonos, no hay otro, por mucho que lo publiciten o esté de moda. 

Este domingo celebramos además el cierre de la semana por la unidad de los cristianos. Nosotros mismos debemos testimoniar nuestra capacidad de superar rupturas, de testimoniar el poder del perdón y la reconciliación para comenzar de nuevo a caminar juntos y unidos, es posible y necesario. Para que el mundo crea hemos de empezar por ser creíbles.
   
De igual modo en la semana que se presenta, en nuestro colegio vamos a celebrar la semana de la paz. ¿Cómo podemos poner coto a esta situación de enfrentamiento continuo entre personas y países? ¿Hemos de reducir la paz a un absurdo deseo imposible de realizar? No. Sí que hay remedio para entendernos y poder convivir en paz y concordia. Es el mismo remedio: "amaos los unos a otros como yo os he amado". Justamente el Dios hecho hombre es el que nos enseña y capacita para ser verdaderamente hombres, hombres de buena voluntad adiestrados para el encuentro y la paz.

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