PASAR POR ELLO
El agua es un elemento imprescindible para la vida. Tanto sobre la superficie de la Tierra, como bajo ella o en la atmosfera, nos encontramos el agua en sus diferentes estados. Recientemente, en diversos lugares de la península nos ha caído del cielo, además del nacimiento del Niño, el regalo de la nieve. Ojalá se cumpla también esta vez el conocido refrán que afirma aquello "año de nieves, año de bienes". No han sido nevadas excesivamente copiosas, pero las ganas de ventura y bienes (aunque no sean materiales) que nos traen los copos sí que son grandes: una nueva vida mejor para todos, un nuevo comienzo esperanzador.
También el agua es el elemento de mayor presencia en nuestro propio organismo; de ahí la necesidad de hidratarse de manera adecuada. Necesitamos el agua dentro y fuera de nuestro cuerpo, aunque solo sea para la higiene personal, pero también para disfrutar del agua en playas, ríos, lagos y piscinas. El resto de seres vivos también, al igual que nosotros, precisan del agua, no digamos de aquellos que han elegido como su medio vital. Tanto es así que biológicamente la vida primera se originó en el agua, en su seno. Pues espiritualmente el agua aún es el elemento que nos proporciona esa posibilidad de vida en abundancia.
Aún así, el agua, fuente de vida, en ocasiones terribles puede convertirse también en causa de muerte, de desastre natural. Por lo que aquella afirmación de que todo con moderación es lo idóneo, parece que se ajusta a la conveniencia. Por ello, las civilizaciones y culturas se han servido del agua con prudencia y acierto. Los poblados se establecían en lugares de abundancia de agua para humanos, bestias y cultivos. De hecho, tradicionalmente se conducía el agua para asegurar el abastecimiento e incluso para deshacerse de residuos, estableciendo un circuito de entrada y otro de salida mediante canalizaciones. Se construían diques, presas, canalizaciones y se evitaba construir en cauces secos, pues el agua tiene establecido de manera natural sus zonas de paso. Hay que saber beneficiarse de las bondades del agua tanto como respetarla y prevenir los desastres producidos por las trombas y crecidas.
Este domingo, con el que concluimos el tiempo litúrgico de la Navidad, es el domingo llamado del Bautismo del Señor. Pasar a través del agua implica un final y un comienzo. a empezar pero ya en una etapa nueva, con nuevos objetivo, nuevas formas y disposiciones, pues al pasar por el agua del bautismo ha de iniciarse una nueva de ser, es decir, se produce antes y un después. Jesucristo al pasar también por el bautismo de Juan en el Jordán va a dar comienzo su vida pública, dejando atrás la vida doméstica como carpintero anónimo en Nazaret.
Es un gesto enormemente significativo que Jesús, siendo Dios, además de asumir nuestra condición humana plenamente, también quisiese participar del bautismo de Juan, que era un bautismo de conversión, para que así su inmersión en la naturaleza humana fuese aún mayor, y para establecer al mismo tiempo mediante el sacramento del bautismo la puerta de acceso nuestro a su ser. Por el sacramento del bautismo nos incorporamos a Jesucristo y a su Iglesia de manera íntima y definitiva. Efectivamente se establece un antes y un después esencial y existencial en los bautizados, que ya no deberían vivir meramente referidos a sí mismos, instalados en un mundo de intereses mezquinos y materialistas, sino para llevar a cabo el amor a Dios y al prójimo como el modo de impulsar el Reino. La misma revolución de la ternura, o la cultura del encuentro -empleando la terminología del papa Francisco- es la tarea emancipadora de los bautizados, esto es, construir un mundo más humano, más justo, reconciliado y fraterno. ¿No es este el que las personas de buena voluntad ansiamos?
También es comprensible el reparo del Bautista, que preparaba a sus coetáneos mediante un bautismo de conversión para que así pudieran sumarse al plan emancipador de Dios, que nos regala a su Hijo para hacernos a todos también hijos en el Hijo. El Bautista sabe de su pequeñez ante Jesús, es más bien él mismo, que se reconoce también indigno de atarle la correa de su sandalia, el que ha de ser bautizado por Jesús; pero justamente Aquel a quien va a bautizar es el que le confiere esa dignidad que le capacita para poder bautizar al Salvador, a quien anuncia, reconoce e incluso llega a bautizar. Es el Espíritu el que va propiciando que las cosas que Dios quiere vayan aconteciendo. En esta escena del bautismo del Señor, asistimos a una auténtica teofanía del Dios trinitario: juntos se nos manifiestan el Espíritu que desciende sobre el Hijo y la voz del Padre que nos expresa y revela al Hijo amado. Por ello es este el tema representado en múltiples iconos, porque estamos ante un gran misterio por el que podemos dar gracias a Dios.
No tiene nada que ver hablar de modo exclusivamente teórico a cuando se habla desde la experiencia. El Dios con nosotros que hemos celebrado en este tiempo de Navidad, asume nuestra condición y la experimenta, pasa por ella, por las aguas del bautismo. Nosotros hemos de ser conscientes de nuestra condición de bautizados. Experimentar no solo el agua, sino la gracia y consagración que confiere el sacramento. Por el agua del bautismo estamos unidos ya a Jesucristo, injertados en Él, y por tanto, participamos de su propia muerte y resurrección. Somos y formamos parte del cuerpo de Cristo que es su Iglesia, y también su misión es nuestra misión: vivir el evangelio, amar a Dios, al prójimo, y para ello traer la paz y la justicia a este mundo.
Muchos son los que coincidiendo con esta celebración del bautismo del Señor, son también recibidos en la Iglesia al ser bautizados, tanto niños como adultos. El resto, los que llevamos ya tiempo bautizados, hemos de renovar la identidad y dignidad que recibimos con el sacramento. Que en este año nuevo además empecemos a realizar más fiel y responsablemente la condición de bautizados y seamos con mayor autenticidad miembros vivos y comprometidos de su Iglesia, fermento de nueva humanidad.

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