viernes, 18 de noviembre de 2022

Save yourself

 SAVE YOURSELF

Sea usted autosuficiente, autónomo, hágase a sí mismo, aíslese de los demás por precaución y asepsia social, permanezca en su mundo individual bien protegido. Si alguna vez necesita algo, no tiene más que clicearlo en su dispositivo y se lo acercamos. Así de fácil y asunto arreglado. Parece ser esta la tendencia por la que va decantándose la sociedad digital en la que nos movemos, nos guste o no.

Ya ni conoces a los vecinos de tu bloque. Como mucho si eres algo simpático, extrovertido y hasta dotado de cierto desparpajo, osarás intercambiar algún saludo en el descansillo o en el ascensor. Puede que hasta te lo devuelvan con cortesía. Pues en realidad no es necesario que conozcas el nombre de los otros semejantes con los que día a día te cruzas, -total ¿para qué?- si tienes bien asumida la máxima de que lo más conveniente es tratar de mantenerte lo más al margen de la existencia de los otros. Cuanto más desconocido, mejor. Cada uno a lo suyo en exclusiva, y todos contentos (o no).

Lo que está en juego es que sigamos siendo personas, integrándonos activamente en ese tejido al que llamamos sociedad o, si ampliamos un poco más la perspectiva, incluso nos atreveríamos a nombrar como humanidad. Está en juego que podamos seguir reconociéndonos todavía como humanos. ¿Eso es lo que nos cabe esperar con el transhumanismo o aún hay peores sorpresas?

En 1624 el poeta inglés John Donne hablaba en un poema titulado "Ningún hombre es una isla" de la profunda interconexión que hay entre todos los hombres que como tal se reconocen y tratan. Nada de lo que le pasa al otro me puede dejar indiferente, sino que me afecta, me repercute, me importa. Recientemente el profesor Nuccio Ordine, refiriéndose a esos versos, ha publicado un libro titulado "Los hombres no son islas" para reivindicar el papel de la literatura como antídoto contra el individualismo feroz en el que está cayendo progresivamente nuestra sociedad posmoderna.

Por todo ello, constatamos que advertencias hay a montones, por si alguien quiere tenerlas en cuenta y tratar de poner remedio a esa trampa del egocentrismo. El sentido común y la propia experiencia de cada uno nos lo dejan también bien palpable: nos necesitamos los unos a los otros. Que nadie se lleve a engaño, por tanto, si no tengo nada que ver contigo ni con nadie, no voy a ser feliz, como mucho un infeliz que no tendrá con quién compartir ni lo bueno ni lo malo, ni lo exterior ni lo interior, ya que estaremos completamente solos y aislados los unos de los otros. ¿Tan difícil resulta asumirlo? Sin ti no puedo ser realmente yo mismo.

Hoy se celebra la solemnidad litúrgica que concluye el año: Jesucristo, Rey del Universo. Y de forma chocante y paradógica, resulta que Jesucristo reina desde la cruz, justamente entregando la vida por los demás, tanto por los buenos como por los malos, amando sin medida. No viste ni de armiño ni lleva cetro, pero, sin embargo, algunos le hemos reconocido como el único rey, el que ejerce el poder en la entrega, en la mansedumbre, en la humildad y en la desposesión. 

Culmina el año y a la vez la existencia mortal del hombre Jesús, antes de su resurrección. Ahí, clavado en el madero, nos muestra su manera de ser Rey, y Rey nada menos que del universo, esto es, un nuevo orden más espiritual de religación fraterna. ¿Cómo lo iban a comprender las autoridades judías o romanas, que se dejaban llevar más por las apariencias? No es concebible que un ajusticiado en la cruz sea Rey, ya que así no mueren los reyes, sino los malechores, por mucho que en el cartel se declare que es Rey. Es más, le llegan a recriminar entre burlas que se salve a sí mismo. Es todo lo que tiene que hacer para mostrarse rey a la manera de los hombres, no a la de Dios. Ni más ni menos, como hace cualquier hijo de vecino, mirar solo por uno mismo.

Pero este Dios cristiano es justamente el que viene a salvarnos a nosotros, no a sí mismo, y eso es lo que hace: nos salva del consabido "sálvate a ti mismo"; nos salva de este individualismo pertinaz que pervierte lo que somos; y nos salva de una vida meramente biológica y terrenal para ofrecernos una vida sin término en el amor infinitamente misericordioso de Dios. Este Rey humilde es el verdadero, el vencedor de la muerte, el que comparte su reino con nosotros y se pone nuestra misma corona, de sinsabores y fracasos, para aliviarnos. Es el Rey del sacrificio, el Rey del amor hasta el extremo. Solo en su Reino los hombres no somos islas aisladas, sino hermanos con un corazón valiente, que se levantan cada día para ser para los demás.

A partir de este domingo da comienzo un nuevo año litúrgico y un nuevo tiempo fuerte de celebración y transformación, el Adviento. Un nuevo inicio, una nueva actitud, una nueva venida, pues el que nacerá en el pesebre está llamado a reinar en este fascinante universo que compartimos.




2 comentarios:

  1. ¿Que vio ese ladrón en aquel condenado, flagelado y malherido, para descubrirle como rey?
    Fue por su inocencia, su paciencia, su mansedumbre, por las que descubrió el buen ladrón a Cristo como rey. Esa es la auténtica realeza, no la del poder o la riqueza.
    Y Cristo, abrazando al Universo, también abraza al buen ladrón. A ese ladrón que abrió su corazón en los últimos instantes de su vida.
    «Hoy estarás conmigo en el paraíso».

    Mi querido Buen Ladrón, yo creo que te podríamos rezar, (ya que estás hoy en el paraíso) y pedirte que nos ayudes a robar el paraíso y el corazón de Dios. 
    Aunque después de «hoy» ya hemos aprendido de ti... cómo hacerlo.

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    1. Muchísimas gracias, A. Villana, por tus comentarios. Son siempre unas aportaciones muy hermosas.

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