sábado, 19 de septiembre de 2026

Bajo la ley de la oferta y la demanda

BAJO LA LEY DE LA OFERTA Y LA DEMANDA


Al parecer, y según indican los que saben de ello, la IA consulta numerosas fuentes antes de emitir su instantáneo veredicto. Menos mal, pues a los pobre humanos nos costaba años recopilar la información más relevante, asimilarla, relacionarla con todo lo que se hubiese manifestado de interés con anterioridad y poder hacernos una idea lo más acertada posible acerca de aquella cuestión a esclarecer. No éramos malos investigadores del todo, ni siquiera cuando no teníamos acceso directo a la información digital, sino que había que buscar analógicamente, y eso requería de tiempo y constancia. ¡Qué tiempos tan pretéritos aquellos en los que el conocimiento se elaboraba a fuego lento y en cazuela de barro! Nada que ver con los tiempos modernos en que se cocina ya con la olla megarápida de la IA, pues basta con una solicitud o prompt y esperar a que se genere la respuesta en un periquete. Pero resulta que lo que la IA nos devuelve presenta todavía marcados sesgos que se nos pueden estar escapando. La inmediatez no es garantía de calidad, más bien de improvisación o incluso de mera chapuza para salvar los muebles.

Siempre se nos ha dicho que las prisas no son buenas, que conviene tener paciencia y que también hay que tomarse su tiempo, porque hasta el proceso puede ser tan enriquecedor como el resultado final. Y es que hoy, o no sabemos o no queremos esperar. Todo a de ser a nuestro antojo y para ya mismo. Pero así como en cocina esta inmediatez arruina el plato, también en la elaboración del conocimiento hay que proceder paso a paso y con cuidado, si es queremos que el resultado esté bien construido y nos aproxime a la verdad. Conviene tener cautela; no darlo todo por bueno de buenas a primeras y usar sólo los mejores ingredientes documentales, si es que no queremos caer del mismo modo en esos sesgos que distorsionan lo que acabamos de llegar a conocer.

Pues también los seres humanos tomamos muchas influencias sin cribar apenas en lo que damos por bueno. Vivimos en un momento y en una cultura que efectivamente nos influye y condiciona, y debemos tenerlo en cuenta. Por eso resulta sumamente interesante salir de nuestra zona de confort y bienestar acomodaticio y dejarnos contrastar por ejemplo por el Evangelio, que no es sospechoso de estar basado en la última tendencia. Si es cierto aquello de queremos educar personas pensantes y con un alto pensamiento crítico, capaces de cuestionar y cuestionarse, verdaderos buscadores de la verdad, hemos de coincidir en que las palabras de Jesús nos exponen a una libertad personal y espiritual que no se acomodó nunca con el orden establecido. Rápido entraba en conflicto su manera de hacer y decir con lo política y religiosamente correcto. Nunca le importaron demasiado las consecuencias, cuestionaba lo que era cuestionable. En eso otros también han destacado, por ejemplo Sócrates, gran socavador de lo infundado. 

Tal vez uno de las formas que hemos asumido y dado por buena, de igual manera que en tiempos de Jesús también eran asumidas otras ya totalmente desfasadas, es la tan cacareada ley de la oferta y la demanda. Algunos la consideran como la regla que todo lo equilibra, pero es posible que tampoco sea la panacea, o que incluso no sea del todo justa. Al menos así nos lo pueden sugerir las lecturas de este domingo XXV de tiempo ordinario (ciclo A). No se trata tanto de medir y calcular, sino más bien de darse por completo. No se establece el valor según el precio del mercado, sino que es el amor el que concede, o más bien reconoce el valor a las personas, acciones y cosas. Bienvenidos a la lógica de la gratuidad y a la sobreabundancia. Este sí es el sesgo, pero el bendito sesgo del Reino de Dios.

El valor de las personas para la antropología cristianan es absoluto por lo que se es en sí, y por tanto, cada criatura merece toda la consideración, respeto, protección y cuidado. Dios no nos trata según nuestros errores ni aciertos, sino que nos hace libres, con capacidad de descubrir y tratar de lograr lo mejor como personas comprometidas con el bien común. En esta lógica del don no caben ni el individualismo ni el materialismo ni el egoísmo, que tanto sesgan nuestro común modo de instalarnos en este mundo hostil. Otro gallo cantaría si esa ley de la oferta y la demanda, o del primero siempre uno mismo, terminara por ser desechada de una vez; porque en definitiva en esta ley sacrosanta está el fundamento de un hombre deshumanizado, de un hombre que es un lobo para el hombre, pues en lugar de abrir el corazón, todo lo calcula desde su propio bolsillo.

Puestos a la escucha del Evangelio, que nos muestra la manera en que Dios nos trata a todos los trabajadores de su viña de la misma manera, no como a nosotros nos hubiera parecido, sino empezando por los últimos y terminando por los primeros. El mundo al revés, los que se creían merecedores de más que el resto son los que reciben exactamente la misma paga.

Aprendamos a detectar y superar todos esos sesgos deshumanizadores que hemos ido asumiendo, y vayamos a trabajar animosos con y por los otros en esta la cosecha común. La alegría por compartir los bienes es mucho mayor que la del que se lo guarda todo para sí, ese aún no ha empezado a cotizar en la Bolsa que importa, la de los Cielos, donde los beneficios alcanzan su verdadero valor, los demás índices de cotización tal vez no sean más que tesoros que corroe la carcoma. Entonces, no haríamos mal en preguntarnos ¿desde dónde SOY y para quién? ¿Cuál es el denario al que aspiro el de los hombres o el que concede el Buen Dios?

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