viernes, 23 de noviembre de 2018

CELEBRAMOS NUESTRO CORAZÓN VALIENTE

Qué suerte poder disfrutar de un día como hoy, el día en el que celebramos la Providencia. Qué suerte formar parte de una familia educativa en la que disfrutamos de la palabra de Dios y de las hermanas en un día de fiesta como este. Qué suerte poder compartir nuestra fe todos juntos, a través del amor y el respeto que aprendemos cada día en nuestro cole.

Hoy es un día muy especial para nosotros, la Providencia nos acompaña y nos enseña lo bonito que es una vida dedicada a los demás a través de la palabra de Dios. Y es que no puede haber nada más especial que vivir la Providencia desde las palabras de una antigua alumna y actual madre, que vive la Providencia desde su corazón valiente y el de su hija:

"Cada vez que recuerdo los años que pase en la Providencia, 
me viene un sentimiento de nostalgia y buenos recuerdos. 
Siempre me ha encantado del colegio la unión 
que nos fomentaban los profesores y las monjas. 
Ahora, vivo con mi hija lo mismo, 
sintiéndome así orgullosa de la comunidad que rodea 
forma parte del colegio.
Los valores que forman los pilares del colegio son los mismos con los que yo me
crié, es más en mi casa intento seguir esa misma línea, 
enseñando y aprendiendo que vivir la Providencia, 
es vivir para los demás cada día
Por eso he de destacar esta institución, que cada día sirve de referente
educativo a los alumnos y sus familias.
Con cariño.
FELIZ DÍA DE LA PROVIDENCIA




Poco más podemos decir en un día como hoy desde pastoral... Disfrutad del día, amad y sed providencia en vuestras vidas, porque no hay nada más reconfortante que ser para los demás, ser providencia.

Aprovechamos para dejaros la monición de entrada de la misa que hemos celebrado juntos hoy, para que, de alguna manera compartamos todos juntos este día tan especial, aunque sea en la distancia.




Se hallaba un sacerdote sentado en su escritorio, junto a la ventana, preparando un sermón sobre la Providencia. De pronto oyó algo que le pareció una explosión, y a continuación vio cómo la gente corría enloquecida de un lado para otro, y supo que había reventado una presa,que el río se había desbordado y que la gente estaba siendo evacuada.

El sacerdote comprobó que el agua había alcanzado ya a la calle en la que él vivía, y tuvo cierta dificultad en evitar dejarse dominar por el pánico. Pero consiguió decirse a sí mismo:


“Aquí estoy yo, preparando un sermón sobre la Providencia, y se me ofrece la oportunidad de practicar lo que predico. No debo huir con los demás, sino quedarme aquí y confiar en que la providencia de Dios me ha de salvar”.

Cuando el agua llegaba ya a la altura de su ventana, pasó por allí una barca llena de gente.

“¡Salte adentro, Padre!”, le gritaron. “No, hijos míos”, respondió el sacerdote lleno de confianza, “yo confío en que me salve la providencia de Dios”.

El sacerdote subió al tejado y, cuando el agua llegó hasta allí, pasó otra barca llena de gente que volvió a animar encarecidamente al sacerdote a que subiera. Pero él volvió a negarse.

Entonces se encaramó a lo alto del campanario. Y cuando el agua le llegaba ya a las rodillas, llegó un agente de policía a rescatarlo con una motora. "Muchas gracias, agente”, le dijo el sacerdote sonriendo tranquilamente, “pero ya sabe usted que yo confío en Dios, que nunca habrá de defraudarme”.


Cuando el sacerdote se ahogó y fue al cielo, lo primero que hizo fue quejarse ante Dios: “¡Yo confiaba en ti! ¿Por qué no hiciste nada por salvarme?”.

“Bueno”, le dijo Dios, “la verdad es que envié tres botes ¿no lo recuerdas?”




Estamos de enhorabuena, Dios nos ama, aunque en ocasiones seamos tan cerriles como sacerdote del cuento y no sepamos verlo… pero Dios no es un showman, el lo hace a su estilo, un estilo llena de elegancia, belleza y sencillez, lo hace en lo cotidiano, en lo simple, en las personas maravillosas que pone en nuestra vida para llenarla de ilusión, de luz, amor, esas que cuando estamos a punto de hundirnos, pasan con su barca a nuestro lado y nos devuelven a la vida. 


En nuestros padres, nuestros amigos, en nuestros familiares, en las personas a quienes amamos, ¡e incluso en nuestros profesores que tanta lata nos dan!, porque a veces cuidarnos también es darnos la lata, es anteponer el amor al otro por encima del propio, es ser paciente aprender a esperar, y sobre todo es ser valiente para reconocer que no podemos solos y que necesitamos al otro y ser valiente para entregarnos sin reservas, sin comodines y sin redes.


Dios es amor, y nos pide que nosotros también lo seamos, y cuando amamos de verdad, nos convertimos en herramientas de Dios para el cuidado de los demás y eso es ser Providencia.

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