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sábado, 31 de mayo de 2025

¡Participa!

 ¡PARTICIPA!

Cuando uno solo se ha de organizar a sí mismo, lo que se consiga o no dependerá tan solo del empeño puesto y el desempeño de que sea capaz. Afortunadamente, somos seres sociales que hemos de interactuar y cooperar los unos con los otros. Lo fácil es recurrir al consabido "yo me lo guiso, yo me lo como", pero es una fórmula excesivamente individualista, limitada y limitante, que quizás debido a algún aprendizaje defectuoso, no ha sabido desplegar el ser para los demás y con los demás que resulta imprescindible para ser verdaderamente persona e integrase de la manera más adecuada posible en la comunidad a la que pertenece.

El ser humano desde su nacimiento aprende a insertarse positivamente con las personas que le es dado relacionarse. Se descubre a sí mismo estableciendo esas relaciones con los otros. Nos necesitamos, pero a medida que crecemos, vamos creyendo que podemos llegar a considerarnos totalmente autónomos, sin necesitar nada de los demás. Craso error, pues bien sea para echar una mano a otros más necesitados, o si toca, ser el ayudado, de poco le vane a uno lamerse las propias heridas. Aunque esté muy extendido, eso de ir por la vida como lobo solitario es un auténtico desatino, del que tarde o temprano habrá que ir escapando. Hemos de compartir penas y alegrías, porque con los otros somos lo que vamos siendo.

Por eso, es necesario concienciarse de que todos hemos de sentirnos responsables y asumir un papel activo en la mejora de las condiciones de todos. Las cosas no se hacen solas, requieren la participación y colaboración de todos y cada uno de nosotros. Hay que asumir con el debido entusiasmo aquellas tareas que sean menester para que el mundo funcione de la mejor manera, o al menos nuestro pequeño mundo, el que queda a nuestro alcance: nuestro hogar, nuestro vecindario, nuestro lugar de trabajo o nuestra comunidad de creyentes. Apoyémonos, trabajemos juntos, no solo porque los logros son mayores, sino porque además satisfacen mas cuando son compartidos.

Otro gallo cantaría si nos sintiéramos llamados a participar y aportar en el bien de todos, en lugar de mirar tan solo por el propio. Otro mundo es posible, y lo será si nos vamos comprometido en que lo sea. Nada de desentenderse, nada de escurrir el bulto como si no fuera conmigo. A todos nos incumbe, todos hemos de estar dispuestos a aportar nuestro granito de arena.

En la Iglesia, cuerpo de Cristo, todos los miembros pertenecemos a una comunidad, a una red tupida de comunidades. No somos los unos sin los otros, pues todos nos encontramos por el mismo bautismo insertos en este cuerpo encarnado y espiritual de Cristo. Él vive en nosotros y nosotros en Él. Somos de Cristo, el que da la vida por sus amigos. Participamos ya de su muerte y resurrección. No podemos desentendernos los unos de los otros, hermanos y asimismo hijos en el Hijo. ¿Se puede esperar mayor implicación que constituir este único cuerpo eclesial?

Celebramos este domingo la Asunción del Señor a los cielos, y podemos vivirlo desde fuera o conminados con Él a participar en esa ascensión. Todavía permanecemos en la tierra, asumimos la misión que nos encomienda, y a la vez Él, sentado ya a la derecha del Padre, sigue unido a nosotros. Es nuestra cabeza y nosotros sus miembros. La resurrección avanza, nos afecta aún más, ya que asciende y se va el Resucitado, pero para consumar definitivamente su donación. Vienen los tiempos del Espíritu, que nos capacitan para ser su Iglesia de manera pascual y nos lanza a dar testimonio de esa nueva vida de Jesucristo y nuestra. Participamos de su cuerpo y somos uno en su cuerpo. Es el Espíritu prometido que vendrá en nuestra ayuda a avivar su palabra, su ejemplo y su aliento en todos nosotros.

La Iglesia y la misión que el Amigo nos encomienda es tarea de todos, requiere la ilusión y el compromiso de todos. Participemos gustosos es la construcción de este nuevo mundo que por el Espíritu nos hace renacer al mutuo amor, la bondad, la justicia y el bien. No es cosa exclusivamente nuestra, no depende de lo que cada uno haga, sino de la aportación de todos y la ayuda de su gracia. El, que asciende a los cielos, se queda entre nosotros entrelazando nuestras libertades para ser ahora su cuerpo que ha de seguir sirviendo a los hombres e impulsando una nueva humanidad más conforme al Padre. No se trata de participar en un sorteo, no es un juego de azar más, sino de asumir nuestra participación en el proyecto fraterno de Dios. No es cuestión de suerte, es cuestión de identidad y de práctica de amor corresponsable. ¡Pongámonos en marcha, que soplan tiempos favorables!

domingo, 11 de junio de 2023

Voracidad

 VORACIDAD


En este mundo complejo y global, mientras unos apenas tienen algo que llevarse a la boca, otros pareciera que nunca están saciados. Para los primeros su demanda sería el alimento básico para poder sustentarse y sobrevivir; sin embargo, para los otros, hartos de todo, les posee un hambre pertinaz, un apetito exponencial que ni les sirve para alimentarse, pues están ya sobrealimentados, ni tiene fin. Unos perecen de inanición, otros se encuentran en una vorágine de deseos cada vez más insatisfechos.

Los humanos que poblamos este bendito planeta bien pudiéramos diferenciarnos, a grandes rasgos, en los habitantes del Tercer Mundo y en los que habitamos los países desarrollados, la mal llamada sociedad del bienestar. Pero dentro de esos mundos que hemos separado, a su vez, hay algunos muy pocos ricos entre los más desfavorecidos, al igual que hay cada vez más pobres en medio de las sociedades materialistas y opulentas. A unos y otros nos devora una hambre, pero una hambre distinta.

Y ante esta situación de desigualdad generalizada, que si no hemos aceptado del todo, tampoco hacemos demasiado para reequilibrarla, se planta Jesús y nos dice que Él es el pan vivo, y que no solo de pan vive el hombre. Y es que, además del alimento que nutre el cuerpo y restablece las fuerzas físicas, este pan, que junto a las patatas, la leche, o las lentejas, a las que todos tendríamos derecho, el ser humano de verdad también precisa alimentar el espíritu. 

A veces esa hambre loca que nos devora a los occidentales, es una hambre atroz y feroz que nos lleva a consumir cada vez más y más, pues nuestro deseo siempre va a desear más: más ropas, más energía, más objetos, más alimentos de todo tipo, más ocio, más dispositivos, más relaciones, de lecturas, de viajes, de experiencias, de más y más. Tal vez, por ese camino desorbitado acabamos siendo, en mayor o menor medida, adictos a lo que se nos pongan por delante. ¿No será porque lo que en verdad demandamos no es nada de todo lo que el mercado trata de ofrecernos? ¿No será que portamos un hambre y una sed mucho más profunda y que solo puede calmar el Dador de plenitud?

Este pan que Jesucristo parte ante los discípulos de Emaús, cuando estos le reconocen resucitado, es el Cuerpo de Cristo que es consagrado en la eucaristía, el único pan que puede calmar nuestra hambre de Dios. Jesús mismo, en la Ultima Cena nos dice que ese pan y ese vino son su carne y su sangre, que sigamos haciendo esto en memoria suya. Y eso precisamente es lo que hemos seguido haciendo desde entonces hasta hoy, para que sea Él el alimento verdadero que nos da esa Vida que no da ningún otro alimento.

Porque somos lo que comemos, si comemos al mismo Jesús en las especies sacramentales, también nos vamos haciendo Cuerpo de Cristo. Es esto lo que hoy celebramos en este domingo del Corpus. Y si somos el mismo Cuerpo que Él nos alimenta, ¿no habremos de tener las mismos sentimientos que Él? ¿El mismo amor que se da?¿Las realizar las mismas acciones suyas para que a través de la Iglesia siga salvando Cristo?

Paremos de tanta voracidad mundana y admiremos la lógica del don que se deja entrever en ese pequeño fragmento de pan que contiene al mismo Dios que se entrega, parte y comparte con todos nosotros. Adoremos su misterio. Dejémonos transformar por ese pan que ya es cuerpo de Cristo, que sacia y revierte la voracidad del ego por la generosidad del amor. 

Qué hoy, solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo, sea Él nuestro alimento espiritual, para que tengamos verdadera hambre de comunión y fraternidad.