sábado, 14 de enero de 2023

La talla del hombre

LA TALLA DEL HOMBRE 



Los antiguos concebían la fortuna como una rueda, que era cambiante; unas veces te llevaba arriba, pero al mismo tiempo se acercaba el momento de volver a precipitarte. Y por tanto advertían que todo es fugaz, pasajero y momentáneo. Es verdad que esto del éxito es demasiado volátil. Muchos han estado en lo más álgido de la fama, y en breve dejan de aparecer en los medios y en las redes, nadie habla ya de ellos y hasta acaban olvidados por completo. Parece que en ello nos influyen poderosamente las modas y los medios de comunicación. De eso saben mucho los asesores de imagen que conocen cómo ensalzar a algún líder en un momento dado, y si toca también hacer que se arrastre por el barro.

Hemos asistido recientemente a un hecho histórico inusual en el pasado, el funeral de un Papa retirado y presidido por otro Papa en ejercicio. Este hecho ha sido resaltado con profusión por la mayor parte de los medios de comunicación. Pero no menos sorprendente ha sido que al Papa difunto, que había sido tan denostado e incomprendido por unos y otros, todos ahora han sabido ver la grandeza de su trayectoria personal. Hoy la rueda de la fama, bien engrasada por los creadores de opinión, tendía a ascender a nuestro desaparecido Benedicto XVI, cuando anteriormente se le había querido recluir en las mazmorras. Da la impresión de que algo no cuadra aquí, pues lo que ayer era pésimo, hoy es tratado de excelso. ¿Por qué? ¿Quiénes mueven entonces esa rueda del desprestigio o del halago qué fines persiguen? ¿Se le ha hecho ahora justicia o más bien se le hacía antes cuando se le ponía a caer de un burro? ¿Acaso uno solo llega a ser reconocido tras la muerte? ¡Cómo para fiarse de lo que nos cuentan en los mentideros de la aldea global!

Por tanto, sin tener demasiado en cuenta ni a los detractores ni a los defensores -pues siempre les habrá-, tratemos de valorar por nosotros mismos quién fue Benedicto XVI. Seguramente para aproximarnos a cualquier personaje histórico hay que conocer lo que dijo y lo que escribió (si es que lo hizo). Pues ahí están disponibles para todos las homilías del Papa emérito, sus múltiples intervenciones y sus libros. Quien quiera acercarse a ellos no quedará defraudado de sus propuestas, más bien al contrario, descubrirá un filón extraordinario hecho de filosofía, teología, fe y enormes ganas de expresar su pensamiento de la manera manera más asequible posible por todos.

Otro criterio para poder llevar a cabo esa valoración no sesgada de cualquier personaje histórico, podría ser la coherencia entre lo que decía y lo que hacía. Pues en el caso del Papa emérito podemos afirmar que esa pasión por el hombre, esa defensa del aporte de la tradición cristiana, de sus valores intrínsecos y evangélicos, fue la que siempre trató de vivir con una sencillez y humildad admirables. Tal vez en esto consiste la vida cristiana: dejar que la libertad de uno sea moldeada por la gracia.

Pero también para poder definir con mayor nitidez al ser humano haya que tener en cuenta qué es lo que le apasionaba. Y sabemos que a Benedicto XVI siempre le marcó la belleza; ante ella tenía conciencia plena de estar en contacto con la Divinidad. Especialmente disfrutaba de la música. También, como intelectual, le apasionaban las ideas, los libros, el estudio, la conversación, las palabras y la Palabra. Pero además de la enorme actividad intelectual que llevó a cabo y que nos lega, nunca abandonó su oración. Tal vez en la pureza de su constante trato de amor con el Señor se encuentre la mejor explicación posible de quien realmente fue Benedicto XVI. 

Y, además, suele ser muy esclarecedor conocer los testimonios de las personas que le trataron, eso nos da su calidad humana, cómo trata a las personas con las que se encuentra y convive. Los que tuvieron ocasión de tratarle mucho o poco, quedaban francamente impresionados de su cercanía y capacidad de escucha. No eras uno más que le presentaban al Papa, eras tú, y si tenía oportunidad, te trataba como un igual, se interesaba por ti y creaba un cierto espacio de intimidad humana acogedora y fraterna.

Hoy en el evangelio ya de comienzo del tiempo ordinario es San Juan Bautista el que reconoce ante quién estamos, ante el mismo Cristo, el Hijo de Dios y el Salvador, el que es la Luz del mundo. Para que esto sea posible el propio Juan se ha despojado de un ego sobredimensionado, por ello es capaz de indicarnos Quién es Él. Que nosotros, de manera semejante a como Juan supo detectar ante quién estaba, sepamos reconocer el hombre que ha sido Benedicto XVI. Qué lástima si nosotros ni siquiera seamos capaces de reconocer la talla humana del Papa emérito que nos ha dejado. Un gran teólogo, pero un hombre que supo morir con una declaración de amor en los labios: "Jesús, te amo". Un hombre que no precisa que nosotros le juzguemos, porque seremos examinados del amor, y Benedicto supo amarnos y servirnos de un modo que no podemos dejar de valorar y agradecer. Un ser humano que supo hacerse pequeño y por eso posee esa talla personal que hoy hemos de elogiar.




 

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