A LAS CLARAS
Si a alguien de Alcalá le dicen que va a las Claras, entienden rápidamente que quiere ir al monasterio de las Clarisas, posiblemente a adquirir almendras garrapiñadas. Pero no, esta vez no nos referimos a eso con el título de esta entrada del blog, sino más bien a la necesaria virtud de de ser claros, sin turbiedad alguna, sin falsedades. Y es de agradecer que aún haya personas así en este mundo, que vayan a las claras, sin subterfugios ni engaños, porque manifiestan lo que creen, lo que piensan, y consecuentemente lo que realizan. Es decir que ante una persona con esa preciada nobleza cualquiera sabe a qué atenerse y reconoce que se puede confiar en él o ella.
Aunque es cierto que vivimos en tiempos confusos en los que arrecia la desinformación. Por tierra mar y aire nos proponen una pseudo realidad que sirve de cebo a los que, en lugar de ir a las claras, van más bien a ciegas. Y es que de un lado y del contrario, a hora y a deshora, los manipuladores tratan de que reaccionemos de manera inmediata y meramente desde lo más emocional, no desde la racionalidad y la comprensión propias de los seres humanos prudentes. Parece como si tanta confrontación fuese promovida por los que no van nunca a las claras: dicen una cosa, pero luego hacen lo contrario y con muchas ocultaciones. Son estos los denominados populismos, llenos de promesas que tan solo serán promesas incumplidas, porque la realidad va por otros derroteros de los que se apresuran a maquillar con una fastuosa maquinaria de desinformación.
Hoy más que nunca solemos dar por bueno lo que de bueno tiene poco o nada. Corren los bulos por doquier, y tan pronto como enciendas el dispositivo de turno, ya están acechándonos con falsedades, medias verdades o simple y llanamente timos. Dos declaran versiones contradictorias del mismo hecho, se llevan la contraria, y puede que incluso mienta tanto Isabel como Fernando. Cuando la verdad asoma su faz y les deja en evidencia, con mirar para otro sitio y sentenciar que nunca han dicho lo que dijeron. dan por zanjado el asunto sin siquiera sonrojarse un ápice.
Decían los clásicos aquello de "res, non verba" atribuid la sentencia a Catón el Viejo; esto de hechos no palabras sigue siendo tan válido hoy como lo era entonces. Si nos fiamos tan solo de lo que nos dicen, es muy posible que antes o después acabemos desengañados y constatablemente trasquilados. El que persigue una intención no confesable, se la va a callar, aduciendo justamente lo que queremos oír. ¡Ay de los que siguen las voces de sirenas y se dejan engatusar por el demagogo de turno! Por favor, advirtamos a tiempo quién va a las claras con lo que es y con lo que hace, y por tanto nada tiene que ocultar, en lugar de lamentarnos del engaño en el que hemos elegido caer. Abramos los ojos para distinguir verdades de apariencias, auténticos de embaucadores, honrados de corruptos, y sinceros de mentirosos. ¿Tan difícil es?
Pues en este sentido, la primera lectura del domingo XXVI del tiempo ordinario (A), el profeta Ezequiel nos pregunta si es injusto el proceder de Dios o más bien es el nuestro, y nos invita a reconducir nuestra conducta, para no tener nada que ocultar ante la presencia de Señor, que nos trata siempre con ternura y misericordia, a pesar de nuestra falta de claridad en la manera habitual de proceder. Un padre o una madre también, además de con el buen ejemplo, ha de educar a sus hijos con ternura y comprensión, pero reconociendo y reconduciendo esas posibles conductas poco modélicas de nuestros hijos. Así también los profesores en el ejercicio de su profesión y vocación: enseñar contenidos, por supuesto, pero inculcar la manera correcta de comportarse en clase y con los demás: respeto, interés, atención y esfuerzo. Si no nos comportamos así ni familia ni docentes estaremos yendo verdaderamente a las claras en nuestra tarea.
En la parábola que nos propone Jesús hoy en el evangelio vemos a dos hijos con comportamientos opuestos. Ante la misma petición el primero dice que sí, pero desobedece; por contra, el segundo dice que no, pero luego accede y termina por hacer la tarea que el padre le ha pedido. Y este caso u otro similar en el día a día lo hemos visto muchas veces, incluso alguna de ellas hasta lo hemos protagonizado. Podemos ser de los que ponen buena cara, pero no el corazón, de los que no van a las claras y no hacen lo que dicen que van a hacer, o de los que aunque no querríamos asumir la petición, por amor al padre terminamos realizando lo que se nos ha solicitado. Pues la diferencia no es baladí, sino fundamental. Por jugarnos nos jugamos hasta quién SOY.
Será por esto que San Pablo en la Carta a los Filipenses nos invita a que tengamos los mismos sentimientos que Cristo Jesús, que no vino a ser servido, sino a servir. Otro gallo cantaría si tratáramos de cumplir tan excelsa tarea: amar y tratar así a todos, a la familia, a los profes, a los amigos, a los compañeros, a los vecinos, a los pequeños, a los mayores, a los iguales, a los diferentes, a todos. Eso, precisamente eso es ser para los demás, sencillamente un gran bien para los demás. ¿Tan difícil es?
