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sábado, 11 de octubre de 2025

Libres, sanos y salvos

LIBRES, SANOS Y SALVOS


Hay seres humanos realmente excepcionales y otros muchos que parecen fabricados en serie, con un molde básico y que, por ello, poco se distinguen los unos de los otros, salvo en minucias anecdóticas. El hombre que por la grandeza de su corazón llama poderosamente la atención está hecho exactamente de la misma materia que el resto (barro del paraíso), y ha vivido experiencias semejantes a los demás; sin embargo, con todo ello ha logrado ser más que notable en humanidad, aunque nadie esté allí para verlo ni para contarlo. Y es que cualquiera de nosotros puede llegar a alcanzar la talla humana que se proponga, o por contra, quedarse sólo en ciernes como persona, con más que ocultar que conquistas admirables.

Por poner un solo ejemplo de estos grandiosos seres humanos que andan viviendo entre nosotros, recordamos a Albert Camus, que tras recibir el premio Nobel de Literatura, y una vez sosegadas las múltiples felicitaciones, tomó de nuevo el papel y la estilográfica y escribió el 19 de noviembre de 1957 esta conocida carta a su profesor: 

"Querido señor Germain:

Esperé a que se apagara un poco el ruido que me ha rodeado todos estos días antes de hablarle de todo corazón. He recibido un honor demasiado grande, que no he buscado ni pedido. Pero cuando supe la noticia, pensé primero en mi madre y después en usted. Sin usted, la mano afectuosa que tendió al pobre niñito que era yo, sin su enseñanza y ejemplo, nada de esto hubiese sucedido. No es que dé demasiada importancia a un honor de este tipo. Pero ofrece por lo menos la oportunidad de decirle lo que usted ha sido y sigue siendo para mí, y le puedo asegurar que sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted puso continúan siempre vivos en uno de sus pequeños discípulos, que, a pesar de los años, no ha dejado de ser su alumno agradecido.

Le abrazo con todo mi corazón.
Albert Camus."

Verdaderamente conmovedor ¿no? Para nada podemos advertir que se le han subido los honores y reconocimientos que ha logrado. Más bien al contrario, se reconoce en deuda con otro ser humano que logró no solo sacarle de la pobreza material, sino al mismo tiempo le rescató de una vida ordinaria, meramente adaptada a las circunstancias, para transformarse y sacar lo que en verdad él era y llevaba dentro de sí. Le hizo capaz de confiar en sus capacidades y llegar a apostar por él. Descubrió su vocación y se propuso realizarla. Habían pasado muchos años, pero aún se consideraba un alumno agradecido del profesor D. Germain. Va a ser verdad entonces aquello de que detrás de un hombre excepcional, hay otro ser humano que ha realizado bien su labor.

Y tras este preámbulo, llegamos ante las lecturas que nos propone hoy el domingo XXVIII de tiempo ordinario, donde el primer ministro sirio, tras ser curado al seguir las instrucciones que le había dado el profeta Elíseo, regresa a reconocerle el favor obtenido: el restablecimiento de la salud, y por tanto, las posibilidades de gozar de la vida de nuevo. Junto a la salud, también Naamán manifiesta la fe en el mismo Dios de Israel, que también es nueva vida ampliada.

Además contemplamos a Jesús de Nazaret que en el evangelio de hoy se encuentra con un grupo de diez leprosos que le solicitan la curación. Al ser los diez sanados, solo uno de ellos deshace lo andado, vuelve sobre sus pasos, para manifestar su gratitud por la salud recobrada, frente al montón que una vez alcanzado lo que le habían pedido, siguen a lo suyo, olvidándose muy pronto del don gratuito concedido por gracia de Jesús. Seguramente que la distancia que habían recorrido desde que dejaron atrás a Jesús era ya mucha, y las fuerzas con que contaban los ya sanos eran aún escasas, o tal vez tenían una cita ineludible a la que no llegaban y debían apresurarse. El caso es que no volvieron. Quedaron, pues, curados de la lepra, pero no de la ingratitud que no debe ser tampoco un mal menor.

Muchas veces somos así nosotros, vamos con nuestra propia lepra, sin siquiera sospecharla, y seguimos encerrados en nuestras prisas, agobios e intereses personales, y por ello, es poco frecuente aquel ser humano que es capaz de encontrarse con el otro, ir a su paso, tratarle con afabilidad y atención, es decir, comportarse auténticamente como humano y con el agradecimiento debido por el mero hecho de que sea. En lugar de ello, la mayor parte de las veces, marchamos cabizbajos, poseídos por la pantalla del móvil, e incapaces de agradecer ni siquiera la vida o los servicios que nos prestan los demás. Inconscientes de todo lo que deberíamos agradecer y devolver a tantos que se desviven por nuestro bienestar.

Entonces, ¿cómo vamos a agradecer siquiera a Dios nuestra propia existencia? ¿Cómo vamos a acercarnos a Jesús salvo para pedir, exigir o quejarnos? Tal vez sea pedirnos demasiado, nosotros, a lo peor, no somos ni como el leproso que frente a los otros nueve se vuelve, ni como Albert Camus, que regresa por el camino del corazón a su pueblo y a su pasado, para honrar a su anciano profesor la bondad y la enseñanza que recibió de él. Y así nos va, seguiremos cargando con la lepra del egoísmo, o de la desafectación con los demás, en lugar de compartir con sencilla alegría lo que somos y nos debemos los unos a los otros. Sí, el evangelio nos vuelve a presentar la fiesta del amor, del amor desinteresado, el amor que Dios nos tiene como hijos amados y nosotros como hermanos. Es preciso regresar hasta Él y agradecerle todo cuanto somos, porque Él así lo ha querido.

Muchos y buenos conocimientos podemos aprender tanto en la familia como en el colegio, pero al menos en esta semana de la convivencia, que no se nos pase ni un sólo día aprender a ser agradecidos, a valorar y respetar a todos los compañeros, y hasta a implicarnos por el bien de los que en este momento preciso nos necesitan (Carrera por los niños enfermos de leucemia). Es este un aprendizaje esencial para ser seres excepcionales, personas que de verdad son para los demás motivo de alegría y orgullo. Así lograremos ser libres, sanos y salvos, que es eso de lo que se trata.

sábado, 26 de abril de 2025

No en vano

NO EN VANO


Cuesta creer. Nadie dijo que fuese fácil. Creer, a la vez que crear, supone un salto importante en el vacío, en el que puede uno sostenerse en el aire o caer y darse de bruces contra una sórdida realidad. No es seguro, se requiere aceptar el riesgo de equivocarse, pero también el de acertar de pleno. Vivimos tiempos de asumir el mínimo riesgo, se prefiere ir sobre seguro. Tiempos confusos, donde lo tangible puede llegar a parecernos de mayor solidez que aquello que tan solo intuimos. Pero, sin embargo, si el ser humano no llega a ser capaz de apuestas audaces, dejando atrás el burdo materialismo y el hedonismo individualista y consumista, a bien poco va a llegar en su periplo vital. Sí, conviene no perder la sensatez, pero "el corazón tiene razones que la razón no entiende" (B. Pascal).

Tal vez, alguno de los mayores males de esta sociedad posmoderna mercantilista, es que hemos ido dejando de creer en ideales, en luchar por aquellos logros que merecían la pena y que conferían a las personas un rumbo y una vocación. No puede ser así. Hemos de apostar personalmente por aquello que amamos, pero con un corazón raquítico, sino con un corazón potente, capaz de aspirar a los mayores y mejores horizontes. Si esto no es así, si ya no somos capaces de apasionarnos por lo mejor, estaríamos viviendo en una sociedad del desencanto, y llevando existencias de mínimos, que no logran dar plenitud a la vida humana, pues se conforman con intereses exclusivamente particulares y poco explicitables. Pero, si hemos acertado con el síntoma que hoy nos aqueja, también podremos aproximarnos a dar con el remedio necesario para ahuyentar nuestros males.

No en vano estamos celebrando la octava de Pascua. Cristo ha resucitado de una vez para siempre, ya no deja de resucitarnos, de concedernos una nueva vida que nace del Espíritu y que deja a nuestra disposición. Solemos acudir a toda prisa adonde consideramos que hay algo urgente, necesario e importantísimo; sin embargo, a esa posibilidad de vida que mana del corazón de Cristo, no solemos acudir, nos resulta indiferente. Por contra, María Magdalena y los apóstoles sí corrieron y se enfrentaron a la frontera paralizante de la evidencia. ¿No habrá un más allá de la ausencia ante la evidencia del sepulcro vacío? ¿Cabe acaso esperar la razón de la sinrazón de la resurrección del Señor? ¿Queda aún algún resquicio en nuestro entendimiento para el misterio y para lo sagrado?

Santo Tomás lo tenía bien claro: "si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo". ¿Es que es hasta ahí solo hasta donde llega el ser humano o es capaz tal vez de fiarse, aunque no constate y verifique de manera palpable lo que puede llegar a descubrir desde el amor y el espíritu? Es cierto que con el método empírico hemos avanzado mucho técnicamente, pero tal vez no demasiado en otras dimensiones propias del ser humano. Aunque no en vano algunos sí se arriesgaron, y con todo en contra creyeron, vieron, tocaron, escucharon y reconocieron al Resucitado. Fueron capaces de ver más allá del muro de la evidencia de la muerte, porque sí se puede, y gracias a ello, lograron descubrir la evidencia de la resurrección: el Señor estaba en medio de ellos y les exhortaba a vivir en paz. Se llenaron de esa presencia viva de Cristo Resucitado y no podían ya dejar de contarlo.

No en vano ha sido tampoco la vida de entrega fiel del Papa Francisco, que en este tiempo pascual se nos ha ido al cielo. Pero nos queda su recuerdo, su testimonio, su legado y un montón de propuestas abiertas. No se explicaría nada de la vida de Francisco sin esa adhesión creativa a la fe en el Resucitado, que no nos permite seguir viviendo autorreferidos, sino que nos capacita para vivir en ese nuevo modo de ser y estar abiertos a Dios, al hermano y a la construcción de un mundo de amor, es decir, conforme a los ideales valiosos que, como se ha expuesto, son los que permiten llevar una vida mucho más plena y con sentido. Esto es, no una sociedad de la indiferencia, de la desvinculación y el descarte, y por tanto deshumanizada por completo, sino justo lo contrario: ser para los demás, ser personas, llamados a descubrir y construir la cultura del encuentro, tal y como quería el Papa Francisco.

Es hora de tomarnos muy en serio ese mensaje transformador del Papa Francisco. Él trató de encarnar el evangelio con sencillez y originalidad, y por ello, como pontífice, hacer una Iglesia más coherente con los orígenes que con la historia. Hemos de recuperar esa Iglesia sinodal, hospital de campaña para acompañar y consolar a todos los hombres que sufren. Es hora de seguir caminando con ilusión, como verdaderos peregrinos de esperanza. Es hora de dejarnos resucitar como personas y como Iglesia unida, ya que la frescura del evangelio, que tan magistralmente supo recordarnos el Papa Francisco, no debe perder novedad su propuesta.

Que el Espíritu, que todo lo hace nuevo siga y siga soplándonos para que se nos avive a todos la llama del amor y de la fe (tal vez no pueda haber uno sin el otro),y para que conduzca la nave de la Iglesia hacia su Pascua. Soltemos, pues amarras, convirtámonos profundamente, y confiados, dejémonos conducir por el Señor, remando juntos. El está y estará en medio de nosotros, hasta el final, acompañándonos, por mucho que arrecie la tormenta.

jueves, 22 de junio de 2023

JUNTOS SOMOS MÁS PROVI

 JUNTOS SOMOS MÁS PROVI


Lo primero agradecer a la parroquia de Santiago y a su párroco, José, que nos haya acogido una vez más. Pero también hacer extensible el agradecimiento a todos vosotros, alumnos, antiguos alumnos, profesores y familias por estar aquí, por venir a agradecer a ese Dios que nos ha ido acompañando a lo largo de todos estos días, de todo el curso y de todos los cursos que hemos pasado hasta ahora en La Provi. Pues el amor de nuestro Dios es inmenso y sin hacerse notar nos cuida y quiere siempre para nosotros lo mejor. Hoy venimos a esta eucaristía a expresárselo: Gracias, Padre, por todo lo recibido de ti durante este año. 


Como estamos entre amigos y reunidos delante de nuestro Padre, que todo lo comprende y perdona, aprovecho para haceros una confidencia: a mi no me gusta predicar, sino escuchar, porque soy consciente de todas mis carencias y quiero seguir aprendiendo. Si a pesar de esto estoy aquí hablandoos es porque me lo habéis pedido, no porque yo lo quiera. Vamos que me ha tocado. 


Porque decía uno de los más eminentes teólogos de los últimos años que el creyente es ante todo un oyente de la Palabra. Y la Palabra, así con mayúsculas, es Jesucristo. Por lo tanto, para aprender mucho hay que escuchar muy bien y mucho, pero aún todavía más, si en lo que queremos progresar es como cristianos, dejar de escucharnos tanto a nosotros y más al Hijo de María. Ella nos dice en el pasaje que leemos aquí el día de la Providencia “Haced lo que Él os diga”. Que cada uno de los presentes examine si escucha a María, y si hacemos caso de su recomendación: ¿Escuchamos a nuestros padres? ¿Escuchamos a nuestros profes? ¿Escuchamos a nuestros sacerdotes y catequistas? ¿Escuchamos a Jesucristo? ¿O somos como un cántaro agrietado que nunca es capaz de retener nada? Pues, fijaos, de ello va a depender quiénes logremos ser. 


No sé si os habréis dado cuenta de cómo ha empezado el apósito San Pablo en la segunda carta a los Corintios, en la primera lectura de hoy: “Ojalá me toleraseis unos cuantos desvaríos”, justamente así, quiero comenzar yo hoy, sabiendo que a vuestros profesores les tenéis que aguantar muchos desvaríos, pero muy especialmente a mí, que a veces empiezo a soltar mis reflexiones, y es como las tormentas, ya parará. Es verdad que a veces también nos toca aguantar también muchos desvaríos vuestros. Lo bueno es que los que os graduáis hoy ya no vais a tener que aguantar ningún desvarío más, salvo el de ahora, este de hoy va a ser el último sermón (pero para el resto no). 


Vemos en el Evangelio de hoy como los apóstoles se sienten necesitados de Dios, de poder ejercitarse en la oración, en la conversación con Dios Padre. Sin embargo, nosotros tratamos de vivir muchas veces de espaldas a Dios, sin tratar de escucharle, de tenerle presente, de descubrirle en nuestras vidas, de no buscar su voluntad, y no tener una relación de confianza e intimidad, porque eso es la oración, una auténtica relación de amor recíproco. 


Y yo me pregunto y os pregunto ¿Cómo podemos aspirar a ser personas libres sin esa relación liberadora con el amor del Padre? ¿Cómo pretendemos ser medianamente felices sin cultivar esa dimensión profunda de nuestro ser, la espiritualidad? Sin embargo, los apóstoles le piden a Jesús que les enseñe a rezar, porque detectan que no es algo marginal en sus vidas, sino fundamental para realizar su identidad. 


La Virgen María, al igual que todos los grandes santos, fueron principalmente hombres y mujeres orantes. También nosotros si queremos hacer lo que Él nos dice escuchemos cómo nos enseña Jesús a rezar y a hacer de esa oración la manera de conducir con acierto nuestras vidas. Es cierto que hay muchas maneras de rezar e incluso también mucha oraciones que han compuesto diferentes autores para facilitarnos a nosotros las palabras con las que podemos hablar y lo que deberíamos sentir, sin embargo, nosotros tenemos un gran tesoro que no sabemos ni descubrir ni valorar, tenemos la mismas palabras que Él nos enseñó para dirigirnos al Padre, es decir, el propio Hijo, que conoce a fondo la intimidad de Dios y el corazón del hombre (pues Él es Dios y hombre) nos muestra cómo ha de ser nuestra oración. 


No se trata de emplear grandes palabras, altisonantes y muy elaboradas, sino al contrario, sencillas y sentidas, naturales, auténticas y salidas desde lo más profundo de nuestro ser, porque hablamos a Dios, pero al Dios que nos ama y escucha como Padre. Para dirigimos al Padre que no es exclusivo mío, sino de todos los hermanos, y por eso empleamos el posesivo plural, Padre nuestro que estás en el cielo, por encima de todos y todo, no atrapado en lo material y mundano, sino en el cielo, en lo inmenso. 


Luego le pedimos que venga a nosotros su reino, a lo más profundo de nosotros habite ese reino de justicia, misericordia, acogida, verdad, ternura, amor, y que por ello impulsemos en nuestro mundo la voluntad de bien que él desea para todos. 


También le pedimos que no nos falte el pan a ninguno, pero el pan que alimenta el cuerpo, el pan que alimenta la cabeza y el corazón, que es el pan de su palabra, y el pan que alimenta el espíritu, que es el pan que es cuerpo de Cristo, que no nos falte ese pan que nos alimenta, sana y transforma. Ojalá tengamos verdadera hambre de saciarnos y compartir esos panes que Dios nos da. 


Le pedimos después que nos ayude a perdonarnos entre nosotros, de la misma manera que Él nos perdona, porque comprendemos que todos podemos fallar. Le pedimos también que nos ayude a ser más libres y por ello ser capaces de salir indemnes de toda posible tentación, porque vamos aprendiendo a elegir bien el bien, pero nos reconocemos necesitados de su fuerza para enfrentarnos al mal.


Por lo tanto, el padrenuestro es una oración para rezarla pero sobre todo para tratar de hacerla vida, para vivirla. Y así tenemos que tratar de vivir, hoy los alumnos de 4º dejáis La Provi, y por ello, además de ser para los demás, tenéis que portar una singularidad ejemplar: tratad de escuchar al que nos escucha, tratad de vivir orando y orar viviendo. Sabed que es posible y deseable. Pueden ocurrir muchas y diferentes cosas, pero si sois hombres y mujeres de oración, con esa vida interior cuidada y cultivada, podréis afrontar y superar todo. No estáis solos ni contáis nada más que con vuestras propias fuerzas, Santa María de la Providencia no os va a dejar de la mano. Tenedlo por seguro. No lo olvidéis nunca. Tampoco que este es y será siempre vuestro cole y vuestra casa. 

AQUÍ OS ESPERAMOS





miércoles, 21 de abril de 2021

Súbete al busito de la resurrección

 SÚBETE AL BUSITO DE LA RESURRECCIÓN



Nada mejor que poder hacer realidad en este tiempo pascual que el compromiso solidario. Nuestro colegio sabe muy bien en qué consiste esto de SER PARA LOS DEMÁS, porque sabemos ser PROVIDENCIA, ser cuidados y cuidar. Por ello es una enorme suerte que todos los colegios de la Fundación Educación y Evangelio nos unamos por una causa noble, justa y solidaria que promueve la resurrección en una parcelita de nuestra realidad.

Hemos sabido que en San Juan de Opoa, una población de Honduras que cuenta con unos 10.000 habitantes, hay un pequeño colegio llevado por las Hermanas Franciscanas de la Inmaculada para atender a los niños de allí que tienen algún tipo de discapacidad (física, psíquica o sensorial). Este colegio se llama Ángeles de la Esperanza y en él pueden estudiar 52 alumnos con necesidades especiales. En la actualidad solo tienen un autobús que recoja en sus viviendas a los alumnos y los pueda traer al centro y posteriormente volver a dejarlos allí. Este autobús ya está inservible y necesitan otro que pueda seguir prestando ese servicio.

Aunque son momentos muy difíciles para todos, los problemas y necesidades de los demás no pueden sernos indiferentes. Desde la Fundación, de la que nuestro colegio forma parte, queremos implicarnos en esta causa, y entre todos seguro que logramos reunir el dinero necesario para poder comprarles ese BUSITO que necesitan.

Si resucitamos también con Jesucristo al amor a los demás, lograremos movilizarnos para poder socorrer a todos aquellos que lo necesiten. No les ponemos cara a esos chicos, pero sí les vamos a poner un BUSITO, porque nos importan y queremos que la resurrección también les llegue a ellos desde aquí.

Colaborar nos hace felices, anímate y participa. Ayuda, porque como nos dijo el Resucitado: cada vez que lo hicisteis con uno de estos pequeños, conmigo lo hicisteis.

¡¡¡¡¡RESUCITA A LA SOLIDARIDAD Y NO DEJES PASAR EL BUSITO!!!!